Me resulta tremendamente difícil confiar en alguien a quien, teóricamente, no pican jamás los mosquitos.
(17) rispostas |
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| desaforismos avorazados |
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En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.
Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero la posibilidad de subirse al potro alocado de la inseguridad y talonear los flancos hasta que sus pulsiones fueran dóciles, lo embriagaba.
La primera noche comió algo liviano y leyó hasta que los párpados comenzaron a apretar la negrura de las sierras. La silueta de los árboles se disolvía en la oscuridad y los grillos parecían haberse complotado para alejarlo de la galería.
Se puso de pie y estiró los músculos con un bostezo antes de meterse en la casa. Camino a la habitación pasó junto a la mesa del comedor y le dedicó una mirada severa a las pastillas. “Una cada ocho horas”, había dicho el Doctor Psicotrópicos.
Sintiéndose por primera vez en muchos años dueño de su propia voluntad, decidió que haría todo lo que fuera posible para evitar esas dependencias serviles. Se llevó, en lugar del medicamento, un cuchillo afilado y una vela sobre un plato.
leer lo que falta de: La premura de la decisión insoslayable…
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A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.
Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.
Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.
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Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.
Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.
Nada de eso existe / realmente.
Lo dijo Ewan McGregor antes de soltar una carcajada sobre el capot de un auto que sale de un callejón de Trainspotting.
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Fue el último verano que pasó en Villa Boba. Flotaba como un sapo en la pileta municipal, lanzando chorritos con la boca mientras su nariz boyaba cerca de la línea de flotación de dos culos chismosos que comentaban:
—Y esa que está ahí es la hija. Pobrecita, con semejante madre, qué va a ser de esa chica.
Aprovechó para girar lentamente con los ojos al ras del agua y ahí, en el extremo opuesto, una morocha entraba por la escalera colgante. Uno de los culos a su lado continuó:
—¿Es borracha, la madre?
—¡Y drogada!
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Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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