Son cobardes porque huyen hacia las playas. Porque las copan, las apuñalan con sombrillas y se sientan a ver el mar. Son cobardes porque trepan a los autos con los bolsos zipeados en el baúl, porque pagan uno tras otro los peajes que los alejan de las noticias.
Los que nos dejan la ciudad con sus plazas insoladas y sus peatonales diezmadas, son cobardes.
Sabemos que tienen un libro en carpita sobre el pecho, que caminan en patas, que se mojan en un río. Que están del otro lado de la luna huesuda que nos flota en el cielo de acá.
Que son cobardes.
leer lo que falta de: Oda a los cobardes…
Hay bares que se destacan por el decorado, bares que son pura moza llena de tetas, bares con propuestas originales, y bares en los que lo más importante es la gente que los frecuenta.
Estos últimos son los que me gustan, después del que viene con tetas.
Estoy convencido de que el pulso de una ciudad se mide de uno y otro lado de la barra. Es lo primero que quiero ver cuando llego a algún lado: me gusta hacerles preguntas boludas a los mozos, escuchar conversaciones de otras mesas, mirar por los ventanales cómo pasan los autos.
El sábado por la noche conocí, por fin, un bar que nació de una sucesión increíble de buenas voluntades puestas al servicio de un sueño: seguir leyendo y celebrar las letras impresas que cruzan los mares en busca de sus lectores.
leer lo que falta de: Bar Orsai, borracheras de alegría…
Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó.
—La puta… —dijo después.
A su lado María se volvió para mirarlo.
—¿Viejo?
Felipe estiró un brazo para acariciarla.
—Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más.
La mujer encendió la luz, rescató su dentadura postiza que flotaba en un vaso con agua y se acurrucó sobre el brazo de su marido.
—¿Qué soñaste?
Felipe aclaró la garganta, el carraspeo resonó latoso en la habitación.
—Es muy raro —explicó—. Soñé que me drogaba.
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Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas.
Y vomitaba cada vez más seguido.
Todo eso no alcanzó. Faltaba el episodio del escalpelo, las miradas sobre los barbijos, la pausa en el entrechocar del instrumental. Entonces sí este señor puso su vida en vereda y se curó. Y ya curado se volvió la persona más aburrida sobre la Tierra.
leer lo que falta de: Variaciones sobre una ansiedad demoníaca…
Nadie recordaba quién los había bautizado “gorles”. El nombre quedó. Tenían cara de pez, ojos saltones y bocas grandes que nunca se cerraban. Eran resistentes, comían poco y sólo necesitaban agua. Se turnaban para apilar las piedras bajo el látigo que, cada tanto y con pereza, subía hacia el cielo y bajaba para marcarles la espalda.
Los bloques eran blancos y grandes, muy pesados. Había que acomodarlos sobre una mezcla que secaba rápido, por lo que la precisión y la fuerza no se divorciaban nunca.
El procedimiento se repetía mecánicamente sin interrupciones, aunque los accidentes ocurrían a cada rato. A veces las manos desnudas de los gorles, entumecidas por el esfuerzo, simplemente se abrían y la piedra aterrizaba en un ángulo poco feliz sobre el empeine o los dedos del pie.
Los que se golpeaban eran rápidamente reemplazados por miembros de otras cuadrillas que esperaban la orden.
leer lo que falta de: La inexplicable motivación de los gorles…
Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no fue una decisión controversial, el auto era un Fiat Uno y el descarte fue matemática pura.
Nuestro amigo se había radicado en tierra carioca con mucho sacrificio. Vendió sus pertenencias, juntó los ahorros y partió. Nosotros ese año iríamos a visitarlo por primera vez. Así que con gusto nos aguantamos el quilombo de nuestras parejas y empezamos a empacar. Hacerlo por el Chalo valía la pena, ellas no entendían: él fue el único con los huevos suficientes para pegar el salto y cumplir el sueño menemista y alocado de ponerse un bar a orillas del mar.
—Loco, traigan fernet, que acá no hay —pidió, emocionado, en la última llamada que nos hizo para saber cuándo llegábamos.
leer lo que falta de: Barcito frente al mar…
Quienes me conocen ya saben cuánto me alegra salir con dibujantes (todos mayores de edad, ojo). En esta oportunidad, el gran placer de compartir página con Lucas Aguirre, que tiene más pluma que un pavo real.
Y todavía más placer esto de colar un texto en el proyecto editorial más groso a nivel internacional en mi lengua: Revista Orsai, del Chiri Basilis y el Hernando Casciari. El número tres viene con todo, y si no lo reservan, una catarata de heces pestilentes les caerá sobre la testa en formato mala suerte por dejar pasar la oportunidad de ver algo bueno en forma de libro/revista.
Dénse el busto. Y apuren a reservar, que a pesar de que estoy yo, este número vuela…
Querido diario, no sé si te acordás: un día como hoy pero hace siete años, con Esteban subíamos la primera versión de Peinate que viene gente en formato digital.
Él, como otros amigos, ya no está para brindar. Sólo quedamos un puñado de lectores, este barbudo cachetón que teclea sobre tu lomo, y vos, que te las bancás. Sin Esteban —que se las apañaba como nadie para improvisar con las compus y los programas de diseño— cambiarte la cara se convirtió en un desafío que más de una vez me dejó con los ojitos en cruces, paladeando la batalla perdida.
La historia de esta gesta está bien resumida acá. No voy a ponerme reiterativo. Siete años es mucho tiempo, como un cachorro fiel has estado a mi lado en las buenas y en las malas, recostado sobre las pantuflas de mi dignidad.
Los blogs, creo hoy, son como mascotas.
leer lo que falta de: Y siete años después, yo te banco…
No sé cómo es en España o en Portugal. En el barrio de Alberdi, Córdoba, cuando vos cortás con una mina vas de frente, la sentás en un café que hay sobre la Colón, le agarrás la mano bien fuerte, le pasás unas servilletas para que se limpie los mocos, ponés cara de poker y después la llevás a la casa.
Es costumbre también que esperes a que entre y cierre la puerta. Recién entonces arrancás el auto y te tomás el buque. Podés darte el lujo de aceptar una o dos llamadas durante la semana subsiguiente, como para prestar la oreja a posteriori; fingir que estás mal también vos, que la cosa no funcionó por tu culpa, o lo que sea, cualquier cosa con tal de que el corte sea limpio como tajo de bisturí y que después no haya segundas vueltas o escenas en un supermercado o en la lavandería de la esquina.
leer lo que falta de: Un dolor de la gran puta…
Siempre he tenido una relación medio chota con las realizaciones audiovisuales vernáculas. Cuando se produce —cualquier cosa— en Córdoba parece que la premisa es no hacernos cargo de que somos, en gran medida, lo que nos devuelve el espejo.
Escuché varias veces que las empresas de Buenos Aires testean productos acá porque el público es lapidario; si no anda, te dicen:
—Es malísimo el jugo éste, che culiado.
Público jodido, el cordobés. Tierno y a veces careta. Por dentro parece que no nos bancamos nuestra idiosincrasia, el reflejo en el cristal, y por fuera vamos al hueso. Festejamos el localismo y a la vez los escritores, los músicos, los actores y los locutores hacen esfuerzos hercúleos para que no se les note la tonada. Existe una sospecha instalada (al pedo, pero está) de que todo lo que venga de afuera siempre será mejor.
En cierta forma, la comparto.
leer lo que falta de: Hacé algo que me guste, che culiado…
(Advertencia: post no apto para gente sensible).
Tengo por costumbre escribir sobre los procedimientos médicos menores a los que la Divina Providencia suele enfrentarme. Ya lo hice la vez que me volé los dientes de adelante, y en una que otra oportunidad en la que la espalda me pasó factura por tantas horas frente al monitor.
Será que tengo alma de médico frustrado (de pedo que logré inscribirme en medicina, abandoné cuando vi que había que estudiar matemática y química a rabiar), será que la relación científica que tenemos con nuestra biología me resulta morbosa y fascinante. O que tengo -dependiendo del punto de vista- algo de suerte.
Me quedé con la espina. Literalmente.
leer lo que falta de: In your face…
La Luli viene a verme. Está destrozada por lo del Beto. Me toca el timbre y la hago pasar. Es un día caluroso, tiene la cara blanca con unas ojeras de esas bien oscuras. Ha estado llorando. Nos abrazamos, nos sentamos en el sofá y destapamos unas cervezas.
—Tengo que hablar con vos, Juan —me dice.
Yo sé de qué viene la cosa. Soy el último que lo vio al Beto con vida. Y ella era la novia. Ella necesita saber.
—Vos estuviste con él ése día, contáme, por favor, necesito saber…
Le alcanzo un pañuelo y me lo llena de una mezcla babosa de mocos y lágrimas. Está destrozada. La culpa te destroza. Ya sea porque te olvidaste de darle de comer al gato y se te ahogó con un pedazo de almohadón cuando estaba hambriento, o porque a tu vieja le cortaron el teléfono que olvidaste pagar. La culpa es jodida. Pesa. La puta si pesa.
—Yo lo llamé por teléfono la noche anterior y quedamos para ir al mecánico —le digo.
Ella rompe en un llanto:
—¡Pero si el Beto no tenía auto!
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(En Barcelona, con Ian McEwan, que me persiguió para que nos sacáramos una foto.
Nunca pude decirle que no a Ian.
Me pidió que le diera saludos a Javier y a Cristina; cumplo con transmitirlos).
leer lo que falta de: No te vayas de España sin antes tomarte una foto conmigo……

No puedo creer la velocidad con la que estoy escribiendo. Voy en un tren que apenas si toca las vías, de regreso a Madrid, después de pasar un día muy bonito en Toledo.
Tenía una pequeña confusión respecto de mi horario para volver a Argentina, así que el equívoco me regaló una jornada extra e inesperada.
Después del paseo nocturno de ayer por Madrid, me estaba faltando más tierra adentro. Las calles madrileñas en los fines de semana parecen una salida de viaje de estudio para gente grande; todos derrapan. Voy en el tren pensando en eso.
leer lo que falta de: Nunca escribí tan rápido en mi vida…

Ayer me tocó hacer una inspección involuntaria por todos los sanitarios de París. Tuve la poco feliz idea de alimentarme en un mercado en el que los vendedores manipulaban los sánguches con las manos medio sucias. Terminé, como dicen las abuelas, con “descompostura de vientre”. O “desarreglo”. O “cagadera”.
Creo que ya mencioné el hecho de que en Europa no hay bidet. Lo consideran un artefacto antihigiénico. Pero lo de París es un extremo, porque ahí, además, tampoco les importa si la gente se caga encima.
Yo creo que la relación de una sociedad con sus heces define a esa sociedad, y que el sexo oral debe ser una desilusión en estas tierras.
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Anoche cené de parado en una esquina, asediado por gente sin techo que me pedía papafritas y cigarrillos. Llovía, así que me refugié bajo un alero a fumar y a pensar que todas las postales de este país eran una gran mentira.
Compré en un supermercado paquistaní un pack de cervezas y me las fui tomando mientras veía cómo la gente que regresaba al hogar se mezclaba con los que salen descontrolados y con sed de fiesta.
Cuando las latas se terminaron, volví al hotel, que está dentro de una galería. El portón estaba cerrado y flanqueaban la entrada un nutrido grupo de negros que no sabían español.
-Voy al hotel del fondo, hermano; no me la hagás tan larga, si vuplé.
leer lo que falta de: Último momento: Pagrís mejora un montón…

De no ser por la acertada intervención de María, hubiera perdido el tren, el vuelo y los estribos. Esta madrugada trotamos con el Chiri por las calles adormiladas de Sant Celoni para llegar a horario. Con paso ligero y sostenido, coqueteamos con la muerte y el asma, pero lo logramos.
Cuánta decisión en esos trancos con jadeo, cuánto compromiso coronario.
Ayer pasamos la tarde en lo de Hernán, con Korochi y con el Chiri. Nos bajamos varias pavas de mate mientras discurríamos sobre blogs, mujeres, películas, series y libros, mientras el mundo giraba fuera de la ventana con indiferencia.
La noche cayó y enseguida vinieron las pizzas, preparadas por el Gran Comequechu, que nos envió tres (una homónima que es im-pre-sio-nan-te, y una Orsai, con un quesito medio camembert que estaba para ir a buscarlo y chuparle los dedos).
leer lo que falta de: Adiós Sant Celoni y aquí tienes Pagrís, Rocamadour…
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