Peinate que viene gente


El Método Romualdo para eliminar felinos

Estoy en la habitación, tranquilo, pasándole las hojas a un libro, cuando de pronto el alarido de una mujer parte la tarde en dos. El grito de terror nos avisa a los vecinos de un hallazgo macabro:

—¡DIOS MIO, HAY UN CADAVER EN EL BAÑO!

La voz viene del otro lado de la tapia, donde hay gente que ensaya algo parecido a una obra de teatro. Lo sé porque esto se repite sistemáticamente todas las semanas, pero igual la piel se me eriza cada vez. Me doy cuenta de que hay algo parecido a un ensayo de teatro cuando ya estoy de pie, atragantado en una náusea, empapado en sudor frío.

La vieja de mierda repite (con un tono de voz bastante bien logrado) su línea:

—¡AYUDA, POR FAVOR, HAY UN CADAVER EN EL BAÑO!

Cada siete días se juntan, murmuran primero, y sin decir agua va, sueltan el grito. Yo ruego que por una puta vez sea verdad. Que tengan, efectivamente, un cadáver en el baño; que la suerte haga contrapeso en nuestras balanzas y que les brote, entre el bidet y el inodoro, el mismo cuerpazo de piel cenicienta, con los ojos abiertos y secos, que me brota en la imaginación a mí todas las semanas.

Justicia poética. Equilibrio salomónico de sobresaltos.

Vuelvo a mi asiento con los nervios destrozados y le paso las páginas al libro que avanza poco desde hace dos meses. Lo tengo junto a la computadora. Es el tomo tres de la trilogía de Larsson y no puedo terminarlo. Me siento como el supuesto cadáver en el supuesto baño de la vieja de mierda que ensaya algo parecido a esto que estoy viviendo frente a un monitor azulado.

Los libros acompañan. Al pedo, pero acompañan. Son buenos amigos y bla bla bla. Pero cuando la vieja me pone en la cabeza el cadáver del baño, mis momentos de relajación se van al carajo.

Espero que estrenen pronto la obra y empiecen a ensayar algo con una línea tipo:

—¡DIOS MIO, HAY UN HOMBRE EN PIJA SALIENDO DEL BAÑO!

Como me cuesta mucho relajarme, siempre apelo a los libros, a la escritura o al porno. Cualquier cosa que me distraiga del ensayo de la obra. Y de mi vecina —otro caso—, que le habla a los gatos y riega las plantas a lo bestia.

Todo el lago San Roque se está escurriendo por la manguera que empuña esta mujer. Mientras le devuelve la vida a unos yuyos horribles que habitan sus macetas (y que sólo sirven para juntar bichos), el olor de las algas y el Gamexane salpica mi ventana y mi patio. Mi pequeño patio es el espacio donde ensayo algo que se parece mucho a la penitencia: camino en círculos pisando cucarachas, aplastando mosquitos y fumando como un preso que paladea sus recreos de ansiedad.

La libertad para mí, desde hace unos meses, huele a Gamexane en un retazo de cielo, y suena como el lomo de las cucarachas cuando crujen bajo mis zapatos.

Como vivo en permanente tensión, decidí tomar clases de guitarra a domicilio.

Conocí a Romualdo en una panadería del barrio, cuando al salir se tropezó y dejó en la vereda un kilo de bollitos de pan negro. Nos pusimos a charlar un rato mientras juntábamos los pancitos y me contó que era “concertista”. Tenía las uñas largas y le creí: los hombres con uñas largas sólo pueden ser guitarristas o sátiros.

Al viejito Romualdo le gusta mucho el trago. Lo descubrí la primera tarde que llegó a casa y me preguntó si no tenía algo fresco. Le di a elegir entre agua, soda o gaseosa, pero arrugó la boca y dijo:

—Mmmm.

Después agregué “cerveza” a las opciones y lo próximo que supe era que nos habíamos bajado cuatro litros sin rasgar una sola cuerda.

Hace tres semanas que nos vemos con Romualdo, pero todavía no he podido empuñar la guitarra. El profe llega, deja el saco en un banquito, se desmorona en un sillón, chasquea la lengua y dice:

—¡Qué calor!

Es la clave que debo interpretar para abrir la barra. En este tiempo Romualdo me ha liquidado un licor de durazno, tres tintos y media botella de fernet (no la botella completa porque nunca tengo gaseosa ni hielo, entonces va despacio). Todavía no le he pagado el primer mes, pero ya he perdido en bebidas el equivalente a dos años de conservatorio.

Aunque no toquemos música, la visita del profe me relaja. Entre los ensayos de la obra, los gatos que cagan por todas partes y las lecturas que avanzan igual de lentas que mi escritura, ver a Romualdo cuando cae la tarde me tranquiliza. Su alcoholismo me resulta terapéutico.

Los otros días nos habíamos acomodado cerca de una ventana, para aprovechar una corriente de aire. Yo tomaba agua y Romualdo iba por la segunda medida verdosa de fernet en pelo. De pronto me miró con un gesto extraño. Al principio pensé que era por el mal sabor de la bebida, pero enseguida tragó y dijo:

—¡Te cagaste!

Comprendí que alguno de los gatos se había desgraciado en el techo, sobre nuestras cabezas y que el hedor entraba por la ventana. Le expliqué lo de mi vecina y sus mascotas y lo pensó un rato. Estaba por pedirle que me dejara desenfundar la guitarra cuando me señaló con un dedo:

—Yo sé cómo deshacerme de esos bichos de mierda. Me crié en el campo, en mi vida tuve que lidiar con muchas plagas; los gatos son de las peores.

—No sé si son plaga, en realidad son cuatro o cinco que… —un maullido me interrumpió. E inmediatamente después, la actriz gritó por enésima vez que tenía un cadáver en el baño.

Romualdo amagó levantarse de la silla, pero estaba demasiado borracho. El sudor le corría por las mejillas y le dibujaba serpientes transparentes en el cuello.

—¿Yguéso? (“¿Y eso?”) —preguntó con el vaso suspendido frente al mentón.

Le conté de la obra detrás de la tapia. Después le conté que tengo artrosis en las cervicales, que de noche duermo como la mierda, que voy cambiando de posición la almohada cuando los nervios del cuello se pinzan y me hacen abrir los ojos. Acababa de descubrir que Romualdo me salía más barato que un diván con psicólogo sistémico.

—Por ahí me despierto sentado en la cama, a mitad de la madrugada. A veces prendo la luz y hojeo algún libro. Me duermo de nuevo concentrándome en el motor de la heladera, o en cualquier cosa que no me haga sentir el dolor éste, que es horrible.

Romualdo me mira, apura el vaso hasta el fondo y se limpia la boca con el dorso de la mano:

¿Guerés gue te haga unos masajes?

Estoy por decirle que me parece mejor mantener la relación como está —porque la idea de un señor mayor, borracho y con uñas largas masajeándome el cuello al atardecer, medio como que no encaja—, cuando la mujer vuelve a gritar:

—¡AYUDA, POR FAVOR, HAY UN CADAVER EN EL BAÑO!

Guardamos silencio. Romualdo se mete el dedo meñique en la oreja y empieza a revolverse el pabellón a un ritmo masturbatorio.

—Mañana —dice— voy a venir con un coso que armé yo mismo para cazar gatos. Ya vas a ver. No va a quedar ni uno.

—¿Le parece que la solución es matarlos?

Se adelanta en el sillón y me mira fijo:

—Estos bichos son-pla-ga —sentencia—. Hay que tomar medidas, porque cuando encontraron lugar para cagar y mear, no se van nun-ca-más. ¿Entendés? Nun-ca-más —enfatiza  haciendo un círculo con el índice y el pulgar.

Quedamos para el día siguiente, a la misma hora. Antes de irse, desde la puerta, Romualdo me pide que compre una gaseosa.

—El fernet así puro me da acidez —explica.


.
.

Al día siguiente el profe viene con un bolso. Nos saludamos y pasa al baño, de donde sale vestido con un mameluco y ojotas. Me pide que le muestre cómo subir a la terraza y que lleve unos vasos con “algo”.

—Tenemos que hacer guardia —dice.

Nos apostamos debajo del tanque de agua de mi casa. Bañados por el sol amarillento de la tarde, medio encandilados, medio chupados, brindamos las tres primeras veces. Después nos servimos sin tanta ceremonia.

En un momento vemos pasar una sombra gris de un techo a otro, entonces Romualdo abre el bolso y saca un aparato extraño, hecho con un trozo de caño galvanizado, unas tuercas y algunos recortes de goma y cuero. Es una pieza robusta e inclasificable, que el profe pone a punto con movimientos certeros. Le pregunto qué es, cómo funcionaba, pero se limita a resoplar con la lengua entre los labios, absorto en corregir algo parecido a una mira telescópica que el adminículo lleva en un extremo.

Me fijo en las uñas de sus pies, también largas como las de sus manos, parecen pies de gárgola. Prendo un cigarro, se lo paso. Prendo otro, me lo cuelgo en la boca.

—Yo debería haber estudiado contador público, o abogado —dice de repente.

—Yo tendría que haber seguido psicología. Esto de escribir es muy fluctuante —le contesto—. Tal vez me volví existencialista, pero desde mi último cumpleaños he pensado mucho en la finitud de las cosas. Al final a todos nos espera un médico que niega con la cabeza al tiempo que deja caer el estetoscopio. Y nada más. Lo que importa es si antes hicimos algo que nos diera alegría.

Estamos sobre el techo todavía caliente. Detrás del tanque de agua de mi vecina vemos una cola que se mueve. Más allá hay un bulto peludo agazapado debajo de una silla desvencijada.

Dios mío, pienso, ¿adónde han quedado mis sueños de libertad?

—Te entiendo —agrega Romualdo—. Los artistas somos así. Nunca sabemos qué mierda estamos haciendo, si abrazando una pasión o quitándole el tiempo a las cosas importantes con una excusa sofisticada.

Lo miro. En la punta de su nariz una gota de sudor brilla con la luz del sol de manera mágica.

—Lo importante —dice mientras ajusta algo en el aparato que tiene en la mano— es que hagas lo que te gusta. Ya sea dar clases de guitarra o escribir boludeces. No hay que renunciar jamás a lo que nos apasiona.

—Tengo una tía que me pregunta todos los años por qué no festejo mi cumpleaños —le cuento—. Llevo un cuarto de siglo esquivando ese ritual, pero a ella no pierde esperanzas de que por fin cuelgue globos, sople velas y corte tortas.

Romualdo me hace señas para que me agache. El olor a mierda felina es atroz. Apoyo el mentón en el suelo, regado de soretes que descansan sobre una arenilla diminuta.

—Festejar los cumpleaños me parece una forma demoníaca de lidiar con la mortalidad: aplaudir, abrazarse y besarse cada vez que damos un paso más hacia el cajón donde acabará pudriéndose nuestra pulpa. Prefiero no ser consciente de semejante brutalidad —me dice.

Miro al profe. Tiene los ojos vidriosos, el labio inferior brillante en saliva. Su piel destila un tufillo agrio. De pronto siento un profundo respeto por él, aunque lo que estamos por hacer es una locura. Cuento, por lo menos, seis gatos de distintos colores y pelajes.

—Festejar los cumpleaños es lo mismo que narcotizarse para no aceptar la inevitabilidad —digo.

—Un ritual abominable —acuerda Romualdo.

Un gato gris, con el pelo enmarañado, alza la cabeza y nos mira con los ojos amarillos. Escucho un click débil que proviene del aparato. Después el profe se lo lleva frente a los ojos y apunta.

—Somos presa de una tiranía de manual —reflexiono para mí, en voz alta—; no tenemos alternativas para el dramatismo. Llevo casi cuarenta años negándome a un modelo unilateral de felicidad: estudiar, coger con guantes, planificar la descendencia, poner la mira en la hipoteca, arrullarse en la obra social, festejar los cumpleaños, dejarnos velar a cajón abierto a la vista de todos.

—Yo llevo setenta… —apunta Romualdo con la respiración contenida.

—En líneas generales —digo—, he cogido toda mi vida bastante mal.

El profe me hace una seña para que no hable. El sol se ha escondido y la noche se insinúa con tonos azulados.

Otra vez a contrapelo de la voluntad general. Otra vez en la banquina, iluminado por las balizas de la culpa. Siempre siento que estoy en el lugar equivocado. El resto del mundo estará planificando vacaciones junto al mar, mientras yo yazco sobre soretes fibrosos junto a un borrachín que se cree concertista.

—Ahora —dice Romualdo.

A veces la vida me parece un sembradío de colchones que amortiguan lo inevitable. Nunca se me dio por interpelar semejante necedad.

***

.
.

Y ya que estamos en el baile, una invitación que hago extensiva a los interesados:




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  1. 1

    Trackback de Bitacoras.com un 9 diciembre 2010, tipo 19:01


    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Estoy en la habitación, tranquilo, pasándole las hojas a un libro, cuando de pronto el alarido de una mujer parte la tarde en dos. El grito de terror nos avisa a los vecinos de un hallazgo macabro: —¡DIOS MIO, HAY UN CADAVER …..


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  2. 2

    Comentario de Natushka un 9 diciembre 2010, tipo 19:44


    ¬¬
    ¿CÓMO NO NOS VAS A CONTAR CON QUÉ LES VA A TIRAR A LOS GATOS?

    Me encantó. Otra vez. Se supone que los escritores tienen altibajos en la calidad de sus escritos (digo yo, bah, yo supongo…) pero tus letras siempre me sorprenden. Puede pasarme que no me atrape el texto en sí, pero no puedo poner en duda la calidad literaria.
    En este caso me cagaron de gusto las dos cosas :P
    Creo que… si. Creo que sos uno de mis escritores preferidos contemporáneos. Y es un placer que exista este feedback.
    Gracias, José.


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  3. 3

    Comentario de Natushka un 9 diciembre 2010, tipo 19:44


    Pri, carajo xD


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  4. 4

    Comentario de Marian un 9 diciembre 2010, tipo 19:50


    Me sentí como si estuviera en ese techo con ustedes… ahora termino de leer y me encuentro en la cama con un frio afuera que mata, gracias por ese pedacito de verano y de complicidad


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  5. 5

    Comentario de Carlos un 9 diciembre 2010, tipo 19:51


    Me quedé con las ganas de saber si hicieron cagar los gatos o no.
    Muy bueno ;-)


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  6. 6

    Comentario de Leaff un 9 diciembre 2010, tipo 20:00


    Muy bueno.

    Espero que le estuviera apuntado a la mujer y la haya matado en el baño…


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  7. 7

    Trackback de BlogESfera.com un 9 diciembre 2010, tipo 20:38


    Información de BlogESfera.com……

    Puedes valorar este post en BlogESfera.com haciendo click aqui….


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  8. 8

    Comentario de despeinada un 10 diciembre 2010, tipo 2:42


    Jo… la desventaja de no vivir en casa XD
    Insisto que eres muy macabro, pero hoy por haberte metido con los gatos, te mereces el macabrón :P
    Qué no sabes que los gatos no zurran donde comen? Basta con alimentarlos …. ainsss la violencia …. Mi cuñado no usa veneno para ratas, prefiere atraparlas vivas y dejarlas que se mueran lentamente al sol … Hoy me has recordado a mi cuñado :P

    La historia…como siempre, atrapa :)


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  9. 9

    Comentario de Camilo un 10 diciembre 2010, tipo 7:22


    Que cabrón! jajajaja
    Lo hizo dar una vuelta carnero al gato con un tumbero?

    Como siempre José, me hacés cagar de la risa.
    Abrazo y saludos a la flia.


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  10. 10

    Comentario de Patricia un 10 diciembre 2010, tipo 10:49


    Muy bueno….y raro. Es una cronica o es un cuento?? Decime que es ficcional y que no mataron a los gatitos!!!!

    Saludos Jose.


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  11. 11

    Comentario de La curiosa un 10 diciembre 2010, tipo 13:41


    Yo también ruego por los gatitos..!Jeje Me gustó mucho. Y la verdad me hiciste pensar sobre los cumpleaños, porque tenés razón, practicamente festejamos que nos falta poco para terminar acostados en un cajón con alguna tía gritado desesperada…bah yo no tengo tías…jejeje
    En fin la verdad muy bueno el cuento y aunque soy de lo más curiosa y me dejaste con la pica de qué pasó con los gatitos prefiero no saberlo..!Pobresss…!
    Muchos cariños..
    Lari…


    Reply to this comment

  12. 12

    Comentario de Pancho un 10 diciembre 2010, tipo 15:26


    No podés dejarnos colgados así! O sea, sí, podés. Lo hiciste. Pero igual no está bueno.

    Me quedé con las ganas de oír a la vieja gritando “AYUDA, POR FAVOR, HAY UN CADAVER DE GATO EN EL PATIO!”… uno por semana, durante un mes y medio. Todos creados/encontrados el día del ensayo.

    Este tipo, el concertista, no te dejó los planos del aparato? COMPRO!


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  13. 13

    Comentario de Max un 10 diciembre 2010, tipo 15:59


    Muy bueno… muy “entrador”, como un buen vino… primero áspero pero después te va conquistando hasta dejarte relajado al punto que no sabés si seguís leyendo porque el brebaje es bueno o por mero vicio de seguir intoxicándote…

    Admito que me he quedado intrigado, más de lo que esperaba…. me faltó cierre ¿vio?

    Muy buena la nota sobre los cumpleaños, ja… esos son de los míos…

    Gracias por tus palabras Playo… por compartir con nosotros esta oportunidad de escapar un poco…

    Saludos!


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  14. 14

    Comentario de Lilith un 10 diciembre 2010, tipo 20:07


    Voy a suponer que el marido putativo de Violencia Rivas no le embocó a ningún gratito (y digo bien, gratito) con ese artilugio infernal, porque de lo contrario gozaría empotrándole el seisluces entre los ojos.
    Le manda saludos el Gordo Soriano, Playo.


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  15. 15

    Comentario de sabalero un 11 diciembre 2010, tipo 16:17


    que olor a pis de gato este cuento. No me hagas pensar Jose que por estos días me pongo filosófico y me bajoneo.


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  16. 16

    Comentario de CarlitoX un 29 diciembre 2010, tipo 11:28


    Loco, yo cago odiando a los gatos del barrio y pensé que iba a sacar una buena idea para hacerlos bosta… Malo, malo José


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  17. 17

    Comentario de Roldan Garrón un 3 marzo 2011, tipo 17:29


    A pesar de que soy bastante crítico con lo que leo (es dificil lo contrario en esta epoca) considero que esto es exquisito. Un aplauso para la sopresa y para los tipos que aborrecen festejar cumpleaños (parece que no soy el unico “amargado”)


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