El primer terapeuta al que visité tenía barba, anteojos, y un consultorio que parecía un museo de ciencias naturales. Fui dos veces. En la entrevista de presentación, antes de sentarme, me puse a ver los animalitos disecados que tenía sobre una repisa (había un quirquincho, algo parecido a un águila y un castor). De reojo vi que él tomaba notas en una libretita.
—¿Le interesan los animales? —quiso saber.
—Msé.
Después le pregunté adónde me tenía que sentar, o si directamente me acostaba en un diván medio freudiano que tenía junto a una mesa ratona.
—Como prefiera —me dijo.
No me cabía mucho lo de acostarme así nomás, al lado de un extraño. Se lo dije.
—Ajá. ¿Por qué?
—Porque no lo conozco. Por ahí usted aprovecha que yo estoy acostado y, como no lo puedo ver por el ángulo del sillón, se pega una siesta. O se hace una paja. No sé, no me cierra.
—Ajá —dijo, y me indicó que sentara donde quisiera antes de anotar otra vez en la libreta.
Pregunté si se podía fumar y me dijo que no, aunque había un cenicero repleto de colillas a su lado. Lo dejé pasar, entendí que tal vez la negativa formara parte de alguna prueba.
—¿Qué lo trae por acá?
Lo pensé un poco. Desde que pedí el turno por teléfono le había dado muchas vueltas a esa pregunta. ¿Qué convenía decir en estos casos?
—Tengo un… problema.
—Ajá.
Se hizo un silencio. Siguió tomando notas.
—Quizá no sea tan grave, pero me está costando un poco…
—¿Le está costando un poco…? —repitió, haciéndome señas para que completara la frase.
—… relacionarme con la gente. Creo.
—Ajá.
—No sé. No tengo traumas jodidos, ni cosas así. La verdad, no sé bien para qué vengo.
—Las consultas no necesariamente tienen que estar motivadas por situaciones traumáticas. Los pacientes a veces vienen porque algo los angustia, y entonces hablamos de eso.
—Ajá —dije yo.
—¿A usted hay algo que lo angustia?
—¿Algo tipo sexual, dice usted?
—No necesariamente, pero sí, puede ser algo sexual. ¿A usted lo angustia algún aspecto de su sexualidad?
No respondí de inmediato. Recordé que había mencionado la posibilidad de que el tipo se clavara un guante mientras yo estaba de espaldas. Y que él había tomado notas de esa respuesta. Quizá pensara que yo tenía alguna perversión oculta. Por ahí se estaba haciendo la idea de que yo iba por los consultorios psicológicos esperando que algún terapeuta se pusiera cachondo mirándome la coronilla.
Me miraba en silencio. El silencio es un arma poderosa, los hombres tendemos a combatirlo diciendo cualquier boludez.
Recapitulé un poco. De llegada al consultorio me había puesto a ver los animalitos disecados. Imaginé que el tipo había anotado en el cuaderno que me cabía la onda zoofílica.
—Bueno, quiero aclarar que me gustan las mujeres. Mucho, me gustan.
—Ajá.
—… aunque las experiencias que tuve hasta el momento no hayan sido las mejores que digamos.
—Ajá. ¿Puedo preguntar por qué?
—Sí, puede preguntar lo que quiera —dije. Para mis adentros pensé “de ahí a que te conteste es otra cosa”.
—¿Por qué dice usted que sus experiencias no fueron satisfactorias?
Lo pensé unos segundos. Le conté que mi primera relación sexual había sido a los 13 o 14, con una prostituta. Obvié los detalles de color, sólo mencioné que la mujer había rechazado besarme y que recién supe qué era besar cuando cumplí los 18.
—Hubo un desfasaje, dice usted. Primero la relación sexual y, mucho después, el beso.
—Msé. Lo que me acuerdo patente es que en ese momento pensé que coger era horrible. Para la mierda mejor quedarse en casa y meterse una puñalada.
Abrió grandes los ojos y me miró.
—Una puñalada es una paja —aclaré.
—Ah.
—Tampoco es que soy un loquito que se anda barajando los colgajos cada vez que tiene diez minutos libres —aclaré.
—Ajá.
Guardé silencio. Pensé en contarle que la siguiente experiencia fue con una chica más grande que me había llevado a su casa para, andá a saber por qué, apretarme los huevos con mucha fuerza, como si quisiera licuármelos. El episodio había terminado con una huida cobarde y una encerrada en el excusado para…
Ya iban como diez alusiones a la masturbación. Decidí que no convenía ponerse monotemático.
—Se ha quedado callado —observó.
—Es que pienso que me cae como el culo usted.
—Ajá.
—Pasa que hace media hora que estamos sentados y lo único que usted dice es “ajá” cada vez que le cuento algo, pero no hemos hablado nada de lo importante. Estamos contabilizando pajas y nada más.
—¿Y qué es lo importante?
—Yo presencié un crimen horrible.
Levantó la vista y me dedicó una mirada rara.
—¿Un crimen?
—Vea. Hablar de esto me pone muy mal. No estoy cómodo. Y están todos estos animales mirándome. Tienen cara de que los embalsamaron en el mismo momento en el que les metieron el escopetazo. Están todos como tensos.
—¿Los animales lo ponen tenso?
—Puede ser. Quiero irme.
—Está bien. Si le parece, podemos vernos otra vez el lunes por la mañana.
Le dije que sí. Volví al lunes siguiente, le pagué y le dije que lo nuestro se había terminado.
***
El consultorio olía a pipa. Eso me gustaba. El tipo era pelado y apenas si hablaba. Se sentaba dándome la espalda y eso también estaba bien. Lo único que hacía era escucharme, largar humito y pasarse la mano por la cabeza.
Muy de vez en cuando se reía, o repetía la última frase que yo decía.
Lo que más me gustaba era la sala de espera. Durante el primer mes solía llegar unos minutos antes, eso me permitía ver cómo el psicólogo despedía a la paciente del turno anterior, una chica alta y muy tetona. Apenas la puerta se abría, ella se ponía unas gafas de sol y cruzaba con prisa la sala hacia la salida.
Le daba culpa, creo. Y de culo no estaba nada mal.
Durante seis meses me la pasé hablándole a una nuca detrás de la cual salía, de vez en cuando, un humito blanco. No volví a ver a la chica alta y tetona y me daba vergüenza preguntar qué había sido de ella. Para mí que acabó tragándose un frasco de pastillas.
Empecé a tomar la terapia como parte de un ejercicio físico. Una vez a la semana caminaba las veinte cuadras hasta el consultorio, estrechaba la mano del terapeuta y después me sentaba a hablar boludeces a sus espaldas.
La última vez que fui, le pregunté si realmente escuchaba lo que yo le decía. Fue la única vez que giró en su silla y me miró.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque hace seis meses que vengo a refregar el culo en este asiento y usted no me dice nada, ni qué tengo que hacer, ni cómo solucionar mis problemas.
Dejó la pipa sobre una mesita, se acarició la cabeza, me miró e hizo la primera y última devolución:
—Usted es fóbico. Vive en un mundo de fantasías. Parte de ese mundo se sustenta en la base de que hay soluciones mágicas a los problemas que lo aquejan. En más de una ocasión (siete, para ser exactos) pidió que le recetara “una pastillita”.
—Fueron dos veces —corregí.
Sólo obtuve una mirada severa.
—A usted lo angustia terriblemente la imposibilidad de encajar en su entorno, al que siente hostil. Eso ha minado su confianza. Los rasgos paranoides de su conducta no lo dejan relacionarse con las demás personas desde un lugar genuino: necesita fingir un bienestar inexistente. Todos, según su sospecha, ocultan intenciones, por lo que…
—Bueno, yo no diría todos-todos…
—… a diario se propone desentramar una red conspirativa que lo ha sumido en una infelicidad constante. Su inconsciente sabe que gasta mucha energía en su paranoia, por lo que ha decidido rebelarse: de ahí los trastornos obsesivo-compulsivos que usted tiene…
—¿Trastornos?
—Su psiquis lo está forzando a agotarse. Dicho de otro modo, su inconsciente desea rebelarse, y la única manera de conseguirlo es forzarlo a realizar tareas inútiles: coleccionar objetos inservibles, caminar entre líneas imaginarias, higienizarse compulsivamente…
—Uau.
—… autosatisfacerse sin frenos…
—¿?
—Masturbarse.
Guardé silencio unos momentos mientras él recargaba su pipa. Después me puse de pie y le dije que me iba para no volver.
—¿Se molestó por lo que le dije? —quiso saber.
—No. Me voy porque usted en todo este tiempo no ha sabido darse cuenta de que yo soy así porque presencié un crimen horrible.
Desde la vereda todavía se escuchaban sus carcajadas.
***
Mucho más adelante, cuando ya me costaba salir de mi casa, cuando no me quedaban fuerzas ni para sentir lástima por mí, decidí probar por última vez.
Yo sabía que en el universo de los psicólogos los había buenos y malos. No era muy distinto a lo que ocurría con los mecánicos o los abogados.
Algunos profesionales subsistían a base de viejas adictas al diván dispuestas a pagar décadas de terapia sin ver progreso alguno, otros aprovechaban la situación de indefensión de sus pacientes y se los cogían o, sencillamente, les daban el empujón final para que cayeran por el barranco de la locura porque eran sádicos.
Lo mismo que los mecánicos y los que estudian abogacía.
El mundo es cruel, pero yo todavía albergaba la esperanza de dar con alguien que pudiera tenderme una mano, explicarme.
El tipo medía casi dos metros y tenía un vozarrón muy potente.
Nunca me han gritado tanto en mi vida. Creo que ni mis padres me retaron como lo hizo este hombre desde el momento en que tuvimos nuestra primera entrevista.
—¡RECONOCÉ QUE SOS TAL COSA! —me decía.
—¡Sí! ¡Soy un sorete!
—¡BUEEENO, POR FIN UN POCO DE SINCERIDAD! —respondía.
Creo que fue a la segunda semana. Iba decidido a pedirle que reviéramos el sistema, tal vez él debería estar pagándome a mí por la forma en que se sacaba la bronca.
Me senté en el sofá de siempre, le clavé la mirada y guardé silencio.
Él me miró también, entrecerrando los ojos:
—Voy a darte el número de un colega que estará encantado de escuchar cómo presenciaste un crimen horrible —fue lo primero que dijo.
Yo bajé y subí la cabeza.
Me hubiera gustado decirle que hacía mucho no sentía tanta alegría.

(ilustración del mejor dibujante cordobés del mundo: Louis Walls).
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Comentario de Diego S. — un 20 septiembre 2010, tipo 1:01
Los psicologos son gente de lo mas pintoresca xD esto me hizo acordar a una psicologa a la que mi vieja me mando cuando estaba con todo el quilombo del que-voy-a-estudiar-cuando-termine-el-colegio. Resulta que la mina era muy bonita y durate las horas que pase ahi no hice sino mas que comerme la cabeza pensando que ella sabia que lo que yo pensaba xD
Comentario de José Playo — un 20 septiembre 2010, tipo 1:04
No te quepa duda, Diego. De una que lo sabía.
Trackback de BlogESfera.com — un 20 septiembre 2010, tipo 1:04
Información de BlogESfera.com……
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Trackback de Bitacoras.com — un 20 septiembre 2010, tipo 1:05
Información Bitacoras.com…
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Comentario de Gallo — un 20 septiembre 2010, tipo 2:01
Hay que darte un trofeo por frases como:
“Le daba culpa creo. Y de culo no andaba nada mal.”
O la exquisitez de diálogos como:
_¡Si, soy un sorete!_
_¡Bueeeeno, por fin un poco de sinceridad!_
Mortal José, buenisimo.
Y es buena la idea de un terapeuta así de autoritario. Bah, o es preferible a los que no te dan bola. Pero bueno, si se piensa que si vos resolvés tu conflicto no volvés más y por lo tanto les dejás de pagar, es fácil razonar que les conviene la No-resolución de los traumas, ¿que no?
Como bien vos lo dijste, como un mecánico que arregla motores dejando fallas sabiendo que volverán a entrar al taller al cabo de dos semanas.
Pero bué, es lo que hay…
Comentario de José Playo — un 20 septiembre 2010, tipo 2:06
Un diálogo así, en vivo, es demoledor.
Comentario de tavo — un 20 septiembre 2010, tipo 3:02
muuuuuuuy bueno jajajajajajaja muy bueno, posta…
Los diálogos son espectaculares, y yo me llevo esta frase: “Me miraba en silencio. El silencio es un arma poderosa, los hombres tendemos a combatirlo diciendo cualquier boludez.”
Comentario de martin eschoyez — un 20 septiembre 2010, tipo 8:06
Iba a agregar lo de Tavo.
Peeeeeeero, en vista de que llegué tarde, rescato las mil y un formas de decir “paja”.
José, genial loco. Es muy bueno arrancar un lunes con algún relato tuyo. Pensá en eso y posteá mucho los domingos.
Abrazo!
Comentario de martin eschoyez — un 20 septiembre 2010, tipo 8:07
Y para no ser desagradecido, BRILLANTE el dibujo.
Lo vi en el cuadernito de Walls.
otro abrazo para él.
Comentario de luis — un 20 septiembre 2010, tipo 9:31
GRACIAS PLAYO !!!!!!!!
Comentario de Sil — un 20 septiembre 2010, tipo 10:02
EXC JOSE EL TEXTO Y EL DIBUJOOOO !!!!
Comentario de El Mauri — un 20 septiembre 2010, tipo 10:32
José, muy buenos los relatos. Yo, la verdad, descreo de la psicología. Pero bueh, cada loco con su tema, no?
La primera historia, la de los animales disecados es la mas graciosa de las tres.
me atrevo a realizar una pequeñísima corrección: en la segunda historia
“Todos, según su sospecha, ocultan intensiones, por lo que…”
yo sé que quisite poner intenCiones, lo sé. jajaja
Abrazo grande José. Siempre un gusto pasar y siempre un gusto volver.
Saludos a la Flia.
Comentario de José Playo — un 20 septiembre 2010, tipo 10:42
@El Mauri: Uh, ¡qué animal disecado! Gracias, Mauri.
Comentario de elrober — un 20 septiembre 2010, tipo 11:36
tengo menos diván que que fábrica de alfileres, pero siento una gran curiosidad acerca de lo que me dirían si cuento que en vez de enojarme uso taaaaannnta ironía ofensiva, como Adam Sandler en Locos de ira… creo que me dirían que soy un boludo y que tengo que putear más, seguro
Comentario de Ale — un 20 septiembre 2010, tipo 11:38
Excelentes, los tres.
Comentario de José Playo — un 20 septiembre 2010, tipo 12:10
Me compartieron este stand up en Facebook, lo pego también acá.
Comentario de Egu — un 20 septiembre 2010, tipo 12:13
Hace rato que ando con ganas de ir a uno. No porque lo necesite (no creo necesitarlo). Sino para ver que se siente.
Es como ir a una agencia de acompañantes y encamarme con señoritas al mismo tiempo, sé que me va a salir caro, que no va a cambiarme la vida y que quizás me quede con la sensación de que esperaba más de lo que realmente fue en esa horita, pero las ganas hay que sacárselas.
Excelente, como siempre. Gracias por hacer reir.
Comentario de Homero — un 20 septiembre 2010, tipo 19:45
Tremendo tremendo… Me oriné literalmente de risa, ahora estoy todo meado en la silla de mi escritorio. Gracias.
Comentario de rob — un 20 septiembre 2010, tipo 20:47
respecto al stand up yo de facto sé que si se puede estornudar mientras meas… y no te explota el culo, lo malo es que como le explicas a tu mujer las manchas amarillas en todo el room?… y respecto a la historia en efecto, cualquier profesionista con un despacho aprovechará tu vulnerabilida para cogerte… Pepe, genial una vez mas, y cuantas mas!
Comentario de Despeinada — un 21 septiembre 2010, tipo 2:59
Me declaro ignorante en el tema… mi “experiencia” de divanes se limita a lo que he visto en series o leído en novelas (leiste Nubosidad variable? ni ganas de caer en un consultorio así. Lo más “profesional” que estuve del sicoanálisis fué mi lectura de “Yo estoy bien , tú estás bien” y parémosle de contar. Por eso al leer tu cuento, me he imaginado que la persona va a la adivina y no varía mucho viste?
:) Bienvuelto!
Comentario de Pancho — un 21 septiembre 2010, tipo 9:18
Fantástico!
La parte de la puñalada es genial.
Ahora, yo no entiendo qué carajo es lo que quería el inconsciente. Para qué revelarse? No hubiera sido más lindo rebelarse?
Porque revelarse, se revela cualquiera… pero para rebelarse hay que tener huevos.
Y si todo eso que mostraba el incosciente no era para revelarse, sino una campaña guerrillera interna y subversiva con la que rebelarse?
A que eso no te lo dijo ningún terapeuta?
Comentario de maxi — un 21 septiembre 2010, tipo 10:26
No hay un resumen?
Comentario de José Playo — un 21 septiembre 2010, tipo 11:42
@Pancho: se agradece la corrección, tampoco soy tan “revelde” como para no cambiarlo.
Comentario de mcfly — un 21 septiembre 2010, tipo 21:06
muy bueno, “clavarse un guante” una nueva expresión para paja, al menos para mi. repeat:muy bueno.
http://www.youtube.com/watch?v=W_4SCr8yKFQ
Comentario de El Dogo — un 22 septiembre 2010, tipo 15:52
Muy bueno. Varias veces pensé en ir, pero termino convencido que le terminaría mintiendo al terapeuta, intentando en vano crear un personaje y el tipo riéndose de mi por tal pelotudez.
Quizás deba intentarlo por si me cruzo a la alta tetona y de buen culo.
Un abrazo.
Comentario de Evelin — un 24 septiembre 2010, tipo 0:34
Muy bueno el relato, como siempre… da gusto leerte.
Y lo de los psicólogos… las dos o tres veces que intenté ir fueron de novela, como éstas… no entiendo cómo no pueden ser alguien normal, trabajando de psicólogo. En fin…
Comentario de Pancho — un 24 septiembre 2010, tipo 14:21
A la orden. Un placer de lectura, la verdad :)
Comentario de Scarlett Dubois — un 26 septiembre 2010, tipo 12:52
Muy bueno. Me llama la atención la paranoia que tiene la gente estando en consulta, intentando todo el tiempo adivinar cómo el terapeuta estará interpretenando esto o aquello, y actuando en base a eso. Totalmente contraproducente, pero inevitable, supongo.
Comentario de fedem — un 26 septiembre 2010, tipo 15:32
recorde lo del silencio, y ke me paso pero en otro contexto. le delire a una minita y me re cagó corriendo la cara cuando la kise besar. me levante y le dije vamos. caminamos como 10 cuadras en silencio. se sintio fatal.yo el de la pelicula el duro aunke me patió
exelentes relatos cabezombie
Comentario de Lilith — un 27 septiembre 2010, tipo 17:44
Mis loas al segundo; redondo… aunque “Sí! ¡Soy un sorete!” me arrancó un carcajadón.
Adoro a los psicólogos. En mi barrio -Villa Freud se llama- hay como para hacer dulce. Todos apiñaditos en mesas de bares (desde que les cerraron el mítico Sigi, andan como bola sin manija, buscando sucedáneos válidos). Tienen el don de mechar el caso Dora con un tostado de queso. Realmente los adoro.
Y ya que estamos en el baile, vaya mí emocionado recuerdo al gesto contrito, a esas cejas ligeramente elevadas, como sofocando el estupor, de aquella psicóloga a la que le dije que en la última mancha del test de Rorschach yo veía –y sigo viendo- a John Lennon cabeza abajo.
Dos guitas aparte: George Carlin es (debiera decir era, pero es) mi filósofo favorito.
Comentario de Gallo — un 8 octubre 2010, tipo 6:17
Sobre “clavarse un guante” me vinieron a la mente “jugarse un solitario” y uno que es sólo es posible usar acá en Jujuy: “ando viajando mucho a Palma Sola.” Te juro que hay un departamento en la provincia que se llama así.
Comentario de BEATRIX KIDDO — un 2 noviembre 2010, tipo 12:40
Hola, que tal José
¡Qué buenas que están estas historias! En verdad hay cada uno… Yo hace mucho tiempo que voy a terapia; mi psicóloga no me sale con ningún test, ni tampoco me tira un diagnóstico, cosa de no rotularme ni condicionarme con un nombre “técnico”, supongo. Tiene una forma de trabajar muy dedicada. Hace unos años, cuando yo estaba embarazada de 7 meses, estaba sola en “mi hogar” y me descompensé del calor que tenía ahí adentro, ella me fue a buscar y me llevó a una clínica. Y eso que era 25 de Diciembre… La verdad que se portó de 10.
Cuando fui a consultar al psiquiatra pa’ pedirle que me recete “una pastillita”, me terminó diciendo que yo le recordaba a una canción de los Beatles: “Nowhere man” (woman, sería en mi caso) y no me dió nada… La canción me gustó, me sentí identificada :) al igual que con algunos de tus relatos, como el del boludo que se aflojó los dientes jajaaj
Saludos
Comentario de La curiosa — un 2 noviembre 2010, tipo 18:23
Muy bueno…me acuerdo que cuando era chica mi vieja me mandó a una psicóloga y lo único que me hacía hacer la vieja era jugar juegos de mesa. Uno era un rompecabezas de dos piezas: por ejemplo en una salía un nenito parado a la orilla de la senda peatonal y en otra el semaforo en verde. Yo las unía y la vieja me preguntaba “Por qué esas dos van juntas..?” y yo la miraba pensando “No te das cuenta pelotuda..???” jejje siempre recuerdo eso…y al final nunca supe para que mierda me hacía hacer eso…!!
Te felicito nuevamente por el blog entero…sos un genioo…!!
Saludos..!
Lari…
Comentario de Max — un 15 noviembre 2010, tipo 17:05
jajajaja
Me hizo cagar de risa el primero… y la cara de los animalitos!!
Muy bueno che… perdé cuidado que todos ellos eran parte de la misma conspiración, hiciste bien en huir, jeje
Saludos!