Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no fue una decisión controversial, el auto era un Fiat Uno y el descarte fue matemática pura.
Nuestro amigo se había radicado en tierra carioca con mucho sacrificio. Vendió sus pertenencias, juntó los ahorros y partió. Nosotros ese año iríamos a visitarlo por primera vez. Así que con gusto nos aguantamos el quilombo de nuestras parejas y empezamos a empacar. Hacerlo por el Chalo valía la pena, ellas no entendían: él fue el único con los huevos suficientes para pegar el salto y cumplir el sueño menemista y alocado de ponerse un bar a orillas del mar.
—Loco, traigan fernet, que acá no hay —pidió, emocionado, en la última llamada que nos hizo para saber cuándo llegábamos.
leer lo que falta de: Barcito frente al mar…
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