Mi hermana nació dos años antes que yo. Mis padres querían un varón y eso, creo, le complicó un poco la vida. Apenas terminó el secundario, Pili se puso de novia con un rastafari. A mi viejo lo ponía verde ver que el rasta (Gregorio, se llamaba) cayera a casa con los ojos raspados y asaltara con tanto descaro la heladera.
—¡El hijo de puta me come los fiambres! —le decía a mi vieja.
leer lo que falta de: Tres crueldades pasatistas…
Ya no estás, Anabell, en la orilla de la cama; ya no veo tu negro pelo cayéndote por la espalda, ni los rosados dedos de tus pies debajo de tus nalgas blancas.
Vacío quedó tu rincón, ése que a golpes de enojo la noche de anoche vi que te forjabas; me enseñaste a descreer de las bondades
de la voz baja.
Ya no estás, Anabell, en este lecho vasto y pálido que se puebla de arrugas insignificantes bajo el peso solitario de mi espalda.
Embriagadas las sábanas, testimonia la tela la ausencia desenmascarada: ya no pasean entre las almohadas tus tobillos, tu cuello, la piel que aprendí a recorrer sin prisa
mientras te amaba.
leer lo que falta de: Sin Anabell en la cama…
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