El que está sentado con las piernas cruzadas, riéndose como un estúpido sin saber qué decir, soy yo. La que está al frente, detrás de un escote robusto coronado por rulos suaves, es la mina más linda del colegio. Por alguna razón inexplicable ella quiere “cogerme a lo bestia, hasta que nos castigue dios”. Yo la miro e intento que no se me caiga el mentón.
Es 1993 y quiero todo, más vale: en mí hierven palabras atragantadas y erecciones infames.
Mi bragueta sin ley quiere saltar sobre las botellitas de Coca-Cola y empalarla. Escucho que me explica boludeces sobre no confundir no sé qué con el amor, pero sólo pienso en su cuerpo cayendo de espaldas al piso y rebotando con la nuca en el suelo de hormigón. En vez de un polvo, una tragedia.
leer lo que falta de: Tiempo al tiempo, chabón…
Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.
Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes).
Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios.
Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero.
Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales.
leer lo que falta de: Nosotros también evolucionamos…
No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos.
En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose por una absolución contractual que por fin le dé paz a su bolsillo torturado por falta de ingresos.
A mí, la verdad, me incomoda balbucear para darle explicaciones a los extranjeros:
—No, Michael, el peor insulto no es “boludo”, es “promoción” o “descuento”.
leer lo que falta de: Ochocientas palabras sobre la esclavitud en los tiempos modernos…
Fuente: AP
Al grito de “pero si yo ni las cogí ni las conozco”, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.
—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, profundamente conmovido por la noticia.
La carátula de la causa, según revelaron fuentes judiciales, sería: “Acaben en mi nombre” (por el juego de palabras con “acá ven mi nombre”), y tiene como principales implicados a la firma Durex y a los creativos publicitarios que lanzaron la campaña que compromete la sexualidad del joven cordobés.
Un alto directivo del registro nacional de marcas, patentes y esas cosas, en diálogo exclusivo con este medio, comentó: “las acciones legales para estos casos son vagas porque no hay mucha jurisprudencia, es sabido que el orgasmo es propiedad de quien lo alcanzó, no importa los medios utilizados a tales fines”.
Anoticiado de la circulación del producto que lleva su nombre, José puso de relieve lo delicado de la situación:
—Sé que la anorgasmia es un cuento de nunca acabar, pero de ahí a que me pongan como emblema de un polvo del que no soy responsable, hay una distancia enorme.
Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.
Me pidieron del programa radial Seguí con Rebeca una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.
Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.
No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone “Barrio: Centro”.
La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.
Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.
A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura… de manera obscena.
leer lo que falta de: Postales para Rebeca…
Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.
Después podía cruzar el alambrado y salir al camino de tierra más grande, donde los eucaliptus lo escoltarían hasta la lomada desde donde se podía ver el río.
Julia había dicho que la vista era linda. “De puta madre”.
Le dio play a su plan, saboreándolo interesante.
leer lo que falta de: Caminata con auriculares…
A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y manchas costrosas de sangre.
Debía seguir, con todo y náusea, si quería alcanzar el plomo.
Contuvo la respiración e introdujo un dedo con firmeza en el interior del orificio hasta rozar la superficie metálica y áspera. Luego los dedos fueron dos y cuando por fin la piel se rasgó con el mismo sonido que hacen los abrojos al separarse, supo que estaba cerca. El olor de la sangre flotaba como una nube ferrosa frente a sus ojos.
Con dos dedos serpenteando en la pulpa oscura, se concentró en asir la bala.
leer lo que falta de: Calibre 22…
En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.
Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero la posibilidad de subirse al potro alocado de la inseguridad y talonear los flancos hasta que sus pulsiones fueran dóciles, lo embriagaba.
La primera noche comió algo liviano y leyó hasta que los párpados comenzaron a apretar la negrura de las sierras. La silueta de los árboles se disolvía en la oscuridad y los grillos parecían haberse complotado para alejarlo de la galería.
Se puso de pie y estiró los músculos con un bostezo antes de meterse en la casa. Camino a la habitación pasó junto a la mesa del comedor y le dedicó una mirada severa a las pastillas. “Una cada ocho horas”, había dicho el Doctor Psicotrópicos.
Sintiéndose por primera vez en muchos años dueño de su propia voluntad, decidió que haría todo lo que fuera posible para evitar esas dependencias serviles. Se llevó, en lugar del medicamento, un cuchillo afilado y una vela sobre un plato.
leer lo que falta de: La premura de la decisión insoslayable…
A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.
Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.
Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.
leer lo que falta de: Posibilidad en los climas diferentes…
Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.
Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.
Nada de eso existe / realmente.
Lo dijo Ewan McGregor antes de soltar una carcajada sobre el capot de un auto que sale de un callejón de Trainspotting.
leer lo que falta de: Mil ciento sesenta palabras sobre cine…
Fue el último verano que pasó en Villa Boba. Flotaba como un sapo en la pileta municipal, lanzando chorritos con la boca mientras su nariz boyaba cerca de la línea de flotación de dos culos chismosos que comentaban:
—Y esa que está ahí es la hija. Pobrecita, con semejante madre, qué va a ser de esa chica.
Aprovechó para girar lentamente con los ojos al ras del agua y ahí, en el extremo opuesto, una morocha entraba por la escalera colgante. Uno de los culos a su lado continuó:
—¿Es borracha, la madre?
—¡Y drogada!
leer lo que falta de: Tres variaciones sobre la reputación…
Mi casa huele a geriátrico en un país caluroso: estamos haciendo que las pequeñas dejen los pañales, pero el método funciona bastante mal. No bien abrís la puerta, el olor de las meadas y los sorongos golpea como un tincazo en el pescuezo.
Lulú y Niki sonríen y se cagan agarraditas de una silla, o mientras dibujan en un cuaderno, y después salen corriendo todas embarradas por ese mundito pequeño de living con padres que las persiguen con trapos y lampazos.
El técnico del lavarropas, el cartero, el electricista, todos creen que el que anda con un sorete encallado en el bolsillo trasero soy yo, y me pasan presupuestos, me entregan cartas o me cambian de lugar los enchufes arrugando la nariz.
Deben pensar:
—Un hombre grande todo cagado, ¿cuánto le puedo cobrar?
leer lo que falta de: Resumen para los amigos que están lejos…
Ahí está la mina, parada del otro lado de la calle. Imposible no verla al salir de la oficina, hay poca gente y tiene un aire familiar. ¿Quién es? ¿Qué hace ahí? Está buena: caderas bien puestas, pinta de ir a los bifes, boquita sensual.
Es la que lo ha estado llamando a la oficina. Tres o cuatro veces por día:
—El señor no recibe llamadas si no puede decir por qué tema es —mandó a decir con la secretaria.
Pero insistió e insistió. Dijo que tenía que tratar un tema delicado.
—Un tema delicado.
Cuando por fin hablaron, él le dijo “no te conozco, no me suena tu nombre”.
Ella respondió:
—A veces me llamo Melissa, no sé si te acordás.
leer lo que falta de: Los riesgos de patear descalzo…
Las chances de que una nave extraterrestre hostil se ponga a hacer sombra sobre la Torre Ángela son escasas. Ni hablar de un posible tsunami con energía suficiente para cruzar todo Buenos Aires y desparramarse más allá de la Panamericana. Por ese lado (no lo digo yo, lo dice el INDEC), el riesgo será moderado.
El fin del mundo, de acuerdo a las estadísticas pochocleras, es glamoroso y empieza barriendo París, alguna capital con mezquitas o pirámides, y termina por convertir a Nueva York en una pecera; entonces Bruce Willis fuma y rescata en helicóptero a Morgan Freeman, que hace de Obama.
leer lo que falta de: 300 palabras sobre el fin del mundo…
La ficción es algo tan disfrutable como un masaje en los pies. Esta premisa permite que funcionen las novelas de la tarde, los bingos y las campañas electorales, materias todas que se valen de nuestra apuesta por el tal vez.
A los seres humanos nos seduce la remota posibilidad de que algo suceda: que un puñado de números que elegimos coincidan con los que escupe un bolillero, que el intendente que votamos recuerde bajar el cospel, que nos entreguen un auto a la cuota número tres. Las relaciones amorosas, claro, no son la excepción. Pensemos en el adolescente enmascarado de acné que duerme sueños agitados apostando a la secreta esperanza de que la compañerita más linda del colegio lo elija como pareja, o en la muchacha desgarbada que fantasea con el chico rebelde confesándole una pasión secreta.
leer lo que falta de: Los “manises”…
El boludo soy yo, que pedí entrevistar a Leónidas Velásquez, seducido por sus textos, por la llanura con la que mandaba a sus lectores a la mierda. Un viejo con actitud, onda Fogwill. O sea, de literatura no tengo idea, pero me empernaron en esta sección del diario por cuestiones presupuestarias y de reducción de personal y me tuve que arremangar.
Tengo pasta para las crónicas policiales, eso me gusta. Pero un día vino el jefe, puso medio culo sobre mi escritorio y dijo que ahora a mi trabajo lo iba a hacer el chico que inventaba los horóscopos.
—Necesito un punto en la sección de cultura —agregó señalándome.
Leónidas Velásquez fue lo primero que elegí leer cuando me enteré del bochornoso suceso acontecido en la presentación de su última novela. Para prepararme (quizá por aplicado, más por cagón) me comí todos sus libros en 65 horas. Todos.
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Hoy se cumplen tres años de la trágica muerte de la Chancha Galíndez. Para algunos, un triste aficionado a las putas y a la bebida blanca; para otros, los que lo conocimos, un aficionado a las putas y a la bebida blanca, pero no una persona triste.
Hoy, que su risa es un estruendo que ya no aturde, queremos recordarlo con estas humildes líneas. Y sé que hablo por todos los muchachos del Club de Amigos de Ciudad Alina. Seguimos nosotros lamentando su irreparable ausencia con el mismo pesar con que renegamos de nuestras propias siglas.
¿Adónde van los buenos hombres? Si esa incógnita nos fuera develada, sabríamos por dónde no perder el tiempo buscándote, Chancha querida.
Estamos hoy reunidos frente a la placa de mármol que nos separa de los restos mortales del compañero de juerga, del compinche infatigable, del hermano que, hábilmente, podía chuparnos el aguinaldo con la promesa de una compensación que no llegaba nunca.
¿Por qué, dios, eliges con crueldad y nos privas de la presencia de aquellos que en vida nos daban esporádicas alegrías?
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