A Sarah siempre le han gustado las caras de la gente cuando tiene un orgasmo. Esa mueca indefinida compuesta de dolor, rabia, placer y tristeza. Pero en este caso, el extraño apenas si frunce los labios. No hay nada. Después se le quita de encima, indiferente.
A ella le ha dolido, pero duda sobre cómo referirse a su sexualidad frente a una persona que no conoce. Sólo se le ocurren tres formas para nominar sus partes: una es vulgar, la otra demasiado científica, y la última, pueril.
Él enciende un porro y la mira.
—¿Estás bien?
Sarah sonríe con timidez.
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Al presentador sólo le quedaba una uña. Cuando niño se había apretado el índice con una puerta, y era la única que no masticaba cuando estaba nervioso. Esa falange, con terminación a medio camino entre felina y aviar, albergaba un hueso con memoria para el dolor. Mientras la gente terminó de acomodarse en el auditorio, se la comió igual.
A pocos pasos, con las luces sobre la cabeza, el doctor Aurelio Selén torcía el codo del micrófono para que tomara mejor su voz en el estrado. Del congreso participaban varios países; en la cuarta fila, cuatro cordobeses especializados en trastornos gástricos representaban a Argentina: el matrimonio Sosa (él, alto, de bigote frondoso y hombros anchos; ella, tetona) y los doctores Moreno (petiso, retacón y con anteojos de marco grueso) y Talsseda (pelado como la rodilla de un bebé).
—Parece que hubo un quilombo bárbaro por culpa de este viejo —comentó Sosa por sobre el escote de su mujer. Los gastroenterólogos lo miraron—. No lo querían invitar porque es una máquina de hacer cagadas.
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