Peinate que viene gente


Adiós Pagrís y aquí tienes Madrid; última parada

Ayer me tocó hacer una inspección involuntaria por todos los sanitarios de París. Tuve la poco feliz idea de alimentarme en un mercado en el que los vendedores manipulaban los sánguches con las manos medio sucias. Terminé, como dicen las abuelas, con “descompostura de vientre”. O “desarreglo”. O “cagadera”.

Creo que ya mencioné el hecho de que en Europa no hay bidet. Lo consideran un artefacto antihigiénico. Pero lo de París es un extremo, porque ahí, además, tampoco les importa si la gente se caga encima.

Yo creo que la relación de una sociedad con sus heces define a esa sociedad, y que el sexo oral debe ser una desilusión en estas tierras.

Me fui del hotel de mala muerte sin sospechar que tras un Guatemala puede haber un Guatepeor… y llegué vía Internet al Hotel Des Arts Montmartre, donde el conserje me atendió con menos onda que una bandera de lata.

Tras las aclaraciones de rigor -que obviamente no entendí- me dio la llave de la habitación y me señaló una escalera larga. Pero larga-larga. Me había tocado la última pieza, en el piso seis, así que me armé de paciencia y comencé el ascenso.

En el cuarto había un lavabo que desagotaba sobre un balde con olor a meadas. La cama estaba hecha a la turca, con la sábana enrollada sobre algo que parecía una almohada. Dejé todo y me encaminé al excusado, para intentar aliviar un poco la sensación de estar licuándome. Para llegar al baño había que salir de la pieza y atravesar el pasillo hasta el final, donde una puertita mínuscula mostraba las letras WC.

El interior era bajo y había que agacharse para orinar (así y todo, no exagero, el techo me daba en las cervicales). Decidí no hacer lo segundo por el estado en el que estaba el tazón. Si alguno tiene presente Trainspotting, sabrá de lo que hablo.

Por fin partí sin bañarme (la ducha estaba en el primer piso) y empecé a caminar la ciudad. Cada tanto paraba, me comía un bocadillo y pedía el tualet. Después seguía. Hice eso por no menos de cuatro horas, buscando las panaderías más baratas, hasta que me di cuenta de que estaba en la relomada del ojete.

Un poco por casualidad y un poco por instinto, encontré el museo del Louvre, Notre Damme, Pont Neuf, el barrio Latino, Saint Germain De no sé qué (sepan disculpar que no googlee para corregir, pero estoy fusilado).

Volví al hotel para dejar los bártulos y partí munido sólo de la cámara, dispuesto a ver la ciudad de noche.

Creo que hasta ahora es la caminata más larga que hice en mi vida. Yo le calculo unos veinte kilómetros de ida y otros veinte de vuelta. En todo el trayecto me dediqué a perfeccionar el arte de liar cigarrillos.

El Chiri y el Hernando me habían dado tips fundamentales que puse en práctica y que me ayudaron a conseguir armar unos cositos bastante dignos que no se desarman a la segunda seca como los caramelos nefastos que conseguía con estas manos de mono.

Con mis pitillos liados para ahorrar, caminé los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo. Aunque la cámara de fotos se quedó sin batería bastantes kilómetros antes, conseguí hacer algunas tomas bastante dignas que pronto adosaré al respectivo post.

Volví con los pies como un Hobbit, aturdido del cansancio, el dolor de culo y la contractura espaldar, pero contento.

Esta mañana me levanté, junté mis cosas y me preparé para dejar París atrás. Tomé un metro, luego otro, luego otro más, hasta que llegué a una parada de bondis donde conseguí uno que me llevó hasta el aeropuerto (atenti para los que piensan en viajar, esa terminal queda a 170 kilómetros de la ciudad, o sea, más lejos que la mierda).

Todo fue bien, hasta que en el control del aeropuerto me hicieron abrir la mochila…

Cuando me paran en un aeropuerto siento que llevo diez kilos de cocaína sin darme cuenta; me da culpa, me pongo nervioso, intento parecer colaborador y termino por exagerar. El hombre que le hace radiografías al equipaje me pidió que me apartara de la línea y fuera a hablar con un señor disfrazado de marinero. Éste me pidió, para nada amablemente, que abriera todo.

Entendí que me decía que no se podía llevar desodorantes y frasquitos de regalo con cosas flotando en aceites, nada que supere los cien mililitros. Al parecer, después de los atentados la gente tiene que andar con olor a sobaco y no puede llevar comida que le pueda dar a alguien ataques de hígado. Discutí amablemente en francés:

-Mesié, ye pasé todo aeropogr de le mond con estas cosás, ye sui desolei por su attitú.

No hubo caso, se cabreó, tomó el material en conflicto con dos manos y, sin dejar de mirarme a los ojos, las dejó caer en sendos tachos. Los desodorantes estaban medio nuevos, pero me dolieron en el alma las conservas, que me salieron un huevo y eran para regalo.

Subí al avión puteando en cordobés, me senté y me dormí como si me hubiera antestesiado.

Hora y media después aparecí sobre el cielo de Madrid. Bajé y me fui a por el metro. Una vez en él, traqueteando hacia las profundidades de la tierra, comprendí que me cagaba otra vez.

Ni bien emergí hablé con Diego, que me dijo que nos viéramos a las seis, pero como era temprano y yo estaba sucio, dolido, descompuesto y caliente como negra en baile, me vine al hotel donde pasé mi primera noche la semana pasada y regateé hasta que conseguí una habitación con baño adentro de la pieza.

Me pasé un buen rato higienizándome y poniéndome a punto. Después, fresco y renovado, salí a ver cómo seguían mis inversiones en el Museo del Jamón.

Ya repuesto del problema, me sentía con mucho vigor digestivo, así que me acodé en la barra y le fui pidiendo cosas al muchacho. En un momento me dijo:

-Qué pedazo de hambre que tenés, cordobés.

Resulta que el tipo es de centroamérica y tiene un hermano en Argentina. Además, conoce la tonada porque es fanático de Rodrigo. Y entre una cosa y otra, me dio de tomar como quisiera ahogarme. Se llama Luis, le mando saludos.

Me despedí de él hasta nuevo aviso y me fui a buscar una maleta que despaché con una amiga y que fue a parar a las afueras de la ciudad. Recién vuelvo, cansado pero bien.

Ahora estoy trabajando en algunos textos que debo, cosas que me habían pedido para entregar la semana pasada y que olvidé. Estoy en el balcón viendo pasar una procesión de culos y tetas y gambas que recrean mucho la vista.

La ciudad toda bulle a mis pies. Se presiente el fin del viaje. Estos son los últimos paseos en metro, las últimas gallegas lindas para cruzar en la calle.

Va siendo hora de apretar las valijas y tirar de los cierres. El lunes estaré como mi familia que tanto extraño, otra vez.




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  1. 1

    Trackback de BlogESfera.com un 1 abril 2011, tipo 21:30


    Informaci�n de BlogESfera.com……

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  2. 2

    Comentario de Naranja un 1 abril 2011, tipo 21:33


    Hiciste que redescubriera el placer de leer blogs y no comentarios mutilados en 140 caracteres.

    Muchas gracias, José :)


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  3. 3

    Comentario de Maximiliano un 2 abril 2011, tipo 7:18


    Boh. En Madrid conozco una pensión bastante decente, te la podría haber indicado.
    Al final, España te gustó mas que París, por lo que veo. ¿Es por los lugares, o es por la gente?
    Me has alimentado las ganas de agarrar una mochila e irme a la ciudad a recorrer unos días. Creo que lo voy a hacer.
    Saludos!
    ¡Tomá!


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  4. 4

    Comentario de Federico Gauffin un 2 abril 2011, tipo 22:18


    ¡Epa! ¡Qué corto el viaje!


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  5. 5

    Comentario de Nany un 8 abril 2011, tipo 21:36


    Che que mal lo de Paris… En realidad como que yo me imagino a todo Europeo con olor a culo…


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