El cansancio se traduce en un entorpecimiento de las operaciones más sencillas. Y subir una y otra vez las escaleras, además de agotar las piernas, supone una cuota de peligro intolerable. En cambio apretar el botón para ir al piso donde lo espera su mujer es más fácil y sólo alberga, en el peor de los casos, una cavilación momentánea y paralizante. Si todo salía bien, aquella sería la última incursión a la calle. Le correspondían esas tareas menores que recaen sobre los acompañantes y aceptaba sin objetar los encargos. No podía ser de otra manera. “Una botella de agua y algunas golosinas”.
A la siesta tuvo que buscar el diario y unas revistas, a la tarde se encargó de arreglar los papeles para prolongar la internación y a último momento tuvo que bajar hasta el laboratorio para retirar unos análisis. Cada vez que podía se escapaba hacia un patio interno donde encendía sin mucha convicción un cigarrillo mientras esperaba que llegara la noche y con ella el descanso imperfecto que era esa silla en la que dormitaba con la cabeza oscilando cada vez que los ojos se le cerraban. Ya no recordaba con qué fantaseaba más, si con una noche de sueño completo o con una ducha caliente que le barriera el sudor pringoso. Sus anhelos eran de vapor, almohadas y bañeras, un permanente recostarse junto al grifo mientras las gotas lo acribillaban en arrullos redentores que lo abstraían de los partes médicos y de las sugerencias de las enfermeras.
Ésta sería la última salida de la jornada. Faltaban cuatro minutos para las dos de la mañana. “Un agua mineral, unos caramelos de menta”. Ya en la calle, aturdido y con el pelo revuelto, se detuvo a contemplar el parpadeo rítmico de los semáforos que serpenteaba como un animal nudoso por la avenida y hasta donde la vista alcanzara. La simetría de las luces amarillas se alteraba en algunas bocacalles cuando los autos barrían el cemento oscuro con sus faros en fugaces pasadas. El mundo se le antojaba irreal e intermitente. La ciudad humedecida por los camiones de limpieza reflejaba ociosamente el alumbrado público, que como un espejismo aparecía y desaparecía junto a las veredas.
Bostezó, fumó y se acomodó la camisa dentro del pantalón antes de regresar al hospital.
Apenas cruzó la puerta el palier lo envolvió con el rumor inquietante de las calderas, un ronquido trepidante que subía desde el sótano y se agolpaba debajo de sus piernas. El edificio cobraba un peso siniestro en la penumbra a medida que avanzaba, cada puerta entornada albergaba, además del motor asmático de las heladeras de hemoterapia, una presencia robusta e impía. Pensó en una gran alimaña que se deslizaba piso a piso por las escaleras, como la prolongación de un sufrimiento oculto e impostergable que reptaba despidiendo un tufo de alcohol y desesperanza devorando la salud de los pacientes. A su paso la muerte se vestía de resignación abominable. La gente entraba en ese lugar para morir y para nacer.
Pensaba en eso cuando advirtió que detrás del mostrador la silla giraba lentamente, pero por ningún lado se veía al recepcionista. La idea del hall de ingreso como un vórtice macabro de asepsia lo estremeció, obligándolo a apurar el paso. A esa hora en que las visitas han despejado los pasillos, nadie había para cruzarle una mirada, y la desolación brotaba por todos los rincones en penumbra.
Esos mismos pasillos repetían la coreografía de los semáforos en la calle, una sucesión de conos de luz trémula que caían de los fluorescentes descubriendo a veces una silla de ruedas quieta, otras un olvidado carro de limpieza. La madrugada en el hospital era una pausa en la que la goma de sus zapatillas resonaba como un quejido delator mientras avanzaba.
Se esforzó para no pensar en las historias de enfermeras sádicas que se colaban por las noches en las habitaciones, bisturí en mano, para drenar los miembros paralizados de los pacientes que no oponían resistencia. Cada vez que un pie suyo se adelantaba, el corte silencioso del escalpelo se materializaba repulsivamente en su cabeza.
La hilera de bancos junto a los ascensores estaba vacía. Por ningún lado se veía al muchacho que unas horas antes había improvisado una almohada con su campera.
Apretó el botón y esperó. En el tablero sobre su cabeza la cuenta regresiva cadenciosa palpitaba piso a piso.
La bolsa con la botella y las golosinas cayeron cuando se abrió por fin la puerta.
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Trackback de Bitacoras.com — un 15 septiembre 2008, tipo 1:12
Información Bitacoras.com…
Si lo deseas, puedes hacer click para valorar este post en Bitacoras.com. Gracias….
Comentario de nene — un 15 septiembre 2008, tipo 5:40
Uh, te faltó el “continuará”, aunque no continúe ni mierda…me dejaste con las ganas otra vez.
Se ve que la estadía en la sección Maternidad también te inspira, che Joselo.
Espero ande todo bien, te dejo un abrazo enorme.
Comentario de juan — un 15 septiembre 2008, tipo 10:24
felicitaciones por el nuevo retoño
Comentario de Walterio — un 15 septiembre 2008, tipo 10:28
Congratulaciones por la publicación de otra niña!
Comentario de Federico Gauffin — un 15 septiembre 2008, tipo 11:49
Cosa fea los hospitales (sanatorios, clínicas, o lo que sean… Nunca entendí las diferencias entre uno y otro).
Felicitaciones por la nueva integrante de la familia!!
Besos a las dos peques, para que ninguna se ponga celosa.
Comentario de Camilo — un 15 septiembre 2008, tipo 12:53
Ahora si que no entiendo!
Debemos felicitarte o te estás preparando para meternos un sopapo campeón?
Algunos te felicitan… otros preguntan confundidos y como yo no se que hacer, me cubro por las dudas.
Si están casi-casi, esperando: Les deseo
¡¡¡SUERTE!!!
Si ya “publicaron” (gracias Walterio):
F.E.L.I.C.I.T.A.C.I.O.N.E.S.
Un enorme saludo para la familia!
Comentario de RÖ — un 15 septiembre 2008, tipo 14:27
¡¡ FELICITACIONES !! a los papás y a la recién recibida de “hermana mayor” !!
Slds.
Comentario de antiflogger — un 15 septiembre 2008, tipo 14:53
sorry loco, anduve desaparecido últimamente, objeto del acoso laboral. muy bueno el relato, tiene construcciones que me vuelan la peluca, todo un arte de las letras lo suyo
por lo que estuve leyendo en los comentarios, hay nueva integrante en la flia, muchas Felicitaciones!
abrazo
Comentario de Karmakiller — un 15 septiembre 2008, tipo 15:37
un escritor inspirado por los regalos de la vida.
Que te sea siempre familiar este sentimiento y la calidez en tu obra.
un abrazo man!
Comentario de Fledermaus — un 15 septiembre 2008, tipo 15:39
¿Será?
Comentario de alvaro — un 15 septiembre 2008, tipo 16:27
como siempre vuelvo, de vez en cuando y cada muerte de obispo. gracias a tu relato que habla que las cortinas del baño siempre se te pegan en la gamba levante a una mina que es un camion. y siempre leo tus “relatos” cada vez q necesito una risa. como siempre, besos en la cola (cariñosamente desde la heterosexualidad)
Comentario de BoyCordoba — un 15 septiembre 2008, tipo 20:21
Josécito, tanto tiempo. Recién hoy caigo en la cuenta que los feeds de Peinate de alguna manera y por alguna razón dejaron de aparecer (a pesar de seguir figurando en mi bloglines). Ya me extrañaba que no entrara ningun post hace tanto tiempo y manualmente tecleé la combinación mágica de letras para entrar a Peinate. Se sintió medio como levantarse a cambiar el canal del TV cuando uno ya está acostumbrado al control remoto omnipresente. Bueno, tengo bastante catching up que hacer así que a empezar a leer, que desde los muertitos caminantes se ha escrito mucho.
Saludos!
Comentario de Evil — un 15 septiembre 2008, tipo 20:34
Si existen ugares por excelencia llenos de historias y sensaciones palpables en el aire esos son los hospitales y las terminales de ómnibus.
La enfermedad y la despedida…dos situaciones que inexorablemente en algún momento tendremos que pasar…
Muy bueno lo que vi de la revista hasta el momento.
Sigo mirando
Comentario de Lucas, de regreso — un 17 septiembre 2008, tipo 10:35
FELICIDADES PLAYOS!
Estupendo relato, by the way. Parece que los bondis y los hospitales te inspiran. Y los palos, claro.
Un fuerte abrazo che, cariños al resto de la flía.
L
Comentario de Fledermaus — un 17 septiembre 2008, tipo 12:34
Una vez mas, felicidades muchas, José.
Abrazo.