A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.
Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.
Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.
Le temen a los truenos, los satives. Los relámpagos los hacen abrazarse y chuparse entre ellos los codos y las rodillas. Así se dan valor y manifiestan camaradería. El gesto simple de abrir la boca y cobijar con los labios gordos las coyunturas del otro les alcanza.
En las temporadas de lluvia puede que hasta una docena de ellos se apiñen en las casas, sobre las baldosas llenas de tierra, prisioneros detrás de los barrotes acuosos que cuelgan de los aleros, con los ojos abiertos, profiriendo gritos entrecortados cada vez que un trueno parte el aire.
Se buscan y se hacinan en una maraña de cuerpos grises, viendo con pavura los charcos que crecen en el pasto, atentos al repiqueteo insolente de las gotas que estallan sobre los ladrillos, desconcertados por la forma beligerante que tienen las nubes de desangrarse.
Los satives aprovechan estos períodos para aparearse, y se penetran unos a otros bajo las reposeras, o apoyándose en los dinteles de las puertas cerradas, derramando dentro de los demás su protoesperma plasmático en el que viaja la carga genética que hará perdurar su especie.
No lo saben, pero en esa frotación impúdica, en ese franeleo espasmódico, están intentando que todo lo que son no se pierda.
Así como tras las guerras aumentan los nacimientos, no es casual que los satives elijan abocarse a la cópula en los días en que el temor los invade.
Se entregan a esos encuentros furtivos saboreando un pánico ancestral, cargando la propia simiente con el horror que les produce hallarse acorralados por el miedo que también inoculó los genes de sus progenitores.
Se aman sin amor, sencillamente porque amándose creen (o han aprendido) que el conjuro se rompe, y, extenuados y distantes, por fin yacen sobre las baldosas y el barro, felices de ver los barrotes de agua disolviéndose.
Las gotas que cada vez con más pereza caen, el horizonte que sugiere un párpado claro por el que el sol empieza a colarse.
Entonces y sólo entonces dejan de chuparse y se separan, alistándose para emprender la retirada hacia un lugar donde nadie los halle, trotando lentamente bajo las cataratas de sol que acabará derramándose entre las nubes heridas de la tarde.
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Comentario de Xtian — un 18 enero 2010, tipo 15:31
Che, estás escribiendo de puta madre…
Comentario de quito — un 18 enero 2010, tipo 15:42
=)
Comentario de Lucas, desde Pest — un 18 enero 2010, tipo 16:29
Por un momento pense que los satives eran los indios amigos del Entenado de Saer, pero despues me hicieron acordar a los zarugos que se acocochan alrededor de un fuego (http://orsai.es/2008/05/ropa_sucia.php).
Estupendo ensayo sobre el polvo de los satives, Playo.
Ahora, que hacen los satives cuando, por ejemplo, nieva? Porque por aca creo no haber visto.
Abrazo.
Comentario de sabalero — un 18 enero 2010, tipo 16:41
deben ser tipos piolas los satives, digo por esa despreocupación para garchar
Comentario de fragmentario — un 18 enero 2010, tipo 20:15
Cualquier especie que la ponga de esa manera merece considerarse por encima de la nuestra en la escala evolutiva.
Muy buen relato.
PD: (Va sin pretensión de hacer de talibán gramatical). Donde dice cimiente debería decir simiente.
Comentario de Seba — un 18 enero 2010, tipo 20:44
Muy bueno
Comentario de Federico Gauffin — un 18 enero 2010, tipo 20:45
Qué bichos copados, che.
Comentario de elrober — un 18 enero 2010, tipo 21:10
algún ancestro debo tener en mi árbol genealógico, sólo asi se explica lo poco que me gusta el agua …
Comentario de diego — un 19 enero 2010, tipo 0:19
Por ahí me quedé con el anterior del cine, pero me hizo acordar a “La guerra del fuego”… seguro una pelotudez mía…
Che Playo, en el post del día de los inocentes te puteé… fue con cariño, negro ¿te enojaste? No seas…
abrazo albiverde
Comentario de Tiburcio — un 19 enero 2010, tipo 9:02
Playo, cuando sea grande quiero ser como vos…pero no, porque tampoco me molesta ser yo jajaja
Sativos lame codos? amantes de los polvos bajo la lluvia, en la galeria y una tarde de verano? Yo quiero ser uno de esos…
Comentario de Paula — un 19 enero 2010, tipo 11:03
ay josé!!!! que gusto leerte!!! que gusto, que gusto, que gusto!!!! gusto a rico. :)
Comentario de José Playo — un 19 enero 2010, tipo 14:41
Gracias por la corrección, fragmentario. Era justa y necesaria. No puedo responder a todos los comentarios porque estoy de vacaciones y me prestan un cosito y una notebook y queda mal si me cuelgo dos horas.
Estoy escondido en las sierras, a un kilómetro y medio de donde se está tomando vacaciones un amigo. Nos enteramos ayer, cuando yo andaba caminando al pedo y lo encontré. Lo verdaderamente gracioso es que en los auriculares acababa de escuchar una entrevista que yo mismo le había hecho a él, minutos después apareció parado atrás de un alambrado.
Crecer es ir refinando las anécdotas de vacaciones; ya no contabilizo locuras si no coincidencias. Qué bien.
Comentario de Serranita — un 19 enero 2010, tipo 17:56
José:
¿Los satives tienen descendencia humana?
¿Alguna vez se cruzaron con nosotros?
Digo, porque hay muchas personas a las que nos gusta ( y me incluyo) aparearse cuando llueve!!jaja
Muy buen relato, me encantó!Disfruta las vacaciones!!
Comentario de nana — un 20 enero 2010, tipo 17:54
Y yo me acordé de los gremlins.
¡Meustó mucho, José!!
¿No son locos esos encuentros? El de tu amigo digo.
¡Felices vacaciones!
Comentario de Natushka — un 22 enero 2010, tipo 15:20
Buenisimo :) Me recordaron vagamente a los cronopios de Cortázar (no porque se les parezcan, sino porque me recordaron nomás).
Impecable escrito, José.
También pensé en los gremlins cuando mi mente se preguntó “pero qué onda si se mojan…?” jajaja
Si, mi mente y yo somos dos entes independientes u_u
Un abrazo.
Comentario de Dorotea — un 23 enero 2010, tipo 9:22
¡Ohh! ¡estás escribiendo distinto! una cascada, una creciente de río, fluidez, agua que se acomoda entre las piedras, no sé, todavía no encuentro algo más preciso… muy bueno.
Abrazo.
Comentario de Lau — un 28 enero 2010, tipo 2:27
Me encanto leer sobre lluvia en medio de tanto calor, y me encantaron los satives. Yo también lo vi distinto a lo que venías escribiendo y esto (también) me gusta, mucho :)
Comentario de Julián — un 29 enero 2010, tipo 1:45
Natushka, fuck. Iba a poner eso mismo de los cronopios de Cortazar.
Muy bueno José.
Comentario de el poio — un 21 marzo 2010, tipo 17:50
Seeh!! los cronopios y famas definitivamente tienen algun parentezco próximo con los cosos éstos. También me hicieron acordar del “chiste” estúpido de los gluglucitos, jaja.
Como sea, un escrito de puta madre, José. Bien ahí.