Peinate que viene gente


Tres crueldades pasatistas

Mi hermana nació dos años antes que yo. Mis padres querían un varón y eso, creo, le complicó un poco la vida. Apenas terminó el secundario, Pili se puso de novia con un rastafari. A mi viejo lo ponía verde ver que el rasta (Gregorio, se llamaba) cayera a casa con los ojos raspados y asaltara con tanto descaro la heladera.

—¡El hijo de puta me come los fiambres! —le decía a mi vieja.

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Sin Anabell en la cama

Ya no estás, Anabell, en la orilla de la cama; ya no veo tu negro pelo cayéndote por la espalda, ni los rosados dedos de tus pies debajo de tus nalgas blancas.

Vacío quedó tu rincón, ése que a golpes de enojo la noche de anoche vi que te forjabas; me enseñaste a descreer de las bondades
de la voz baja.

Ya no estás, Anabell, en este lecho vasto y pálido que se puebla de arrugas insignificantes bajo el peso solitario de mi espalda.

Embriagadas las sábanas, testimonia la tela la ausencia desenmascarada: ya no pasean entre las almohadas tus tobillos, tu cuello, la piel que aprendí a recorrer sin prisa
mientras te amaba.

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La evolución de una enfermedad nefasta

En mis años escolares, allá por los comienzos del ochenta, contraje una afección milenaria y difícil de tratar. Se la conoce comúnmente como “alergia a los amanerados”. El síntoma por excelencia es el que te hace gritarle MARICÓN al compañerito de voz aflautada en el recreo.

Como buen enfermo crónico, aprendí a convivir con esos estornudos sin reflexionar. Los exabruptos salían en piloto automático.

Hoy, ya un poco más grandecito, sé que aquellos viejos colegios de varones (colegios homosexuales, bah) funcionaban con la mecánica selvática de las prisiones estatales: recintos testosterónicos en los que sobrevivían a duras penas los diferentes (el gordo, el petizo o el puto, por ejemplo), martirizados por el matón que se afeitaba los bigotes desde tercer grado.

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El pururú del diablo

Me gusta imaginar dos escenas en el living hipotético de la familia King. En la primera, todos arrojan pantuflas y pururú a la pantalla del tele de cien pulgadas, abucheando las adaptaciones criminales de sus libros al cine (It, La ventana secreta, o El cazador de sueños). En la segunda, todos brindan con granadina y felicitan al patriarca porque un buen libro se ha convertido en una buena película (El Resplandor, Misery, Cuenta conmigo, Milagros inesperados y Sueños de libertad).

Sus lectores somos obsesivos y estamos unidos al autor por un vínculo psiquiátrico.

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Dos historias verdaderas y una que no lo es

Alguien empezó a gritar pidiendo un médico. Eso despabiló a Carlos, que estaba medio dormido sobre la reposera. Unos segundos antes restregaba sus pies cubiertos de arena, contento de hallarse bajo la sombra de los sauces en aquella parte del río. Tras meses de guardias asesinas y sueños interrumpidos por el alboroto de las ambulancias, ese descanso serrano le venía muy bien.

A su lado, en el suelo, había un libro de histología abierto en carpa junto a un termo con agua caliente. Tuvo que incorporarse cuando entre las voces de algarabía veraniega se coló el pedido de auxilio.

Él era médico. Recién recibido, pero médico al fin.

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600 palabras sobre las teorías paternales

Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré a la intimidad de la pareja”.

Por aquellos días, la repetición de estos conjuros idiotas parecía suficiente para salvarme de un futuro incierto de lustrar con el culo, una vez por semana, un diván: de verdad pensaba que el resto de los padres eran medio boludos si no podían doblegar la vigorosa resistencia de los infantes.

Antes del parto, caramba, yo era invencible.

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On the rocks

Para buscar hielo había que subir, apoyando las manos en los muslos, hasta la casa. Estaban al final de una pendiente pronunciada, en dos sillas enfrentadas al lago, desde donde bebían contemplando el atardecer. Era una playita privada, en la superficie del agua se quebraba el reflejo de las montañas.

Felipe y el Coco, sin ganas de trepar como cabras a cada rato, se habían armado de una heladera portátil.

El cielo derramaba tonos dorados sobre la coronilla de las sierras. Frente a ellos se abría la bahía con casas repartidas a lo largo de la costa. La mayoría estaban construidas en terrenos que acababan en rampas para hacer descender las lanchas y los veleros. Felipe fue el primero que tuvo ganas de mear.

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Alguien tiene que hacerlo

El auto está detenido en medio de la noche. Bareb, al volante, mira el mundo difuso del otro lado del parabrisas. Los separan del exterior un par de arcos sucios que las escobillas dibujan sobre el vidrio, dejando un rastro grasoso de vísceras de insectos.

Brrrí, brrrá.

Con cada barrido el semáforo se funde con las luces de freno de los autos. En el asiento del acompañante va Buteler con su enfisema. Ahora que esta ceremonia vial e inútil los ha demorado en esa esquina, aprovecha para desempañar su ventanilla. Bareb se pregunta qué estará pensando el viejo Buteler que contempla las trenzas furiosas de agua corriendo paralelas a la vereda, antes de ser devoradas por las bocas de tormenta.

—Qué noche fulera —dice Buteler.

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900 palabras sobre los cuentos de hadas

Tengo una tía que me llama muchas veces por teléfono. Es de esos familiares que recordás siempre por sus pellizcones desfigurantes en los cachetes y los besos recargados de rush de la infancia. Mi tía, desde que tengo uso de razón, me llama invariablemente para mi cumpleaños o para decirme qué es lo que tengo que escribir. Es lo más parecido a un agente literario:

—Josecito, no seas boludo —me dice—, escribite un Harry Potter o un Código Da Vinci, que te vas a llenar de plata.

En su más íntima convicción, en su fantasía sobre el mundo de la escritura, mi tía piensa que yo no me hago rico escribiendo porque prefiero estar al pedo. Para ella el camino del éxito es una línea recta de sacrificios que desemboca en un premio, trabajar sólo para triunfar.

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El poeta que fumaba

Teodoro publicó un poemario en una editorial independiente y después le hicieron una nota en una radio fm antes de que se lo tragara el anonimato para siempre. “Una escritura sensual, vibrante. Y nos vamos a las efemérides”, dijo el locutor.

Ahora toco el timbre de su casa en Alta Córdoba. Soy el emisario de una tallerista que no quiere entre sus alumnos a gente que escriba “raro”. Me paga para ir a decirles que lo que hacen “no se ajusta a las políticas discursivas del taller”.

Es un trabajo cruel, pero me dan algo de dinero para viáticos y puedo acomodar las entrevistas a mi antojo.

Teodoro trabaja de mozo en un restorán de la calle Olmos y sólo puede juntarse conmigo después de las seis de la tarde. Dice que los patrones lo tienen harto y que aprovecha para tomar revancha con la sociedad “sirviendo porciones de venganza en bandeja”.

Esa declaración me causa escalofríos. Yo he comido varias veces en el restorán donde trabaja.

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Tiempo al tiempo, chabón

El que está sentado con las piernas cruzadas, riéndose como un estúpido sin saber qué decir, soy yo. La que está al frente, detrás de un escote robusto coronado por rulos suaves, es la mina más linda del colegio. Por alguna razón inexplicable ella quiere “cogerme a lo bestia, hasta que nos castigue dios”. Yo la miro e intento que no se me caiga el mentón.

Es 1993 y quiero todo, más vale: en mí hierven palabras atragantadas y erecciones infames.

Mi bragueta sin ley quiere saltar sobre las botellitas de Coca-Cola y empalarla. Escucho que me explica boludeces sobre no confundir no sé qué con el amor, pero sólo pienso en su cuerpo cayendo de espaldas al piso y rebotando con la nuca en el suelo de hormigón. En vez de un polvo, una tragedia.

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Nosotros también evolucionamos

Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.

Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes).

Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios.

Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero.

Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales.

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Ochocientas palabras sobre la esclavitud en los tiempos modernos

No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos.

En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose por una absolución contractual que por fin le dé paz a su bolsillo torturado por falta de ingresos.

A mí, la verdad, me incomoda balbucear para darle explicaciones a los extranjeros:

—No, Michael, el peor insulto no es “boludo”, es “promoción” o “descuento”.

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Escritor cordobés reclama usufructo de numerosos orgasmos femeninos que él ni enterado que provocó

Fuente: AP

Al grito de “pero si yo ni las cogí ni las conozco”, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.

—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, profundamente conmovido por la noticia. 

La carátula de la causa, según revelaron fuentes judiciales, sería: “Acaben en mi nombre” (por el juego de palabras con “acá ven mi nombre”), y tiene como principales implicados a la firma Durex y a los creativos publicitarios que lanzaron la campaña que compromete la sexualidad del joven cordobés.

Un alto directivo del registro nacional de marcas, patentes y esas cosas, en diálogo exclusivo con este medio, comentó: “las acciones legales para estos casos son vagas porque no hay mucha jurisprudencia, es sabido que el orgasmo es propiedad de quien lo alcanzó, no importa los medios utilizados a tales fines”.

Anoticiado de la circulación del producto que lleva su nombre, José puso de relieve lo delicado de la situación:

—Sé que la anorgasmia es un cuento de nunca acabar, pero de ahí a que me pongan como emblema de un polvo del que no soy responsable, hay una distancia enorme.

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Postales para Rebeca

Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.

Me pidieron del programa radial Seguí con Rebeca una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.

Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.

No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone “Barrio: Centro”.

La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.

Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.

A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura… de manera obscena.

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Caminata con auriculares

Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.

Después podía cruzar el alambrado y salir al camino de tierra más grande, donde los eucaliptus lo escoltarían hasta la lomada desde donde se podía ver el río.

Julia había dicho que la vista era linda. “De puta madre”.

Le dio play a su plan, saboreándolo interesante.

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Calibre 22

A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y manchas costrosas de sangre.

Debía seguir, con todo y náusea, si quería alcanzar el plomo.

Contuvo la respiración e introdujo un dedo con firmeza en el interior del orificio hasta rozar la superficie metálica y áspera. Luego los dedos fueron dos y cuando por fin la piel se rasgó con el mismo sonido que hacen los abrojos al separarse, supo que estaba cerca. El olor de la sangre flotaba como una nube ferrosa frente a sus ojos.

Con dos dedos serpenteando en la pulpa oscura, se concentró en asir la bala.

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