
No puedo creer la velocidad con la que estoy escribiendo. Voy en un tren que apenas si toca las vías, de regreso a Madrid, después de pasar un día muy bonito en Toledo.
Tenía una pequeña confusión respecto de mi horario para volver a Argentina, así que el equívoco me regaló una jornada extra e inesperada.
Después del paseo nocturno de ayer por Madrid, me estaba faltando más tierra adentro. Las calles madrileñas en los fines de semana parecen una salida de viaje de estudio para gente grande; todos derrapan. Voy en el tren pensando en eso.
Anoche me encontré con un número importante de argentinos tarjeteando en la calle para llevar a los extranjeros a los boliches. Esquivando invitaciones a discotecas, me metí en uno de esos casinos al paso, pero la caja ya estaba cerrada, así que tuve que conformarme con ver cómo ganaban monedas unos viejitos con más culo que espalda.
El hotel donde me alojo tiene un ventanal que da a un boliche, al otro lado de la calle. Quizá por eso no era tan caro. Como estoy medio viejo, las risotadas no me dejaban dormir, así que salí al balcón a fumar y a tirarles la ceniza en la cabeza a los borrachos.
Es interesante la distancia que siento respecto de la gente que tiene ciertas habilidades, como la de parar mujeres en la calle, decirles dos boludeces, y comérselas a besos. Pensaba en eso mientras contabilizaba los chapes espontáneos. Las más fáciles, parece, son las rubias medio nórdicas. Algunas hasta se dejaban tocar las tetas.
Interesante.
Después me vestí y caminé hasta la Plaza Mayor, que ya estaba poniéndose los candados. Un espectáculo interesante que no pude registrar porque no tenía la cámara, es el de los camiones de basura entrando en el lugar a los bocinazos limpios para que los turistas borrachos se hagan a un lado. Algunos (por la reacción, italianos) les respondían arrojándoles latas de cerveza vacía.
No sé a qué hora me dormí, porque cuando me acosté apareció un grupo de hinchas de un club de fútbol y entonaron todos los cantitos habidos y por haber, justo debajo de mi ventana. A pesar de que no soy adepto a los deportes de pelota, me atrevo a diagnosticar que los españoles inventan unos cánticos horribles, sin rima, medio inocentones.
Esta mañana preparé la mochila, cargué la cámara y salí a ver de qué hablaban los folletos cuando hablaban de Toledo.

La ciudad está encallada en un valle pedregoso estilo Tolkien, rodeado por un río que dibuja una “u” mayúscula. Se trata de un grupo de edificios antiquísimos, resabios de fortalezas del año del ñaupa, con las que sucesivas culturas se han defendido de los ataques bárbaros. La mayor parte de las construcciones se conservan bien (hasta tienen un Museo de la Tortura, que te muestra lo lejos que llegó la Inquisición en el afán de ganar clientes).

Toledo un viaje hacia el pasado, aunque estoy empezando a pensar que todos estos lugares serían para la mierda más bonitos si no fuera por nosotros, los turistas.
La estación de tren está hecha de unos ladrillitos muy simpáticos que recuerdan a Villa General Belgrano mezclado con la Córdoba Colonial. Apenas bajamos, unos señores se ofrecieron a pasearnos con un tour que comprendía los principales puntos. Lo pensé un rato, porque costaba doce euros y al final accedí.
Me sodomizaron estando de pie, para no decir que me cogieron de parado.
El tour era una fantochada que dio dos vueltas y nos dejó en el casco histórico, apenas habiéndonos mostrado una que otra pelotudez que a pata veíamos lo mismo. Mal.
Caminé bastante hasta que el hambre se me hizo insoportable. Cientos de callejuelas estrechas y torcidas hacen de Toledo un laberinto medieval. Lo más impactante son las pendientes y las subidas, que a veces llegan a los 45 grados.
Si vas cuesta arriba, las pantorrillas queman como atravesadas por espadas. Si vas cuesta abajo, las uñas de los pies se doblan dentro de los zapatos.

Me decidí por un lugar cuyo nombre no recuerdo, pero que parecía la Casa de Casper, con las mesas todas en ángulo. Pedí el menú tradicional, que venía con vino (RIQUÍSIMO), una entrada de chorizos con huevo revuelto y cebolla, y un principal que no recuerdo cómo se llamaba, pero que era de carne de ciervo con una salsa deliciosa en la que flotaban papasfritas.

Comí como un condenado a muerte por la Santa Iglesia, completamente embelesado por la conversación de unos pendejos yanquis de la mesa del lado. Me llamó la atención que, mientras esperaba mi pedido, uno de ellos dijo en voz baja:
-Ese tipo se hace el rudo porque lía sus propios cigarrillos.
Hablaban de mí. No muy seguido se tiene oportunidad de escuchar lo que otros dicen sin filtro de uno, estando nosotros ahí. Me sentía el Hombre Invisible.
Criticaron mi ropa, mi forma de comer, lo que hacía con el pan, etc. También se rieron mucho de los habitantes de la región, que iban a un casamiento y que vestían ropas un poco estrafalarias.
Los cinco pendejos pidieron de comer, en el corazón de un lugar como España, pizzas con Coca-Cola. Hablaron muchas cosas más que me hicieron sentir Fidel Castro, pero como no me gusta juzgar, sólo reproduciré la alocución mental que ensayé para divertirme (hay que leerla con la voz del líder cubano):
-Los norteamericanos van plantando la bota y el fusil para abrir McDonals hasta en el coño de su madre.
Cuando se me cagan de risa, a los yanquis no los Toledo.
Volví a la estación de trenes caminando. Siento que no tengo carne ni músculos en las piernas, que voy saltando sobre los huesos. No puedo creer todo lo que he caminado este contintente.
Mientras escribo estas líneas, el tren acaba de apagar los motores. Estoy escribiendo, por tanto, mucho más lento, casi al ritmo de todos los días. Vamos con el envión sobre la vía, reduciendo considerablemente la velocidad.
Espero que las conservas que compré para regalo no me generen problemas en los controles del aeropuerto. Mañana deberé sentarme sobre la maleta para que el cierre dé la vuelta completa.
El tren es un pene metálico debajo de la falda de Madrid. Después el Metro en la entrepierna.
Luego un baño. Oh, sí.
Guifi.
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Trackback de BlogESfera.com — un 2 abril 2011, tipo 16:15
Informaci�n de BlogESfera.com……
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Comentario de Camilo — un 2 abril 2011, tipo 16:54
Bien, José.
Esto confirma que estás quemado, pero no has perdido la maña.
Abrazo desde la Córdoba que te espera.
Comentario de Pablo — un 2 abril 2011, tipo 17:13
¡¡Qué placer leerte!! Y qué envidia, claro… Ando con muchas ganas de conocer España y te voy a usar como guía turística…
Comentario de Federico Gauffin — un 3 abril 2011, tipo 0:27
Jajaja. Me encantó la analogía del final. ¡Pero mire usted, señor, que tiene la idea pija!
Comentario de Carlitos — un 3 abril 2011, tipo 14:01
La frase: “Me sodomizaron estando de pie” Jajajajaja!
Abrazos bolivarianos!
Carlitos
Comentario de Olivia — un 3 abril 2011, tipo 16:26
José!! Hace un “tiempito” te escribí (allá por el 2003 ó 2004, no me acuerdo bien) cuando repartías las revistas por algunos lugares de Cba. En fín… que me leí tus historias en el “primer mundo” de atrás pa` lante de una sentada, terminé con dolor de cabeza, pero FELIZ de reencontrarme con toda esa frescura y genialidad que emana de tus textos.
Cariños y cuidate.
Comentario de Evelin — un 10 abril 2011, tipo 1:36
Muy buenos tus relatos, siempre tan bien contados.
Un gusto leerte.
http://instrucciones-para-seguir.blogspot.com/
Comentario de Dobleveo — un 16 septiembre 2011, tipo 11:00
Te conocí por el último número de la Orsai.
Felicidá loco.
Comentario de ilvin — un 19 diciembre 2011, tipo 18:59
“Si vas cuesta arriba, las pantorrillas queman como atravesadas por espadas. Si vas cuesta abajo, las uñas de los pies se doblan dentro de los zapatos.” Talcualmente. Y si caminás mucho por esas calles adoquinadas, te duele la planta del pie, enterita.
Taría bueno que escribieses algo más sobre ese Museo de la Tortura. Creo que le podrías sacar más jugo (no va con segundas). Humilde opinión de alguien que estuvo y no tiene nada de creatividad, pero le gusta espiar a los otros.
Saludos!