Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó.
—La puta… —dijo después.
A su lado María se volvió para mirarlo.
—¿Viejo?
Felipe estiró un brazo para acariciarla.
—Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más.
La mujer encendió la luz, rescató su dentadura postiza que flotaba en un vaso con agua y se acurrucó sobre el brazo de su marido.
—¿Qué soñaste?
Felipe aclaró la garganta, el carraspeo resonó latoso en la habitación.
—Es muy raro —explicó—. Soñé que me drogaba.
—¿Que te drogabas? —preguntó ella con las vocales gangosas de un bostezo que se convertía en risa discreta.
—Sí. Es el sueño más raro que tuve en la vida —dijo, y guardó silencio mientras reconstruía los fragmentos opacos que se desprendían de su recuerdo. Por unos segundos se concentró en hundir un dedo enfundado en la sábana dentro del ombligo, como si por ahí se fugaran los detalles.
—¿Yo estaba en el sueño?
—Sí. Claro que estabas. Vos eras la que me traías la droga.
—Yo de drogadicción no sé nada —objetó, divertida, la mujer.
—Ya sé, ya sé. Pero acá hablabas con el chico de la farmacia, al que le compramos siempre las pastillas. Y vos le contabas lo que nos había dicho el médico —su mano había abandonado el ombligo para palmear con suavidad su propio pecho—, entonces el petizo, ¿cómo es que se llama el petizo este?
—Gonzalo.
—Ese. El Gonzalo te decía que había un remedio casero muy bueno para pasar los malos tragos.
—Estudia homeopatía, el chico, trabaja en una farmacia porque no le queda otra, pobre.
—Ya sé, ya sé —repuso Felipe ladeando la cabeza de un lado a otro.
—Bueno, dale, ¿entonces?
—Entonces vos le decías que no sabías, que el médico no había dicho nada de probar otras cosas, entonces el Gonzalo te explicó qué era y para qué servía el yuyo ese.
—¿Cómo se llamaba? —quiso saber ella.
—No me acuerdo. Algo parecido a la mandioca, no sé.
—¿Y?
—Bueno, la cosa es que el Martín…
—… Gonzalo —corrigió ella.
—Sí, el Gonzalo. La cosa es que el Gonzalo te vende una bolsita con los yuyos estos, y te explica cómo hay que prepararlos, cuánto hay que tomar, y esas cosas.
—¿Cómo hay que tomarlos?
—Bueno, mirá vos lo que son los sueños. Parece que a estos tenías que cocinarlos, hacer unas galletitas de chocolate amargo —contestó Felipe, contento por haber rescatado ese dato olvidado.
—¿Bizcochitos?
—Sí —dijo él todavía sonriendo—. Bizcochitos caseros.
—¡Qué plato!
—Ja. Sí. Pero eso no es todo —continuó—. Vos llegabas a casa con los yuyos y la receta y te ponías a cocinar. Yo te estaba esperando en el living y sentía el olor.
—¿Entonces?
—Era un olor raro, me acuerdo. Como a sahumerio mezclado con pasto quemado…
—¿Y?
—Bueno. Vos dejabas las cosas en el horno y te venías a sentar conmigo.
María mudó su cabeza hacia el pecho de su marido. Siempre le había gustado sentir el latido acuoso y profundo del corazón que bombeaba la sangre caliente de Felipe, la misma sangre que, junto a la de ella, regó las semillas que ahora van por la vida con sus apellidos.
Pensó en anotar esa metáfora, pero desestimó la idea cuando él prosiguió:
—Nos pusimos a hablar de nuestras cosas, de nuestra vida. ¿Viste las charlas que tenemos a veces a la tarde en el living? Bueno, así.
María sonrió y la vista se le humedeció.
—… y vos me traías un café irlandés, y después ibas y me traías la pipa y me dejabas fumar en el living, como si el humo no te molestara.
—Me molesta cuando está todo cerrado —corrigió ella, deslizando la yema de su dedo por el mentón de Felipe.
—Bueno, entonces nos quedábamos charlando de nuestras cosas, de lo bien que la hemos pasado en nuestra vida, de lo que significa la vejez —rememoró él.
—¿Seguíamos en el living?
—Sí. Estábamos todavía en el living y me acuerdo que caía la tarde y toda la casa parecía un calidoscopio de rayos de sol —hizo una pausa y entrecerró los ojos antes de continuar—. Y trajiste los bizcochitos.
—¡Qué rico!
—Sí. Ahora que me acuerdo, al principio tenían un sabor medio raro, como el gusto de la salsa que hacía tu vieja, ¿te acordás? Al primer bocado te parecía que habías masticado una luciérnaga, pero enseguida afloraban los condimentos y las esencias y terminaba siendo una salsa de la gran puta.
Ella le dio un coscorrón suave a modo de lúdica reprimenda.
—Y con los bizcochitos pasaba lo mismo. Al segundo bocado el gusto pesado y perfumado del chocolate se desparramaba por toda la boca y ya no podías parar —Felipe hizo una pausa antes de agregar—: me dio hambre pensar en los bizcochitos.
—Ahora voy a prepararte el desayuno, pero terminá de contarme primero, que la historia es muy divertida.
—Bueno, la cuestión era que los bizcochitos estaban hechos con la droga que te había dado el petizo de la farmacia.
—Gonzalo.
—Ese, el Gonzalo —acordó él—. Y la cosa es que la droga esta no te hacía nada al principio; o sea, te la tenías que comer y esperabas a ver qué pasaba.
—¿Y qué pasaba?
—Bueno, no me acuerdo muy bien, pero sí sé que nos terminamos la bandeja entera y en un momento estábamos los dos dándonos un beso.
Felipe se había vuelto para mirarla. En sus ojos brillaba una picardía infantil que a ella le despertó mucha ternura.
—¿Un beso cómo?
—Un beso de los buenos, de esos que nos dábamos cuando empezamos a salir, ¿te acordás? No nos podíamos separar, duraban como una hora.
La evocación hizo estremecer a María y Felipe la atrajo hacia él, envolviéndola con la sábana hasta el cuello.
—Me acuerdo —dijo ella.
—Y nos empezamos a acariciar… —agregó con los ojos cerrados.
—Qué lindo sueño, viejo.
—No termina ahí, ¿eh? Ojo; falta la mejor parte.
—Dale, entonces.
—Bueno, la cosa es que, andá a saber si por la droga o qué, nos agarraba como un entusiasmo bárbaro, y a mí me parecía que el tiempo iba más lento, como pasa siempre en los sueños, ¿viste? Pero acá no sólo que el tiempo iba lento, sino que se me habían despertado todos los sentidos, porque mientras te besaba a vos, escuchaba clarito el canto de los pájaros en el jardín, la campanilla de los carillones, la música suavecita de la radio. Era como si de repente se me hubieran destapado los oídos.
—Ajá —acordó ella, alentándolo a seguir.
—Y entonces me agarraba como un ataque de amor, Bonita.
Ese era el término que Felipe utilizaba para llamarla en la intimidad. María levantó una pierna y la entrelazó a las de su marido. La cercanía los hizo reavivar un calor aletargado que los hermanaba desde tiempos remotos.
—Y era como un ataque de amor que no podía esperar —continuó él—, una mezcla de ansiedad con urgencia… No sé cómo explicarlo.
—Te entiendo —afirmó ella.
—Bueno. Y yo te besaba, pero tenía los ojos cerrados y me imaginaba que estaba besando a la María que eras cuando nos conocimos, cuando éramos jóvenes.
—Era mucho más linda que ahora —comentó ella con pesar.
—No, eras distinta, pero se ve que esa imagen es la que te queda en la cabeza y que ya no se te va más. Mirá el tiempo que ha pasado y yo te digo que en el sueño te besaba y me parecía que estaba besando a la María joven que eras cuando nos conocimos.
—Te entiendo; ¿y?
—Bueno, entonces empezábamos a sacarnos la ropa y subíamos las escaleras, dejando a nuestro paso los zapatos, los pantalones, la camisa, el delantal…
—¿Veníamos a la pieza?
—Sí, veníamos a la pieza. Y cuando llegábamos acá, estábamos los dos desnudos, y nos tirábamos en la cama y no podíamos dejar de besarnos. ¡Vieras qué lindo sueño! —agregó, blandiendo una mano en alto para enfatizar la expresión.
—Muy lindo.
—Y de ahí no me acuerdo más.
—¿Ahí terminó?
—No sé, de ahí tengo como recuerdos difusos. Pero me parece que nos echamos el polvo del siglo, María.
Una risita nerviosa se le escapó a ella, y él aprovechó para besarle la frente.
—Tengo hambre —dijo Felipe.
—Quedate acá, voy a prepararte el desayuno, ¿qué hora es?
Felipe volteó la cabeza para mirar el despertador:
—Cinco y veinticinco —contestó—. No sé para qué carajo me despierto tan temprano.
María salió de la habitación y se encaminó hacia la cocina. En el trayecto recogió la ropa que había en el suelo y en la escalera. Después fue hasta el living, juntó las tazas de café, la bandeja con los bizcochitos y se dispuso a preparar el desayuno.
Mientras el agua hervía, guardó el resto de los yuyos en una lata vacía. Después sacó del armario, donde guardaban los medicamentos, las pastillas de Felipe y las de ella. Las acomodó en un plato pequeño junto a las tazas en la bandeja.
Se sentía bien y aguardó junto a la pava hasta que el agua se pobló de burbujas. La molestia de su vientre había cedido por la noche, su cabeza estaba despejada y fresca. Contempló el jardín oscurecido del otro lado de la ventana, las plantas mecidas por un aire frío de agosto, las gotas pequeñas de una llovizna desganada estrellándose contra el vidrio.
Pronto moriría. Su vientre acabaría por ceder y las medicinas ya no surtirían efecto. Felipe, con su Alzheimer, iría a parar a un geriátrico, abandonado a la suerte de los que estorban.
«Qué viejos estamos», pensó.
Antes de regresar a la habitación, palmeó la lata con los yuyos, y planificó un domingo sin visitas y sin teléfono.
Sólo ellos, rememorándose, disfrutándose, como en los viejos tiempos.
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Comentario de sandylikesand — un 28 septiembre 2011, tipo 21:26
¡Que bonito! Eso es un diálogo, joven…
Y como bonus, me dieron unas ganas de fumarme uno… :)
Comentario de Julian — un 28 septiembre 2011, tipo 21:40
Precioso, como una isla de ilusión, amor y esperanza en la adversidad de la vida. La pasión pudo mas que la falta de neuronas de Felipe.
Aplausos.
Comentario de flor del bosque — un 28 septiembre 2011, tipo 22:21
admirable mi querido playo¡¡¡ es realmente un placer leer, leerlo.
saludos y abrazo gigante¡¡¡¡
Comentario de Argénida Romero — un 28 septiembre 2011, tipo 23:03
Encantador!!!!!! Lo empecé a leer y no me imaginé donde pararía. Eso es el talón de los buenos cuentos…que te pegan una cachetada! Gracias por escribir este, tan bueno.
Comentario de NOOUCH — un 29 septiembre 2011, tipo 0:14
Breve y magnifico, me gusto mucho el cuento. Felicitaciones y salu2
Comentario de Segismundo Fierro — un 29 septiembre 2011, tipo 0:23
Buena historia mejor final¡¡¡
Me parecio ver en esa cama tanta dignidad que hoy escasea y mucho
El polvo del siglo ja
Exitus
Abrazo
Comentario de El de los calzoncillos cortos — un 29 septiembre 2011, tipo 3:33
que hermoso y que triste… casi me haces llorar carajo!
Comentario de Despeinada — un 29 septiembre 2011, tipo 5:19
(y)
:’(
Viste que si el personaje quiere subsistir como creíble, debe parecernos semejante a un buen número de gente que conocemos?
En mi calidad de fémina (mala cosa eso de pensar tanto) éstas historias me revientan cuando me doy cuenta que si cambias los papeles, no cuaja.
Buen relato… aunque aún no sé por qué, no puedo darte el 10 de siempre
Saludos!
Comentario de sabalero — un 29 septiembre 2011, tipo 8:21
Yo tampoco sabía para donde ibas a agarrar, y la verdad que el cierre estuvo perfecto, de un inmensa ternura. Otra vez aplausos, Playo.
Comentario de Caro — un 29 septiembre 2011, tipo 9:30
Gracias por este cuento!
Así es más lindo arrancar el día… leyendo una historia atrapante, emocionándome y riéndome.
Comentario de vagina way — un 29 septiembre 2011, tipo 9:52
Uno de mis preferidos!!
A mi sí me hace llorar… es muy tierno y emotivo a la vez de gracioso. La combinación Playo perfecta. El sello de tu autoría.
Ojalá vengan más como este.
Salut!
Comentario de fechi_cba — un 29 septiembre 2011, tipo 9:53
Hermoso jose, me sorprendiste gratamente ya que pense que ibas a salir con algunos de tus finales maquiavelicos jaja
Comentario de Pancho — un 29 septiembre 2011, tipo 10:17
Fantástico! Realmente fantástico.
Aunque te confieso que lo leí medio con miedo, de a ratos… porque vos a veces los liquidás a lo perro a los vagos.
Me encantó.
Comentario de Maiky — un 29 septiembre 2011, tipo 10:18
Montón de sensaciones! Me gustó mucho!
Siempre un placer leerte!
Abrazo!
Comentario de Marito — un 29 septiembre 2011, tipo 11:13
Mmmmm… Drogas :)
Comentario de Bliito — un 29 septiembre 2011, tipo 11:43
Tiene el toque inconfudible de Cortázar, pero con la marca de Playo. Muy bueno el relato.
Comentario de Alfre — un 29 septiembre 2011, tipo 11:45
Por un momento pensé que ella le había puesto algo en la cena la noche anterior… muy buen cuento, José!
Comentario de Pancho — un 29 septiembre 2011, tipo 18:09
He vuelto 4 veces ya, a releerlo. Hacés magia, Playo. Más allá de la historia en sí, los pequeños detalles de lo cotidiano atrapan y transportan.
Se me viene a la cabeza que ese desgranar de pequeñas situaciones y detalles ennoblecen el texto.
Comentario de Mario — un 29 septiembre 2011, tipo 21:11
Muy lindo cuento, José, me encantó!
un abrazo grande
Comentario de Guille — un 30 septiembre 2011, tipo 1:28
Realmente muy bueno!!
Para quien alguna vez sintió todas esas sensaciones (y digo TODAS, incluso la de extrañar esos besos), realmente es muy atrapante… Voy siguiendo el hilo y es imposible no imaginarlo.
Es muy importante la cuasi aclaración que se hace al final, para no caer en una burda apología..
Felicito. Muy lindo.
Comentario de YAM — un 1 octubre 2011, tipo 14:27
Simplemente hermoso, me lleno el corazón de ternura…
Comentario de Damian — un 2 octubre 2011, tipo 5:56
Algún día nos van a dejar con nuestra maría tranquila. Espero que no seamos tan viejos para cuando eso pase.
Comentario de Guadalupe — un 3 octubre 2011, tipo 1:47
Excelente!
Comentario de Marcela — un 3 octubre 2011, tipo 17:04
muy tierno, aunque era previsible, excelente la redacción… como García Márquez, te dice el final, pero te envuelve la prosa. Gracias
Comentario de Natushka — un 3 octubre 2011, tipo 19:07
Este ya me hizo llorar en papel. ¿Está en “La belleza del escándalo”, si no me equivoco? Hiciste cambios, se nota. Había un alusión al escritor que me había parecido simpática, pero ahora está como más redondito.
“Por unos segundos se concentró en hundir un dedo enfundado en la sábana dentro del ombligo, como si por ahí se fugaran los detalles.” Jajajaja, un aplauso.
Gracias por las nuevas lágrimas, parecidas pero distintas.
Comentario de alberto — un 4 octubre 2011, tipo 4:10
Sr. Playo, Ud. no tiene consideración alguna con sus lectores que ya pasamos hace rato el medio siglo…
Esto no se debe hacer.
Que sea la última vez.
Con placer.
Alberto
Comentario de elrober — un 4 octubre 2011, tipo 19:18
“Diario de una pasión”, pero con polvo incluído y alzheimer enrocado, buenísimo, la vejez es algo tan inexorable y a la vez tan necesaria que vivir debería ser compulsivo, no hereditario.
Comentario de Lobo de barro — un 5 octubre 2011, tipo 8:35
Muy buen cuento. Me dejó un sabor agridulce y no por los bizcochitos…
Me brindan una increíble sensación de tranquilidad y esperanza en la humanidad, los testimonios de amores que duran toda una vida, como el de los viejitos. Lástima, pero realista, el final con ella pensando que le queda poco y él arrumbado en un geriátrico.
Un abrazo.
Comentario de lechuza — un 6 octubre 2011, tipo 1:06
que buen cuento. mi pereza mental solo permite este adjetivo. felicidades por tener esta habilidad de escribir
Comentario de Lumbri — un 6 octubre 2011, tipo 13:54
estoy en un momento especial de mi vida, será por eso que me emocione. Gracias, impecable como siempre.
Debe ser groso poder hacer emocionar a alguien mediante un texto.
Comentario de La curiosa — un 9 octubre 2011, tipo 21:21
Bueno, he vuelto a la lectura. Quise acumular un par de cuentitos y tenerlos bajo la manga para cuando me aburriera, y este en especial es GENIAL. Como siempre, aunque como varios dijeron lo leí con miedo que de repente apareciera un zombi asesino jeje excelente Playo, sinceramente me cagó de gusto.
Saludos!
Comentario de Turco — un 10 octubre 2011, tipo 14:15
Que placer che. Muchas gracias Playo, por darnos esto gratis.
Saludos.
Comentario de Nacho — un 12 octubre 2011, tipo 11:53
¡Recién leo! Anduve perdido y hacía tiempo que no me pasaba por aquí. Qué grato es encontrarse con estas joyas al volver.
Playo, el cuento es hermoso, simplemente hermoso. Como dijo alguien más arriba: más allá de la trama, los detalles de lo cotidiano lo hacen muy grande. MUY grande.
Y no sé los demás, pero (y hablando de detalles), yo recién acabo de caer en la cuenta del juego de palabras con Mariewanna y Marihuana. Sublime.
Comentario de fede — un 16 octubre 2011, tipo 17:01
exelente ! espero llegar al faso de mi vida con mi chica,
Comentario de Marce — un 26 octubre 2011, tipo 17:22
Los detalles cotidianos y “el beso de antes” me hicieron llenar los ojos de lagrimas.
Comentario de chispita — un 21 noviembre 2011, tipo 18:06
chupala (_)_)=====D
es una verga esto, gaste tiempo de mi vida en leerlo
Comentario de ivi — un 14 diciembre 2011, tipo 16:47
Hola jamas habia leido nada de las cosas que publicaste es mas nose ni como pare aca. pero lo lei. y me encanto. re tierno y lindo :) segui asi.. lograste que me meta en la historia
Comentario de Jazmín! — un 14 diciembre 2011, tipo 17:35
Hice un esfuerzo enorme por llegar al final sin llorar… Es que estas cosas emocionan, que lo parió!
Comentario de Marianela — un 16 diciembre 2011, tipo 7:44
No puede ser más lindo :)
Comentario de Soledad — un 16 diciembre 2011, tipo 12:43
WOW! me encantó. Pulgares arriba. Recién llego pero me quedo. Fue el primer texto que leo.
La magia de los títulos… eso me hizo elgirlo como primer plato.
Me alegro de haberlo encontrado, si todo el resto del blog es una cagada, ya valió la pena igual.
Comentario de tecontaretodo — un 7 enero 2012, tipo 19:54
Te lo habrán dicho mil veces, pero a riesgo de ser muy poco original, este post (al que llegué por Oblogo) es como el bizcochito que te hace olvidar el miedo a enfermar, envejecer o morir. Me gustó mucho. Saludos!
Comentario de Maximilian — un 11 febrero 2012, tipo 0:34
lo lei en la oblogo ayer que me dieron gratis con la orsai n 5, uno de los pocos (3, 4 quizas) cuentos que me sacaron una lagrima (y eso que lo lei caminando por la calle), pase para felicitarte y decirte gracias.
saludos!.
PD: espero que nos crucemos algun dia por el bar orsai y poder decirtelo personalmente.
Comentario de Fer — un 13 febrero 2012, tipo 20:36
Tuve la suerte de que alguien dejara hace una semana la Oblogo en una librería de San Martín de los Andes. Y toparme con esto. Enormes gracias por escribir tan lindo (si, aunque haya habido lágrimas incluídas)
Compartiendo… :)