Peinate que viene gente




Idea en picada

Me resulta tremendamente difícil confiar en alguien a quien, teóricamente, no pican jamás los mosquitos.

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La premura de la decisión insoslayable

En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.

Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero la posibilidad de subirse al potro alocado de la inseguridad y talonear los flancos hasta que sus pulsiones fueran dóciles, lo embriagaba.

La primera noche comió algo liviano y leyó hasta que los párpados comenzaron a apretar la negrura de las sierras. La silueta de los árboles se disolvía en la oscuridad y los grillos parecían haberse complotado para alejarlo de la galería.

Se puso de pie y estiró los músculos con un bostezo antes de meterse en la casa. Camino a la habitación pasó junto a la mesa del comedor y le dedicó una mirada severa a las pastillas. “Una cada ocho horas”, había dicho el Doctor Psicotrópicos.

Sintiéndose por primera vez en muchos años dueño de su propia voluntad, decidió que haría todo lo que fuera posible para evitar esas dependencias serviles. Se llevó, en lugar del medicamento, un cuchillo afilado y una vela sobre un plato.

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Frases sobre la escritura

"Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la Cibernética. Pero sentimos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la Tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial encontrará un público afectado por el mismo veneno que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible —lo vaticinamos con la seguridad de que nunca oiremos ser desmentidos— que ese supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la Tierra. Y que evitará, también dentro de lo posible, mortificar a sus oyentes con literatosis". (Juan Carlos Onetti).
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Posibilidad en los climas diferentes

A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.

Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.

Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.

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Mil ciento sesenta palabras sobre cine

Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.

Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.

Nada de eso existe / realmente.

Lo dijo Ewan McGregor antes de soltar una carcajada sobre el capot de un auto que sale de un callejón de Trainspotting.

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Tres variaciones sobre la reputación

Fue el último verano que pasó en Villa Boba. Flotaba como un sapo en la pileta municipal, lanzando chorritos con la boca mientras su nariz boyaba cerca de la línea de flotación de dos culos chismosos que comentaban:

—Y esa que está ahí es la hija. Pobrecita, con semejante madre, qué va a ser de esa chica.

Aprovechó para girar lentamente con los ojos al ras del agua y ahí, en el extremo opuesto, una morocha entraba por la escalera colgante. Uno de los culos a su lado continuó:

—¿Es borracha, la madre?

—¡Y drogada!

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