Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no fue una decisión controversial, el auto era un Fiat Uno y el descarte fue matemática pura.
Nuestro amigo se había radicado en tierra carioca con mucho sacrificio. Vendió sus pertenencias, juntó los ahorros y partió. Nosotros ese año iríamos a visitarlo por primera vez. Así que con gusto nos aguantamos el quilombo de nuestras parejas y empezamos a empacar. Hacerlo por el Chalo valía la pena, ellas no entendían: él fue el único con los huevos suficientes para pegar el salto y cumplir el sueño menemista y alocado de ponerse un bar a orillas del mar.
—Loco, traigan fernet, que acá no hay —pidió, emocionado, en la última llamada que nos hizo para saber cuándo llegábamos.
Y si el Chalo decía que en todo Brasil no se conseguía nuestra bebida, entonces estábamos ante un dilema.
—Esa caipiriña es una cagada —decía Lucio mientras embutía cajas de fernet en el baúl del Uno—, te da acidez, te mareás. Nada como un fercho con Coca: bajativo, noble, regulador —enumeraba.
Lucio, además de temperamental, era el dueño del auto, así que no le discutíamos nada. A mí se me ocurrió preguntar adónde pondríamos los bolsos, y ahí nomás se encargó de aclararme el panorama:
—¿Qué bolsos, boludo? Allá lo único que necesitás son chancletas y una malla, todo el mundo anda en pelotas, los brasileros se la pasan bailando y culeando, de pedo que se calzan una zunga si van a misa.
No quise averiguar nada más porque entendí que el entusiasmo que nos embargaba superaba la racionalidad de los detalles, de la preparación minuciosa. Sólo una cosa importaba, y era que pudiéramos saciar nuestra sed de justicia y equidad para con el compañero deportado, que no tenía el fernet que abundaba acá. En esa ecuación no había lugar para bolsos con camisas planchadas ni para novias encaprichadas. Lo nuestro, entendimos en algún punto, era una epopeya: llevarle al pobre Chalo un pedazo del país que había dejado atrás.
—No es fácil cruzar la frontera con todo este botellerío —apuntó el Tutuca—. Hay controles, hay mucho milico, hay mucha coima.
A mí la idea de largarme a traquetear rutas calurosas para llegar a un país en el que nadie habla mi idioma me parecía una locura, pero al mismo tiempo me contagió la excitación aventurera del grupo, y un martes por la mañana cerramos como pudimos el baúl, bajamos los vidrios y nos fuimos a la mierda.
El plan consistía en ir rotando a los conductores, para que Lucio no se cansara. De acuerdo a sus cálculos, se bancaba manejar hasta la frontera, donde cedería el asiento al Tutuca, que se moría de ganas por probar el auto. El Tutuca era el más tuerca de los cuatro, el que compraba religiosamente las revistas donde salen los modelos nuevos y hacen un test comparativo entre motores, confort y precio.
—Este es un autazo —decía—, motor 1.4, mucho pique, caja de quinta. Es estable en recorridos cortos y…
—No te lo va a prestar —lo interrumpía el Gato—, no le chupés la pija, que no te lo va a prestar.
Durante todo el trayecto fuimos haciendo willy con las gomas traseras exigidas por el peso de las cajas. En algunas estaciones de servicio tuvimos que bajarnos y dejar el auto a la sombra para que se enfriara el motor. Yo aprovechaba para fumar (Lucio no quería puchos ni con la mano afuera de la ventanilla) y comer algo, o tomar café. Era lo único que tomábamos. “Nada de alcohol”, nos habíamos prometido, “nada de chuparse hasta que lleguemos”.
El Tutuca fue el único que hizo el amague de romper el pacto, sugiriendo la apertura de una botella después de una raviolada en un pueblito que se llamaba Tolosa, o algo así, pero lo putearon como si hubiera cometido un pecado:
—Las botellas llegan enteras, loco —explicó el Gato—. Nos comprometimos a llevárselas al Chalo, pongámonos las pilas.
El viaje se nos hizo interminable. Eran muchas horas con el culo quieto, sacando y metiendo cassettes del estéreo que andaba mal y se tragaba todas las cintas. Tampoco ayudaba la sucesión de pueblos todos iguales: cartel de bienvenida; estación de servicio; caserío con almacén; ruta. Y vuelta a empezar.
Me tocó sentarme al volante a la mañana del segundo día. Habíamos dormido en un hotelito hecho bosta cerca de la frontera y ahora teníamos por delante la prueba de fuego, que era pasar el primer control militar. Lucio y el Gato se fueron hasta un arbolito con un gendarme y empezaron a hablar de negocios. El tipo quería que dejáramos todas las cajas y se hacía el boludo cuando le hablaban de guita. Finalmente arreglaron con dos botellas grandes y un puñado de billetes:
—A este ritmo vamos a llegar en bolas —observó el Tutuca cuando arrancamos otra vez.
Nos pasamos el resto de la travesía cruzando los dedos para que el Uno aguantara, porque había empezado a recalentar. Palmó, finalmente, en un pueblito en el que tuvimos que despertar al mecánico a la medianoche. Debía ser el único brasilero en el mundo fanático de las novelas argentinas. Hablaba igual que Federico Lupi. Nos terminó explicando, con tonada porteña, que toda la vida había querido probar el fernet, y que sólo arreglaría el coche si le descargábamos una caja.
A esta altura nuestros ánimos habían comenzado a decaer. Lucio, por ejemplo, ya no era el más equilibrado de los cuatro y empezaba a mostrar síntomas de agotamiento: se olvidaba el auto abierto cuando parábamos en algún lado, o equivocaba el cambio y se dejaba cagar cuando entregaba dólares por reales. También el Gato, que hasta ese momento había sido confiable, dudaba en voz alta:
—¿Y si nos quedamos acá? —proponía cuando llegábamos a cualquier lado—. Lo llamamos al Chalo y le decimos que se venga y listo.
Me sorprendió verme a mí mismo arengando a la tropa, frotándoles los hombros y recordándoles la importancia de lo que estábamos haciendo tan lejos de nuestro hogar:
—No sean boludos, miren hasta dónde llegamos, acuérdense del Chalo en la despedida, tengan presente que esto es importante.
Estoy seguro, en la cabeza de todos se repetía la postal del Chalo cargando bolsos y trepando al bondi.
—“Ila Ducatí” —nos había dicho que se llamaba el lugar. Algo así.
Les recordé también que la partida del Chalo había sido un golpe que tardamos mucho en superar, que al principio estábamos desorientados, aturdidos, y que los sábados por la noche nos juntábamos y brindábamos sin ganas, fantaseando con la idea de juntar unos mangos y hacer este viaje.
—Nos espera la Ila Ducatí, donde nuestro mejor amigo tiene un bar en la arena. ¿Cuántas veces soñamos con un barcito frente al mar?
También me sorprendió que, sobre la mitad del viaje, los roles se invirtieran y que ahora el Tutuca se encargara de cuidar la bebida. Ya no lo acuciaba la necesidad irrefrenable de ponerse lacio del pedo, ahora era un guardián celoso, comprometido con la causa.
Una noche estábamos buscando alojamiento y me hizo señas para que lo acompañara a un lugar aparte.
—Lucio quiere que hagamos una fiesta esta noche y nos liquidemos el fernet —me dijo con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo?
—Así como lo oís. Está loco. Escuché que hablaba con el Gato y que le decía que el Chalo se podía meter el barcito en el culo, que no puede ser que llevemos tres días de viaje sin hacer un brindis, cuidando la guita y la bebida como si fuéramos curas.
Ahí teníamos la primera fisura. En ese acto de sedición mínimo y crepuscular se traslucía la resistencia minada, la pérdida del objetivo, el tumor de la deslealtad. Yo mismo empezaba a preguntarme de qué servía todo aquello. Después de tantos días en un auto, después de tantos roces y peleas, ¿era semejante sacrificio una locura? La carga se había reducido considerablemente. De las ocho cajas con las que arrancamos ahora sólo quedaban tres. Los milicos, los mecánicos, los puesteros, los conserjes, los dueños de restaurantes que entendieron que podía ser un buen negocio si les dejábamos una para cualquier eventualidad.
Tres cajas de mierda rebotando dentro del baúl cada vez que entrábamos rápido en una curva; tres cajas de mierda que no abríamos para respetar un pacto tácito que nos estaba poniendo en el límite de la locura.
Confieso que aquella noche, si no tiramos todo el viaje a la mierda y nos hicimos la gran festichola, fue por el Tutuca. No sé todavía cómo hizo para convencernos, pero sí sé que nos acostamos temprano, puteándonos y echándonos en cara un montón de cosas, y que al día siguiente, por fin, el amante de los fierros se pudo sentar a manejar.
—Ustedes duerman —sugirió mientras chequeaba los comandos del vehículo—. Yo hasta que no lleguemos a la isla del Chalo no paro.
Todo lo que siguió es confuso. Al Tutuca le tocó la parte más difícil del viaje, que fue encontrar el camino según las indicaciones que el Chalo nos había dado para atravesar una selva frondosa con camino sin asfaltar.
—¿No se pudo venir más lejos, este pelotudo? —decía Lucio.
—Más le vale que tenga el bar repleto de garotas en pelotas —apuntaba el Gato.
Yo me limitaba entrar y salir de un sueño intermitente que me hacía golpear cada dos por tres el vidrio de atrás con la cabeza. Me despertó la voz de un viejo que había metido medio cuerpo por la ventanilla y pedía algo para fumar:
—Tein que seguir derecho. La rua se divide y tein que agarrar pra izquerda, ese camino lleva a Ila Ducatí.
—¡Ya estamos! —anunció el Tutuca con entusiasmo.
Ante nosotros se abrió de pronto la frondosa vegetación y el camino murió en una playa sucia y desolada. Había un cartel que el Gato tradujo con visible dificultad:
—Isla Ducati: sólo se puede cruzar en balsa.
—¿Y el auto? —pregunté.
—Yo no dejo el Uno acá ni en pedo —advirtió Lucio.
El grupo volvió a dividirse. La argumentación de cada uno cobraba un peso momentáneo hasta que otro rebatía con alguna locura. Los devaneos hicieron que nos comiéramos las cutículas y nos miráramos con recelo. A veces discutíamos acaloradamente y después nos quedábamos en silencio, enterrando los dedos de los pies en la arena.
Por fin el Tutuca señaló a la distancia, del otro lado del brazo de agua que nos separaba de la montaña.
—Allá está nuestro destino —dijo—. Si cruzamos este río de mierda, llegamos hasta el Chalo. ¿No se dan cuenta? El viaje termina acá…
Los cuatro guardamos silencio y nos quedamos contemplando las aguas quietas, el sol mordiéndole el pico a las montañas.
—Termina acá —repitió Lucio, como en trance.
El compromiso testosterónico abolió las diferencias y nos iluminó. El lugar no era como habíamos imaginado; no se veía un alma por ninguna parte. En vez del apretado tráfico de culos y tetas que esperábamos encontrar, ahí sólo había cacatúas que graznaban con indiferencia bajo el sol abrasador. En nuestros corazones, lo sé, crecía la esperanza de que hubiésemos entrado a la fiesta por la puerta de atrás. Quizá tras cruzar ese brazo de agua encontraríamos la puerta del Paraíso.
Como autómatas, sin decir agua va, abandonamos el auto, cargamos las mochilas y las cajas, y empezamos a caminar.
Íbamos en silencio, prendiendo puchos y mascullando quejas, pero con el paso firme de los que buscan un destino noble. Media hora más tarde llegamos hasta un puesto en el que un remero chupaba con desgano su pipa. Era la primera persona que veíamos desde que habíamos empezado a movernos. El viaje para cruzar al otro lado costaba una barbaridad y no sirvió de nada que invocáramos el nombre del Chalo: el tipo decía que no lo conocía. Arreglamos para cruzar los cuatro al precio de dos, pero el remero dudaba por el peso de las cajas.
—Tein cuidado —fue la única advertencia del tipo antes de que trepáramos a la balsa con las tres cajas apretadas contra el cuerpo.
La balsa empezó a moverse con pereza. La piel de la espalda del remero se abultaba nudosa por el esfuerzo de mover la piragua. Avanzamos unos cien metros en diagonal para aprovechar la correntada y, a pesar de ser un día calmo y sin viento, la precaria embarcación se bamboleaba peligrosamente. Fue el único momento del viaje en el que tuve la certeza de que toda aquella travesía era una pelotudez inexplicable.
El canto de las cacatúas, o lo que carajo fueran los bichos esos, auguruaba el riesgo latente, que finalmente se tradujo en algo real: el agua empezó a salpicarnos. La línea de flotación había empezado a subir hasta casi tocar el borde, y cuando el tipo nos advirtió con miedo genuino que de no liberar peso nos hundiríamos, no se nos ocurrió mejor idea que tirar a la mierda las mochilas. Las cuatro. Con todas nuestras pertenencias.
Cuando la proa se enterró en la arena del otro lado, cuando tocamos tierra, saltamos y las cajas se mojaron. Las llevábamos en brazos como a bebés desvalidos, todavía embrujados por el reflejo mecánico de preservarlas.
Estábamos cansados, hartos, molestos e impacientes. Pero habíamos cumplido. Y ahora por fin en la Ila de nuestro amigo, aunque el Paraíso que habíamos imaginado no cuajaba con lo que nuestros ojos vidriosos descubrían.
Divisamos la silueta del Chalo a lo lejos. Venía corriendo sobre la arena, con la melena al viento, la piel bronceada, el rostro sonriente y sereno.
—Mis amigos —dijo con la voz en un suspiro.
Nos palmeamos en un abrazo torpe y confuso, todavía con las cajas bajo el brazo algunos de nosotros.
Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo a nuestro amigo; el bar era una bosta —dos palos y una piedra, todo cubierto con hojas de palmera—. El Chalo preguntando por qué no habíamos llevado la Coca y los cuatro mirándonos sin entender:
—Es que acá no se consigue gaseosa, lo único que toman estos vagos es caipiriña —explicó antes de que lo recagáramos a trompadas frente al mar.
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Comentario de nana — un 28 julio 2011, tipo 12:44
Chalo, te odio.
Comentario de Matias Carrizo — un 28 julio 2011, tipo 12:54
Jajajaja, es el mejor final de todos tus cuentos.
Ni cuenta me di de la coca jajjaa.
Comentario de Lucas, desde Pest — un 28 julio 2011, tipo 14:00
Estupenda radiografia de la pelotudez noventista… y el Chalo es para hacerle un enema con agua de mar.
Buenisimo el cuento, Playo! Me rei mucho.
Abrazo
Trackback de Bitacoras.com — un 28 julio 2011, tipo 16:18
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto…..
Comentario de Pancho — un 28 julio 2011, tipo 18:33
Imponente!
Como el chiste del gallego que se va al espacio con las 10000 cajas de puchos…
Comentario de Emilio — un 28 julio 2011, tipo 19:10
Pri!
Sí, señor! Aquí también se canta carajo.
Comentario de Nico — un 28 julio 2011, tipo 21:02
La vida sin fernet. Yo soy de Santa Fe, así que cambiaría el problema a la vida (?) sin cerveza… . Me imagino una película de Wes Anderson, con Bill Murray haciendo esa cara de… “la vida sin cerveza”. Essssssselente los Ulises cordobeses dejando a las Penélopes ahí, meta crochet.
Un abrazo no sólo a vos José, sino también a los comentaristas, que son re grosos y me hacen cagar de risa.
Comentario de Jackie — un 28 julio 2011, tipo 23:05
Bueno, muy bueno José!
Ya tuve el gusto de probar el ferné con coca cola.. ES BUENÍSIMO!!!! me encantó!. Lo único malo es que acá te clavan una botella de Branca en casi 40 dólares… Chalo y la recon……
Comentario de cala — un 29 julio 2011, tipo 1:20
Excelente, tus cuentos son de las pocas cosas q me meten en la historia como si la estuviera viviendo, donde puedo conseguir tus libros?
Comentario de Damian. — un 29 julio 2011, tipo 10:52
qué bronca, un desfile de pelotudos!!!
chalo hijo de puta!!!!!!!!!!!
Comentario de sabalero — un 29 julio 2011, tipo 23:05
Ya se que te cagaba la historia y en esa època (los 90) no habia ni google maps ni wikipedia, pero no se podian haber fijado en un atlas donde carajo iban?, igual, me tomo el fernet puro y uqe se me reviente el higado.
Comentario de Nacho — un 1 agosto 2011, tipo 11:08
¡¡¡Muy, MUY buen cuento, Playo!!!
La frase épica:
Y la que más gracia y hasta carcajadas me causó:
Me gustó mucho el final, porque además de tener el giro típico tuyo que tan bueno es, en él se hace justicia y Chalo recibe su merecido por pelotudo.
¡Saludiñes!
Comentario de daniel — un 1 agosto 2011, tipo 17:12
1882 kms al pedo! -pura casualidad-
Comentario de Lucas, desde Pest — un 2 agosto 2011, tipo 10:39
El Chalo merece recibir una sesion de sexo oral provisto por una bandada de cacatuas (o lo que carajo fueran los bichos esos) en estado de furia salvaje.
Comentario de La curiosa — un 5 agosto 2011, tipo 23:41
GENIAL, SIMPLEMENTE GENIAL. Te pasate Playo, como siempre..!
Comentario de Federico Gauffin — un 7 agosto 2011, tipo 21:51
Me imagino que hielo tampoco había. Jejeje.
Comentario de Tom Finn — un 8 agosto 2011, tipo 0:06
Sublime. Me río… de janeiro
Comentario de ELROBER — un 15 agosto 2011, tipo 17:54
NOOOO !!! HABRÍA QUE PROBAR EL FERNET CON FANTA PARA EVITAR ESTOS CASOS EXTREMOS
Comentario de dario — un 2 septiembre 2011, tipo 10:59
Muy bueno el cuento, me hizo acordar los 4 años que fui al carnaval de Bahia del 94 al 97. Lo del barcito tambien lo pensabamos nosotros. La diferencia es que siempre fui en avion. Ja!
Comentario de Noel — un 14 septiembre 2011, tipo 13:33
Buenísimo.
Ninguna valija sale de Córdoba sin botellas de Fernet.
Llevamos botellas de más cuando fuimos a Ecuador ya que nos habían contado que era muy valorado por esa zona y podíamos hacer trueques interesantes. Una vez allí entendimos que nada vale mas que un buen Fernet. Paramos en hostels y lo compartimos con todo el mundo, literalmente, hasta con unos malditos servios que lo tomaban puro – NO, que se gasta!.
Comentario de Sofía — un 17 septiembre 2011, tipo 22:33
La realidad supera la ficción. Digno de un buen corto!
Cacatúas en vez de tetas, mortal.
Me cagué de la risa, buenísimo.
Comentario de Meli Mandato — un 3 enero 2012, tipo 8:35
Me encantò.. Muy buena narracion. Una gota de nostalgia para las epocas donde todo parecia adolescentemente posible y alcanzable.
saludos :)