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	<title>Peinate que viene gente &#187; Breve relato</title>
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	<description>humores // culturas // escritos // misceláneas</description>
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		<title>Fuga</title>
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		<pubDate>Wed, 23 May 2012 17:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[—Démosle la bienvenida a Pam —propone el doctor. —Bienvenida, Pam —digo, sumándome al coro. Por fin me ha tocado sentarme junto a Manuela. Desde donde estoy veo sus piernas. Lleva unas sandalias verdes y las uñas pintadas de blanco. Sus pies son la alegoría del escándalo. Me inclino hacia ella con mi cigarrillo en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img style="margin-right: 15px; margin-top: 10px; margin-bottom: 5px; border: 1px dotted #cccccc;" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2012/05/espejo_belleza_escandalo.jpg" alt="" width="215" height="327" align="left" />—Démosle la bienvenida a Pam —propone el doctor.</p>
<p>—Bienvenida, Pam —digo, sumándome al coro.</p>
<p>Por fin me ha tocado sentarme junto a Manuela. Desde donde estoy veo sus piernas. Lleva unas sandalias verdes y las uñas pintadas de blanco. Sus pies son la alegoría del escándalo.</p>
<p>Me inclino hacia ella con mi cigarrillo en la mano y le pido fuego. Las uñas de sus manos también van cubiertas de esmalte. Imagino esas manos recorriéndome en la penumbra, el tintineo delicado de sus pulseras.</p>
<p>—Gracias —digo por lo bajo.</p>
<p>Somos quince. Quince almas en ronda que dirimen sus problemas.</p>
<p>Las mujeres son mi problema. El sexo es mi problema.</p>
<p><span id="more-6132"></span>—¿Querés contarnos por qué estás acá? —le pregunta el doctor a la recién llegada.</p>
<p>Pam es desabrida. Sus ojos no tienen vida. No quiero escuchar la historia de su sufrimiento, no quiero saber qué la ha llevado a recaer en nuestro círculo de sillas y dilemas.</p>
<p>—Mi padre —dice Pam. Y baja la cabeza.</p>
<p>A su lado, alguien le frota los hombros dándole fuerzas. La solidaridad de los desesperados es la única ventaja que tenemos en esta habitación sorda e indiferente. Si me lo preguntan, habría que iniciarla en nuestros encuentros apagándole un cigarrillo en la cabeza.</p>
<p>La muchacha retrae los hombros y se crispa, sorprendida por el gesto amable que le ha dedicado la persona que está a su lado. Nosotros guardamos silencio. Si hemos aprendido algo en estas sesiones, es que hay que respetar el dolor ajeno.</p>
<p>Todos estuvimos alguna vez, por primera vez, en esa silla. Allá ella. Es su problema. Yo tengo mi cigarrillo y mi fantasía con Manuela. Imagino que se quita las sandalias y le beso el esmalte de sus uñas, que mis manos trepan por sus piernas.</p>
<p>—Mi padre me hizo cosas —retoma Pam y esconde la cara entre las manos.</p>
<p>Su voz suena nasal y encajonada. No habla para nosotros, habla para ella, asombrada por cómo suena su propio secreto verbalizado.</p>
<p>Observo el resto de la habitación. En una de las paredes hay una vieja escopeta colgada y me pongo a pensar si todavía funcionará y qué ruido haría si le disparo a esta mojigata una perdigonada en la espalda. Seguro que me lo agradecería. Apuesto a que le daría las gracias a cualquiera que la saque de su miseria.</p>
<p>—Compartir nuestros sufrimientos, alivia —explica el doctor—. No te detengas.</p>
<p>Pam descubre su rostro, se limpia la nariz con una mano y nos mira.</p>
<p>—Mi padre me hizo cosas y mi madre lo sabía —suelta por fin.</p>
<p>A mi lado está el escote de Manuela. La piel de sus pechos pequeños brilla en este mediodía caluroso por debajo del collar de cuentas de piedra. Contemplo el dibujo sugerente de sus pezones abultando la tela con cada respiración.</p>
<p>Doy una pitada al cigarrillo y suelto una nube azulada que se estaciona en medio de la ronda que conformamos, girando lentamente.</p>
<p>Una vez me dijo el doctor que la contemplación del humo es parte del ritual que incorporamos con el hábito de fumar. Me encantan los hábitos. Me encanta fumar.</p>
<p>Tal vez en el descanso acompañe a Pam hasta la ventana y la empuje. No es mucha la altura, pero un buen golpe haría que cambie esa actitud derrotada y sumisa.</p>
<p>Jamás me acostaría con alguien como ella.</p>
<p>—Hay que tener mucho valor para contar estas cosas —dice el doctor—. Te agradecemos mucho que nos permitas conocer tu sufrimiento y hacerlo nuestro —agrega.</p>
<p>Todos dicen «gracias, Pamela». Yo, en cambio, digo «te amo Manuela», pero nadie se da cuenta.</p>
<p>—Quiero que esto se termine —dice Pam, desoyendo nuestras voces.</p>
<p>Ya no nos ve. Su mirada rueda sobre la geografía rugosa de los tablones de madera en el piso. La cabeza gacha, el pelo como una campana, el gesto inequívoco de los que sufren con vergüenza.</p>
<p>Nunca he sentido tanta necesidad de acabar con una vida humana como en este momento. Vuelvo a fumar. Pongo otra nube azulada en medio de la ronda y me rasco la cabeza.</p>
<p>—Que hayas venido acá es un magnífico comienzo —dice el doctor.</p>
<p>Ella levanta la vista y nos dedica una sonrisa lastimosa, imperfecta. Observo sus dientes amarillos, los cuencos oscuros donde reposan los ojos en un marco de ojeras.</p>
<p>Tal vez si le pateara la garganta se ahogaría. Un golpe seco y estaría muerta.</p>
<p>Vuelvo a mirar a Manuela. Lleva el pelo mojado. Siempre toma un baño antes de las reuniones, siempre su cabello huele a manzanas verdes y frescas.</p>
<p>Estiro mi brazo y lo apoyo en el respaldo de su silla. Manuela se vuelve y me sonríe. Los dientes más lindos de esta tierra de muertos y fantasmas, de terapias e intenciones siniestras, asoman por debajo de los labios que yo desayunaría de aquí hasta que me muera.</p>
<p>Tu boca y mi boca, Manuela.</p>
<p>—La voluntad para superar nuestros miedos es indispensable —retoma el doctor—. En este sitio, todas estas personas maravillosas que estamos acá, creemos que si a uno le faltan fuerzas, puede pedirlas prestada a los demás. Vamos a darle un aplauso de bienvenida a Pam —propone—. Mostrémosle que no está sola.</p>
<p>Todos aplauden.</p>
<p>Yo no. Yo tengo el brazo en el respaldo de la silla de Manuela y mi piel roza su blusa y la humedad de su pelo se evapora alimentando las bocas hambrientas de mis poros que claman por ella.</p>
<p>No voy a moverme de acá. Veo su perfil recortado contra la luz potente de la ventana que da a los jardines de afuera.</p>
<p>Podría correr con ella por la escalera hasta ganar la salida.</p>
<p>Fuga con Manuela.</p>
<p>Ojalá por sus venas latieran las mismas ganas que me queman; ojalá soñara recorrer estos bosques sin ropa, dejándonos acariciar por el dedo agreste de las hierbas.</p>
<p>Limpiaría sus pies descalzos con mi lengua.</p>
<p>Antes, claro, mataría a Pam. Le haría un favor a este mundo y a ella. Jamás besaría los pies de una chica como ella. Sus pies están hechos para caminar los senderos amargos de la soledad, el olvido y la intrascendencia.</p>
<p>No merece mi atención ni el aire que le llena los pulmones.</p>
<p>El doctor me mira.</p>
<p>Ha descubierto que no aplaudo, que no me interesan ni Pam ni sus problemas, que tengo la mirada perdida en un punto que no está en esta sala. El doctor ladea un poco su cabeza. Va a hablarme. Lo sé. Y yo voy a contestarle con otra mentira.</p>
<p>—¿Estás enojada, Silvina? —me pregunta.</p>
<p>—Para nada, doc —digo—. Hoy estoy muy contenta.</p>
<p>El resto del grupo enmudece y me observa. Pam me mira, Manuela me mira. Retiro el brazo del respaldo de la silla. Mi piel se divorcia de ella de manera insoportable.</p>
<p>Justo cuando siento que mi paciencia se ha estirado hasta convertirse en una línea difusa que ya no me sujeta, el doctor anuncia que haremos una pausa.</p>
<p>El grupo entero se levanta y nos mezclamos, aturdidos por el murmullo; volvemos a ser anónimos, indiferentes a nuestros problemas. Yo aprovecho para acomodarme la ropa y me dirijo a la ventana. Desde ahí el patio enorme refulge con un verdor irreal, invitándonos a explorar la tierra donde los hombres siembran las fantasías y cosechan mierda.</p>
<p>Vuelvo la vista hacia el salón y busco sus ojos. Ahí están. Ahí está esa mirada.</p>
<p>A veces todo se resume a mirar sin pestañear, o a sonreír un poco más de la cuenta.</p>
<p>Le hago señas y salimos al mundo, donde nuestros pies cruzan el patio y ganan la libertad. Finalmente hay fuga, una apuesta, pasos apremiados hacia el universo que inventamos de los labios para afuera.</p>
<p>Sorteamos la fuente, los bancos, los arbustos y nos adentramos en el bosque. El follaje tupido nos engulle, la hierba azota nuestras piernas que sin pausa nos llevan hasta un claro, donde hacemos rebotar las espaldas una y otra vez contra la corteza de los árboles.</p>
<p>Nos besamos.</p>
<p>Finalmente hay besos.</p>
<p>Besos calientes y enajenados; nos mordemos, nos apretamos, nos olemos, nos jadeamos. El doctor mete sus manos debajo de mi ropa.</p>
<p>Yo imagino que es ella, aunque no lo merezca.</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.<span style="color: #000000;"><br />
<em>Cueto publicado en el libro<br />
<a href="http://revistapeinate.com.ar/la-belleza-del-escandalo/" target="_blank">La Belleza del Escándalo</a>.<br />
Ilustración: <a href="http://boingoverso.blogspot.com.ar/" target="_blank">Pupi Herrera</a>.</em></span></span><br />
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		<title>Compra y venta, tres estrategias</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2012/05/09/compra-y-venta-tres-estrategias/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 May 2012 22:20:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Le costó convencerlo, pero al fin Vivi logró que Félix fuera a la reunión de tupper-sex. Mucho que sí, que no, pero ahí están, sentados en almohadones, con los ojos sobre el despliegue multicolor en la mesita ratona. La vendedora es rápida, inteligente, sabe leer que muchas mujeres necesitan márquetin antes de soltarse para explorar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Le costó convencerlo, pero al fin Vivi logró que Félix fuera a la reunión de tupper-sex. Mucho que sí, que no, pero ahí están, sentados en almohadones, con los ojos sobre el despliegue multicolor en la mesita ratona.</p>
<p>La vendedora es rápida, inteligente, sabe leer que muchas mujeres necesitan márquetin antes de soltarse para explorar el picor del condimento. Félix también lo sabe y la deja hablar, pero no está cómodo. Apenas si suelta una risita nerviosa, un que otro <em>sí</em> mal modulado.</p>
<p>Le disgusta el desparpajo con que la mina habla de estimulación, penetración y pliegues lubricados. Incluso se dispone a excusarse para ir a fumar afuera, cuando tocan el timbre.</p>
<p>Félix mira a Vivi. La idea de otra gente enterándose qué planean llevar y con qué fines, lo pone nervioso. Ella lo tranquiliza haciendo pendular una pinchila negra de grueso calibre frente a la cara.<br />
<span id="more-6037"></span><br />
—Pasen, chicos —le dice la vendedora al portero eléctrico.</p>
<p>—¿Quién viene? —pregunta Félix por lo bajo.</p>
<p>—No te pongas nervioso, bicho. Esto es una reunión de tupper; seguro que es otra pareja.</p>
<p>Félix traga saliva. ¿Quiénes serán? ¿Y si son conocidos? La ciudad es chica&#8230;</p>
<p>—Podría ser algún cliente de la empresa, che. No es joda.</p>
<p>Ella lo mira y le toca el mentón con el miembro venoso y negro:</p>
<p>—Si es un cliente, viene acá por la misma razón que nosotros.</p>
<p>Félix guarda silencio y se acomoda la ropa. La mujer que vende las pijas de goma se sienta otra vez frente a ellos.</p>
<p>—Ahora viene una pareja más. Siempre compran, son divinos.</p>
<p>Vivi suelta una risita nerviosa y Félix se restriega las manos. La situación ahora para él es tensa. Piensa que se está perdiendo el asado de los jueves con los amigos. Que bien podría estar frente al televisor, en pelotas, disfrutando del vientito que entra por la ventana de su habitación.</p>
<p>Pero está viendo pijas de goma y unos cositos que parecen mariposas.</p>
<p>Cuando golpean la puerta, Félix se voltea para enfrentar lo que sea que entre en la habitación.</p>
<p>El hombre tiene más o menos su edad; es alto, con pelo entrecano y viste como si recién se hubiera bajado de un yate. La mujer también es alta y lleva un vestido floreado con un escote generoso. La piel de su pecho está bronceada y entre las dos tetas rebota una letra de oro que pende de una cadenita.</p>
<p>El matrimonio avanza hacia ellos, escoltado por la vendedora.</p>
<p>Vivi se pone de pie y Félix hace lo mismo, aunque lentamente, simulando un esfuerzo sobreactuado que le permite recorrer con la vista las piernas de la mujer.</p>
<p>Le llaman la atención las rodillas armónicas y los muslos lisos y tersos.</p>
<p>El navegante sin yate se llama Horacio, y el mujerón, Analía. No intercambian más información que sus nombres de pila, pero a Félix lo sorprende la seguridad de la pareja, además de la rapidez y decisión sobre lo que hay en la mesa.</p>
<p>—Mmmmm&#8230; ¡Qué amoroso el negro! ¿Te gusta? —pregunta ella, sopesando el peceto.</p>
<p>—¿Tiene pilas? —consulta Horacio.</p>
<p>La vendedora le dice que sí. Que además, tiene un dispositivo especial que hace que se abra una cánula por la que asoma otro pequeño pene.</p>
<p>—¡Uau! —dice Analía—. ¡Viene adaptado para dos alegrías!</p>
<p>Horacio asiente como si evaluara las prestaciones de un coche de última generación. A Félix la imaginación se le dispara hacia lugares oscuros, pero no deja de llamarle la atención que el hombre no pregunte el precio. Analía aparta el peceto y lo deja sobre su cartera.</p>
<p>Vivi no ha emitido palabra, pero Félix conoce la expresión de su rostro: está entusiasmada.</p>
<p>—¿Qué más nos podés recomendar? —quiere saber Analía.</p>
<p>La vendedora despliega otros cositos. Unos sirven para poner alrededor del pene y hacer cosquillas, otros —collares de bolas rojas— son especiales para perdérselos en el culo y sacárselos uno a uno. La variedad es abrumadora. Félix imagina una sesión amatoria con todo ese quilombo de adminículos y sospecha que esta gente no tiene idea de lo placentero que es un mañanero de parado, en el baño, antes de la ducha.</p>
<p>Analía aparta para sí algunos aparatos más y los va dejando sobre la cartera. Horacio sugiere, de cuando en cuando, agregar también una bombacha con pompón, un calzón de cuero y una crema estimulante.</p>
<p>Por fin, la pareja se pone de pie y saluda amablemente. El precio exorbitante hace que Félix pestañee dos o tres veces, mientras Horacio garabatea un cheque sin chistar.</p>
<p>Cuando se van, la mirada de Vivi es clara como el agua.</p>
<p>Esa noche, mientras Horacio, Analía y la vendedora brindan con el dinero del matrimonio novato, Félix está esposado boca abajo en la cama, a merced de su mujer.</p>
<p>Ella sonríe, contenta con la bolsa grande en la mesa de luz, llena de juguetes divertidos para probar.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>2</strong></p>
<p>La chica se puso el cinturón y sacudió la palanca de cambios hacia los costados varias veces, asegurándose de que estaba en punto muerto; no le gustaba el ruido que hacían las marchas cuando entraban a contrapelo.</p>
<p>El instructor se sentó en el lugar del acompañante, se recogió el pelo con una gomita y sacó un porro del bolsillo de la camisa.</p>
<p>—¿Vos… fumás droga? —preguntó ella.</p>
<p>Era la primera salida a la calle. Atrás quedaban las horas de aula, las pruebas dentro de la playa de estacionamiento volteando conitos.</p>
<p>Ahora el motor bramaba con hambre de caminos. Todo el vehículo era una extensión mecánica y robusta de su propio cuerpo. Los dedos de su pie hundían sin compasión el pedal del embrague. El volante, lustrado por el sudor nervioso de otros principiantes, parecía ahora más rígido e indomable.</p>
<p>—Droga —dijo el instructor barriendo el aire con una mano y con el cigarrito en la otra, mientras buscaba un encendedor—. Dicho así, suena como cosa intravenosa. Esto es lo mismo que el alcohol y que el tabaco, que también son drogas pero que nadie dice nada.</p>
<p>Ella le restó importancia y giró la llave del arranque.</p>
<p>El tráfico de las nueve de la mañana se chupó el autito y la chica aprovechó para chequear los frenos.</p>
<p>—Conservá la derecha —ordenó el acompañante con voz nasal.</p>
<p>—Derecha&#8230; —repitió ella y giró el volante.</p>
<p>—La otra derecha.</p>
<p>—Oh, es que estoy un poco nerviosa.</p>
<p>El instructor le pasó el cigarro y ella dudó. El semáforo adelante se había puesto rojo. Entre sus dedos, el canuto parecía blando, húmedo y caliente. Se lo llevó a la boca, lo pitó y empezó a toser.</p>
<p>El interior del vehículo empezó a llenarse de humo.</p>
<p>—¿Abrimos un cachito la ventana? —preguntó ella.</p>
<p>—Nah, se vuela todo el humo y pega menos.</p>
<p>—Ah.</p>
<p>El porro pasó de mano en mano varias veces hasta que la luz dio verde y los autos empezaron a moverse.</p>
<p>—Me siento rara&#8230;</p>
<p>—Sí. Pero es normal. Vas a ver que tu nivel de atención empieza a subir, que no se te escapa una.</p>
<p>—Buenísimo —dijo ella antes de tocar el paragolpes del auto de adelante.</p>
<p>—No te hagás drama, es normal.</p>
<p>—¿Deberíamos parar?</p>
<p>—No. Pasalo y sigamos.</p>
<p>—Pero no tengo espacio.</p>
<p>—Metete por la derecha —ordenó él.</p>
<p>Ella lo miró y después aceleró para ganar el lugar para doblar. Las ruedas del autito subieron al cordón y un peatón tuvo que saltar para esquivarlos.</p>
<p>—No pasa nada, es normal —repitió él—. Seguí hasta la esquina y doblá en la avenida.</p>
<p>La conductora volvió a poner primera y aceleró con una sacudida. El instructor volvió a pasarle el cigarro.</p>
<p>—Estoy un poco mareada, no sé si debería.</p>
<p>—No pasa nada. A todos los conductores les doy unas sequitas para que relajen.</p>
<p>La chica chupó el cigarro una vez más y lo devolvió entre toses.</p>
<p>—¿Cuánto hace que salimos?</p>
<p>—No sé. ¿Diez minutos? ¿Viste qué loco el tiempo cuando estás&#8230; mareada?</p>
<p>Una vez sobre la avenida, el retrovisor del autito cacheteó todos los espejos de los autos estacionados, hasta que se detuvo en doble fila. Había poco espacio para bajar, así que cuando el instructor abrió la puerta, golpeó la de otro auto sonoramente.</p>
<p>Antes de bajar, le pidió que pusiera las balizas y lo esperara.</p>
<p>—Voy al quiosco a comprar una Coca; pintó la sed.</p>
<p>Ella se puso a ver la hilera de semáforos que se unían en un punto indefinido varias cuadras más adelante. No hizo caso al policía que le golpeaba con insistencia la ventanilla.</p>
<p>Como entre sueños, ensayó la conversación que tendría con el instructor para pedirle que le vendiera más de esos cigarritos.</p>
<p>Para nada la molestaba la orquesta de bocinas.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>3</strong></p>
<p>La gente que tiene cactus no nació para cuidar plantas. Lo deberían tener prohibido. En mis épocas de estudiante tenía una novia con el departamento atestado de esas macetas de mierda. Cactus chiquitos, cactus medianos, cactus con forma de pija, cactus con forma de dos pijas, etc..</p>
<p>Los tenía de todos los modelos y de todos los tamaños. Algunos, incluso, terminaban con una flor en la punta. Cuando iba a visitarla, tenía que fijarme bien dónde me sentaba.</p>
<p>Además, era muy desordenada.</p>
<p>Como al comienzo de toda relación, estos detalles resultaban pintorescos, excitantes. Pero tres semanas después de nuestra primera vez juntos, el envoltorio del preservativo abierto a dúo seguía frente al sillón. Entonces comencé a sentir una punzada lejana de incomodidad.</p>
<p>Pamela era hippie. Vale decir, sus padres tenían dinero y ella podía experimentar el hippismo desde la comodidad de un departamento propio con heladera llena.</p>
<p>Desde el primer momento en que la vi, me cautivó su discurso desfachatado. Fue en un plenario de la universidad. Yo llegaba tarde y los gritos de Pamela se escuchaban desde los pasillos de afuera. Cuando entré al recinto, una marea de alumnos colmaban los bancos y la miraban embobados; ella, de pie sobre el escritorio, los arengaba explicando la resistencia, la entrega, y con las manos se sobaba lascivamente una teta.</p>
<p>Pamela sabía besar. Lo hacía de un modo irreverente, animal. Nunca había besado a alguien así.</p>
<p>Degusté sus ósculos por primera vez en el cumpleaños de un compañero. Tras una fugaz escapada al quiosco para reponer cerveza, regresamos y me atacó en la escalera. Ocho pisos más arriba todos brindaban, y ella, entre el primero y el segundo, me estiraba el labio con los dientes hasta hacerme sangrar las encías.</p>
<p>Los besos en las escaleras no se olvidan jamás.</p>
<p>Yo siempre he sido un tipo más bien cuidadoso. En una reunión, soy el que deja el vaso en un lugar apartado, para saber que es el mío. La pasión que destilaba Pamela se veía en esas pequeñas cosas, como servirse en el primer vaso que encontrara. A mí eso me ponía incómodo. ¿Cómo arriesgarse tanto a contraer un herpes mortífero, o una hepatitis?</p>
<p>No voy a negar que aproveché esa pasión para desentramar secretos de alcoba que no olvidaré nunca: Pamela me instruyó sobre la presión justa para una caricia en la entrepierna, o el vaivén rítmico de una sucesión de embestidas calculadas, así como sobre los placeres ocultos en la estimulación de ciertas zonas reservadas sólo para necesidades fisiológicas.</p>
<p>Antes de ella, yo era de los que raspaban entrepiernas y serruchaban como epilépticos. ¡Cuánta ingenuidad!</p>
<p>Sin embargo —aprendí después—, las mujeres pasionales como ella no conocen horizontes en materia sexual. Nuestra relación cambió cuando la rutina empezó a encorsetarla. A mí me ganó la desesperación, y empecé a preguntarle cómo cambiábamos eso.</p>
<p>Un consejo: nunca preguntes algo cuya respuesta no quieras escuchar.</p>
<p>La solución que planteó Pamela fue la de incorporar a un tercero en nuestra intimidad. Yo al principio reí, pero la fantasía se instaló de manera obsesiva. Nuestra frecuencia disminuyó sensiblemente. Y ella sólo funcionaba si gritaba frases irreproducibles para convencerme.</p>
<p>Dudé mucho, pero al final accedí. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¿Qué otra mujer como Pamela se fijaría en mí?</p>
<p>Rápidamente me vi envuelto en el armado de una compleja estrategia para convencer al profesor de estadística. Era un tipo retacón, pisando los cincuenta, cuya materia —hedionda— estábamos recursando. Ni Pamela ni yo podíamos embocar un examen.</p>
<p>“Me lo voy a tener que coger, no hay otra manera de aprobar su materia”, sentenció ella un día. &#8220;Así matamos dos pájaros de un tiro, ¿no?&#8221;, dijo pasándome un mate.</p>
<p>Optamos por el plan simple: invitarlo a un falso cumpleaños. Pamela lo recibiría compungida por una supuesta pelea conmigo, motivo por el cual se habría suspendido la fiesta. Yo debía, mientras tanto, apostarme en el bar de la esquina y esperar su llamada para incorporarme y oficializar el trío.</p>
<p>Debía aguardar a que ella lo convenciera. E hice eso.</p>
<p>Y esperé. Y lo vi entrar a este hombre. E imaginé a Pamela, con sus piernas largas, vestida sólo con mi camisa, con uno de sus pezones como feta de salame asomándole entre la tela.</p>
<p>Nunca llamó.</p>
<p>Una parte de mí, que duele un poco, todavía está sentada en ese bar.</p>
<p>La otra, cada tanto, piensa en ella, casada con el pelado retacón, llevando hijitos al colegio, y loca de contenta con su nuevo teléfono celular.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
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		<title>Excursión a Villa Moriarte</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2012/02/28/excursion-a-villa-moriarte/</link>
		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2012/02/28/excursion-a-villa-moriarte/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 29 Feb 2012 02:49:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Zurita va al volante, lleva un palillo en la boca, el brazo izquierdo fuera de la ventanilla y un cigarrillo apagado detrás de la oreja. No puede fumar más, pero no parece molestarle. —¿No te dan ganas de prenderlo? —Si ya no podés, no podés y listo. Llevo este para recordármelo. La ruta principal queda [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Zurita va al volante, lleva un palillo en la boca, el brazo izquierdo fuera de la ventanilla y un cigarrillo apagado detrás de la oreja. No puede fumar más, pero no parece molestarle.</p>
<p>—¿No te dan ganas de prenderlo?</p>
<p>—Si ya no podés, no podés y listo. Llevo este para recordármelo.</p>
<p>La ruta principal queda atrás y atravesamos un sendero asfaltado que serpentea entre lomadas salpicadas de helechos. El sol muere entre los huecos de las nubes, derritiéndose en cataratas que salpican el follaje.</p>
<p>El cielo brilla en una paleta de colores irreales; una tonalidad drogona que empieza a romperme soberanamente las pelotas.</p>
<p>—Esto parece una novela, es muy deprimente —observo.</p>
<p>—Seguro preferís cachetearte el ganso en la habitación del fondo de tu casa —apunta Zurita.</p>
<p>—Toda la vida.</p>
<p><span id="more-2310"></span>Vemos aparecer el cartel de bienvenida tras una curva con lomada, cuando ya casi no hay plantas en las banquinas. El auto circula ahora sobre un camino de tierra reseca. En el arco de hierro oxidado se lee:</p>
<p style="text-align: center;">“BIENVENIDOS A VILLA MORIARTE.”</p>
<p>—Lo que me temía —dice Zurita antes de tirar el palillo por la ventana—: el lugar es una mierda.</p>
<p>Villa Moriarte parece un pueblo que se ha caído de entre las páginas de un libro para niños. El camino por el que transitamos se convierte en la calle principal que lo recorre hasta donde alcanza la vista. Sobre las veredas hay negocios con fachadas de ladrillo y madera. Destacan los carteles luminosos y estrafalarios. Lo que más nos llama la atención son los nombres.</p>
<p>De pronto me encuentro recitándolos en voz alta:</p>
<p>—“Barbería Pelumortten”; “Florería Petalostallantes”; “Tienda Golosinosa”&#8230;</p>
<p>El auto avanza despacio y yo sigo fascinado por las marquesinas:</p>
<p>—¿A quién se le ocurre ponerle nombres tan estúpidos a los negocios?</p>
<p>Zurita señala el parabrisas. Unos mil metros más adelante el camino muere frente a una iglesia. La cúpula se yergue como un dial sobre la línea del horizonte.</p>
<p>—El opio de los pueblos… —digo.</p>
<p>Mi compañera se limita a responder con un gruñido. Se le ha borrado la sonrisa y ahora los labios sellados forman una línea fina y pálida. ¿Qué hace falta para poner incómoda a una mujer como ella? Juntos hemos trabajado en algunos casos difíciles, y hemos vivido cosas que le romperían el corazón a cualquiera.</p>
<p>La he visto en acción, tiene más huevos que la mayoría de los hombres que conozco, incluido un servidor.</p>
<p>—Algo anda mal —dice—. Algo no está bien en este lugar.</p>
<p>Zurita es el tipo de mujer que desenfunda para sumarse sonriente a un tiroteo, la clase de chica que le dobla los brazos a los informantes y aplasta los cuellos de los malhechores con una bota: está hecha para este trabajo.</p>
<p>Mi compañera ausculta los negocios con recelo, aminora la marcha. Esto de voltear la cabeza a uno y otro lado sin dejar de consultar el espejo retrovisor, me da mala espina.</p>
<p>Saco el papel donde tengo anotada la dirección: “Aquarium Onitsed”.</p>
<p>—¿Para qué mierda quieren un acuario en un pueblo como éste? —digo antes de que mi compañera clave los frenos.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Miro instintivamente hacia adelante y luego a mi compañera, que se limita a señalar el techo de la “Farmacia Farmaciadora”. Observo usando la mano de visera. En el techo hay dos bultos a contraluz.</p>
<p>—¿Mirones? —aventuro.</p>
<p>—No sé. No me gusta este lugar. Podrían ser francotiradores. Nos falta el moño de regalo con el auto quieto.</p>
<p>Su preocupación me parece excesiva, pero años a su lado me han enseñado que la suerte depende, en muchos casos, del instinto para torcer el rumbo a tiempo.</p>
<p>—Zurita, el capitán dijo que en el acuario nos esperaba una tal doctora Legna. Vamos hasta allá y terminemos con esto de una buena vez. Quiero volver a la ciudad, este lugar me saca de las casillas.</p>
<p>No termino de pronunciar la frase cuando en mitad de la calle veo un ayudante de tránsito escolar que lleva una señal de Pare en la mano. Los dedos de Zurita, noto, se deslizan hacia la funda del arma.</p>
<p>El click del botón que libera la culata se escucha con claridad.</p>
<p>—¿Por qué lleva una máscara este hijo de puta? —digo, confundido.</p>
<p>El hombre esconde su rostro detrás de una careta de chancho. Estamos detenidos bajo los últimos rayos de sol, esperando que el tipo nos indique qué hacer.</p>
<p>Pasan unos segundos hasta que el enmascarado hace señas a un costado, entonces aparecen los enanos por la bocacalle de la izquierda.</p>
<p>—Van vestidos como niños —observa Zurita, extrañada.</p>
<p>Uno detrás del otro, con graciosos pantaloncitos cortos y medias blancas hasta las rodillas, algunos con remeras con volados, otros con camisitas a rayas. Unos usan sombreritos de marinero, otros, boinas de colores chillones.</p>
<p>Verlos desfilar de una punta a la otra de la calle es un espectáculo rarísimo. Paso firme y constante, una marcha militar con zapatitos de charol que levantan una mínima polvareda.</p>
<p>—Voy a bajar —digo. Pero mi compañera me detiene poniéndome la mano en el brazo.</p>
<p>—Ya terminaron, mirá.</p>
<p>Cuando el último enano aparece en la bocacalle, el ayudante de tránsito se une a la fila india y el trencito desaparece al otro lado de la calle.</p>
<p>—Me voy a tomar una cerveza del tamaño de un tambo cuando volvamos —digo en voz baja.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Detenemos el auto frente a un galpón derruido. Hay un portón de gruesos listones de madera sobre el que pende un cartel de fondo azul desteñido en el que flota el nombre del lugar:</p>
<p style="text-align: center;">&#8220;Aquarium Onitsed&#8221;</p>
<p>Mi alarma interna se dispara amortiguada por la confusión y no le hago caso. Lo que siento bien podría ser producto de un cóctel a base de curiosidad y sorpresa. Villa Moriarte es un lugar muy extraño.</p>
<p>Antes de que nuestros nudillos lleguen a la madera, el portón se abre con un chirrido.</p>
<p>Adentro la oscuridad es compacta, pero alcanzamos a vislumbrar una silueta. Zurita no ha quitado la mano del arma desde que nos bajamos del auto.</p>
<p>—¿A quién buscan? —pregunta una voz aguda, como si alguien hablara con un cepo apretándole las pelotas.</p>
<p>—La policía —responde, seca, Zurita. No se molesta en aclarar que somos detectives y todo ese rollo. Mujer de pocas palabras, las justas y necesarias para conseguir un efecto.</p>
<p>La puerta se abre por completo y la luz de la tarde barre la sombra sobre la cara.</p>
<p>Es un hombre encorvado, con la cabeza de pelo gris y ralo, como un chupetín que vive debajo de una cama. Nos mira a los dos a la vez con ojos divorciados por el estrabismo.</p>
<p>—La doctora los espera —se limita a decir. Y empezamos a seguir el cuerpo maltrecho hacia el interior del acuario.</p>
<p>Nuestros ojos demoran un par de parpadeos hasta acostumbrarse a la penumbra. Lo primero que vemos es que estamos atravesando un pasillo cuyas paredes son peceras. El agua adentro es verdosa y turbia. Algunas siluetas flotan en esa densidad como sombras. Me da la impresión de que van siguiéndonos. Me dispongo a advertirle a Zurita, cuando veo que ella todavía lleva la mano sobre la cartuchera del arma. </p>
<p>Me tranquiliza saber que la incomodidad es compartida.</p>
<p>—Es por acá —dice otra vez la vocecita aflautada antes de abrir la puerta al final del pasillo.</p>
<p>El interior es muy fresco. Una frescura de humedad hedionda que huele a pescados podridos. Ahí adentro hay más luz. Se trata de un recinto oval con algunas puertas de heladera industrial empotradas en la pared, por intervalos de cuarenta centímetros.</p>
<p>En el centro de la habitación hay cuatro camillas de metal, similares a las que se usan en una sala de autopsias.</p>
<p>La mujer está de pie entre dos de ellas. Lleva un guardapolvo blanco manchado con un líquido negruzco que refulge bajo los tubos fluorescentes. Cuando ingresamos y saludamos, se voltea hacia nosotros y se quita el barbijo.</p>
<p>Zurita se percata de que ya no avanzo.</p>
<p>Estoy petrificado, con una ceja visiblemente más arriba que la otra. Ella, previendo que algo sucede, también se detiene y me mira. Por unos instantes, nadie dice nada. Ni siquiera nos percatamos de que el hombre cabeza de chupetín abajo de la cama se ha ido.</p>
<p>Mi mente ha volado treinta años atrás, hacia la mitad de una adolescencia sepultada en el recuerdo.</p>
<p>Yo tendría quince años. Habíamos ido a pasar un fin de semana largo a la casa de mis primos, junto al lago.</p>
<p>Mi tío había trabado amistad con un matrimonio español, que cada tanto venía de visita. El hombre, alto y siempre bronceado, la mujer, tremendamente atractiva, con aires de institutriz germana.</p>
<p>Rosario, se llamaba. Y tenía las mejores piernas que yo haya visto nunca. Esa calurosa tarde de verano que compartimos me sirvió para entender que a la mujer le gustaban los deportes de agua. Se pasó toda la jornada con un chaleco, trepada en la lancha o haciendo equilibrio en los esquíes.</p>
<p>La casa estaba alejada del lago, al término de una subida empinada. Desde las ventanas de los dormitorios se podía ver la playa y la gente que disfrutaba del sol hirviente de enero.</p>
<p>Ya no recuerdo bien por qué subí. Tal vez iba a buscar algo que me habían encargado. Sólo tengo en claro el momento en el que entré por la puerta de la cocina y vi a Rosario, de espaldas a mí, enjuagando la parte baja de su bikini en el lavadero.</p>
<p>Su culo no era el de las revistas. Este era un trasero relleno y todavía firme, a pesar de las estrías que empezaban a coronarlo. Pero era un culo real, apetecible, el primero que yo veía desnudo por completo.</p>
<p>Rosario giró y me descubrió de pie en el marco de la puerta, atribulado, sin saber qué decir, con los ojos fijos en la mata de pelo entre sus piernas. La visión de sus caderas adultas era hipnótica y perturbadora.</p>
<p>Me escapé hacia la habitación con la voz embargada por la excitación, sin saber qué hacer. </p>
<p>En ese momento ella apareció en mi puerta.</p>
<p>La pieza inferior del bikini colgaba de una de sus manos y todavía goteaba. Vino hacia mí con una naturalidad pasmosa. Todavía recuerdo su cuerpo pegándose contra el mío, su voz grave diciéndome &#8220;eresh un zerdito&#8221; en el oído.</p>
<p>Esa tarde no se me olvidará nunca. La forma en que ella descubrió sus senos, la piel fría de aquellas tetas, la dureza de los pezones, el sabor salado de la piel sudorosa.</p>
<p>Y su mano tocándome. Su mano bajándome la malla y descubriendo mi erección liberada como la pata de una liebre. Su mano tocándome y los chorros blancos salpicándole el ombligo y goteando hasta sus pies.</p>
<p>—Zerdito. Eresh un zerdito.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La única explicación posible: la mujer es hija de Rosario. Pero las posibilidades son remotas. No alcanzo a comprender el parecido, la misma mujer de tantos años atrás, inexplicablemente de pie en ese acuario, en ese pueblo insólito, mirándome, tal y como lo había hecho en una tarde disuelta en el recuerdo.</p>
<p>Es Zurita la que rompe el hechizo:</p>
<p>—Somos los detectives que llamaron.</p>
<p>La mujer sonríe y nos hace señas para que nos acerquemos. Se presenta como la doctora Legna, y nos señala las camas. Hay cuerpos debajo de unas sábanas. El olor es insoportable.</p>
<p>—El primero apareció hace dos días —empieza a explicar—. Por eso llamamos a la policía de la ciudad, porque acá no hay comisarías y esto fue, claramente, un asesinato. Tuvimos que trasladarlo acá para poder refrigerarlo y que no se lo comieran las comadrejas.</p>
<p>Destapa la sábana de la primera cama y el miasma nos da un cachetazo dulzón que nos obliga a tragar saliva y entrecerrar los ojos.</p>
<p>Sobre la mesa yace el cuerpo de un hombre desnudo, de unos cincuenta años. Tiene los párpados abiertos y sobre sus ojos secos caminan algunas hormigas.</p>
<p>—Es un maestro rural que da clases del otro lado de las sierras. Lo descubrió un grupo de nuestros alumnos. El hombre estaba de pie, y lo habían rodeado de piedras. De lejos parecía un monolito.</p>
<p>Me pregunto por qué ha dicho &#8220;el primero apareció&#8221;. Entonces levanta las sábanas de las camillas restantes.</p>
<p>—A estos tres los encontramos hoy.</p>
<p>Me dispongo a revisar el cuerpo que tengo más cerca, porque, de alguna manera, la cara me resulta inquietantemente familiar. Otra alarma se dispara en mi interior, y estoy apunto de abrir la boca para preguntar algo, cuando Zurita me pone una mano en el hombro.</p>
<p>—Necesito que hablemos en privado —me hace saber.</p>
<p>Su voz suena extraña, y la veo salir de la habitación con prisa. Me disculpo torpemente con la doctora y me dispongo a seguir a mi compañera.</p>
<p>Antes de abandonar la habitación, escucho una frase que me hiela la sangre. La mujer de guardapolvo dice:</p>
<p>—Eshperaré que vuelvash, <em>zerdito</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Zurita me aguarda con la espalda apoyada en una de las peceras del pasillo. A pesar de la luz escasa, noto que su rostro está lívido.</p>
<p>—Tenemos que irnos ya —dice.</p>
<p>No sé qué contestar. En mi cabeza resuenan frases, visiones. Un puzle arremolinado que no me permite fijar la vista en un punto y concentrarme.</p>
<p>—Pero la doctora&#8230; —balbuceo—. Y el hombre de la camilla. El segundo&#8230;</p>
<p>Zurita me mira y noto con sorpresa que sus ojos brillan de humedad.</p>
<p>—Tenemos que irnos —repite—. Tenemos que llegar al auto y pedir ayuda.</p>
<p>Yo no puedo salir de mi trance:</p>
<p>—Rosario. Y el hombre, el segundo hombre&#8230;</p>
<p>La cachetada me espabila. El golpe suena metálico en el pasillo. Mi compañera, tras abofetearme, me ha puesto las manos en los hombros. Tiene los ojos fijos en mí. El temor que veo en ellos me da escalofríos.</p>
<p>—No sé cómo, no sé por qué. Creo que tampoco quiero saberlo. El primer hombre que destapó la doctora es mi padre —Zurita traga saliva—. Mi padre, que lleva muerto más de quince años, está ahí adentro, desnudo, con los ojos llenos de hormigas. Tenemos que salir de acá ahora mismo.</p>
<p>Empiezo a seguirla por el pasillo, hacia la salida, todavía confundido. Ella ha desenfundado su arma y yo no. Yo todavía intento que el sentido común no se desactive por completo, que el caudal informativo encuentre un orden y me permita pensar.</p>
<p>&#8220;Eresh un zerdito&#8221;.</p>
<p>Contrario a lo que suele ocurrir con los caminos de regreso, el pasillo en la retirada se nos antoja larguísimo, casi interminable. Noto que la humedad se ha condensado mojando el suelo que pisamos. Eso, o los estanques vidriados están perdiendo agua.</p>
<p>Apenas llegamos al portón principal, descubro que tengo mojados los zapatos y las medias.</p>
<p>Zurita se detiene antes de abrir la puerta. Recupera el aliento y se coloca el cigarrillo entre los labios:</p>
<p>—Lo que sea que nos esté esperando del otro lado de esta puerta —dice—, vamos a pasarlo por encima. No me importa si son enanos vestidos de niños, gente con máscaras, o jorobados contrahechos. Tenemos que llegar al auto, ¿está claro? Tenemos que llegar al auto, arrancar y salir de acá cuanto antes.</p>
<p>Yo asiento. Ahora sí ha llegado el turno de desenfundar.</p>
<p>Por entre las maderas del portón se cuelan espadas de sol. Es imposible, porque de acuerdo a mis cálculos, ya debería ser de noche.</p>
<p>Sin embargo el sol está ahí, del otro lado, ardiendo en un atardecer que no acaba nunca. Los goznes de la puerta vuelven a emitir un quejido lastimoso cuando Zurita empuja.</p>
<p>Mi compañera sale primero y la escucho proferir un grito. Es un sonido horrible.</p>
<p>Dudo.</p>
<p>No sé si quiero cruzar la puerta.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
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]]></content:encoded>
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		<title>Oda a los cobardes</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/12/18/oda-a-los-cobardes/</link>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 01:57:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Son cobardes porque huyen hacia las playas. Porque las copan, las apuñalan con sombrillas y se sientan a ver el mar. Son cobardes porque trepan a los autos con los bolsos zipeados en el baúl, porque pagan uno tras otro los peajes que los alejan de las noticias. Los que nos dejan la ciudad con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Son cobardes porque huyen hacia las playas. Porque las copan, las apuñalan con sombrillas y se sientan a ver el mar. Son cobardes porque trepan a los autos con los bolsos zipeados en el baúl, porque pagan uno tras otro los peajes que los alejan de las noticias.</p>
<p>Los que nos dejan la ciudad con sus plazas insoladas y sus peatonales diezmadas, son cobardes.</p>
<p>Sabemos que tienen un libro en carpita sobre el pecho, que caminan en patas, que se mojan en un río. Que están del otro lado de la luna huesuda que nos flota en el cielo de acá.</p>
<p>Que son cobardes.</p>
<p><span id="more-6045"></span>No van a tropezar con ejecutivos malhumorados, los impuestos no les van a mostrar la lengua por debajo de la puerta. Son cobardes tomando tragos con paragüitas, desayunando frutas, levantándose cuando les dé la gana.</p>
<p>Son cobardes porque nos dejan atrás, al rayo del sol, batallando las horas infernales con el último estertor del aire acondicionado. Porque en la ciudad sin vacaciones las cervezas no se enfrían nunca. Porque las parrillas no abundan para los que nos quedamos.</p>
<p>Se suben y se van. Ponen respuestas automáticas en sus correos: Ausente.</p>
<p>Cobarde.</p>
<p>La noche es un caldo en el que vibran las estrellas. Los edificios se quitan la fiebre hacia la tierra. Son cobardes porque están lejos, con cien rutas de por medio, escuchando los grillos estallar.</p>
<p>Y aunque respeto las ofertas de las agencias, el buen tino para programar con tiempo, la celeridad para poner en pausa el oficio, el yugo y la obediencia&#8230; igual. Son cobardes.</p>
<p>Se fueron. Encandilados por una nube, se fueron. A poner las ruedas del otro lado del horizonte, se fueron. Y acá los semáforos parpadean buscándolos, pero no están. Y hay una escasez atribulante de tacos altos, una paupérrima comunión de soledades.</p>
<p>Dos compañeros de trabajo que salen a flotar en la humedad una vez llenadas las planillas.</p>
<p>Pero. No estamos solos.</p>
<p>Habrá de nosotros quizá tres o cuatro por oficina. Estamos parapetados detrás de los ficheros, y vemos televisión en cueros, y dormimos destapados bajo la boca abierta de la ventana. Sudamos, puteamos, trepamos a los taxis, a los colectivos, o pagamos cocheras.</p>
<p>Y vamos.</p>
<p>A pie o en bicicleta, con el cemento hasta las rodillas, salpicando de sudor las veredas. Somos los que salimos temprano, cuando hay dos grados menos del otro lado de la puerta. Allá afuera, somos los que le ponen el pecho a la resolana.</p>
<p>Cobardes.</p>
<p>Allá ustedes, bien camuflados de turistas tras sus anteojos de sol. Disparando la cámara hacia el sanguchito del cielo, la arena y el mar. No los necesitamos, el mundo de los monitores sigue girando igual.</p>
<p>Nosotros, flambeados, seguimos igual. Ojerosos y desencantados. Prendiéndole velas al invierno.</p>
<p>Soñamos, a cada cabezazo sobre el teclado, que el mundo gira igual.</p>
<p>Los evocamos cada tanto. Vencidos por el sopor, acogotados por las camisas, los evocamos. Con una copa burbujeante —todos— tironeamos de la última hoja del almanaque.</p>
<p>Ya se viene, ya se va.</p>
<p>Y aunque no están, aunque los sentimos cobardes y lejanos, brindamos por ustedes igual.</p>
<p>Muy pronto los dados saldrán furiosos del cubilete a encontrarlos. La suerte hará una cabriola y deberán regresar. Habrán de volver sobre sus pasos: bolsos, rutas, peajes, la segunda quincena a contrapelo de la ciudad que los ve regresar.</p>
<p>Los esperaremos, en el dintel de la oficina, con la corbata floja y los ojos varicosos. Ustedes llegarán tostados y nosotros estaremos verdes. Ustedes olerán bien y nosotros no.</p>
<p>Les corresponderemos el abrazo. Les diremos que nos alegra que la hayan pasado bien.</p>
<p>Esperaremos a que suban las fotos a sus Facebooks. Después les palmearemos la espalda y nos mandaremos a mudar.</p>
<p>Hay que honrar las ruedas.</p>
<p>Las ruedas no pueden parar nunca de girar.</p>
<p>Buen fin de año, amigos de Peinate. Disfruten de este dos mil doce a estrenar. Los que ahora se quedan, que son los que después se van.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
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]]></content:encoded>
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		<title>Bar Orsai, borracheras de alegría</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2011 19:09:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Bar Orsai]]></category>
		<category><![CDATA[Carolina Aguirre]]></category>
		<category><![CDATA[Comequechu]]></category>
		<category><![CDATA[Hernán Casciari]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio Altuna]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro Mairal]]></category>
		<category><![CDATA[Tonga]]></category>
		<category><![CDATA[Xtian]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay bares que se destacan por el decorado, bares que son pura moza llena de tetas, bares con propuestas originales, y bares en los que lo más importante es la gente que los frecuenta. Estos últimos son los que me gustan, después del que viene con tetas. Estoy convencido de que el pulso de una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay bares que se destacan por el decorado, bares que son pura moza llena de tetas, bares con propuestas originales, y bares en los que lo más importante es la gente que los frecuenta.</p>
<p>Estos últimos son los que me gustan, después del que viene con tetas.</p>
<p>Estoy convencido de que el pulso de una ciudad se mide de uno y otro lado de la barra. Es lo primero que quiero ver cuando llego a algún lado: me gusta hacerles preguntas boludas a los mozos, escuchar conversaciones de otras mesas, mirar por los ventanales cómo pasan los autos.</p>
<p>El sábado por la noche conocí, por fin, un bar que nació de una sucesión increíble de buenas voluntades puestas al servicio de un sueño: seguir leyendo y celebrar las letras impresas que cruzan los mares en busca de sus lectores.</p>
<p><span id="more-5975"></span><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_0.jpg" alt="" /></p>
<p>Cuando la <a href="http://orsai.bitacoras.com/2010/09/matar-la-crisis-a-volantazos.php" target="_blank">Revista Orsai salió por primera vez</a>, fue como una ficha de dominó que no ha dejado de golpear a otras fichas, generando un fenómeno que, me juego las bolas, es el proyecto editorial más interesante de la década. La apuesta de Orsai no ha dejado de subir. Una apuesta ambiciosa pensada para los lectores, una apuesta que llegó, por ejemplo, <a href="http://twitter.com/#!/FernandezAnibal/status/127418256138051584" target="_blank">hasta el Twitter de Aníbal Fernández</a>.</p>
<p>Recomiendo mucho <a href="http://orsai.bitacoras.com/2011/10/debe-haber-sido-increible.php" target="_blank">la crónica alucinante de Hernán sobre el tema</a>.</p>
<p>Si me apurás, te digo que el crecimiento de algunas iniciativas culturales no es casual. Creo que responde a muchas necesidades encausadas en el mismo sentido. Orsai es eso, una corriente alterna, vigorosa y llena de ternura, <a href="http://orsai.bitacoras.com/2011/07/bar-mediante.php" target="_blank">que ahora tiene sucursal en Buenos Aires</a>.</p>
<p>Pero les cuento cómo me chupé en la inauguración, que va a ser menos solemne.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_13.jpg" alt="" /></p>
<p>Al comienzo dije que los bares ofrecen cosas distintas. Yo llegué a San Telmo, donde está Bar Orsai, a eso de las cuatro de la tarde; tres horas y media antes de lo que decía la invitación. San Telmo es un lugar extraño, como la nave nodriza de la que se desprenden todas las ferias de antigüedades del resto del país. Hay negocios llenos de candelabros con cositas de colores, mesas interminables dobladas por el peso de llaves y muñecas antiguas, y gente que baila tango en las esquinas.</p>
<p>Elegí sentarme en la plaza, cuadriculada de mesas y sillas que pertenecen a los bares de las calles que la rodean; Orsai estaba cerrado.</p>
<p>Nunca supe qué local era, por ejemplo, el que me trajo las cervezas. Pero sí supe que, además de la bebida y el maní, también servían palomas vivas. Jamás había visto semejante impertinencia en un ave. Apenas el mozo me dio la espalda, por ejemplo, mientras yo mandaba garguero abajo el primer trago, cayeron en picada tres bichos enormes sobre la mesa. Escuché el golpe antes de verlos, así que casi escupo la bebida del cagazo.</p>
<p>Palomas. Azuladas, cocoritas, sacando pecho.</p>
<p>Sin mediar palabra, acercaron sus picos sobre el plato y empezaron a afanarme los maníses. Me enojé y traté de espantarlas, pero sólo conseguí voltear el arreglo floral de la mesa. Volvieron a la carga. Querían el maní, estaban dispuestas a cualquier cosa. Sentí esa invasión como una ofensa, y me dispuse a combatirlas con todo lo que encontré a mano, pero no hubo caso. Cuando observé bien el brillo sanguíneo de sus ojos, desistí.</p>
<p>Pelear con animales me estresa, así que me puse a leer un libro.</p>
<p>Al quinto vaso de cerveza ya estaba muy de amigo con los bichos. Tanto, que pedí maní a propósito y se los fui tirando debajo de otras mesas, para ver cómo reaccionaban los turistas.</p>
<p>Llegué al Bar Orsai a las seis, más o menos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_14.jpg" alt="" /></p>
<p>Hacía mucho que no veía a Comequechu, así que nos fundimos en un abrazo, con la promesa de volver a medirnos en una mesa de póker donde pudiéramos ajustar viejas cuentas. También conocí a <a href="http://www.baideguei.com" target="_blank">Tonga</a>, el distribuidor por excelencia de las revistas en este lado del mundo. Tonga es también como una nave nodriza de la que salen otros distribuidores.</p>
<p>Aquí ambos posan frente a la biblioteca Orsai. ¿El foco? Bien, gracias.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_4.jpg" alt="" /></p>
<p>Seguí brindando de alegría. Había un amague de fernet que no terminaba de consumarse, así que me lo tomé con calma. Esta sería la noche de los autores que colaboramos con los cuatro números de 2011, así que no quería quedar como el boludito que andaba a cuatro patas saludando gente.</p>
<p>La noche anterior había sido el turno de los ilustradores; hubo retratos a mansalva, dedicatorias con dibujos, caricaturas, lo que se les ocurra. El comentario general era que, sin embargo, el salame fue el gran protagonista, así que esperaba ansioso la bandeja.</p>
<p>Llegó casi al mismo tiempo que Horacio Altuna, ya un habitué de <a href="http://www.facebook.com/OrsaiBar" target="_blank">Bar Orsai</a>.</p>
<p>Horacio se sentó a la mesa donde yo estaba y tuvimos una pequeña contienda para determinar quién sacaba las últimas rodajas de chacinado. Esgrimí el argumento contundente de que él había probado el embutido y yo no, así que por fin zanjamos el problema. Esta es la foto de la reconciliación:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_3.jpg" alt="" /></p>
<p>Abandoné la mesa donde estaban Cristina y Hernán, y salí a fumar al patio. Ahí tuve chance de conversar, muy poquito, con <a href="http://bestiaria.blogspot.com/2005/05/quien-es-carolina-aguirre.html" target="_blank">Carolina Aguirre</a>. Después de cruzar montañas de mails, por fin nos vimos. Fue un encuentro fugaz porque después nos perdimos en un mar de gente. Lo mismo me ocurrió con <a href="http://www.elerlich.com/autor.php" target="_blank">Bernardo Erlich</a>. Dos de las muchas razones que tengo para reincidir.</p>
<p>Conocí también a <a href="http://felicesjuntos.wordpress.com/" target="_blank">Ana Prieto</a>, que hace en el número tres una nota hermosa sobre el fenómeno Harry Potter. La pobre Ana perdió un par de billetes en la barra. Brindamos con ella y con <a href="http://pedromairal.blogspot.com/" target="_blank">Pedro Mairal</a> para pasar el mal trago.</p>
<p>En un momento vi que estábamos charlando de literatura y de cosas muy serias, así que me alegré cuando un señor bajito que pasaba por ahí nos puso un hielo en el culo a Mairal y a mí, como bien muestra la siguiente imagen:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_10.jpg" alt="" /></p>
<p>El reencuentro con el Hernando me puso contento, aunque en la misma medida me entristeció no poder verlo al Chiri. Si llegara o llegase a leer estas líneas, le dedico un &#8220;faltar es de putos&#8221;, para descargarme. Una ausencia enorme que se plasmó en las caras atribuladas de la imagen que sigue:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_2.jpg" alt="" /></p>
<p>Y si de putos hablamos, también pude charlar un rato con el gran Xtian, de <a href="http://www.putoyaparte.com/" target="_blank">Puto y aparte</a>, uno de mis blogs favoritos de Buenos Aires.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_11.jpg" alt="" /></p>
<p>La noche discurrió entre brindis y abrazos. Entre puchos y hojeadas de libros y revistas. Hernán firmó como un animal, así que entre todos tuvimos que sostenerlo para que no cayera fulminado por el cansancio. Mairal le puso un vaso de bebida fría en el hombro y otro en la mano, para calmarle los metatarsos:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_1.jpg" alt="" /></p>
<p>El fernet corría ya por la barra de manera vertiginosa. Los amigos del otro lado del mostrador son buena gente, imposible no quererlos. Acá, ponele, una foto con López y Leo, que me invitaron a conocer la trastienda:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_6.jpg" alt="" /></p>
<p>Grueso error.</p>
<p>Una vez de aquel lado, me dio mucha intriga ver cómo hacen los porteños para preparar fernet, una cosa que a todas luces sólo hacemos bien los gordobeses. López infló el pecho y me aclaró que él no tenía nada que envidiarnos.</p>
<p>—Momentito, López —le dije.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_8.jpg" alt="" /></p>
<p>Quería certificar que el proceso fuera correcto, así que estudié bien sus movimientos, sus goteos, la manera habilidosa de trabajar la espuma y la dosificación de los hielos. Increíblemente, era un buen trabajo:</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_7.jpg" alt="" /></p>
<p>Tanto así, que para el cierre de la noche yo ya tuve que sacarme, ante López, el sombrero.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/barorsai_5.jpg" alt="" /></p>
<p>Muchas otras cosas pasaron. Hubo desnudos muy cuidados, gente que se rió hasta las lágrimas, un emotivo discurso del Hernando para recibirnos a todos, y una cantidad de salame con pan galleta que te caés de orto. <a href="http://www.facebook.com/OrsaiBar" target="_blank">Vayan al Facebook y pónganle <em>Me gusta</em></a>, que es una forma de pedir más embutidos para futuras jornadas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/Imagen-013.jpg" alt="" /></p>
<p>Una gran noche, la de Orsai. Como pocas.</p>
<p>Me pasan por la cabeza postales difusas del resto de la velada. Recuerdo vagamente gente que va y viene a través de un gran angular. Conversaciones con seres que hablaban con voz de cassette a punto de perder la cinta en el estéreo.</p>
<p>Ya para mi última incursión al baño, escaleras arriba, me sentía el Dr. Xavier de los X-men.</p>
<p>En un momento, por elipsis borrachal, aparezco en el bar casi vacío, mientras el sol incendia las ventanas. Comequechu lleva días enteros sin dormir para llegar a la inauguración, tiene cara de Koala después de un parto.</p>
<p>Es hora de volver.</p>
<p>Estoy alojado en el hogar de un lector lo suficientemente generoso como para hospedarme a pesar de los ronquidos. Llego a la cama cuando el sol está alto y caliente. Antes de desmayarme, reflexiono a medias sobre lo bonito que es que una revista dé tantos premios más allá de las historias sobre sus hojas. O algo así. Estoy contento. Chupado y contento.</p>
<p>Ha sido un camino largo; puta si había que brindar por eso.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/Imagen-014.jpg" alt="" /></p>
<p><em>(Últimas dos imágenes robadas a <a href="https://plus.google.com/101490426915095074696/posts" target="_blank">César Barnes</a>)</em>.</p>
<p>Más imágenes del Facebook del bar:</p>
<p><a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_001.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_001.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a> <a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_002.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_002.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a> <a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_003.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_003.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_004.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_004.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a> <a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_006.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_006.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a> <a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_007.jpg" rel="thumbnail"><img title="Computearte" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/bar_orsai_007.jpg?w=99" alt="Computearte" width="150" height="150" /></a></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
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<span style="color: #ffffff;">.</span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Marie wanna be</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/09/28/marie-wanna-be/</link>
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		<pubDate>Thu, 29 Sep 2011 00:03:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó. —La puta… —dijo después. A su lado María se volvió para mirarlo. —¿Viejo? Felipe estiró un brazo para acariciarla. —Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más. La [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó.</p>
<p>—La puta… —dijo después.</p>
<p>A su lado María se volvió para mirarlo.</p>
<p>—¿Viejo?</p>
<p>Felipe estiró un brazo para acariciarla.</p>
<p>—Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más.</p>
<p>La mujer encendió la luz, rescató su dentadura postiza que flotaba en un vaso con agua y se acurrucó sobre el brazo de su marido.</p>
<p>—¿Qué soñaste?</p>
<p>Felipe aclaró la garganta, el carraspeo resonó latoso en la habitación.</p>
<p>—Es muy raro —explicó—. Soñé que me drogaba.</p>
<p><span id="more-5916"></span>—¿Que te drogabas? —preguntó ella con las vocales gangosas de un bostezo que se convertía en risa discreta.</p>
<p>—Sí. Es el sueño más raro que tuve en la vida —dijo, y guardó silencio mientras reconstruía los fragmentos opacos que se desprendían de su recuerdo. Por unos segundos se concentró en hundir un dedo enfundado en la sábana dentro del ombligo, como si por ahí se fugaran los detalles.</p>
<p>—¿Yo estaba en el sueño?</p>
<p>—Sí. Claro que estabas. Vos eras la que me traías la droga.</p>
<p>—Yo de drogadicción no sé nada —objetó, divertida, la mujer.</p>
<p>—Ya sé, ya sé. Pero acá hablabas con el chico de la farmacia, al que le compramos siempre las pastillas. Y vos le contabas lo que nos había dicho el médico —su mano había abandonado el ombligo para palmear con suavidad su propio pecho—, entonces el petizo, ¿cómo es que se llama el petizo este?</p>
<p>—Gonzalo.</p>
<p>—Ese. El Gonzalo te decía que había un remedio casero muy bueno para pasar los malos tragos.</p>
<p>—Estudia homeopatía, el chico, trabaja en una farmacia porque no le queda otra, pobre.</p>
<p>—Ya sé, ya sé —repuso Felipe ladeando la cabeza de un lado a otro.</p>
<p>—Bueno, dale, ¿entonces?</p>
<p>—Entonces vos le decías que no sabías, que el médico no había dicho nada de probar otras cosas, entonces el Gonzalo te explicó qué era y para qué servía el yuyo ese.</p>
<p>—¿Cómo se llamaba? —quiso saber ella.</p>
<p>—No me acuerdo. Algo parecido a la mandioca, no sé.</p>
<p>—¿Y?</p>
<p>—Bueno, la cosa es que el Martín…</p>
<p>—… Gonzalo —corrigió ella.</p>
<p>—Sí, el Gonzalo. La cosa es que el Gonzalo te vende una bolsita con los yuyos estos, y te explica cómo hay que prepararlos, cuánto hay que tomar, y esas cosas.</p>
<p>—¿Cómo hay que tomarlos?</p>
<p>—Bueno, mirá vos lo que son los sueños. Parece que a estos tenías que cocinarlos, hacer unas galletitas de chocolate amargo —contestó Felipe, contento por haber rescatado ese dato olvidado.</p>
<p>—¿Bizcochitos?</p>
<p>—Sí —dijo él todavía sonriendo—. Bizcochitos caseros.</p>
<p>—¡Qué plato!</p>
<p>—Ja. Sí. Pero eso no es todo —continuó—. Vos llegabas a casa con los yuyos y la receta y te ponías a cocinar. Yo te estaba esperando en el living y sentía el olor.</p>
<p>—¿Entonces?</p>
<p>—Era un olor raro, me acuerdo. Como a sahumerio mezclado con pasto quemado…</p>
<p>—¿Y?</p>
<p>—Bueno. Vos dejabas las cosas en el horno y te venías a sentar conmigo.</p>
<p>María mudó su cabeza hacia el pecho de su marido. Siempre le había gustado sentir el latido acuoso y profundo del corazón que bombeaba la sangre caliente de Felipe, la misma sangre que, junto a la de ella, regó las semillas que ahora van por la vida con sus apellidos.</p>
<p>Pensó en anotar esa metáfora, pero desestimó la idea cuando él prosiguió:</p>
<p>—Nos pusimos a hablar de nuestras cosas, de nuestra vida. ¿Viste las charlas que tenemos a veces a la tarde en el living? Bueno, así.</p>
<p>María sonrió y la vista se le humedeció.</p>
<p>—… y vos me traías un café irlandés, y después ibas y me traías la pipa y me dejabas fumar en el living, como si el humo no te molestara.</p>
<p>—Me molesta cuando está todo cerrado —corrigió ella, deslizando la yema de su dedo por el mentón de Felipe.</p>
<p>—Bueno, entonces nos quedábamos charlando de nuestras cosas, de lo bien que la hemos pasado en nuestra vida, de lo que significa la vejez —rememoró él.</p>
<p>—¿Seguíamos en el living?</p>
<p>—Sí. Estábamos todavía en el living y me acuerdo que caía la tarde y toda la casa parecía un calidoscopio de rayos de sol —hizo una pausa y entrecerró los ojos antes de continuar—. Y trajiste los bizcochitos.</p>
<p>—¡Qué rico!</p>
<p>—Sí. Ahora que me acuerdo, al principio tenían un sabor medio raro, como el gusto de la salsa que hacía tu vieja, ¿te acordás? Al primer bocado te parecía que habías masticado una luciérnaga, pero enseguida afloraban los condimentos y las esencias y terminaba siendo una salsa de la gran puta.</p>
<p>Ella le dio un coscorrón suave a modo de lúdica reprimenda.</p>
<p>—Y con los bizcochitos pasaba lo mismo. Al segundo bocado el gusto pesado y perfumado del chocolate se desparramaba por toda la boca y ya no podías parar —Felipe hizo una pausa antes de agregar—: me dio hambre pensar en los bizcochitos.</p>
<p>—Ahora voy a prepararte el desayuno, pero terminá de contarme primero, que la historia es muy divertida.</p>
<p>—Bueno, la cuestión era que los bizcochitos estaban hechos con la droga que te había dado el petizo de la farmacia.</p>
<p>—Gonzalo.</p>
<p>—Ese, el Gonzalo —acordó él—. Y la cosa es que la droga esta no te hacía nada al principio; o sea, te la tenías que comer y esperabas a ver qué pasaba.</p>
<p>—¿Y qué pasaba?</p>
<p>—Bueno, no me acuerdo muy bien, pero sí sé que nos terminamos la bandeja entera y en un momento estábamos los dos dándonos un beso.</p>
<p>Felipe se había vuelto para mirarla. En sus ojos brillaba una picardía infantil que a ella le despertó mucha ternura.</p>
<p>—¿Un beso cómo?</p>
<p>—Un beso de los buenos, de esos que nos dábamos cuando empezamos a salir, ¿te acordás? No nos podíamos separar, duraban como una hora.</p>
<p>La evocación hizo estremecer a María y Felipe la atrajo hacia él, envolviéndola con la sábana hasta el cuello.</p>
<p>—Me acuerdo —dijo ella.</p>
<p>—Y nos empezamos a acariciar… —agregó con los ojos cerrados.</p>
<p>—Qué lindo sueño, viejo.</p>
<p>—No termina ahí, ¿eh? Ojo; falta la mejor parte.</p>
<p>—Dale, entonces.</p>
<p>—Bueno, la cosa es que, andá a saber si por la droga o qué, nos agarraba como un entusiasmo bárbaro, y a mí me parecía que el tiempo iba más lento, como pasa siempre en los sueños, ¿viste? Pero acá no sólo que el tiempo iba lento, sino que se me habían despertado todos los sentidos, porque mientras te besaba a vos, escuchaba clarito el canto de los pájaros en el jardín, la campanilla de los carillones, la música suavecita de la radio. Era como si de repente se me hubieran destapado los oídos.</p>
<p>—Ajá —acordó ella, alentándolo a seguir.</p>
<p>—Y entonces me agarraba como un ataque de amor, <em>Bonita</em>.</p>
<p>Ese era el término que Felipe utilizaba para llamarla en la intimidad. María levantó una pierna y la entrelazó a las de su marido. La cercanía los hizo reavivar un calor aletargado que los hermanaba desde tiempos remotos.</p>
<p>—Y era como un ataque de amor que no podía esperar —continuó él—, una mezcla de ansiedad con urgencia… No sé cómo explicarlo.</p>
<p>—Te entiendo —afirmó ella.</p>
<p>—Bueno. Y yo te besaba, pero tenía los ojos cerrados y me imaginaba que estaba besando a la María que eras cuando nos conocimos, cuando éramos jóvenes.</p>
<p>—Era mucho más linda que ahora —comentó ella con pesar.</p>
<p>—No, eras distinta, pero se ve que esa imagen es la que te queda en la cabeza y que ya no se te va más. Mirá el tiempo que ha pasado y yo te digo que en el sueño te besaba y me parecía que estaba besando a la María joven que eras cuando nos conocimos.</p>
<p>—Te entiendo; ¿y?</p>
<p>—Bueno, entonces empezábamos a sacarnos la ropa y subíamos las escaleras, dejando a nuestro paso los zapatos, los pantalones, la camisa, el delantal…</p>
<p>—¿Veníamos a la pieza?</p>
<p>—Sí, veníamos a la pieza. Y cuando llegábamos acá, estábamos los dos desnudos, y nos tirábamos en la cama y no podíamos dejar de besarnos. ¡Vieras qué lindo sueño! —agregó, blandiendo una mano en alto para enfatizar la expresión.</p>
<p>—Muy lindo.</p>
<p>—Y de ahí no me acuerdo más.</p>
<p>—¿Ahí terminó?</p>
<p>—No sé, de ahí tengo como recuerdos difusos. Pero me parece que nos echamos el polvo del siglo, María.</p>
<p>Una risita nerviosa se le escapó a ella, y él aprovechó para besarle la frente.</p>
<p>—Tengo hambre —dijo Felipe.</p>
<p>—Quedate acá, voy a prepararte el desayuno, ¿qué hora es?</p>
<p>Felipe volteó la cabeza para mirar el despertador:</p>
<p>—Cinco y veinticinco —contestó—. No sé para qué carajo me despierto tan temprano.</p>
<p>María salió de la habitación y se encaminó hacia la cocina. En el trayecto recogió la ropa que había en el suelo y en la escalera. Después fue hasta el living, juntó las tazas de café, la bandeja con los bizcochitos y se dispuso a preparar el desayuno.</p>
<p>Mientras el agua hervía, guardó el resto de los yuyos en una lata vacía. Después sacó del armario, donde guardaban los medicamentos, las pastillas de Felipe y las de ella. Las acomodó en un plato pequeño junto a las tazas en la bandeja.</p>
<p>Se sentía bien y aguardó junto a la pava hasta que el agua se pobló de burbujas. La molestia de su vientre había cedido por la noche, su cabeza estaba despejada y fresca. Contempló el jardín oscurecido del otro lado de la ventana, las plantas mecidas por un aire frío de agosto, las gotas pequeñas de una llovizna desganada estrellándose contra el vidrio.</p>
<p>Pronto moriría. Su vientre acabaría por ceder y las medicinas ya no surtirían efecto. Felipe, con su Alzheimer, iría a parar a un geriátrico, abandonado a la suerte de los que estorban.</p>
<p>«Qué viejos estamos», pensó.</p>
<p>Antes de regresar a la habitación, palmeó la lata con los yuyos, y planificó un domingo sin visitas y sin teléfono.</p>
<p>Sólo ellos, rememorándose, disfrutándose, como en los viejos tiempos.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
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		<item>
		<title>Variaciones sobre una ansiedad demoníaca</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/08/18/variaciones-sobre-una-ansiedad-demoniaca/</link>
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		<pubDate>Thu, 18 Aug 2011 18:57:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas. Y vomitaba cada vez más seguido. Todo eso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas.</p>
<p>Y vomitaba cada vez más seguido.</p>
<p>Todo eso no alcanzó. Faltaba el episodio del escalpelo, las miradas sobre los barbijos, la pausa en el entrechocar del instrumental. Entonces sí este señor puso su vida en vereda y se curó. Y ya curado se volvió la persona más aburrida sobre la Tierra.</p>
<p><span id="more-4303"></span>Es sabido que a los adictos se les mueren las plantas, los bebés y las mascotas. No es noticia que la cabeza de algunos artistas de los setenta rebotan todavía con desesperación en las paredes acolchadas de los manicomios a la espera de un jeringazo que les arrulle las venas. Tampoco nos asombra escuchar cómo se licuan el hígado con vinos agrios los veteranos de guerra.</p>
<p>Pero poco se dice del aburrimiento fatal que aguarda a la salida del infierno, cuando los recuperados amanecen frescos como una lechuga. Nadie habla de quedar limpios como una mañana de primavera y así tener que batallar las adversidades sin una pizca de ayuda.</p>
<p>Este señor, por ejemplo, cuando tomaba, era un tipo alegre, locuaz, entrañable. La magia brotaba y su corazón vibraba al ritmo de los desafíos; era magnánimo, resistente, tenaz. Tenía las bolas bien puestas.</p>
<p>Ahora es una sombra quejosa que echa de menos el valor, que debe esforzarse todo el tiempo para alejar las tentaciones y los demonios.</p>
<p>Los velorios, los cumpleaños, las misas y las rebajas de sueldo: todas excusas perfectas para cachetear la botella, poner a rodar dos hielos en el fondo de un vaso y hacer que las penas vayan a morir moño abajo.</p>
<p>Un vicio es la respuesta a cualquier pregunta, la anestesia, la gloria y la infamia.</p>
<p>Este señor era de los que podían anclarse una semana frente a las <a href="http://www.bonusrating.com/es/slots/">tragamonedas</a>, de los que fumaban hasta el asma en las sobremesas, de los que comían lo suficiente como para arañar el pre infarto. Como todo médico, intuía que el problema venía de familia. Y lo tranquilizaba imaginar un gen saltando de polvo en polvo que predispone a buscar refugio en la pérdida de los frenos inhibitorios.</p>
<p>Si era así, no había nada que hacer.</p>
<p>Su bisabuelo terminó atado a una cama, insultando a sus hijos porque no querían ponerle una damajuana en vez de un urinal. El pobre viejo —consta en relatos familiares—, comenzó con las medidas discretas de fernet (puro y digestivo) antes de la siesta. Para cuando quiso apretar el freno, ya tenía la habitación invadida de elefantes rosados.</p>
<p>Su hijo —el abuelo del señor del escalpelo— corrió suerte parecida: tras ganar una fortuna con el PRODE, puso billete por billete en el mostrador de un casino, donde le cambiaron un futuro promisorio por fichas de colores que se agotaron minutos antes de que lo pusieran, de una patada, en la calle.</p>
<p>Este señor se consuela paladeando el aburrimiento monacal, sintiéndose un vegetal soso. Duerme, come, caga, lee, y lleva una vida sin adrenalina, en una llanura de mierda. Pero bien.</p>
<p>El andamiaje de su estabilidad, sin embargo, peligra.</p>
<p>Decide que cuanto más lejos de los destilados y los fermentos, mejor. Que tiene que beber mucha agua, dar paseos reflexivos por las granjas de rehabilitación, ir a terapias grupales, llorar frente a psicólogos inexpresivos, leer testimonios de otros alcohólicos y aceptar, con resignación impávida, que el resto de su vida será un parque yerto en invierno.</p>
<p>De nada serviría el compromiso para recuperar su familia si trocaba un mal por otro, ergo: nada de casinos, de cigarros ni de drogas. Dieta mental. Trescientos sesenta y cinco días llevando a la carga cien kilos de ingratitud rehabilitada.</p>
<p>El señor cumple una condena pasiva y silenciosa.</p>
<p>A veces, mientras su mujer corta los tomates, la mente se le escapa hasta una tarde imaginaria frente al mar, donde se ve a sí mismo con una cerveza en la mano. La lata transpirada parece más real que el ruido de la pelota rebotando en el patio. Los bordes del metal brillando bajo la luz del ocaso son reales, los colores intensos como el sabor que el paladar anticipa, fantásticos. Y mientras su mujer le comenta algo sobre la tensión arterial, el señor sonríe y la besa en un acto mecánico.</p>
<p>Ese beso es la continuación de lo que hace en su fantasía al estirar los labios para recibir el trago.</p>
<p>El sabor —la ausencia de sabor— está ahí, amargo y áspero, latiendo en un descenso intenso, con burbujas enloquecidas reventándose sobre las encías, con la catarata espumosa que baja por el garguero.</p>
<p>Ahora el señor come. Más que antes. Compra chocolates, caramelos, chupetines. De pronto se descubre entrando en el espejo de un ascensor, vestido con ropa formal y haciendo girar un palito blanco entre los dientes. Se ve grandote, desproporcionado, como fuera de registro; las mangas del saco hasta los nudillos, el nudo de la corbata prieto, los pantalones con la cintura para dos personas.</p>
<p>El señor gana giba y culo mientras va acercándose —inexorablemente— a un futuro de bastón y pañales, a un mañana con hijos indiferentes y enfermeras lavándole las bolas con desgano.</p>
<p>Comprende bien que fue demasiado cuando los tragos de la medianoche comenzaran a madrugar con él antes del trabajo. Pero.</p>
<p>Sabe que debió haber parado aquel día en que se encontró a sí mismo exprimiendo limones para vermut en lugar de naranjas para el desayuno. Pero.</p>
<p>Lo mortifica el recuerdo de los embates de su mujer pateando botellas vacías y amenazándolo con irse con los chicos. Pero.</p>
<p>Recuerda cuando desde el sofá (o desde la alfombra, o desde el piso del baño, o desde cualquier lugar adonde amaneciera luego del cachetazo del bourbon), se excusaba restándole gravedad al asunto:</p>
<p>—Tengo todo bajo control, sólo estoy pasando un momento complicado.</p>
<p>Pero.</p>
<p>Entonces decide espantar a los fantasmas con la llama del deporte.</p>
<p>El señor va y contrata un entrenador personal. La gimnasia —se ha cansado de recetarla— soluciona muchas cosas. También comienza una dieta.</p>
<p>La primera semana el cuerpo se resiste y de los músculos parecen brotar navajas. Siente, por primera vez en mucho tiempo, que algo entre la piel y el hueso empieza a cobrar vida. Le duelen lugares olvidados, articulaciones dormidas, colgajos firmes por años.</p>
<p>A la segunda semana empieza a correr. Primero son pasos rápidos, con el entrenador a su lado obligándolo a mantener la respiración equilibrada. El entrenador es fornido, rebosa salud. Él, en cambio, es un terremoto de adiposidades.</p>
<p>El señor se esfuerza. Lleva toallas alrededor del cuello, compra ropa deportiva y se ajusta todavía más la dieta.</p>
<p>La mujer le sugiere redoblar la apuesta, y el entrenador personal, una semana más tarde, empieza a buscarlo a las siete de la mañana por su casa. La mujer, con instrucciones del deportista, prepara desayunos frugales. El señor, después de ingerirlos, empieza a correr.</p>
<p>Los paseos son cada vez más largos. En todos y cada uno de ellos se siente desfallecer. Y sólo entonces el entrenador lo deja descansar antes de pasar a trabajar las abdominales. Es un proceso tortuoso, pero en breve comienza a ver los resultados. Vuelve al hospital. Retrocede un par de huecos en el cinturón. Lleva los pantalones y el saco al sastre.</p>
<p>Después se inscribe en un gimnasio. Con la ayuda del entrenador, arma un plan progresivo para deshacerse de la flacidez. Ejercicios con los brazos, las piernas, la espalda. Un día, los músculos chicos. Al día siguiente, los músculos grandes. La grasa truca en fibra dentro del cuerpo. El corazón responde bien. El sudor se lleva los vestigios del sedentarismo. La tos va limpiando con esfuerzo los pulmones empetrolados.</p>
<p>Pide más repeticiones. Estudia con entusiasmo el número que semana a semana va decreciendo en la báscula. Tiene la primera erección y puede verla sin ayuda de un espejo. No es una erección de piedra, pero es la primera que tiene en meses. El pene late en casi toda su extensión, asomando por debajo de la riñonera de grasa. Se entusiasma. Se exige con más ejercicios. Incorpora pelotas, palos, poleas. Toma té. Mucho té.</p>
<p>El señor, al cabo de un año, es otra persona. Ahora corre a la par del entrenador. Ahora usa remeras ajustadas. Ahora algunas mujeres le devuelven la mirada en los semáforos.</p>
<p>Una mañana el entrenador le avisa que no podrá buscarlo. El señor se viste de gimnasia lo mismo. Desayuna frutas y queso. Le da un beso a su mujer, se cuelga la toalla alrededor del cuello y sale de la casa.</p>
<p>El asfalto se convierte en césped al llegar a un parque. Corre ligero, inhalando un aire fresco y revitalizante. Ve pasar a la gente a su lado y se siente bien. Ve a dos borrachos amanecidos en un banco, pasándose una botella de plástico, y corre más fuerte.</p>
<p>Siente que cada zancada lo pone un poco más lejos de ese lugar sombrío que antes creía un refugio.</p>
<p>Como médico que es, sabe exactamente qué está ocurriendo en el interior de su cuerpo. Avanza imaginando la sangre fluir velozmente intercambiando células. Imagina que sus pulmones queman impurezas, que sus músculos rebalsan de ácido, que las células grasas se desprenden para morir en los riñones y en el hígado.</p>
<p>A mitad del recorrido pautado, pisa una piedra. El pie se le tuerce y cae. No es una caída aparatosa, puesto que también ha ganado destreza. Se incorpora, se sacude la tierra y se acerca a una calle, rengueando, para pedir un taxi.</p>
<p>En todo el viaje de regreso ve por la ventanilla los edificios. Piensa en la gente dentro de ellos, en las vidas de todas las personas, en las experiencias.</p>
<p>Imagina lo que sentirán las putas al abrir las piernas. Imagina el valor necesario para que un policía se interne en un barrio peligroso.</p>
<p>Llega a su casa sintiéndose bien, pensando en usar hielos envueltos en una venda para cubrir el tobillo.</p>
<p>Abre la puerta. Los encuentra.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span></p>
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		<title>La inexplicable motivación de los gorles</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/08/11/la-inexplicable-motivacion-de-los-gorles/</link>
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		<pubDate>Thu, 11 Aug 2011 23:13:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Nadie recordaba quién los había bautizado &#8220;gorles&#8221;. El nombre quedó. Tenían cara de pez, ojos saltones y bocas grandes que nunca se cerraban. Eran resistentes, comían poco y sólo necesitaban agua. Se turnaban para apilar las piedras bajo el látigo que, cada tanto y con pereza, subía hacia el cielo y bajaba para marcarles la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nadie recordaba quién los había bautizado &#8220;gorles&#8221;. El nombre quedó. Tenían cara de pez, ojos saltones y bocas grandes que nunca se cerraban. Eran resistentes, comían poco y sólo necesitaban agua. Se turnaban para apilar las piedras bajo el látigo que, cada tanto y con pereza, subía hacia el cielo y bajaba para marcarles la espalda.</p>
<p>Los bloques eran blancos y grandes, muy pesados. Había que acomodarlos sobre una mezcla que secaba rápido, por lo que la precisión y la fuerza no se divorciaban nunca.</p>
<p>El procedimiento se repetía mecánicamente sin interrupciones, aunque los accidentes ocurrían a cada rato. A veces las manos desnudas de los gorles, entumecidas por el esfuerzo, simplemente se abrían y la piedra aterrizaba en un ángulo poco feliz sobre el empeine o los dedos del pie.</p>
<p>Los que se golpeaban eran rápidamente reemplazados por miembros de otras cuadrillas que esperaban la orden.</p>
<p><span id="more-3423"></span>El carro, tirado por un caballo escuálido, aguardaba bajo la sombra mezquina de un árbol. Era el transporte hacia la ciudad; en él partían los que se rompían los huesos o se abrían la carne.</p>
<p>Pero el mayor inconveniente para los gorles no eran los bloques, sino los muchachotes de la barriada que comenzaba del otro lado del río. Eran hombres corpulentos, mozos de carga muchos de ellos, que luego de jornadas criminales volvían a sus casas con las camisas arremangadas a emborracharse con violencia. Y no les gustaba lo que ocurría del otro lado del río donde sus mujeres lavaban la ropa.</p>
<p>A los hombres les molestaba el muro tanto como los monstruos pálidos y resbalosos que hacían la tarea.</p>
<p>Y el muro crecía igual, indiferente al odio irracional. Y los gorles se limitaban a ir de aquí para allá con sus espaldas dobladas cargando las piedras, en silencio.</p>
<p>Otra ventaja: los gorles rara vez hablaban.</p>
<p>A los hombres les gustaba odiarlos, eso le daba sentido a sus vidas. Detestaban los ruidos que hacían los gorles, los taparrabos que usaban, las canciones sincopadas e infantiles que entonaban para eludir la monotonía de la tarea.</p>
<p>A veces uno de los mozos de carga se paraba en la orilla opuesta del lecho y comenzaba a insultarlos.</p>
<p>Los gorles tenían órdenes de no responder, pero la provocación los ponía belicosos, a pesar de que no entendían el idioma. Entonces cada tanto alguno dejaba caer la piedra y descendía gruñendo por la pendiente suave hasta el lecho barroso. Y el mozo de la orilla opuesta se desprendía la camisa y también bajaba.</p>
<p>Los combates captaban la atención de todos, porque se esgrimían técnicas y artimañas antagónicas. El resto, desde orillas opuestas, alentaba a los representantes de cada bando.</p>
<p>Los mozos de carga eran hábiles pugilistas que enseguida se llevaban los puños al mentón y se ponían en guardia. O, cuando estaban ya muy borrachos, simplemente saltaban sobre el adversario para tumbarlo. Los gorles se limitaban a resistir los golpes que sonaban como palazos sobre un tambor, hasta que se presentaba la oportunidad de rodear al mozo con los brazos y así asfixiarlo o fracturarle el espinazo.</p>
<p>La pelea terminaba cuando alguno de los dos contrincantes ya no podía levantar la cabeza del barro. Los gemidos, las patadas y los insultos retumbaban desde el corazón cenagoso del riachuelo.</p>
<p>A veces había mordidas. Merced a que los mozos peleaban borrachos, resistían más, eran indiferentes al dolor de las quebraduras, a los ojos fuera de las cuencas, a los dientes que acababan rodando calientes y resbalosos sobre la lengua tras un codazo.</p>
<p>Cuando la pelea terminaba, un par de miembros del grupo perdedor recogía al muerto y lo llevaba hacia el caserío o hacia el carro, dependiendo del bando. Después los mozos retrocedían y se quedaban jadeando en la puerta de sus casas y los gorles volvían a la obra y al látigo, como si nada hubiera ocurrido.</p>
<p>Para la construcción del muro se conseguían mejores resultados atacando la hilera en grupos de tres: mientras dos gorles iban en busca de los bloques que descansaban en una pila irregular, el otro removía la mezcla gris con una pala.</p>
<p>Un montículo de arena en forma de volcán en miniatura contenía en su interior la amalgama en su punto justo de humedad. Cuando los dos cargadores se aproximaban, el tercero recogía una porción chirle y la depositaba sobre las piedras que ya había colocadas. Luego sus compañeros llegaban hasta la hilera y posaban el bloque con suavidad mientras, entre los tres, revisaban que la piedra no moviera el hilo que había tensado sobre la fila.</p>
<p>Cuando caía la noche, los gorles dormían apiñados, formando un plafón de cuerpos pálidos entreverados. A la luz de las antorchas se podía apreciar la respiración entrecortada.</p>
<p>Del otro lado del río, los mozos cantaban y se burlaban. Les parecía una afrenta que los gorles no intentaran escapar, que se entregaran con tanta pasividad al sueño.</p>
<p>Sospechaban que sólo aguantaban el tormento de la tarea para, de vez en cuando, bajar al lecho del río para medirse con ellos.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span></p>
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		<title>Barcito frente al mar</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/07/28/barcito-frente-al-mar/</link>
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		<pubDate>Thu, 28 Jul 2011 15:07:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo al Chalo; nuestras novias no viajaron porque en el auto no había más lugar. Eran ellas o las cajas de fernet. Para nosotros no fue una decisión controversial, el auto era un Fiat Uno y el descarte fue matemática pura. </p>
<p>Nuestro amigo se había radicado en tierra carioca con mucho sacrificio. Vendió sus pertenencias, juntó los ahorros y partió. Nosotros ese año iríamos a visitarlo por primera vez. Así que con gusto nos aguantamos el quilombo de nuestras parejas y empezamos a empacar. Hacerlo por el Chalo valía la pena, ellas no entendían: él fue el único con los huevos suficientes para pegar el salto y cumplir el sueño menemista y alocado de ponerse un bar a orillas del mar. </p>
<p>—Loco, traigan fernet, que acá no hay —pidió, emocionado, en la última llamada que nos hizo para saber cuándo llegábamos. </p>
<p><span id="more-5806"></span>Y si el Chalo decía que en todo Brasil no se conseguía nuestra bebida, entonces estábamos ante un dilema. </p>
<p>—Esa caipiriña es una cagada —decía Lucio mientras embutía cajas de fernet en el baúl del Uno—, te da acidez, te mareás. Nada como un fercho con Coca: bajativo, noble, regulador —enumeraba.</p>
<p>Lucio, además de temperamental, era el dueño del auto, así que no le discutíamos nada. A mí se me ocurrió preguntar adónde pondríamos los bolsos, y ahí nomás se encargó de aclararme el panorama: </p>
<p>—¿Qué bolsos, boludo? Allá lo único que necesitás son chancletas y una malla, todo el mundo anda en pelotas, los brasileros se la pasan bailando y culeando, de pedo que se calzan una zunga si van a misa. </p>
<p>No quise averiguar nada más porque entendí que el entusiasmo que nos embargaba superaba la racionalidad de los detalles, de la preparación minuciosa. Sólo una cosa importaba, y era que pudiéramos saciar nuestra sed de justicia y equidad para con el compañero deportado, que no tenía el fernet que abundaba acá. En esa ecuación no había lugar para bolsos con camisas planchadas ni para novias encaprichadas. Lo nuestro, entendimos en algún punto, era una epopeya: llevarle al pobre Chalo un pedazo del país que había dejado atrás. </p>
<p>—No es fácil cruzar la frontera con todo este botellerío —apuntó el Tutuca—. Hay controles, hay mucho milico, hay mucha coima.</p>
<p>A mí la idea de largarme a traquetear rutas calurosas para llegar a un país en el que nadie habla mi idioma me parecía una locura, pero al mismo tiempo me contagió la excitación aventurera del grupo, y un martes por la mañana cerramos como pudimos el baúl, bajamos los vidrios y nos fuimos a la mierda. </p>
<p>El plan consistía en ir rotando a los conductores, para que Lucio no se cansara. De acuerdo a sus cálculos, se bancaba manejar hasta la frontera, donde cedería el asiento al Tutuca, que se moría de ganas por probar el auto. El Tutuca era el más tuerca de los cuatro, el que compraba religiosamente las revistas donde salen los modelos nuevos y hacen un test comparativo entre motores, confort y precio.</p>
<p>—Este es un autazo —decía—, motor 1.4, mucho pique, caja de quinta. Es estable en recorridos cortos y…</p>
<p>—No te lo va a prestar —lo interrumpía el Gato—, no le chupés la pija, que no te lo va a prestar. </p>
<p>Durante todo el trayecto fuimos haciendo willy con las gomas traseras exigidas por el peso de las cajas. En algunas estaciones de servicio tuvimos que bajarnos y dejar el auto a la sombra para que se enfriara el motor. Yo aprovechaba para fumar (Lucio no quería puchos ni con la mano afuera de la ventanilla) y comer algo, o tomar café. Era lo único que tomábamos. “Nada de alcohol”, nos habíamos prometido, “nada de chuparse hasta que lleguemos”. </p>
<p>El Tutuca fue el único que hizo el amague de romper el pacto, sugiriendo la apertura de una botella después de una raviolada en un pueblito que se llamaba Tolosa, o algo así, pero lo putearon como si hubiera cometido un pecado:</p>
<p>—Las botellas llegan enteras, loco —explicó el Gato—. Nos comprometimos a llevárselas al Chalo, pongámonos las pilas.</p>
<p>El viaje se nos hizo interminable. Eran muchas horas con el culo quieto, sacando y metiendo cassettes del estéreo que andaba mal y se tragaba todas las cintas. Tampoco ayudaba la sucesión de pueblos todos iguales: cartel de bienvenida; estación de servicio; caserío con almacén; ruta. Y vuelta a empezar. </p>
<p>Me tocó sentarme al volante a la mañana del segundo día. Habíamos dormido en un hotelito hecho bosta cerca de la frontera y ahora teníamos por delante la prueba de fuego, que era pasar el primer control militar. Lucio y el Gato se fueron hasta un arbolito con un gendarme y empezaron a hablar de negocios. El tipo quería que dejáramos todas las cajas y se hacía el boludo cuando le hablaban de guita. Finalmente arreglaron con dos botellas grandes y un puñado de billetes: </p>
<p>—A este ritmo vamos a llegar en bolas —observó el Tutuca cuando arrancamos otra vez. </p>
<p>Nos pasamos el resto de la travesía cruzando los dedos para que el Uno aguantara, porque había empezado a recalentar. Palmó, finalmente, en un pueblito en el que tuvimos que despertar al mecánico a la medianoche. Debía ser el único brasilero en el mundo fanático de las novelas argentinas. Hablaba igual que Federico Lupi. Nos terminó explicando, con tonada porteña, que toda la vida había querido probar el fernet, y que sólo arreglaría el coche si le descargábamos una caja. </p>
<p>A esta altura nuestros ánimos habían comenzado a decaer. Lucio, por ejemplo, ya no era el más equilibrado de los cuatro y empezaba a mostrar síntomas de agotamiento: se olvidaba el auto abierto cuando parábamos en algún lado, o equivocaba el cambio y se dejaba cagar cuando entregaba dólares por reales. También el Gato, que hasta ese momento había sido confiable, dudaba en voz alta:</p>
<p>—¿Y si nos quedamos acá? —proponía cuando llegábamos a cualquier lado—. Lo llamamos al Chalo y le decimos que se venga y listo.</p>
<p>Me sorprendió verme a mí mismo arengando a la tropa, frotándoles los hombros y recordándoles la importancia de lo que estábamos haciendo tan lejos de nuestro hogar:</p>
<p>—No sean boludos, miren hasta dónde llegamos, acuérdense del Chalo en la despedida, tengan presente que esto es importante. </p>
<p>Estoy seguro, en la cabeza de todos se repetía la postal del Chalo cargando bolsos y trepando al bondi. </p>
<p>—“Ila Ducatí” —nos había dicho que se llamaba el lugar. Algo así. </p>
<p>Les recordé también que la partida del Chalo había sido un golpe que tardamos mucho en superar, que al principio estábamos desorientados, aturdidos, y que los sábados por la noche nos juntábamos y brindábamos sin ganas, fantaseando con la idea de juntar unos mangos y hacer este viaje. </p>
<p>—Nos espera la Ila Ducatí, donde nuestro mejor amigo tiene un bar en la arena. ¿Cuántas veces soñamos con un barcito frente al mar? </p>
<p>También me sorprendió que, sobre la mitad del viaje, los roles se invirtieran y que ahora el Tutuca se encargara de cuidar la bebida. Ya no lo acuciaba la necesidad irrefrenable de ponerse lacio del pedo, ahora era un guardián celoso, comprometido con la causa. </p>
<p>Una noche estábamos buscando alojamiento y me hizo señas para que lo acompañara a un lugar aparte. </p>
<p>—Lucio quiere que hagamos una fiesta esta noche y nos liquidemos el fernet —me dijo con los ojos llenos de lágrimas. </p>
<p>—¿Cómo?</p>
<p>—Así como lo oís. Está loco. Escuché que hablaba con el Gato y que le decía que el Chalo se podía meter el barcito en el culo, que no puede ser que llevemos tres días de viaje sin hacer un brindis, cuidando la guita y la bebida como si fuéramos curas. </p>
<p>Ahí teníamos la primera fisura. En ese acto de sedición mínimo y crepuscular se traslucía la resistencia minada, la pérdida del objetivo, el tumor de la deslealtad. Yo mismo empezaba a preguntarme de qué servía todo aquello. Después de tantos días en un auto, después de tantos roces y peleas, ¿era semejante sacrificio una locura? La carga se había reducido considerablemente. De las ocho cajas con las que arrancamos ahora sólo quedaban tres. Los milicos, los mecánicos, los puesteros, los conserjes, los dueños de restaurantes que entendieron que podía ser un buen negocio si les dejábamos una para cualquier eventualidad. </p>
<p>Tres cajas de mierda rebotando dentro del baúl cada vez que entrábamos rápido en una curva; tres cajas de mierda que no abríamos para respetar un pacto tácito que nos estaba poniendo en el límite de la locura.</p>
<p>Confieso que aquella noche, si no tiramos todo el viaje a la mierda y nos hicimos la gran festichola, fue por el Tutuca. No sé todavía cómo hizo para convencernos, pero sí sé que nos acostamos temprano, puteándonos y echándonos en cara un montón de cosas, y que al día siguiente, por fin, el amante de los fierros se pudo sentar a manejar. </p>
<p>—Ustedes duerman —sugirió mientras chequeaba los comandos del vehículo—. Yo hasta que no lleguemos a la isla del Chalo no paro. </p>
<p>Todo lo que siguió es confuso. Al Tutuca le tocó la parte más difícil del viaje, que fue encontrar el camino según las indicaciones que el Chalo nos había dado para atravesar una selva frondosa con camino sin asfaltar. </p>
<p>—¿No se pudo venir más lejos, este pelotudo? —decía Lucio. </p>
<p>—Más le vale que tenga el bar repleto de garotas en pelotas —apuntaba el Gato. </p>
<p>Yo me limitaba entrar y salir de un sueño intermitente que me hacía golpear cada dos por tres el vidrio de atrás con la cabeza. Me despertó la voz de un viejo que había metido medio cuerpo por la ventanilla y pedía algo para fumar: </p>
<p>—Tein que seguir derecho. La rua se divide y tein que agarrar pra izquerda, ese camino lleva a Ila Ducatí. </p>
<p>—¡Ya estamos! —anunció el Tutuca con entusiasmo. </p>
<p>Ante nosotros se abrió de pronto la frondosa vegetación y el camino murió en una playa sucia y desolada. Había un cartel que el Gato tradujo con visible dificultad: </p>
<p>—Isla Ducati: sólo se puede cruzar en balsa.</p>
<p>—¿Y el auto? —pregunté. </p>
<p>—Yo no dejo el Uno acá ni en pedo —advirtió Lucio. </p>
<p>El grupo volvió a dividirse. La argumentación de cada uno cobraba un peso momentáneo hasta que otro rebatía con alguna locura. Los devaneos hicieron que nos comiéramos las cutículas y nos miráramos con recelo. A veces discutíamos acaloradamente y después nos quedábamos en silencio, enterrando los dedos de los pies en la arena. </p>
<p>Por fin el Tutuca señaló a la distancia, del otro lado del brazo de agua que nos separaba de la montaña.</p>
<p>—Allá está nuestro destino —dijo—. Si cruzamos este río de mierda, llegamos hasta el Chalo. ¿No se dan cuenta? El viaje termina acá…</p>
<p>Los cuatro guardamos silencio y nos quedamos contemplando las aguas quietas, el sol mordiéndole el pico a las montañas. </p>
<p>—Termina acá —repitió Lucio, como en trance. </p>
<p>El compromiso testosterónico abolió las diferencias y nos iluminó. El lugar no era como habíamos imaginado; no se veía un alma por ninguna parte. En vez del apretado tráfico de culos y tetas que esperábamos encontrar, ahí sólo había cacatúas que graznaban con indiferencia bajo el sol abrasador. En nuestros corazones, lo sé, crecía la esperanza de que hubiésemos entrado a la fiesta por la puerta de atrás. Quizá tras cruzar ese brazo de agua encontraríamos la puerta del Paraíso. </p>
<p>Como autómatas, sin decir agua va, abandonamos el auto, cargamos las mochilas y las cajas, y empezamos a caminar.</p>
<p>Íbamos en silencio, prendiendo puchos y mascullando quejas, pero con el paso firme de los que buscan un destino noble. Media hora más tarde llegamos hasta un puesto en el que un remero chupaba con desgano su pipa. Era la primera persona que veíamos desde que habíamos empezado a movernos. El viaje para cruzar al otro lado costaba una barbaridad y no sirvió de nada que invocáramos el nombre del Chalo: el tipo decía que no lo conocía. Arreglamos para cruzar los cuatro al precio de dos, pero el remero dudaba por el peso de las cajas.</p>
<p>—Tein cuidado —fue la única advertencia del tipo antes de que trepáramos a la balsa con las tres cajas apretadas contra el cuerpo.</p>
<p>La balsa empezó a moverse con pereza. La piel de la espalda del remero se abultaba nudosa por el esfuerzo de mover la piragua. Avanzamos unos cien metros en diagonal para aprovechar la correntada y, a pesar de ser un día calmo y sin viento, la precaria embarcación se bamboleaba peligrosamente. Fue el único momento del viaje en el que tuve la certeza de que toda aquella travesía era una pelotudez inexplicable. </p>
<p>El canto de las cacatúas, o lo que carajo fueran los bichos esos, auguruaba el riesgo latente, que finalmente se tradujo en algo real: el agua empezó a salpicarnos. La línea de flotación había empezado a subir hasta casi tocar el borde, y cuando el tipo nos advirtió con miedo genuino que de no liberar peso nos hundiríamos, no se nos ocurrió mejor idea que tirar a la mierda las mochilas. Las cuatro. Con todas nuestras pertenencias.</p>
<p>Cuando la proa se enterró en la arena del otro lado, cuando tocamos tierra, saltamos y las cajas se mojaron. Las llevábamos en brazos como a bebés desvalidos, todavía embrujados por el reflejo mecánico de preservarlas. </p>
<p>Estábamos cansados, hartos, molestos e impacientes. Pero habíamos cumplido. Y ahora por fin en la Ila de nuestro amigo, aunque el Paraíso que habíamos imaginado no cuajaba con lo que nuestros ojos vidriosos descubrían. </p>
<p>Divisamos la silueta del Chalo a lo lejos. Venía corriendo sobre la arena, con la melena al viento, la piel bronceada, el rostro sonriente y sereno. </p>
<p>—Mis amigos —dijo con la voz en un suspiro. </p>
<p>Nos palmeamos en un abrazo torpe y confuso, todavía con las cajas bajo el brazo algunos de nosotros. </p>
<p>Todos teníamos ese sueño en la década del noventa: rajarnos a vivir en patas a orillas del mar y conquistar Brasil. Recuerdo bien el verano en que nos fuimos a visitarlo a nuestro amigo; el bar era una bosta —dos palos y una piedra, todo cubierto con hojas de palmera—. El Chalo preguntando por qué no habíamos llevado la Coca y los cuatro mirándonos sin entender: </p>
<p>—Es que acá no se consigue gaseosa, lo único que toman estos vagos es caipiriña —explicó antes de que lo recagáramos a trompadas frente al mar.</p>
<p></p>
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		<title>Chocho</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/06/16/chocho/</link>
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		<pubDate>Thu, 16 Jun 2011 19:05:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Quienes me conocen ya saben cuánto me alegra salir con dibujantes (todos mayores de edad, ojo). En esta oportunidad, el gran placer de compartir página con Lucas Aguirre, que tiene más pluma que un pavo real. Y todavía más placer esto de colar un texto en el proyecto editorial más groso a nivel internacional en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quienes me conocen ya saben cuánto me alegra salir con dibujantes (todos mayores de edad, ojo). En esta oportunidad, el gran placer de compartir página con <a href="http://www.oich.com.ar/index.html" target="_blank">Lucas Aguirre</a>, que tiene más pluma que un pavo real.</p>
<p>Y todavía más placer esto de colar un texto en el proyecto editorial más groso a nivel internacional en mi lengua: <a href="http://orsai.bitacoras.com/" target="_blank">Revista Orsai</a>, del Chiri Basilis y el Hernando Casciari. El número tres viene con todo, y si no lo reservan, una catarata de heces pestilentes les caerá sobre la testa en formato mala suerte por dejar pasar la oportunidad de ver algo bueno en forma de libro/revista.</p>
<p>Dénse el busto. Y apuren a reservar, que a pesar de que estoy yo, este número vuela&#8230;</p>
<p><span id="more-5775"></span></p>
<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/playo.jpg" alt="" /></p>
<blockquote><p>Córdoba es la provincia central de la Argentina. Si el país fuese un jamón ibérico (como realmente parece si lo miramos de lejos) Córdoba es el jamón del medio. En la provincia de Córdoba hay más humoristas gráficos que gente. Y los que quedan sin dibujar, lo que hacen es escribir. De entre todos, hay en Córdoba un muchacho que escribe como los dioses, y teníamos muchas ganas de publicarlo en Orsai. Este muchacho es muy conocido en Córdoba, pero en cambio no lo leyeron nunca en Centroamérica, ni en otros sitios del mundo donde se habla castellano. Nosotros leemos a José Playo desde hace años, y si alguna vez soñamos con hacer una revista, fue en parte también para publicar sus cuentos. Los cuentos de José son, como Córdoba, jamón del medio. Y estamos contentos de que ahora lo lean también en Centroamérica, donde la palabra “playo” significa “puto”.</p></blockquote>
<p><a href="http://orsai.bitacoras.com/2011/06/cuatro-gotas-locas.php" target="_blank">Imagen y texto vía Orsai</a>.</p>
<p><em><strong>Reservas internacionales</strong>, <a href="http://orsai.es/" target="_blank">acá</a>.<br />
<strong>Reservas cordobesas vía librería Aforismos</strong>:<br />
Teléfono: 3514290638<br />
Dirección: 25 de Mayo 75<br />
Dirección de correo electrónico: <a href="mailto:aforismosface@gmail.com" target="_blank">aforismosface@gmail.com</a><br />
<strong>Reservas cordobesas vía gente que se pone las pilas en lo particular</strong>:<br />
<a href="mailto:djrios@gmail.com" target="_blank">Diego Ríos</a>.<br />
<strong>Grupo gordobés </strong><a href="http://www.facebook.com/home.php?sk=group_160199517343645&amp;ap=1" target="_blank">en Féisbul</a>.<br />
<strong>Reservas nacionales</strong>, con <a href="http://www.baideguei.com/" target="_blank">el Tonga</a>.<br />
</em><br />
Toda gente de la más absoluta confianza y buenísima voluntad. Más fácil, imposible.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://revistapeinate.com.ar/2011/06/16/chocho/feed/</wfw:commentRss>
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		<title>Y siete años después, yo te banco</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/06/04/y-siete-anos-despues-yo-te-banco/</link>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 03:01:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Querido diario, no sé si te acordás: un día como hoy pero hace siete años, con Esteban subíamos la primera versión de Peinate que viene gente en formato digital. Él, como otros amigos, ya no está para brindar. Sólo quedamos un puñado de lectores, este barbudo cachetón que teclea sobre tu lomo, y vos, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Querido diario, no sé si te acordás: un día como hoy pero hace siete años, con Esteban subíamos la primera versión de <strong>Peinate que viene gente</strong> en formato digital.</p>
<p>Él, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2010/03/16/mis-amigos-mueren-los-lunes/" target="_blank">como otros amigos</a>, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/11/18/unas-palabras-para-esteban/" target="_blank">ya no está para brindar</a>. Sólo quedamos un puñado de lectores, este barbudo cachetón que teclea sobre tu lomo, y vos, que te las bancás. Sin Esteban —que se las apañaba como nadie para improvisar con las compus y los programas de diseño— cambiarte la cara se convirtió en un desafío que más de una vez me dejó con los ojitos en cruces, paladeando la batalla perdida.</p>
<p>La historia de esta gesta <a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/06/04/cumple-y-me-hace-feliz/" target="_blank">está bien resumida acá</a>. No voy a ponerme reiterativo. Siete años es mucho tiempo, como un cachorro fiel has estado a mi lado en las buenas y en las malas, recostado sobre las pantuflas de mi dignidad.</p>
<p>Los blogs, creo hoy, son como mascotas.</p>
<p><span id="more-5715"></span>No sé si te acordás, pero costó mucho aprender a hacer cosas acá. Nos enseñaron involuntariamente otros que admiramos y que todavía están al frente de bitácoras hermosas, como capitanes tozudos que, catalejo en mano, le sonríen a los amaneceres rutinarios derramando brújulas de persistencia sobre los mares de la imbecilidad.</p>
<p>De ellos aprendí que tener un blog era como clonar esas noches de estudio anteriores a un examen, en las que la charla distendida le gana por varios cuerpos a las cosas serias. Leyendo a otros entendí que publicar era prolongar charlas con amigos, invitar a desconocidos bien predispuestos a tu mesa a brindar.</p>
<p>En todo este tiempo, querido diario, también fuiste un gran maestro. A diferencia de los escritores mezquinos, más preocupados por medirse los tamaños de los pitos en un vestuario que por hacer algo que los satisficiera, me diste licencias, permisos, oportunidades.</p>
<p>Hoy sé, querido diario, que más aprendí con la mirada sincera de los lectores ocasionales que con las críticas pretenciosas de los que escriben en serio.</p>
<p>Recuerdo cuando un puñado de <em>promesas literarias</em> primero criticaban esta costumbre y luego se subían a espolear los caballos de sus propias bitácoras hasta infartarlas de soberbia. Recuerdo que había otros jinetes humildes en distintos lugares del mundo indiferentes a ese germen de boludez. Amigos y colegas que escribían con tranquilidad bajo las ramas de los árboles y se cagaban en los diagnósticos precoces de los que opinan por opinar.</p>
<p>Hoy, siete años después de aquella tarde de junio de 2004, me tienta igual que el motor siga en marcha, que la seducción de una historia reconforte a alguien (cordobés o del más allá).</p>
<p>Ya por suerte pasó la moda de poner blogs en los diarios —ahora hay que poner Twitter y Facebook en los informativos de televisión—, y por fin las bitácoras se ventilaron y las ráfagas de la suerte se llevaron a los paparulos que abrían blogs pretenciosos para cantar justas verdades que ni sus familiares querían comentar.</p>
<p>Quedaron, por fin y después de mucho tiempo, los lectores. Los lectores en serio. Los que vienen para leer, no para putear.</p>
<p>Es cierto —así como hasta los relojes sin pila tienen razón dos veces al día—, los blogs en general se ajustaron al diagnóstico de falsa revolución, pasaron al cuarto del fondo y guardaron silencio. Están todavía en esa piecita donde nos gusta sentarnos con tranquilidad para pasar un momento agradable.</p>
<p>Peinate me ha dado siempre momentos de esa índole. Recuerdo algunos:</p>
<p><a style="display:none;" id="ddetlink1132590061" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet1132590061'))">La alegría que me dio recibir una foto de Daniel, el verdadero dueño del nombre de Peinate... </a>
<div class="ddet_div" id="ddet1132590061"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet1132590061'));expand(document.getElementById('ddetlink1132590061'))</script><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/peinate_duenio.jpg" alt="" width="467" height="489" /><br />
<small><em>Daniel Osvaldo López, el Peinate original, dueño del nick que afané allá por dos mil dos en un chat, posa en la desaparecida librería Aquende, junto a un ejemplar que le regalé para mitigar su furia asesina</em></small>.</div></p>
<p><a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/10/27/no-entiendo-nada/" target="_blank">La nominación a los premios de Alemania</a>&#8230;</p>
<p><a title="Fenómenos: Hernán Casciari" href="http://revistapeinate.com.ar/2008/09/21/fenomenos-hernan-casciari/" target="_blank">La Feria del libro en la que Casciari enseñó cómo armar un porro</a>&#8230;</p>
<p>&#8230; y la alocada presentación de mi último libro, con Marcel Arbach:</p>
<p><object width="490" height="397"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/ks9iHKDCPgY?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0" /><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="490" height="397" src="http://www.youtube.com/v/ks9iHKDCPgY?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p><em>(En el video, Arbach lee un Cadáver esssquisito en la presentación de <a href="http://www.tematika.com/libros/ficcion_y_literatura--1/cuentos__relatos--4/argentina--1/peinate_que_viene_gente_ii___la_irrupcion_de_los_finaditos--497852.htm" target="_blank">Peinate Vol II</a>, de la cual participaron zombies cordobeses talentosísimos; <a href="http://revistapeinate.com.ar/peinate-vol-ii-la-irrupcion-de-los-finaditos/" target="_blank">otro video con escenas de nudismo extenso, pronto acá</a>)</em>.</p>
<p>Pasaron, querido diario, esos primeros momentos del sacudón de la novedad, no sé si te acordás. Un aluvión de gente boluda plantaba banderas digitales para aleccionar a los que nos divertíamos con nuestras bitácoras. A todos ellos se los tragó Facebook o se pusieron a dar talleres literarios y se dejaron de romper las bolas. Y de buenas a primeras, los blogs de poesía combativa chocaron en las banquinas del aburrimiento y se fundieron; las bitácoras colectivas, manejadas por &#8220;grandes escritores&#8221; se auto fagocitaron a bostezos.</p>
<p>Hoy, todos esos espacios tienen el mismo brillo que los rastrojeros con los yuyos hasta la cintura, oxidados por la necesidad de que les levante el traste una gacetilla en algún suplemento cultural.</p>
<p>Esto, gracias a dios, no es para escritores, si no para quienes quieren seguir escribiendo.</p>
<p>También, querido diario, por fin callaron los marquetineros (a éstos se los tragó Twitter), los que habían levantado con locura la bandera de la monetización, más preocupados por poner las bitácoras boca abajo para ver si soltaban moneda. Y entonces ahora todo es lindo, con esas cantinelas lejos de esta llanura, donde no nos preocupa que los blogs vengan al mundo con los bolsillos vacíos.</p>
<p>Vila-Matas dice que escribimos siempre después de otros. Creo que blogueamos igual, que no hay mucho por inventar, y que la verdadera originalidad es buscar una complicidad.</p>
<p>El tiempo se encargó de probar que los sitios importan más que las personas. Los blogs nunca dejaron de ser comunidades y, por más diezmadas que estén ahora, siguen para algunos tan vigentes como los juicios boludos de intelectuales trasnochados sin conexión a internet que hablan del abuso de la primera persona.</p>
<p>Luego de tanto diagnóstico de chaman sin título, algunos debemos agradecerle a nuestros emprendimientos digitales las alegrías, las invitaciones a dar conferencias con la cara hecha piedra, los almuerzos y desayunos gratarolas.</p>
<p>Es cierto, querido diario, que las redes sociales abdujeron a la mitad de los comentaristas. Pero todavía te siento tan vivo, querido diario, cuando alguien cae buscando porno lésbico ucraniano o recetas a base de tofu y se termina enganchando con un relato casual&#8230;</p>
<p>Cuarenta mil comentarios después, este espacio sigue acá, sin estudios de márquetin, sin fidelización ni sodomía.</p>
<p>Vamos a darle muerte a los prejuicios, querido diario. Con este brindis pixelado, siete años después, vamos a seguir escribiendo lo que nos salga del culo. Si algo nos emparenta con la Literatura mayúscula es que no nos cansamos de contar.</p>
<p>Hacerlo con tanta libertad no tiene precio. Feliz cumpleaños, Peinate online.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Bonus track de espacios sucedáneos para lectores modernos</strong>:</p>
<p><img style="margin-right: 15px; margin-top: 10px; margin-bottom: 5px;" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/facebook_peinate.jpg" border="0" alt="" align="left" />Como hay que tener Facebolú sí o sí, saqué una cuenta personal y armé una página para el sitio. Ahora hay como 17 mil personas que no sé quiénes son, pero que me caen muy bien. Si querés unirte, <a href="http://www.facebook.com/Peinate" target="_blank">tenés que hacer click (con el mouse, no con la boca) acá</a>.</p>
<p><img style="margin-right: 15px; margin-top: 10px; margin-bottom: 5px;" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/twitter_peinate.jpg" border="0" alt="" align="left" />También me saqué un cosito de Twitter, que es lo que usa la gente para escribir humoradas cortitas, pegar links a noticias, hacer spam a lo pavote, o mentir que lo usan para trabajar. Pueden seguirme <a href="http://twitter.com/joseplayo" target="_blank">toqueteando estas letritas subrayadas de acá</a>.</p>
<p><strong>Nobleza obliga</strong>:</p>
<p style="padding-left: 30px;">Gracias a <em>Luisito Paredes</em> por editar el video y corregir las chanchadas que había hecho yo pegando fragmentos; gracias a mi cuñado, el <em>Colorette</em>, que como buen trípode humano grabó toda la presentación sin chistar y por motus propius; gracias a <em>Esteban Serra Calza</em>, por aguantarme con tanta paciencia en los comienzos; gracias a <em>Marcel Arbach</em>, que me hace reír más que Capusotto; gracias a <em>Martín Baldo</em>, que me mandó la foto del verdadero Peinate, y al Peinate verdadero en sí mismo, por el buen humor; gracias a los que, de una u otra manera, siguen estando del otro lado del monitor rascándose las bolas o rascándole las bolas a otros mientras dejan comentarios; gracias a los escritores en general y a los bloguers grosos en particular (bloguer groso = tipo que hace lo mismo que vos y sabe disfrutar); gracias a los amigos y a mi familia, tan linda ella, siempre al pie del Gran Cañón del Colorado para la foto; gracias a todos los que, de una u otra manera, han apoyado siempre a Peinate repartiéndola entre sus amistades y recomendándola y aguantando que pasara de un formato a otro; gracias a los sponsors en general y al gran <em>Sebastián Gracia de Moraima</em> en particular, se te extraña una bocha, amigo; gracias a los finaditos, con <em>Martín Cabrera</em> a la cabeza, por pintarse la cara color de Diego Torres; gracias a quienes hicieron posible que llevara el culo hasta Europa para conocerles la cara al Chiri y al Hernán; gracias a todos quienes me putearon en foros por preguntar desde cómo se pone un relojito con la hora de mi país hasta qué sorongo es un tag.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Gracias a Gracias, los llevo en una aorta, latiendo de felicitát. Y gracias a mis chicas. Ellas han padecido este vicio de hacer Peinate siempre con una enorme y contagiosa sonrisa.</p>
<p><strong>PD: al comentarista número 200 (que llegue a ese comentario sin opinar muchas veces hasta el número ni poniendo comentarios seguidos hasta lograrlo) le haré llegar como sea los tres libros últimos libros que edité, para que pueda nivelar, con onda, las patas de una mesa</strong>.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Este blog en pleno aniversario admite saludos a partir de acá.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Un dolor de la gran puta</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/05/17/un-dolor-de-la-gran-puta/</link>
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		<pubDate>Tue, 17 May 2011 16:11:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[No sé cómo es en España o en Portugal. En el barrio de Alberdi, Córdoba, cuando vos cortás con una mina vas de frente, la sentás en un café que hay sobre la Colón, le agarrás la mano bien fuerte, le pasás unas servilletas para que se limpie los mocos, ponés cara de poker y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé cómo es en España o en Portugal. En el barrio de Alberdi, Córdoba, cuando vos cortás con una mina vas de frente, la sentás en un café que hay sobre la Colón, le agarrás la mano bien fuerte, le pasás unas servilletas para que se limpie los mocos, ponés cara de poker y después la llevás a la casa.</p>
<p>Es costumbre también que esperes a que entre y cierre la puerta. Recién entonces arrancás el auto y te tomás el buque. Podés darte el lujo de aceptar una o dos llamadas durante la semana subsiguiente, como para prestar la oreja a posteriori; fingir que estás mal también vos, que la cosa no funcionó por tu culpa, o lo que sea, cualquier cosa con tal de que el corte sea limpio como tajo de bisturí y que después no haya segundas vueltas o escenas en un supermercado o en la lavandería de la esquina.</p>
<p><span id="more-5692"></span>A esto medio como que lo venís planificando con tiempo, despacito, bien de canuto. Te diría que ni siquiera lo hablás con tus amigos; te preguntan cómo van las cosas y vos decís «todo bien, todo bien», siempre dos veces. Y cuando se enteran que cortaste, del asunto no se habla.</p>
<p>Es una cuestión de respeto. Tu vida es tu vida, nada de andar contabilizando los polvos ni los picoteos ni las miserias. Cada uno hace la suya, y los vagos de la barra lo respetamos, porque es como un código. Es lo que hace que seamos como somos.</p>
<p>En Alberdi, por lo menos, creemos que tiene que ser así.</p>
<p>Una vez que cortaste, la mina queda vedada. Nada de tirotearte a la ex de un amigo. No señor. «Ex novia ya no existe como mujer», decimos en Alberdi. Te la podés cruzar en la panadería, charlar un rato con ella, pero nada de preguntar cómo está ni cómo viene superando la cosa. Hola qué tal, cómo anda la familia y te dejo porque estoy apurado.</p>
<p>Ante todo, respeto y lealtad por el amigo, que es el que te acompaña en las buenas y en las malas.</p>
<p>Las minas van y vienen, eso es sabido en Alberdi. El Cacho hizo así cuando la largó a la Lucía. El Pupo hizo así cuando cortó con la Marta. Y yo ya me veía venir que con la Sonia no quedaba más remedio. También tenemos eso de bueno en Alberdi: nunca se hace el pase para salir bien parado. Es una cuestión de honor lo que hacemos en el barrio. Si sale una novia de tu vida, tiene que pasar un tiempo hasta que entre la otra. Y nunca, pero nunca de los nuncases, una mina empuja para que salga la otra.</p>
<p>Eso dejáselo a los chetos. Nosotros no. A las minas hay que respetarlas, loco.</p>
<p>Me acuerdo que lo charlé con el Cacho un día cuando terminamos de jugar al fútbol. Los chicos estaban arreglando lo de la guita para pagar la cancha y nosotros nos habíamos quedado en uno de los arcos sacándonos los botines.</p>
<p>Yo con él tengo confianza, es el más grande del grupo, tiene más experiencia. Su viejo tiene la Ferretería más antigua del barrio, toda su familia es como fundadora, los primeros en instalarse. Así que lo que dice el Cacho es palabra autorizada.</p>
<p>Estábamos ahí desatándonos los nudos y le digo:</p>
<p>—Voy a cortar con la Sonia, Cacho.</p>
<p>El Cacho —prudente como todo buen vecino de Alberdi— me mira un rato y vuelve a trabajar sobre el botín izquierdo. Lo tenía anudado con un par de vueltas alrededor de la pata, entre el arco y el empeine, y de ahí subían los cordones dando dos giros en los tobillos para culminar con un nudo medio marinero a la altura de la tibia. Es un procedimiento que todos empezamos a copiar, porque el Cacho mete unos cañonazos bárbaros y jamás en la reputa vida perdió un botín. Todo gracias al nuderío que se arma, sobre todo en la zurda, que es con la que suele hacerlo doblar las manos al Pipo, el arquero oficial.</p>
<p>El Cacho te dice las cosas serias sin mirarte.</p>
<p>—Te enteraste, veo —me dijo esa noche junto al arco.</p>
<p>Yo me quedé medio confundido al principio. Creí que había escuchado mal ¿Viste cuando te dicen algo que no te esperás y que te mete miedo? Es como si te prendieran un puñado de fósforos fríos adentro del pecho. Qué sé yo, es una sensación medio rara. Y vos te quedás un rato haciéndote el boludo porque no querés que te caiga la ficha. Como si alargaras ese momento el tiempo suficiente como para que el corazón te vuelva a latir despacito de nuevo. Pero ya perdiste, te acaban de poner una paralítica en el pecho y no hay vuelta atrás, te vas al piso de jeta y con las manos en la espalda.</p>
<p>—¿De qué? —pregunté haciéndome el distraído.</p>
<p>Y ahí el Cacho me miró. Largó el botín y me miró mordiéndose el labio de abajo. Era un gesto forzado pero necesario, indispensable. En Alberdi, el que no se muerde el labio para decir algo pesado es porque la juega de Fray Mamerto Esquiú y no tiene corazón.</p>
<p>—Qué cagada que te lo tenga que contar yo, pendejo —me dijo.</p>
<p>Y ahí me di cuenta que venía pesada la ficha. Era un fichón, un bombazo, una torta de casamiento con los muñecos de yeso, con las bolitas plateadas, con las flores de tela y la crema chantillí, todo derechito y en picada sobre la cabeza. Fue como si me hubieran apoyado una bolsa de rolito en la nuca y el agua me goteara por la espalda hasta la raya del culo.</p>
<p>Una pausa que se termina para que empiece otra pausa, ahora ya no de duda, sino de dolor.</p>
<p>Lo que el Cacho me iba a decir dolería más que una patada de Fonseca. Y mirá que Fonseca cuando juega mete cada guadaña que te deja mordiendo el alambrado con los ojos llenos de estrellitas. Esto iba a ser peor.</p>
<p>—No entiendo —dije, queriendo posponer el machetazo final.</p>
<p>El Cacho me miró con aire compasivo. Como quien mira a un hijo que se está por mandar una cagada. Me miró así primero y después bajó la cabeza. Ahí se me cayeron las medias —en Alberdi decimos que se te caen las medias cuando queremos decir que te desarmás por algo—. Yo estaba ahí sentado sobre el césped sintético, la camiseta transpirada, en medias, con un botín en cada mano y un cagazo que me trepaba por las pantorrillas y se me alojaba a los costados de cada huevo. Sentía que los huevos se me iban achicando, erizados, retorcidos, duritos.</p>
<p>Sentí que el pito ponía reversa también.</p>
<p>El Cacho terminó con su botín, metió la mano en la mochila y sacó los fasos. Me pasó uno y yo lo acepté. Todavía lo miraba con cara de propaganda de shampú para los piojos, desorientado y con el ceño fruncido. No quería entender.</p>
<p>Primero prendió su pucho y después me acercó el encendedor a mí. Apenas si pudimos coordinar para que el faso no se quemara por la mitad en lugar de por la punta.</p>
<p>—Qué pasa, Cacho, me estás preocupando, culiado —dije con la voz trabada por un freno de mano invisible.</p>
<p>—Bueno&#8230; —empezó el Cacho— &#8230; Sonia&#8230; —vaciló.</p>
<p>Y el Cacho no vacila nunca. Es como si lo oyeras llorar a Aldo Rico. No encaja, no te cuadra. Como si te dijeran que Mike Tyson se puso de novio con el Polaco Goyeneche. No da. El Cacho vacilando no da. Imaginate que es de esos tipos que en una barra de amigos salta primero si hay quilombo, porque con el tamaño que tiene, seguro que los rivales se van al mazo.</p>
<p>A eso lo sabíamos todos. Tuvimos un par de amagues con una bandita de Juniors, en un baile de La Mona. Fue un toque nomás, alguien empujó a no sé quién, hubo un par de puteadas y salimos todos para la calle. Uno de los de Juniors peló una botella y la rompió como para dejar en claro que la cosa iba con sangre. Nosotros nos quedamos poniéndoles el pecho, tirando puteadas y preparándonos para el despelote. Entonces se abrió la puerta del baile y salió el Cacho. Nosotros nos abrimos para darle lugar (tuvimos que corrernos bastante). El Cacho se venía sacando la remera. De atrás el negro parece un mapa de África. Mide como dos metros y labura descargando camiones de carne en el mercado —de ahí su apodo, &#8220;cacho ´e carne&#8221;—, tiene unos brazos del tamaño de una gamba.</p>
<p>Con el Cacho no jodés, te lo puedo asegurar. Visto de frente, con la cara desencajada por el encule, es como un toro que se te viene encima, como una F100 sin frenos a cien kilómetros por hora en un jardín de infantes. El negro tiene más carne y más músculos que Terminator. Nada de inflado con inyecciones ni esas boludeces de los chetos, nada de gimnasio ni <em>3 de 10</em> ni esas giladas; músculos endurecidos y criados de tanto laburar.</p>
<p>Esa noche los de Juniors tiraron la botella a la mierda y se fueron despacito, medio de coté, mirando para atrás para ver si el Cacho los seguía. Y el Cacho se quedó parado ahí fumando en cuero. No hizo falta nada más. Así resolvía la bronca el Cacho. Era cuestión de pelar la remera y listo. Una ventaja, pienso yo, porque no se tiene que hacer romper la boca para salir parejo. Pela la remera, se la vuelve a poner y listo. Y desde que lo conozco, jamás perdió una sola. Creo que todavía no ha nacido el muñeco que lo pueda sentar al Cacho de una piña.</p>
<p>Por eso cuando el Cacho me titubeó ahí en la cancha de fútbol cinco, fue como si de repente las luces giraran para alumbrarnos a nosotros dos y a nadie más. El resto de los vagos estaban allá en el asador arreglando la guita, tomándose una Coca lejos de nosotros, como metidos en la oscuridad. Sólo nosotros dos estábamos iluminados.</p>
<p>—No le des vueltas, Cacho —le pedí con impaciencia—. Ya me conocés, somos amigos de chicos, loco, ¿qué pasa?</p>
<p>—Bueno —se sinceró de repente el Cacho—. La Sonia te está metiendo los cuernos, Manuel.</p>
<p>Fue una frase sola. Pero se me clavó en la panza como un flechazo. Creo que un tincazo en la oreja me hubiera dolido menos esa noche fría de mayo.</p>
<p>—No puede ser —alcancé a decir, pero el Cacho me interrumpió.</p>
<p>—Mirá, Manuel, la cosa es así, no hay mucho que entender. Vos a la Sonia la venís descuidando, y la mina se cansó. Vos te la pasás chupando, tratándola como el culo. Y la Sonia es una mina bien, de buena familia. El viejo de la Sonia tiene la verdulería pegada al negocio de mi viejo, yo le conozco la historia. No es una mina para hacer sufrir así porque sí. La Sonia es de esas minas que uno cuida y va apuntando para el casorio. Y me dijo que vos estabas pensando hacerle un pase, que le habías echado el ojo a la flaca del quiosco de la esquina del colegio. Que la venís cagando. Que no te sorprenda esto, loco, era fija que pasaba algo así.</p>
<p>—Pero Cacho —empecé a explicarle, sin saber por qué—, ¡si la pendeja del quiosco no tiene ni 15 años! ¿Qué voy a hacer yo con una pendejita tan chica? ¿Vos creés que puede ser así? —pregunté confundido.</p>
<p>No terminaba de entender por qué el Cacho estaba tan al tanto de cosas de mi pareja, cosas íntimas, charlas y quilombos que yo había tenido con la Sonia.</p>
<p>—A mí no me digás nada —simplificó—. La cosa es como es. Vos sabés que en Alberdi a las cosas no las hacemos así. La cagaste, Manuel. A las mujeres hay que respetarlas. Vos sos buen pibe, pero me parece que con 24 años todavía estás en la edad del pavo. O no has aprendido un carajo de cómo hacemos las cosas de este lado de la Colón, cabeza.</p>
<p>Ahí fue que me vino de algún lado, dentro de la cabeza, la certeza absoluta de que había algo más en todo esto que me decía el Cacho. Algo turbio, algo raro.</p>
<p>Dolido y con un nudo en la garganta, se lo pregunté:</p>
<p>—¿Y vos cómo sabés todo eso?</p>
<p>El Cacho le pegó una seca larga al faso y miró para donde estaban los chicos que nos hacían señas para que fuéramos antes de que se terminara la Coca.</p>
<p>—Bueno —dijo mientras apagaba el pucho en el sintético llenándonos de olor a poliéster quemado— la Sonia me contó.</p>
<p>Eso no me cerraba. Eso quería decir dos cosas, las dos igual de fuleras. Una, que la Sonia hablaba de nuestras intimidades con el Cacho, y a mí no me había dicho nunca que con el Cacho hablaba. La otra, la que era peor, que el Cacho estaba rompiendo con uno de los códigos primordiales: había estado calentándole la cabeza a la mina que estaba conmigo, y sabía cosas de ella que yo ni enterado.</p>
<p>—¿Vos cómo sabés, Cacho? —pregunté—. Vos no podés saber&#8230; —acoté.</p>
<p>—Es que la Sonia está curtiendo conmigo, Manuel.</p>
<p>El pucho se me cayó de la boca. Me vino como una oleada de naftalina en el naso, como una borrachera que me duró 3 segundos y se fue, dejándome con resaca, calentura, furia asesina. Me puse de pie.</p>
<p>El Cacho me miró desde abajo, todavía sentado.</p>
<p>—No te pongás indio —dijo—, aceptá las cosas como son. Ya lo hablamos con la Sonia. Ella no se anima a decírtelo, así que me pidió que hablara yo. Iba a esperar hasta el jueves, cuando salieras del laburo, te iba a invitar a tomar un café para contártelo. Pero bueno, al tema lo sacaste vos, así que mejor que te lo diga ahora.</p>
<p>De repente el mundo se me puso morado. El universo se vació y quedamos nada más que el Cacho que estaba sentado y yo, que lo miraba de pie. Empecé a pensar en que el Cacho, con esas manos enormes me la había estado abrazando a la Sonia, o me la había estado besando. Y la Sonia, el cuerpito de la Sonia todo toqueteado y chupeteado por la boca enorme del Cacho. Me quería morir, quería llorar, quería gritar, quería agarrar un palo y partírselo en la cabeza.</p>
<p>Pero me empecé a serenar, porque el Cacho se paró también. Se paró y me miró de frente. Estábamos cerquita, los dos ahí, a un toque.</p>
<p>Se me cruzó por la cabeza fugazmente la idea de ponerle un gancho en la boca, pero&#8230; ¿Y si no lo volteaba? ¿Y si lo hacía encular y me agarraba a trompadas ahí en la canchita? Hasta que los chicos vinieran a separarnos, el Cacho me habría dejado ciego a sopapos.</p>
<p>Pero esa sensación, loco, ese dolor en el alma, esa impotencia; algo tenía que hacer. Para colmo, el hijo de puta me quería citar en el bar de la Colón y hacerme el corte él a mí ¡Él a mí!, como si yo fuera una mina, loco. En Alberdi esas cosas no se hacen. En Alberdi no es así. ¿Cómo no me iba a poner indio? Ma&#8217; qué indio, loco; era un Ninja, loco, era un Samurai recién levantado de la siesta.</p>
<p>El Cacho me miró fijo y me dijo:</p>
<p>—Si querés peliar, peliemos ahora. Si te la bancás como viene, nos quedamos piolas y no decimos nada y se terminó acá. Vos hacé la tuya, quedáte con la pendejita del quiosco y yo me quedo con la Sonia y cada uno a su casa.</p>
<p>—Es mi novia, Cacho —le dije—. ¿Cómo quedo yo delante de los vagos? ¿Como un cagón? ¿Qué van a decir cuando te vean a vos de la mano con la Sonia? ¿O cuando la besuquiés en el baile?</p>
<p>Yo estaba desencajado. Me sentía como el chofer del <a href="http://teenagethunder.files.wordpress.com/2010/03/mazingerz.jpg" target="_blank">Mazinger Zeta</a>. El cuerpo se me movía solo, no lo podía manejar. Veía cómo las manos se me abrían y cerraban, cómo las piernas daban un paso para el costado y después volvían.</p>
<p>¿Viste cuando dicen «no sé qué me pasó, no me pude manejar»?, bueno, así. No sabía qué me pasaba, no me podía manejar.</p>
<p>Yo estaba en patas, descalzo en el arco de la canchita de fútbol 5. Y dolido. Un dolor de la gran puta, como un dolor en el alma. Algo que está más allá de la piel. Como si se me hubiera encarnado una uña en el corazón, loco. Y lo peor eran las ganas de llorar.</p>
<p>Yo desde arriba apretaba el botón del Mazinger para que no llorara el muñeco. Lo único que faltaba era humillarme así, delante del Cacho y de los demás vagos. No podía. Estaba en una posición de mierda y el muñeco no me funcionaba.</p>
<p>—Te la bancás —dijo el Cacho—. Eso hacemos. Te la bancás y calladito la jeta.</p>
<p>Lo pensé unos segundos. Ahora era indiscutible; el Cacho se había convertido en una pirca que me separaba del mundo que yo conocía, de lo que me resultaba familiar.</p>
<p>Empecé a pensar en las cosas que la Sonia le habría contado. Seguro que el Cacho sabía que yo tenía el pito chico, por ejemplo. O que cuando nos encamamos con la Sonia, a mí no me gusta sacarme las medias. Detalles de una intimidad que vos pensás que no van a trascender nunca, que son cosas que quedan entre vos y tu pareja. ¿Y si la Sonia le contó que cuando vengo del baile medio chupado no se me para?</p>
<p>Estaba entregado. El Cacho me ganaba por dos cuerpos y no sólo en el plano de lo físico, también me aventajaba con las cosas de mi intimidad, cosas que yo no sabía si él conocía o no, pero que era mejor callar. Ponéle que nos agarrábamos a trompadas. Encima de cagarme a palos, cabía la posibilidad de que empezara a los gritos ventilando mis secretos delante de los demás. Y eso no daba. Me quería morir, loco, me quería morir ya.</p>
<p>Me tomó unos segundos entender qué era lo que tenía que hacer.</p>
<p>Seguramente el Cacho había pensado en todas las consecuencias posibles, y había pensado que a todas las iba a manejar. Por eso me preparé para una salida que lo tomara por sorpresa, que lo desencajara.</p>
<p>Me adelanté unos pasos y lo abracé. Y con la cabeza debajo del mentón del Cacho, lloré, loco. Lloré de impotencia. Era un dolor de la gran puta, y no quedaba otra que llorar. El muñeco se me había chiflado y ahora se manejaba solo. Yo arriba, desde la cabeza, le apretaba los botones, le movía las palancas y nada. El hijo de puta del Mazinger no respondía.</p>
<p>El Cacho me apartó con un empujón.</p>
<p>—Pará, culiado ¿Qué te pasa? No es así, acá quedan dos cosas por hacer, o nos cagamos a patadas o te das media vuelta y te tomás el buque. Qué me venís a llenar de mocos, qué te pensás, ¿que te voy prestar una servilleta?</p>
<p>La mirada del Cacho era rara. Daba vuelta la cabeza y los miraba a los vagos que se habían quedado como congelados con la botella de Coca a medio empinar. Yo lloraba fuerte, como lloran las minas, medio ahogándome, medio tosiendo.</p>
<p>El Cacho medio como que me separaba, pero yo volvía y largaba otro «buaaaaá» todo atragantado y moquiento.</p>
<p>Por primera vez en la vida, noté que el Cacho estaba nervioso. Me pegó un empujón y se limpió los mocos de la remera. Los demás vagos se pararon y enfilaron para donde estábamos nosotros. En ese momento no lo supe, pero había hecho lo único que se podía hacer para salir bien parado.</p>
<p>Agarré mis cosas, metí la remera chivada en la mochila, me puse el buzo y lo miré al Cacho por última vez. Los vagos ya estaban ahí nomás, cerquita.</p>
<p>—Cuidála, es buena mina —le dije en voz alta—. Cuidála mucho a la Sonia, porque aunque te haya elegido a vos, es una buena mujer.</p>
<p>—Tomatelá —respondió inflado el Cacho. En el fondo, creo que hubiera preferido cagarme a trompadas. Pero en Alberdi, vos no le pegás a un amigo así porque sí. Si vamos al caso, ése era mi derecho dadas las circunstancias. Y al Cacho no le quedaba ninguna oportunidad.</p>
<p>Aunque mi accionar implicara una humillación terrible, no quería darle el gusto a este hijo de puta. Saltar con la bronca ahí hubiera sido como entregarle la milanesa servida. No, ni en pedo, ni por puta. Ahí fue que entendí que el Mazinger no estaba descontrolado. El muñeco en piloto automático había resuelto las cosas mejor que yo.</p>
<p>Delante de la barra el Cacho quedaba como un tipo en el que no se podía confiar. Uno que venía y te soplaba la mina. Los demás vagos ya no se animarían a confiar en él. Todos tendrían miedo de que el Cacho, arrebatado por el impulso de sus hormonas, se tirara encima de sus mujeres.</p>
<p>Y con la novia de los amigos en Alberdi no se jode.</p>
<p>Me fui. Y camino a casa lloré. Cuando te sacan la mina no es igual. No importa que vos hayas querido cortarla. Es cuestión de orgullo de hombre, loco. El hombre es el que decide cómo y cuándo. Y no viene un gil y te la agarra a tu mina y te la besa y te sienta en un bar y te dice que la cosa se terminó.</p>
<p>Cuando llegué hice el bolso. Después la llamé a mi tía y a las 11 de la noche me tomé el bondi para barrio Güemes.</p>
<p>Al otro día, con la cabeza todavía empañada, llamé por teléfono al laburo y renuncié. Lo llamé a Fonseca y le conté, le dije que la Sonia me cagaba con el Cacho y que por orgullo y vergüenza, no volvería a pisar mi querido Alberdi del alma. Fonseca lo pensó un rato y me dijo «Hacés bien».</p>
<p>Aunque los extraño mucho, hay cosas de las que puedo prescindir sin problemas.</p>
<p>Al baile no voy ni en pedo. No quiero cruzármelo al Cacho todo chivado agarrándola de la cintura a la Sonia. Tampoco verlos a los vagos y que me inviten a ir con ellos, como si fuera un sapo de otro pozo. No da.</p>
<p>Los partidos de los lunes ya no existen más. Estoy saliendo con una pendeja que reparte folletos en el semáforo de la Julio A. Roca. Son folletos de una pollería. No es nada serio, pero por ahí vamos a tomar un helado y la pasamos bien, a veces nos pegamos unos besos en La Cañada. Son unos besos largos. Ella hace como un molinete con la lengua y a mí eso me pone al palo.</p>
<p>A veces la extraño también a la Sonia, pero más por orgullo que por otra cosa. Me hubiera gustado sentarme con ella en el café de la Colón y decirle un par de cosas. Calculo que la primera hubiera sido «puta». Pero no da. Las mujeres también deciden, loco, a eso lo aprendí a los golpes. Aparte, ella es la novia del Cacho, y con eso no hay que embromar.</p>
<p>El tiempo compensa las cosas.</p>
<p>Ya no me duele tanto el alma como esa noche en la canchita de fútbol cinco. Y al Cacho, por suerte para los dos, no me lo he vuelto a cruzar.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
<p style="text-align: right;"><em>Cuento publicado en 2006 <a href="http://www.tematika.com/articulo/detalleArticulo.jsp?idArticulo=431027" target="_blank">en este libro</a>. </em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Hacé algo que me guste, che culiado</title>
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		<pubDate>Wed, 11 May 2011 14:55:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre he tenido una relación medio chota con las realizaciones audiovisuales vernáculas. Cuando se produce —cualquier cosa— en Córdoba parece que la premisa es no hacernos cargo de que somos, en gran medida, lo que nos devuelve el espejo. Escuché varias veces que las empresas de Buenos Aires testean productos acá porque el público es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre he tenido una relación medio chota con las realizaciones audiovisuales vernáculas. Cuando se produce —cualquier cosa— en Córdoba parece que la premisa es no hacernos cargo de que somos, en gran medida, lo que nos devuelve el espejo.</p>
<p>Escuché varias veces que las empresas de Buenos Aires testean productos acá porque el público es lapidario; si no anda, te dicen:</p>
<p>—Es malísimo el jugo éste, che culiado.</p>
<p>Público jodido, el cordobés. Tierno y a veces careta. Por dentro parece que no nos bancamos nuestra idiosincrasia, el reflejo en el cristal, y por fuera vamos al hueso. Festejamos el localismo y a la vez los escritores, los músicos, los actores y los locutores hacen esfuerzos hercúleos para que no se les note la tonada. Existe una sospecha instalada (al pedo, pero está) de que todo lo que venga de afuera siempre será mejor.</p>
<p>En cierta forma, la comparto.</p>
<p><span id="more-5658"></span>Abundan los ejemplos de películas, libros, obras de teatro y recitales en los que las pilas están puestas en copiar una fórmula. Si un extranjero la pegó con un libro que habla del Santo Grial, disfrazamos a nuestros primos de curas y los filmamos. Si un porteño vende muchos libros hablando de sexo, acá ponemos la foto de una mina en bolas en una tapa.</p>
<p>Pero los cordobeses sufrimos porque no podemos ponernos de acuerdo con nosotros mismos. Ni siquiera sobre cómo escribir el adjetivo que nos identifica a nivel nacional (debería escribirse &#8220;culeado&#8221;, pero me suena como el orto, así que elijo ponerle la &#8220;i&#8221; donde, por sonoridad, tiene estar clavada y al palo: &#8220;culiado&#8221;).</p>
<p>Siempre he tenido también una relación medio chota con los que se quejan porque &#8220;la fórmula&#8221; no da réditos en la tierra del fernet (no se venden libros, no se compran entradas para el cine). Me revienta escuchar que se culpe al público, como si se tratara de una masa boluda que se niega a reconocer la maestría que hay en un poemario pedorro, o el virtuosismo que destilan dos flacos disfrazados de roqueros, lacios del pedo, dando gritos sobre un escenario.</p>
<p>—Es malísimo el juego ése, che culiado.</p>
<p>Por suerte, hay gente que entiende que ser cordobés no es buscar el resquicio para fracturar a los artistas y moldearlos a imagen y semejanza de lo que vende afuera. Por suerte, hay tipos que apuestan por un modelo de producción basado en la premisa más antigua y más simple para conectar con un público: vamos a hacer algo que a mí, si estuviera del otro lado, me gustaría recomendar.</p>
<p>Simple. Claro. Sin tanta vuelta ideológica, sin tanto mensaje oculto y difícil de decodificar.</p>
<p>Ayer, con mucho entusiasmo, fuimos con unos amigos a la Ciudad de las artes a ver De caravana, la película cordobesa que se recomienda mucho de boca a oreja.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/sara_juan_cruz.jpg" alt="" /></p>
<p>Ese mecanismo difusor —genuino, desinteresado, cristalino y de buena leche— es el que históricamente le ha roto el culo a las gacetillas de prensa en los diarios y a las notas largas y mal iluminadas en la televisión. Dos tipos se cruzan en la calle y, antes de despedirse, uno le dice al otro:</p>
<p>—Noo, culiado, si no viste De caravana en el cine, sos un muerto.</p>
<p>Ya está. Qué tanto análisis lleno de sustantivos raros, qué tanta vuelta con perorata académica que no se entiende un carajo. A mí nunca me han dado ganas de ir al cine porque una película esté &#8220;bien lograda&#8221;, ni me he comprado un libro porque &#8220;el autor deja entrever un mensaje que dialoga con no sé qué tradición&#8221;.</p>
<p>—¿Está buena?</p>
<p>—Más buena que cagar con la puerta abierta.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/caravana_face_3.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>Andá al cine, che culiado</strong></p>
<p>Si es cordobés, tiene que hacer reír. Otro lugar común. De caravana hace reír sin proponérselo. Funciona porque está bien hecha. Punto. La narración no te empalaga con mensajes ocultos y sin embargo te deja pensando un montón de cosas. ¿El secreto? Es una buena historia filmada como dios manda. </p>
<p>Lo primero que impacta cuando se bajan las luces es el laburo de los actores. Me causó una emoción muy intensa ver cómo todos y cada uno asumían la cordobesidad auténtica, la que va todos los días en el colectivo, la que rebota sobre las mesas de los bares, porque la película así lo pedía, sin careta.</p>
<p>De caravana funciona porque tiene algo que contar. Mirá qué simple. Palo y a la bolsa.</p>
<p>Hay un marco familiar que ayuda, claro (las calles, el baile de La Mona, la tonada, los espacios reconocibles) y hay gente que se mueve como nos movemos todos por esos espacios, pero todo parece casual y ahí está el mérito. No hay un regodeo con los íconos emblemáticos (el fernet, Carlos Jiménez Rufino, el caretaje, la negrada).</p>
<p>No hay ganas de cagar más alto de lo que da el culo.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/caravana_face_2.jpg" alt="" /></p>
<p>Como espectador me comí un viaje intenso, el tipo de viaje que te pegás con las buenas anécdotas en las que el acento está puesto en hacer cada pasaje creíble.</p>
<p>Una vez escuché a una guionista decir que lo importante es la verosimilitud; esto es que lo que veamos no nos haga ruido, que lo que están viviendo los personajes sea factible. Todas las situaciones en De caravana parecen planteadas con esa premisa. Y, además, hay un esfuerzo de la concha de la lora para lograr que cada pedacito del guión respete eso: la radio del taxi, el jadeo de los canas, la cara de dormido del protagonista cuando se despierta (¡primera vez que un actor tiene cara de dormido en serio cuando se despierta!).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/caravana_face_1.jpg" alt="" /></p>
<p>También un escritor que admiro dice que el secreto de las buenas historias es que el destino de los personajes nos importe. Han pasado varias horas desde que la vi, pero sigo contaminado, como en los buenos libros, con los nombres y los giros de la trama, y esa contaminación tiene más intensidad que la cara del flaco que va con auriculares en el asiento del lado en el trole.</p>
<p>Anoche me enamoré de Sara, lo compadecí al Laucha, sufrí con Juan Cruz, quise comer choripán con Penélope y aprender a bailar con Maxtor. Anoche aluciné con un paseo en sulky, me colgué fantaseando con un polvo frente a 9/90.</p>
<p>Durante una hora y media, De caravana fue un espejo difuso donde nos miramos, nos creímos y entendimos que ya estuvo bueno con esto de renegar de lo que somos.</p>
<p>Si no tenemos identidad, ¿adónde mierda vamos a apoyarnos para empezar a contar? ¿Con qué voz, si nos empeñamos en hablar como la Coca Sarli cuando se sobaba las tetas en el agua?</p>
<p>No me cabe ninguna duda: De caravana ya es un mojón en el mar de confusión en el que naufragamos como público.</p>
<p>Cuánto me gustaría que se convierta, con el cariño con el que se acuñan los hitos alucinantes, en el peldaño que las nuevas camadas de cineastas quieran superar. Como espectador, carajo, cómo me gustaría que pase algo tan simple como eso.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/caravana_face_4.jpg" alt="" /><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
<p>Imágenes vía:<br />
<a href="http://www.facebook.com/pages/De-Caravana/148290711879115" target="_blank">Facebook De caravana</a>.<br />
<a href="http://morirenvenecia.blogspot.com/2010/11/festival-de-mar-del-plata-2010-parte-2.html" target="_blank">Este blog</a><br />
La Voz.<br />
Día a Día.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>In your face</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/04/27/in-your-face/</link>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 18:05:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[(Advertencia: post no apto para gente sensible). Tengo por costumbre escribir sobre los procedimientos médicos menores a los que la Divina Providencia suele enfrentarme. Ya lo hice la vez que me volé los dientes de adelante, y en una que otra oportunidad en la que la espalda me pasó factura por tantas horas frente al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>(Advertencia: post no apto para gente sensible).</em></p>
<p>Tengo por costumbre escribir sobre los procedimientos médicos menores a los que la Divina Providencia suele enfrentarme. Ya lo hice <a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/08/05/recibirse-de-boludo/" target="_blank">la vez que me volé los dientes de adelante</a>, y <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/02/28/charlas-con-gandhi/" target="_blank">en una</a> que <a href="http://revistapeinate.com.ar/2010/10/26/guardapolvos-drogas-y-alcohol/" target="_blank">otra oportunidad</a> en la que la espalda me pasó factura por tantas horas frente al monitor.</p>
<p>Será que tengo alma de médico frustrado (de pedo que logré inscribirme en medicina, abandoné cuando vi que había que estudiar matemática y química a rabiar), será que la relación científica que tenemos con nuestra biología me resulta morbosa y fascinante. O que tengo -dependiendo del punto de vista- algo de suerte.</p>
<p>Me quedé con la espina. Literalmente.</p>
<p><span id="more-5603"></span>En Semana Chanta me poseyó el espíritu del cocinero telúrico y me dediqué, entre gallos y medianoche, a preparar varios fuegos con los que mi familia le dio rienda suelta a la pasión gastronómica. Primero arranqué con un pollo al disco, seguido de un asado monumental y, finalmente, trabajé sobre el epílogo de un lechón lujurioso al <a href="http://www.fullblog.com.ar/blogs/sierraschicas1hornos/1252153607779493.jpg" target="_blank">horno chileno</a>.</p>
<p>Como no creo en dios ni en la santísima trinidad, sólo tengo en claro que Semana Chanta sirve para empujar el aparato digestivo hasta las fronteras mismas de la muerte.</p>
<p>Esos días frenéticos de preparar bagna caudas y huevos de chocolate caseros representan para nosotros, los agnósticos golosos, la oportunidad de tirar la chancleta del decoro y rellenarnos las tripas con bebidas espirituosas y cadáveres exquisitos. Y como vengo de una tradición netamente piromaníaca, lo que más me gusta es juntar leña, encender el fuego y sentarme a verlo arder, mientras fumo y leo hasta que esté la comida.</p>
<p>Fue en la primera mañana, la del pollo al disco, que me aventuré en un monte serrano para hacerme de maderitas y retazos que me sirvieran para cocinar a la llama. Como también le tengo mucho respeto y <a href="http://www.facebook.com/media/set/fbx/?set=a.34001823404.41765.583198404&amp;l=f3888abe0e" target="_blank">admiración a los ofídios</a> y a los arácnidos con el culo rematado en aguijón, presto mucha atención antes de meter la mano en cualquier parte.</p>
<p>Pero esta vez el cálculo me falló y una larga espina de vaya uno a saber qué planta se metió debajo de la uña del dedo gordo de mi mano derecha, la que uso para limpiarme el culo, para escribir, para armar cigarros.</p>
<p>Al principio le resté importancia, porque más allá de una molestia y un picor no había nada. Además, después del segundo Malbec es como que <a href="http://www.popgoesthevegan.com/img/lost-sayid-02.jpg" target="_blank">Sayd</a> te puede meter cien espinas de bambú en la uña de una pata que todo bien.</p>
<p>El problema empezó el domingo, cuando los vahos del alcohol comenzaron a disiparse.</p>
<p>Aquella molestia inicial se convirtió en una sensación dolorosa e intermitente, que se agudizaba cuando el brazo estaba en descanso, pendiendo junto al cuerpo. El lunes el dedo se hinchó y parecía de dibujos animados, todo rojo y con la uña medio levantada. Anoche dormí como el culo y el roce de las sábanas me resultaba insoportable, y esta mañana me dolía hasta la muñeca y el dedo se había puesto verde, con algunas manchas oscuras que no se veían del todo bien.</p>
<p>Llamé, por fin, a mi primo, que es cirujano, y le pedí que me recibiera.</p>
<p>Mi primo es un gran tipo, de esa clase de personas que te sacan lunares o te suturan golpazos con huesos a la vista mientras te pregunta cómo andan las cosas. Le tengo mucho aprecio, más allá de lo profesional (ha cosido a mis hijas en varias oportunidades y a mi propio padre, mientras mi hermano y yo lo sujetábamos a la camilla para que no huyera hacia la calle); Julio me cae bien, tiene sonrisa franca y mirada serena, tranquilizadora.</p>
<p>Cuando me vio frunció la boca y me sugirió que comenzara rápido con antibióticos, para poder pasarme a deguello mañana a primera hora.</p>
<p>Pero como me dolía mucho y ya no podía armar cigarros, se apiadó y me preparó el quirófano para una intervención rápida antes de seguir con sus pacientes. Se puso el guardapolvos, me acomodó en la camilla y me pidió que extendiera el brazo con el dedo podrido sobre una tabla de madera. La enfermera iba y venía trayendo cosas que hacen falta para estos procedimientos: el líquido marrón, las gasas, las pinzas, y una lata de esas que no sé para qué se usan.</p>
<p>Empezó con la anestesia, medio de coté, porque, en palabras suyas, &#8220;me vas a odiar para toda la vida si te abro así nomás&#8221;. Dolía un toque, pero soportable.</p>
<p>El problema vino cuando apoyó el bisturí.</p>
<p>Hoy, después de tanto tiempo, supe a ciencia cierta por qué no había pasado el cursillo de ingreso a medicina. No fue sólo por la perspectiva de vivir en una capacitación permanente, como sé que le ocurre a todos los profesionales de la salud. Tampoco por eso de estar disponible las 24 horas para que cualquier boludo te haga saltar de la cama porque <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/06/04/la-crueldad-del-pasado-en-blanco-y-negro/" target="_blank">la hija se rompió la frente contra la mesa de luz</a>. Ni siquiera por la obligación de contestar consultas de parado en medio de una fiesta, no.</p>
<p>Es por cosas como las de hoy. Por la remota posibilidad de que un dedo te eyacule tres certeros chorros de líquido cadavérico en medio de la cara. Escribo este breve agradecimiento para Julio, víctima de un <em>cumshot</em> abominable. Para que sepa cuánto lo respeto y lo aprecio por su dedicación y su estoicismo.</p>
<p>Escribo esta crónica desagradable porque la medicina, para mí, ya es algo que ocurre del otro lado del mostrador.</p>
<p>Y es mejor así.</p>
<p>Creo que elegí bien. Con media uña despegada y envuelta en vendajes, con la espalda rota y la salud minada, elegí bien. Puedo darme el lujo de sumar palabra por palabra, sabiendo que, en los brazos de los calmantes y los antibióticos, mañana será otro día. Prefiero esta trinchera de letras digitales y frases altisonantes a esas secuencias indignas de una vocación que te expone a experiencias desagradables.</p>
<p>Me gusta porque escribir es recordar. Mientras que otras profesiones, por obligación, demandan aprender a olvidarse&#8230;<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
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		<title>Qué te voy a explicar</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/04/13/que-te-voy-a-explicar/</link>
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		<pubDate>Wed, 13 Apr 2011 18:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[La Luli viene a verme. Está destrozada por lo del Beto. Me toca el timbre y la hago pasar. Es un día caluroso, tiene la cara blanca con unas ojeras de esas bien oscuras. Ha estado llorando. Nos abrazamos, nos sentamos en el sofá y destapamos unas cervezas. —Tengo que hablar con vos, Juan —me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Luli viene a verme. Está destrozada por lo del Beto. Me toca el timbre y la hago pasar. Es un día caluroso, tiene la cara blanca con unas ojeras de esas bien oscuras. Ha estado llorando. Nos abrazamos, nos sentamos en el sofá y destapamos unas cervezas.</p>
<p>—Tengo que hablar con vos, Juan —me dice.</p>
<p>Yo sé de qué viene la cosa. Soy el último que lo vio al Beto con vida. Y ella era la novia. Ella necesita saber.</p>
<p>—Vos estuviste con él ése día, contáme, por favor, necesito saber&#8230;</p>
<p>Le alcanzo un pañuelo y me lo llena de una mezcla babosa de mocos y lágrimas. Está destrozada. La culpa te destroza. Ya sea porque te olvidaste de darle de comer al gato y se te ahogó con un pedazo de almohadón cuando estaba hambriento, o porque a tu vieja le cortaron el teléfono que olvidaste pagar. La culpa es jodida. Pesa. La puta si pesa.</p>
<p>—Yo lo llamé por teléfono la noche anterior y quedamos para ir al mecánico —le digo.</p>
<p>Ella rompe en un llanto:</p>
<p>—¡Pero si el Beto no tenía auto!</p>
<p><span id="more-556"></span>Le digo que no, que era para llevar el mío. Se tranquiliza, me hace señas para que siga. Yo me quedo mirando un rato la mesita ratona. Hay un par de revistas y un folleto.</p>
<p>—Al otro día estuve a primera hora y le toqué el timbre. Subió al auto y partimos para el mecánico. Era algo del carburador al final, no sé. La cuestión es que dejamos el coche y nos vamos caminando.</p>
<p>—¿Cómo estaba? —me pregunta la Luli.</p>
<p>—Sucio —le digo— los carburadores se ensucian y&#8230;</p>
<p>—No, Juan —me interrumpe llorando—. Cómo estaba el Beto&#8230;</p>
<p>—Ah —le digo—. Como siempre. Cruzado. De mal humor, ¿viste?</p>
<p>Ella me dice que sí, que ya sabe de qué hablo. Después de todo, convivió más que nadie con el Beto. En serio que sabe de qué hablo.</p>
<p>—Le pregunté qué le pasaba y me largó el rollo de los mecánicos —le digo.</p>
<p>—¿Qué rollo? —me pregunta la Luli.</p>
<p>—Eso de que al final, vos nunca sabés con los mecánicos. Que vas ahí como un boludo y les dejás el auto y te vas a tu casa. El Beto no paraba de decirme que cómo sabía yo si el tipo es realmente un mecánico si no le había visto el título en ningún lado. Viste que el Beto siempre se fijaba en esas cosas —le digo.</p>
<p>Ella se pone a llorar y me dice que sí con la cabeza. Le cuelga de la punta de la nariz algo que no se sabe bien si es un moco o una lágrima.</p>
<p>—Seguí —me pide.</p>
<p>—Bueno, al Beto le preocupaban esas cosas. Decía que cualquier tipo podía poner un taller en la casa (¿viste que siempre tienen los talleres en la casa?) sin tener ni puta idea de motores ni carburadores. Que hasta él mismo podría ser mecánico. Que sólo le hacía falta poner un par de autos jovatos en la puerta, calzarse un mameluco lleno de grasa, comprar un par de herramientas y listo. Me venía diciendo eso todo el viaje, que la cosa sería un negoción; los tipos le dejaban el auto y él se lo llevaba a un mecánico en serio y vos ni te enterabas.</p>
<p>—Esas cosas le daban por las pelotas —me dice la Luli.</p>
<p>—Sí, le jodían mucho. Yo le decía que no podía pensar así, porque se iba a terminar amargando la vida, que al mecánico me lo habían recomendado, pero ahí nomás me decía que no tenía nada que ver. Que era un tipo en una calle, en un barrio, con dos o tres autos estacionados afuera, el mameluco lleno de grasa que te dice «dejámelo que lo veo». Y volvía a joder con eso de que vos no sabés dónde estudió o quién certifica que es realmente un mecánico.</p>
<p>—Típico del Beto —me dice la Luli entre lágrimas.</p>
<p>—La cuestión es que salimos de ahí y a mí se me ocurrió invitarlo a tomar un helado. Viste que está haciendo mucho calor. Pero el Beto no paraba. Seguía diciendo que era un pelotudo, que hasta él podría ser un mecánico, que cómo no se le ocurrió antes, si al final, lo que había que hacer era pasear los autos y aguantar hasta que los arreglen, y después fajar a tipos como yo, muy confiados —le explico—. Viste que cuando al Beto se le cruza (se cruzaba), agarráte.</p>
<p>Ella me dice que sí, que si sabrá de eso.</p>
<p>—La cuestión es que fuimos a tomar un helado.</p>
<p>—Ya sé —me dice ella— te largó toda la teoría de los sabores de los helados, ¿no?</p>
<p>Los dos sonreímos.</p>
<p>—Sí —le digo—. La idea era tomarse un barquillo, pero éste se puso a mirar los cartelitos con los sabores y a preguntarle a la chica qué mierda era Mascarpone. La miraba, le ponía mala cara y miraba los sabores. Los tres nos quedamos callados un rato. La mina con la palita para juntar el helado, yo mirándome los zapatos y el Beto con la cucharita llena de Mascarpone. Entonces me mira a mí y me dice que al final ya no es como antes, cuando vos ibas con tu viejo a la heladería y era frutilla, chocolate o dulce de leche. Me dice «ahora es Crema No Sé Cuánto, o Chocolate Abuela Seferina. Qué carajo sé yo qué le pone la abuela ésta a los chocolates ¡Quiero chocolate como dios manda, qué tanto joder!».</p>
<p>La Luli se ríe. Yo me río. Sigo contándole lo que decía el Beto:</p>
<p>«Si al final, a la crema la deben comprar todos en el mismo lado. Pero no, ustedes se hacen los piolas y al dulce de leche le meten galletitas rotas adentro, le ponen esencia de tutuca y lo venden como Dulce de Leche a la Veneciana&#8230; ¿Qué carajo sé yo lo que es Dulce de Leche a la Veneciana? ¿Y el <em>chis queic</em>? ¿A que si te pregunto qué es el <em>chis queic</em> te vas llorando al baño?» le dijo a la pobre mina.</p>
<p>La Luli se rió más y se atragantó con la cerveza. Yo también me reía mientras le contaba.</p>
<p>—La cuestión es que le armó un quilombo a la chica con los gustos, le hizo todo el planteo sobre la estafa que era ir ahora a quedarse parado como un boludo frente a los nombres que se le ocurría poner a la abuela de mierda que había financiado la heladería que no tenía dulce de leche común y silvestre, sino Dulce de Leche Abuela Seferina.</p>
<p>—¡Uf! —dice la Luli— y no sabés lo que era ir al cine con este cristiano&#8230;</p>
<p>—Me imagino —le digo. Y ella me pide que le siga contando.</p>
<p>A mí me da un poco de no sé qué. Estamos ahí los dos solos sentados. La ex del Beto y yo, ella llorando y riéndose, yo medio empedado por el calor, la cerveza. Qué sé yo.</p>
<p>—&#8230; Entonces le dije que nos volviéramos en bondi, porque no me daba para el taxi. Así que nos tomamos el N5. Ahí aprovechó para darme toda la lección respecto a los viajes en colectivo. Viste que el Beto tenía toda una teoría con los viajes en colectivo, ¿no? Bueno, me la fumé entera. Que por qué subían tanta gente, que por qué no podías bajar por adelante, que las viejas que caminan despacio se vienen haciendo las boludas para que les des el asiento, que tenés que hacerte vos el dormido y todo eso, ¿viste? Así que nos vinimos de la relomada del orto y éste dale que va con que el mudo que vende los lápices seguro que no es mudo, con que por qué las mujeres no les pegan un chirlo a los chicos que te agarran a vos la ropa y esas cosas&#8230;</p>
<p>—Insoportable, pobre Beto —me dice la Luli.</p>
<p>Y yo ahí me doy cuenta que ella cruza una gamba por encima de la otra y que tiene un moretón medio verdoso en el muslo. No le digo nada.</p>
<p>—La cosa es que bajamos cerca de la plaza y seguimos caminando —continúo— y él me insiste con que entre, que me invita a tomar algo. Que me quiere hablar de cómo están las cosas con vos&#8230;</p>
<p>—¿Vos&#8230; sabías? —me dice la Luli.</p>
<p>—&#8230; y —le digo yo— algo había oído. Así que entramos y éste se pone a patear calzoncillos sucios del piso para hacerse lugar para pasar. Viste el quilombo que tiene (tenía) en el departamento&#8230;</p>
<p>—¡Uf! —me dice la Luli.</p>
<p>—Y se va a la heladera y saca una cerveza y me la sirve en un vaso de plástico todo mugriento. Y ahí me cuenta que con vos estaba todo mal&#8230;</p>
<p>—¿Qué te dijo? —me pregunta la Luli con los ojos fijos en los míos.</p>
<p>La Luli tiene una mirada que te quema, loco. No hay forma de esquivarle el bulto.</p>
<p>—Me entró a hablar de que la vida en pareja es una cagada —le digo—. Que el estado natural del hombre es estar soltero, que las mujeres no entienden nada. Y de los colchones&#8230;</p>
<p>—¿Qué colchones? —me pregunta la Luli.</p>
<p>—Bueno&#8230; eso de que el peor invento de la humanidad es la cama grande para compartirla con otra persona. Viste cómo era éste con las teorías; que no había peor hijo de puta que el que hacía las propagandas de los colchones. Me preguntó si alguna vez había visto un afiche de colchones en que la pareja no estuviera sonriendo. «Los que hacen esos afiches deben ser todos solteros; ¡o putos!», me dijo.</p>
<p>—¿Por? —me pregunta la Luli.</p>
<p>—Porque decía que en ningún afiche sale nunca una pareja ventilando las sábanas por el olor a pedo, o el tipo todo transpirado y la mina tapada hasta la cabeza, o cada<br />
uno mirando para el otro lado. Siempre te muestran gente contenta de dormir con otro en la cama, nada de tipos que se babean o de minas que roncan como si tuvieran un rastrojero en la garganta. Según él, eso no era natural ¿Viste que decía siempre «si encuentro al hijo de puta que&#8230;»? Bueno, empezó a decir que quería encontrar al hijo de puta que había inventado que las parejas tienen que dormir en una misma cama. Decía que uno duerme sin pierna hasta los veintipico, y que de repente tenés que meter a otra persona, con el tamaño que tienen las personas, en la cama. Y que encima tenés que levantarte de buen humor y acostarte sin hacer quilombo. Creo que dijo que en los afiches nunca salía el tipo con los ojos como un dos de oro por el insomnio y la mina al lado leyendo con una bombita de 200 apuntándole a la jeta.</p>
<p>—¿Y vos qué le dijiste? —me pregunta la Luli.</p>
<p>—Nada. Qué le voy a decir. Ya para esa altura me había secado la cabeza. Estaba harto de los comentarios y de sus teorías.</p>
<p>—¿No le preguntaste por mí? —me dice la Luli.</p>
<p>—Sí. Y me dijo que con vos todo mal, que no sabías entenderlo.</p>
<p>Y entonces la Luli se larga a llorar.</p>
<p>Yo me acerco un poco y la abrazo.</p>
<p>Llora y llora y yo le paso la mano por el pelo. Lo pienso unos segundos. Es una locura. Lo que estoy por hacer es una locura, pero los hombres estamos todos locos.</p>
<p>—Luli —le digo.</p>
<p>—¿Qué, Juan? —me pregunta ella.</p>
<p>—Yo lo maté al Beto —le digo.</p>
<p>Se queda callada. Se muerde un dedo. Mira para la ventana, se separa de mí y después vuelve a mirarme.</p>
<p>—Gracias —me dice.</p>
<p>Y me mira con esos ojazos.</p>
<p>Me clava la vista así, con los ojos así. Entonces me voy derecho y le como la boca.</p>
<p>—Te quiero —me dice.</p>
<p>—No digás nada —le digo.<br />
A esa altura, los dos ya habíamos escuchado demasiadas boludeces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span></p>
<p style="text-align: right;"><em>Cuento publicado en 2006 <a href="http://www.tematika.com/articulo/detalleArticulo.jsp?idArticulo=431027" target="_blank">en este libro</a>. </em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>No te vayas de España sin antes tomarte una foto conmigo&#8230;</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/04/03/no-te-vayas-de-espana-sin-antes-tomarte-una-foto-conmigo/</link>
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		<pubDate>Sun, 03 Apr 2011 19:50:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[(En Barcelona, con Ian McEwan, que me persiguió para que nos sacáramos una foto. Nunca pude decirle que no a Ian. Me pidió que le diera saludos a Javier y a Cristina; cumplo con transmitirlos). Hoy Madrid amaneció cubierta de nubes y a eso de las cinco empezó a llover con fuerza. Por la mañana [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/ian_y_yo.jpg" alt="" /><br />
<em>(En Barcelona, con Ian McEwan, que me persiguió para que nos sacáramos una foto.<br />
Nunca pude decirle que no a Ian.<br />
Me pidió que le diera saludos a Javier y a Cristina; cumplo con transmitirlos).<br />
</em></p>
<p><span id="more-5368"></span>Hoy Madrid amaneció cubierta de nubes y a eso de las cinco empezó a llover con fuerza. Por la mañana me levanté, fui a desayunar, preparé el bolso y me despedí mentalmente de este paréntesis enloquecido.</p>
<p>Pasé por un mercado callejero que se llama El Rastro, que recomiendo fervientemente; es como el Mercado de las Pulgas pero multiplicado por ciento cincuenta.</p>
<p>Entre otras cosas, encontré una casa de antigüedades que me despertó una pasión inédita por los muebles raros y de colección. El dueño era muy piola y conversamos bastante. Tienen web, <a href="http://www.lastudio.es" target="_blank">es esta</a>.</p>
<p>Después quedamos con Dieguito y Gisele para ir al Palacio Real, pero la puntualidad obsesiva de los responsables de la puerta nos dejó afuera por quince segundos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/ultimo_dia_00.jpg" alt="" /></p>
<p>Pateamos una locura de cuadras hasta el Museo Reina Sofia, para enterarnos de que los domingos cierran.</p>
<p>Hicimos otro tramo importante y nos metimos en el Parque del Retiro, que de día es una superficie kilométrica de césped, senderos y gente que trota y pasea perros, mientras que de noche es la capital mundial de la culiandanga promiscua masculina.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/ultimo_dia_03.jpg" alt="" /></p>
<p>Ya metidos en el tema, nos fuimos a Chueca, un barrio gay muy paquete, con mucha onda, para buscar un bar. Terminamos en Diurno, un lugar increíble adonde me comí unos sánguches tremebundos de distintas variedades mientras los chicos de las mesas circundantes nos miraban.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/ultimo_dia_01.jpg" alt="" /></p>
<p>Ahora estoy en el depto de los chicos, escribiendo las últimas líneas desde España. Pronto me tragará la boca del subte que me escupió quince días atrás a la superficie de Madrid.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Será el último paseo por las entrañas de España. Luego viene el aeropuerto, el pesaje de valijas y el sellado de papelitos. Si todo sale bien, en trece horas estaré en Córdoba, abrazando a mis afectos.</p>
<p>Ha sido un viaje en todo sentido. Empezaré a regar cada post con las fotos correspondientes dentro de muy poquito, por si algún curioso tiene ganas de ver los lugares comentados.</p>
<p>Siempre he sentido un rechazo natural por las imágenes de viaje de la gente en general, al igual que las fotos de casamiento, así que no abusaré de la paciencia de nadie.</p>
<p>Ha sido un placer enorme contar estas pequeñas alegrías y saber que del otro lado, algunos amigos iban viajando conmigo.</p>
<p>Agradezco mucho los comentarios, las sugerencias, las llamadas y los correos.</p>
<p>Cansado y contento, voy a cerrar el bolso.</p>
<p>Les dejo unos besos.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Nunca escribí tan rápido en mi vida</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/04/02/nunca-escribi-tan-rapido-en-mi-vida/</link>
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		<pubDate>Sat, 02 Apr 2011 19:11:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[No puedo creer la velocidad con la que estoy escribiendo. Voy en un tren que apenas si toca las vías, de regreso a Madrid, después de pasar un día muy bonito en Toledo. Tenía una pequeña confusión respecto de mi horario para volver a Argentina, así que el equívoco me regaló una jornada extra e [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/tolido_05.jpg" alt="" /></p>
<p>No puedo creer la velocidad con la que estoy escribiendo. Voy en un tren que apenas si toca las vías, de regreso a Madrid, después de pasar un día muy bonito en Toledo.</p>
<p>Tenía una pequeña confusión respecto de mi horario para volver a Argentina, así que el equívoco me regaló una jornada extra e inesperada.</p>
<p>Después del paseo nocturno de ayer por Madrid, me estaba faltando más tierra adentro. Las calles madrileñas en los fines de semana parecen una salida de viaje de estudio para gente grande; todos derrapan. Voy en el tren pensando en eso.</p>
<p><span id="more-5414"></span>Anoche me encontré con un número importante de argentinos tarjeteando en la calle para llevar a los extranjeros a los boliches. Esquivando invitaciones a discotecas, me metí en uno de esos casinos al paso, pero la caja ya estaba cerrada, así que tuve que conformarme con ver cómo ganaban monedas unos viejitos con más culo que espalda.</p>
<p>El hotel donde me alojo tiene un ventanal que da a un boliche, al otro lado de la calle. Quizá por eso no era tan caro. Como estoy medio viejo, las risotadas no me dejaban dormir, así que salí al balcón a fumar y a tirarles la ceniza en la cabeza a los borrachos.</p>
<p>Es interesante la distancia que siento respecto de la gente que tiene ciertas habilidades, como la de parar mujeres en la calle, decirles dos boludeces, y comérselas a besos. Pensaba en eso mientras contabilizaba los chapes espontáneos. Las más fáciles, parece, son las rubias medio nórdicas. Algunas hasta se dejaban tocar las tetas.</p>
<p>Interesante.</p>
<p>Después me vestí y caminé hasta la Plaza Mayor, que ya estaba poniéndose los candados. Un espectáculo interesante que no pude registrar porque no tenía la cámara, es el de los camiones de basura entrando en el lugar a los bocinazos limpios para que los turistas borrachos se hagan a un lado. Algunos (por la reacción, italianos) les respondían arrojándoles latas de cerveza vacía.</p>
<p>No sé a qué hora me dormí, porque cuando me acosté apareció un grupo de hinchas de un club de fútbol y entonaron todos los cantitos habidos y por haber, justo debajo de mi ventana. A pesar de que no soy adepto a los deportes de pelota, me atrevo a diagnosticar que los españoles inventan unos cánticos horribles, sin rima, medio inocentones.</p>
<p>Esta mañana preparé la mochila, cargué la cámara y salí a ver de qué hablaban los folletos cuando hablaban de Toledo.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/tolido_01.jpg" alt="" /></p>
<p>La ciudad está encallada en un valle pedregoso estilo Tolkien, rodeado por un río que dibuja una &#8220;u&#8221; mayúscula. Se trata de un grupo de edificios antiquísimos, resabios de fortalezas del año del ñaupa, con las que sucesivas culturas se han defendido de los ataques bárbaros. La mayor parte de las construcciones se conservan bien (hasta tienen un Museo de la Tortura, que te muestra lo lejos que llegó la Inquisición en el afán de ganar clientes).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/tolido_02.jpg" alt="" /></p>
<p>Toledo un viaje hacia el pasado, aunque estoy empezando a pensar que todos estos lugares serían para la mierda más bonitos si no fuera por nosotros, los turistas.</p>
<p>La estación de tren está hecha de unos ladrillitos muy simpáticos que recuerdan a Villa General Belgrano mezclado con la Córdoba Colonial. Apenas bajamos, unos señores se ofrecieron a pasearnos con un tour que comprendía los principales puntos. Lo pensé un rato, porque costaba doce euros y al final accedí.</p>
<p>Me sodomizaron estando de pie, para no decir que me cogieron de parado.</p>
<p>El tour era una fantochada que dio dos vueltas y nos dejó en el casco histórico, apenas habiéndonos mostrado una que otra pelotudez que a pata veíamos lo mismo. Mal.</p>
<p>Caminé bastante hasta que el hambre se me hizo insoportable. Cientos de callejuelas estrechas y torcidas hacen de Toledo un laberinto medieval. Lo más impactante son las pendientes y las subidas, que a veces llegan a los 45 grados.</p>
<p>Si vas cuesta arriba, las pantorrillas queman como atravesadas por espadas. Si vas cuesta abajo, las uñas de los pies se doblan dentro de los zapatos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/tolido_04.jpg" alt="" /></p>
<p>Me decidí por un lugar cuyo nombre no recuerdo, pero que parecía la Casa de Casper, con las mesas todas en ángulo. Pedí el menú tradicional, que venía con vino (RIQUÍSIMO), una entrada de chorizos con huevo revuelto y cebolla, y un principal que no recuerdo cómo se llamaba, pero que era de carne de ciervo con una salsa deliciosa en la que flotaban papasfritas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/tolido_06.jpg" alt="" /></p>
<p>Comí como un condenado a muerte por la Santa Iglesia, completamente embelesado por la conversación de unos pendejos yanquis de la mesa del lado. Me llamó la atención que, mientras esperaba mi pedido, uno de ellos dijo en voz baja:</p>
<p>-Ese tipo se hace el rudo porque lía sus propios cigarrillos.</p>
<p>Hablaban de mí. No muy seguido se tiene oportunidad de escuchar lo que otros dicen sin filtro de uno, estando nosotros ahí. Me sentía el Hombre Invisible.</p>
<p>Criticaron mi ropa, mi forma de comer, lo que hacía con el pan, etc. También se rieron mucho de los habitantes de la región, que iban a un casamiento y que vestían ropas un poco estrafalarias.</p>
<p>Los cinco pendejos pidieron de comer, en el corazón de un lugar como España, pizzas con Coca-Cola. Hablaron muchas cosas más que me hicieron sentir Fidel Castro, pero como no me gusta juzgar, sólo reproduciré la alocución mental que ensayé para divertirme (hay que leerla con la voz del líder cubano):</p>
<p>-Los norteamericanos van plantando la bota y el fusil para abrir McDonals hasta en el coño de su madre.</p>
<p>Cuando se me cagan de risa, a los yanquis no los Toledo.</p>
<p>Volví a la estación de trenes caminando. Siento que no tengo carne ni músculos en las piernas, que voy saltando sobre los huesos. No puedo creer todo lo que he caminado este contintente.</p>
<p>Mientras escribo estas líneas, el tren acaba de apagar los motores. Estoy escribiendo, por tanto, mucho más lento, casi al ritmo de todos los días. Vamos con el envión sobre la vía, reduciendo considerablemente la velocidad.</p>
<p>Espero que las conservas que compré para regalo no me generen problemas en los controles del aeropuerto. Mañana deberé sentarme sobre la maleta para que el cierre dé la vuelta completa.</p>
<p>El tren es un pene metálico debajo de la falda de Madrid. Después el Metro en la entrepierna.</p>
<p>Luego un baño. Oh, sí.</p>
<p>Guifi.</p>
<p>Subir esto.</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Adiós Pagrís y aquí tienes Madrid; última parada</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Apr 2011 00:26:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Ayer me tocó hacer una inspección involuntaria por todos los sanitarios de París. Tuve la poco feliz idea de alimentarme en un mercado en el que los vendedores manipulaban los sánguches con las manos medio sucias. Terminé, como dicen las abuelas, con &#8220;descompostura de vientre&#8221;. O &#8220;desarreglo&#8221;. O &#8220;cagadera&#8221;. Creo que ya mencioné el hecho [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_01.jpg" alt="" /></p>
<p>Ayer me tocó hacer una inspección involuntaria por todos los sanitarios de París. Tuve la poco feliz idea de alimentarme en un mercado en el que los vendedores manipulaban los sánguches con las manos medio sucias. Terminé, como dicen las abuelas, con &#8220;descompostura de vientre&#8221;. O &#8220;desarreglo&#8221;. O &#8220;cagadera&#8221;.</p>
<p>Creo que ya mencioné el hecho de que en Europa no hay bidet. Lo consideran un artefacto antihigiénico. Pero lo de París es un extremo, porque ahí, además, tampoco les importa si la gente se caga encima.</p>
<p>Yo creo que la relación de una sociedad con sus heces define a esa sociedad, y que el sexo oral debe ser una desilusión en estas tierras.</p>
<p><span id="more-5407"></span>Me fui del hotel de mala muerte sin sospechar que tras un Guatemala puede haber un Guatepeor&#8230; y llegué vía Internet al Hotel Des Arts Montmartre, donde el conserje me atendió con menos onda que una bandera de lata.</p>
<p>Tras las aclaraciones de rigor -que obviamente no entendí- me dio la llave de la habitación y me señaló una escalera larga. Pero larga-larga. Me había tocado la última pieza, en el piso seis, así que me armé de paciencia y comencé el ascenso.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_04.jpg" alt="" /></p>
<p>En el cuarto había un lavabo que desagotaba sobre un balde con olor a meadas. La cama estaba hecha a la turca, con la sábana enrollada sobre algo que parecía una almohada. Dejé todo y me encaminé al excusado, para intentar aliviar un poco la sensación de estar licuándome. Para llegar al baño había que salir de la pieza y atravesar el pasillo hasta el final, donde una puertita mínuscula mostraba las letras WC.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_03.jpg" alt="" /></p>
<p>El interior era bajo y había que agacharse para orinar (así y todo, no exagero, el techo me daba en las cervicales). Decidí no hacer lo segundo por el estado en el que estaba el tazón. Si alguno tiene presente Trainspotting, sabrá de lo que hablo.</p>
<p>Por fin partí sin bañarme (la ducha estaba en el primer piso) y empecé a caminar la ciudad. Cada tanto paraba, me comía un bocadillo y pedía el tualet. Después seguía. Hice eso por no menos de cuatro horas, buscando las panaderías más baratas, hasta que me di cuenta de que estaba en la relomada del ojete.</p>
<p>Un poco por casualidad y un poco por instinto, encontré el museo del Louvre, Notre Damme, Pont Neuf, el barrio Latino, Saint Germain De no sé qué (sepan disculpar que no googlee para corregir, pero estoy fusilado).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_00.jpg" alt="" /></p>
<p>Volví al hotel para dejar los bártulos y partí munido sólo de la cámara, dispuesto a ver la ciudad de noche.</p>
<p>Creo que hasta ahora es la caminata más larga que hice en mi vida. Yo le calculo unos veinte kilómetros de ida y otros veinte de vuelta. En todo el trayecto me dediqué a perfeccionar el arte de liar cigarrillos.</p>
<p>El Chiri y el Hernando me habían dado tips fundamentales que puse en práctica y que me ayudaron a conseguir armar unos cositos bastante dignos que no se desarman a la segunda seca como los caramelos nefastos que conseguía con estas manos de mono.</p>
<p>Con mis pitillos liados para ahorrar, caminé los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo. Aunque la cámara de fotos se quedó sin batería bastantes kilómetros antes, conseguí hacer algunas tomas bastante dignas que pronto adosaré al respectivo post.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_02.jpg" alt="" /></p>
<p>Volví con los pies como un Hobbit, aturdido del cansancio, el dolor de culo y la contractura espaldar, pero contento.</p>
<p>Esta mañana me levanté, junté mis cosas y me preparé para dejar París atrás. Tomé un metro, luego otro, luego otro más, hasta que llegué a una parada de bondis donde conseguí uno que me llevó hasta el aeropuerto (atenti para los que piensan en viajar, esa terminal queda a 170 kilómetros de la ciudad, o sea, más lejos que la mierda).</p>
<p>Todo fue bien, hasta que en el control del aeropuerto me hicieron abrir la mochila&#8230;</p>
<p>Cuando me paran en un aeropuerto siento que llevo diez kilos de cocaína sin darme cuenta; me da culpa, me pongo nervioso, intento parecer colaborador y termino por exagerar. El hombre que le hace radiografías al equipaje me pidió que me apartara de la línea y fuera a hablar con un señor disfrazado de marinero. Éste me pidió, para nada amablemente, que abriera todo.</p>
<p>Entendí que me decía que no se podía llevar desodorantes y frasquitos de regalo con cosas flotando en aceites, nada que supere los cien mililitros. Al parecer, después de los atentados la gente tiene que andar con olor a sobaco y no puede llevar comida que le pueda dar a alguien ataques de hígado. Discutí amablemente en francés:</p>
<p>-Mesié, ye pasé todo aeropogr de le mond con estas cosás, ye sui desolei por su attitú.</p>
<p>No hubo caso, se cabreó, tomó el material en conflicto con dos manos y, sin dejar de mirarme a los ojos, las dejó caer en sendos tachos. Los desodorantes estaban medio nuevos, pero me dolieron en el alma las conservas, que me salieron un huevo y eran para regalo.</p>
<p>Subí al avión puteando en cordobés, me senté y me dormí como si me hubiera antestesiado.</p>
<p>Hora y media después aparecí sobre el cielo de Madrid. Bajé y me fui a por el metro. Una vez en él, traqueteando hacia las profundidades de la tierra, comprendí que me cagaba otra vez.</p>
<p>Ni bien emergí hablé con Diego, que me dijo que nos viéramos a las seis, pero como era temprano y yo estaba sucio, dolido, descompuesto y caliente como negra en baile, me vine al hotel donde pasé mi primera noche la semana pasada y regateé hasta que conseguí una habitación con baño adentro de la pieza.</p>
<p>Me pasé un buen rato higienizándome y poniéndome a punto. Después, fresco y renovado, salí a ver cómo seguían mis inversiones en el Museo del Jamón.</p>
<p>Ya repuesto del problema, me sentía con mucho vigor digestivo, así que me acodé en la barra y le fui pidiendo cosas al muchacho. En un momento me dijo:</p>
<p>-Qué pedazo de hambre que tenés, cordobés.</p>
<p>Resulta que el tipo es de centroamérica y tiene un hermano en Argentina. Además, conoce la tonada porque es fanático de Rodrigo. Y entre una cosa y otra, me dio de tomar como quisiera ahogarme. Se llama Luis, le mando saludos.</p>
<p>Me despedí de él hasta nuevo aviso y me fui a buscar una maleta que despaché con una amiga y que fue a parar a las afueras de la ciudad. Recién vuelvo, cansado pero bien.</p>
<p>Ahora estoy trabajando en algunos textos que debo, cosas que me habían pedido para entregar la semana pasada y que olvidé. Estoy en el balcón viendo pasar una procesión de culos y tetas y gambas que recrean mucho la vista.</p>
<p>La ciudad toda bulle a mis pies. Se presiente el fin del viaje. Estos son los últimos paseos en metro, las últimas gallegas lindas para cruzar en la calle.</p>
<p>Va siendo hora de apretar las valijas y tirar de los cierres. El lunes estaré como mi familia que tanto extraño, otra vez.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Último momento: Pagrís mejora un montón</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2011 16:11:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Anoche cené de parado en una esquina, asediado por gente sin techo que me pedía papafritas y cigarrillos. Llovía, así que me refugié bajo un alero a fumar y a pensar que todas las postales de este país eran una gran mentira. Compré en un supermercado paquistaní un pack de cervezas y me las fui [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/sena.jpg" alt="" /></p>
<p>Anoche cené de parado en una esquina, asediado por gente sin techo que me pedía papafritas y cigarrillos. Llovía, así que me refugié bajo un alero a fumar y a pensar que todas las postales de este país eran una gran mentira.</p>
<p>Compré en un supermercado paquistaní un pack de cervezas y me las fui tomando mientras veía cómo la gente que regresaba al hogar se mezclaba con los que salen descontrolados y con sed de fiesta.</p>
<p>Cuando las latas se terminaron, volví al hotel, que está dentro de una galería. El portón estaba cerrado y flanqueaban la entrada un nutrido grupo de negros que no sabían español.</p>
<p>-Voy al hotel del fondo, hermano; no me la hagás tan larga, si vuplé.</p>
<p><span id="more-5401"></span>Los negros se apiadaron y me abrieron. El viejo conserje con el que jugaba a Dígalo con mímica ya no estaba, y en su lugar había una mulata con ganas de practicar el inglés.</p>
<p>Por fin conseguí una toalla.</p>
<p>Dormí un sueño inquieto, repleto de voces que se colaban por las paredes, gente que puteaba en francés y niños que lloraban como si los estuvieran faenando. Desperté esta mañana sin saber quién era ni porqué estaba ahí, así que me lavé la boca, armé el bolso y salí huyendo, con la preocupante sospecha de que un día más en este país era una equivocación.</p>
<p>Caminé sin rumbo por avenidas lluviosas hasta que encontré un café medio barato y me senté.</p>
<p>En la mesa del lado había una francesa gordita muy simpática con ganas de practicar su español, así que en un periquete me llenó el mapa del metro con indicaciones. Me tranquilizó que insistiera tanto con que no estaba ni cerca del corazón de París, así que pagué y me sumergí en la estación, decidido a encontrar el mundo que me prometía la Wikipedia.</p>
<p>Toda ciudad grande tiene un culo y yo me había instalado en él. Ese era el problema. Varias paradas después, salí al París que hasta el momento me estaba vedado, el de las postales, el que tenemos todos anclado en el imaginario.</p>
<p>Recién entonces saqué la cámara del bolso y empecé a disparar. Cayeron en la redada los monumentos, las callejuelas, los edificios barrocos. Este lugar soporta con un diseño posmoderno y sofisticado, el peso de cientos de años de historia.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_15.jpg" alt="" /></p>
<p>Trepé empujando viejas alemanas a un bus turístico y me pegué una paseada bastante aleccionadora por los principales monumentos y lugares. En efecto, de haber seguido en el otro barrio, hoy estaría en algún portal llorando como los chicos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_14.jpg" alt="" /></p>
<p>Hice un pequeño video en el Museo del Louvre, y me tomé dos o tres fotos con cara de lobo marino debajo de la Torre Eiffel.</p>
<p>Me llevo algunos datos vagos sobre cada lugar, pero también la certeza de que más que eso no puede hacerse en tan poco tiempo.</p>
<p>Bajé del bus con las manos solidificadas por el frío y me metí en el primer café que encontré. Ahora tengo que ubicar nuevo alojamiento y apearme de este mochilón que me pesa como un cristiano al hombro.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_16.jpg" alt="" /></p>
<p>Esta noche quiero conocer Saint-Germain-des-Prés. Ha mejorado sensiblemente la experiencia y se avecinan nuevas exploraciones. Me pone contento haberme encontrado con la gordita de boina.</p>
<p>Merci bocú, Flavia.</p>
<p>Increíble lo que rinden un par de rayones sobre un mapa cuando estás lejos de casa.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Adiós Sant Celoni y aquí tienes Pagrís, Rocamadour</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/30/adios-sant-celoni-y-aqui-tienes-pagris-rocamadour/</link>
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		<pubDate>Wed, 30 Mar 2011 17:44:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[De no ser por la acertada intervención de María, hubiera perdido el tren, el vuelo y los estribos. Esta madrugada trotamos con el Chiri por las calles adormiladas de Sant Celoni para llegar a horario. Con paso ligero y sostenido, coqueteamos con la muerte y el asma, pero lo logramos. Cuánta decisión en esos trancos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_08.jpg" alt="" /></p>
<p>De no ser por la acertada intervención de María, hubiera perdido el tren, el vuelo y los estribos. Esta madrugada trotamos con el Chiri por las calles adormiladas de Sant Celoni para llegar a horario. Con paso ligero y sostenido, coqueteamos con la muerte y el asma, pero lo logramos.</p>
<p>Cuánta decisión en esos trancos con jadeo, cuánto compromiso coronario.</p>
<p>Ayer pasamos la tarde en lo de Hernán, con Korochi y con el Chiri. Nos bajamos varias pavas de mate mientras discurríamos sobre blogs, mujeres, películas, series y libros, mientras el mundo giraba fuera de la ventana con indiferencia.</p>
<p>La noche cayó y enseguida vinieron las pizzas, preparadas por el Gran Comequechu, que nos envió tres (una homónima que es im-pre-sio-nan-te, y una Orsai, con un quesito medio camembert que estaba para ir a buscarlo y chuparle los dedos).</p>
<p><span id="more-5393"></span>Volvimos ya cansados y, antes de dormir, nos armamos como diez puchos con el Chiri para acompañar la última charla cara a cara hasta nuevo aviso. Nos fuimos a dormir muy tarde, y yo puse el despertador para saltar de la cama tres horas después, pero no lo escuché.</p>
<p>Por suerte María sí. Qué bueno.</p>
<p>Nos despedimos con el Chiri fundiéndonos en un beso apasionado con un talón pegado al culo y después trepé al tren. En el apuro, debo confesar, olvidé sacar el ticket, así que el viaje me salió gratis. Una involuntaria argentineada me permitió ahorrarme el coste hasta el aeropuerto. Poco después el avión de Ryanair desgarró las nubes del cielo de París y me escupió sobre las campiñas francesas.</p>
<p>Empecé a sentir la barrera idiomática ni bien me bajé.</p>
<p>Es una presencia viva, una fragancia oscura. La gente acá tiene la boca llena de peces y de flores, como diría Cortázar, pero además, les da por el medio de los huevos escuchar palabras en inglés.</p>
<p>Seguí a la manada como un autómata hasta un colectivo. Me acomodé junto a un señor que parece que había desayunado caca, porque su aliento pestilente me hacía rebotar la cabeza contra los vidrios. Setenta kilómetros de resistir la nausea y apretar la mandíbula me permitieron llegar a destino.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_12.jpg" alt="" /></p>
<p>Bajé del autobus visiblemente descompuesto, para encontrarme con una ciudad arrasada por una ventisca fría y lluviosa. Los edificios se te vienen encima en París, y los carteles de las calles no ayudan para nada, menos todavía que la gente balbuceando respuestas desganadas y sin sentido.</p>
<p>Por algún juego del azar que no busco comprender, puse el culo en un metro que me dejó a los pies de la Torre Eiffel.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_11.jpg" alt="" /></p>
<p>La concentración de los que ven materializada semejante postal es contagiosa. Caminé los alrededores esquivando puestos callejeros que venden torres en miniatura, gratamente impactado por las mujeres parisinas. La arquitectura acá está muy bien, pero llaman mucho más los culos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_06.jpg" alt="" /></p>
<p>No tenía más tabaco, así que pateé sin rumbo para ver si encontraba algo.</p>
<p>Almorcé dentro de un supermercado, en el que podés comprar salchichas y pan y armarte tus propios panchos. Los precios en este lugar son un delirio, todo está por encima de los diez euros. Me pasé las siguientes dos horas olfateando orines y preguntando tarifas en los hoteles.</p>
<p>Todavía no puedo definir Pagrís.</p>
<p>Para peor de males, hice base en una zona muy extraña. Creo que es una especie de gueto afroamericano (de ahí que sea tan barato). El lugar se llama Hotel Dumas, o algo así, y cuesta 35 billetes. Está dentro de una galería repleta de peluquerías, santerías y locales de piercing, regenteadas por negros. Se respira una atmósfera cargada de tensión, pero no deja de ser pintoresco.</p>
<p>Creo que ni Bukowski en sus años mozos recayó en una habitación tan mugrosa como la que me dio el conserje (un viejo pelado que habla en griego). No puedo dar con mi contacto parisino así que no me queda más que hacer noche ahí, a ver qué sucede luego.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_09.jpg" alt="" /></p>
<p>Lo único que pudimos sacar en claro con el tipo del mostrador es el número de mi pasaporte. Yo le digo cosas y el tipo dice “oui”, pero estoy seguro de que no entiende un sorete. Lamento no hablar francés, me estoy jugando la suerte en un partido de Dígalo con mímica, sin conseguir ni una toalla ni una clave de para el supuesto Wi-Fi, que no figura en lista de redes.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_07.jpg" alt="" /></p>
<p>Debajo de la cama hay dos platos, uno con agua y otro con unas bolitas que (espero) son comida para gatos. Escoba no juega, desodorante ambiental tampoco. El lugar entero huele a cloaca rebalsada, y hoy cuando salía, la huésped del frente se me quedó mirando como si hubiera visto al diablo mismo. Dije bonyur, pero se limitó a cerrarme la puerta en las narices.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_10.jpg" alt="" /></p>
<p>Pude, por fin, darme un baño. Me sequé con una remera y traté de no apoyar nada fuera del cubrecamas, porque la habitación está llena de colillas de cigarrillo y de ceniza. En cierta forma, me recuerda a mi departamento de soltero.</p>
<p>Ahora llueve y estoy refugiado en una veredita angosta, chupándome un café raro que sale como seis euros. Necesito mantenerme despierto, el cuerpo empieza a pasar factura y las energías decaen a ritmo vertiginoso.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_13.jpg" alt="" /></p>
<p>Ya he reservado pasaje de regreso a Madrid, donde pasaré la última noche antes de terminar el viaje.</p>
<p>Hasta el momento, París no me gusta, pero creo que es porque estoy en un barrio en la relomada del culo. Tengo que ponerme a buscar datos geográficos que levanten un poco el rating de la ciudad, o me llevaré una impresión muy poco placentera.</p>
<p>Todo está muy sucio y gris en París. Bebé Rocamadour, bebé, bebé.</p>
<p>Esta noche me desmayaré en el corazón de un hotel siniestro, y pondré mis sueños en manos de fieros vigilantes de color. Mañana buscaré otro hospedaje.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pagris_05.jpg" alt="" /></p>
<p>Creo que no he visto ni un uno por ciento del potencial poético de esta ciudad. Mala cosa entrarle al país de Cortázar por el costado menos romántico.</p>
<p>Ahí viene la cuenta. El mozo aprieta con los labios un puro explotado, como de dibujos animados.</p>
<p>—Mercí, che culiado —le digo cuando me da el vuelto—. Más caro que el ocote, el cafecito.</p>
<p>—Mercí, mercí —contesta.</p>
<p>Sonríe como si supiera algo que desconzco. O quizá sea la cara que ponen cuando le dan las monedas a los turistas que van a volver a sus casas lejanas sin un peso.</p>
<p>Contentos, pero sin un peso.</p>
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		<item>
		<title>Adiós Barcelona y aquí tienes Sant Celoni</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Mar 2011 15:12:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Veintiocho de marzo de dosmilonce. Estoy a bordo de un tren que me lleva a Sant Celoni, donde el Chiri y el Hernando han prometido limpiarme al poker y hacerme cosas para las que el catalán todavía no tiene palabras. —Vale. Venga —respondo. En este país, esas dos palabras son un comodín verbal muy versátil. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pizzeria_orsai.jpg" alt="" /></p>
<p>Veintiocho de marzo de dosmilonce. Estoy a bordo de un tren que me lleva a Sant Celoni, donde el Chiri y el Hernando han prometido limpiarme al poker y hacerme cosas para las que el catalán todavía no tiene palabras.</p>
<p>—Vale. Venga —respondo.</p>
<p>En este país, esas dos palabras son un comodín verbal muy versátil. Sirven tanto para despedirse en una reunión como para invitar a alguien a una cama. Los argentinos tenemos el “boludo”, pero no es tan abarcativo, y además, distingue género.</p>
<p>Desde que estoy en esta tierra he visto algunos modismos y expresiones que son como firmas que la cultura del país le estampa a los extranjeros. Acá la gente, por ejemplo, resopla mucho:</p>
<p>—¿Me marca mucho las celulitis este bikini?</p>
<p>—Ffff.</p>
<p>Esa onomatopeya se repite de manera constante, tanto para evaluar la calidad de un jamón como para decir si alguien es un pesado. “Ffff”. Y lo usan todos. Antenoche hice una pregunta general al grupo con el que estaba y las cinco personas soltaron uno casi al unísono. Nadie parece darse cuenta.</p>
<p>—Ffff.</p>
<p><span id="more-5385"></span>Antes de ayer fue el cumpleaños de mi padre, lo llamé y le dejé un mensaje. Quiero llevarle un regalo de acá, pero es un poco complicado. Ya veré cómo me las arreglo. Las tarjetas para hablar te cuestan cinco euros y te rinden para una hora a Argentina.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/mar_barcelona_00.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/mar_barcelona_02.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/mar_barcelona_01.jpg" alt="" /></p>
<p>También estuve con Silvi y Lunita, amigas cordobesas aunque hayan nacido en Cataluña. Son la mujer y la hija de mi mejor amigo, y lo pasamos muy bien; fuimos a la playa, paseamos en bus y nos metimos al parque de Gaudí. Ese lugar está hecho para que la gente entrene el índice apretando el obturador de la cámara. Increíble la cantidad de turistas al pedo.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/gaudi.jpg" alt="" /></p>
<p>El sábado terminó Kosmopolis, un ramillete de experiencias interesantes. Hasta tuve que leer cosas en portugués para que lo escucharan personas que hablan bien ese idioma; hasta el momento es lo más osado que hice en mi vida (<a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/02/24/os-medanos/" target="_blank">además de esto, claro</a>).</p>
<p>Caminamos mucho con Silvi, turnándonos para llevar a Luna en brazos mientras me mostraban otros lugares de Barcelona. La pequeña me preguntó mucho por Niki y por Lulú, así que le dije que fuera a visitarlas, que estarían encantadas. A la noche volví a caer como si alguien me hubiera robado el piso.</p>
<p>—Ffff.</p>
<p>Los suburbios de la ciudad se deshacen sobre los vidrios del tren. Pronto empezamos a transitar una zona muy similar a los caminos para llegar a Carlos Paz, pero bien cuidada. Estoy sucio, cansado, hinchado y feliz. Y me duermo como de un palazo.</p>
<p>(Lo último que veo es el paisaje convirtiéndose en la maqueta de un tesista de arquitectura).</p>
<p>Me he acostumbrado a llevar mi chupa pija a todos lados. Ahora está en el asiento del lado, parece mirarme, su gesto es servil, predispuesto. No puedo despegarme de ella, la necesito. Después del paseo que hice por la zona del Raval, en el que las señoritas centroamericanas me miraban y piropeaban porque les parecía irresistible, descubrí que lo único que les atraía era que compartimos el código de las chupa pijas. Ffff.</p>
<p>La voz del Chiri me despertó en el teléfono y así no perdí la parada. Sant Celoni es hermoso, una ciudad prolijita, bien llevada; es como una señorita coqueta de picnic al pie de una montaña. Desayunamos unas cervezas en lo de Christian y María, después vino el Hernando, y nos fuimos a comer con ellos y Cristina. Fuimos a un lugar que se llama algo así como Montsein, y empecé a tragar cosas riquísimas en unas mesas al aire libre. Cristina nos enseñó a tomar vino con una jarra que tiene un piquito y pronto parecíamos linyeras con parkinson. Hasta ahora, uno de los vinos más ricos que probé en mi vida.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/vinazo2.jpg" alt="" /></p>
<p>De entrada pedí unos caracoles y entonces se ve que el cocinero salió al patio y agarró una fuentada de los mismos bichitos que andan por los patios de las casas. No había comido nunca, están riquísimos y te sentís en un documental de Discovery Channel. El plato principal fue como un desafío del Lejano Oeste, pero para ver quién se comía un bifacho de un kilo con papas fritas. Sólo el Hernando y yo desenfundamos. Todo muy rico.</p>
<p>Los chicos son unos anfitriones increíbles. Terminamos la tarde en lo de Hernán, tomando carajillo y levantándonos un estado bastante importante, hasta que llegó Comequechu. Ahí jugamos con una pelota cargada que giraba para cualquier lado y me pidieron amablemente que fuera a bañarme, porque a la noche me sodomizarían con una baraja de cartas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/poker_orsai.jpg" alt="" /></p>
<p>La pizzería es un lugar hermoso, los chicos no están armando una revista con pizzería, están plantando árboles de amor en un oasis de lejanías. Chupamos, comimos, fumamos al póker y terminé endeudado. Una noche alucinante.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/lamparitas.jpg" alt="" /></p>
<p>Hoy dormí hasta tarde y clavé un pollo ibérico con papas y cebollas. Ya recuperado, me encuentro ahora de colado en una reunión de Orsai, donde el Chiri, el Hernando y Korochi, discuten cosas sobre una minipantallita que parece un libro de cuero.</p>
<p>Estoy muy contento, había pensado en la posibilidad de este encuentro sólo como una fantasía, y escribo esto junto a un montón de amigos que no sabía que tenía, muy bueno.</p>
<p>Antes de dejar Barcelona, me crucé por la calle con Albert Sánchez Piñol, pero no atiné a pedirle una foto ni un autógrafo. Pero luego supe algo que me tranquilizó.</p>
<p>Mañana parto a París, me siento un agente especial pero excedido de peso. Y vestido como un mochilero.</p>
<p>Tengo una misión. Lo que viene es una aventura de las más raras de mi vida.</p>
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		<item>
		<title>Último momento: Marlon Brando estaría vivo y de paseo por España</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Mar 2011 01:19:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Eso pienso cada vez que me cruzo con mi propio reflejo en una vidriera, o cada vez que me subo a un ascensor. Tengo la sensación de estar llevándome parte de España en las tripas, cosa que, de algún modo, me confirman con dolor las prendas. No sé qué hace toda esta gente, ¿por qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/k11_02.jpg" alt="" /></p>
<p>Eso pienso cada vez que me cruzo con mi propio reflejo en una vidriera, o cada vez que me subo a un ascensor. Tengo la sensación de estar llevándome parte de España en las tripas, cosa que, de algún modo, me confirman con dolor las prendas.</p>
<p>No sé qué hace toda esta gente, ¿por qué no toman por asalto los lugares de tapas y las panaderías, para acabar de una vez y para siempre con este asedio en bandeja?</p>
<p>Antenoche, tras una intensiva jornada de pruebas de sonido y de arreglos de guión, salí del CCCB a buscar (¿en serio fuiste a comer?) un lugar para cenar. Lo hice aun sabiendo que los pantalones me quedan como a <a href="http://www.google.es/images?hl=es&amp;client=firefox-a&amp;hs=eYv&amp;rls=org.mozilla:es-ES:official&amp;q=moria%20cas%C3%A1n&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=og&amp;sa=N&amp;tab=wi&amp;biw=1024&amp;bih=433" target="_blank">Moria Casán </a>cuando hace teatro de revista.</p>
<p><span id="more-5366"></span>Hoy comenzó finalmente Kosmopolis (que se escribe sin acento). No pensé que iba a sorprenderme tanto. Dos conferencias demoledoras e intensas fueron el plato principal de la jornada.</p>
<p>Yo masticaba puteadas, porque el entrevistador hablaba en catalán y el entrevistado en francés y creí que me volvería loco. Después me avivé que en la entrada repartían esos aparatitos para traducción simultánea y me hice de uno, con dos locutoras terriblemente seductoras que me doblaron al oído toda la magia a mi lengua.</p>
<p>Ya hablaré más de lo que dejaron sobre el escenario <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Wajdi_Mouawad" target="_blank">Wajdi Mouawad</a>, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Wagensberg" target="_blank">Jorge Wagensberg</a> e <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ian_McEwan" target="_blank">Ian McEwan</a>. Dan para capítulos apartes: el sonido del propio cráneo abriéndose para dejar entrar el aire fresco de una idea de primera mano, no admite abreviación.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/k11_01.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>Vale, mi plata no vale</strong></p>
<p>Además del peso específico, debo empezar a cuidar el otro, el de las finanzas. Voy por ahí repartiendo estos billetes de <a href="http://www.google.es/images?um=1&amp;hl=es&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;biw=1024&amp;bih=433&amp;tbm=isch&amp;sa=1&amp;q=el+estanciero+juego&amp;aq=f&amp;aqi=g2&amp;aql=&amp;oq=" target="_blank">El Estanciero</a>, a veces sin pensarlo, como si todavía estuviéramos bajo el hechizo de la década menemista, absolutamente convencido de que a las oportunidades no las pintan calvas al pedo. Pero es peligroso dejar de multiplicar por seis, y ni qué hablar de andar pasando el plastiquito de la tarjeta por cuanta zanja se ofrezca. No hago compras caras, pero ¡cómo suma el desglose!</p>
<p><strong>Pura alegría</strong></p>
<p><img style="margin-top: 10px; margin-bottom: 5px; margin-right: 15px;" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/pura_alegria.png" border="0" alt="grandes revelaciones del boludo" align="left" />Las librerías de este lugar son el lupanar con el que fantasea nuestra libido de lectura. Hay una cadena muy importante llamada <a href="http://www.lacentral.com/" target="_blank">La Central</a> que es sofisticada, insolente, va bien vestida y desconoce el punto final. Sus locales son laberínticos y enormes, con subsuelos y empleados disfrazados de escritores disfrazados de empleados. Cada batea rebosa, y todo está ordenado a la medida de la fascinación (primer chancletazo a la tarjeta).</p>
<p>Desde que <a href="http://elpezvolador.wordpress.com/" target="_blank">Martín Cristal</a> me presentó a Antonio Muñoz Molina que vengo persiguiendo un libro suyo, llamado <em>Pura alegría</em>. Era imposible de conseguir en Latinoamérica, y a los amigos que viajaban ya les había reventado la paciencia de tanto repetir el conjuro poético:</p>
<p>-Si viajas, tráeme Pura alegría.</p>
<p>Y en La Central no lo tenían. Y en las de segunda mano (añejas, empolvadas para disimular el garbo y la manía, pero dignamente vigentes, con el brío de los que saben que no ha terminado la pelea si todavía tienen semejantes estanterías que trepan hasta los techos para conquistar corazones románticos) tampoco estaba.</p>
<p>Hoy, de pura casualidad, me detuve a recuperar el aliento frente a la vidriera de <a href="http://www.libreriasbertrand.es" target="_blank">Bertrand</a>. No sabía que detrás de mí comenzaba el prólogo del paraíso. Este lugar es la meretriz perfecta, la de las piernas interminables y los labios de rubí, la que lleva las pestañas más largas y el perfume más bonito. Y 16 euros más tarde, yo estaba otra vez en la calle con mi bolsa y mi sonrisa.</p>
<p>Un gran día es cuando la búsqueda termina, porque existe la posibilidad de que otra búsqueda nos anime. Pura alegría. Espero no encontrar más antros de perdición intelectual como éstos, porque acabaré pidiendo limosna para el pasaje en una esquina.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/rambla_catalunia_3.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>Bon apetít, che culiáu</strong></p>
<p>La comida, ya lo dije, es insoslayable. Anoche, después de mucho caminar y de estudiar lugares y sacar cuentas, recaí en un restaurant de una zona poco frecuentada. Estaba a mitad de una calle desierta, brillando con un pálido cartel entre tanta pared color marrón deshora. Detrás de la barra, con rigurosa camisa blanca y moño apretado, Tito me miraba con curiosidad.</p>
<p>Invoqué la Santa Trinidad (caña, papas bravas, la cuenta), pero tanto elogié los platos que hasta vino su señora, cocinera ella, y al grito de: &#8220;¡Pero este crío está en edá de crecé y tiene que comé!&#8221;, terminó poniéndome bajo las narices una batería de platillos de prueba sin cargo, que engullí con prisa y sin pausa.</p>
<p>Casi los abrazo y los beso a la salida.</p>
<p>Después rodé por las calles hasta que encontré el hotel, una hora y media más tarde, y caí sobre el colchón como si me hubieran disparado en la nuca con una escopeta.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/rambla_catalunia.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>De dos a tres dígitos</strong></p>
<p>Uno de los errores más frecuentes en los viajeros nóveles queda a la vista en el traperío que embuten en las maletas. Al pedo traje tanta ropa. Por un lado, acá se consiguen cosas muy baratas (creo que me acaba de dar un codazo mi madre en la consciencia). Las viejas zapatillas que tanto me sostuvieron hasta ahora, dieron el último estertor, entonces pasé por una tienda llamada Decatholón y pegué unas medio deportivas a veinte euros (no me digás que no están regaladas, mamá). Hice lo mismo con tres remeras por diez, un jean por treinta y una campera símil cuero (siempre fue mi fantasía, junto a la del menásh a truá) a cuarenta.</p>
<p>Qué peligroso es darle a un aspirante a artista una tarjeta.</p>
<p>Me voy quedando sin crédito y me estoy sepultando en deudas, pero ála, ála, que cuando se viaja, se viaja, colega.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/chupa_pija.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>La tierra del guifi</strong></p>
<p>Acá hay Wi-Fi hasta en las bañeras. Eso posibilita la conexión descarada en todas partes, en la posición que prefieras. La mayoría tiene clave, pero a quién le importa, si no te la dan en un lugar, hacés diez metros y probás con otra señal más amena. Igual no tengo mucho tiempo de chequear la compu, hay cosas más interesantes detrás del monitor y tengo que aprovechar que las tengo cerca.</p>
<p>No puedo abrir el Facebook porque me pide un montón de cosas para certificar que soy el dueño de la cuenta, así que me manejo sólo con el blog (eso es muy reconfortante, me recuerda a esos años de la prehistoria cuando los blogs eran las estrellas; ¡qué medio más noble!).</p>
<p>Por lo general desayuno leyendo el diario digital de mi provincia y actualizando el blog con lo vivido en el día anterior. Es un ejercicio fantástico de escritura, me hace bien, me pone contento.</p>
<p>Hoy me comuniqué con <a href="http://orsai.es" target="_blank">Hernán</a>, le mandé un mensaje mientras intentaba entender para qué lado del mundo quedaba el hotel y me contestó que me esperan.</p>
<p>Partiré para Saint Celoni el lunes. Después, quizá, Paris. Guí, guí, todavía no me contestó mi contacto de allá para ver si tengo pieza, por lo que si hay algún grupo de parisinas licenciosas compartiendo un piso y quieren albergarme por un par de noches, que me avisen.</p>
<p>Voy terminando.</p>
<p>Ayer conocí a los amigos del <a href="http://www.cccb.org/ca/" target="_blank">CCCB</a>, una gente muy piola y súper predispuesta. Me hacen sentir como en casa. Belén, Juan, Juan Pablo, Pedro, Irene. Hasta me colgaron del cuello un pase especial con el que puedo fumar por todos los rincones viendo pasar a la literatura libre, fuera de las rejas.</p>
<p>Mañana comienza una jornada más larga, con más intervenciones. Espero que no haga el frío de hoy, que me solidificó las orejas.</p>
<p>En breve continúo. No traje, de boludo, el cable para pasar las fotos a la máquina, así que deberé esperar a llegar a Madrid para hacer una selección de todas las pavadas que vengo retratando.</p>
<p>Extraño a mis chicas. Y corto acá porque tengo la espalda muerta. Con el cariño de siempre,</p>
<p>José.</p>
<p>PD: las fotos de Kosmópolis son de <a href="http://www.sofiabari.com.ar/" target="_blank">Sofía Ferrero</a> quien, junto a <a href="http://www.elultimoparaguas.com.ar/" target="_blank">Lucas</a>, son dos cordobeses de Barcelona que me hicieron sentir en casa.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/rambla_catalunia_2.jpg" alt="" /></p>
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		<title>Banearon a Barcelona en la Biblia</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/23/banearon-a-barcelona-en-la-biblia/</link>
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		<pubDate>Wed, 23 Mar 2011 11:08:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta no hace mucho, andar desnudo por las calles de Barcelona estaba permitido. Pienso en eso mientras un señor se baja los pantalones con bronca en la calle y le muestra a dos chicas estadounidenses el miembro viril más grande que yo he visto en estado de reposo, fuera de un tele o un monitor. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria03.jpg" alt="" /></p>
<p>Hasta no hace mucho, andar desnudo por las calles de Barcelona estaba permitido. Pienso en eso mientras un señor se baja los pantalones con bronca en la calle y le muestra a dos chicas estadounidenses el miembro viril más grande que yo he visto en estado de reposo, fuera de un tele o un monitor.</p>
<p>Recuerdo de inmediato el chiste del cordobés que cuenta que un afroamericano abusó sexualmente de él en un viaje:</p>
<p>-Agradecé que me violó, si me llega a pegar con eso en la cabeza, me mata.</p>
<p><span id="more-5352"></span>Barcelona es United Color of Benetton. Jamás he visto tantas mujeres lindas en un mismo lugar, a promedio de diez por calle.</p>
<p>Lo primero que hice tras el desayuno con guifi, fue empezar a caminar. Sin rumbo, sin señas, con la camarita en la mano disparando al paso. Si te ponés a seguir a los que llevan Nikon reflex digital, tenés un tour gratis con asombro garantido.</p>
<p>Las calles de Barcelona son un entramado caprichoso de cuadras cortas en las que se apiñan edificios antiguos con balcones de los que cuelgan plantas, ropas y carteles sobrios escritos en catalán. El idioma es difícil de entender, como si un niño hubiera ordenado las letras del español a su gusto. Cada edificio no supera los seis pisos, y tiene en la planta baja pequeños locales acondicionados con minimalismo y buen gusto. Hay tiendas de ropa, negocios y bares de tapas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_008.jpg" alt="" /></p>
<p>Los suelos de Barcelona están sembrados de porros con filtro. Al principio creía que todo el mundo andaba drogándose sin ton ni son, pero resulta que casi todos fuman armados, para evitar pagar los precios criminales que le ponen al tabaco.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_012.jpg" alt="" /></p>
<p>Existen tres barrios emblemáticos, Rabal (el primero que recorrí, con los edificios caprichosos, señoriales y viejitos); el Gótico (un capítulo para párrafo aparte) y el Borne. Los tres corren paralelos, separados por dos paseos peatonales de gran porte: La Rambla y Vía Laietana.</p>
<p>Los paseos peatonales son amplios y están llenos de artistas callejeros que hacen cosas increíbles para divertir a los extranjeros. Ya subiré fotos de estatuas vivientes y de personajes disfrazados que parecen salidos de El Señor de los Anillos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_018.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_016.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_017.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_000.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_002.jpg" alt="" /></p>
<p>La marea de turistas fluye hacia las plazas y hacia el mar. Sospecho que sólo el quince por ciento de la gente es nativa, el resto viene de afuera.</p>
<p>Grandes grupos humanos se mueven con sincronía hipnótica, hay de todo: actores de bollywood (¿marroquíes? ¿Hindúes?), chinitos (siempre enojados), negros (con mucha onda), turcos de turbante (con cara de haber estado llorando), argentinos (una plaga seductora) y turistas varios (con cara de bobos, entre los que hay alemanes, franceses, brasileros, yanquis, italianos y autores de blogs).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_013.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_014.jpg" alt="" /></p>
<p>Los extranjeros que viven acá se la curran como pueden. Los actores de bollywood venden cervezas en latas y/o porros (guardan ambas cosas en las alcantarillas, aunque todavía no comprendo bien el sistema; es periodísticamente muy interesante), los ofrecen sobre todo de noche, al paso.</p>
<p>Hay mucho joven punk detonado que camina como zombi, y mucha gente en bicicletas de alquiler, que con un abono anual de 35 euros, te da pase libre para tomar la tuya de donde quieras y usarla para pedalear como la novicia rebelde (ayer estuve probando el sistema, es realmente muy bueno).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/bici.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/bici_2.jpg" alt="" /></p>
<p>En el derrotero de fascinación pueril, acabé perdido en el Gótico, un barrio que te transporta hacia el Medioevo con una arquitectura de enciclopedia compuesta de murales húmedos, catedrales añejas y casas con siglos de historia sobre las tejas. Las calles ahí son más pequeñas y la gente deambula murmurando, para no perturbar el ensueño.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_004.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_006.jpg" alt="" /></p>
<p>En cada recodo hay, o un guitarrista que toca clásico, o un señor que con el arpa te hace mojar los ojos, o una señora que canta ópera a capela. La música va guiando los pasos y doblando con gallardía las esquinas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_005.jpg" alt="" /></p>
<p>Terminé metiéndome en una especie de jardín interior con fuente y escaleras y mayólicas, donde le pedí a un turista yanqui que me sacara una foto (creo que salió movida, medio haragán, el gringo).</p>
<p>Voy a volver hoy a ese lugar, me ha dejado muy impactado.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_007.jpg" alt="" /></p>
<p>Después, mientras el ruido de la panza me aturdía y sólo podía conjugar el verbo me cago de hambre, me choqué de frente y sin previo aviso con un mercado impresionante, que se llama Boquería.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria.jpg" alt="" /></p>
<p>Bajo un tinglado gigante se reparten puestos con especias, pescaderías, carnicerías y comida al paso. Los turistas entrechocan las máquinas de foto para tomar imágenes de los vendedores que manipulan cangrejos vivos que agonizan sobre el hielo, o primeros planos de frutas hipertrofiadas que parecen radioactivas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria01.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria02.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria04.jpg" alt="" /></p>
<p>Las mujeres pescaderas de mayor edad cantan en catalán y putean en el mismo idioma a los que no compramos nada y ocupamos el espacio para hacer fotos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria05.jpg" alt="" /></p>
<p>El ambiente huele a mar y a canela. Terminé comiendo unos callos con tanto picante que pensé que si se me escapaba un pedo saldría disparado hacia el techo.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria08.jpg" alt="" /></p>
<p>Todo Barcelona huele a salsas, habanos, guisos y perfumes europeos. Es un tufillo embriagante y seductor que te acaricia las fosas nasales a la par de la arquitectura y las mujeres, que hacen lo propio con las pupilas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/boqueria09.jpg" alt="" /></p>
<p>Cada centímetro de esta ciudad es un bocadillo para un fotógrafo. Cada mirada en la calle un enigma para un poeta, cada ladrillo una invitación para un arquitecto, cada esquina una lección de comportamiento y buenas costumbres, cada bar el comienzo de un buen cuento.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_009.jpg" alt="" /></p>
<p>Finalmente contacté con mi sobrino/amigo Martín, que vive acá desde hace un tiempo, y juntos recorrimos otro barrio, más cercano a las montañas, llamado Gracia. Con Martincito caminamos toda la ciudad persiguiendo los rastros de Gaudí (un señor que ha levantado catedrales psicóticas y parques psicodélicos). Y después, mientras comentábamos la ciudad en cordobés, nos fuimos de tapas (a comer boludeces con cerveza, se entiende).</p>
<p>En los bares podés pedir &#8220;chupitos&#8221; (toc-tocs); así que la expresión &#8220;chupito el pame&#8221; aplica. Y Martín me aportó que las camperas acá se llaman &#8220;chupa&#8221;, y si algo es muy cheto, es &#8220;pijo/a&#8221;, por lo que le podés decir a alguien &#8220;qué chupa pija&#8221; y te lo agradecerán con una sonrisa.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_015.jpg" alt="" /></p>
<p>Esta ciudad es una proyección de la fantasía de Peter Pan, una invitación pecaminosa que con seguridad habrían baneado en la Biblia.</p>
<p>Francesas hermosas pestañean desde las mesas, musculosos italianos se acomodan los huevos en las esquinas, jóvenes de peinados estrafalarios hablan de arte, cultura y economía, tomando cañas y sangrías. Hindúes de bigote caminan apurados de negocio en negocio, ofreciendo cosas del mercado negro.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/benetton.jpg" alt="" /></p>
<p>Todo el mundo te pide tabaco. Todo el mundo está listo para protagonizar una película.</p>
<p>Anoche, de vuelta en el hotel, me saqué los zapatos y descubrí que ya voy sobre ampollas. Equivoqué el primer diagnóstico sobre Barcelona. Entiendo a la perfección lo que le ocurre a los extranjeros que se apiñan de a cuatro en los departamentos para echar raíces en esta tierra. Entiendo la dualidad de quedarse en el limbo o volver a sus tierras.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_010.jpg" alt="" /></p>
<p>Barcelona es un invento diabólico, el canto de una sirena, el escote de una vampiresa. Debería haber un cartel para recibir a los incautos:</p>
<p>-Cuidado, ciudad a la medida de tus fantasías.</p>
<p>Esta tarde visitaré a los amigos del CCCB, que ya están listos para comenzar con el Kosmópolis. Empieza mañana el festival y ya se respira ansiedad. Vendrán jornadas menos turísticas aunque igual de interesantes.</p>
<p>Termino de tipear esto sobre los restos del desayuno. Aunque llamarle desayuno a la animalada que acabo de hacer en el hotel, es una flagrante hipocresía.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_003.jpg" alt="" /></p>
<p><em>(estatua símil petera).</em></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/2barchelon_011.jpg" alt="" /></p>
<p><em> (local especializado adonde aproveché para retocarme los piercings genitales, que estaban medio herrumbrados).</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Adiós Madrid y aquí tienes Barcelona</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/22/adios-madrid-y-aqui-tienes-barcelona/</link>
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		<pubDate>Tue, 22 Mar 2011 10:45:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[En mi último día en Madrid, además de caminar hasta reventar los zapatos, tuve tiempo de encontrarme con Arturo Pérez Reverte, con quien nos hicimos unas fotitos para conmemorar. Recibí (y agradezco) mensajes y llamadas de algunos lectores madrileños, que se ofrecieron para hacer de guías y para alojar. Eso me causó mucha emoción. Conmovido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/arturo_y_yo.jpg" alt="" /></p>
<p>En mi último día en Madrid, además de caminar hasta reventar los zapatos, tuve tiempo de encontrarme con Arturo Pérez Reverte, con quien nos hicimos unas fotitos para conmemorar.</p>
<p>Recibí (y agradezco) mensajes y llamadas de algunos lectores madrileños, que se ofrecieron para hacer de guías y para alojar. Eso me causó mucha emoción.</p>
<p>Conmovido como estaba, me dediqué a testear sociológicamente los establecimientos del Museo del Jamón, para descomprimir a fuerza de embutidos y vasos de cerveza como ni Homero Simpson se chupa en Springfield.</p>
<p>No está bien hacer apología de los vicios, pero caminar Madrid al anochecer, chupado y eufórico, es un placer que no se le debería negar a ningún mortal.</p>
<p><span id="more-5343"></span><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/museo_jamon_3.jpg" alt="" /></p>
<p>Cuando ya no entendía nada, decidí llegarme hasta lo de Diego, Vitor y Gisell, que me esperaban en su departamento, a varias estaciones de metro de distancia.</p>
<p>Aclaración: el metro de Madrid es una obra maestra de ingeniería; todo bien señalizado, muy fácil de comprender, pero con un potente defecto&#8230; se convierte en un laberinto fáunico si tenés la sangre licuada en malta.</p>
<p>Creo que recorrí más las entrañas de la ciudad intentando llegar a lo de los chicos que lo que lo hice en la superficie. Nunca había estado tanto tiempo en un metro: vete pa´quí, sube pa´llá, pregunta po´aquí, métete pa´llá.</p>
<p>Llegué cuando caía el sol y me dieron una buena acogida madrileña. Son tres periodistas de Argentina y Brasil que están allá por una beca y les sobra hospitalidad. Tomamos algo más, llenamos el departamento de humo, y caí en cama a eso de las dos y media, junto al despertador y un papelito donde tenía las instrucciones para ir al aeropuerto y tomar el avión hacia Barcelona.</p>
<p>Otra aclaración: un pasaje en avión te puede salir más o menos lo mismo que un viaje en taxi. Errores de principiante, que le asestaron un golpe durísimo a mi economía nómada. Y es que a la hora de mi vuelo no había metro, así que tuve que hacer un viaje burgués.</p>
<p>Antes de partir repasé las instrucciones de Vuelin.com, y resultó que no podía llevar más de un bulto (de equipaje, se entiende), así que me pasé como una hora intentando comprimir al máximo mis pertenencias. Fue un esfuerzo inútil que me restó energía y me llenó de frustración. Al final tuve que dejarles a los chicos una mochila con ropa sucia y algunos bártulos más de los que podía prescindir, para viajar con una sola cosa en la mano.</p>
<p>Llegué a horario al aeropuerto que tienen, que es inmenso, y empecé a correr como Forrest Gump. Todavía beodo, con los sentidos opacados por el sueño, me sentía en un videoclip en cámara lenta con música de Vangelis.</p>
<p>Llegué jadeando hasta el control, donde me explicaron que era un pelotudo a ruedas porque tranquilamente podría haber traído la mochila, que eso no es un bulto.</p>
<p>Todavía me esperaba una sorpresa más.</p>
<p>Una señora petisa y retacona les daba gritos a los pasajeros:</p>
<p>-QUITÁOS LOS CINTURONES, SACAD LOS ORDENADORES DE LAS MALETAS, PONED EN ESTAS BANDEJAS TODO LO QUE LLEVEN DE METAL.</p>
<p>Seguí las instrucciones en ese orden, y cuando quise avanzar hacia los detectores, casi me caigo de boca al piso, porque el pantalón se me había bajado hasta los tobillos. Le regalé a toda esa gente esta madrugada una imagen de mi culo en calzones que los acompañará de por vida.</p>
<p>Ya en el avión me bajó la Palma de Mallorca y quedé como un títere abandonado. Me despertó el sacudón del aterrizaje, estaba ya en Barcelona.</p>
<p>Tomé un bondi muy cheto que cuando se acerca a los pasajeros, se inclina para que no tengas que levantar las patas. Adentro hay lugar para poner las maletas y es el colectivo más raro en el que me he subido en toda mi vida.</p>
<p>Mientras traqueteábamos con suavidad por unas autopistas de escalectric, veía pasar un desfile de autos nuevos. Parecía que las concesionarias habían abierto las puertas para dejar escapar sus coches (esto es una boluda licencia poética, fruto del sueño que cargo, sepan disculpar).</p>
<p>Lo poco que vi de la ciudad, hasta ahora, me hace pensar en una mezcla de Buenos Aires, Mendoza y Córdoba, pero con mil toneladas de buen gusto y varias cucharadas de responsabilidad ciudadana. La gente habla raro, como español mezclado con francés mientras masticás caramelos Media Hora.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_001.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_002.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_003.jpg" alt="" /></p>
<p>Llegué al hotel y me di la ducha más caliente de mi vida. Salí como la Pantera Rosa cuando se abre el lavarropas y, todavía echando humito, me metí en una plazoleta a desayunar.</p>
<p>Desde estas sillas escribo la crónica de mi primer día en Barcelona.</p>
<p>La ciudad carga con el estigma de las películas harto recomendadas. Se me antoja como el tipo de lugar al que nadie todavía le ha podido resistir el influjo.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_004.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_005.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/baarcelon_006.jpg" alt="" /></p>
<p>Mientras pateaba hacia acá, casi podía sentir ese flechazo del que hablan siempre los que añoran este lugar, los que dicen que se vendrían a vivir sin pensarlo.</p>
<p>Voy a pedir la cuenta. Hay mucho para conocer y caminar.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Nunca cogí tanto en mi vida</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/21/nunca-cogi-tanto-en-mi-vida/</link>
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		<pubDate>Mon, 21 Mar 2011 08:22:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Acá en España &#8220;coges un taxi&#8221;, &#8220;coges el metro&#8221;, &#8220;coges la toalla&#8221;, &#8220;coges tu pedido&#8221;. De adolescente fantaseaba con que, una vez en Europa, cogería como condenado, aunque confieso que lo imaginaba un pelín distinto. El paseo en bondi de jubilados estuvo bien, pero me bajó la palma escuchando el relato de las zonas que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/plaza_mayor2.jpg" alt="" /></p>
<p>Acá en España &#8220;coges un taxi&#8221;, &#8220;coges el metro&#8221;, &#8220;coges la toalla&#8221;, &#8220;coges tu pedido&#8221;. De adolescente fantaseaba con que, una vez en Europa, cogería como condenado, aunque confieso que lo imaginaba un pelín distinto.</p>
<p>El paseo en bondi de jubilados estuvo bien, pero me bajó la palma escuchando el relato de las zonas que transitábamos. Opté por bajarme en una de las paradas, cerca del Museo del Prado.</p>
<p>No sabía que estaba tan lejos del jóstel.</p>
<p><span id="more-5336"></span><br />
<img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/museo_prado.jpg" alt="" /></p>
<p>Ayer caminé como no he caminado nunca en la vida. Igual valió la pena ver de cerca algunas cosillas de Goya, Velásquez y de Rembrandt. Estuvo bien, aunque reconozco que no soy un tipo adepto a las pinturas, hay cosas ahí adentro que te vuelan la peluca.</p>
<p>Anoté muchos nombres de cuadros que me dejaron de cara, algunos tan grandes que tenés que retroceder como diez metros para verlos bien.</p>
<p>Después equivoqué el camino de regreso y me fui a no sé qué barrio. Cuando pensé que ya estaba cerca del jóstel, resultó que estaba en la relomada de la mierda, y como estoy en plan ahorrativo, decidí patear la vuelta.</p>
<p>Largo el camino&#8230;</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/seniora_plaza.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/plaza_mayor.jpg" alt="" /></p>
<p>Pasé por la casa de Cervantes pero no había nadie. Queda en una callecita adoquinada por la que de pedo pasa un auto. En todas partes hay barcitos que venden &#8220;cañas&#8221; y &#8220;tapas&#8221;, pero me hice fan de El Museo del Jamón, que te vende por un euro el vaso de cerveza y por un euro más, unos sánguches mortales rellenos de jamón o queso.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/museo_jamon_2.jpg" alt="" /></p>
<p>Anoche cené eso, y me levanté un pedo bastante respetable, fruto del cansancio, del dolor de piernas y de la cantidad de cerveza que me caía por la comisura de los labios.</p>
<p>En el museo del jamón hay una barra rectangular en la que los comensales rodean a tres mozos que van a los pedos sirviendo cervezas y repartiendo sanguchitos. Todos los interesados se codean con los desconocidos que chupan y morfan por monedas. Compartís la barra con los artistas callejeros (muchos extranjeros que viven al día, muchos mutilados que mendigan, muchos mimos con las caras lavadas) que convierten las ganancias en algo que les dé energía.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/museo_jamon.jpg" alt="" /></p>
<p>Salí, completamente borracho, a la plaza grande cuyo nombre no recuerdo. Hablé con un mozo que era argentino, que me recomendó &#8220;no gastar guita al pedo&#8221; en los bares caretas. Después me puse a ver un espectáculo callejero (chupado como estaba, cualquier boludez me parecía interesante). El artista se envolvió las bolas con un rollo de film, después se ató unas cadenas al cuello y pidió a un ayudante que le pusiera un candado. No sé cómo terminó, si al final se hizo capar con las cadenas o qué. Me fui porque el tipo la hizo demasiado larga.</p>
<p>Volví al hostel con la salud minada y me derrumbé en la cama como si fuera una sequoia talada en la base. No me quiero imaginar los ronquidos que pegué anoche. Pobre gente.</p>
<p>Hoy veré si me encuentro con Diego, por fin. Quiero probar la cocina ibérica, pero bien asesorado.</p>
<p>Sigo viaje. Todavía dentro de Madrid, todavía en esta Torre de Babel en la que la gente habla una única lengua universal: la del chancletazo turístico.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Chupete en el culo</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/20/chupete-en-el-culo/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Mar 2011 12:32:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Salí de la boca de un subte y aparecí en Madrid. El vuelo duró doce horas, fue lo más cerca que me he sentido de estar zipeado como un archivo de la compu. Durante la noche hubo ronquidos, pedos fétidos y gente deambulando a oscuras por los pasillos para estirar las piernas. Fui a mear [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/posada_del_peinte.jpg" alt="" /></p>
<p>Salí de la boca de un subte y aparecí en Madrid. El vuelo duró doce horas, fue lo más cerca que me he sentido de estar zipeado como un archivo de la compu.</p>
<p>Durante la noche hubo ronquidos, pedos fétidos y gente deambulando a oscuras por los pasillos para estirar las piernas. Fui a mear dos veces, la segunda de goloso, porque cuando tirás la cadena (apretás el botón, bah) es como que se prende una turbina y los desperdicios salen volando a la estratósfera con un ruido más o menos así: &#8220;FIIIUSSHHH&#8221;, que la primera vez casi me mata de un infarto porque pensé que había tocado un botón equivocado y que se desarmaba el fuselaje.</p>
<p><span id="more-5331"></span>Compartí asiento con una chica española que vive en Amsterdam, que se llama Elsa. Muy piola, se comió la comida que yo dejé, compartió conmigo lo que no quería. Los españoles, parece, no tienen tanto rollo como los argentinos. Todo bien. Elsa me explicó cosas para no perderme en la ciudad y nos despedimos en la puerta, después de fumarnos unos puchos (ella fumaba armados, porque el tabaco acá es más caro que la mierda).</p>
<p>Antes de despedirnos me indicó adónde estaba el metro (es muy loco, el metro está adentro del aeropuerto, que es el aeropuerto más grande que vi en mi vida, tiene rampas para que los gordos vagos como yo no caminen, y hasta tiene un subte interno para ir desde el avión hasta los policías que controlan los papeles). (Tampoco es que he visto muchos aeropuertos, claro, pero este es especialmente grande).</p>
<p>Pasé por los controles como por un tubo; un sello, una sonrisa, un buenos días, y ya estaba en el primer mundo.</p>
<p>Se me hizo un poco de quilombo con las líneas de subte, pero al final pude descular el misterio y salí echando puta en unos vagoncitos muy monos con locutores invisibles que te van diciendo todo.</p>
<p>Un turista galo me regaló un mapa de las estaciones y así me ubiqué adónde tenía que bajar.</p>
<p>De repente subí una escalera y ahí estaba Madrid. Una cosa muy rara salir así desde las profundidades de la tierra a un país de domingo por la mañana completamente dormido.</p>
<p>Como no podía ser de otra manera, fiel a mi buena fortuna, mis dos contactos madrileños tuvieron contratiempos (uno tuvo que ir de urgencia a Tokio, el otro a no sé dónde) y entonces quedé dando vueltas como un trompo, con los bolsos, más perdido que chupete en el culo, preguntándole a los quiosqueros adormilados adónde quedaba tal calle y adónde podía comprar un chip para celular.</p>
<p>Quería dejar la primera orina de la mañana en lo de Diego, el periodista que se ofreció a darme alojamiento, pero no pudo ser.</p>
<p>Pasó un rato hasta que me hice entender, me costaba hablar sin usar el cordobés básico:</p>
<p>-Maestro, disculpe, adónde tal cosa&#8230;</p>
<p>Al final me tomé otro subte y aparecí en la Plaza del Sol, un lugar que está más bueno que comer con la mano. Busqué alojamiento para poder deshacerme del bolso de mierda que pesa como un cadáver, y visité varios lugares hasta que di con uno más o menos pero que tiene el baño como a tres cuadras. Hay que planificar muy bien cada necesidad fisiológica.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/sol.jpg" alt="" /></p>
<p>Después salí a dar vueltas como una vieja japonesa, con la camarita digital sacándole fotos a cualquier boludez, medio aturdido, sin entender bien cómo funciona porque es prestada. Creo que las imágenes dan ocote, pero seguramente servirán para tener recuerdos.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/perro.jpg" alt="" /></p>
<p>Conseguí chip de la compañía Orange, el número es 658207749, pero todavía no puedo hacer ni recibir llamadas, para darlo de alta hay más trámites burocráticos que para operarse un riñón.</p>
<p>Recién termino de almorzar y estoy sentado en un café, la gente pasa, no mira, come boludeces, habla en un montón de idiomas raros y pasea, pasea, pasea.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/primer_post.jpg" alt="" /></p>
<p>Nunca estuve tan lejos de mis hijas, de mis afectos. Se siente extraño, trato de no pensar en eso porque tengo una tendencia natural a colgarme con boludeces.</p>
<p>Hay alemanes completamente chupados que caminan mirando culos y dando saltitos. Hay cualquier cantidad de franceses (las minas, bastante regulares, a la mierda esa fantasía que tenía con las francesas).</p>
<p>En cada esquina hay músicos callejeros, estatuas vivientes, mimos, gente que pinta cuadros lindos y otros que dan angustia. Todo muy cosmopolita (es la primera vez que uso esa palabra con conocimiento de causa).</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/musicos.jpg" alt="" /></p>
<p>Menos mal que no traje el camperón que iba a ponerme al hombro, acá está igual que Córdoba de temperatura.</p>
<p>Termino de escribir esto y me trepo a un bondi de dos pisos que te pasea por los principales lugares. No voy a tener tiempo de ver mucho, así que no me queda otra que el turismo de jubilado.</p>
<p>Desde algún lugar del centro de Madrid, les mando muchos cariños y espero que estén bien.</p>
<p>Saludos,</p>
<p>José.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/auriculares.jpg" alt="" /><br />
<em>(al término del recorrido del bus turístico, algunos, desencantados, tiran a la mierda los auriculares y los dejan enganchados en un árbol).</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Viaje a lo inesperado y algunos trastornos menores de ansiedad</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2011/03/18/viaje-a-lo-inesperado-y-algunos-trastornos-menores-de-ansiedad/</link>
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		<pubDate>Fri, 18 Mar 2011 16:24:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Tengo ansiedad y entonces me como las uñas. O abro y cierro los correos intercambiados donde figuran las direcciones y los teléfonos de España. Repaso, cada vez que puedo, el cuaderno donde anoté los requisitos para entrar. Y practico en voz alta mi alocución para cuando un supuesto militar ibérico me ponga la mano en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo ansiedad y entonces me como las uñas. O abro y cierro los correos intercambiados donde figuran las direcciones y los teléfonos de España. Repaso, cada vez que puedo, el cuaderno donde anoté los requisitos para entrar. Y practico en voz alta mi alocución para cuando un supuesto militar ibérico me ponga la mano en el pecho:</p>
<p>—Claro que quiero volver, señor policía aeronáutico ibérico; con esta cara de gilipollas no puedo sobrevivir solo en el extranjero.</p>
<p><span id="more-5311"></span>Ya lo dije alguna vez, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2007/08/22/harry-boster-y-la-camara-septica/" target="_blank">Europa me da miedo</a>.</p>
<p>No es un miedo racional, por supuesto. Es la clase de temor que deben tener las personas que viven en pueblos y van a estudiar a una gran ciudad. El miedo de los niños que no sueltan la mano de la madre en la puerta de los colegios. Es un continente tan grande, tan viejo.</p>
<p>Me hace pensar en una señora bien, cubierta de joyas, sentada en una habitación cargada de cuadros.</p>
<p>Viajo a lo inesperado, a lo indomable, a lo que escapa a cualquier planificación, porque cada viaje es distinto. Un amigo ayer me dijo:</p>
<p>—No te vuelvas loco con las fotos, a las mejores imágenes de los museos y de las ciudades ya las tiene la National Geographic. Aprovechá para conocer.</p>
<p>Otro, con una marcada inclinación a las caminatas apuradas al pedo, sentenció:</p>
<p>—¿Cómo no vas a cruzar a otros países? Te da el tiempo para estar un día en Londres, un día en Roma, un día en&#8230;</p>
<p>Entonces pienso: ¿voy o no voy a París? Y me siento Victoria Ocampo. De hecho, me pongo unos anteojos de sol bien grandes y me desplomo en un futón con las piernas cruzadas. Mordiéndome el meñique digo con voz afinada:</p>
<p>—<em>¿Voy o no voy a Pagrís?</em></p>
<p>Allá está Morrison, está Cortázar y hay francesas. Y la comida, dios querido, lo que me han contado de la comida. Vuelvo al Gmail, otra vez abro y cierro los correos intercambiados, pongo mapas de ciudades en el Google y practico las palabras que sé en francés:</p>
<p>—Jetro Tull, parle bú, mercí, bonjur, bocú, quésquesé.</p>
<p>Quizá alcanzan.</p>
<p>El bolso es otro gran misterio. ¿Cuánta ropa hay que llevar para no terminar quemando el mismo par de calzones a los cuatro días de patear como Kung Fu? ¿Llevo el camperón o no lo llevo? ¿Considerarán peligrosos los desodorantes que tengo? <em>Dove </em>debe ser una marca internacional.</p>
<p>Voy al baño y leo la etiqueta. &#8220;Industria argentina&#8221;.</p>
<p>Las madres, para estos casos, no son de mucha ayuda. No hay madre que no piense que su hijo debe andar por la vida como si fuera a tomar la primera comunión:</p>
<blockquote><p>—Afeitate esa barba, parecés un hallado.<br />
—¿Ese pantalón vas a llevar?<br />
—Siempre todo a último momento&#8230;<br />
—¿Llevás pañuelo?</p></blockquote>
<p>Yo soy medio artista, así que tengo preocupaciones más elevadas&#8230; ¿Cómo carajo voy a cargar el celular? ¿Adónde enchufa los aparatos esta gente? ¿No hacen falta esas cajitas negras y pesadas para que la corriente no te haga explotar los electrodomésticos?</p>
<p>Es un bajón ser fóbico, obsesivo y neurótico, justo cuando tenés que viajar.</p>
<p>Me gustaría ser como esa gente que mete dos boludeces en un bolso y sale silbando por la puerta hacia lo desconocido. Yo no puedo. Nunca pude. Hasta para ir a un cumpleaños tengo que anotar cosas en un cuaderno y prepararme mentalmente.</p>
<p>Tanta patología te jode la forma de dormir y de comer. Soy una gorda golosa, pero lo que engullo me cae mal. <a style="display:none;" id="ddetlink397740882" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet397740882'))">El puto colon irritable.</a>
<div class="ddet_div" id="ddet397740882"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet397740882'));expand(document.getElementById('ddetlink397740882'))</script><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/11/act_peinate_03.jpg" alt="" /><br />
</div></p>
<p>¿Qué estoy haciendo? ¿Qué es la vida humana?</p>
<p>Un proyecto de escritor lanzado a la estratósfera, 92 kilos de carne envuelta en una capa de piel con granos a mil kilómetros por hora. 92 kilos de descompostura de vientre, de uñas masticadas, de Jetro Tull, parle bú, quésquesé.</p>
<p>¿Esto me está pasando realmente a mí?</p>
<p>Mañana a esta hora lo confirmaré. Doblado por los retortijones en una sala de embarque, con las caritas hermosas de mis niñas empañando los vidrios, sabré si es verdad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>¿Qué hace este argentino en España?</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Mar 2011 16:10:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>

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		<description><![CDATA[El 19 de marzo, un avión de Iberia llevará mi culo a través de un océano inmenso para dejarlo en España por quince días. El 20 de marzo veré, por primera vez, cómo amanece en el primer mundo, en una ciudad cuyo nombre han masticado hasta la náusea los poetas, los músicos y los que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El 19 de marzo, un avión de Iberia llevará mi culo a través de un océano inmenso para dejarlo en España por quince días. El 20 de marzo veré, por primera vez, cómo amanece en el primer mundo, en una ciudad cuyo nombre han masticado hasta la náusea los poetas, los músicos y los que venden pasajes en las agencias de viaje&#8230;</p>
<p>Madrid, Madrid, Madrid&#8230;</p>
<p>Zapatearé sobre esas calles hasta el 22, y luego buscaré algo (¿un montacargas?) que transporte mis cantos hasta Barcelona, donde me espera el reverso de la utopía de los artistas con sueños de trascendencia cosmopolita.</p>
<p>Para alguien como yo —que de pedo ubica que Italia es la que tiene forma de bota en el mapa—, una experiencia de estas características es algo grande.</p>
<p><span id="more-5277"></span>Una sola vez salí de Argentina. Me colé en un congreso de Derecho que se hacía en Cuba, aprovechando las bondades de un dólar dibujado que en ese momento era chaucha y palitos. Estuve siete días, durante los cuales el mismo titular se repitió en <a href="http://www.granma.cubaweb.cu/" target="_blank">el diario de la isla</a> sin tregua:</p>
<p>CONTINÚA LA LLUVIA: EL PEOR TEMPORAL EN LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS.</p>
<p>Volví sin conocer el mar, empapado hasta las bolas y con una botella de ron que me chuparon unos amigos borrachos en una sentada.</p>
<p>Esta experiencia es distinta. Gracias a una generosa invitación de los amigos del <a href="http://ccec.org.ar/" target="_blank">CCEC</a> (Centro Cultural España Córdoba) y del <a href="http://www.cccb.org/ca/" target="_blank">CCCB</a> (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), iré para participar en <a href="http://www.cccb.org/kosmopolis/es/" target="_blank">un festival de literatura muy importante</a>. Y a poner la caripela en el cierre de un concurso de literatura con micronarrativas (<a href="http://hipermedula.org/2011/01/twitteratura-concurso-de-nuevas-narrativas/" target="_blank">Twitteratura</a>, del que pueden participar los fanatiquillos de Twitter, para ganarse un iPad).</p>
<p>Tengo una ansiedad galopante. Los últimos días han sido una ruleta rusa de tramitar pasajes, estadías y de pronunciar la palabra &#8220;hostel&#8221; hasta el hartazgo.</p>
<p>España es un país que me remite por igual a libros, afectos y <a href="http://revistapeinate.com.ar/2010/03/16/mis-amigos-mueren-los-lunes/" target="_blank">tragos amargos</a>. Allá vive gente que aprecio, gente con la que no me llevo bien, y gente a la que le debo dinero, así que tantos reencuentros, para un fóbico recuperado, son un gran desafío.</p>
<p>Serán pocos días, el plan es intensivo: hacer de perinola humana picoteando lugares que sí o sí hay que ver, visitar librerías para conseguir textos que acá no circulan ni en pdf, emborracharme discretamente con perfectos desconocidos, ver si la suerte me acompaña y cruzar a París, para sacar fotos a lo pavote, todas movidas y fuera de foco.</p>
<p>Uno de los principales problemas de los argentinos medio gordos y con un grano en la punta de la nariz, es conseguir euros.</p>
<p>El euro, para quien no lo sepa, es una divisa que vale casi seis veces más que una moneda de un peso. En los últimos días me he dedicado a vender cámaras de foto, muebles, electrodomésticos y partes de mi cuerpo que uso para cuestiones netamente fisiológicas. Han sido jornadas agitadas. Por primera vez en la vida tengo una tarjeta de crédito (que me hace sentir un primate con navaja), y la sospecha de que el único pelotudo que no conoce España soy yo.</p>
<p>Estoy mareado por los consejos, por los tips, por las recomendaciones. Cosas curiosas que escuché hasta el momento:</p>
<p><em>—Tenés que afeitarte la barba, con esa cara del planeta de los simios no te van a dejar entrar.</em><br />
<em> —No digas que vas a trabajar, decí que vas a pelotudear hasta gastarte los mil euros que sí o sí tenés que llevar en efectivo.</em><br />
<em> —No tomes agua de los grifos.</em><br />
<em> —No lleves abrigo, allá las camperas y los pulóveres se consiguen por cuatro euros.</em><br />
<em> —Llevá cigarrillos, el tabaco allá es malo, como light.</em><br />
<em> —Pensá en un buen justificativo para tener un grabador de periodista y una netbook en el bolso.</em><br />
<em> —Si te paran en el aeropuerto, mostrate tranquilo, sereno: no mires para abajo, no sonrías de más, entrá la panza, no hagas chistes.</em><br />
<em> —Tené cuidado si te cruzás con un argentino.</em></p>
<p>No sé qué de todas esas cosas son ciertas, <a href="http://orsai.bitacoras.com/2010/11/el-limbo-desde-dentro.php" target="_blank">pero dan un poco de temor</a>. Yo voy enfocado en desempeñar una tarea sociológica, literaria y periodística. Me seduce la posibilidad de hacer notas, de escribir sobre la experiencia de vivir este viaje cuando tenés los huesos aburguesados, cuando la alternativa de hacer noche en los portales y en las estaciones de tren saben más a castigo que a aventura.</p>
<p><strong>A comerla</strong></p>
<p>En algún momento, me tomaré un tren, un taxi o una mula, y pondré pie en <a href="http://orsai.bitacoras.com/2010/10/las-pizzas-de-comequechu.php" target="_blank">una pizzería de Saint Celoni</a>. Unos amigos, con los que hemos demorado bastante ya en coincidir, han prometido pelarme al poker y darme de beber y de fumar hasta que olvide cómo se llaman mis progenitores.</p>
<p>Si todo sale bien, dios y piloto mediante, regresaré <em> —</em>con 19 kilos de más en la papada<em>—</em> el 4 de abril. Las estadísticas de los aviones que se accidentan menos que los autos me la fuman, yo todavía no puedo entender cómo hace para remontar vuelo semejante pedazo de chasis con asientos y gente adentro. Sobre el agua.</p>
<p>Me pongo en mano de los ingenieros y los expertos en física para ir y para volver (el regreso es curioso, hay que rebotar por un número pasmoso de aeropuertos para que el pasaje salga más barato).</p>
<p>Después vendrá el tiempo de recuperar las clases en la facultad, de ponerme al día con los trabajos que estarán pausados hasta nuevo aviso. Y no quiero dejar de actualizar el blog.</p>
<p>Más allá del compromiso con los lectores, este espacio siempre me ha servido de terapia, y me permite, en vez de ponerle una zapatería en el culo a alguien, escribir un cuento para descargar. Calculo que habrá crónicas de viaje, esporádicas, módicas, reflexivas, cuando la noche me sorprenda sobre la mesa de algún bar con <em>gui-fi</em>.</p>
<p>El festival al que voy es monstruoso.</p>
<p>A los amigos españoles que todavía no lo tengan en la mira, les cuento que se trata de una apuesta por reinventar la literatura desde espacios que no son para nada tradicionales ni aburridos. Es, con todas las letras, una festichola de puta madre, con figuras de renombre y gente muy importante. Yo, como soy un tipo muy previsor, ya fui haciendo algunos contactos con la gente a la que pretendo entrevistar. Estas son las respuestas que me dieron:</p>
<blockquote><p><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Vila-Matas" target="_blank">Vila-Matas</a>:<br />
José, espero te gusten las gambas al ajillo, porque ya he comenzado a frotarme las piernas con una ristra. Con el cariño de siempre, Quique.</p>
<p><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ian_McEwan" target="_blank">Ian McEwan</a>:<br />
Joe, hubiera preferidou que escribas en spanish, tus mails en english parecen escritos por Tarzan. Te veo en Kosmopolis, man.</p>
<p><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Andr%C3%A9s_Neuman" target="_blank">Andrés Neuman</a>:<br />
Querido José, me parece que estás confundido, no soy hijo de Paul ni tengo una hermana que se llama Nicole. De todas formas, será un placer conversar contigo. Abrazo.</p></blockquote>
<p>La cuenta regresiva ha comenzado. ¿Qué hace un argentino en España? Me lo pregunto mientras me rasco el mentón y gugleo vistas aéreas de una geografía tan lejana como un sueño.</p>
<p>Cuando en vuelo regular pise el cielo de Madrid, sabré cómo empezar a responder esa pregunta.</p>
<p>Hasta entonces, armo el bolso en un discreto silencio.<br />
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		<title>Servicio militar obligatorio</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Mar 2011 02:58:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando cumplías 18 en la época en que yo los cumplí, había muchas posibilidades de que te convirtieras, contra tu voluntad, en un Colimba. Un Colimba no es otra cosa que un civil reclutado de prepo para hacer cosas que no quiere y que a nadie le hacen falta, porque si hay guerra, te tiran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando cumplías 18 en la época en que yo los cumplí, había muchas posibilidades de que te convirtieras, contra tu voluntad, en un <em>Colimba</em>.</p>
<p>Un Colimba no es otra cosa que un civil reclutado de prepo para hacer cosas que no quiere y que a nadie le hacen falta, porque si hay guerra, te tiran una bomba atómica y vuela todo al carajo, soldados, generales, cascos y tanquetas. No importa qué tan bueno seas militarmente.</p>
<p>Alcanzar la mayoría de edad en mis años mozos implicaba empezar a prepararse para los sorteos. De acuerdo a tu documento te asignaban un número, con el cual veías si entrabas o no. Era cuestión de quedarse pegado escuchando Radio Nacional mordiéndote las uñas hasta saber qué onda con tu destino.</p>
<p><span id="more-5266"></span>El primer sorteo del que participé arrojó como resultado un número que me puso de repente en un cuartel repleto de gente, con la convicción de que no iba a sobrevivir a la experiencia.</p>
<p>Nos hacinaron en un pabellón donde permanecimos de pie hablando en voz alta. Con cautela pelé un atado de Marlboro y todos los que estaban ahí me los fumaron de una sentada. Decidí pasar inadvertido y me puse a mirar por una ventana, pensando que se me habían acabado los fasos y las estrategias. Tenía miedo y no estaba preparado para arreglármelas solo entre tanta gente.</p>
<p>En las películas siempre muestran que a los nuevos se los empoman en las duchas o tienen que ganarse el respeto agarrándose a trompadas. Ninguna de las dos opciones me tentaban, quería irme a casa a ver algo en la tele, el programa de Mirtha Legrand, lo que fuera, cualquier cosa para no estar en ese lugar donde los futuros reclutas cruzábamos miradas marcando territorio, midiéndonos para ver de qué estábamos hechos.</p>
<p>Yo era un peluche y sabía que no podría ocultarlo por mucho tiempo.</p>
<p>Un militar gordo entró y empezó a los gritos, nos arrastró afuera a los empujones y nos hizo formar fila al rayo del sol. Estuvimos ahí parados un buen rato sin mirarnos, preguntándonos por qué carajo el destino nos condenaba con una estadía obligatoria en un lugar tan fulero.</p>
<p>Ya en el pabellón donde recalamos primero, había notado que muchos de los sorteados eran travestis grotescos, como si a un boxeador le pusieras peluca y tacos altos. Supuse que de esa forma intentaban declarar que no eran aptos, que era mala idea reclutarlos.</p>
<p>Pensé en el ingenio. Pensé en que yo no tenía ninguna estrategia, que había ido vestido como a una comunión, con pantalón y camisa, muy prolijo. Hice memoria de la última vez que me había visto al espejo, en mi cabeza pendía el reflejo de una terrible cara de boludo, candidato seguro a cargar un fusil y a zapatear con un par de botas viejas al ritmo de los patadones que me arriaran los superiores de pabellón en pabellón.</p>
<p>Sentí un poco de lástima por las madres de todos. Mi vieja también me dio lástima, ni le avisé que iba a entrar, supongo que para no hacer quilombo antes de tiempo.</p>
<p>¿Todos tenían miedo? Nunca voy a saberlo. Supongo que en estos casos lo que vale es disimular, poner la mejor cara de circunstancia. Pensaba en eso cuando apareció un tipo con una boina y empezó a cagarnos a retos. Por toda respuesta, el grupo guardó silencio, hasta que alguien al fondo preguntó la hora. Fue al primero que se llevaron de una oreja para hacer el papeleo.</p>
<p>Esperamos impacientes bajo el sol mientras nos iban llamando. Cuando le tocaba a uno de los travestis, el resto del grupo silbaba y tiraba besitos. Yo también silbaba, cuidando que el de la boina no me viera. Me daba miedo el tipo, pero no quería parecer menos hombre delante de mis compañeros.</p>
<p>Mi lugar en la hilera estaba muy al descubierto, al frente, por tanto evitaba sostener la mirada del de boina. Me cuesta no mirar a la persona que me habla, tengo que hacer un esfuerzo. Recuerdo que hice foco en un árbol que estaba al fondo con el tronco pintado de blanco. Uno de los que silbaban exageradamente se comió un reto con una caravana de puteadas como no recuerdo haber escuchado en mi vida. «Bobo, pavote, mariquita», cosas así. Volvimos a guardar silencio.</p>
<p>Llegó mi turno y pasé a documentación. Un tipo gordo revisó mi denuncia de extravío de documento.</p>
<p>—¿Usted es pelotudo o se hace el gracioso? ¿No sabe que los indocumentados son infractores a la ley de enrolamiento? —me explicó.</p>
<p>Las palabras me resultaron una bendición. Algo dentro de mí se abrió como una flor y quedé ahí parado frente al mostrador sin saber qué hacer.</p>
<p>—¡Fuera! —gritó, por fin, el gordo con aliento a mate.</p>
<p>Me fui de ahí lentamente, sin llamar la atención, temía que se arrepintieran y me llamaran a los gritos, nunca falta el que suelta un «¡detengan a ese ojeroso, nos equivocamos!».</p>
<p>Eso no sucedió. Los infractores como yo, pasábamos al sorteo del año siguiente.</p>
<p>De ése, con mucho ocote, me salvé por un número.</p>
<p>La mañana en la que dejé los cuarteles, de regreso a casa compré otro Marlboro, una Coca chiquita y me senté frente al Hospital Español en un cantero. Un pájaro cantaba en los eucaliptos.</p>
<p>Fumé mirando hacia el lugar donde había estado. Sentí lástima por los travestis, algunos que de tan mal caracterizados acabarían limpiando letrinas hasta navidad de 2002.</p>
<p>Había gente que no podría escaparle a la obligación. Me dije «si algún día hay guerra, no quiero ni saberlo». Soy un cobarde y no tengo problemas en asumirlo. Salvarme fue lo mejor.</p>
<p>Creo que fue un martes. Un día, digamos, perfectamente feliz.</p>
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<p style="text-align: right;"><em>(<a href="http://www.tematika.com/libros/ficcion_y_literatura--1/cuentos__relatos--4/argentina--1/peinate_que_viene_gente--458279.htm" target="_blank">Sigo con el rescate emotivo:<br />
relato perteneciente<br />
al volumen 1 de Peinate</a>).</em></p>
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		<title>Serena</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Mar 2011 16:12:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Serena, ya no estás y la paradoja de tu nombre todavía resuena. Serena… La huella sebácea de tu frente, impresa a golpes de tanto reprocharme, empaña el mundo del otro lado de los cristales de mi ventana. Esta casa te homenajea con silencios, Serena. En la mesa de luz todavía hieden tus zapatos, y es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Serena, ya no estás y la paradoja de tu nombre todavía resuena. Serena… La huella sebácea de tu frente, impresa a golpes de tanto reprocharme, empaña el mundo del otro lado de los cristales de mi ventana.</p>
<p>Esta casa te homenajea con silencios, Serena.</p>
<p>En la mesa de luz todavía hieden tus zapatos, y es que tu olor a pata vikingo trasciende las fronteras, mofándose del polvo pédico, de los sahumerios de frambuesa. Serena&#8230;</p>
<p><span id="more-5248"></span>Serena, en las noches de media luna, cuando las almohadas arrugan la nariz, todavía flota el fantasma de tus injurias, el lenguaje soez que usabas para enamorarme. Recuerdo el cheque de quinientos pesos en concepto de daños que tuvimos que entregar en el hotel donde la primera noche desnudamos nuestras almas. Había que ver cómo quedaban las habitaciones donde pretendíamos, qué ilusos, desatar tu pasión arrolladora sin causar problemas. ¿Cuántos veladores me arrojaste a la cabeza? ¿Cuántos placares volteaste tratando de aplastarme?</p>
<p>Me pregunto entre lágrimas sorbidas, qué será de aquélla particular manera que tenías de escarmentarme. Polvo entre los dedos de un arqueólogo enamorado, Serena.</p>
<p>Aunque enrojecidos, los cachetes de mi culo recuerdan a pies juntillas tus nalgadas. Y cuando brindabas, Serena… Cuando llegaba a casa para encontrarte desnuda entre botellas, borracha del hastío que mi compañía te producía… ¡Ay! ¡Cómo me esmeraba en limpiar los inodoros que ensuciabas!</p>
<p>Después dormías, Serena. Destilando en la almohada ronquidos de caverna con ínfulas de refinería, entonces yo aprovechaba para besarte.</p>
<p>Amparado en la impunidad de tu trance onírico, recorría tu cuerpo esquivando adrede los caminos hondos que alguna vez transitaron las venéreas. Y tu boca, Serena, atribulada por el fuelle de los bronquios tabacales, soltaba quejidos que parecían nombres.</p>
<p>&#8230; Agrios nombres en tu boca, como quejas, Serena.</p>
<p>Confundido yo, iluso yo, más de una vez creí distinguir vacuos «Oh, así, papito; oh, así, dale».</p>
<p>Rememorabas entre sueños, tal vez, a tu padre.</p>
<p>Pero hoy es hoy, Serena.</p>
<p>Ya no estás.</p>
<p>Y la paradoja de tu nombre, todavía en esta casa, resuena&#8230;<br />
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<p style="text-align: right;"><em>(<a href="http://www.tematika.com/libros/ficcion_y_literatura--1/cuentos__relatos--4/argentina--1/peinate_que_viene_gente--458279.htm" target="_blank">Rescate emotivo:<br />
relato perteneciente<br />
al volumen 1 de Peinate</a>).</em></p>
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