Fuente: AP
Al grito de “pero si yo ni las cogí ni las conozco”, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.
—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, profundamente conmovido por la noticia.
La carátula de la causa, según revelaron fuentes judiciales, sería: “Acaben en mi nombre” (por el juego de palabras con “acá ven mi nombre”), y tiene como principales implicados a la firma Durex y a los creativos publicitarios que lanzaron la campaña que compromete la sexualidad del joven cordobés.
Un alto directivo del registro nacional de marcas, patentes y esas cosas, en diálogo exclusivo con este medio, comentó: “las acciones legales para estos casos son vagas porque no hay mucha jurisprudencia, es sabido que el orgasmo es propiedad de quien lo alcanzó, no importa los medios utilizados a tales fines”.
Anoticiado de la circulación del producto que lleva su nombre, José puso de relieve lo delicado de la situación:
—Sé que la anorgasmia es un cuento de nunca acabar, pero de ahí a que me pongan como emblema de un polvo del que no soy responsable, hay una distancia enorme.
Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.
Me pidieron del programa radial Seguí con Rebeca una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.
Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.
No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone “Barrio: Centro”.
La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.
Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.
A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura… de manera obscena.
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Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.
Después podía cruzar el alambrado y salir al camino de tierra más grande, donde los eucaliptus lo escoltarían hasta la lomada desde donde se podía ver el río.
Julia había dicho que la vista era linda. “De puta madre”.
Le dio play a su plan, saboreándolo interesante.
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Me encanta cuando los fines de semana ponen el freno de mano y derrapan cambiando la dirección de la rutina. El viernes dormí poco, el sábado me comí un asado a las cinco de la tarde, y el domingo a la medianoche me llamó Teté Coustarot:
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Algunas notas mentales que tomo después de esta gratísima experiencia:
—Cuando me presentan como humorista me inhibo y parezco más aburrido que un acto de colegio.
—Vendiéndome doy angustia.
—La próxima voy a intentar estar más despierto, hablo como si me hubieran cagado a almohadonazos.
A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y manchas costrosas de sangre.
Debía seguir, con todo y náusea, si quería alcanzar el plomo.
Contuvo la respiración e introdujo un dedo con firmeza en el interior del orificio hasta rozar la superficie metálica y áspera. Luego los dedos fueron dos y cuando por fin la piel se rasgó con el mismo sonido que hacen los abrojos al separarse, supo que estaba cerca. El olor de la sangre flotaba como una nube ferrosa frente a sus ojos.
Con dos dedos serpenteando en la pulpa oscura, se concentró en asir la bala.
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