Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré a la intimidad de la pareja”.
Por aquellos días, la repetición de estos conjuros idiotas parecía suficiente para salvarme de un futuro incierto de lustrar con el culo, una vez por semana, un diván: de verdad pensaba que el resto de los padres eran medio boludos si no podían doblegar la vigorosa resistencia de los infantes.
Antes del parto, caramba, yo era invencible.
leer lo que falta de: 600 palabras sobre las teorías paternales…
Tengo una tía que me llama muchas veces por teléfono. Es de esos familiares que recordás siempre por sus pellizcones desfigurantes en los cachetes y los besos recargados de rush de la infancia. Mi tía, desde que tengo uso de razón, me llama invariablemente para mi cumpleaños o para decirme qué es lo que tengo que escribir. Es lo más parecido a un agente literario:
—Josecito, no seas boludo —me dice—, escribite un Harry Potter o un Código Da Vinci, que te vas a llenar de plata.
En su más íntima convicción, en su fantasía sobre el mundo de la escritura, mi tía piensa que yo no me hago rico escribiendo porque prefiero estar al pedo. Para ella el camino del éxito es una línea recta de sacrificios que desemboca en un premio, trabajar sólo para triunfar.
leer lo que falta de: 900 palabras sobre los cuentos de hadas…
No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos.
En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose por una absolución contractual que por fin le dé paz a su bolsillo torturado por falta de ingresos.
A mí, la verdad, me incomoda balbucear para darle explicaciones a los extranjeros:
—No, Michael, el peor insulto no es “boludo”, es “promoción” o “descuento”.
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Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.
Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.
Nada de eso existe / realmente.
Lo dijo Ewan McGregor antes de soltar una carcajada sobre el capot de un auto que sale de un callejón de Trainspotting.
leer lo que falta de: Mil ciento sesenta palabras sobre cine…
Las chances de que una nave extraterrestre hostil se ponga a hacer sombra sobre la Torre Ángela son escasas. Ni hablar de un posible tsunami con energía suficiente para cruzar todo Buenos Aires y desparramarse más allá de la Panamericana. Por ese lado (no lo digo yo, lo dice el INDEC), el riesgo será moderado.
El fin del mundo, de acuerdo a las estadísticas pochocleras, es glamoroso y empieza barriendo París, alguna capital con mezquitas o pirámides, y termina por convertir a Nueva York en una pecera; entonces Bruce Willis fuma y rescata en helicóptero a Morgan Freeman, que hace de Obama.
leer lo que falta de: 300 palabras sobre el fin del mundo…
He coqueteado mucho con la idea de escribir una Carta abierta a los traductores perezosos, para que le saquen de una vez a Auster y a Bukowski los coños y las pollas de la boca. Y si no lo hice hasta ahora fue por falta de tiempo, no por desidia.
En mi corta carrera de lector me he dado con este fenómeno varias veces: al parecer, los latinoamericanos estamos condenados a sobrellevar el follón quilombo idiomático como podamos, porque los libros que queremos leer desembarcan en nuestro puerto con serios problemas de traducción: una muchacha adinerada es una pija; un sopapo es una hostia; los enemigos van a tomar por culo y Stephen King es un jodido cabrón.
Sobrellevé este empacho lingüístico monopólico con dignidad durante toda mi adolescencia y buena parte de mi vida adulta. De alguna manera, los de mi generación soportamos las lecturas grupales haciéndonos la idea de que protagonizábamos una versión paródica de un filme de Almodóvar:
—”¡Cógele la cabeza a esa pija y larguémonos de aquí!” —leía uno.
—Ja. Cojonudo, el culiado —contestábamos todos.
leer lo que falta de: Esas guarras traducciones…
No tengo ni a Diego ni a Natalia agregados como amigos en Facebook. Ahí están sus perfiles, brillando sin foto de avatar, con poquitos contactos cada uno; ninguno en común conmigo. En algún momento a lo largo de estos treinta y cuatro años ellos tuvieron dos hijas. Vivían en un departamento en el centro, creo que el mismo donde vi, por primera vez, una película violenta.
leer lo que falta de: Ensayo para Diego y Natalia…
Un público nuevo se come las uñas. Del otro lado de la ventanita, la partera del futuro tira de la cabeza del comunicador que iba a renovar la confianza de la gente; no sale, entonces crece la sospecha de que deberemos seguir escuchando las mismas boludeces sobre las tecnologías y las herramientas multimediales que han venido a destruir el mundo y nos están consumiendo.
leer lo que falta de: 630 palabras sobre los nuevos comunicadores…
Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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