Peinate que viene gente


La calidez del rubro

Un buen blog no puede prescindir de un espacio donde los lectores respondan a la pregunta: ¿qué es de vuestras vidas?


Recibirse de boludo

A lo largo de esta vida me han ocurrido cosas extrañas y he sufrido accidentes de todo tipo, algunos por imprudencia, otros porque tenían que ocurrir. Con o sin secuelas, a todos los recuerdo y contabilizo con precisión. A los seis años me rompí el codo en una carrera de cincuenta metros sin obstáculos en un pasillo del colegio, por ejemplo; a los doce me operaron de urgencia para extirparme un apéndice a punto de explotar; a los quince me sacaron un lunar enorme de la espalda y al día siguiente se me abrieron los puntos en un partido de volley; a los veintipico se me rompió el culo. Creo en la importancia de algunas experiencias, porque con ellas entendemos lo maravilloso que es estar bien. Digo esto pensando en esa máxima hipocrática que define a la salud con sencillez supina: “estar sano es no sentir el cuerpo”.

Escribo este post con dificultad, con mucho dolor (físico) después de lo que me ocurrió hace unas horas en el patio de mi casa. De todos los imponderables, de todos los accidentes, de todas las intervenciones fortuitas del destino, lo que me pasó hoy es, lejos, lo más humillante.
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La cofradía de las capuchas

Última entrega de la serie
“La mano benefactora de un desconocido”,
que empezó acá.

Esa noche llovía mucho, los gritos se escuchaban amortiguados por los truenos y las gárgaras de las alcantarillas. Una balacera de gotas gordas y pesadas acribillaba con violencia las calles y dibujaba espejos blandos en las veredas. Con cada relámpago, el interior de la clínica se iluminaba. En la habitación del fondo, la única que tenía la luz encendida, había una camilla sobre la que un hombre se retorcía mientras su amigo le apretaba fuerte la mano.

—No aguanto más —dijo el Turco Junín apretando los puños lustrosos de sangre.

—Tenés que aguantar —lo alentó el Naso—. Falta poco. Aguantá que ya nos vamos a la mierda.
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Los miedos mínimos

Habiendo cumplido 33 años, sabrás que no has madurado un sorete cuando no puedas empuñar una perforadora sin pensar que se trata de un arma futurista sofisticada.
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Secuencias de otoño

Abril es un viaje en colectivo con las ventanillas abiertas, papeles que se vuelan, estornudos como regaderas, una chica con botas que me clava el taco sin querer en el meñique mientras la armónica de Dylan se me sale por las orejas.
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Estoy armado

gun boyCon el índice y el pulgar hago una pistolita imaginaria y me apunto a las pelotas.
Gatillo, pero no pasa nada.
—Está mal —le digo a la cocina vacía—. No se puede gatillar con el dedo gordo. Debería ser con el índice. Lo estoy haciendo mal.
Hago a un lado el plato. Antes de este fútbol de fideos tenía hambre, ahora me siento tremendamente pesado, como si me hubiera comido un yunque. Le doy un trago al vaso. Me lleno la boca de jugo Tico-Tico y me limpio con el revés de la mano.
Empiezo a levantar las sobras de la mesa.
—Un baño, eso me haría bien —le digo a la heladera abierta.
El frío húmedo se me pega en los pantalones, rueda hasta los zapatos. No sé si las piernas me pesan o me duelen. Es una sensación extraña.
Vuelvo al living. En el espejo veo a un troglodita barbudo, desgreñado. Instintivamente saco el arma y lo apunto. Soy rápido, muy rápido. El tipo del espejo levanta las manos y abre grande la boca, sorprendido.
—Perdón —me dice el reflejo—, es que estoy estresaaadooo.
Separa ampliamente los labios al pronunciar las vocales estiradas.
Yo guardo el arma y me acerco despacio.
Tengo una relación extraña con los espejos.
Frente a mí tengo una “a” suspendida e interminable. A mi vez, abro bien grandes las fosas nasales y bajo el mentón. Nos rascamos la mejilla en una coreografía perfecta.
—Cuidado —le advierto—: no tenés ni puta idea con quién te estás metiendo.
Las últimas noches no he podido dormir bien, tengo sueños extraños, a mitad de camino entre pesadillas y recuerdos.
Vuelvo a la computadora. Ya no tengo ganas de terminar con el trabajo atrasado. Me pongo a tipear esto con el peso del cuerpo apoyado en un cachete del culo. Me molesta el arma en el cinturón.
Hay un ruido en el patio y la perra ladra. Dejo de tipear y vuelvo a estirar el índice y el pulgar. Apunto con mi pistolita a la ventana. Corro un poco la cortina con el cañón del arma imaginaria y asomo un ojo rojo y desquiciado.
—Cuidado, amigo. Estoy armado —le digo al vidrio.
La perra trepa a la ventana y me mira con la cabeza ladeada. Enfundo el arma. Esto es peligroso. Podría escapárseme un tiro y rompería el vidrio, la tela mosquitera, la cabeza de mi mascota.
No es conveniente ir armado cuando se está así.
Vuelvo al teclado. Releo este texto y no me siento a gusto. ¿Crisis? ¿Cuánto ha pasado desde la última vez que escribí algo que realmente me gustara?
Eso pasa cuando uso mucho la cabeza. No estoy acostumbrado.
Quiero ir a la cama. En estas noches tumultuosas siempre pongo el índice y el pulgar debajo de la almohada.
Tal vez no haga falta, pero nunca se sabe.


Licencia

¿Qué será de este cuarto de hora que pasamos a la luz de nueve velas cuando se termine julio, cuando llegue agosto, cuando estemos en vísperas de marzo?
Nueve chasquidos sobre la rueda del encendedor para ganar terreno sobre el motor de la heladera que la noche ha silenciado.
Retazos de un martes pasado y pisado.
Que cuando es hora de iluminar la sonrisa de mi pequeña, no mido los gastos.
Yo brego por el brillo monacal que me muestre el dientecito con el que tanto hemos soñado.
Es pequeño y aserrado.
Lo respetamos.
Cucharitas de plástico para la cena, soy un viejo pelotudo salpicado con puré, sonriendo de felicidad por saberme tan afortunado.
¿Qué será de esos ladridos que durante una hora rebotaron contra los vidrios empañados cuando sea otro año?
Besos de noches de martes, fotocopias de retina, un lamparón de recuerdos enfundados.
¿Cómo llegaremos a fin de mes? Me importa tres carajos.
¿Quién ganará las elecciones? Allá ustedes, me tiene sin cuidado.
A mitad de camino entre un libro de muertos y desaparecidos encontrados, las bombillas se apagaron.
Nueve chasquidos sobre la rueda del encendedor y estoy de vuelta enmarcado en la postal más extraña que me ha tocado ver desde que presencié un parto.
Mi familia pequeña al calor de una salamandra, zapatitos pequeños que colgaría de los espejos retrovisores de todos los autos.
¿Mal gusto? Chúpeme usted un huevo, y si no le alcanza, venga y míreme mientras cago.
Este mundo de juguetes regordetes, de pañales pesados, de sueños inquietos y siestas en los brazos.
Qué raro.
Estas mañanas que amanecen tan de repente con una carcajada infantil saliéndose de mi regazo.
Qué extraño.
Estos mediodías a puro babero, estas canciones que voy inventando.
¿Qué sería de mí si antes de dormir no hundo la nariz en tus pelitos despeinados?
Nueve besos sin ruido.
Ensayos de prolijidad sobre la mejilla más hermosa que jamás he besado.

Lindísimos ensayos.


Edulcorada Morbosidad

dulce morbosidad—Si me muero ahora, en este instante, ¿qué dirán los que me encuentren? —le pregunto a mi mujer.
Venimos de gastarnos $20 en golosinas. Cuando los abuelos se llevan a nuestra hija de paseo, nosotros compramos golosinas. Algunos van al cine o al teatro, nosotros optamos por ponernos hasta el culo de glucosa. Es sinónimo de recreo, de horas para desperdiciar a nuestra manera.
Y somos obsesivos. Siempre pedimos que pongan por separado los chocolates, las gomitas, los caramelos con forma de mora (asquerosos, mi mujer se empeña en comprarlos) y los habanitos, que están para chuparse los dedos.
Con Coca Light.
—¿Si nos caemos muertos ya, decís vos? —me pregunta.
—Sí. Ponéle que ya mismo caemos muertos y quedamos tendidos sobre toda esta mierda —le digo señalando las bolsas— ¿qué diría la gente que nos encuentre?
Es un juego morboso que hacemos, inventando las reflexiones de los que descubran nuestro enigma.
¿Qué hace el cuerpo de esta señora en el auto con un kilo de criollos en el asiento del acompañante? O ¿qué hace este hombre en la cama con una caja de pizza en el regazo y la barbilla repleta de tomate y mozzarella?
Es lícito. De alguna manera los hombres deben quitarle el peso al estigma funesto de la muerte.
Nosotros pensamos en ella, con humor diabético bajo un solcito benevolente, masticando habanitos de chocolate.
Los viernes burlamos a la muerte.
Dulcemente.


Detalle

feliz en tu d�aLos cordobeses somos fallutos.
Puedo determinar por qué, por ejemplo, a los santiagueños se los tilda de dormilones; no hay prueba más evidente que sus faraónicas siestas.
Ciento cincuenta grados a la sombra en verano es un argumento/excusa contundente. Pero no sé qué hace que los cordobeses seamos fallutos.
A un cordobés podés distinguirlo cuando hacés una invitación:
—¿Venís esta noche? —le preguntás a un cordobés.
—De una, a las 22 estoy ahí —te contesta.
Obviamente, no aparece.
Para un cordobés los compromisos no son serios. Decir que sí, quedar en algo, es un plan perfectamente descartable.
—¡Te esperé y ni pisaste! —le podés recriminar al día siguiente.
—Naah, pasa que justo tuve que hacer… una cosa… —te contesta.
Podría determinar (con un poco de real malicia e imaginación) por qué, por ejemplo, a los porteños se los trata de agrandados; el tamaño de la ciudad donde viven los justifica, de otra forma, tanto hormigón y tantas calles se los come. De igual modo sé que si a la gente del sur se la tilda de solitaria, tendrá que ver con el condicionamiento del medio ambiente (no es lo mismo salir a comprar puchos a las tres de la mañana en Ushuaia que en Rosario). Puedo darme una idea también de por qué a la gente del norte (Salta o Jujuy, sin ir más lejos) se los asocia indirectamente con el vino y el asado (tengo amigos de allá que chupan como para matar a un gaucho); o, si vamos al caso, por qué los chaqueños son todos Palavecinos.
Pero del cordobés, de por qué el cordobés te dice que sí cuando no, de por qué te falla sin que le remuerda ni una vez la conciencia, ni puta idea.
Esto, que es un razonamiento bastante infantil, una teoría sin sustento, un pensamiento nabo en voz alta, me sirve para justificarme.
Hoy cumple años uno de mis mejores amigos.
Haciendo cuentas con mi mujer, nos dimos con que es la única persona que ha estado con nosotros en las buenas y en las malas.
En todas.
Es el “antiprototipo” del cordobés, la excepción a mi regla.
Hace poco inauguró un bar con algunos amigos y, como no podía ser de otra forma, falté.
Esta mañana mi hermano me llamó para recordarme:
—Hoy cumple Juancito.
Pensé en mandarle un desayuno sorpresa, o alguna boludez de esas que no me representan.
Prefiero saludarlo por acá. Decirle muchas gracias, Juan. Decirle “te quiero, Juan”, y que la cosa siga como tenga que seguir.
Levanto una copa virtual por mi primo/amigo.
Mi corazón falluto lo saluda con latidos de reincidencia.


Enajenado y capilar

pelambreHay un hombre, medio hombre, que dice que soy yo y que me mira desde el espejo con una boca abierta, una media boca grande, vidriosa, que se mueve y que me obliga a repetir: “El mundo de las mujeres heterosexuales se divide entre quienes encuentran atractivos a los tipos con barba y las que no”.¿Cómo saco a este hombre, medio hombre, busto de cristal en marco de botiquín, que dice que soy yo y que me pide que no haga nada por quitarme los pelos de la cara, del baño de mi casa?

Meto dos dedos en mi mejilla y rasco este pubis matoso de cabaretera de los años ’20 mientras pienso.

El hombre, medio hombre de vidrio, que es un busto en un marco, me imita, como anticipándose, con una mirada desafiante, con un aire de cafisho altanero y rimbombante.

“De haber tenido estos mismos pelos en la trompa cuando tenías 15”, me dice el hombre imitándome a mí cuando imito un acento tanguero, “tu adolescencia hubiera sido un derroche de felicidad, che pibe; una ostentación testosterónica, te habrías convertido en un sobreviviente arreándole patadas en el culo a la angustia, perejil, compadrito, che pibe”.

Miro al hombre, medio hombre, busto en el marco, tanto cristal.

“Fui lampiño y con el mentón retraído”, le digo. “Hasta que dejé de usar la puta ortodoncia, no había nada por hacer más que esperar”.

El hombre, medio hombre, saca una mano que no había visto que tenía y se apresta a tomar la afeitadora sin molestarse en atender mi queja cobarde, inoportuna, variopinta, irregular.

Yo, de un lado del vidrio que no importa cuál es, le imploro.
Pero es

tarde
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