El año pasado, un grupo de teatro llamado Estambul dio tres funciones de una obra que le ponía bastante onda a unos cuentos de mi autoría. Las tres veces llenaron la sala, cosa que muchos atribuyeron al incondicional apoyo de amistades y familia.
Pero este año decidieron repetir la experiencia, y ya los amigos y la familia conocían de qué se trataba. No había tantos allegados, quiero decir.
La Luna es un teatro con capacidad para cincuenta personas sentadas. Es un lindo lugar, y los chicos de Estambul lo eligieron para poner otra vez en cartel Cuentos de la gran puta, esta vez, junto a la banda Buena vibra Orquesta. La fusión resultó tan interesante, la propuesta tan poco habitual, que en el estreno quedó gente afuera. Y en la segunda función, también.
Para el inicio de este nuevo ciclo, me pidieron que los presentara junto al enorme Marcelo Arbach. Aquí una foto que resume mi ánimo ante la propuesta (atención a mi cara de idiota):
leer lo que falta de: Ah, dos cositas……
Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas.
Y vomitaba cada vez más seguido.
Todo eso no alcanzó. Faltaba el episodio del escalpelo, las miradas sobre los barbijos, la pausa en el entrechocar del instrumental. Entonces sí este señor puso su vida en vereda y se curó. Y ya curado se volvió la persona más aburrida sobre la Tierra.
leer lo que falta de: Variaciones sobre una ansiedad demoníaca…
Nadie recordaba quién los había bautizado “gorles”. El nombre quedó. Tenían cara de pez, ojos saltones y bocas grandes que nunca se cerraban. Eran resistentes, comían poco y sólo necesitaban agua. Se turnaban para apilar las piedras bajo el látigo que, cada tanto y con pereza, subía hacia el cielo y bajaba para marcarles la espalda.
Los bloques eran blancos y grandes, muy pesados. Había que acomodarlos sobre una mezcla que secaba rápido, por lo que la precisión y la fuerza no se divorciaban nunca.
El procedimiento se repetía mecánicamente sin interrupciones, aunque los accidentes ocurrían a cada rato. A veces las manos desnudas de los gorles, entumecidas por el esfuerzo, simplemente se abrían y la piedra aterrizaba en un ángulo poco feliz sobre el empeine o los dedos del pie.
Los que se golpeaban eran rápidamente reemplazados por miembros de otras cuadrillas que esperaban la orden.
leer lo que falta de: La inexplicable motivación de los gorles…
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