En Rugby es tercer tiempo; en Golf, hoyo 19… Y yo ayer chupé la baba del pico de una botella de Coca que otras nueve personas babearon.
Han pasado, creo, dos siglos y chirola desde la última vez que jugué al fútbol. No me gusta ver fútbol. No me gusta saber en qué andan los equipos ni qué club ascendió a primera. Me tiene sin cuidado la fecha del clausura y los mundiales me aburren sobremanera.
Pero jugar me gusta.
Corro, hago cabriolas, gambeteo, hago caños y dejo parados a los contrincantes. Y las redes se hinchan a mi paso y los arqueros vuelan esquivándome y una multitud imaginaria en una hinchada que no existe grita mi nombre y hace una ola que es un tsunami de gargantas que rompen en mi pecho y me lo agrandan.
Ayer acepté ir a jugar porque son todos de mi misma calaña. Nueve fumadores que no tenemos nada que ver con el fútbol, jugando al fútbol. Nueve almas que pueden pasar el resto de su existencia sin volver a pisar una cancha sin que les pase nada.
A la mitad del partido me paré a mirarme las zapatillas. Un primo se me acercó para preguntarme si estaba aburrido. Cuando empecé a contestar que no, me pusieron un guadañazo sobre la rodilla derecha. La cancha toda se iluminó con una intensidad desquiciada y acabé en el suelo, como la gente de las ligas mayores:
- cabeza hacia atrás
- pierna flexionada con rodilla en alto
- una mano sobre la herida y otra sobre los ojos, con la boca bien abierta.
Nunca entendí por qué lo primero que hacen los futbolistas es taparse los ojos cuando los golpean. Yo también me los tapé y dejé que hicieran un círculo a mi alrededor y me preguntaran cómo estaba.
Hoy estuve todo el día poniéndome hielo en la gamba, que me duele como si me hubieran pegado un balazo. Y el jueves tenemos la revancha.
En algunos deportes la violencia está a la orden del día. De hecho, antes nos juntábamos regularmente a jugar, pero había algunos que se lo tomaban demasiado en serio y te recontracagaban a patadas. Vos venías distraído con la cabeza puesta en llegar al arco y a mitad de camino te chocaba un tractor en contramano al grito de «no é full, no é full, ió fui a la pelota». Así que abandoné.
La actividad deportiva se presta a rencillas que a veces acaban muy mal. Creo que jamás voy a volver a ver una repartija de sopapos como la que vi una vez en una carrera de motos en las sierras. El circuito era un asco y la mayoría de los corredores parecía sacado de un dibujito animado, pero se las arreglaban para entretener a los que mirábamos con ojos enrojecidos de cerveza. Una moto frenó de repente y el chofer se bajó para putear a dos que lo abucheaban en una curvita. Cuando nos quisimos acordar, TODA la gente del lugar se estaba cagando a trompadas. Había hombres que bajaban de los médanos esos que usan los motoqueros para saltar, y venían trastabillando y levantando polvareda para, a pocos metros del epicentro del quilombo, saltar y asestarles piñas durísimas en la boca o en los ojos a otros. A veces en las nucas. Esos golpes sonaban como latas de conserva reventando, como aplausos aislados en un escenario lleno de tierra. Las correrías y los focos pugilísticos, que se armaban y desarmaban al ritmo de la coreografía violenta, levantaron una nube de tierra que nos cegó a todos.
No hablo de diez o doce personas, no. Hablo de un Woodstock a los bifes, de un éxodo jujeño a las trompadas, de hombres pegándole a mujeres, de niños en el suelo llorando porque sus padres se afeitaban los bigotes a nudillazos limpios, de motos que seguían corriendo y esquivaban cuerpos que caían noqueados.
Fue una escena dantesca y no sé cómo nos salvamos. Repito: hasta las promotoras cobraron.
Tengo imágenes aisladas. Si hubiese sido una película, seguramente habría un primer plano de mi cara en cámara lenta boquiabierto, pestañeando con lentitud mientras intento gritar:
—¡Cooooorrraaaaaaan…!
Los viejos, cómo pelean los viejos. Señores mayores y gordos (presumo que padres de corredores) que se trenzaban con dos o tres muchachos a la vez, para voltearlos como a muñecos que caían a sus pies (qué bien pelean algunos viejos); chicas que intentaban separar a sus novios y recibían ñoquis de parte de un pelilargo que andaba buscando dónde dejar el sello; bocas sangrantes, narices torcidas, ojos negros.
Esa tarde huimos. Nos escabullimos entre unos espinillos en una retirada limpia y cobarde, como viejos hippies en Bagdad, porque esa lucha nos parecía inútil. No somos adeptos a que nos peguen en la boca, así que metimos nuestros culos ilesos en el auto y salimos jurando que jamás volveríamos a pisar un lugar de esos.
A veces me pregunto, ¿qué mierda hacía yo en un lugar de esos?
Tengo un cuento.
Eso es (siempre) lo único bueno.
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Trackback de Tramadol prescription. — un 26 Mayo 2010, tipo 6:15
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