Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.
Me pidieron del programa radial Seguí con Rebeca una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.
Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.
No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone “Barrio: Centro”.
La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.
Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.
A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura… de manera obscena.
El nacimiento de mi vínculo con la peatonal está documentado fotográficamente: la primera imagen de mi álbum de niñez es una foto junto a la obra en construcción de ese monstruo. En ella salimos mi madre y yo, parados junto a una fosa descomunal en la que los obreros están poniendo los cimientos del tramo de Alvear a Rivadavia sobre 25 de Mayo.
Todavía no sé si esta imagen es tan simbólica por la analogía entre el escritor que ve los cimientos de su propia historia o por la revelación del sadismo de mis padres.
En la postal salgo abatido por la humillación: la razón puede ser un jardinerito de color amarillo chillón que visto, o un corte de pelo estilo taza que me queda horrible. Me inclino más por ésta última, mi madre acostumbraba cortarnos el pelo en esa época a mi hermano y a mí, absolutamente convencida de que hacernos esos flequillos mohicanos nos quedaba bien.
Las fotos de la infancia con mi hermano parecen un casting de dobles de riesgo de Carlitos Balá. Ahora que lo cuento entiendo que ese corte de pelo estuvo a esto de cagarme la infancia. La prueba más contundente fue lo que hice el primer día de clase de manualidades en el colegio, cuando me dieron permiso para portar en la cartuchera un arma amarilla:

Si eso no es un grito desesperado de: “¡ME QUEDA COMO EL OJETE!”, yo ya no sé qué lo será.
Al obturar de nuevo con mi memoria, aparece una polaroid donde se ve cómo la peatonal tiene algo que decir sobre el poder de la ilusión y la comodidad de la fantasía. Y es que me acuerdo muy bien de la primera vez que conocí a un famoso. Fue en el Cine Mayo, el cine que estaba donde ahora hay un banco con nombre italiano, un lugar al que nosotros —que vivíamos cerca— estábamos abonados. Era el estreno de Expedición Atlantis. Para los que no la recuerden, un docudrama sobre las peripecias de un grupo de argentinos que decide cruzar el Atlántico en una balsa, para probar que unos indios habían visitado América miles de años antes que Colón con un huevo en la mano.
El eslogan de la peli era “Que el hombre sepa que el hombre puede”.
Yo estaba obnubilado en el estreno, porque esta vez el protagonista de la película estaba ahí en la entrada, presentándola, muy cerquita de mi casa. Hay que pensar que hablo de una época en la que cualquier persona que caminara por la peatonal resaltaba: te ponías un gorro y te gritaban “puto”, usabas anteojos con marco de color y te remedaban la caminata. Y ahí estaba el protagonista éste, rodeado de curiosos, furiosamente bronceado, con el pelo largo y una barba tupida, un personaje al que nosotros queríamos tocar, oler, ver si le encontrábamos las heridas de los anzuelos que seguramente se había enganchado en el rodaje.
La fascinación duró lo que tardó mi hermano en asestar una puñalada en el globo de la ensoñación:
—¿Quién los filmaba a estos tipos?
Y era cierto, había muchos planos generales, tomas hechas desde fuera de la balsa. Le buscamos mucho la vuelta hasta que mi hermano me iluminó delicadamente:
—Los seguía un barco, papazo.
En el Cine Mayo aprendí que fantasía y realidad son construcciones que sólo existen dentro de cada uno.
Otro click y la polaroid que cae ahora trae el color pardo de la pasión y el misterio. Y si hablo de misterio, no puedo dejar de pensar en hitos como el hotel Crillón. Insisto con que hablo de una época en la que no existían las grandes cadenas hoteleras, un tiempo en el que si nos visitaba uno del Trío Los Panchos, era fija que se hospedaba ahí. Los sábados por la mañana solíamos montar guardia en la vereda del frente para ver si lo veíamos a José Luis Perales, o a Graciela Borges, ponele. Había algo adrenalínico en cómo perseguíamos a viejos turistas alemanes creyendo que se trataba de directores de cine o de escritores famosos, para terminar revoloteando sobre las mesas donde desayunaban, estudiándolos como si fueran seres de otro planeta.
El otro hito donde me contagié con el virus del misterio es Hamilton. Visto ahora y en perspectiva, fue uno de los primeros after office que tuvimos en la docta. Yo lo veía como un espacio íntimo, de categoría, el destino elegido por los ejecutivos que abandonaban los bancos y las empresas y hacían un tentempié a media mañana para chuparse un whisky o un champán. Me moría de ganas por entrar a Hamilton, sobre todo porque una tía despechada solía decir que era el lugar elegido por su marido para ir de trampa con la secretaria:
—Ahí van todos de trampa, incluido el boludo de tu tío.
Yo pensaba ¿trampa? ¿Qué es eso? Y me hacía la idea de que en Hamilton había que sortear obstáculos, o hacer pruebas, que era como un pelotero para gente grande (quizá no haya estado tan errado).
Al siguiente disparo, la polaroid resume las bondades de la adaptación para que no muera una historia. El ejemplo más claro de esto es Yigantis. Yigantis fue una heladería de la época de Soppelsa y Alpina, pero les sacaba varios cuerpos a esas firmas con la capacidad inexplicable para cambiar de rubro apenas empezaba a hacer frío.
Hasta marzo vendían unas cremas riquísimas, pero no bien arrancaba el mes de abril, los empleados se sacaban los gorritos, guardaban los potes y sobre el mostrador aparecían bufandas, gorros de lana y guantes. De Yigantis aprendí que se puede inventar algo tan descabellado como el sabor “crema del cielo” (una cosa que no tiene correlato en la naturaleza, un helado que sólo podría existir en un mundo fumeta como el de Avatar).
Tengo muy presente este sabor porque con mi hermano cometimos un exceso gastronómico y nos agarramos una descompostura de vientre monumental, todavía muy comentada en los pasillos del hospital San Roque.
Sigue una instantánea sobre la libertad de expresión. Y sobre el primer Facebook en Argentina. Ya que estamos en el rubro gastronómico, quiero detenerme en el desembarco capitalista del que fuimos testigos en la docta: American Food, el advenimiento de la hamburguesa que rodaba desde Estados Unidos para cambiar nuestro concepto de comida chatarra.
American Food era un local en forma de pasillo larguísimo que desembocaba en tres cajas registradoras con micrófonos por los que los empleados se dirigían a una misteriosa trastienda de la que salían hamburguesas con papas fritas en bolsas blancas.
Pero además, American Food era un Facebook bastante soez. Esos años nuevitos de la década del ochenta eran ideales para ir al local-pasillo, ya no tanto para comer como psicóticos, sino para leer los mensajes en los muros que otros comensales escribían. Ese muro era toda una intervención artística en la que tus declaraciones de amor aparecían al otro día escoltadas por enormes pinchilas, o cubiertas de números de teléfono y de apodos ocurrentes.
Nosotros estábamos, sin saberlo, creando un poema aterradoramente dadaísta que llevaría a la quiebra a esa cadena.
La postal que sigue es la que refiere a mi sexualidad. Aunque tenga su costado negativo —porque hasta la libido de uno viene retorcida como el ying y el yang—, “erotismo” en mis años de peatonal materializa la vidriera de Novedades Belmon, algo así como el primer sexshop de Córdoba. Atendido por dos señores que parecían hermanos, también fue el único comercio en ¿mi provincia? ¿el Guinness? que mantuvo su vidriera minimalista e inmutable por más de diez años: todo ese tiempo hubo exhibidas ahí dos cajas de películas porno con rubias ochentosas de pelo batido y trajes de cuero ceñidos al cuerpo, subidas a sendas motos y mirando con caras de drogadas, a través de una tonelada de tierra, a los que pasaban por la calle.
Dos cajas muertas conviviendo con juguetes sexuales poco ergonómicos, atestiguando el crecimiento de una ciudad que ya se anunciaba pujante.
La otra cara de este recuerdo es de una vez que con mi hermano fuimos los primeros en llegar a una casa de juegos (creo que Sacoa) por la mañana, todavía repitiendo el café con leche, y un gordo se mandó atrás nuestro. A mi hermano le abolló con malas intenciones —varias veces— los cuartos traseros, mientras a mí me tocaba el pito con una bolsa de supermercado. Tardamos un rato en abandonar aquella máquina “pagadora” con la que mi hermano estaba queriendo romper el récord de matar unos muñequitos rojos y pixelados. Podríamos haber terminado mal, muy mal.
Dije al comienzo que suscribía la cita inicial porque la peatonal fue para mí, de alguna manera, una escuela informal de escritura, la chance de aprender a jugar el juego de completar huecos.
Y como yo ya quería ser medio artista de chico, medio bohemio, era el lugar en el que más tiempo invertía en contemplaciones, cosa que mi vieja —mucho más reduccionista— había bautizado como tiempo al pedo (ella quería que yo fuera médico, de ahí creo que viene la resistencia).
La peatonal de Córdoba, con tantas otras pinceladas y personajes, es el lugar al que siempre regreso con la imaginación o con una caminata distraída, porque sé que ahí están esperándome, como en el final de Titanic, un montón de fantasmas dispuestos a contarme historias, a dialogar con lo que creo que soy.
Puta, che; parece que le debo a la calle 25 de Mayo esta chance de apiñar palabras. Gracias entonces por ese entrenamiento en el cuartel informal de la ficción.
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Comentario de Luis — un 22 febrero 2010, tipo 2:52
Es buenisimo!
A mi me pasa lo mismo: es como si los recuerdos te tiraran un baldazo de agua en la cara.
Cuando voy a mi pueblo y veo cuantos cambios hay en poco tiempo, digo: “La Pucha… cuantas cosas se fueron y cuantas me estoy perdiendo”
Pero siempre queda algo que me dispara hacia atrás en mi cabeza: los viejos edificios en los que he vivido aca en Córdoba, algún que otro papel que encuentro dentro de la mochila (si, pasa mucho tiempo hasta limpiar el fondo de mi mochila jaja), calles que recorría de chiquito con mi familia al venir de paseo a la city… entre tantos.
Es así, el tiempo es fugaz, pero siempre te deja una pista a la vuelta de la esquina!
Saludos Jose!
Comentario de DEspeinada — un 22 febrero 2010, tipo 6:08
Un placer conocer tu mundo en el bus de tus recuerdos.
Si mi memoria fuera tan buena, quizás entendiera por qué en lugar de las calles, me la pasaba yo siempre arriba de los árboles…
Besos Playo
Comentario de profe — un 22 febrero 2010, tipo 9:14
José:
Este recorrido me trajo a la memoria varios negocios de la peatonal cordobesa que tenía totalmente olvidados, y que los recuerdo así, tal como los describes. Muy bueno
Comentario de Martín - Aquende Libros — un 22 febrero 2010, tipo 9:47
Yo recuerdo ir a la barranca donde ahora está el nuevocentro chópin.
Y ver un continuado de E.T. y Conan el bárbaro en el cine que había en el Instituto Peña.
Y escuchar la sirena de la Cervecería Córdoba.
Comentario de Walterio — un 22 febrero 2010, tipo 10:16
Parece que tenemos grabada la misma imagen de Novedades Belmont. Su caótica vidriera se complementaba con los avisos publicados en La Voz donde pasaban de los “vibradores personales” (eufémica construcción para un tosco consolador a pilas que parecía una linterna), a la crema íntima Gimonte, un preparado de guaraná y alguna faja reductora. Fueron el antecesor dinosaurio de Merado Libre y Sprayette.
Una vez entré ahí a comprarle forros a un compañero de facultad que era evangéliconosequé y no se animaba, aunque luego perdía el recato eescribiendo los pecados de la carne que practicaba con su novia…
Me ofrecieron unos saborizados que olían a gelatina de frutillas Yuspe desde antes que los sacaran de un cajón igualmente tapado en tierra y telarañas como la famosa vidriera, pero pedí los clásicos para no ofender las convicciones religiosas de mi amigo que muchos años después abandonó el país y se hizo judío.
Comentario de Seba — un 22 febrero 2010, tipo 11:04
Nostalgia a punto sobre colchón de humor!
Me gustó mucho y me hizo reir más…
Saludos y gracias por escribir!
Comentario de José Playo — un 22 febrero 2010, tipo 11:07
@Luis: calculo que esto le ocurrirá a todo el mundo, a mí siempre me ha impactado mucho el centro como geografía, la magia que tenían esas cuadras que, de pronto y cuando moría el día, quedaban desiertas. Algo de eso también rescataré en otro post, algún día. Abrazo.
@DEspeinada: no deja de intrigarme cómo resultan estos textos leídos por gente que no conoce los lugares (o que ni siquiera conocen la ciudad). Me alegra que el recorrido haya sido placentero. Los árboles son la mejor opción, sucede que en aquellos años los árboles estaban muy lejos. Saludos.
Comentario de José Playo — un 22 febrero 2010, tipo 11:11
@profe: en honor a la verdad, recuerdo muchos más, pero la lista se haría muy larga. Ya veré de plantear otros recorridos. Saludos.
@Martín – Aquende Libros: claro, claro, ¿cómo olvidar que ahí antes no había un shopping? Mirá vos cómo se nos escapan esos detalles. Yo recuerdo un cineclub que había en la galería que está junto al McDonals de la 25 de Mayo, había una escalera caracol (hay) que te llevaba a un subsuelo donde se proyectaban filmes para niños. Me da un poco de no sé qué recordar eso, aunque no tanto como la sirena. También la tengo presente. Muy bueno, Martín. Te merecés un violento abrazo.
Comentario de José Playo — un 22 febrero 2010, tipo 11:16
@Walterio: siempre tan acertado con tus aportes, la postal se completa y me cago de risa recordando la crema que se encendía cuando se quemaba el foco. Y la faja reductora. Algún artista de estos que se dedican a juntar boludeces debería hacer algo con la cantidad de miradas que se pegaron a esos vidrios. Me reí mucho con la anécdota del judío converso y de sus pecados cárnicos. Los forros saborizados, ¡qué excentricidad para esa época! Abrazo grande, Walt. Un placer verte por estos lados.
@Seba: gracias a vos por dejar el comentario, es muy gratificante saber que estos juegos sirven para algo. Abrazo grande, C.
Comentario de El_Agustín — un 22 febrero 2010, tipo 14:40
Perfecto… simplemente perfecto.
Mucha, pero mucha gente te escuchó con Rebeca.
Te felicito.
Un abrazo.
Comentario de elrober — un 22 febrero 2010, tipo 15:10
es una redundancia decirte lo mucho que me alegra sentir que algún día Salzano no estará y vas a estar vos para emocionar con tus relatos sobre Córdoba. El otro día fuí a esa cuadra buscando la oficina de La Nación y ya no está más. Tengo el recuerdo de haber entrado a buscar un compañero de Letras en un edificio viejísimo y muy venido abajo en esa cuadra, me dió una impresión feísima que existiera tal lugar en pleno centro, como un conventillo, lo conociste? no recuerdo su nombre
Comentario de jn — un 22 febrero 2010, tipo 19:01
“Las fotos de la infancia con mi hermano parecen un casting de dobles de riesgo de Carlitos Balá. “como me cague de risa, creo yo porque con mi hermano también sufrimos eso…
muy bueno
Comentario de Karmakiller — un 22 febrero 2010, tipo 20:17
Menos mal que se te pega lo vivido de manera obscena…
Es la mejor manera, si no, no hay escrito que valga.
Un abrazo grande José!
Comentario de sandylikesand — un 22 febrero 2010, tipo 20:22
Casi casi que puedo oler y saborear los Onion Rings de American Food. Gracias Playo, ahora mi hijo al fin cree que existió el mundo antes de MacDonald’s
Comentario de Lucas, desde Pest — un 22 febrero 2010, tipo 20:23
Martin, donde ahora esta el NC antes estaba la lomita, donde nos pelabamos las rodillas y las bicis en identicas proporciones, y donde segun las leyendas los ‘villeros’ que vivian en esa modica sierra maestra habrian matado a dos mochileros.
Me crie en la Quinta Santa Ana, asi que la lomita era territorio vedado, territorio deseado y finalmente conquistado, hasta que en un movimiento de pinzas la adolescencia y la especulacion inmobiliaria (inmoviliaria?) le dieron el mas civilizado uso de ‘tontodromo’.
Seguira estando Saavedrita, el cuidador de la capilla? bizco como el leon Lawrence de Daktari, maloliente como mil carajos despues de la siesta. No pudo evitar que las primeras cervezas clandestinas las tomara en el techo.
De la zona de Playo, solo me acuerdo nitidamente del cartel de Casa Panizo, que es el mismo desde los early ’80s.
Puta che que nos pusimos saudosos…
Abrazos.
Comentario de Lucas, desde Pest — un 22 febrero 2010, tipo 20:39
Ah, y tu corte post-tijeretazo esta chetisimo comparado al corte ‘pelela’ que sufri durante mi infancia. Parecia un Playmobil, vea…
Comentario de vagina way — un 22 febrero 2010, tipo 23:43
Muy lindo José, que bueno poder rescatar estos recuerdos de esta manera tan particular.
Muero por los comentarios de Rebeca con respecto al tema!! Saliste al aire? Cuando?? Como ? Volverás a salir? Avisá ché!!
Comentario de José Playo — un 23 febrero 2010, tipo 12:58
@El_Agustín: gracias, a pesar de que el celular que tengo está resfriado y sin aire, saberlo es balsámico. Abrazo.
@elrober: le tiraste seis metros de tierra al pobre Daniel, ja. Gracias por la comparación cariñosa, pero Salzano hay uno solo. Me acuerdo de la oficina de La Nación, la mudaron a la calle Alvear, pero creo que ya la levantaron. El edificio del que hablás puede ser el que está al frente, junto al bar de Feliche. O el que está donde hay una escuela de peluquerías, donde vive un mini dandi piropeador. Más datos, más datos.
Comentario de José Playo — un 23 febrero 2010, tipo 13:03
@jn: en esa época todos debemos haber sido dobles de Carlitos Balá. No estamos solos, no estamos solos…
@Karmakiller: capá nomá. Gracias, Karma. Abrazos.
Comentario de José Playo — un 23 febrero 2010, tipo 13:05
@sandylikesand: ¡Los aros de cebolla! ¡Alguien más que fue a comer a American Food! ¡Que muera la cajita feliz!
Comentario de José Playo — un 23 febrero 2010, tipo 13:10
@Lucas, desde Pest: siempre me volvió loco ese barrio. Desde muy chico hacía larguísimas caminatas hasta que los zapatos ya no pisaban centro y llegaba a ese mini oasis en medio de la ciudad. Era como un barrio europeo puesto en Córdoba. No tenés idea de la cantidad de avisos clasificados que marqué con lapicera pensando en alquilar ahí (al final desistí porque me dijeron que desde que está el Shopping hay una invasión de ratas. O, mejor, desistí con esa excusa, para no pensar que fue por el tema plata).
Todavía quiero instalarme ahí. No me importan ni las ratas ni las inmobiliarias…
Y el corte taza, ¿no era el mismo que el pelela? Alguien que despeje las dudas. Abrazo, Lucas.
Comentario de José Playo — un 23 febrero 2010, tipo 13:12
@vagina way: salí la semana pasada, no tuve tiempo de avisar, fue de un día para el otro. Igual tuve algunos problemas con el celular, porque en mi casa hay menos señal que en una mesa de espiritismo en el patio y a la siesta. De todas formas creo que salió con dignidad. Abrazo.
Comentario de La Pauli — un 23 febrero 2010, tipo 21:57
José!. Pense que con mi hermano eramos los unicos que tuvimos infancia en el centro!! Siempre me senti medio marciana, aislada entre tanta, zapateria, oficinas y ninguna plaza.
Recuerdo especialmente el silencio en la calle Tucuman a las 2 de la tarde un sabado… Gracias por los recuerdos.
Comentario de Calandria Osorio — un 24 febrero 2010, tipo 0:52
Muy bueno, me diverti (la foto genial) y me dio mucha nostalgia. También me hacian ese corte de pelo, en el cole varias veces me confundieron con un varon y me cambiaron de fila, no llegóa cagarme la vida pero algun trauma me quedo porque todavia uso el pelo hasta la cintura y le tengo miedo a los peluqueros
Comentario de roberto fantasy — un 24 febrero 2010, tipo 0:54
por casualidad mientras leía, el relato, se sincronizó con el tema “nobody home” de pink floyd que salía de los parlantes
Comentario de manu — un 24 febrero 2010, tipo 13:48
José, que lindo que es leerte, culiado!
Volviste a mi tono preferido: el de los contrastes entre la nostalgia y mirar con lupa las cosas cotidianas. Te estabas poniendo un poco…hematológico y oscurín.
Abrazo!
manu.
Comentario de José Playo — un 24 febrero 2010, tipo 14:10
@La Pauli: me hablás de ese silencio y se me hiela el alma. Yo me pasé buena parte de mi niñez y preadolescencia intentando descifrar qué se suponía que debíamos hacer los que no teníamos patio, ni amigos en bicicleta en la puerta. Los chicos de departamento éramos pálidos, ojerosos, desconfiados. Envidiaba mucho a mis conocidos que regresaban a sus casas en colectivo y después del fin de semana contaban historias de partidos de fútbol en las plazas, de pijamas parties, de pileteadas a la siesta. Mi relación con el centro es ambigüa, a veces le endilgo la responsabilidad total de mis neurosis, otras lo pienso como en este texto. Aunque estoy seguro de algo: criar a mis hijas donde yo me crié es la última de las opciones. Abrazo marciano.
Comentario de José Playo — un 24 febrero 2010, tipo 14:15
@Calandria Osorio: nuestra relación con el pelo y los peluqueros también puede ser determinante para muchas cosas. Si te sirve de consuelo, yo todavía no sé qué tengo en la cabeza (en todo sentido). Saludos.
@roberto fantasy: el azar musicaliza de maneras que sólo el azar comprende. Ojalá no te haya tirado muy abajo. Abrazo.
Comentario de José Playo — un 24 febrero 2010, tipo 14:18
@manu: también es un tono que me gusta mucho, sucede que a veces hay períodos, y no está bueno desperdiciarlos, aunque es cierto, estuve medio empantanado y ominoso. Culpemos a enero.
“Puede fallar”, como decía un mago.
Lo importante, para mí, es seguir explorando y seguir escribiendo, es una de las poquísimas cosas que me hacen bien aunque vengan en exceso.
Gracias por la primera línea, manu. Abrazo grande.
Comentario de lucho luna — un 24 febrero 2010, tipo 20:56
yo no tengo mucha memoria, pero recuerdos de la calle muchos…… olvidables o no vaya uno a saber … como la vez que no aguantaba mas y tuve que orinar sobre calle san jerónimo donde había un abandonado sitio bailable cerca de alvear. Ahora hay un banco y un muy glamoroso edificio creo…..ahi hice pipí…con 23 años…
LUCHO-
Comentario de EFB — un 25 febrero 2010, tipo 7:02
Al lado del Cine Mayo había una galería pequeña en la que todos los negocios eran zapaterías. En la entrada estaba el aparato ese que es un cepillazo eléctrico para zapatos. Uno para los marrones y otro para los negros.
Del Cine Ocean queda el cartel. Ahora es Playa Ocean.
Me parece que el Chango Rodríguez mientras pensaba en la Barranca, la Quinta Santa Ana y la calle Chubut veía el montón de lodo que bajaba por ahí con cada lluvia. Los picantes taparon la arcilla con cemento y clavaron un rulero.
Todas esas calles todavía se inundan.
Comentario de EFB — un 25 febrero 2010, tipo 7:14
Quien se anime, pruebe.
Salir del centro un sábado a las 3 de la tarde. Gambeteando pilchas, dvds trucho, lentes y gente llegar a sentirse como el Diego en el Azteca.
Volver el domingo a las diez de la mañana. Es violento el silencio en la San Martín.
Comentario de Martín - Aquende Libros — un 26 febrero 2010, tipo 9:08
@Lucas, desde Pest: Mis primeras borracheras las tuve en la plazoleta de la Capilla, cuando todavía el Disco del chópin cerraba tarde, muy tarde. Abríamos las cervezas con la cruz que está junto a la puerta.
Tiempos de un fernet grande con una sola coca de dos litros.
@José Playo: Mi vieja solía llevarnos a EFB y a mí al Paseo de los Niños, esa mini plaza que está por Jujuy entre 9 de Julio y Colón.
Comentario de Lucas, desde Pest — un 28 febrero 2010, tipo 15:54
Martin, hemos compartido el escenario de los primeros pedos, que honor (honor bizarro pero honor al fin).
EFB, durante un tiempo, poco despues de que hicieron el NC y clavaron el rulero, el barrio dejo de inundarse, asi que supongo que la ineptitud de los ultimos intendentes tendra algo que ver.
Pero recuerdo haber tenido que subir a la planta alta los sillones de pana del living, tener siempre a mano cajas de azulejos sobre las que poniamos la mesa del living, cambiar el motor de la heladera y el lavarropas cada 2 anios… mi viejo compro un Sierra en el ’85, todavia no tenia la patente asi que no lo sacaba a la calle. Una tarde se le lleno de agua amarronada cuyos rastros duraron hasta que lo vendio varios anios mas tarde.
Ahora, en la ultima inundacion se cayo el arbol de la que fue mi casa: http://www.lavoz.com.ar/galeria.asp?nota_id=578472.
Playo, yo se, positivamente, que algun dia voy a volver a vivir en la Quinta Santa Ana.
Comentario de silver mt zion — un 3 marzo 2010, tipo 15:55
extraño los desaforismos!!!! =)
Comentario de José Playo — un 4 marzo 2010, tipo 0:31
@EFB: ¡LA GALERÍA DEL CALZADO! Era toda amarilla, con unas vigas de hierro robustas y una subidita tipo rampa de aeropuerto, con planchas de goma con ranuras (yo me entiendo). Leí tu comentario e inmediatamente volví a sentir el placer de poner la pata debajo de esos rodillos… Muy bueno ese recuerdo, EFB. Y lo del silencio de la San Martín me puso el corazón como una nuez. Voy a intentar quedarme con el recuerdo de la máquina de lustrar zapatos. Abrazo.
@lucho luna: ya lo dijo el filósofo: “donde se come no se caga, pero donde se baila bien se puede uno echar una meada”.
Comentario de José Playo — un 4 marzo 2010, tipo 0:33
@Martín – Aquende Libros: ¡A mí también me llevaban! Siempre me pareció muy original que hubiera una plaza con paredes y puerta de entrada, y me gustaba meterme en esos juegos que eran como tubos. Entrabas, salías, te asomabas, te escondías. Siento cosas muy especiales por esa plaza. No he vuelto a entrar ahí desde hace, por lo menos, 25 años. GOLAZOS los datos de los hermanos.
@Lucas, desde Pest: dichoso de usted, que tiene esa seguridad. Que lo disfrutes mucho. Invitame a tomar café en la vereda cuando estés instalado.
@silver mt zion: vuelven. Lentamente… Gracias y es muy bueno saber que hay gente del otro lado.
Comentario de Federico Gauffin — un 13 marzo 2010, tipo 18:21
Bárbaro, Playo. Te juro que me imaginé la peatonal en sepia.
¡Abrazos!