Peinate que viene gente


Ensayo para Diego y Natalia

No tengo ni a Diego ni a Natalia agregados como amigos en Facebook. Ahí están sus perfiles, brillando sin foto de avatar, con poquitos contactos cada uno; ninguno en común conmigo. En algún momento a lo largo de estos treinta y cuatro años ellos tuvieron dos hijas. Vivían en un departamento en el centro, creo que el mismo donde vi, por primera vez, una película violenta.

Éramos chicos, pero la madre de Diego no sabía de qué se trataba Scarface, así que nos preparó una merienda generosa y se fue a hacer unos trámites, dejándonos con la boca abierta frente a un televisor donde Brian de Palma contaba una historia llena de gente que tomaba merca y se amasijaba a balazos. Cuando terminó, nos quedamos un buen rato evocando las escenas cruentas y terminamos por retroceder la cinta para ver las tetas de Mary Elizabeth Mastrantonio y los pezones de Michelle Pfeiffer a través de un desabillé color piel. Era la época en que la Pfeiffer todavía estaba buena.

El padre de Diego tenía (o tiene, no sé) una zapatería en el centro y mi compañero entró a trabajar con él desde muy chico. Lo envidiaba un poco porque eso le daba algo de dinero y entonces en el colegio podía hacer la cola frente al quiosco y comprar unos sánguches de jamón y queso que estaban para chuparse los dedos.

No recuerdo una sola vez en la que Diego no haya querido sentarse de espaldas a la pared para partir su sánguche por la mitad y compartirlo conmigo.

Creo que una buena definición de nostalgia es la necesidad de hacer foco en detalles tan lejanos como la pátina de mayonesa sobre una feta de queso vientipico de años atrás, en el viejo patio de recreo de un colegio.

Diego, como tantas otras personas, pertenece a un pasado lejano y en sepia, una época en la que yo me llamaba de otra forma y en la que todos creíamos que la muerte era algo que sólo ocurría en las películas guionadas por Oliver Stone. El rostro de Diego, junto al de muchos otros compañeros, flota como una polaroid debajo del agua, a veces acercándose a la superficie para bajar rápido otra vez hasta perderse en un fondo difuso.

Nuestros caminos se separararon una mañana en la que yo comencé a ensayar diferentes maneras de hacerme echar de colegios y la frecuencia de nuestros encuentros quedó limitada a un puñado de saludos discretos en la peatonal de vez en cuando. Las veredas de las cuidades pequeñas como Córdoba se han cansado de ver ensayos como el nuestro, una danza tonta de gente que se esquiva y se reencuentra, que se saluda a veces y a veces no.

Nos cruzábamos con Diego, al menos, una vez al año. Levantábamos las cejas, nos sonreíamos y seguíamos de largo para volver a meternos en nuestros mundos y en nuestras cosas, indiferentes a la construcción que cada uno estaba haciendo de su propio futuro.

Una buena definición de juventud es la apuesta pavota que le hacemos a la inmortalidad. Por oposición, la madurez llega como un baldazo de finitud y de angustia, como una revelación insospechada de nombres conocidos engrosando la lista de los obituarios, como las redes de tu arco hinchándose a pelotazos de fatalidad.

Vi a Diego por última vez hace poco. Se metía en un taxi a las apuradas, luciendo una flamante calva que brillaba en el mediodía de la peatonal como una señal vaga e irrelevante. Me pregunté qué sería de su vida, por qué se habría pelado, y caminé algunas cuadras pensando en él y en otros compañeros de colegio que andan por ahí sueltos en estas mismas calles que yo camino. Ya no somos tan jóvenes. Algunos hemos formado, bien o mal, nuestras familias, o nos hemos convertido en la sombra de lo que queríamos ser.

Una buena definición de crecimiento es sostener un ramillete de promesas rotas que nos convierte en una copia burda y desteñida de lo que soñábamos hacer de nosotros.

Pensé en Diego ese día —todavía no sé porqué, tal vez para usarlo de ejemplo aplicable a toda una generación de compañeros desencontrados— un poco más de la cuenta, y me obligué a reconstruir nuestros senderos bifurcados, intentando retener, por ejemplo, el rostro de su madre en esa tarde lejana, o el rostro de su padre, con el bigotito discreto, caminando cigarrillo en mano por la peatonal.

Creo que una buena definición del desencanto es la mirada desorbitada de Al Pacino rodando junto a las tetas de la Pfeiffer en la cinta de un VHS perdido en el pasado frente a una mesa con la merienda servida con cariño.

No tengo ni a Diego ni a Natalia agregados a Facebook. Esa posibilidad ya no existe, se esfumó en un día lluvioso de invierno, en el momento preciso en que el preludio de una cena se convertía en inspiración para un redactor de policiales.

Creo que una buena definición de angustia es no poder ponerte nunca más al día con alguien, desterrar la chance de conocer a la familia del otro, a las sonrisas de los otros, esas cosas que tan bien reflejan lo que uno mismo es ahora, que ya es tarde.

Tengo que recordar, me digo siempre, que hay que celebrar los placeres mínimos, los detalles, las pequeñas pinceladas que van dándole color a este derrotero sin sentido que es vivir, crecer y encontrar, finalmente, la muerte.

Me duele —de una forma que no alcanzo a comprender— pensar en una familia como la mía suspendida para siempre en una escena cotidiana, dormida en un pausa interminable.

No puedo quitarme de la cabeza ese recreo que se hace eco en un recuerdo, ese gesto mínimo e indispensable que es Diego ahora, una sonrisa que ya no volverá a aparecer en ninguna calle más de las que yo camine sobre este mundo.

Sé que no está bien trocar los pésame por semblanzas cobardes, pero me lleva el miedo y el corazón me arde cuando pienso en la señora que hacía meriendas ricas y en el señor que fumaba por la peatonal todas las tardes. Los padres de Diego, los abuelos de las hijas de un compañero de colegio que partía para mí sus meriendas en los recreos entrañables.

Escribir es la única forma que conozco para desahogar algunos dolores que son absurdos y que resultan inexplicables.




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