Que conste que me contengo bastante para no engrosar la lista de los que se ponen monotemáticos y babosos con estas cosas…
leer lo que falta de: Una nena mentirosa…
En los últimos meses hemos tomado por asalto —y a los gritos— la guardia de un montón de hospitales. Me lo hizo notar una amiga con la que estábamos poniéndonos al día sobre las pequeñas rutinas accidentadas de nuestros hogares. Todas mis anécdotas terminaban más o menos con la misma frase:
—… en la guardia nos dijeron que todo estaba bien, así que volvimos a casa.
—¿Por qué van tanto a los hospitales? —quiso saber ella, con toda razón. Y no supe qué contestarle.
A medio vestir, con la cabeza llena de shampú, o dejando la cena en el fuego, en el barrio nos conocen porque somos de salir corriendo a las puteadas con las niñas en los brazos. Los motivos varían, también los escenarios. La última vez, festejando el cumpleaños de mi viejo en Las Sierras, Niki encontró un termómetro escondido en el fondo de un bolso y se las ingenió para romper uno de los extremos con los dientes antes de mandarse un fondo blanco de mercurio.
leer lo que falta de: La crueldad del pasado en blanco y negro…
En el misterioso mundo de la paternidad pueden ocurrir muchas cosas que no has previsto. Que tu vida gire en torno a un régimen de mamaderas o generar un vínculo estrecho con la materia fecal de otras personas, son clarísimos ejemplos.
Serrat tiene una canción sobre Esos locos bajitos que derrocha ternura y contagia necesidad de trascendencia en formato descendencia. Con la canción de Serrat más las publicidades de pañales y los libros de paternidad, parece que todo está resuelto. Por si esto fuera poco, una vez que encarás la empresa, podés caer cada tanto al consultorio del pediatra, que te firma cheques en blanco de tranquilidad. Toda contrariedad se convierte, entonces, en “fáciles procesos”.
El sueño de los niños, sin ir más lejos, se soluciona con una simple normativa, y tomen notas, padres novatos:
“Hay que poner a las dos niñas juntas en una pieza así se acostumbran a dormir solas y se vuelven independientes”.
Es buenísimo. Una promesa de autonomía infantil y noches de reparador silencio.
¿Cómo? ¿Usted no conoce el sonido de dos pequeñas criaturas roncando suavecito una vez que las ganó el sueño?
¿No lo conoce, en serio?
Bueno, gracias a los maravillosos libros de psicología infantil y a la certera recomendación del pediatra…
leer lo que falta de: Sabios consejos…
Desde el viernes los teléfonos no han parado de sonar. Cada vez que alguien llama a la puerta, temblamos: la procesión de familiares perfumados cargando regalos no cesa. Somos una familia numerosa, lo que me hace sospechar que esta circulación será constante en los próximos meses. Y no me preocupa, fijate vos. Debe ser porque estoy ablandándome. Pienso en esto cuando los espejos me devuelven esta versión mía familiar y sociable que antes me habría empalagado. O sea, me miro y ya no encuentro rastros del fóbico ermitaño que arrojaba cosas a las puertas y puteaba en lugar de hablar. Todo este proceso de paternidad ocurre con una vertiginosidad pasmosa y las cosas cambian así, paf, sin darte mucho tiempo para pensar.
No sé qué es lo que ha pasado en los últimos tres días, te digo la verdad. El viernes por la mañana desayuné un café en mi casa viendo las noticias de un mundo convulsionado en el que los latinoamericanos volvíamos a amasijarnos y por la tarde aparecí en una sala de parto apretándole la mano a mi mujer mientras nuestra segunda hija asomaba la cabeza y empezaba a berrear.
leer lo que falta de: Acerca de la sonrisa regular…
Querida hija nonata: falta poco. Poquísimo, si me pongo a pensar. Las horas me pasan sobre la cabeza como flechas y se clavan en el reloj de la pared. Acá se respira un aire enrarecido y ya no se lo atribuimos a mis pedos ni al tupper lleno de coliflor. Sabemos que es ansiedad, y la combatimos como podemos. Es nuestro segundo embarazo y todavía no hemos podido superar la confusión. Como siempre, quien mejor lleva las cosas es tu madre. Hace cosas increíbles, como pensar en todo y en mí, por ejemplo. Prepara bolsos para los tres, hace llamadas para ver dónde dejaremos a tu hermana ese día, o se echa un pique hasta una casa de juguetes y compra un cosito para regalarle a Niki de tu parte. Ha leído que eso hay que hacer y lo hace. A mí me encanta cuando pone en práctica teorías. De tan metódica parece una tesis y no le discuto nada, sé que es bueno organizarse cuando todo alrededor da vueltas como si fuera una ruleta para hamsters.
Confusión.
leer lo que falta de: Carta abierta a la inminencia…
Maldigo la hora en que dije que estaba listo para el tratamiento, porque ahora tenemos en la casa un alma penitente que llora su adicción mientras nosotros bailamos un tango posmoderno entre cuatro paredes. Los días pasan como barridos luminosos, y deshojamos sin ganas el calendario de una rehabilitación fuera de control, casi sin esperanzas. A esta altura ya no sé qué vino primero, si el sueño malhumorado, la acidez o el bloqueo creativo. Tampoco me molesto en contestarme, porque desde hace quince días sólo me comunico con el mundo a través de gruñidos de distintas intensidades (un “grrrr” es sí, un “GRRRR” es no).
leer lo que falta de: Rehabilitaciones discutibles…
Cuando ya tengas edad de escupirle correos al tonto que te robará los “te extraño”, todo esto que te escribo sonará todavía más cursi que hoy, que es invierno y es un año perdido en el pasado.
leer lo que falta de: Carta a futuro…
Habiendo cumplido 33 años, sabrás que no has madurado un sorete cuando no puedas empuñar una perforadora sin pensar que se trata de un arma futurista sofisticada.
leer lo que falta de: Los miedos mínimos…
Abril es un viaje en colectivo con las ventanillas abiertas, papeles que se vuelan, estornudos como regaderas, una chica con botas que me clava el taco sin querer en el meñique mientras la armónica de Dylan se me sale por las orejas.
leer lo que falta de: Secuencias de otoño…
Ya sé, no se puede,
tan difícil es relegar las
tragedias
con nuestra pequeña
ecografía.
Y sin embargo
fémures de tiza, latidos de tambor,
las tapas de los diarios
derrumbándose
en ríos sucios
de tinta.
Ya sé, no se puede, pero
falta poco para octubre
y las alegrías son necesarias, mínimas,
indispensables.
Tenemos que aferrarnos a ellas,
aprender a cazar los autos y
los saludos en las ventanillas,
los amigos,
los amaneceres,
nuestros pasos
a la par de la sombra tijereteando el camino
cuando reflexionamos
sobre tus primeros llantos,
y la voz tuya bautizando
tantos poemas / tontos poemas.
leer lo que falta de: Acerca de las segundas gestaciones…
Setecientos días después y otra vez haciendo circulitos en las páginas de los clasificados.
Aunque sabemos que es inútil: no hemos dejado en todo este tiempo de llamar para preguntar por las casas detrás de los carteles, y con cada consulta que hacemos, parece, fomentamos el incremento de billetes sobre un precio al que ya no llegamos.
—Lo que buscan, de mil para arriba.
—Mmmm… Lo pienso y lo llamo.
Otros barrios, otras calles, la historia se repite. Deambulamos ampliando el recorrido cuando vamos a la panadería o a la farmacia, y damos amplios rodeos por calles que hace meses no transitamos.
Estamos estudiando y repasando.
Las fachadas se suceden en un calidoscopio lento y satánico. Cada tanto dejo caer el culo en una verja y apunto en mi cuaderno algún dato. Me he convertido en un detective al que no se le escapan los jardines delanteros con el pasto alto, las persianas cerradas, los papeles acumulados en los buzones, la tierra y los excrementos en las puertas de los extraños.
leer lo que falta de: Setecientos días después…
Antes de que Andy llevara mis noventa kilos de carne fofa a mil cien metros de altura, yo era de los que pensaban en el coito y el autoservice como únicas posibilidades de alcanzar un orgasmo.
Descreía, por ejemplo, de las bondades del sexo tántrico (tachándolo de “un innecesario cuento de nunca acabar”), me mofaba de quienes, inducidos por los efectos de algunas drogas, llegaban al clímax como electrocutados, y me parecía un verdadero dolor de huevos experimentar con el sadomasoquismo.
—Los orgasmos —me decía— sólo se alcanzan por frotación.
Los recesos laborales, empiezo a creer, fomentan eso: alternativas de experimentación, búsqueda de sensaciones nuevas, la perspectiva de tu ciudad vista como la ven los pájaros.
Estas semanas que nos tomamos para despejar la cabeza no incluían un vuelo en el Aeroclub de La Cumbre, para nada.
Dejo esto en claro para evitar confusiones: fui engañado como una criatura. De lo contrario, confieso, ni en pedo me hubiera subido en ese aparato. Lili, una amiga de años, lo sabía. Por eso preparó una redada con su novio, porque la ventaja corría de su lado; poca resistencia ofrece un padre que se lleva de vacaciones una muela cariada y una hija que no para de correr ni un segundo hacia todos lados.
leer lo que falta de: Diferentes clases de orgasmos…
En algún lugar de la ciudad estará ahora Chinasky.
Sólo hacen falta un descuido y una puerta mal cerrada para que la calle abra la boca y se trague a tu perro.
La ciudad tiene hambre de mascotas pequeñas. Las debe usar para minar nuestros sueños. A eso se dedica la ciudad cuando no la vemos, a sembrarnos la almohada de pesadillas con animales muertos.
Jamás me han gustado los perros. Soy chico de departamentos —diagnosticado oportunamente por un profesor de gimnasia en el patio de un colegio lejano en el tiempo—. Me pasé los primeros 26 años de mi vida encerrado en espacios pequeños, grises, con ventanas que encuadraban hileras de ladrillos color hueso. Me tomó un buen tiempo acostumbrarme a que los cielos no eran figuras geométricas caprichosas y pasaron años hasta que comprendí la posibilidad de una ventana intermediando entre mis ojos y un árbol, por ejemplo.
Los chicos de departamento sabemos que los únicos animales con los que convivimos son las cucarachas, los ratones y los murciélagos.
Un dormitorio compartido con alimañas, tres repisas dobladas por el peso de los libros, camas rengas haciendo equilibrio sobre revistas, colchones hondos que se tragaban de un bocado todos los anhelos.
La ciudad parece vengarse de mi huida hacia la tierra de los barrios periféricos y entonces me roba un perro, dejándome solo con una multitud de soretes pequeños.
Está bien. Chinasky tenía los días contados en el patio: le esperaba un trabajo de sereno en una maderera en cuanto comenzara a soñar con estacionar el pito entre las piernas de mi otra perra.
Ella, mi otra perra, se ha quedado triste. No sé si por la pérdida del amante en potencia o si por una cosa medio maternal que descubro en todas las criaturas desde que soy padre.
La miro y le digo:
—A comer.
No responde.
Yo no quería tener perros. Que algo así me pase ahora me hace sentir ridículo y de ánimo menstruante.
A los diez años, en el cuarto piso de un edificio, me hice amigo de los libros.
—¿Para qué otra cosa? —le digo a mi perra, quien persiste en su mutismo con formato duelo.
leer lo que falta de: Oda a Chinasky…
…exactamente un año, yo estaba sentado en esta misma silla, y habíamos acordado un pacto con mi chica: ante la más mínima señal, levantaríamos los bolsos, nos meteríamos al auto y mejoraríamos el tiempo de los ensayos que hicimos para llegar al hospital.
Yo había prometido recordar las tres cosas que tenía que llevar y no ponerme a observar boludeces en voz alta, tales como “¿seremos la única pareja que va camino al hospital en este momento, en esta ciudad?”.
En un año pueden pasar tantas cosas.
Sin ir más lejos, hace un año tu madre se convirtió en una mamushka y de adentro saliste vos, cosa que me pareció una de las experiencias más extrañas, una de esas cosas que no se pueden olvidar jamás.
Contrariando los pronósticos, tu llegada nos sorprendió dando vueltas como dos boludos en la peatonal, en uno de los pocos días en los que pudimos burlar el reposo absoluto.
Me prometí que no iba a soltar en este saludo cosas demasiado poéticas con respecto a tu primer cumpleaños, así que no temas, las metáforas están maniatadas y en penitencia hasta terminar.
No sé qué voy a regalarte, ya te lo había dicho antes, pero eso no me preocupa tanto como saber si recordarás algo de todos estos primeros años de fotografías y videos con el celular, de todas estas mañanas musicales, de todas estas mamaderas a la siesta que caen vencidas a un costado con la música de los títulos de los Backyardigans (unos dibujazos, increíbles, cuando seas grandes te los vuelvo a mostrar). leer lo que falta de: Y hace un año……
Nota que me pidieron para una revista y que al final no salió.
Ilustraciones: Luis Paredes

leer lo que falta de: Once meses…
Después de buscarle mucho la vuelta, dimos, de pura casualidad, con la verdad: son extraterrestres.
Una pareja, en apariencia, igual a la nuestra. Él, un gordito con un culo por cara, ella, un ama de casa postparto. Tienen una perra negra y un bebé que pronto cumplirá un año.
Se mudaron hará, no sé, ponele cinco meses, y desde entonces no cruzamos ni siquiera un saludo.
Hemos usado todas nuestras estrategias, ¿eh? No lo digo de cómodos que somos, ni de antipáticos. Para ellos nosotros no existimos, posta.
A ver. Para explicarlo mejor; cuando salimos a la puerta de casa y están afuera (viven justo al frente), ni siquiera levantan la cabeza. Hemos probado con falsas toses y estornudos, con exageradas aclaradas de garganta, y nada; salimos y ellos ni miran. Hasta tocamos mucha bocina simulando despedidas desgarradoras si uno de nosotros va hasta la panadería.
Nada.
—¿Cómo es posible? —nos preguntamos.
—¿Son sordos? —aventuré una vez.
Mi mujer se incorporó un poco de la silla para ver a través de la ventana del living. Con el labio entre los dientes negó.
—Sería mucha casualidad una familia completa de hipoacúsicos.
Era cierto. Además, una vez lo había visto a él hablando por teléfono a través de una ventana. La opción de la familia Beethoven estaba descartada.
¿Qué otras pistas teníamos? Agentes secretos, con semejante caras de nabo, no podían ser. En eso también eran igual a nosotros. Además, ¿qué agencia de espionaje les pagaría un alquiler en una casa en este barrio? A los agentes los mandan a lugares top, como los countries, me juego los huevos. leer lo que falta de: Cómo detectar a tus vecinos extraterrestres…
Ensayo de carta para ningún Cabezón en particular:
leer lo que falta de: Licencia (II)…
Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
Entradas y Comentarios feeds.
XHTML y CSS válidos.