Si no salió en las primeras cinco páginas que tira Google, es que lo estás buscando mal.
(12) rispostas |
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| desaforismos avorazados |
Mi hermana nació dos años antes que yo. Mis padres querían un varón y eso, creo, le complicó un poco la vida. Apenas terminó el secundario, Pili se puso de novia con un rastafari. A mi viejo lo ponía verde ver que el rasta (Gregorio, se llamaba) cayera a casa con los ojos raspados y asaltara con tanto descaro la heladera.
—¡El hijo de puta me come los fiambres! —le decía a mi vieja.
leer lo que falta de: Tres crueldades pasatistas…
Ya no estás, Anabell, en la orilla de la cama; ya no veo tu negro pelo cayéndote por la espalda, ni los rosados dedos de tus pies debajo de tus nalgas blancas.
Vacío quedó tu rincón, ése que a golpes de enojo la noche de anoche vi que te forjabas; me enseñaste a descreer de las bondades
de la voz baja.
Ya no estás, Anabell, en este lecho vasto y pálido que se puebla de arrugas insignificantes bajo el peso solitario de mi espalda.
Embriagadas las sábanas, testimonia la tela la ausencia desenmascarada: ya no pasean entre las almohadas tus tobillos, tu cuello, la piel que aprendí a recorrer sin prisa
mientras te amaba.
leer lo que falta de: Sin Anabell en la cama…
Dos indicios de que, ya con 35 años, no has madurado un sorete…
1)
No podés escuchar estas palabras sin esbozar una sonrisa estúpida:
Bergamota // Culinario // Parangón // Nitrato // Toronja // Porongo // Oligarca // Anales // El apellido Orgás Morales // Apoyar // Mover // Chupar // Tubo // Miembro // Órgano // Salchichón primavera // Manguera // Palo // Caño // Bulto // Paquete // Berenjena // Banana // Palanca // Miembro honorario // Envergadura //
leer lo que falta de: Boludo grandote…

En mis años escolares, allá por los comienzos del ochenta, contraje una afección milenaria y difícil de tratar. Se la conoce comúnmente como “alergia a los amanerados”. El síntoma por excelencia es el que te hace gritarle MARICÓN al compañerito de voz aflautada en el recreo.
Como buen enfermo crónico, aprendí a convivir con esos estornudos sin reflexionar. Los exabruptos salían en piloto automático.
Hoy, ya un poco más grandecito, sé que aquellos viejos colegios de varones (colegios homosexuales, bah) funcionaban con la mecánica selvática de las prisiones estatales: recintos testosterónicos en los que sobrevivían a duras penas los diferentes (el gordo, el petizo o el puto, por ejemplo), martirizados por el matón que se afeitaba los bigotes desde tercer grado.
leer lo que falta de: La evolución de una enfermedad nefasta…
Me gusta imaginar dos escenas en el living hipotético de la familia King. En la primera, todos arrojan pantuflas y pururú a la pantalla del tele de cien pulgadas, abucheando las adaptaciones criminales de sus libros al cine (It, La ventana secreta, o El cazador de sueños). En la segunda, todos brindan con granadina y felicitan al patriarca porque un buen libro se ha convertido en una buena película (El Resplandor, Misery, Cuenta conmigo, Milagros inesperados y Sueños de libertad).
Sus lectores somos obsesivos y estamos unidos al autor por un vínculo psiquiátrico.
leer lo que falta de: El pururú del diablo…
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Alguien empezó a gritar pidiendo un médico. Eso despabiló a Carlos, que estaba medio dormido sobre la reposera. Unos segundos antes restregaba sus pies cubiertos de arena, contento de hallarse bajo la sombra de los sauces en aquella parte del río. Tras meses de guardias asesinas y sueños interrumpidos por el alboroto de las ambulancias, ese descanso serrano le venía muy bien.
A su lado, en el suelo, había un libro de histología abierto en carpa junto a un termo con agua caliente. Tuvo que incorporarse cuando entre las voces de algarabía veraniega se coló el pedido de auxilio.
Él era médico. Recién recibido, pero médico al fin.
leer lo que falta de: Dos historias verdaderas y una que no lo es…
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Quienes mejor manejan la síntesis, al parecer, son los publicistas. Tras años de entrenamiento en el arte de comprimir un mensaje, el resultado son piezas gráficas que trascienden a veces la marca que promocionan. Esos anuncios que cruzamos en la calle, que esperan al dorso de las notas que hojeamos en las revistas, se valen de la exageración, la emotividad y el humor para hacernos ver las cosas de otra manera. Volvemos al rubro de las compilaciones, ya no para revisar ejemplos impactantes de publicidades perturbadoras, si no para compilar postales de simpatía…
(este post puede contener imágenes que afecten la sensibilidad de alguien)

leer lo que falta de: El poder de la síntesis, 83 ejemplos gráficos…
Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré a la intimidad de la pareja”.
Por aquellos días, la repetición de estos conjuros idiotas parecía suficiente para salvarme de un futuro incierto de lustrar con el culo, una vez por semana, un diván: de verdad pensaba que el resto de los padres eran medio boludos si no podían doblegar la vigorosa resistencia de los infantes.
Antes del parto, caramba, yo era invencible.
leer lo que falta de: 600 palabras sobre las teorías paternales…
Para buscar hielo había que subir, apoyando las manos en los muslos, hasta la casa. Estaban al final de una pendiente pronunciada, en dos sillas enfrentadas al lago, desde donde bebían contemplando el atardecer. Era una playita privada, en la superficie del agua se quebraba el reflejo de las montañas.
Felipe y el Coco, sin ganas de trepar como cabras a cada rato, se habían armado de una heladera portátil.
El cielo derramaba tonos dorados sobre la coronilla de las sierras. Frente a ellos se abría la bahía con casas repartidas a lo largo de la costa. La mayoría estaban construidas en terrenos que acababan en rampas para hacer descender las lanchas y los veleros. Felipe fue el primero que tuvo ganas de mear.
leer lo que falta de: On the rocks…
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El auto está detenido en medio de la noche. Bareb, al volante, mira el mundo difuso del otro lado del parabrisas. Los separan del exterior un par de arcos sucios que las escobillas dibujan sobre el vidrio, dejando un rastro grasoso de vísceras de insectos.
Brrrí, brrrá.
Con cada barrido el semáforo se funde con las luces de freno de los autos. En el asiento del acompañante va Buteler con su enfisema. Ahora que esta ceremonia vial e inútil los ha demorado en esa esquina, aprovecha para desempañar su ventanilla. Bareb se pregunta qué estará pensando el viejo Buteler que contempla las trenzas furiosas de agua corriendo paralelas a la vereda, antes de ser devoradas por las bocas de tormenta.
—Qué noche fulera —dice Buteler.
leer lo que falta de: Alguien tiene que hacerlo…
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Tengo una tía que me llama muchas veces por teléfono. Es de esos familiares que recordás siempre por sus pellizcones desfigurantes en los cachetes y los besos recargados de rush de la infancia. Mi tía, desde que tengo uso de razón, me llama invariablemente para mi cumpleaños o para decirme qué es lo que tengo que escribir. Es lo más parecido a un agente literario:
—Josecito, no seas boludo —me dice—, escribite un Harry Potter o un Código Da Vinci, que te vas a llenar de plata.
En su más íntima convicción, en su fantasía sobre el mundo de la escritura, mi tía piensa que yo no me hago rico escribiendo porque prefiero estar al pedo. Para ella el camino del éxito es una línea recta de sacrificios que desemboca en un premio, trabajar sólo para triunfar.
leer lo que falta de: 900 palabras sobre los cuentos de hadas…
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