Estas son las diferencias más impactantes que encontré desde que vivimos al ras del suelo:
- Los ruidos nuevos, por dios, los ruidos nuevos.
En una noche de viento acabé podando una planta del patio porque el ruido de las hojas era igualito a los pasos de un grupo comando de asalto que deambula en propiedad privada. También subí al techo y apoyé cosas pesadas contra la banderola del baño, porque estaba convencido de que otro grupo comando de asalto iba a descolgarse por ahí, tomándome por sorpresa. Ya no es tanto el tiempo que dedico a quedarme sentado en la cama con los ojos abiertos intentando ver siluetas de grupos comandos, me puse rejas hasta en el culo y me las descuentan del alquiler.
- La puerta de calle.
Todavía no me acostumbro a que entre la calle y mi living sólo haya una puerta. Es decir, una puerta y ya estás adentro, ni ascensores, ni vecinos, ni porteros. Raro. Los otros días estaba leyendo junto a una ventana y me golpearon el vidrio los muchachos de Cliba para venderme bolsas de basura. Colgado de la luz del techo les dije que sí, que les compraba. Estaban baratas. Mi puerta ahora parece la de la casa del Superagente 86. Los cerrojos son hermosos y vienen de todos los tamaños y colores.
- Es terapéutico intentar arreglar el patio (en el que parece que una bomba explotó y regó todo de escombros y plantas con espinas y rosetas).
Compré una pala, una azada y un rastrillo. Robé una manguera y planté unas champas de pasto (nunca supe de dónde viene la palabra «champa»). Las riego bastante, pero están amarillas, no hay nada que hacer, lo mío no es la jardinería, pero soy muy porfiado.
- Tengo alma de piromaníaco.
Primero quemé toda la mugre que había afuera en una gran pira. Los vecinos, chochos. Para calefaccionar la casa tenemos una salamandra. Qué invento, por dios. Me parece que está en el top five junto a la rueda, la bombita de luz, internet, y la lapicera esa que escribe para arriba que usan los astronautas.
- Los gatos parecen bebés sufriendo.
Así suenan al menos cuando lloran de noche. Es un tanto lúgubre, muy Viaje a lo Inesperado con Vincent Price. Tengo ganas de sacarlos de su miseria. Considero seriamente la posibilidad de comprar un perro antigatos, o, en su defecto, un Maheli 5.5. Ya veré, los perros cagan mucho, los rifles necesitan ser engrasados…
- Si te quedaste sin puchos a las dos de la mañana, fuiste.
Una de dos, o en este barrio son todos viejos, o me confundí y me mudé al siglo pasado ¿Qué onda con los Maxiquioscos 24hrs? A la siesta también es todo un tema. Digamos que querés almorzar tarde… te la regalo para conseguir un pote de crema para los fideos. Después de la una ruedan los arbustos secos por la calle. Creo que los barrios te obligan a ser más ordenado. El centro, lo reconozco, fomenta la anarquía.
- Ahora mismo.
Está cayendo el sol y me han dicho de Telecom que en breve me pondrán teléfono. Estoy escribiendo esto mientras la tarde se diluye a través de las primeras cortinas que compré en mi vida (antes usaba sábanas sujetas con broches, ahora que voy a ser padre de familia, tengo que tener cortinas). Me siento —extrañamente— feliz.
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Comentario de veroz — un 18 noviembre 2008, tipo 10:58
Aaaayyy me siento tan identificada!!! Después de 24 añitos de vida en pleno centro geográfico de la capital federal, departamento con balconcito en 2º piso…. me mudé hace unos meses a una casa en Hurlingham… donde tengo en el terreno de al lado un gallinero de mis vecinos, los pollitos se cruzan a mi patio mientras desayuno, y el gallo canta a cualquier hora del día y de la noche indiscriminadamente.
Todo lo que contás es tal cual!!! Pero ya me voy acostumbrando, y hasta me está gustando la tranquilidad del barrio!!
Comentario de Anabel — un 21 noviembre 2008, tipo 5:30
A mi me pasó exactamente lo contrario. Viví 17 años de mi vida en una casa, en un pueblo de SL. Estoy acostumbrada a conocer y a saludar a medio mundo. Después me vine a Córdoba para comenzar con mi vida universitaria. Un giro de 360º. Al principio sentí que vivía dentro de un pequeño cubo, subir y bajar ascensor todos los días, el anonimato en la calle… Pero después de todo me acostumbré.
En cuanto a los puntos que enumerabas, lo de los ruidos de los gatos me hizo acordar mucho a casa (ni te digo cuando las gatas parían en el patio). Con el tema de los víveres “fuera de horario”, si te hacés amigo de algún kiosquero seguro que te atiende de todas formas. Lo del patio no lo he vivido, tenía uno de cemento.
Ojalá que te hayas acostumbrado a vivir al ras del suelo, dentro de todo, y con suerte, te ganás buenos vecinos y mucha tranquilidad.
Suerte con la mudanza! Que te sea leve!
Saludos!
Pingback de Peinate que viene gente » Blog Archive » Sobre cómo embalar un blog en cajas — un 21 noviembre 2008, tipo 12:29
[...] pasé los primeros 30 años de mi vida en un departamento. Para mí la idea de vivir en una casa era una cosa lejana e incomprensible, hasta que nos vimos en la necesidad de buscar un lugar para [...]
Comentario de Gianina — un 1 diciembre 2008, tipo 17:22
A mi me encantaban los ruidos de los gatos… dejar la puerta abierta, salir a las 5 de la mañana y las noches estrelladas. Podía soportar por eso que todo cerrara a las 1 de la tarde o a las 9 de la noche. Pero no a la abuela de mi novio… Ni por un millón de pesos.
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