Peinate que viene gente


Combates desiguales

De la serie: La mano benefactora
de un desconocido
, primera entrega.

No sé qué hacía en la puerta de un boliche en Alta Gracia, ni por qué se había armado semejante quilombo. Sí sé que empecé a preocuparme cuando, a eso de las cinco de la mañana, empezó a caer gente en ojotas y bermudas. Gente que habían ido a despertar para que se llegara hasta el lugar para cagarnos a trompadas.

En un momento, como pasa siempre en la vida, descubrí que mis amigos habían quedado en el bando de los “chicos que vienen de la ciudad al pueblo y se tienen que llevar una buena pateadura para entender que acá nadie se hace el piola”.

De pronto se armaron dos polos antagónicos y claramente diferenciados: los locales (un grupo de veinte que habían cerrado una calle y nos impedían el paso) y los visitantes (un grupo de diez que no sé qué hacíamos ahí, pero que estábamos por dejar uno que otro diente en la vereda).

Yo temía por mi vida. Miraba hacia uno y otro costado con la convicción de que, hiciera lo que hiciera, no habría escapatoria. Casi por una cuestión de camaradería, empecé a acercarme a mis conocidos, presto a ocupar la segunda línea de batalla, esa que arrastra hacia el costado los cuerpos caídos y levanta botellas y pedazos de baldosa para repeler a los agresores.

Cuando empezaron los insultos y las bravuconadas de ambos bandos, cuando la testosterona perfumó con tufos embriagantes esa madrugada, cuando unos y otros escupían en el piso y se arremangaban, cuando los guardias del boliche cerraron por fin las puertas, cuando empecé a lamentar seriamente haberme juntado con semejante cantidad de pelotudos que ahora terminarían siendo compañeros de camilla de hospital, alguien del bando contrario gritó:

—¡Paren!

Y eso hicimos todos. Nosotros, porque comprendimos que había una mínima posibilidad de que no corriera sangre (nuestra sangre); ellos, porque la voz de alto la había dado alguien importante, alguien que respetaban y que tenía algo que decir antes del desborde.

Yo me había ubicado a un costado y fumaba pausadamente mientras observaba las manos de todos los contrincantes, sopesando la posibilidad de correr hacia el más pequeño de ellos y tumbarlo al piso para trenzarme –con ciertas garantías– en una confusa e igualadora horizontalidad, cuando la voz repitió la orden y después agregó:

Vó, el puto de camisa floriada.

Yo, efectivamente, tenía una camisa floreada que había comprado en una casa de ropa usada. Era una prenda ridícula e infame, un trapo que parecía el hermano menor del cortinado de un teatro del Lejano Oeste, una cosa de mal gusto que había conseguido por cinco pesos y que creía, no sé porqué, que tenía una onda bárbara.

De pie con el cigarrillo tiritándome en la boca, comprendí que tal vez aquella podría haber sido mi última incursión al ropero, la elección que en sí misma me había condenado: todos saben de la seducción mórbida y el infinito placer que genera tomar a golpes de puño al peor vestido del otro bando.

Vo. Vení —repitió la voz.

Entonces avancé. Y no lo hice por hombría, ni porque pretendía sacrificarme por ese grupo de estúpidos que se decían “mis amigos”, ni porque suponía que de esa manera ganaría tiempo para reorganizar nuestras filas. Lo hice porque esa voz me resultaba muy familiar.

Me despegué lentamente del grupo y crucé la zona franca que nos separaba sin quitarle la vista de encima al dueño de la voz. Un par de manos de mis compañeros intentaron detenerme y las aparté.

—Lo conozco —dije como hipnotizado.

Cuando llegué hasta él, un petizo que sacaba pecho se puso a mi lado y me empujó la cabeza con su dedo índice mientras mantenía el pulgar levantado.

—Te salvaste, culiáu —me dijo al oído el acólito.

Apenas si le presté atención. Frente a mí tenía un rostro que no podía recordar de dónde conocía y que me sonreía sin maldad, casi con ironía.

¿Te acordái quén soy?

—¿Carlos? ¿Ramírez? ¿Feliciano? —aventuré.

Ma qué Feliciano, ortiva. Soy el Negro Chamuyo. ¿Te acordái?

Moví la cabeza de un lado a otro mientras estiraba la comisura de los labios hacia abajo. El Negro continuó:

Vo tai etudiando psicología, ¿no?

En esa época sí. De hecho, en el momento en el que mencionó la carrera, me vino a la mente la inscripción para cursar del año anterior, la cola interminable de gente, las caras de los chicos que vienen de los pueblos y del interior, desorientados, aturdidos. En sucesivos flashes el rostro que tenía enfrente salió de las sombras del recuerdo y repitió dentro de mi cabeza la confesión vergonzosa y la pregunta discreta: “é la primera vé que vengo y toy en bola; me quiero anotá, pero no sé cómo é; ¿quéloque tengo que hacé?”. Recordé también que, a pesar de estar apurado, me tomé unos segundos y le anoté los pasos a seguir en el reverso de un folleto, cosa que él agradeció poniéndome una mano en el hombro y diciendo:

Gracia, máquina. Cualquier cosa que necesité cuando andéi por Alta Gracia, preguntá por el Negro Chamuyo, loco.

Había pasado más de un año, y aquél desconocido volvía a presentarse frente a mí, esta vez, para salvarme la vida.

—Sí. Ahora me acuerdo —dije.

Él sonrió mostrando los dientes de un costado. Después pasó un brazo sobre mi hombro y me llevó aparte. Ahí me explicó cómo era la situación: uno de mi grupo había estado molestando a la novia del petizo que sacaba pecho y que ahora me miraba, bufando. Si nos quedábamos, al menos el petizo tendría que pegarle a alguien. Y si otro saltaba, la cosa se descontrolaba.

Te quedan dooopcione: o te vái iá con tu amigo y se quedan piola y no vuelven má, o te vái vó solo y a lo que quedan lo rompemo a todo.

—Lo tengo que consultar —dije, sabiendo de antemano la respuesta.

El Negro Chamuyo me palmeó la espalda y me dijo que estaba bien, que me esperaba. Cuando estaba dándome vuelta para regresar con los demás y comunicarles la buena nueva, el Negro me preguntó:

¿Entendé cómo é la onda con vo, no?

Moví la cabeza de arriba para abajo varias veces, con rapidez.

Tomensé el palo, culiáu. E lo mejor que podé hacé.

Cuando pasé junto al petizo, observé que de su cintura asomaba un bulto rígido que se dibujaba por debajo de la remera. La sola idea de que aquello pudiera ser un arma me estremeció. No me costó nada disuadir a los pocos que todavía pensaban que tenían alguna oportunidad y nos alejamos caminando sin mirar atrás, hacia los autos.

Esa fue la última vez que salí con aquélla gente. Han pasado diez años y he visitado muchísimas veces Alta Gracia desde entonces, pero al Negro Chamuyo, al tipo que me salvó la vida en pago de un favor que para mí no significó nada, no lo he vuelto a ver.
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Este es el primero de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña colección que he dado en llamar: “La mano benefactora de un desconocido”.

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  1. 1

    Comentario de Fledermaus un 12 julio 2008, tipo 1:23


    Me diste escalofríos. Recordé mi adolescencia por un momento, y me corrió un fresquete por la espalda que ni te cuento. De todas formas, …¡carajo!, que buenos recuerdos…
    Sea ficción o no, me imaginé las calles de Alta Gracia, las caras de miedo de los citadinos y la intimidante presencia de los locales.
    Un abrazo.


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  2. 2

    Comentario de Gabriela un 12 julio 2008, tipo 2:15


    Muy bueno Jose.. como nos tenes acostumbrados siempre!!!!!

    Besus
    Ga


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  3. 3

    Comentario de Seba un 12 julio 2008, tipo 2:41


    loco, me pasó lo mismo, con la salvedad que salimos del boliche, en alta gracia, yo corrí hacia el auto, era el más rápido, y los otros subieron por la ventanilla del 128 que tenía en ese momento.
    La diferencia era que ninguno había bardeado a la mujer de nadie, y que el solo hecho de ser de Córdoba capital ameritaba la golpiza.
    Nos siguieron como 10 km por la ruta 5, nunca había puesto la aceituna (el 128) a 160 como esa vez. Nos salvamos, pero nunca voy a olvidar la cara de los 10 (quizás 9, pero muy grandotes para mi metro 64 cm) que nos querían boxear porque sí.
    Acá estoy, leo poesía y literatura en gral, y de pelear sé tanto como de físico astronómica, pero aprendí una cosa: en el interior no se sale al menos que uno tengo un conocido. Como a los bailes…
    Aguante alta gracia, que de gracia les quedó más bien lo de alta, vaya a saber a qué remite la altura….
    Un abrazo José.

    Sebastián


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  4. 4

    Comentario de Jackie un 12 julio 2008, tipo 2:44


    Sumamente masculino, códigos que pocas veces son tan claros para nosotras, se revelan en el relato. Me encantó la traducción José.

    No puedo entender porqué hay individuos (hombres y mujeres) que acostumbran “tirarle los perros” a alguien cuando está acompañado por su pareja, supongo que les gustan los deportes extremos.

    Y aunque las mujeres “somos más civilizadas”, dudo mucho que alguna actúe con el agradecimiento de alguna situación anterior si literalmente le tocan el pito a su macho en plena cara.

    Beso.


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  5. 5

    Pingback de Nadie nunca me pegó más fuerte que esa mujer « Peinate que viene gente un 12 julio 2008, tipo 3:19


    [...] Peinate que viene gente Escritos :: Humores :: Culturas :: Misceláneas « Combates desiguales [...]


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  6. 6

    Comentario de vagina way un 12 julio 2008, tipo 9:20


    Me estoy riendo mucho, con “vo el de la camisa floriada” y la descripción posterior sobre dónde salió la camisa y la idea de que te sentías “muy de onda” ja ja ja.
    Si reviso los modelitos de fines de los 80 y principios de los 90, cuando me animaba a poner cualquier cosa, que creyera que estaba de moda, es para morirme de risa. Y de los looks del pelo… peor. jajja!
    Me imagino la adrenalina que habrás sentido en ese momento! Decí que tenías puesta tu camisita floreada que te hizo distinguible… ahora pienso: ¿qué habrás llevado puesto el día de la inscripción? jjajaj


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  7. 7

    Comentario de Eli un 12 julio 2008, tipo 11:24


    Coincido con Jakie, sobre todo en el comentario de las “mujeres civilizadas” que se olvidan de los favores en los momentos que le tocan el macho.

    Divertidisimo el idioma sobre todo para los que no tuvimos la suerte de nacer en córdoba y no hablamos tan musicalmente, cuando lo leo trato de ponerle tonada cordobesa y el relato es doblemente divertido. ¿ no has pensado en ponerle sonido a alguno de tus relatos? sería genial poder escucharte contar tus cuentos!


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  8. 8

    Comentario de otrodiaenlatierra un 12 julio 2008, tipo 21:09


    Loco, me hiciste acordar la pelea más historica de mi vida… Empezó por las mismas circunstancias… pero el final fue terrible… en cuanto tenga un tiempito la termino y la subo en el blog…
    Así como me conoces (y sabés que no soy para nada violento) termine formando parte de una batalla campal entre “mis amigos” (8 pelotudos) y 8 “Barrabravas de platenes” (maquinas de matar pasadas de merca).
    En fin… viví para contar la historia y recordarle a la gente que nunca se vista del mismo color que sus amigos más barderos…

    Un Abrazo!


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  9. 9

    Comentario de Lucas, desde Pest un 13 julio 2008, tipo 14:16


    El peligro a la noche es como un buscapie entre un monton de ciegos, nunca nadie sabe en que momento la terminas ligando sin entender que paso.
    Una vez volviendo de un recital en Juniors o en el Hindu paramos a tomar una cerveza o un vino al frente de la plaza de barrio Gral. Paz. Esto fue mucho tiempo antes de que la especulacion inmobiliaria la convirtiera en un reducto cool y prolijo.
    No podiamos terminar la birra y se acerco un flaco que nos pidio un faso o una moneda. Le explicamos que no teniamos porque habiamos comprado la cerveza, pero le dijimos que se quedara a tomarla con nosotros. Eramos 2 o 3, de unos 17 anios. El recien llegado nos comenzo a contar que vivia cerca, que sus amigos ajustaban a la gente que pasaba por la plaza, y que no nos paso nada porque le convidamos cerveza y le quedo claro que no podia sacarnos nada.
    Luego resulto que este flaco era del Crom o algo asi, un centro de rehabilitacion de ‘menores en conflicto con la ley penal’ que tiene una casa por ahi cerca. Un nenuco maomeno.
    Vio Playo? hay que ser buena gente, uno nunca sabe en que rincon de la noche te podes encontrar al que le hiciste una gamba o le caminaste una mina.


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  10. 10

    Comentario de sugus un 13 julio 2008, tipo 20:23


    Lugar de picoteo seguro era “la abuela valentina” sitio de rio segundo, donde si tenias la suerte de caer en cana.. te metian en la misma celda que los contrincantes (picoteros). Volvias al barrio desconocido y con turno en el dentista. decimelo a mi y a las 2 lucas que porto como incisivos. abrazo


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  11. 11

    Pingback de La irrupción de los findaditos (Vol. 1) « Peinate que viene gente un 13 julio 2008, tipo 23:34


    [...] tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que [...]


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  12. 12

    Comentario de juan un 14 julio 2008, tipo 9:29


    recuerdo el episodio como si fuera ayer, pero no me acuerdo del negro chamuyo, si me acuerdo del ojo del enri, que ojaso….


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  13. 13

    Comentario de nene un 14 julio 2008, tipo 15:54


    Yo disiento con Jackie. En todos lados se cuecen habas, como dice mi sabia madre. De hecho, en un tiempo salí con una mina que le daba muchísimo a la cerveza (no digo alcohólica porque me parece demasiado), y le gustaba armar bardo en los boliches….y después defenderme!!
    Y aclaro que pegaba unas piñas de película, la muy hija de puta.
    Abrazo, Jackie!!


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  14. 14

    Comentario de Jackie un 14 julio 2008, tipo 21:50


    Por eso puse entre comillas que somos más civilizadas nene ;) jajajajaja.


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  15. 15

    Pingback de La irrupción de los finaditos (Vol. 2) « Peinate que viene gente un 15 julio 2008, tipo 1:03


    [...] tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que [...]


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  16. 16

    Comentario de Walterio un 15 julio 2008, tipo 22:43


    ¿Qué día se te ocurrió ir?, ¿el 11 de febrero? En esa fecha cualquier cosa puede pasar en Altaria en nombre de la Virgen de Lourdes.


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  17. 17

    Comentario de mmoreno80 un 17 julio 2008, tipo 12:43


    Solo tengo una cosa para decir: usar camisas floreadas da puto. Excelente relato. Matias.


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  18. 18

    Pingback de La irrupción de los finaditos (Vol. 3) « Peinate que viene gente un 17 julio 2008, tipo 13:29


    [...] tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que [...]


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  19. 19

    Pingback de Peinate que viene gente » Blog Archive » Mujeres que golpean un 23 julio 2008, tipo 19:42


    [...] De la serie: La mano benefactora de un desconocido, que comenzó acá. [...]


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  20. 20

    Pingback de Peinate que viene gente » Blog Archive » La cofradía de las capuchas un 25 julio 2008, tipo 1:27


    [...] Última entrega de la serie “La mano benefactora de un desconocido”, que empezó acá. [...]


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  21. 21

    Pingback de Peinate que viene gente » Blog Archive » Radiografías de la suerte un 31 octubre 2008, tipo 19:28


    [...] Combates desiguales narra la previa a una batalla campal que casi nos cuesta la vida a mí y a un grupo circunstancial de boludos con los que habíamos organizado una salida. Además, es la más clara expresión de la forma de hablar del cordobés promedio, ese que está dispuesto a dejar la vida y los dientes en el asfalto cuando se trata de defender el honor de una dama. Yo soy menos pugilístico que una tostada con queso, pero esto pasa cuando elegimos la compañía equivocada y nos exponemos a los designios del destino. También es la muestra más acabada del valor del ocote, entendido como suerte inesperada. [...]


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  22. 22

    Trackback de ambien vs lunesta un 26 mayo 2010, tipo 22:36


    ambien accept mastercard…

    cheap ambien. ambien vs lunesta. no prescription ambien….


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  23. 23

    Comentario de Mac un 3 junio 2010, tipo 14:43


    Antes de irte deberías haber escupido en el suelo, que eso sí esuna actitud de machos bien machos. Medio maricón lo tuyo José, pero muy bueno.


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