Venimos de pasar el feriado en las sierras, estamos cansados, resfriados, llenos de locro de primero de mayo. En el asiento trasero nuestra hija duerme en una sillita para bebé y la autopista se abre ante nosotros como una alfombra intermitente de baches y lomadas de asfalto dilatado.
Me incorporo al tráfico sin inconvenientes en el primer tramo. A medida que avanzamos, charlamos sobre cómo están las cosas, las injusticias sociales, el calentamiento global.
En el regazo de mi mujer descansa la sección Clasificados del diario. En las últimas semanas nos hemos divertido visitando casas que no podemos alquilar. Marcamos una, llamamos y quedamos para verla. Después decimos que no nos gustó y nos vamos. Es más barato que ir al cine. Tenemos una pila de tarjetas personales de agentes inmobiliarios junto al teléfono.
Bukowski, creo, tenía un cuento o una novela que trataba el tema de visitar casas para comprar o alquilar. A mí siempre me ha intrigado la intimidad de un hogar, ver cómo están dispuestos los muebles, las habitaciones. Me siento un parásito metiéndome en sus domicilios y moviendo mentalmente sus camas, sus roperos, sus platos; siempre reubicando mis pertenencias.
Lo primero que hago al entrar es volar a la mierda los adornos que hay sobre la mesita y poner ahí el frasco que tengo con los dos alacranes. Después les descuelgo los cuadros y se los pisoteo, y aprovecho los clavos para probar cómo quedan nuestras fotos, nuestros tapices.
Disfruto mucho rompiendo esa organización sistémica que un puñado de individuos se propone puertas adentro y que los pinta de pies a cabeza. La autopista que recorremos ahora es una organización similar, y se está atascando a unos cientos de metros del peaje. Nadie que haya leído Autopistas del Sur de Cortázar verá después un embotellamiento de la misma manera.
—El deber de los escritores es acercar los textos a los lectores —le digo a mi mujer, justo cuando nuestro auto se detiene detrás de otros 30 o 40 y empiezan a sonar las bocinas.
En algún momento nos hemos convertido en una masa obrera posmoderna, una turba embravecida de revolucionarios sobre ruedas, peleando contra la bestia capitalista de gorrito «Camino de las Sierras».
—El libro no morirá nunca —dice mi mujer, y me hace señas para que toque la bocina.
A mi lado, en un Taunus pistero, un pelado baja el vidrio y me mira. Sus ojos son el mejor afiche de la revolución, los piercings que lleva en las cejas, la argolla en el lóbulo deformado de la oreja.
El pelado frunce el entrecejo sin quitarme la vista de encima. Busca reclutas y compañeros para liberar todas nuestras autopistas atascadas.
Yo pongo cara de coprotagonista de película Clase B, sonrío y le hago saber que soy el hombre indicado. Entierro la cara interna de mi muñeca en medio del volante. El concierto despierta a mi bebé. Son cientos de autos con motores que braman por debajo de los cláxones, con ventanillas por las que se ven brazos que se agitan, cabezas asomadas que putean.
Me vuelvo para mirar el puñito rosado de mi hija que se yergue en la oscuridad de los asientos; a su manera, nos está haciendo saber que vale la pena la guerra vial que estamos peleando.
Es mi mujer la que me advierte del milagro.
—Mirá —me dice.
Ocurre delante de nuestros ojos impávidos. Las barreras de las casillas de peaje se levantan y, uno a uno, los vehículos pasan.
El pelado a mi lado me guiña un ojo y levanta su pulgar. La felicidad tiene cara de pelado en un Taunus en la autopista.
Tomo de la mano a mi mujer, ella a su vez toma la mano de nuestra hija, y cruzamos los tres ese portal custodiado por los rostros asalariados y desorientados.
Estamos entrando en la ciudad, hemos vencido el último bastión de la resistencia. Guerreros civiles con los vientres repletos de locro, con hijitas en pequeñas sillas y vientres repletos de papilla.
La felicidad tiene cara de bebé que prueba por primera vez un puré de manzana.
Unos metros más allá, el flujo de vehículos que cruzan con impunidad converge. Estamos del otro lado de la frontera y nos atascamos de nuevo, inevitablemente. Tantos vehículos juntos y liberados de repente, tanta pasión suelta en las rutas y ahí estamos, como niños que cruzan la puerta de un colegio hacia la libertad, tropezando unos con otros.
Soltamos nuestras manos y volvemos a nuestros pensamientos, a nuestras cavilaciones, a la contemplación rojiza de las luces de freno en la oscuridad.
Ahora, de este lado, las bocinas no valen la pena. Ha sido una victoria con sabor a muerte.
Mi mujer me toca el hombro.
—Se cagó —me dice.
Me vuelvo y veo el pequeño rostro, el más hermoso, el más sonriente.
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Comentario de Yordan — un 29 enero 2009, tipo 11:30
Disfruté mucho del relato.
Gracias.
Comentario de Adri — un 23 febrero 2009, tipo 8:06
José:
Hablando de la intimidad de los hogares, hay un texto de Capote en el que él acompaña a una amiga suya que era empleada doméstica, en su ronda de trabajo a varios domicilios. La mina tenía las llaves e iba a limpiar cuando los dueños no estaban.
Pasan por 4 o 5 casas. En cada una Capote chusmea todo, se imagina las vidas de los ausentes; entre los dos les sacan el cuero asquerosamente. La última visita es delirante: los dos completamente fumados bailando y morfándose toda la heladera, y llegan los dueños. El final es muy tierno.
La mala noticia: no recuerdo el título ni en qué libro está.
Comentario de Adri — un 23 febrero 2009, tipo 9:11
Lo encontré gracias al Sr. Google. El relato se llama “Un día de trabajo” y está en “Música para camaleones”.
De nada.
Comentario de José Playo — un 24 febrero 2009, tipo 8:56
@Adri: lo encontré en un .doc para bajar,
pego la url acá para los interesados, muchas gracias por la sugerencia.