Cambiaron de dueños en el bar-oficina al que suelo ir a tipear. Ahora a la bandeja la mueve una señorita que tiene ocho kilos de teta y un escote hasta el pupo.
Tomar café acá es como estar en un sketch de Sofovich.
Me quedé sin oficina: es increíble la cantidad de boludeces que a uno se le pueden ocurrir y que no tienen un pedo que ver con la escritura cuando hay dos tetazas bamboleándose sobre las tazas de tu desayuno.
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