Mi hermana nació dos años antes que yo. Mis padres querían un varón y eso, creo, le complicó un poco la vida. Apenas terminó el secundario, Pili se puso de novia con un rastafari. A mi viejo lo ponía verde ver que el rasta (Gregorio, se llamaba) cayera a casa con los ojos raspados y asaltara con tanto descaro la heladera.
—¡El hijo de puta me come los fiambres! —le decía a mi vieja.
Sé que mi cuñado y mi hermana le entraban duro y parejo al porro. Olían como si hubieran dormido con una máquina de cortar pasto en la cama. Una vez le pregunté a mi hermana si no le molestaba que el rasta la tratara tan mal. No era que a mí me importara, pero mi vieja me había pedido que averiguara qué pasaba, por qué el tipo discutía tanto con ella.
—¿No te jode que Gregorio te trate mal, Pili?
—Es el precio que hay que pagar. Se enoja porque me curto a sus amigos —me explicó—. Pasa que besar por primera vez a la gente me relaja un montón, es más lindo que nadar sin corpiño.
Yo sospechaba que mi hermana era medio puta, pero no me importaba. La nuestra era una familia disfuncional, apresada por un sufrimiento secreto.
Nuestras sonrisas y nuestros remansos descansaban sobre el tejido irreparable de una tragedia añeja.
La noche de Navidad de 1995 la pasamos en la casa de mi tío Horacio, que tenía terraza con asador. Yo me acuerdo que con la Pili nos habíamos puesto a tirarle cuetes a los autos estacionados abajo en la vereda, para que les sonara la alarma.
Mi vieja estaba poniendo bandejas en una mesa larga con dos manteles. Eran ensaladas, creo. Mi viejo estaba con el tío junto al asador y se cagaban de risa no sé de qué. Mis abuelos se habían sentado en el borde de la terraza y estaban hablando por teléfono con una tía que vive en España.
La idea fue de la Pili. Yo sólo le prendí el cuete con el encendedor.
El petardo salió hacia mis abuelos dibujando una parábola de humo y estrellitas, y fue a parar entre los zapatos de la Nona. La vieja se asustó, intuyó el peligro que tenía entre las piernas y quiso levantarse. Quizá tuvo miedo de que le hubiésemos tirado algo más potente, un rompeportón o un Miguelito.
Nosotros con los Miguelitos solíamos romper tubos de cemento en los alambrados del baldío de la esquina. Eran como armas militares que metían un quilombo bárbaro, pero las conseguías por dos mangos en cualquier quiosco de pirotecnia. Pero este era un cuete chotón, una cagadita que de pedo si sonaba más que un Chasquiboom.
Cuando explotó, sonó como un pedo adentro de un balde y la Nona se puso de pie de un salto y empezó a irse para atrás.
La Pili y yo la mirábamos hacer molinetes con los brazos, con la boca y los ojos muy abiertos. Nunca le había visto esa expresión a mi abuela. El Nono, mientras tanto, se puso de pie también e intentó sujetarla con la mano que le quedaba libre. En la otra estaba el teléfono con la voz de mi tía que le contaba del precio de una encomienda.
Desde que explotó el cuete hasta que mi abuela por fin se precipitó al vacío, habrán pasado, no sé, dos segundos.
En ese lapso de tiempo yo pude ver a mi viejo y a mi tío petrificados junto a la parrilla, con una advertencia a medio salir de la boca. También la vi a mi vieja gritando ¡Mamá!, y a mi tía, que venía justo subiendo la escalera con una bandeja llena de vasos.
La Nona alcanzó a darle la mano a mi abuelo y entonces los dos se fueron, de espaldas, a la mierda.
Desde esa noche, no festejamos más Navidad.
Unos años después mi hermana empezó su carrera cogística que la llevó, persiguiendo una pija francesa, a radicarse en París. Murió allá, pero nadie sabe bien cómo. Estaba borracha en una terraza, en Nochebuena. Dicen que se sentó a tomar chupitos de whisky. Parece que con el envión que le dio al cuarto vaso, también se fue para atrás y cayó de espaldas unos diez metros.
La última vez que hablé con ella por teléfono me había dicho que estaba contenta con el francés, porque la tenía enorme, “como una nutria”. Le pregunté si eso le gustaba y dijo que sí.
—Lo único malo es que si lo hacés por atrás, al día siguiente parece que cagás escalpelos calientes.
***
Cuando cursaba la carrera de psicología solía desayunar, antes de clases, en un barsucho que tenía unas medialunas exquisitas. Me llamaba mucho la atención el mozo… y que nadie, ningún otro parroquiano, se percatara de que en el acto de mudar los pocillos de la bandeja a las mesas, el tipo lloraba como una magdalena.
Era un derrame sórdido de lágrimas diminutas y silenciosas, pero nadie las veía.
Yo desayunaba en la mesa del fondo, junto a un espejo que me permitía espiarlo por el reflejo. Y me daba una angustia tremenda verlo detrás del moño ridículo, con semejante desolación. A veces, de tanto que lloraba, movía involuntariamente las sillas con el culo cuando pasaba entre las mesas. Medio ciego de lágrimas, como si laburara sin escafandra en el fondo de una pileta.
Siempre demoraba mucho en traer la cuenta. Yo ya había hecho el cálculo de que convenía pagar apenas trajera el pedido, de lo contrario podías pasarte media hora golpeando con los dedos la mesa.
Algo en el cuerpo desgarbado que ensayaba carnavales de muerte me seducía. Tal vez sus caderas huesudas enfundadas en el pantalón de tela negra, meciéndose sin gracia al ritmo de las señas que le hacíamos los clientes con la cabeza. El tipo bailaba y lloraba ante los dedos que dibujaban pocillos imaginarios en el aire.
No he vuelto a ese bar en mucho tiempo, pero a veces, en otros bares, pienso en su floreo dislocado.
Su baile y su llanto —sospecho ahora que ya estoy lejos de la carrera de psicología y puedo pensar mejor—, eran una consecuencia de algo mucho más importante, el efecto secundario de un impulso interior que ninguna de las personas en las mesas alcanzábamos a comprender.
Jamás me sentí tan bien en ningún otro bar del mundo. No existe un espacio como aquél.
Las gotitas del llanto estallando contra los servilleteros, enterrándose en las hombreras de los sacos. Era hermoso ver esas lagrimitas oscureciendo la tela antes de desaparecer.
El mozo sorbía sus mocos de manera discreta, y viajaba incansable de la barra al salón haciendo gala de su torpeza.
Me queda en la memoria grabado a fuego su saludo diario, cuando yo me iba. Una despedida burbujeante y nasal, temerosa, apretada por la congestión del llanto. Creo que el mozo era del interior y que trabajaba tanto para poder endosarle cheques a una ex esposa violenta.
Un hombre condenado a llevar colgadas del mentón las gotas de su tristeza.
Y cada vez que me traía algo, invariablemente, yo le tocaba el culo con la mano bien abierta.
***
Volvimos borrachos. Luis estaba al volante y zigzagueaba en la ruta como si manejara un auto de juguete. Yo a su lado trataba de encender un cigarrillo cuya punta no coincidía nunca con la llama. Atrás venían Martín y Juan, medio dormidos, con la cabeza rebotando en el vidrio o el mentón pegado al pecho.
Nadie vio la vaca y lo último que recuerdo son los cachetazos sobre el volante y la voz de Luis diciendo:
—¡Mierda, mierda!
Tardaron dos horas en socorrernos. De esa parte me quedaron como fotos mojadas; de a rato me despertaba y veía a Luis con la pata de la vaca metida en el medio de la cara. Donde antes había una nariz, un par de ojos y una boca, ahora había un hueco inmenso y negro.
Cabeza de zapato de vaca.
También me acuerdo de los quejidos de Martín, que decía “la mano, la mano”. Yo quería mover la cabeza y no podía. No sentía las piernas y tiritaba de frío, me había agarrado un frío tan impresionante que las manos me parecían de cartón.
Dicen los médicos que gracias al pedo que cargábamos pudimos resistir mejor el golpazo. Era una vaca pesada, y el cuero áspero del lomo me apretaba furiosamente las piernas. Olía a pasto y a tierra.
Primero la chocamos y después nos salimos del camino y le dimos a un árbol con el lateral izquierdo, a la altura de la puerta trasera.
Dicen que Juan murió en el acto. Pero Martín no, yo lo escuché cuando decía “la mano, la mano”. Demoró un poco más. Antes de desmayarme por última vez miré para atrás: donde antes tenía una mano, mi amigo ahora tenía una fuente volcada de fideos.
Quedamos impregnados en bosta de vaca, porque el animal se cagó sobre nosotros cuando atravesó el parabrisas.
Estaba cubierto de esa mierda pestilente y acuosa, asfixiado por el peso de la musculatura. Supongo que deliraba, porque por momentos se me ocurrió que había inventado un nuevo atuendo para una fiesta de disfraces satánica: “El Chocado”, a base de delicados salpicones de sangre, mierda, plástico y vidriecitos cuadrados.
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Comentario de Dr. CroW — un 18 agosto 2010, tipo 22:36
“Cara de zapato de vaca” que hijo de puta.
Gracias por alegrarme el día!!
Comentario de elrober — un 18 agosto 2010, tipo 22:42
boló, podrías haber elegido otro nombre, mi hija se llama Pilar jajaja buenííísimo
Comentario de Federico Gauffin — un 18 agosto 2010, tipo 22:47
Jajaja. Está bueno ese disfraz, lo voy a poner en práctica.
Trackback de Bitacoras.com — un 18 agosto 2010, tipo 22:59
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: Mi hermana nació dos años antes que yo. Mis padres querían un varón y eso, creo, le complicó un poco la vida. Apenas terminó el secundario, Pili se puso de novia con un rastafari. A mi viejo lo ponía verde ver que el rasta (G…..
Comentario de marcos — un 18 agosto 2010, tipo 22:59
Sos un culiado Playo, escribiendo asi cualquiera tiene un blog finalista “mejor blog 2008″. Me parece que el tercer relato vendria muy bien para una campaña de concientización. El primero me cagó de gusto. Abrazo!
Comentario de elrober — un 18 agosto 2010, tipo 23:10
fui mozo 5 años, y aunque tengo muuucha tranquilidad, conocí muchos compañeros de trabajo que en muchas ocasiones llegaban al laburo con tantos dramas que tranquilamente podrían haber sido el que describís, otros podrían haber formado parte de un titular de Crónica que dijera …” mooozo cordobés asesinó a cliente que le apuró el bife de chorizo a punto”…
Trackback de BlogESfera.com — un 19 agosto 2010, tipo 6:08
Informaci�n de BlogESfera.com……
Puedes valorar este post en BlogESfera.com haciendo click aqui….
Comentario de DAVID — un 19 agosto 2010, tipo 9:26
mierda¡¡¡¡
realmente me pelaste….. yo me quejo porque mi exmujer tiene a mi hijos, mis mantes me echan cuando me encuntran con otra y mi trabajo no me deja tiempo para una relacion seria….. en serio me pelaste……..esta mañana al desayunar hasta le di propina a la camarera….UNO NUNCA SABE…. y a mi hermana pues, ya la miraba con ojos de sospecha, soloq ue nunca le he hablado como vos le escribiste a la tuy….. solo espero que no e de la mima mierda con las vacas…son deliciosas
Comentario de Despeinada — un 19 agosto 2010, tipo 17:31
Macabro que eres…que sepas :P
:) Muy bueno
Comentario de lutecia — un 19 agosto 2010, tipo 19:25
“Desde esa noche, no festejamos más Navidad.”
“…condenado a llevar colgadas del mentón las gotas de su tristeza.2
muy pero muy buenos tus relatos. Gracias por compartirlo.
Comentario de Lilith — un 20 agosto 2010, tipo 22:09
Me gustaron mucho los dos primeros y aunque usted no precise devolución, le vomito por qué.
El primero, porque el narrador (o narradora; podría ser) tiene la meticulosidad de un testigo del hecho de otro, de esos que tras años de terapia, “objetivan” un suceso espantoso que les pasó y lo cuentan como si de una película mediocre se tratara. Imagino que la historia de este flaco continúa, martirizando palomas o enterrando viva a alguna criatura, cual Petiso Orejudo. La frase “En la otra estaba el teléfono con la voz de mi tía que le contaba del precio de una encomienda.” es mortal. Idem el agregado “a la mierda”, luego de relatar la caída.
El segundo, porque es muy, muy literario. Que el quía haya sido estudiante de psicología es una perla cultivada.
Del tercero no voy a opinar porque es como la fotografía de una vivencia horrorosa.
Bien por las letras, Playo.
Comentario de Tatián — un 21 agosto 2010, tipo 18:55
jajajajajaja me he divertido mucho con esta entrada… llegue a este blog a través de un contacto que me recomendó un post y no paro de reírme!!! Gracias!!!! de a poco ire leyendo el resto!!!
Felicitaciones y seguiré jugando de visitante!!! :)
Comentario de iva — un 21 agosto 2010, tipo 21:34
Recién me pude reir una vez que busqué “escalpelo” en rae.es
Entonces sí “jajajaj”
Más o menos así fue
Meyencantó
Comentario de Segismundo Fierro — un 26 agosto 2010, tipo 19:35
Playo , se desplayo muy bien con esos tres relatos , al leer el primero me pego mal el fazo de tu hermana y me hizo ver un moso llorando a un hijo que muere desfigurado por una vaca hereford .Brindo por su escritura Playo. Lo saludo otro que usa un alter ego para escribir en esta Córdoba Capital ¡¡¡¡Abrazo
Comentario de elrober — un 27 agosto 2010, tipo 12:06
el pulpo del de el header es Paul? o Playol ?
Comentario de CarlitoX — un 27 agosto 2010, tipo 18:37
Loco, durasos los textos… No entiendo los zapallos (por decirlo de alguna manera no tan violenta) que ponen “jaja” o caritas sonrientes en los comentarios, si son cosas más tristes que la mierda…
Bueno, igual, geniales los escritos.
Comentario de Javier — un 27 agosto 2010, tipo 18:52
Que groso… el primero de los tres me encantó más!!!
José, regalanos otro libro para llevar y leer en el colectibo con estos relatos!
Saludos… me reeeeeeee gustó!
Comentario de tavo — un 28 agosto 2010, tipo 3:18
si, a mi tampoco me parecieron graciosos..
Cuando termine de leer el tercero dije textualmente: “este tipo esta enfermo”. Espero que esa haya sido la intencion. Saludos!
Comentario de Dave — un 28 agosto 2010, tipo 19:34
Cambió el final del segundo cuento? Puede ser?
Comentario de martin eschoyez — un 30 agosto 2010, tipo 18:53
Thanks Play. I admair iór prous in ol its estáils.
A sáludit from the CharlespeaceVille.
Comentario de fedem — un 30 agosto 2010, tipo 19:27
zarpadooo cada vez mas limado chabon! una masa tus escritos!
Comentario de Robertho — un 31 agosto 2010, tipo 0:08
juaaa muy bueno che me voy a dormir con una sonrisa
te dejo mi blog
http://orgsn.blogspot.com
Comentario de mediapila — un 31 agosto 2010, tipo 15:09
una sacudida de bocho en el momento preciso, gracias Jose
Comentario de Ernest — un 1 septiembre 2010, tipo 0:08
Joseles muy bueno el pulpo Paul del encabezado. Groso realmente. Abrazo
Comentario de Ale — un 2 septiembre 2010, tipo 15:18
jajajaja el primero estuvo genial!!
Comentario de RUSTICO — un 2 septiembre 2010, tipo 23:05
Medio loco pero bueno.
Que gracioso.
Comentario de Gallo — un 7 septiembre 2010, tipo 0:56
El relato del mozo evocó de inmediato al bailarín de Flores, de las Crónicas de Dolina, Aldo Manfredi, que también se desempeñaba en ese puesto laboral para subsitir, pero su pasión era sin duda el ballet.
Cito:
“Antiguos parroquianos aún lo recuerdan atravesando el local en puntas de pie, cargando la bandeja como una ofrenda pagana, cayendo de rodillas para agradecer una propina y saltando sobre las mesas con los brazos en alto, cuando alguien lo llamaba.”
Dicen que algunos le pedian que mostrara su arte _Báilese algo, Manfredi_ solo para burlalrse, a lo que el artista, sin dejar de bailar, respondia pelando un revólver invitando a que siguieran la broma.
Imposible no relacionarlos…
Comentario de meli daghero — un 26 septiembre 2010, tipo 2:13
es la primera vez que entro
y me enamore de como escribis!!
Comentario de La curiosa — un 3 noviembre 2010, tipo 19:57
NOOOOOO….jejejeje Genial…!Me has echo sentir una pena terrible por los abuelos..por el pobre Martín y su mano…y por el mozoooooooo….!!!!Pobre tipo……!!!!!Jejeje
EXCELENTE.
Saludos..!
Larita…
Comentario de Max — un 15 noviembre 2010, tipo 17:43
Qué te parió Playo!
Por un momento pensé que era autobiográfico y pensé “que vida de mierda, pobre”
Lo de los abuelos me cerraba con lo del crimen terrible de los 3 estilos terapéuticos y así mismo, tu “estudiando psicología” me coincidía con tanta terapia…
Ahora ya no sé si creerte o no, je
Muy buenos relatos… que cabeza!