Lo reconozco. Llegado el caso, no me queda más que aceptar que estoy purgando mis pecados. Agachado frente al adminículo, con los ojos enrojecidos, veo el humo elevándose hasta formar una réplica del rostro de mi fracaso.
Tomo aire. Resoplo.
Me indigna este frío miserable masticándome los huesos. Me indigna esta rigidez en las manos, esta imposibilidad de levantar en vilo la salamandra del orto y arrojarla por la ventana.
Lo reconozco. Quiero pegarle a mi vecino cuando pase. Él no tiene que abrir las ventanas para ventilar su casa. Es mi casa (no la suya) la que se camufla detrás de un humo blanco y espeso que tiene la misma forma que mi rostro llorón.
¿En qué estábamos pensando cuando alquilamos esta propiedad?
En ese entonces éramos dos románticos. No teníamos los pendejos de los brazos chamuscados como ahora, que abrimos la puertita de hierro y nos quemamos y nos cegamos y nos puteamos.
Lo reconozco. Quisiera estar viviendo en un lugar donde la calefacción funcione, quisiera rascarme la nariz sin llenarme de un tizne pardo.
Me solidarizo con aquellos que no tienen cómo entrar en calor. Quisiera colgar de los huevos a todos los que vienen y me dicen «en casa teníamos una de estas y andaba bien». Ahora comprendo la indefensión, el abandono, la locura asesina de los lobos. Abriría la puerta y correría hasta la plaza, donde me abrazaría
y me besaría en la boca con los perros callejeros. Envidio que puedan esconder la cara cerca de sus huevos buscando calor.
Yo no puedo. Mis huevos me quedan lejos.
La plaza me queda lejos.
No es cierto que el purgatorio haya desaparecido, mi living es el purgatorio.
De chico quería ser monaguillo. Deserté. Este es el castigo; un preámbulo de alquileres disparatados, una mano mía agarrotada que ya no dibuja circulitos azules en los avisos clasificados.
Colgaría de los huevos a quienes vienen y me dicen «pensá que hay gente que no tiene techo».
Lo reconozco. Nos estamos incubando de noche entre las sábanas, como si fuéramos huevos, porque somos la simiente de un animal fusionado.
Mitosis, meiosis, la concha de tu hermana, Darwin y la reputa que te parió. Un viejo fuma porro que no sabía qué carajo era una salamandra, eso era Darwin, y hoy seguro que tendría un blog. Tener un blog hace que la gente se deje de joder. A nosotros nos importa una mierda la evolución de las especies, no podemos discutir tiritando con las manos hundidas en los sobacos.
Los leños crepitan dentro de esta caldera de hierro. Lo reconozco.
Pero después humean y no hay calor, y ya no se puede leer en el living, sólo se puede ensayar un involuntario zapateo americano. Hay que abrir las ventanas y dejarse cincelar por el viento, recibir las dagas gélidas en el pelo, en las piernas, en la raya del culo.
Alguien le contará a mis padres que he escrito esto. Y llamarán mañana para pedirnos que nos rindamos, que dejemos esta casa, que no tiene sentido.
Desde las almohadas graznaremos como pelícanos, quejándonos.
Yo diré la verdad: prefiero todos los amaneceres ahumados del mundo, porque cuando el primer rayo de sol nos despabila, somos fuertes en el frío.
No se puede doblegar el amor de una familia que duerme al calor de saber que, eligiéndonos, no nos hemos equivocado.
RSS feed para los comentarios de esta entrada. TrackBack URI
Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
Entradas y Comentarios feeds.
XHTML y CSS válidos.