
Anoche cené de parado en una esquina, asediado por gente sin techo que me pedía papafritas y cigarrillos. Llovía, así que me refugié bajo un alero a fumar y a pensar que todas las postales de este país eran una gran mentira.
Compré en un supermercado paquistaní un pack de cervezas y me las fui tomando mientras veía cómo la gente que regresaba al hogar se mezclaba con los que salen descontrolados y con sed de fiesta.
Cuando las latas se terminaron, volví al hotel, que está dentro de una galería. El portón estaba cerrado y flanqueaban la entrada un nutrido grupo de negros que no sabían español.
-Voy al hotel del fondo, hermano; no me la hagás tan larga, si vuplé.
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De no ser por la acertada intervención de María, hubiera perdido el tren, el vuelo y los estribos. Esta madrugada trotamos con el Chiri por las calles adormiladas de Sant Celoni para llegar a horario. Con paso ligero y sostenido, coqueteamos con la muerte y el asma, pero lo logramos.
Cuánta decisión en esos trancos con jadeo, cuánto compromiso coronario.
Ayer pasamos la tarde en lo de Hernán, con Korochi y con el Chiri. Nos bajamos varias pavas de mate mientras discurríamos sobre blogs, mujeres, películas, series y libros, mientras el mundo giraba fuera de la ventana con indiferencia.
La noche cayó y enseguida vinieron las pizzas, preparadas por el Gran Comequechu, que nos envió tres (una homónima que es im-pre-sio-nan-te, y una Orsai, con un quesito medio camembert que estaba para ir a buscarlo y chuparle los dedos).
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Veintiocho de marzo de dosmilonce. Estoy a bordo de un tren que me lleva a Sant Celoni, donde el Chiri y el Hernando han prometido limpiarme al poker y hacerme cosas para las que el catalán todavía no tiene palabras.
—Vale. Venga —respondo.
En este país, esas dos palabras son un comodín verbal muy versátil. Sirven tanto para despedirse en una reunión como para invitar a alguien a una cama. Los argentinos tenemos el “boludo”, pero no es tan abarcativo, y además, distingue género.
Desde que estoy en esta tierra he visto algunos modismos y expresiones que son como firmas que la cultura del país le estampa a los extranjeros. Acá la gente, por ejemplo, resopla mucho:
—¿Me marca mucho las celulitis este bikini?
—Ffff.
Esa onomatopeya se repite de manera constante, tanto para evaluar la calidad de un jamón como para decir si alguien es un pesado. “Ffff”. Y lo usan todos. Antenoche hice una pregunta general al grupo con el que estaba y las cinco personas soltaron uno casi al unísono. Nadie parece darse cuenta.
—Ffff.
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Eso pienso cada vez que me cruzo con mi propio reflejo en una vidriera, o cada vez que me subo a un ascensor. Tengo la sensación de estar llevándome parte de España en las tripas, cosa que, de algún modo, me confirman con dolor las prendas.
No sé qué hace toda esta gente, ¿por qué no toman por asalto los lugares de tapas y las panaderías, para acabar de una vez y para siempre con este asedio en bandeja?
Antenoche, tras una intensiva jornada de pruebas de sonido y de arreglos de guión, salí del CCCB a buscar (¿en serio fuiste a comer?) un lugar para cenar. Lo hice aun sabiendo que los pantalones me quedan como a Moria Casán cuando hace teatro de revista.
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Hasta no hace mucho, andar desnudo por las calles de Barcelona estaba permitido. Pienso en eso mientras un señor se baja los pantalones con bronca en la calle y le muestra a dos chicas estadounidenses el miembro viril más grande que yo he visto en estado de reposo, fuera de un tele o un monitor.
Recuerdo de inmediato el chiste del cordobés que cuenta que un afroamericano abusó sexualmente de él en un viaje:
-Agradecé que me violó, si me llega a pegar con eso en la cabeza, me mata.
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En mi último día en Madrid, además de caminar hasta reventar los zapatos, tuve tiempo de encontrarme con Arturo Pérez Reverte, con quien nos hicimos unas fotitos para conmemorar.
Recibí (y agradezco) mensajes y llamadas de algunos lectores madrileños, que se ofrecieron para hacer de guías y para alojar. Eso me causó mucha emoción.
Conmovido como estaba, me dediqué a testear sociológicamente los establecimientos del Museo del Jamón, para descomprimir a fuerza de embutidos y vasos de cerveza como ni Homero Simpson se chupa en Springfield.
No está bien hacer apología de los vicios, pero caminar Madrid al anochecer, chupado y eufórico, es un placer que no se le debería negar a ningún mortal.
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Acá en España “coges un taxi”, “coges el metro”, “coges la toalla”, “coges tu pedido”. De adolescente fantaseaba con que, una vez en Europa, cogería como condenado, aunque confieso que lo imaginaba un pelín distinto.
El paseo en bondi de jubilados estuvo bien, pero me bajó la palma escuchando el relato de las zonas que transitábamos. Opté por bajarme en una de las paradas, cerca del Museo del Prado.
No sabía que estaba tan lejos del jóstel.
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Salí de la boca de un subte y aparecí en Madrid. El vuelo duró doce horas, fue lo más cerca que me he sentido de estar zipeado como un archivo de la compu.
Durante la noche hubo ronquidos, pedos fétidos y gente deambulando a oscuras por los pasillos para estirar las piernas. Fui a mear dos veces, la segunda de goloso, porque cuando tirás la cadena (apretás el botón, bah) es como que se prende una turbina y los desperdicios salen volando a la estratósfera con un ruido más o menos así: “FIIIUSSHHH”, que la primera vez casi me mata de un infarto porque pensé que había tocado un botón equivocado y que se desarmaba el fuselaje.
leer lo que falta de: Chupete en el culo…
Tengo ansiedad y entonces me como las uñas. O abro y cierro los correos intercambiados donde figuran las direcciones y los teléfonos de España. Repaso, cada vez que puedo, el cuaderno donde anoté los requisitos para entrar. Y practico en voz alta mi alocución para cuando un supuesto militar ibérico me ponga la mano en el pecho:
—Claro que quiero volver, señor policía aeronáutico ibérico; con esta cara de gilipollas no puedo sobrevivir solo en el extranjero.
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El 19 de marzo, un avión de Iberia llevará mi culo a través de un océano inmenso para dejarlo en España por quince días. El 20 de marzo veré, por primera vez, cómo amanece en el primer mundo, en una ciudad cuyo nombre han masticado hasta la náusea los poetas, los músicos y los que venden pasajes en las agencias de viaje…
Madrid, Madrid, Madrid…
Zapatearé sobre esas calles hasta el 22, y luego buscaré algo (¿un montacargas?) que transporte mis cantos hasta Barcelona, donde me espera el reverso de la utopía de los artistas con sueños de trascendencia cosmopolita.
Para alguien como yo —que de pedo ubica que Italia es la que tiene forma de bota en el mapa—, una experiencia de estas características es algo grande.
leer lo que falta de: ¿Qué hace este argentino en España?…
Cuando cumplías 18 en la época en que yo los cumplí, había muchas posibilidades de que te convirtieras, contra tu voluntad, en un Colimba.
Un Colimba no es otra cosa que un civil reclutado de prepo para hacer cosas que no quiere y que a nadie le hacen falta, porque si hay guerra, te tiran una bomba atómica y vuela todo al carajo, soldados, generales, cascos y tanquetas. No importa qué tan bueno seas militarmente.
Alcanzar la mayoría de edad en mis años mozos implicaba empezar a prepararse para los sorteos. De acuerdo a tu documento te asignaban un número, con el cual veías si entrabas o no. Era cuestión de quedarse pegado escuchando Radio Nacional mordiéndote las uñas hasta saber qué onda con tu destino.
leer lo que falta de: Servicio militar obligatorio…
Serena, ya no estás y la paradoja de tu nombre todavía resuena. Serena… La huella sebácea de tu frente, impresa a golpes de tanto reprocharme, empaña el mundo del otro lado de los cristales de mi ventana.
Esta casa te homenajea con silencios, Serena.
En la mesa de luz todavía hieden tus zapatos, y es que tu olor a pata vikingo trasciende las fronteras, mofándose del polvo pédico, de los sahumerios de frambuesa. Serena…
Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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