Peinate que viene gente


Oda a los cobardes

Son cobardes porque huyen hacia las playas. Porque las copan, las apuñalan con sombrillas y se sientan a ver el mar. Son cobardes porque trepan a los autos con los bolsos zipeados en el baúl, porque pagan uno tras otro los peajes que los alejan de las noticias.

Los que nos dejan la ciudad con sus plazas insoladas y sus peatonales diezmadas, son cobardes.

Sabemos que tienen un libro en carpita sobre el pecho, que caminan en patas, que se mojan en un río. Que están del otro lado de la luna huesuda que nos flota en el cielo de acá.

Que son cobardes.

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Bar Orsai, borracheras de alegría

Hay bares que se destacan por el decorado, bares que son pura moza llena de tetas, bares con propuestas originales, y bares en los que lo más importante es la gente que los frecuenta.

Estos últimos son los que me gustan, después del que viene con tetas.

Estoy convencido de que el pulso de una ciudad se mide de uno y otro lado de la barra. Es lo primero que quiero ver cuando llego a algún lado: me gusta hacerles preguntas boludas a los mozos, escuchar conversaciones de otras mesas, mirar por los ventanales cómo pasan los autos.

El sábado por la noche conocí, por fin, un bar que nació de una sucesión increíble de buenas voluntades puestas al servicio de un sueño: seguir leyendo y celebrar las letras impresas que cruzan los mares en busca de sus lectores.

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La Purga

Desde hace rato que con el cine viene pasando algo raro. Bah, no tan raro: el cine se ha quedado sin ideas. Y lo que es peor, no sabe ya con qué cuchara raspar el fondo del frasco.

Las precuelas, los héroes de cómics, las remakes, las versiones de libros raros o directamente malos.

Sobre esto último, el cine nunca pudo conformar a todo el mundo. En dos horas no hay tiempo para pintar a fondo los personajes, ni para desarrollar más que un puñado de conflictos sin aburrir o confundir a los espectadores.

Y entonces llega un momento en que todos esos yeites traperos y refritados, te ponen los huevos en 3D.

Ahora me gusta el cine sólo cuando tiene algo interesante para contar. Pasa cada vez menos. Por eso fue gratísima la sorpresa con De Caravana. Y, menos mal, no quedó sólo en eso.

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Marie wanna be

Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó.

—La puta… —dijo después.

A su lado María se volvió para mirarlo.

—¿Viejo?

Felipe estiró un brazo para acariciarla.

—Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más.

La mujer encendió la luz, rescató su dentadura postiza que flotaba en un vaso con agua y se acurrucó sobre el brazo de su marido.

—¿Qué soñaste?

Felipe aclaró la garganta, el carraspeo resonó latoso en la habitación.

—Es muy raro —explicó—. Soñé que me drogaba.

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Ah, dos cositas…

El año pasado, un grupo de teatro llamado Estambul dio tres funciones de una obra que le ponía bastante onda a unos cuentos de mi autoría. Las tres veces llenaron la sala, cosa que muchos atribuyeron al incondicional apoyo de amistades y familia.

Pero este año decidieron repetir la experiencia, y ya los amigos y la familia conocían de qué se trataba. No había tantos allegados, quiero decir.

La Luna es un teatro con capacidad para cincuenta personas sentadas. Es un lindo lugar, y los chicos de Estambul lo eligieron para poner otra vez en cartel Cuentos de la gran puta, esta vez, junto a la banda Buena vibra Orquesta. La fusión resultó tan interesante, la propuesta tan poco habitual, que en el estreno quedó gente afuera. Y en la segunda función, también.

Para el inicio de este nuevo ciclo, me pidieron que los presentara junto al enorme Marcelo Arbach. Aquí una foto que resume mi ánimo ante la propuesta (atención a mi cara de idiota):
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Variaciones sobre una ansiedad demoníaca

Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas.

Y vomitaba cada vez más seguido.

Todo eso no alcanzó. Faltaba el episodio del escalpelo, las miradas sobre los barbijos, la pausa en el entrechocar del instrumental. Entonces sí este señor puso su vida en vereda y se curó. Y ya curado se volvió la persona más aburrida sobre la Tierra.

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La inexplicable motivación de los gorles

Nadie recordaba quién los había bautizado “gorles”. El nombre quedó. Tenían cara de pez, ojos saltones y bocas grandes que nunca se cerraban. Eran resistentes, comían poco y sólo necesitaban agua. Se turnaban para apilar las piedras bajo el látigo que, cada tanto y con pereza, subía hacia el cielo y bajaba para marcarles la espalda.

Los bloques eran blancos y grandes, muy pesados. Había que acomodarlos sobre una mezcla que secaba rápido, por lo que la precisión y la fuerza no se divorciaban nunca.

El procedimiento se repetía mecánicamente sin interrupciones, aunque los accidentes ocurrían a cada rato. A veces las manos desnudas de los gorles, entumecidas por el esfuerzo, simplemente se abrían y la piedra aterrizaba en un ángulo poco feliz sobre el empeine o los dedos del pie.

Los que se golpeaban eran rápidamente reemplazados por miembros de otras cuadrillas que esperaban la orden.

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Barcito frente al mar

Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no fue una decisión controversial, el auto era un Fiat Uno y el descarte fue matemática pura.

Nuestro amigo se había radicado en tierra carioca con mucho sacrificio. Vendió sus pertenencias, juntó los ahorros y partió. Nosotros ese año iríamos a visitarlo por primera vez. Así que con gusto nos aguantamos el quilombo de nuestras parejas y empezamos a empacar. Hacerlo por el Chalo valía la pena, ellas no entendían: él fue el único con los huevos suficientes para pegar el salto y cumplir el sueño menemista y alocado de ponerse un bar a orillas del mar.

—Loco, traigan fernet, que acá no hay —pidió, emocionado, en la última llamada que nos hizo para saber cuándo llegábamos.

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Nunca me había comido una pera con el culo tan feo


Chocho

Quienes me conocen ya saben cuánto me alegra salir con dibujantes (todos mayores de edad, ojo). En esta oportunidad, el gran placer de compartir página con Lucas Aguirre, que tiene más pluma que un pavo real.

Y todavía más placer esto de colar un texto en el proyecto editorial más groso a nivel internacional en mi lengua: Revista Orsai, del Chiri Basilis y el Hernando Casciari. El número tres viene con todo, y si no lo reservan, una catarata de heces pestilentes les caerá sobre la testa en formato mala suerte por dejar pasar la oportunidad de ver algo bueno en forma de libro/revista.

Dénse el busto. Y apuren a reservar, que a pesar de que estoy yo, este número vuela…

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Y siete años después, yo te banco

Querido diario, no sé si te acordás: un día como hoy pero hace siete años, con Esteban subíamos la primera versión de Peinate que viene gente en formato digital.

Él, como otros amigos, ya no está para brindar. Sólo quedamos un puñado de lectores, este barbudo cachetón que teclea sobre tu lomo, y vos, que te las bancás. Sin Esteban —que se las apañaba como nadie para improvisar con las compus y los programas de diseño— cambiarte la cara se convirtió en un desafío que más de una vez me dejó con los ojitos en cruces, paladeando la batalla perdida.

La historia de esta gesta está bien resumida acá. No voy a ponerme reiterativo. Siete años es mucho tiempo, como un cachorro fiel has estado a mi lado en las buenas y en las malas, recostado sobre las pantuflas de mi dignidad.

Los blogs, creo hoy, son como mascotas.

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Un dolor de la gran puta

No sé cómo es en España o en Portugal. En el barrio de Alberdi, Córdoba, cuando vos cortás con una mina vas de frente, la sentás en un café que hay sobre la Colón, le agarrás la mano bien fuerte, le pasás unas servilletas para que se limpie los mocos, ponés cara de poker y después la llevás a la casa.

Es costumbre también que esperes a que entre y cierre la puerta. Recién entonces arrancás el auto y te tomás el buque. Podés darte el lujo de aceptar una o dos llamadas durante la semana subsiguiente, como para prestar la oreja a posteriori; fingir que estás mal también vos, que la cosa no funcionó por tu culpa, o lo que sea, cualquier cosa con tal de que el corte sea limpio como tajo de bisturí y que después no haya segundas vueltas o escenas en un supermercado o en la lavandería de la esquina.

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Hacé algo que me guste, che culiado

Siempre he tenido una relación medio chota con las realizaciones audiovisuales vernáculas. Cuando se produce —cualquier cosa— en Córdoba parece que la premisa es no hacernos cargo de que somos, en gran medida, lo que nos devuelve el espejo.

Escuché varias veces que las empresas de Buenos Aires testean productos acá porque el público es lapidario; si no anda, te dicen:

—Es malísimo el jugo éste, che culiado.

Público jodido, el cordobés. Tierno y a veces careta. Por dentro parece que no nos bancamos nuestra idiosincrasia, el reflejo en el cristal, y por fuera vamos al hueso. Festejamos el localismo y a la vez los escritores, los músicos, los actores y los locutores hacen esfuerzos hercúleos para que no se les note la tonada. Existe una sospecha instalada (al pedo, pero está) de que todo lo que venga de afuera siempre será mejor.

En cierta forma, la comparto.

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In your face

(Advertencia: post no apto para gente sensible).

Tengo por costumbre escribir sobre los procedimientos médicos menores a los que la Divina Providencia suele enfrentarme. Ya lo hice la vez que me volé los dientes de adelante, y en una que otra oportunidad en la que la espalda me pasó factura por tantas horas frente al monitor.

Será que tengo alma de médico frustrado (de pedo que logré inscribirme en medicina, abandoné cuando vi que había que estudiar matemática y química a rabiar), será que la relación científica que tenemos con nuestra biología me resulta morbosa y fascinante. O que tengo -dependiendo del punto de vista- algo de suerte.

Me quedé con la espina. Literalmente.

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Qué te voy a explicar

La Luli viene a verme. Está destrozada por lo del Beto. Me toca el timbre y la hago pasar. Es un día caluroso, tiene la cara blanca con unas ojeras de esas bien oscuras. Ha estado llorando. Nos abrazamos, nos sentamos en el sofá y destapamos unas cervezas.

—Tengo que hablar con vos, Juan —me dice.

Yo sé de qué viene la cosa. Soy el último que lo vio al Beto con vida. Y ella era la novia. Ella necesita saber.

—Vos estuviste con él ése día, contáme, por favor, necesito saber…

Le alcanzo un pañuelo y me lo llena de una mezcla babosa de mocos y lágrimas. Está destrozada. La culpa te destroza. Ya sea porque te olvidaste de darle de comer al gato y se te ahogó con un pedazo de almohadón cuando estaba hambriento, o porque a tu vieja le cortaron el teléfono que olvidaste pagar. La culpa es jodida. Pesa. La puta si pesa.

—Yo lo llamé por teléfono la noche anterior y quedamos para ir al mecánico —le digo.

Ella rompe en un llanto:

—¡Pero si el Beto no tenía auto!

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No te vayas de España sin antes tomarte una foto conmigo…


(En Barcelona, con Ian McEwan, que me persiguió para que nos sacáramos una foto.
Nunca pude decirle que no a Ian.
Me pidió que le diera saludos a Javier y a Cristina; cumplo con transmitirlos).

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Nunca escribí tan rápido en mi vida

No puedo creer la velocidad con la que estoy escribiendo. Voy en un tren que apenas si toca las vías, de regreso a Madrid, después de pasar un día muy bonito en Toledo.

Tenía una pequeña confusión respecto de mi horario para volver a Argentina, así que el equívoco me regaló una jornada extra e inesperada.

Después del paseo nocturno de ayer por Madrid, me estaba faltando más tierra adentro. Las calles madrileñas en los fines de semana parecen una salida de viaje de estudio para gente grande; todos derrapan. Voy en el tren pensando en eso.

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