Debe ser un día de semana. Lo intuyo porque sabe a rutina rota; debe ser un día de semana. Es media mañana y no estoy en el colegio. Voy caminando por Deán Funes, fascinado por la circulación azarosa y libertina de las cosas afuera de esa escuela en la que todos los días, estacionado detrás de un pupitre, barro con el flequillo una blanquísima hoja Rivadavia.
No sé porqué estamos afuera. Voy con mi madre hacia la Biblioteca Circulante, una casona con dos o tres habitaciones atestadas de libros sobre la calle Deán Funes. Un mundo con pisos de madera y estantes que trepan hasta el techo, una guarida segura donde viven textos uniformados de chaquetas verdes, a la que se accede por una escalera angosta. Huele muy bien. En ese momento yo no sé qué es ese olor. Una fragancia levemente agridulce con chispas rancias y suaves, olor a pegamento viejo, a peditos de geriátrico, a papeles amarillos.
Todavía no sé qué es un libro, pero en los próximos años empezaré a darle batalla a un fantasma académico y excluyente, de piel áspera, a fuerza de mover las páginas amarillas que me aguardan alineadas contra esas paredes.
En la sala principal hay un escritorio presidido por un fichero. Junto al escritorio, un ventanal que da a la calle. Estamos en desnivel y la perspectiva hace que las cabezas de la gente pasen como melones sobre una cinta transportadora del otro lado del vidrio. Es lindo sentarse frente al escritorio mientras el sol incendia las pelusas del aire antes de clavarse como una espada en el piso de madera. Me gusta la mujer que hay detrás del mostrador. En mi cabeza, ella es la guardiana de un portal místico tras el que se esconde la posibilidad de una repetición infinita de mundos fantásticos. Ella y su fichero. Y sus tarjetitas de socios.
Una guía en un bosque desconocido, aterrador, fascinante.
Mi madre me conduce con una mano sobre el hombro. La escalera de ingreso desemboca en un palier mínimo en el que hay una mesita pegada a la pared, un sillón viejo y un cenicero. La calle enmudece cuando los pies pasan el escalón dos. Silencio. El perfume añejo. Los lomos esmeralda con el sol barriéndolos. Los pisos de madera crujiendo bajo nuestro peso.
Saludamos, mi madre deja dos libros frente a la mujer del escritorio. Hablan, comentan cosas. Mi madre está en un cuelgue —lo sé ahora— de novelas de aventuras. Lee una o dos por semana, las devora de noche, le da batalla con ellas a su insomnio, así y sólo así puede soportar el departamento pequeño, la rutina demoledora, sus ganas de apostar por nuevos rumbos. Se está preparando —y no lo sabe todavía— para convertirse en la protagonista de uno de esos libros. En ella habita una contaminación de voluntad ficcional —entenderé con el tiempo— cocida con heroísmo entre miles de páginas.
Tal vez los libros sirvan para algo más que para torcerle el brazo a la adversidad de una vigilia elongada.
—¿Querés probar con alguno? —me pregunta y le hago señas para que nos alejemos del mostrador.
En la otra punta de la sala le digo que sí, que quiero algo que tenga sangre, sexo y fantasmas. Voy condicionado por quince kilos de revistas Nippur y D´Artagnan que hay debajo de mi cama. Sólo sé que quiero algo que me dé placer y que me ponga en la otra punta del mundo que ha construido un escritor ciego cuyos poemas plagados de palabras extrañas me torturan en las clases de lengua.
Sexo, sangre y fantasmas es la anatomía de un padrenuestro que me resguarda, la certeza de no llevarme otra vez a marzo esa materia.
Volvemos al escritorio, yo con las mejillas encendidas, mi madre masticando un chicle de menta. La mujer del fichero me mira, sus pestañas negras parecen un racimo de gotas de alquitrán camuflando una serenidad propia de los que saben cuál es su rol en este mundo. Mi madre traduce con eufemismos:
—Algo sórdido… terrorífico. Literatura fantástica condimentada con toques picarescos —dice.
La mujer que será mi guía para atravesar los pasajes ominosos de una geografía de papel académico sonríe apenas, los labios se desplazan replegándose sutilmente hasta convertirse en una manga carmesí, rugosa, que descubre unos dientes blanquísimos. Los surcos de rush que se concatenan para darle forma a su simpatía me hacen sentir bien.
Decido seguirle el perfume de shampoo y mate amargo hasta las habitaciones contiguas. Mi madre se queda en la sala principal, apostando a la posibilidad de repetir el resultado de sus últimas lecturas. La reincidencia para ella en ese momento es el relato de dos pigmeos viejos que sobreviven a una travesía en el desierto. Es su metáfora a medida.
Avanzo preguntándome quién se habrá tomado el trabajo de escribir todo esto que tenemos frente a nuestras narices. En mi cabeza torpe y rocosa, los autores están fundidos en una mano única y permisiva, la antítesis del señor ciego que escribe poemas. En mi cabeza rudimentaria es posible que haya una habitación extra en esa casa donde alguien esté, en ese momento, tipeando marcialmente página tras página otros libros verdes más para llenar los huecos en los estantes.
Todos los volúmenes de la Biblioteca Circulante están forrados con una cubierta oscura que anula la ilustración original. No existen las solapas, las contratapas, las fotos del autor. Un ejército de tapas ciegas al servicio de una guerra absurda, silenciosa, interminable.
La mujer toma algo de un estante y me lo tiende. No sé qué hacer con el libro. No hay fotos, no hay dibujos, no hay indicios de qué es lo que espera agazapado detrás de la primera hoja. Levanto la tapa y leo un nombre y un apellido.
—Es una novela de terror —dice la mujer. Yo no digo nada.
La voz de mi madre se cuela por la puerta. Quiere saber si hay alguna biografía novelada de príncipes rusos. Me quedo solo en la habitación. Repaso los lomos oscuros, seducido por la arquitectura caprichosa de los bloques y sus tamaños. Nombres en letras doradas en la parte superior, un cuadradito de papel con un número en la parte inferior. La cabeza me ruge en un caldo de cálculos inútiles. ¿Cuánto tardaría yo en leer todo esto? ¿Por qué alguien querría leer todo esto?
Vuelvo al escritorio. La mujer está completando algunos datos en un cuaderno de espiral. Me gusta ver sus uñas rojas que parecen cascarudos venenosos ensañados con una lapicera. Sus pulseras tintinean a medida que escribe. La sensualidad con la que se muerde el interior del labio me confirma la sospecha de que voy a volver, independientemente de si consigo o no terminar de leer lo que me llevo.
Ella me mira de pronto, sorprendiéndome:
—¿Querés hacerte socio? Si ese que llevás no te gusta, podemos buscar otros. Acá, si algo sobra, son las opciones… y ya todos sabemos lo difícil que es encontrar un primer libro que nos guste.
Me siento frente a ella y recito mis datos. No me molesta este compromiso que asumimos; yo deberé leer uno por semana, pero si no lo consigo, tengo toda una ciudad para esconderme y perderla.
Volvemos a la calle. Ya no somos los mismos. Deán Funes no es la misma. La pateamos con indiferencia, enceguecidos por la libertad, apretando nuestros libros viejos, los sueños que duermen entre esas páginas y que todavía no sabemos que son nuestros.
Esa noche me abanico los ojos en cámara lenta con la historia de un señor que regresa de un coma y descubre que tiene extraños poderes. Me vence el sueño antes de que pueda hacer volar la hoja número cuarenta.
Gracias a esa mujer cuyo nombre desconozco, tengo (tuve) permiso para mojarme el índice cuarenta veces, por primera vez, sin medir las consecuencias.
¿Volveré algún día a cruzarme con ella? ¿Me animaré a decirle, con voz torpe, resumiendo mal esta misma crónica, que en todas las librerías del mundo deberían replicar su sonrisa?
Hoy, después de tantos viajes, mis ojos fatigados todavía se empecinan en escapar de las rutinas con la misma sed. El colegio ha quedado empantanado en el recuerdo, ahora lo reemplazan otras obligaciones. Pero aquel fichero desvencijado sigue comiéndose mi nombre cada vez, empujándome sin prisa hacia las mañanas hermosas de una Córdoba que, por suerte, sigue ofreciendo a los caminantes una llave para la más hermosa de las puertas.
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Trackback de Bitacoras.com — un 7 agosto 2009, tipo 20:37
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: Debe ser un día de semana. Lo intuyo porque sabe a rutina rota; debe ser un día de semana. Es media mañana y no estoy en el colegio. Voy caminando por Deán Funes, fascinado por la circulación azarosa y libertina de las cos…
Comentario de Caminos — un 7 agosto 2009, tipo 21:41
Pri!! (después de Bitacora), je. Ha de ser el primero.
Cuál fue el primer libro que leí y que adquirí por mis propios medios?
mmm… buena búsqueda en el baúl de los mejores recuerdos.
Buen relato José.
Saludos.
Comentario de jorge — un 7 agosto 2009, tipo 22:26
vívida imagen del sol entrando por la ventana,
y la del dedo pasando las hojas, muy bueno,
en buenos aires hay mucho barullo, la melancolía se tapa con el ruido de los motores, melancolía motorizada, fea,
no entiendo que hago acá todabía,
la ventaja de vivir acá es que cualquier lugar a donde uno vaya va a ser mejor que este,
saliendo de aquí el mundo se presenta maravilloso.
y estando aquí se lo presiente, y se fantasea con la posibilidad de que en otros lugares está la felicidad,
pero uno sigue volviendo,
por miedo a romper el encanto de esa fantasía.
todo esto viene a cuento del relato que me pareció de esas imagenes idealizadas de la infancia que todos tenemos, pero que no nos animamos a expresar por miedo a perderlas, generoso de tu parte,
juro que vi el piso de madera.
saludos.
Comentario de sabalero — un 7 agosto 2009, tipo 22:32
Yo tuve intermediaria entre la señora del fichero y mi avidez, vivia en un pueblo chico y no habia biblioteca, entonces despues de devorar a ciegas los pocos libros que habia en casa (los primeros que me enamoraron fueron los de Verne, los de Casona y los de Dumas padre) mi hermana que estudiaba en la ciudad me traia todas las semanas uno o dos para que engulla. Leer tanto a tan corta edad no me ayudo a sociabilizar con mi generaciòn en aquel momento, pero ¡Que lindo conocer todos esos mundos!
Comentario de El_Agustín — un 7 agosto 2009, tipo 23:06
Yo estuve en esa Biblioteca también pero nunca saqué un libro.
El olor era algo increible y divino ¿olor a pata? ¿olor a libro? no lo se… pero me gustaba.
Lo único es que no recuerdo a la mujer que describís.
Comentario de Calandria Osorio — un 8 agosto 2009, tipo 10:20
Me gustó muchisimo,me emocionó un poco , Leerlo es como estar ahi, a lo mejor porque he vivido alguna situación parecida, alguna vez buscando eligiendo que leer,otras como la madre devorando de noche algun libro, ganandole al insomnio.
También de los primeros libros q saque de una bliblioteca fue uno de un hombre que tiene un acciedente y regresa de un coma…q librazo!Nos vemos,un placer leer lo que escribis, como siempre.
Comentario de Federico Gauffin — un 8 agosto 2009, tipo 12:09
Lo único que he hecho en esa bibliotecota es estudiar rodeado por ese perfume que vos bien describís. Quizás sólo algunas enciclopedias y algunos libros de heráldica hayan pasado por mis manos.
Para explorar, tengo la biblioteca de mi vieja, que parece tener todo lo necesario: es inacabable, misteriosa, excitante.
Buenísimo, Playo, ¡me gustó mucho este texto!
Comentario de Vale — un 8 agosto 2009, tipo 17:04
“La pateamos con indiferencia, enceguecidos por la libertad, apretando nuestros libros viejos, los sueños que duermen entre esas páginas y que todavía no sabemos que son nuestros. ”
Ese fragmento me encantó. El texto me gustó mucho, las bibliotecas siempre tienen un encanto, un atractivo particular, al igual que los negocios de libros o discos usados… creo que es el poder imaginar que cada objeto haya tenido un dueño, que haya pasado por muchas manos, que tenga en sí una historia…
La novela de terror del hombre que despierta del coma y tiene poderes podría ser La Zona Muerta?
Comentario de vagina way — un 9 agosto 2009, tipo 22:02
Muy lindo José. Un cálido relato.
Realmente me transportó, gracias.
Comentario de profe — un 10 agosto 2009, tipo 9:34
Me inicié en el hábito de la lectura en esa biblioteca de la calle Dean Funes 315.
Atendía André, un señor mayor, francés, muy culto, que se negó a darme el título que yo pedía, porque me dijo que no tenía edad aún para esa clase de libros.
Con el tiempo, fueron escogidos por él dos clásicos que yo jamás hubiese elegido, pero que hoy agradezco habelos leído: El conde de Montecrito, de Dumas, y Tres amores, de A. J Cronin.
Comentario de Grachu — un 10 agosto 2009, tipo 15:12
Hermoso relato!! me recordo a la biblioteca de mi ciudad, las tardes de trabajo práctico de investigación…
El primer libro que recuerdo con amor, por cuanto me gusto es uno que leí a los 8 años, se llama TENGO UN MONSTRUO EN EL BOLSILLO de Graciela Montes.
Comentario de ELI — un 10 agosto 2009, tipo 16:32
Precioso! poetico, real, descriptivo, sensible…
no recuerdo la primera vez que entre en el fascinante mundo de los libros pero si pudiera inventarla, sería tal y como la describiste.
saludos desde mexico!
PD:soy la eli de mendoza pero me mude a este hermoso país por un tiempo
Comentario de elrober — un 10 agosto 2009, tipo 18:04
me encantan los relatos acerca del amor profundo que se les llega a tener a los libros, a mi casi se me para el corazón cuando entré por primera vez a la biblioteca mayor que está en el rectorado, había ido a legalizar el título del secundario cuando empecé a estudiar medicina, y entré de curioso nomás, fué maravilloso. No puedo evitar recordar lo mucho que he leído a Salzano hablando de los libros, hasta dándole poderes curativos, muchas veces he llegado al Daniel a través tus escritos y nunca te pregunté si te jode que capte esa afinidad entre vos y él, te jode? Nos vemos pasado mañana
Comentario de RÖ — un 11 agosto 2009, tipo 14:13
“La pateamos con indiferencia, enceguecidos por la libertad, apretando nuestros libros viejos, los sueños que duermen entre esas páginas y que todavía no sabemos que son nuestros. ”
SIEMPRE que trato de explicar porque me gusta leer, termino con la palabras imaginación=libertad o algo así.
NUNCA hasta ahora había encontardo la manera REAL Y EXACTA de lo que quiero decir en esas explicaciones.
Lamento comunicarte que me apropio deliberadamente del párrafo que copié y pegué y reenvío el link a cuanto contacto agendado tenga.
Muchas Gracias por lo escrito, estuve ahí sin conocer la biblioteca.
Saludos y Buena Presentación !!
Comentario de Martín - Aquende Libros — un 11 agosto 2009, tipo 16:49
Comentario de elrober — un 10 Agosto 2009, tipo 18:04
me encantan los relatos acerca del amor profundo que se les llega a tener a los libros, a mi casi se me para el corazón cuando entré por primera vez a la biblioteca mayor que está en el rectorado, había ido a legalizar el título del secundario cuando empecé a estudiar medicina, y entré de curioso nomás, fué maravilloso. No puedo evitar recordar lo mucho que he leído a Salzano hablando de los libros, hasta dándole poderes curativos, muchas veces he llegado al Daniel a través tus escritos y nunca te pregunté si te jode que capte esa afinidad entre vos y él, te jode? Nos vemos pasado mañana
¡QUÉ BUENA PREGUNTA!
Comentario de ximena — un 12 agosto 2009, tipo 20:53
Soy biliotecaria, y de verdad, me encantó la forma en la que describiste a esa mujer.
Me imagino como me verian mis usuarios y trato de que sea de la mejor manera posible, que se lleven la mejor de las atenciones, y ver que vos te acordas de esa manera de ella realmente me emocionó.
Gracias, lo sentí como algo personal, sos un genio
Comentario de Guille — un 13 agosto 2009, tipo 11:04
Muy buen relato , estimado Jose, yo vivo en New York, oriundo de la docta y newyorkino, por adopcion, te descubri por medio de mi hijo Agustin , que te lee, y despues de leer tu primer libro , empece a seguirte por internet, hoy el Agus anda por cordoba, y con un poco de suerte fue ala presentacion de tu libro, y me juntare con el para la primera semana de septiembre, te mando un gran abrazo, y gracias de nuevo por hacerme estar un poquito mas serca de mi nostalgica cordoba, guillermo.
Comentario de elrober — un 17 agosto 2009, tipo 17:00
@Martín – Aquende Libros: Gracias Don Martín, aprovecho para preguntar si tiene la Diccionario donde José escribe P de Paintball
Comentario de CL — un 5 octubre 2009, tipo 18:25
Muy buen relato , estimado Jose, yo vivo en New York, oriundo de la docta y newyorkino, por adopcion, te descubri por medio de mi hijo Agustin , que te lee, y despues de leer tu primer libro , empece a seguirte por internet, hoy el Agus anda por cordoba, y con un poco de suerte fue ala presentacion de tu libro, y me juntare con el para la primera semana de septiembre, te mando un gran abrazo, y gracias de nuevo por hacerme estar un poquito mas serca de mi nostalgica cordoba, guillermo.
Comentario de daniel — un 20 mayo 2011, tipo 0:11
en la biblioteca circulante de la calle Deán Funes, no está más ésa mujer. Rara vez está Maricel. Generalmente estoy yo. Muy bueno el relato José! Estamos por abrir una página para la biblio. Pondremos este relato. Un abrazo
Comentario de José Playo — un 20 mayo 2011, tipo 15:55
@daniel: Cuánta alegría me da saber que van a por la web, Daniel. La relación que tengo con la Circulante es fuerte, muy sentimental. Y aunque no esté más esa mujer, el lugar sigue pareciéndome increíble. Será un honor contribuir con algo al trabajo que hacen ustedes. ¡Muchas gracias!