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	<title>Peinate que viene gente &#187; Breve relato</title>
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	<description>humores // culturas // escritos // misceláneas</description>
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		<title>La evolución de una enfermedad nefasta</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 00:00:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[gay]]></category>
		<category><![CDATA[homosexual]]></category>
		<category><![CDATA[José Playo]]></category>
		<category><![CDATA[lesbiana]]></category>
		<category><![CDATA[matrimonio homosexual]]></category>
		<category><![CDATA[peinate que viene gente]]></category>
		<category><![CDATA[Peinatequevienegente]]></category>
		<category><![CDATA[puto]]></category>

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		<description><![CDATA[En mis años escolares, allá por los comienzos del ochenta, contraje una afección milenaria y difícil de tratar. Se la conoce comúnmente como &#8220;alergia a los amanerados&#8221;. El síntoma por excelencia es el que te hace gritarle MARICÓN al compañerito de voz aflautada en el recreo.
Como buen enfermo crónico, aprendí a convivir con esos estornudos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En mis años escolares, allá por los comienzos del ochenta, contraje una afección milenaria y difícil de tratar. Se la conoce comúnmente como &#8220;alergia a los amanerados&#8221;. El síntoma por excelencia es el que te hace gritarle MARICÓN al compañerito de voz aflautada en el recreo.</p>
<p>Como buen enfermo crónico, aprendí a convivir con esos estornudos sin reflexionar. Los exabruptos salían en piloto automático.</p>
<p>Hoy, ya un poco más grandecito, sé que aquellos viejos colegios de varones (colegios homosexuales, bah) funcionaban con la mecánica selvática de las prisiones estatales: recintos testosterónicos en los que sobrevivían a duras penas <em>los diferentes</em> (el gordo, el petizo o el puto, por ejemplo), martirizados por el matón que se afeitaba los bigotes desde tercer grado.</p>
<p><span id="more-4494"></span>Creo que todos, si nos esforzamos por recordar, hallaremos vestigios del mismo contagio en nuestro pasado. Pongo, para ilustrar, el himno extraoficial de mi escuela —cantito que hasta las autoridades sabían corear en voz baja— y que rezaba:</p>
<blockquote><p>¡[<strong>nombre</strong>] colegio de varones,<br />
[<strong>nombre</strong>] colegio sin igual,<br />
[<strong>nombre</strong>] no cría mariquitas,<br />
ni nenitas de mamita como todos los demás!</p></blockquote>
<p>Las secuelas de esta enfermedad dejaron cicatrices profundas y difíciles de borrar. Y las recaídas eran constantes: silbatinas que llovían desde las obras en construcción sobre los peatones que caminaban “raro”; programas de tele en los que el blanco de las burlas es “un mariposón” que deambulaba por los <em>sketches</em> a la caza de un remate homofóbico.</p>
<p>La historia de mi vida heterosexual está plagada de refuerzos. Un vecino solía decir:</p>
<p>—Si vos te dejás el pelo largo es porque estás buscando alguien que te peche los vagones.</p>
<p>Me inclino a pensar que el origen de esta pandemia —cultural, hereditaria y altamente contagiosa— es siempre el miedo.</p>
<p>Terminé de entender todo este rollo cuando uno de mis mejores amigos me confesó que era homosexual, a comienzos de esta década. Yo ya estaba lejos del tortuoso secundario, esto era real y tenía el nombre y el apellido de una persona que yo apreciaba.</p>
<p>—¿Cómo que sos puto?</p>
<p>—Me gustan los tipos, boludo. O sea, no ando vistiéndome de vieja loca, ni voy a los boliches a saltar sobre los parlantes todo pintarrajeado. Soy el de siempre, nada más que puto.</p>
<p>En esa conversación entendí que gran parte de mi temor radicaba en la posibilidad de que nuestra amistad se desarmara. Si él era puto, ¿podíamos seguir siendo amigos? ¿Qué había que cambiar?</p>
<p>—<em>Soy el de siempre</em>.</p>
<p>Sólo en ese momento comprendí los malos ratos que algunas personas pasan gratuitamente. Y empezaron a dolerme los patios de los colegios donde la confusión se sumaba al descubrimiento, las pasiones silenciadas, los secretos guillotinados por el labio del temor. ¿Cómo tolera una persona postergarse tanto?</p>
<p>—En la vida —me aclaró mi amigo— se es puto fulltime. Lo más doloroso es asumir que todo lo que hagas será cuestionado.</p>
<p>Me pregunté por qué, y me lo pregunto ahora, que la discusión sobre el matrimonio gay está en boca de todos.</p>
<p>Hay algunos puntos que me parece interesante destacar:</p>
<p style="padding-left: 60px;"><strong>a)</strong> La ley no promueve que una legión de travestis escandalosos con el pito afuera entren vestidos de blanco a una iglesia para tocarles el culo a los santos. La ley habla de reconocer derechos&#8230;</p>
<p style="padding-left: 60px;"><strong>b)</strong> Los heterosexuales somos tremendamente hipócritas. Sobre todo aquellos que disfrutamos del porno gay lésbico (ni hablar de los que se calientan con mujeres disfrazadas de colegialas) y nos escandalizamos si dos flacos se comen la boca a la salida de un civil bajo una lluviecita de arroz.</p>
<p style="padding-left: 60px;"><strong>c)</strong> Nadie “se hace puto”. Nadie “ejerce la homosexualidad”. Es como si uno pudiera elegir, de hoy para mañana, que lo calientan las tetonas o las minas medio chatas. Eso viene con cada uno. A algunos nos gustan las mujeres, a otros las personas del mismo sexo.</p>
<p style="padding-left: 60px;"><strong>d)</strong> Ser homosexual no significa ser degenerado. Los violadores no son todos homosexuales, los pedófilos tampoco. Manzanas podridas hay en los dos bandos. Incluido el de la iglesia.</p>
<p>Estas animaladas (por citar algunas de las tantas que la gente escupe cuando le ponen un micrófono bajo el bigote) son parte de un mismo fenómeno que tiene que ver con el condicionamiento discursivo y cultural. Estamos acostumbrados a lo que en lingüística se conoce como “jibarismo salvaje”, que es reducir todo a lo bestia para que nos quede cómodo.</p>
<p>Esto da como resultado un silogismo que, además de trunco, es bastante pelotudo:</p>
<blockquote><p>La degeneración es contagiosa&#8230;<br />
los putos son degenerados&#8230;<br />
con los putos no me tengo que juntar&#8230;</p></blockquote>
<p>Y ya desde tiempos inmemoriales, lo que viene quedando en claro es que si hay un grupo que tiene que revisar un poco su forma de pensar y de sentir, es el de los heterosexuales.</p>
<p>Hoy veo resucitar el debate otra vez en mi país, Argentina, donde las diferencias se dirimen siempre desde dos plateas y a los gritos. Este es un país de blanco o negro, una nación bipolar e intransigente con habitantes doctorados en argumentología que fracturan la razón por la mitad.</p>
<p>Lo que vale en mi país es que el otro reconozca su derrota, el debate no sirve jamás para construir, sino para humillar:</p>
<p>—¿Viste, puto, que yo tenía razón?</p>
<p>Sobre la homosexualidad, adhiero a lo que dijo un psicólogo los otros días en la radio (voy a citarlo mal):</p>
<p>—El número de homosexuales, históricamente, no ha variado tanto desde los comienzos de la humanidad hasta hoy.</p>
<p>Esto quiere decir que en el Imperio Romano había un número de putos <em>per cápita</em> más o menos proporcional al que hay hoy en día en nuestras ciudades modernas. ¿Por qué, entonces, recrudece esta resistencia, esta cosa tan poco ejemplificadora para las nuevas generaciones que nos escuchan decir tantas estupideces?</p>
<p>Si algo aprendí en el colegio fueron variantes socialmente aceptadas de crueldad.</p>
<p>Nuestros mayores (por desconocimiento) nos enseñaron a vivir en una batalla de precalentamiento interminable que nos prepara para una guerra que no vamos a combatir nunca: <em>hay que resistirse, porque cambiar está mal</em>.</p>
<p>En vez de ablandar el mundo para hacerlo un lugar más ameno, más tolerante, nos seguimos tratando como si viviéramos en una selva donde los más débiles nos avergüenzan y nos dan la excusa perfecta para ejercer nuestra bestialidad.</p>
<p>No puedo dejar de preguntarme, ¿a qué le temen los que son tan fuertes, a qué le temen los que siempre lastiman?</p>
<p>Mientras los ultra católicos marchan para abolir la posibilidad de un mundo más justo, mientras los discursos nos siguen saliendo peyorativos, señaladores, mientras seguimos levantando la voz para mostrar disconformidad, un montón de gente sigue resistiendo en silencio, como lo ha venido haciendo desde el Imperio Romano y desde el colegio primario.</p>
<p>A pesar de que estoy molesto, me consuela saber que este texto es inútil, porque los homosexuales no necesitan defensores. La historia nos ha demostrado que han resistido los embates de la estupidez con la frente siempre en alto.</p>
<p>Admiro esa resistencia.</p>
<p>Yo sueño a veces con un mundo más tranquilo, donde dos hombres o dos mujeres que se quieren puedan cocinarse, leerse en voz alta, tejerse un pulóver frente a la estufa y, por qué no, garchar.</p>
<p>Confío en la posibilidad de un mundo menos feroz, menos hostil.</p>
<p>Es el mundo que me gusta imaginar para mis hijas. Un espacio donde todos puedan ser felices y pelear por perpetuar esa felicidad.</p>
<p>Putos ha habido siempre.</p>
<p>Tal vez tememos que, a pesar de sentirlos inferiores, antinaturales, débiles y degenerados, resistiendo a lo largo de la historia nos han demostrado que son más tolerantes, más inteligentes, y mucho más sensibles que los que marchan para no dejarlos casar.</p>
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		<title>El pururú del diablo</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Jul 2010 03:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Me gusta imaginar dos escenas en el living hipotético de la familia King. En la primera, todos arrojan pantuflas y pururú a la pantalla del tele de cien pulgadas, abucheando las adaptaciones criminales de sus libros al cine (It, La ventana secreta, o El cazador de sueños). En la segunda, todos brindan con granadina y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me gusta imaginar dos escenas en el living hipotético de la familia King. En la primera, todos arrojan pantuflas y pururú a la pantalla del tele de cien pulgadas, abucheando las adaptaciones criminales de sus libros al cine (<em>It</em>, <em>La ventana secreta</em>, o <em>El cazador de sueños</em>). En la segunda, todos brindan con granadina y felicitan al patriarca porque un buen libro se ha convertido en una buena película (<em>El Resplandor</em>, <em>Misery</em>, <em>Cuenta conmigo</em>, <em>Milagros inesperados</em> y <em>Sueños de libertad</em>).</p>
<p>Sus lectores somos obsesivos y estamos unidos al autor por un vínculo psiquiátrico.</p>
<p><span id="more-4437"></span>Cada lanzamiento de Stephen King hace que nos pongamos contentos como zombi con hueso nuevo. Ya sabemos que el cine suele ensañarse con él tanto como él se ensaña con los protagonistas de sus libros: lo que brilla en la biblioteca puede ser brutalmente destripado por un director sádico. Es el riesgo inherente a las películas, que nunca son actos de justicia con los textos, sino textos digeridos por otros y luego filmados.</p>
<p>Hace varios años que la hermana menor de la gran pantalla (mucho más hábil para los negocios) encontró rentabilidad en apostar por las series, que son como películas de cien horas servidas en fetas. Para evitar la fuga de las salas, el cine se internó en un spa, se puso anteojitos de colores y se aplicó inyecciones de efectos especiales, pero no viene dando buenos resultados. Pagar una entrada sigue siendo un gusto caro, una incertidumbre, ¿qué historia boba nos espera cuando las luces de la sala se fundan a negro?</p>
<p>Lejos de esta discusión, el libro todavía sigue siendo una opción insuperable, una parva de comodidades. Si los lectores de King aceptamos el salto de un formato a otro, es por curiosidad, cuando no por morbo. Cada uno de nosotros se siente tan dueño de la historia como dueño se siente el director que comprimió novelas kilométricas en un puñado de planos.</p>
<p>Las criaturas que nacen en el papel, por efecto de la imaginación nos pertenecen a todos. Y ponemos billetes en las boleterías sólo para ver en qué se han convertido. La legión anómala (entre la que me cuento) que rinde culto a la producción de Stephen King, sorbe ruidosamente sus gaseosas. Bajo la piel de un simple espectador, se desparrama entre las butacas como en un circo romano, ansiosa por ver si el león de la Metro se merienda de un bocado aquello que en los libros funcionaba a la perfección.</p>
<p>Pero no todo es pesimismo y desconfianza. Creo que también albergamos una esperanza mínima. Ya lo hemos aprendido en los libros: en la vida real también ocurren milagros.</p>
<p>Entonces, de vez en cuando, la magia puede transportarnos a un living hipotético lejano. Seguiremos en la oscuridad viendo subir los títulos entre lagrimitas de felicidad, pero nuestras mentes estarán haciéndole el aguante al maestro.</p>
<p>A veces el cine hace justicia y todo sale bien. En esos casos somos los primeros que brindan en silencio con vasos de granadina imaginarios.<span style="color: #ffffff;"><br />
.<br />
.</span></p>
<p style="text-align: right;"><em>Nota publicada<br />
en el suplemento cultural<br />
<a href="http://www.ciudadequis.com.ar/" target="_blank">Ciudad X</a></em></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span></p>
<blockquote><p>PD: al poquito tiempo de terminar esta nota, un lector del blog que ha preferido permanecer en el anonimato, me mandó desde México un sobre. Había leído en un post de un año atrás que yo estaba en la búsqueda de un libro de King imposible de conseguir por estas latitudes. Tras una vida como un sabueso de papel sin dar con el ejemplar, debo agradecerle a esta persona tamaño gesto. Con la mano en el corazón, gracias.</p></blockquote>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/06/lib_1.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/06/lib_2.jpg" alt="" /></p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/06/lib_3.jpg" alt="" /></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Dos historias verdaderas y una que no lo es</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/06/16/dos-historias-verdaderas-y-una-que-no-lo-es/</link>
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		<pubDate>Wed, 16 Jun 2010 18:48:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Alguien empezó a gritar pidiendo un médico. Eso despabiló a Carlos, que estaba medio dormido sobre la reposera. Unos segundos antes restregaba sus pies cubiertos de arena, contento de hallarse bajo la sombra de los sauces en aquella parte del río. Tras meses de guardias asesinas y sueños interrumpidos por el alboroto de las ambulancias, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Alguien empezó a gritar pidiendo un médico. Eso despabiló a Carlos, que estaba medio dormido sobre la reposera. Unos segundos antes restregaba sus pies cubiertos de arena, contento de hallarse bajo la sombra de los sauces en aquella parte del río. Tras meses de guardias asesinas y sueños interrumpidos por el alboroto de las ambulancias, ese descanso serrano le venía muy bien. </p>
<p>A su lado, en el suelo, había un libro de histología abierto en carpa junto a un termo con agua caliente. Tuvo que incorporarse cuando entre las voces de algarabía veraniega se coló el pedido de auxilio. </p>
<p>Él era médico. Recién recibido, pero médico al fin.</p>
<p><span id="more-4463"></span>Se rascó la cabeza y miró hacia la orilla, donde unos muchachos traían a la rastra el cuerpo de un joven. Lo dejaron tendido sobre la arena.</p>
<p>—¡Un médico, que alguien busque un médico! —pedían con insistencia.</p>
<p>Los improvisados socorristas salieron en distintas direcciones a buscar ayuda y la gente comenzó a formar un círculo en torno al herido. Carlos sabía que cuando los pulmones se llenan de agua, hay un período en el que la resucitación surte efecto, luego ya no tiene sentido.</p>
<p>Se puso de pie, se limpió las manos en su traje de baño y se encaminó hacia el grupo de gente.</p>
<p>—¡Hagan lugar, dejen espacio! —ordenó.</p>
<p>Una vez arrodillado junto al muchacho, pidió que le alcanzaran algunas toallas e improvisó con ellas una almohada que acomodó debajo de la nuca. Después inició las maniobras de resucitación, soplando intensamente una vez por cada cinco apretones que descargaba sobre el pecho quieto.</p>
<p>—¡No respira! —gritó una mujer gorda—. ¡Haga algo, no respira!</p>
<p>Carlos le pidió ayuda a un señor de bigotes. Juntos incorporaron al muchacho mientras un pelado le sostenía la cabeza.</p>
<p>—Hay que hacer que escupa el agua —explicó Carlos—. Voy a necesitar que vos le golpees la espalda con la palma de la mano mientras yo le aprieto la panza. Y vos —le dijo al pelado— andá moviéndole hacia adelante y hacia atrás la cabeza, así sale más fácil.</p>
<p>La maniobra no dio resultado y al cabo de tres intentos decidieron voltearlo de costado. Estuvieron así unos cinco minutos, hasta que Carlos determinó que la respiración se había estabilizado.</p>
<p>—Listo —dijo mientras tomaba el pulso con los dedos—. Ahora hay que esperar la ambulancia.</p>
<p>La sirena se escuchó un momento después y por fin aparecieron dos enfermeros escoltados por los amigos del accidentado. Entre todos ayudaron a subir el cuerpo inconsciente a la camilla. </p>
<p>Uno de los muchachos, antes de irse, llegó hasta donde estaba Carlos para agradecerle.</p>
<p>—Menos mal que estabas vos acá, no sabíamos qué hacer, vos no sabés el golpazo que se pegó —explicó el chico.</p>
<p>—¿Qué golpazo? —preguntó Carlos—. Pensé que se había ahogado.</p>
<p>—No, ahogado no. Estábamos parados sobre una piedra y se resbaló. Cayó como cuatro metros de cabeza sobre la arena. Para mí que se hizo mierda las vértebras del cuello —dijo antes de trepar con prisa a la ambulancia.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Era una de las noches más frías de ese año y la llovizna rebotaba como agujas sobre los vidrios. En el interior, sentado junto a una estufa eléctrica, Ramiro repasaba las dos últimas bolillas. Lo habían bochado en el turno anterior por no saberlas y quería evitar riesgos. </p>
<p>Por la ventana de su departamento vio pasar otro grupito de invitados al cumpleaños de su vecino. Después de la segunda vez que le tocaron el timbre, decidió pegar un cartelito junto al portero: “EL CUMPLE ES EN EL DPTO 2”. </p>
<p>La materia era difícil, demandaba concentración, y el bullicio de media docena de personas festejando no ayudaba para nada. Sopesó la posibilidad de ir a hablar con su vecino, pero le pareció un despropósito, así que optó por salir a dar una caminata para despejarse. “Total puedo estudiar cuando termine la fiesta, tengo tanto café en la sangre que siento que me estoy volviendo negro”, se dijo. </p>
<p>Se puso el abrigo, recogió las llaves del escritorio y salió. Le dedicó una mirada a la puerta del vecino. La música se mezclaba con los gritos y las risotadas detrás de la madera. </p>
<p>Volvió un par de horas más tarde, con los pies helados y los dientes castañeteando. Le dedicó una mirada a la nota que había pegado en el portero, alguien había escrito debajo, con caligrafía despareja, un &#8220;BUENO&#8221; en mayúsculas. </p>
<p>Notó, a medida que se acercaba a su casa, que el bullicio del vecino había desaparecido. Sin embargo, la música seguía sonando alta. Una vez adentro se quitó el gamulán y ocupó la silla frente a la estufita, esperanzado en que su nariz recuperara la temperatura. </p>
<p>Revisó los apuntes, pero la música seguía molestando, así que decidió ir hasta el departamento a pedir que la bajaran. </p>
<p>Después de golpear varias veces la puerta, probó suerte asomándose por la ventana del living. Desparramados en los sillones había algunas personas. Con la frente pegada a la mesa, otras. Uno de ellos estaba tirado en el piso. </p>
<p>El cumpleañeros estaba de espaldas a la pared, junto al calefactor encendido. Todos parecían haberse dormido antes de cortar la torta. </p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Una señora cedió a dos abogados la administración de su casa. Le pareció buena idea no tener que preocuparse por garantías y boletas. Los abogados pusieron un aviso en el diario y a los pocos días ya estaban firmando contrato con un matrimonio joven. </p>
<p>Todo fue bien hasta un mes más tarde, cuando sonó el teléfono en la casa de uno de los letrados, el doctor Sabarots. La policía le avisaba que tenía que apersonarse en el inmueble alquilado cuanto antes. </p>
<p>—¿Qué pasó? —quiso saber. </p>
<p>—Esperamos que usted nos explique eso, doctor —respondió la voz del otro lado de la línea. </p>
<p>Cuando Sabarots llegó, acompañado de Maguirre, su socio, la sangre se les heló dentro de las venas. Había camiones militares estacionados en la vereda, también ambulancias y muchos patrulleros. Toda la cuadra se había poblado de camisones y pantuflas curiosas. </p>
<p>Los recibió el comisario y les hizo varias preguntas. Por fin se enteraron de los detalles. </p>
<p>—La gente que estaba ahí adentro fabricaba bombas en el living. Una de esas cosas explotó —explicó el uniformado. </p>
<p>—¿Bombas? —repitió, como en trance, Sabarots. </p>
<p>—Bombas —afirmó con aire severo el comisario—. Ahora mismo estamos tratando de entender cuánta gente había en el living al momento de la deflagración, pero calculamos, por los torsos y los pares de piernas, que eran cinco. </p>
<p>Los doctores se miraron. Ambos estaban lívidos. El comisario, acercándose a ellos con una sonrisa sardónica en la cara, agregó: </p>
<p>—Hay una mano pegada en el techo. Y otra sobre el dintel de la puerta que da al patio. Están como remachadas, imagínese con la fuerza que explotó la cosa. </p>
<p>Los abogados esa noche tuvieron que firmar muchos papeles. Pasaron varios días hasta que el último patrullero despejó la zona. Cuando por fin el asunto se calmó, se armaron de paciencia, contrataron a una empresa de limpieza y dejaron la casa en condiciones. </p>
<p>La dueña les había pedido expresamente que no le contaran detalles. Lo único que pretendía era seguir recibiendo la mensualidad, no problemas. </p>
<p>La historia se repitió y a los dos meses pusieron otro aviso. Otro matrimonio joven se presentó a pagar la seña para ocupar el inmueble.</p>
<p>Maguirre llevó aparte al hombre y le contó lo ocurrido: </p>
<p>—No me gustaría que se entere después y piense que lo estafamos, o algo así. </p>
<p>El hombre lo pensó un rato y por fin le dijo: </p>
<p>—No hay problema. Lo único que le pido es que no se lo cuente a mi mujer, no quisiera tener que ponerme a exorcizar fantasmas de manos pegadas en los techos, no sé si me comprende. </p>
<p>Acordaron con un apretón de manos y no volvieron a verse hasta quince días después, cuando, otra vez, el teléfono sonó en la casa del doctor Sabarots. </p>
<p>—¿Qué pasó? —quiso saber el letrado. </p>
<p>—Será mejor que vengan, doctor —le dijo el comisario—. Hubo otro problemita con su propiedad. </p>
<p>La escena era preocupantemente similar; otra vez los patrulleros, otra vez los curiosos, otra vez los militares. Esta vez, el comisario sonreía con crueldad y les palmeó el hombro con gesto condescendiente. </p>
<p>—Qué casa problemática, doctores. </p>
<p>Sabarots y Maguirre escucharon el relato. El nuevo inquilino, aprovechando el tamaño del patio, había comprado un arbolito de ciruelas. Conforme a la declaración que le tomaron los primeros oficiales que llegaron al lugar, el denunciante manifestó haber comenzado a cavar un pozo para plantar el frutal, cuando, a pocos centímetros de la primera palada, dio con una superficie dura. </p>
<p>Pensando que se trataba de una piedra, buscó un pico y descargó varios golpes, hasta que la superficie se rompió y debajo del denunciante se abrió un pozo que lo tragó. </p>
<p>El inquilno de Sabarots y Maguirre había ido a parar a un colchón de rifles, escopetas, pistolas y ametralladoras. Lo que confundió con una piedra era en realidad una bóveda que servía de almacén para un montón de armas. </p>
<p>Atribulado por el descubrimiento, corrió al teléfono y llamó a la policía. </p>
<p>Los abogados se miraban con incredulidad. El comisario agregó: </p>
<p>—Y agradezca que a la primera palada la dio ahí y no unos centímetros a la derecha. Había una trampa bobo, de esas que se usaban en la guerra. Si hubiera golpeado con la pala el mecanismo, ahora tendrían otra manito decorándoles la casa. </p>
<p>Al día siguiente los abogados renunciaron a la administración de la propiedad. La dueña insistió, pero no consiguió persuadirlos de que siguieran. </p>
<p>Unos meses más tarde, Sabarots abrió el diario. En primera plana estaba la foto de la dueña de la casa. Había ingresado corriendo a una comisaría con el torso repleto de cartuchos de dinamita en una ciudad vecina. </p>
<p>Supo que no tardaría en escuchar otra vez la voz del comisario.  </p>
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		<title>600 palabras sobre las teorías paternales</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/05/18/600-palabras-sobre-las-teorias-paternales/</link>
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		<pubDate>Tue, 18 May 2010 19:03:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--V6M9FYDFBSHV-->Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré a la intimidad de la pareja”.</p>
<p>Por aquellos días, la repetición de estos conjuros idiotas parecía suficiente para salvarme de un futuro incierto de lustrar con el culo, una vez por semana, un diván: de verdad pensaba que el resto de los padres eran medio boludos si no podían doblegar la vigorosa resistencia de los infantes.</p>
<p>Antes del parto, caramba, yo era invencible.</p>
<p><span id="more-4333"></span>Ya desde la primera noche que hice guardia junto a la cuna, con los pelos de punta y los ojos crocantes, empecé a sospechar que todas mis estrategias de crianza no servían para nada.</p>
<p>En esos primeros años me ayudaron textos como <em>Nunca nadie me pegó tanto como mi hijo</em>, de Fontanarrosa, <em>Pequeño demonio, devuélveme el control remoto</em>, de un filósofo belga, y <em>Relájese, en cuatro décadas todo se normaliza</em>, de un japonés.</p>
<p>Nada mejor que el mal de muchos para consolarnos cuando las mamaderas queman.</p>
<p>Desde nuestro sofá moteado de papilla seguimos escuchando los planes de docenas de amigos embarazados que piensan que los niños son robóticos y van a entender sus imposiciones caprichosas:</p>
<p>—Todo bien con los pendejos, pero yo al mío le voy a enseñar cómo son las cosas.</p>
<p>Es reconfortante escucharlos reconocer meses más tarde —ya convertidos en zombies por el sueño, sin rastros de esa altanería petulante, con las ropas llenas de moco y comida— que los pequeños se pasan los planes de los adultos por los pañales.</p>
<p>A la incomprensible sensación de despertar con un alarido a las cinco de la mañana hay que sumarle los miedos y las bajadas de copete. En interminables noches de golpear con el dedo chico del pie las patas de las camas, he llegado a pensar que la paternidad es una fractura, una forma social para deconstruir el egoísmo del hombre.</p>
<p>Esta corta pero intensa (in)experiencia de criar dos niñas me permite entender que las teorías duran lo que un vestido blanco en un cumpleaños, que es al pedo oponer resistencia, y que cada familia es un laboratorio privado donde las personas ensayan distintas formas de felicidad.</p>
<p>Si los niños no quieren comer ni dormir, no lo harán, y si encuentran un placer sádico en el acto de patear con estilo yudoca la entrepierna del progenitor, de nada servirá la psicología para disuadirlos.</p>
<p>Tener hijos es aprender a convivir con la sorpresa. Cada regreso al hogar produce taquicardia e incertidumbre porque no sabemos qué nos aguarda del otro lado de la puerta: si un televisor roto, un libro incunable deshojado con violencia, o una pared intervenida con crayones indelebles.</p>
<p>Y sin embargo seguimos. Quizá movidos por las compensaciones invaluables.</p>
<p>Ya no creo que haya momentos ideales para tener familia, me parece poco inteligente “planear” un embarazo. Creo que todo lo referente a la paternidad va teñido de un impulso improvisado; es inútil querer torcer el destino natural de las cosas.</p>
<p>Hace tres años empezamos a envejecer con celeridad, a <em>desaprender</em>.</p>
<p>Hoy, algunos años después de esa primera noche reveladora en la cuna, celebro las rutinas, que dos personitas en este planeta sientan que nuestros hombros son el lugar ideal para dejar de llorar.</p>
<p>Eso contagia una fuerza inexplicable. Así podés pasear con ternura sus cuerpitos febriles en la madrugada, tranquilo, absolutamente convencido de que estás donde tenés que estar.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Nota publicado</em></p>
<p><em>en Revista Ocio,</em></p>
<p><em>mayo de 2010</em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>On the rocks</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/05/10/on-the-rocks/</link>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 18:27:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Para buscar hielo había que subir, apoyando las manos en los muslos, hasta la casa. Estaban al final de una pendiente pronunciada, en dos sillas enfrentadas al lago, desde donde bebían contemplando el atardecer. Era una playita privada, en la superficie del agua se quebraba el reflejo de las montañas.
Felipe y el Coco, sin ganas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para buscar hielo había que subir, apoyando las manos en los muslos, hasta la casa. Estaban al final de una pendiente pronunciada, en dos sillas enfrentadas al lago, desde donde bebían contemplando el atardecer. Era una playita privada, en la superficie del agua se quebraba el reflejo de las montañas.</p>
<p>Felipe y el Coco, sin ganas de trepar como cabras a cada rato, se habían armado de una heladera portátil.</p>
<p>El cielo derramaba tonos dorados sobre la coronilla de las sierras. Frente a ellos se abría la bahía con casas repartidas a lo largo de la costa. La mayoría estaban construidas en terrenos que acababan en rampas para hacer descender las lanchas y los veleros. Felipe fue el primero que tuvo ganas de mear.</p>
<p><span id="more-1400"></span>—Voy a vaciar acá —dijo desabrochándose el pantalón cerca de la orilla.</p>
<p>—No seas sucio, viejo, tengo vecinos que me conocen, puede pasar alguien navegando, ¿qué van a decir?</p>
<p>—Coco, tengo 60 años, ¿vos creés que me importa si un par de navegantes me ven las bolas a esta altura? —ironizó Felipe—. ¿Vos creés que a un tipo al que le meten el dedo en el culo para revisarle la próstata cada seis meses le importa si un marinero le ve la pija?</p>
<p>Su amigo gruñó y Felipe comprendió que no era buena idea arruinar el momento. Hacía mucho que planeaban pasar unos días en el lago, sin mujeres, sin chicos, recordando viejos tiempos. Miró hacia la casa, suspiró y se abrochó el pantalón.</p>
<p>—¿Necesitas algo de arriba? Voy a subir a dejar la meada en el baño, como la gente civilizada.</p>
<p>—Traé más hielo. Y unas cervezas.</p>
<p>Felipe se llevó la mano a la frente imitando un saludo militar, eructó y empezó a subir tambaleándose.</p>
<p>El Coco se quedó mirando las piedras de la orilla. De vez en cuando una carpa saltaba del agua y caía otra vez plagando el lomo pardo de la superficie con ondas. Metió la mano en la heladerita, sacó un par de hielos, llenó el vaso hasta la mitad y se lo puso de un saque.</p>
<p>Primero pensó que la vista lo engañaba, hasta que comprendió que era real. Intuyó que se trataría de un nuevo tipo de esquí, algún sistema de propulsión de esos que inventan los pendejos para huevear sobre el agua. Pero no, lo que venía corriendo desde parador del club de pesca a la izquierda, era un hombre.</p>
<p>Sin dispositivos de navegación, vestido con un traje de neoprenne y descalzo, un flaco corría sobre el agua.</p>
<p>Lo vio pasar de una punta a la otra, a unos diez metros de la orilla donde estaba. El pibe lo saludó con la mano y siguió corriendo hasta perderse detrás de unas rocas a la derecha.</p>
<p>El Coco se refregó los ojos y se acomodó en la silla. Miró el vaso que tenía en la mano primero y la estela que había quedado en el agua después. «Estoy más chupado que la pinchila de Julio Iglesias», pensó.</p>
<p>Felipe regresó con las cervezas, las acomodó en la nevera portátil y se sentó.</p>
<p>—¿Qué te pasa? —preguntó al ver la palidez de su amigo.</p>
<p>—Acabo de ver pasar a un tipo corriendo por arriba del agua —contestó, aturdido, el Coco.</p>
<p>—¿En qué venía? ¿Esquí?</p>
<p>—No. A pata.</p>
<p>—Te dije que el whisky era bueno —dijo Felipe.</p>
<p>—En serio te digo. El tipo salió de allá —el Coco señaló hacia el club de pesca, unos cien metros a la izquierda sobre la costa—, pasó por acá, me saludó, y se mandó por allá —señaló otra vez, ahora a la derecha, donde había unas rocas.</p>
<p>—¿No venía con túnica blanca y usaba barba y pelo largo? A lo mejor es Jesús persiguiendo un apóstol.</p>
<p>—No me hagás caso. Me parece que estoy lacio del pedo.</p>
<p>—El alcohol te pierde, Coco, ya te lo dijo tu primera mujer. Y creo que también te lo dijo tu segunda esposa, y ahora te lo debe estar diciendo la pendejita que te saca la plata; sos un viejo que chupa whisky desde la mañana, no es raro que veas gente corriendo en el aire, o elefantes rosados con flores en el culo&#8230;</p>
<p>—No me vengás con boludeces. Debe ser que estoy cansado. Hoy hizo mucho calor y estamos tomando desde temprano&#8230;</p>
<p>—Puede ser eso, o algún pato de los grandes hinchando las bolas —dijo su amigo ensayando una explicación—. Hay un bigüá que mide como&#8230;</p>
<p>—No, Felipe. No era un pato, te digo que lo vi bien: pasó de allá para allá, a unos diez metros de acá, no hay forma que me confunda un tipo con un bicho, estaré chupado pero no soy pelotudo.</p>
<p>—Bueno, parece que es hora de que pasemos a las cervezas, algo más liviano, para bajar. Y te juro que la próxima meada la tiro acá, tengo la vejiga como un menudo de pollo, próstata de mierda.</p>
<p>—Me parece que le tendrías que mandar flores a tu médico, te mete el dedo en el culo dos veces al año y después ni se hablan. Y vos me venís a hablar a mí de relaciones de pareja&#8230;</p>
<p>Los dos rieron. Destaparon sendas botellitas, brindaron y se acomodaron en las sillas.</p>
<p>El ruido de un chapoteo rítmico rompió el silencio del atardecer unos minutos más tarde. Ante la mirada incrédula de Felipe, el tipo pasó corriendo de vuelta. De derecha a izquierda esta vez. Estaba descalzo y apenas rozaba la superficie. Levantó la mano y volvió a saludar.</p>
<p>El Coco sonrió.</p>
<p>—Era un tipo corriendo sobre el agua —dijo Felipe.</p>
<p>—Te dije que no estoy tan borracho. ¡El flaco corre arriba del agua!</p>
<p>Los dos se miraron en silencio y se asomaron un poco hasta que el corredor se perdió de vista.</p>
<p>—Nadie nos va a creer esto —dijo Felipe.</p>
<p>—Ni yo me lo creo —dijo el Coco empinando una botellita.</p>
<p>A los cinco minutos escucharon el chapoteo otra vez. Se pusieron de pie, avanzaron hasta la orilla y esperaron. Cuando el tipo apareció desde la izquierda, empezaron a llamarlo. El corredor los observó pero no detuvo la marcha, hizo un par de círculos y se dirigió a la misma velocidad hacia donde estaban.</p>
<p>Continuó corriendo hasta que los pies dejaron de pisar el agua y entraron en contacto con la arena de la playa. Estaba un poco agitado cuando llegó hasta ellos.</p>
<p>—Buenas —jadeó.</p>
<p>El Coco y Felipe contestaron superponiendo los saludos.</p>
<p>—En qué puedo ayudarlos —preguntó el joven recuperando el aliento.</p>
<p>—Mirá —empezó el Coco—, yo hace mucho que vengo al lago, pero es la primera vez que veo&#8230; bueno&#8230; a alguien haciendo esto&#8230;</p>
<p>—¿<em>Corrida Superficial</em>? —preguntó el muchacho.</p>
<p>—¿Así se llama? —intervino Felipe.</p>
<p>—Sí, es una disciplina muy antigua. Yo vengo de una familia que practica esta actividad desde hace mucho tiempo.</p>
<p>—Pero, ¿cómo es que no te hundís? —indagó Felipe.</p>
<p>—El secreto está en no dejar de correr&#8230; y bueno, en que ninguno de los Corredores Superficiales sabemos nadar, claro.</p>
<p>—¿Cómo que no saben nadar? —preguntó el Coco.</p>
<p>—Es fundamental para esta disciplina, si no sabés nadar, el agua te da miedo, entonces no te queda otra que correr por arriba —explicó el muchacho.</p>
<p>El Coco lo invitó a sentarse con ellos. El chico lo pensó un rato, miró el cielo, dijo que todavía tenía un poco de luz para volver sin problemas y aceptó.</p>
<p>Era un tipo con un cuerpo envidiable, bajo la tela del traje se dibujaban músculos largos fortalecidos por el ejercicio. A pesar de haber pasado un buen rato en el agua, lo único que se había mojado eran las sienes, pero por la transpiración. El resto estaba seco.</p>
<p>—No me sorprende que no nos hayan visto nunca —continuó el muchacho—; por lo general entrenamos de noche, es difícil si la gente te para a cada rato para preguntarte cómo hacés.</p>
<p>Felipe le pasó una cerveza. El pibe dudó unos instantes y después se la bajó de un trago.</p>
<p>—Esto de entrenar es una cagada —explicó—, para poder competir tenés que estar en estado físico. Ya tengo los huevos llenos de ir a la cama temprano y comer como si fuera un pajarito.</p>
<p>Los viejos rieron. El Coco le pasó otra cerveza. El chico lo dudó, pero finalmente la abrió ante la insistencia del dueño de casa.</p>
<p>—Ahora, ¿cómo es eso de correr por arriba del agua? ¿Cómo hacés? —preguntó el Coco.</p>
<p>—Es medio complicado de explicar. Se trata de un deporte milenario, creo que lo inventaron los griegos —empezó a explicar el chico.</p>
<p>—Estos griegos, qué hijos de puta —acotó Felipe.</p>
<p>—La cosa es que para ser Corredor Superficial hay que entrenar mucho. Por ejemplo, esta es mi primera cerveza en cuatro años. A mí me enseñó mi viejo, y a él le enseñó su padre y así. Es como una tradición familiar, un entrenamiento que empieza desde que sos chico y que es muy riguroso.</p>
<p>—Pero vos decís que estás entrenando, ¿entrenando para qué? —preguntó el Coco.</p>
<p>—Para competir —dijo el chico—. Ahora se vienen las <em>Olimpíadas No Convencionales</em> y yo voy representando al país en la categoría Corrida Superficial de seiscientos metros.</p>
<p>—¡Estamos con un campeón! —acotó el Coco.</p>
<p>—Mirá vos —dijo Felipe—. ¿Y en qué canal lo pasan?</p>
<p>—No, mi amigo, estas cosas no se televisan. Son muy selectas, las competencias se hacen en ambientes muy cuidados, con tipos de afuera que organizan todo. Este año yo voy esponsorizado por una gaseosa de acá.</p>
<p>—Estos hijos de puta de la Coca están metidos en todo —dijo Felipe.</p>
<p>El chico no paraba de sobarse los pies y las pantorrillas. Comenzó a soplar una brisa fresca que erizó el lomo del lago.</p>
<p>—Se está poniendo fresco —comentó el muchacho.</p>
<p>El Coco sacó la botella de whisky y le sirvió un vaso bien cargado.</p>
<p>—No debería&#8230;</p>
<p>—Pero hijo, en mi casa todos toman cuando yo tomo. Y el whisky es bueno; te pone en calor como si te hubieras tragado una fogata. Vas a salir corriendo como si llevaras una antorcha en el upite.</p>
<p>Los tres rieron y el joven deportista echó un trago. Después otro. Después otro más y los tres brindaron.</p>
<p>—Por nuestro campeón —dijo el Coco.</p>
<p>—Para que le puedas romper el culo a los alemanes en las olimpíadas esas, seguro que son unos bagres.</p>
<p>La brisa se volvió más intensa y se convirtió en un viento molesto. En el lago nacieron pequeñas olas que se turnaban para desenrrollarse sobre la playita.</p>
<p>—Bueno, va siendo hora de volver —dijo el corredor.</p>
<p>Se saludaron con la camaradería propia de los borrachos. El chico se tambaleó un poco y Felipe lo agarró del brazo para que no perdiera el equilibrio.</p>
<p>—La verdad es que estaba bueno el whisky —reconoció.</p>
<p>—A su salud, maestro —dijo el Coco.</p>
<p>El muchacho pidió permiso para subir hasta la casa y tomar envión. Una vez arriba, estiró los músculos de las piernas, se sobó las pantorrillas y empezó a dar pequeños saltos. Felipe y el Coco volvieron a sus sillas y cargaron otra vez los vasos.</p>
<p>El corredor bajó desde la casa y pasó a gran velocidad junto a ellos. Saludó con la mano y dejó un remolino de arena cuando entró en el agua.</p>
<p>—Cómo corre este hijo de puta —señaló Felipe.</p>
<p>—Hay tipos que nacen para esto —dijo el Coco.</p>
<p>Unos metros lago adentro, el chico tropezó con una de las olas y perdió el equilibrio. Trastabilló varios pasos, cayó de costado y se hundió.</p>
<p>—Che, no sabe nadar —observó Felipe.</p>
<p>—Yo estoy muy chupado para meterme en el agua —dijo el Coco.</p>
<p>—El alcohol te pierde —dijo su amigo—. Y me acabo de mear encima —agregó.</p>
<p>—Estamos viejos, carajo.</p>
<p>—Y bueno, no correremos olimpíadas sobre el agua, pero tiemblan las botellas en las góndolas cuando nos ven venir con el carrito, ¿no?</p>
<p>—Brindo por eso.</p>
<p>—Sí señor. Salud, amigazo.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.<span style="color: #ffffff;"><br />
</span></span><span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
<em> Update: el lector Marcos Dione me manda este video linkeado en un comentario.<br />
Me reí muchísimo, no se me ocurrió el detalle de las zapatillas &#8220;repelentes de agua&#8221;. </em></p>
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<a href="http://www.koreus.com/video/marcher-eau.html">Liquid Mountaineering</a> &#8211; <a href="http://blog.koreus.com">Blog</a></div>
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		<title>Alguien tiene que hacerlo</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/04/15/alguien-tiene-que-hacerlo/</link>
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		<pubDate>Thu, 15 Apr 2010 20:46:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El auto está detenido en medio de la noche. Bareb, al volante, mira el mundo difuso del otro lado del parabrisas. Los separan del exterior un par de arcos sucios que las escobillas dibujan sobre el vidrio, dejando un rastro grasoso de vísceras de insectos. 
Brrrí, brrrá. 
Con cada barrido el semáforo se funde con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El auto está detenido en medio de la noche. Bareb, al volante, mira el mundo difuso del otro lado del parabrisas. Los separan del exterior un par de arcos sucios que las escobillas dibujan sobre el vidrio, dejando un rastro grasoso de vísceras de insectos. </p>
<p>Brrrí, brrrá. </p>
<p>Con cada barrido el semáforo se funde con las luces de freno de los autos. En el asiento del acompañante va Buteler con su enfisema. Ahora que esta ceremonia vial e inútil los ha demorado en esa esquina, aprovecha para desempañar su ventanilla. Bareb se pregunta qué estará pensando el viejo Buteler que contempla las trenzas furiosas de agua corriendo paralelas a la vereda, antes de ser devoradas por las bocas de tormenta.</p>
<p>—Qué noche fulera —dice Buteler.</p>
<p><span id="more-4166"></span>En el espejo retrovisor el rostro de Marino se vislumbra de a ratos, cuando los autos que van por la calle transversal lo descubren con sus luces. </p>
<p>—Noche para dormir con pierna —apunta Bareb.</p>
<p>Buteler resopla. Un tubito de plástico muy fino descansa debajo de los puentes de su nariz. Por ahí viaja una cuota extra de oxígeno que viene desde un termo que lleva sujeto a la cintura. Bareb se pregunta por la autonomía del aparato. ¿Alcanzará hasta que terminen? Y si no, ¿qué le pasa al organismo cuando la carga se acaba? </p>
<p>Decide que es mejor no pensar en eso. Todavía no lo sabe, pero Buteler sobrevivirá esa noche, aunque dos meses más tarde amanecerá fulminado sobre la cama. Lo descubrirá su nieta cuando abra la puerta de la habitación y deje caer la bandeja con el desayuno.</p>
<p>Faltan todavía sesenta días para eso. Ahora es una noche mucho más atrás, y tienen algo que hacer. El interior del auto huele a miedo, pero conviene no decirlo. Hay acuerdos tácitos que sirven de motor para impulsar fuerzas ocultas, y esa noche ellos necesitarán mucha fuerza.</p>
<p>El semáforo derrama luz verde sobre el parabrisas.  </p>
<p>El auto por fin sale de la ciudad y empieza a circular por la autopista. La lluvia se ha convertido en un aire pesado de humedad. En el cielo giran nubarrones densos que cada tanto se rasgan y dejan ver la luna. </p>
<p>No hay muchos conductores en el camino y Buteler tiene que consultar el mapa varias veces para no perderse.</p>
<p>—Hace mucho que no vengo por este lado —se excusa.</p>
<p>Marino se limita a resoplar. Es joven y hace gala de su impaciencia. Lo exaspera el ritmo lento con el que Buteler desempeña las tareas más simples, como consultar un mapa. Bareb no dice nada, se limita a reducir la velocidad. De alguna manera confía en el criterio de su acompañante, e interpreta la parsimonia y los resoplidos suaves como cualidades positivas, sinónimos de una inteligencia y una astucia que sólo pueden dar la edad.</p>
<p>—Es por acá.</p>
<p>Las ruedas dejan de pisar asfalto y se encaminan por un sendero estrecho de tierra, bamboleándose sobre los charcos. La tormenta parece haber golpeado con más fuerza esa zona. Marino sonríe a cada puteada de Bareb, que va dando manotazos al volante para no quedar empantanados. </p>
<p>Buteler baja la ventanilla y asoma la cabeza al exterior. La brisa espesa le da tranquilidad.  </p>
<p>—Qué humedad infame —dice Marino—. Es como tener la cabeza metida en el culo de un elefante, pongan el aire, por favor.</p>
<p>El viejo sonríe y explica que para las personas como él, sentir el viento en la cara es una bendición. </p>
<p>—Cuando la brisa te acaricia te olvidás de la mochila de oxígeno y de los cables —dice.</p>
<p>Marino contesta por lo bajo: </p>
<p>—Jódase por fumar.</p>
<p>Bareb está a punto de reprenderlo, pero Buteler pone una mano sobre la suya para disuadirlo. Es una mano grande, tibia y huesuda. El contacto le produce escalofríos, parece la mano de un&#8230;</p>
<p>—¿Estás ansioso, Marino? ¿Te molesta que un viejo como yo no demuestre miedo? —interrumpe Buteler. </p>
<p>—Los viejos como vos están al horno. Siempre me ha parecido una estupidez demostrarle respeto a una persona sólo por la edad. Los hijos de puta también se vuelven ancianos venerables —responde Marino. </p>
<p>Los tres guardan silencio otra vez. Se imagina a sí mismo sacando del auto a Marino por la solapa. Cada golpe que da mentalmente en el rostro del joven, lejos de apaciguar sus ánimos, le hace sentir más furia. </p>
<p>—¿Y ahora? —pregunta Buteler. </p>
<p>El camino muere entre un grupo de árboles frondosos cuyas ramas se bambolean con el viento. La madera de los eucaliptus cruje como una advertencia: sólo hay un espacio muy prieto para cruzar al otro lado de la arboleda. </p>
<p>—¿Pasa? —se pregunta en voz alta Bareb. Piensa que si el vehículo queda atrapado entre los dos troncos inmensos que ofician de pórtico, estarán en serios problemas: si eso ocurriera, las ruedas empezarían a patinar y las puertas quedarían trabadas. </p>
<p>Con el auto en punto muerto, Bareb desciende y, tras una breve inspección, determina que deberán correr el riesgo con el vehículo. Seguir a pie sería una locura, porque el sendero que hay detrás de los árboles parece empinado. Los tres saben que una caminata larga con ese clima podría ser fatal para el pasajero que va de acompañante.</p>
<p>—No creo que alguna vez haya pasado un auto por acá —reflexiona Marino—. Creo que se acabó la suerte. </p>
<p>Buteler estudia otra vez el mapa y menea la cabeza. </p>
<p>—La arboleda termina unos metros más adelante —explica Bareb—, después hay que avanzar hasta llegar a la pendiente, ahí empieza un valle de espinillos y arbustos. Creo que el auto puede correr bien por ahí sin pinchar gomas —reflexiona poco convencido. </p>
<p>A lo lejos, sobre la línea del horizonte, la cúpula de la iglesia se erige como un dial sobre la línea oscura de las sierras. Tan lejos y tan cerca. </p>
<p>—Ahí está —dice Buteler—. Allá atrás se ve la iglesia. </p>
<p>—¿Unos tres kilómetros? —calcula Bareb.</p>
<p>Marino ríe y su carcajada se pierde sin eco en la oscuridad. El cono de luces pinta de un blanco azulado la corteza de los árboles: </p>
<p>—No hay forma —dice—. El auto no puede pasar, y si pasa, a mitad de camino va a quedar en llanta. </p>
<p>Buteler inspira una bocanada profunda que suena rasposa y trémula. Después sugiere: </p>
<p>—Deberías retroceder un poco, para ganar velocidad. Si pensás pasar por ahí despacio, seguro que nos trabamos, hay que tomar envión y entrar con todo.</p>
<p>Bareb soba el volante unos instantes antes de dar marcha atrás y poner primera. Por el espejo retrovisor alcanza a ver la silueta de Marino, agachándose para quedar a cubierto entre los asientos. </p>
<p>Al soltar el embrague y pisar a fondo el acelerador, las ruedas giran en falso sobre la arena por un momento y el vehículo mueve la cola hacia un lado antes de salir disparado hacia adelante, a toda carrera.</p>
<p>—Mierda —dice Buteler. </p>
<p>Su voz apenas se escucha debajo del ruido tronador del motor que gana velocidad. El impacto deja tuerto el frente del auto, y tras el golpe que revienta los cristales de las puertas, pasan al otro lado abriéndose camino entre árboles más pequeños, arremetiendo contra las ramas bajas, dejando plásticos y chapas hasta salir de la arboleda. </p>
<p>Se detienen unos minutos a recuperar el aliento. Los daños son considerables, pero deciden no perder más tiempo y siguen adelante. </p>
<p>—Están locos —dice Marino—, están locos, hijos de puta. </p>
<p>Buteler empieza a reír, animado por la mínima victoria. Pronto Bareb se le une y las carcajadas los acompañan mientras van dando saltos sobre los espinillos y los arbustos. Un acceso de tos apretada termina con el clima festivo a los pocos segundos. </p>
<p>—¿Está bien? —pregunta Bareb. </p>
<p>—Estoy bien —contesta el viejo—. Esto es lo mejor que me ha pasado en los últimos diez años. </p>
<p>La iglesia está abandonada. El atrio es un yuyal del que emerge un monolito derruido sobre el que descansa una placa. Cuando la única luz del auto encalla frente a la fachada, observan por un instante el edificio pequeño y ruinoso que todavía conserva intactas las puertas de madera y los ventanales. </p>
<p>—Es hora —dice Buteler, y los tres descienden del vehículo. </p>
<p>Mientras avanzan entre los pastos altos apuntan en todas direcciones con las linternas. Desde la loma donde está enclavada la iglesia la vista domina varios kilómetros a la redonda, pero no hay caminos que conduzcan hasta allí, además del que acaban de improvisar aplastando el follaje con las ruedas del auto. </p>
<p>Marino amaga retroceder, pero Bareb toma su brazo con firmeza y lo conduce hasta la entrada.</p>
<p>—No, yo&#8230; —alcanza a decir, pero ya Buteler está empujando la puerta. Para sorpresa de todos, se abre con facilidad. </p>
<p>El interior está habitado por un hedor que los descompone, y siguen adelante abriéndose camino entre los restos de los bancos volcados cubiertos de telarañas. </p>
<p>Por los ventanales de un lateral les llega tímido el reflejo de un refucilo en la distancia. Pronto tendrán tormenta otra vez, es mejor apurarse. </p>
<p>Cuando llegan al altar, las lágrimas corren silenciosas por las mejillas de Marino. Buteler resopla mientras improvisa una mesa con dos tablas. </p>
<p>Bareb busca con la mano libre dentro de su mochila. </p>
<p>—¿Ahora? —pregunta Buteler. El silencio que recibe es una respuesta clara. </p>
<p>Pronuncian a coro las palabras. Cuando la mano baja con furia para enterrar la daga, el grito empequeñece los truenos en el horizonte. </p>
<p>Después se hace otra vez silencio. Los dos regresan al auto limpiándose con un pañuelo las manos ensangrentadas. </p>
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		<title>900 palabras sobre los cuentos de hadas</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Apr 2010 21:30:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Tengo una tía que me llama muchas veces por teléfono. Es de esos familiares que recordás siempre por sus pellizcones desfigurantes en los cachetes y los besos recargados de rush de la infancia. Mi tía, desde que tengo uso de razón, me llama invariablemente para mi cumpleaños o para decirme qué es lo que tengo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo una tía que me llama muchas veces por teléfono. Es de esos familiares que recordás siempre por sus pellizcones desfigurantes en los cachetes y los besos recargados de rush de la infancia. Mi tía, desde que tengo uso de razón, me llama invariablemente para mi cumpleaños o para decirme qué es lo que tengo que escribir. Es lo más parecido a un agente literario: </p>
<p>—Josecito, no seas boludo —me dice—, escribite un Harry Potter o un Código Da Vinci, que te vas a llenar de plata. </p>
<p>En su más íntima convicción, en su fantasía sobre el mundo de la escritura, mi tía piensa que yo no me hago rico escribiendo porque prefiero estar al pedo. Para ella el camino del éxito es una línea recta de sacrificios que desemboca en un premio, trabajar sólo para triunfar. </p>
<p><span id="more-4254"></span>La idea de sacrificio es inherente a mi familia, todavía recuerdo cuando les conté a mis padres que no me iba a dedicar ni a la medicina ni a la abogacía; con los rostros desfigurados, sentados en el borde del sillón, preguntaron a coro: </p>
<p>—¡¿Cómo que te vas a hacer artista?!</p>
<p>A veces parece que la actividad artística sólo se justifica si con eso hacés plata. De lo contrario, sos un bohemio, que es un eufemismo delicado para decir “vago de mierda”. </p>
<p>Estas cosas me han hecho sentir siempre a la escritura como un refugio. Escribir no es rentable si no hago un Harry Potter que le dé de comer a mis hijas y las mande al colegio. </p>
<p>Esa visión es contagiosa, y la literatura suele quedar como un recreo mientras uno trabajaba de otras cosas: vender pollitos en la Peatonal, hacer voces para dibujitos animados, enchufar avisos publicitarios para revistas monocromáticas, hacer prensa para empresas. </p>
<p>Hacía eso pensando que en cualquier momento iba a venir un hada para golpearme un ojo con su varita mágica. </p>
<p>Pasaron varios años hasta que comprendí que es al pedo forzar algunas pasiones para que sean rentables, y hoy, por suerte, ya sé que es peligroso apostar sólo a las soluciones encantadas. Un amigo me lo confirmó la semana pasada: en Estados Unidos, cuando convocan a reuniones empresariales, se avisa que no es para escuchar cuentos de hadas, sino casos reales. </p>
<p>Parece un dato boludo, pero eso me ha sacado muchísimas presiones. Internet, otro ámbito en el que me muevo con frecuencia, es para muchos todavía una fantasía peligrosa. </p>
<p>La voz de mi tía se hace eco en todos los que me dicen: </p>
<p>—¿Pero con el blog no hacés plata? ¿Y para qué te sirve?</p>
<p>Ya no me interesa explicar que el blog me ha dado otros trabajos, me ha hecho conocer gente y embarcarme con ellos en proyectos nuevos. </p>
<p>Un ejemplo claro del peligro de los cuentos de hadas es Facebook: a mí no me sirve de nada saber que el joven más rico sobre la faz de la tierra es el flaco que lo inventó. Digo, vos leés en todos lados la historia de este joven emprendedor que empezó en un garaje con una computadorita pedorra y que tuvo la idea genial de juntar los blogs, los chats, Youtube y las páginas de fotos en una licuadora y servirlo todo revuelto en un mismo sitio, para que lo compartieras con tus amistades. </p>
<p>Pero creer que los pasos que siguió este muchacho es un procedimiento que garantiza algo, es como pensar que jugando a la quiniela vamos a pagar el alquiler todos los meses; una alternativa falsa que sólo sirve para soñar a la siesta. </p>
<p>El caso del inventor de Facebook es erotizante, pero excepcional, inútil para pensar que todos los que tenemos Internet lo vamos a poder emular. </p>
<p>La idea que yo tenía de éxito ha cambiado mucho desde que me planté frente a mis padres para avisarles que me iba a dedicar a pisotearles los sueños de m’hijo el dotor en pos de dejarme crecer el pelo y la barba para escribir pavadas. </p>
<p>La última revelación que tuve sobre el éxito vino después de <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/07/05/charlas-con-amigos-que-escriben-5/">una entrevista</a> que le hice al escritor Martín Cristal: </p>
<p>—Cómo se hace para ser un escritor exitoso —le pregunté. </p>
<p>Él me explicó que &#8220;éxito&#8221; viene del latín &#8220;exitus&#8221; y que los ingleses lo usan mucho, &#8220;exit&#8221;, quiere decir &#8220;salida&#8221;. Tener éxito —me dijo Cristal— es terminar las empresas que hemos comenzado. Hacer bien nuestro trabajo. </p>
<p>Pensé mucho en eso desde entonces. Pienso seguido también en los modelos que se nos imponen, en la autora de Harry Potter que tiene no sé cuántas habitaciones en la casa, en las piernas de Messi, en ponerse tetas para conseguir protagónicos en el mundo del espectáculo. </p>
<p>La idea de una solución fácil y rápida, la del cuento de hadas, es lo más práctico para justificar la falta de voluntad. </p>
<p>Estuve muchos años peleado a muerte con mi novela. No la podía escribir, pero por suerte, eso ya no me angustia. Habiéndome quitado la presión de tener que parir un Harry Potter o un Código Da Vinci, las páginas empezaron a fluir con sencillez, con gracia, y se terminará cuando deba y voy a ser feliz lo mismo, sea un golazo de Messi o no. </p>
<p>No sirve ponerse el éxito como meta. Stephen King dice que la única fórmula para escribir una novela es hacerlo palabra por palabra. Creo que lo mismo se aplica a cualquier tarea: paso a paso, sin dejar de disfrutar.</p>
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		<item>
		<title>El poeta que fumaba</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/03/26/el-poeta-que-fumaba/</link>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 11:57:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Teodoro publicó un poemario en una editorial independiente y después le hicieron una nota en una radio fm antes de que se lo tragara el anonimato para siempre. “Una escritura sensual, vibrante. Y nos vamos a las efemérides”, dijo el locutor.
Ahora toco el timbre de su casa en Alta Córdoba. Soy el emisario de una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Teodoro publicó un poemario en una editorial independiente y después le hicieron una nota en una radio fm antes de que se lo tragara el anonimato para siempre. “Una escritura sensual, vibrante. Y nos vamos a las efemérides”, dijo el locutor.</p>
<p>Ahora toco el timbre de su casa en Alta Córdoba. Soy el emisario de una tallerista que no quiere entre sus alumnos a gente que escriba &#8220;raro&#8221;. Me paga para ir a decirles que lo que hacen &#8220;no se ajusta a las políticas discursivas del taller&#8221;.</p>
<p>Es un trabajo cruel, pero me dan algo de dinero para viáticos y puedo acomodar las entrevistas a mi antojo.</p>
<p>Teodoro trabaja de mozo en un restorán de la calle Olmos y sólo puede juntarse conmigo después de las seis de la tarde. Dice que los patrones lo tienen harto y que aprovecha para tomar revancha con la sociedad “sirviendo porciones de venganza en bandeja”.</p>
<p>Esa declaración me causa escalofríos. Yo he comido varias veces en el restorán donde trabaja.</p>
<p><span id="more-4088"></span>Toda situación de rechazo suele ser violenta. Una vez una señora gorda me pateó los huevos y estuve una semana orinando color magenta; otra vez un estudiante de letras me persiguió dos cuadras dándome en la nuca con un libro. Por la forma en que dolía cada golpe supongo que era un tratado lingüístico de Chomsky.</p>
<p>Teodoro me recibe en medias, calzoncillos bóxer y musculosa. El departamento parece una postal de postguerra y avanzo por el living pateando latas, botellas, libros y lapiceras. Ni un ciclón hubiera armado tanto despelote. Camino entre la basura sospechando que el desorden tiene algo de premeditado, como un escenario a medida de un personaje.</p>
<p>¿Por qué querría meterse en un taller un tipo como éste? Intento decirle que tengo malas noticias, pero me interrumpe para invitarme al balcón.</p>
<p>—Está más fresco —dice.</p>
<p>Me quedo un momento acodado en la barandilla mientras él va a buscar unas tazas de café. Después miramos a una chica que cruza la calle en un trote gracioso y elegante, rumbo a la panadería de la esquina.</p>
<p>—Mirá lo que es ese culo, dios mío —comenta él con nostalgia.</p>
<p>—Culazo —digo para seguirle la corriente. De hecho es un culo regular, nada como para perder la cabeza, pero no quiero confrontarlo al pedo, lo que tengo que decirle es delicado y le romperá el corazón, le hará sentirse estúpido en su departamento desordenado para la ocasión.</p>
<p>Soplo el café. La bebida sabe a mierda, una cosa agria y ferrosa. A Teodoro le gusta así. Dice que los que toman café instantáneo o descafeinado somos todos putos.</p>
<p>—Yo a tu edad me cogía cada mina, pibe…</p>
<p>Miro sus dedos atrofiados. Parecen las manos de un maniquí apoyado en una estufa.</p>
<p>—Tengo un mensaje de Catalina, Teodoro.</p>
<p>Él parece no escucharme. En lugar de responder, empieza a listarme la cantidad de minas que se cogía cuando tenía mi edad:</p>
<p>—Vos entrabas acá y encontrabas forros, corpiños, bombachas.  Me buscaban, ¿viste? Yo era grandote, buen físico —dice ensanchando los hombros—. Y cuando se me paraba, te volteaba una pared. No como ahora que para hacerme una paja tengo que estar sentado porque si no se me baja la presión y se me duermen las piernas.</p>
<p>—Le cuento más o menos qué dice Cata, ¿le parece? —intento de nuevo. No funciona.</p>
<p>—Esto era un desfile de minas, loco. La mitad de las pendejas de Córdoba pasaron por este departamento —dice con la mirada puesta en la puerta de la panadería de la vereda del frente.</p>
<p>Sus ojos hacen guardia esperando que el culo vuelva a la calle. Me concentro en aspirar el vapor del café quemado, sopesando las posibilidades de irme a mi casa sin decir nada. Todo el tiempo tengo ganas de renunciar, no sé si es buen negocio que te caguen a patadas por trescientos mangos al mes, aunque venga con viáticos.</p>
<p>Los ojos crocantes de sueño ante un desfile interminable de malditos escritores.</p>
<p>—¿Qué te dijo esa vieja hija de puta? —me pregunta de repente.</p>
<p>Dejo la taza de café en una mesita junto a un geranio y saco el cuaderno. Estoy por empezar a contarle cuando me avisa:</p>
<p>—Ahí sale la pendeja.</p>
<p>Miro. Es una chica linda, de unos veinticinco. Levanta la cabeza y nos ve. Lleva una bolsa con criollitos.</p>
<p>—¡CÓMO FICHÓ, QUÉ PEDAZO DE PUTA! —grita Teodoro y los pocos transeúntes en la calle se dan vuelta para mirarnos.</p>
<p>La chica se detiene y nos observa. Ladea un poco la cabeza y entrecierra los ojos. Creo que está tratando de entender si nos conoce, si ha escuchado bien.</p>
<p>—<em>¿Qué dijiste, flaco?</em> —me pregunta con una mano como improvisada visera.</p>
<p>Yo me señalo el pecho y levanto las cejas. Después niego con la cabeza y lo señalo a Teodoro. Él se ríe, junta las manos sobre el pecho y se muerde el labio de abajo:</p>
<p>—Cómo le gusta la pija, cómo le gusta pija —dice casi para sí, antes de gritar—: ¡QUE SOS HERMOSA, PENDEJA. QUE CUANDO QUIERAS PODÉS SUBIR QUE ACÁ TE VOY A DEJAR EL CULO COMO UNA BUDINERA!</p>
<p>Aprovecho que Teodoro acapara la atención y retrocedo un poco, consternado. La metáfora del culo es atroz y yo siento que me voy a morir asfixiado de la vergüenza. No quiero estar ahí, me importa una mierda el compromiso asumido con la tallerista.</p>
<p>—<em>¡VIEJO DE MIERDA!</em> —grita algún vecino de la zona.</p>
<p>—Manga de forros&#8230; —masculla Teodoro antes de llevarse el café a la boca—. Estos pelotudos no entienden nada de nada. ¿Querés que te lea un poema?</p>
<p>Catalina siempre dice que un taller literario no es para cualquiera, y que a los tipos como Teodoro, que se la pasan puteando porque nadie los lee y echándole culpas al sistema y a los yankis, es mejor no tenerlos cerca.</p>
<p>Y sin embargo acá estoy, escondido entre los geranios en el balcón de un escritor, pensando en repartir currículums en las panaderías o en las zapaterías. Ocho horas, vacaciones, obra social.</p>
<p>—Vamos a un bar —propone.</p>
<p>Mientras se pone ropa y se mira en el espejo varias veces, miro su biblioteca. <a href="http://www.facebook.com/group.php?v=wall&amp;ref=ts&amp;gid=187939886695">Me interesan mucho las bibliotecas de la gente</a>, creo que en ellas uno deposita sueños de libertad, me gusta ver qué se gesta en esos estantes.</p>
<p>—Leíste varios cordobeses —digo observando lomos de Mattoni, Llamosas, Bajo, Wielikosielek y Schmidt.</p>
<p>—Un buen jugador debe conocer el tablero donde juega —explica antes de abrazarme para salir.</p>
<p>El bar es un antro de cortinas deshilachadas y paredes con empapelado bordó. Es un lugar lúgubre y deprimente con ceniceros triangulares de lata. Yo saco otra vez el cuaderno y me paseo de ida y de vuelta varias veces por las dos páginas que tengo apuntadas mientras él tamborilea los dedos sobre la mesa.</p>
<p>Su ansiedad me da culpa. Me ofrece un cigarro todo arrugado que rechazo con un ademán discreto. Hace seis meses que no fumo, aunque en estas circunstancias bien podría practicarle una fellatio al caño de escape de un colectivo para mitigar la ansiedad.</p>
<p>El recuerdo de los parches, los caramelos y las caries me hace declinar la oferta.</p>
<p>—Bueno —le suelto sin mirarle la cara—&#8230; digamos que&#8230; no disfruté su trabajo.</p>
<p>—Ajá —dice él largando unos rulos de humo que parecen sólidos.</p>
<p>—O sea —intento precisar mientras reviso las hojas—… está bien la gramática y la ortografía, se nota que hay aplomo, sinceridad…</p>
<p>—Ajá.</p>
<p>—Hasta diría que el ritmo no están del todo mal… el problema&#8230; —digo mordiéndome la lengua.</p>
<p>—¿El problema?</p>
<p>—El problema es que, me parece, es un poco burdo lo que cuenta. Catalina dice que…</p>
<p>Teodoro da una pitada fugaz y me interpela levantando las cejas:</p>
<p>—¿Burdo qué, pibe? Es la historia de un chabón que tiene suerte con las minas, que las minas lo buscan y se lo cogen todo el tiempo. ¿<em>Quéloquélo</em> burdo, pibe? ¡ES MI AUTOBIOGRAFÍA! —dice con una sonrisa que da pena.</p>
<p>El mozo tiene la buena fortuna de interrumpirlo para dejar el café y el tostado. Una papa de copetín se desliza por el plato y encalla sobre el espiral de mi cuaderno. La saco, la miro, me la como y empiezo a buscar el edulcorante.</p>
<p>—Entiendo, entiendo —digo mientras me atraganto para ganar tiempo—. Sucede que las descripciones son <em>demasiado</em> realistas, los diálogos poco amigables. A ver&#8230; Por ejemplo éste —digo sacando el poema &#8220;Próstatas&#8221;.</p>
<p>—¿Qué tiene, <em>Próstas</em>? —dice con los dedos unidos en un racimo que sube y baja entre nosotros.</p>
<p>—Se lo leo, para que vea lo que me señaló Catalina.</p>
<p>Teodoro se reclina en su silla y me observa levantando una ceja:</p>
<blockquote><p>El chorrito de meada me salió<br />
bifurcado,<br />
como una trenza<br />
/ámbar/<br />
/a veces bífida/<br />
por un pendejo enrulado<br />
que me cruzaba el ojo mago de la chota<br />
como lo hacía la sevillana<br />
sobre la luna<br />
en una película de Buñuel.</p></blockquote>
<p>—¡ES MUNDIAL! —se autofesteja con los ojos vidriosos por la emoción—. Además, fuera de joda, tiene una música increíble.</p>
<p>Meneo la cabeza. Catalina ha sido clara, no quiere tenerlo a este viejo cerca.</p>
<p>—Lo siento, yo&#8230; No puedo hacer nada —digo, temiendo lo peor.</p>
<p>Teodoro ahora me mira como un animal enjaulado tras los barrotes de la ira, lo veo estudiar mis partes blandas, analizar mis <em>chacras</em>. Empiezo a pensar con qué mano me pegará la piña y en dónde, imagino que me saltan chorros de chocolate por la nariz y por la boca, me veo a mí mismo gateando por el piso mugroso de bar, indefenso, tratando de esquivar los patadones en los riñones, buscando la salida.</p>
<p>Una vez me agarré a trompadas con un adolescente rugbier que escribía poemas de amor sobre el deporte. No sabía que mis ojos pudieran resistir semejantes sopapos. Llegué a casa gracias a la buena voluntad de un taxista. Anduve medio ciego por dos semanas.</p>
<p>—¿Sabés lo que pasa, pendejo? —dice Teodoro—. Pasa que los que no la ponen nunca, como vos y la Catalina, no tienen idea de lo que es el mundo de carne y hueso. Las mujeres me piden a gritos que me las garche, ¿vos creés que te lo digo en joda? Esto me pasa todos los días. ¡DE ESO SE TRATA LA POESÍA; LA POESÍA SE ESCRIBE PARA PONERLA! —dice antes de golpear con el puño la mesa.</p>
<p>Me reclino hacia atrás y amago levantarme, pero justo en ese momento entra por la puerta del bar la chica de la panadería. La del culo y los criollos, la de la metáfora del ojete con la budinera.</p>
<p>Entra. Está ahí, cruzando la puerta.</p>
<p>Vista de cerca es todavía mucho más impactante y al miedo que tenía de perder los dientes de un tortazo, se le suma la sorpresa. Viene hacia nosotros con paso firme. Teodoro, de espaldas a ella, ni se ha dado cuenta.</p>
<p>—Hola —dice cuando está junto a la mesa.</p>
<p>Los dos nos quedamos mirándola con incredulidad, la pausa en la trifulca es confusa y estimulante. Hay algo seductoramente familiar en sus rasgos, una ambigüedad que me obliga a presumir, sin darme cuenta, empiezo a acomodarme el pelo y me aclaro la garganta.</p>
<p>—¿Qué querés, flaca? —pregunta de mal modo Teodoro.</p>
<p>Y la mina ni se mosquea. Es más, no sólo que no se mosquea, ¡sino que se sienta! Corre una silla, cuelga la cartera en el respaldo y ¡se sienta!</p>
<p>—¿Ves? ¿No te digo? —comenta Teodoro—.  ¿<em>Quéloque </em>inverosímil?</p>
<p>Yo guardo silencio por un momento. La mina lo mira con ojos raros. No estoy seguro de que sea ternura, pero sé que no es una mirada sexual. De alguna manera lo sé.</p>
<p>Y en eso Teodoro se levanta abruptamente de la mesa:</p>
<p>—Me voy a echar una meada y vuelvo —anuncia.</p>
<p>Con la mina nos miramos. Ella sonríe y saca un cigarro del paquete de Teodoro. Yo empiezo a reírme a carcajadas.</p>
<p>—¿Cuál es el chiste? —me pregunta.</p>
<p>—Que ya entendí cómo es la onda. Vos sos&#8230;</p>
<p>—&#8230; la mina de la panadería —responde ella.</p>
<p>—Sí, pero además sos&#8230;</p>
<p>—&#8230; la hija.</p>
<p>—Claro.</p>
<p>—Mirá —empieza a explicarme ya sin sonreír—, te lo voy a poner en simple: mi viejo está cagado de la cabeza.</p>
<p>Todavía no le pregunté el nombre. Tiene cara de Laura. O de Vanina.</p>
<p>—&#8230; nosotros le venimos bancando esta onda de artista desde hace años. Primero mi vieja, después mi hermana más grande, ahora yo. Todas lo bancamos y nos prestamos para seguirle la corriente. A veces nos toca ir a un recital de poesía para festejarle alguna humorada, otras&#8230;</p>
<p>—&#8230; tenés que salir a comprar criollos con una calza metida en el ojete&#8230;</p>
<p>Vuelve a sonreír. La forma en que arremanga los labios para hacer la mueca es irresistible. La tristeza y el cansancio refulgen desde el lomo gris de sus amalgamas. Pero también hay determinación. Estoy seguro de que se llama&#8230; ¡Graciela!</p>
<p>—Me llamo Carola —dice de repente—. Todavía no me presenté.</p>
<p>Le digo mi nombre y me inclino sobre la mesa para besarle la mejilla. Tiene un perfume riquísimo, como de flores, una fragancia suave y enigmática.</p>
<p>—Yo vine a darle a tu viejo una mala noticia, ¿sabés? —empiezo a explicarle.</p>
<p>—Lo del taller.</p>
<p>—Sí. La mina que lo dicta no quiere saber nada con tu viejo. Dice cosas malas de él. Que no sirve como escritor. Que no lo quiere tener cerca, y que los talleres literarios no son para cualquiera.</p>
<p>Carola asiente y fuma, es una réplica refinada de su padre y eso me da morbo, me calienta.</p>
<p>—¿Se podrá arreglar de alguna forma? ¿Hay algo que podamos&#8230; hacer? Digo, vos, yo, no sé&#8230;</p>
<p>Casi pego un salto cuando descubro que su mano está sobre la mía. Es una mano tibia y suave que al tacto resulta perturbadora. Empiezo a pensar que corremos por un campo los dos en pelotas, sus tetas rebotan a cada paso, las hierbas le rozan los rulitos entre las piernas.</p>
<p>—Se puede ver —digo.</p>
<p>En eso regresa Teodoro y nos soltamos las manos justo a tiempo. Ella anota algo en mi cuaderno y después saluda. Antes de irse le dice:</p>
<p>—Sos un viejito picarón con mucha onda.</p>
<p>Teodoro sonríe. Me señala el culo de su hija y me dice:</p>
<p>—Hay mucha hipocresía en este ambiente, pibe. Catalina es una mina resentida. Yo soy un tipo resentido. García Márquez se caga en la gente. Lo importante, pibe, es que uno se dé cuenta.</p>
<p>—Pero la chica&#8230; —empiezo a decir.</p>
<p>—La chica nada. De lo que te hablo es de que en esta ciudad los escritores pagan para que los publiquen, y después pagan para que los lean. Y se pagan la cerveza, y se pagan las putas, y se pagan los talleres para que la gente les crea.</p>
<p>Pienso en todo lo que me gustan los libros, las ideas. Siempre he creído que literatura es no traicionarse, incluso cuando uno se convierte en escritor.</p>
<p>Teodoro prende otro cigarro y esta vez acepto uno de su paquete. La primera seca es como una patada entre las tetas y tengo que hacer fuerza para no toser. A la tercera pitada ya me siento una vieja en un bingo, y mis pulmones dormidos empiezan a empetrolarse rápidamente, como si nunca hubiera habido abstinencia. De pronto vuelven a mí las sensaciones olvidadas; la presión que baja, el adormecimiento en las piernas, un mareo leve. Teodoro me mira y sonríe.</p>
<p>—Escuchá bien lo que voy a proponerte —dice mientras hace lugar en la mesa.</p>
<p>Y yo lo escucho. Y esa misma noche marco el número de teléfono que Carola dejó en mi cuaderno y arreglamos para tomar una cerveza. Y le prometo cosas, y le cuento chistes, y le robo sonrisas. Y al día siguiente hablo con Catalina y le digo que se vaya a la mierda.</p>
<p>A la semana abrimos nuestro taller con Teodoro. &#8220;Escritura frontal para gente indispuesta&#8221;.</p>
<p>Voy a un telecentro y llamo a los números de mi agenda. Arrancamos un lunes, los dos plantados en un semicírculo formado por un rugbier, un par de señoras bigotudas, y uno que otro estudiante de letras.</p>
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		<title>Tiempo al tiempo, chabón</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/03/11/tiempo-al-tiempo-chabon/</link>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 14:46:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El que está sentado con las piernas cruzadas, riéndose como un estúpido sin saber qué decir, soy yo. La que está al frente, detrás de un escote robusto coronado por rulos suaves, es la mina más linda del colegio. Por alguna razón inexplicable ella quiere &#8220;cogerme a lo bestia, hasta que nos castigue dios&#8221;. Yo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El que está sentado con las piernas cruzadas, riéndose como un estúpido sin saber qué decir, soy yo. La que está al frente, detrás de un escote robusto coronado por rulos suaves, es la mina más linda del colegio. Por alguna razón inexplicable ella quiere &#8220;cogerme a lo bestia, hasta que nos castigue dios&#8221;. Yo la miro e intento que no se me caiga el mentón. </p>
<p>Es 1993 y quiero todo, más vale: en mí hierven palabras atragantadas y erecciones infames. </p>
<p>Mi bragueta sin ley quiere saltar sobre las botellitas de Coca-Cola y empalarla. Escucho que me explica boludeces sobre no confundir no sé qué con el amor, pero sólo pienso en su cuerpo cayendo de espaldas al piso y rebotando con la nuca en el suelo de hormigón. En vez de un polvo, una tragedia. </p>
<p><span id="more-3986"></span>Sin pensarlo mucho, digo: </p>
<p>—Antes de que llegués al orgasmo te voy a morder bien fuerte para arrancarte un pezón de cuajo. </p>
<p>Pausa. </p>
<p>Lo que se está levantando de la mesa para desaparecer de mi vida, es el culo más codiciado del instituto. Lo que se queda sentado masticando rulos imaginarios y metiendo la lengua en profundidades agrias e inalcanzables, soy yo. Mi revolcón perdido, mi fierro imperfecto, esto de las relaciones humanas me cuesta mucho.   </p>
<p>Aquella mañana no había tomado la pastilla. Otra vez. Una complicación chotísima. </p>
<p>Pausa. </p>
<p>Es 1992. El que está sentado con las piernas cruzadas, comiéndose una uña y escuchando el sermón, soy yo. Tengo los huevos chatos de estas sesiones de terapia grupal estupidizante. El resto de mis compañeros en la ronda tiene problemas de ansiedad, insomnio, escorbuto, gastritis crónica y brotes psicóticos. </p>
<p>Angustia, ojeras, mal aliento y paranoia: mensajes ocultos en el televisor.  </p>
<p>Los pacientes del doctor Launn coincidimos una vez a la semana en la clínica para seguir nuestros tratamientos. Algunos estamos mucho mejor. </p>
<p>Algunos&#8230; </p>
<p>Ese que se levanta a buscar un vaso de agua fanfarroneando ante los nuevos, soy yo. Me gusta que me miren y sepan que ya sorteé la etapa de <em>Compartí Tu Dolor En Voz Alta Para Que Todo Vaya Mejor</em>. Me gusta presumir de lo bien que estoy con mis psicofármacos. Pastillitas azules con una ranura en el lomo, todo bien, buena onda. </p>
<p>Aunque a veces me olvido. Y entonces pasan cosas como la que conté que pasó. </p>
<p>Pausa. Otro ejemplo. </p>
<p>El que está frente al escritorio presentando el plan anual para el gerente general, soy yo. Tengo las manos sudorosas y se me resbalan las lapiceras y las carpetas. El que está mirándome fijo es mi jefe, el licenciado Garzón. Es 1996 y la economía dolarizada parece próspera, por lo que nuestra empresa ha decidido hacer una apuesta arriesgada y yo lidero el proyecto.</p>
<p>Garzón es el tipo de gerente que no come ni caga, una maquinaria implacable que sólo piensa en el trabajo. </p>
<p>Tengo la sospecha de que sobre la cama de Garzón saltan el sodero, el plomero, el cartero y algún que otro vendedor de biblias: es 1996 y no me cabe duda de que su mujer es una bestia sexual insatisfecha que calma sus ansiedades reventándose a pijazos con desconocidos. </p>
<p>Cada vez que tengo que entrevistarme con Garzón, pienso en eso; en su mujer despidiéndolo en la puerta, todavía medio dormida, y eso me genera ansiedad. </p>
<p>Según mi psiquiatra, tengo fantasías misóginas en torno al cliché, porque así se manifiesta mi complejo de inferioridad por tener el pito chico. El doctor Launn me la fuma. Para mí la mujer de Garzón es un putón desorejado y listo. </p>
<p>Esa mañana de la reunión, entre una cosa y otra, he salido de casa a las apuradas sin tomar la medicación. </p>
<p>Ese que está con las venas vacías, nadando sin salvavidas, saltando trampolines sin red, acelerando sin casco el manubrio de la motocross psicótica, soy yo. </p>
<p>La cabeza me juega una mala pasada y cuando Garzón me pregunta por qué me río yo le digo: </p>
<p>—Estoy imaginando los garches de tu mujer, a cuántos negros se coge cuando no estás vos. </p>
<p>Pausa. </p>
<p>Ese que va con una caja con sus pertenencias rumbo a la salida, soy yo. </p>
<p>Pausa larga. </p>
<p>Mi árbol genealógico es la instantánea de una estampida en un neuropsiquiátrico. Mis parientes suelen terminar sus días encorcetados, llenos de corticoides, muertos y sepultados bajo el peso burocrático de un sistema de salud que se caga en la reinserción. Yo sé que cuando pasás en auto frente a un hospicio, hay que disminuir la velocidad, porque los locos salen corriendo a la calle para que los pase por arriba una rueda, y cuanto más grande, mejor. </p>
<p>En mi familia se nace, se pierden los estribos, y se muere de locura peligrosa.   </p>
<p>Pausa. Otro ejemplo. </p>
<p>Ese que toca el timbre en el departamento de mis padres soy yo. Es el año 2001 y hace unos meses que no los veo. He estado ocupado buscando trabajo, arreglándomelas para salir a flote. Cosa rara, mi madre no ha levantado el teléfono para ver cómo estoy en varias semanas.</p>
<p>Ese que abre la puerta es mi viejo. Lleva una musculosa sucia y arrugada, el pelo pegado a las sienes y unas lagañas robustas paseándose como caracoles sobre el contorno de sus ojos rojos. Lo primero que pienso es: </p>
<p>—Zas. Mi viejo chupa y se volvió alcohólico. </p>
<p>Pero también noto que no me deja entrar, que me demora en el palier con una conversación inncesesaria. Eso que huelo es meada. Y mierda. Toda la casa huele muy mal e insisto en pasar, pero él me detiene amablemente. </p>
<p>Seguimos hablando un rato y entonces veo sobre su hombro algo que me deja perplejo. </p>
<p>Eso que viene gateando desde el living es mi madre. También, ocasionalmente, ladra. </p>
<p>La primera sensación que tengo es de estar presenciando algún tipo de juego sexual de la tercera edad, pero cuando llega hasta nosotros y muerde la pierna de mi padre, entiendo que ha comenzado su deterioro. Y que no tiene vuelta atrás. </p>
<p>Es fascinante ver la génesis de nuestra locura, es un espectáculo que descoloca y no sabés qué hacer (el que sonríe con cara de bobo soy yo).  </p>
<p>Ese que putea en italiano y salta en una pata es mi padre. Está molesto y se revisa la herida debajo del pijama. Recién entonces reparo en que su cuerpo está brutalmente lacerado por todas partes: mordidas, rasguños, arañazos. </p>
<p>Mi viejo no tiene problemas con la bebida, no; se ha pasado el último tiempo batallando contra la locura en nombre del amor. Morirá dos meses más tarde. Mi madre se le subirá encima de madrugada y le hundirá los ojos hasta la mitad del cráneo con los pulgares, sólo porque le parecerá que con las cuencas vacías mi viejo se ve mejor. </p>
<p>Pausa. </p>
<p>Casos. </p>
<p>Los hay por todas partes, somos un montón. </p>
<p>Eso que vemos ahí son imágenes de mis parientes manifestando una locura galopante. Mis parientes queman campos en épocas de sequía, o entierran a sus visitas en los patios traseros y después ven programas de concursos en la tele. </p>
<p>Pausa. Otros ejemplos. </p>
<p>Ese es tío Horacio, con un bisturí en la ducha, sacándole a sus hijos unos bichos imaginarios que anidan dentro de sus bracitos. </p>
<p>Esa es mi abuela Graciela, ofreciéndoles a los empleados de la empresa de teléfonos un vaso de agua fresca con veneno para ratón. </p>
<p>Ese es mi primo Joaquín, subido a una torre de alta tensión con su pistola reglamentaria, apuntando a los marcianos que se hacen pasar por transeúntes. </p>
<p>Ese es mi hermano, empujando al electricista por el balcón. </p>
<p>Mientras tenga mis pastillas, no pasará nada. Sé que voy trotando por la misma vía, pero el tren todavía no ha venido a levantarme. </p>
<p>Hasta que ese momento llegue&#8230;</p>
<p>Pausa. </p>
<p>Ese que escribe historias simpáticas y se hace pasar por un padre de familia con trabajo y responsabilidades, soy yo. </p>
<p>Es muy terapéutico escribir. </p>
<p>Canalizo impulsos sin lastimar a nadie. Los personajes de ficción resisten y uno puede hacer con ellos lo que quiera. Sigo el dictado de las voces que me hacen planear atrocidades. Fantaseo con el terror. </p>
<p>Eso es lo más lindo de ocupar el tiempo escribiendo este blog.</p>
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		</item>
		<item>
		<title>Nosotros también evolucionamos</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/03/03/nosotros-tambien-evolucionamos/</link>
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		<pubDate>Wed, 03 Mar 2010 15:51:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.
Somos usuarios tan, pero tan viejos, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.</p>
<p>Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes).</p>
<p>Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios.</p>
<p>Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero.</p>
<p>Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales.</p>
<p><span id="more-4073"></span>Nosotros fuimos los emperadores de la era en que los ringtones polifónicos eran poco más que señales de humo: nosotros tuvimos por años celulares sin colores, sin animaciones, sin posibilidad de elegir atender o no a una tía afecta a las conversaciones interminables.</p>
<p>Nosotros todavía recordamos lo que se sentía no estar disponible por días, y añoramos el tiempo en el que no existía esta tozuda inclinación a escribir mensajes de texto sin mirar si viene el colectivo manejado por un chofer que también escribe en su teléfono.</p>
<p>Los viejos usuarios somos sobrevivientes y estamos acá desde <a href="http://childrenofthenineties.blogspot.com/2009/12/evolution-of-cell-phone-throughout-80s.html" target="_blank">el siglo pasado</a>,  cuando las cámaras de fotos todavía estaban solteritas y sin apuro (nos gustaban esas cámaras llenas de rollos pero felices de jugar con nosotros a palpitar el resultado caliente de un revelado).</p>
<p>Nosotros estamos acá sosteniendo estos aparatos —que se fueron achicando antes de pegar el estirón— desde que el mp3 era una fantasía propia del negro de Matrix, y nos hemos comido kilos de uñas antes de conocer el resultado de nuestros poemas de amor, sin saber qué números del teclado equivalían a un “te quiero”.</p>
<p>Los viejos usuarios de celular que somos, hicimos guardia junto al enchufe la mitad de nuestra vida para que las baterías de nuestra paciencia soportaran los embates de un sermón del plomero, y nos hemos privado por años del placer mórbido de grabar un hit youtubero.</p>
<p>Nosotros, que nos criamos sospechando que el capitán Kirk en <em>Viaje a las estrellas</em> era un visionario cuando hablaba con la teniete Uhura, todavía estamos acá, raspando las tarjetas para engañar al crédito.</p>
<p>Nosotros, los viejos usuarios de celular, no hemos dejado de aprender: que el 3g, que los gigas, que los megas, que la vibración en el bolsillo trasero.</p>
<p>Nosotros, agradecidos de poder agendar el talle de calzoncillo de nuestros contactos, todavía estamos acá viendo a nuestros teléfonos pérfidos copulando cada vez con más aparatos, subiendo las fotos a Facebook como posesos, mandando <em>Gastritis crónica</em> al 2020, buscando que en la pantalla, debajo de la hora, aparezca todo el tiempo el culo de alguna modelo.</p>
<p>Nosotros seguimos acá, arropando los aparatitos con trajes de cuero, viendo pasar nuestra vida por <em>bluetooth</em>, y seguiremos estando acá por mucho tiempo.</p>
<p>Le debemos al teléfono una mediana tranquilidad; pegar por ahí un trabajo, llegar a tiempo a un cumpleaños, la posibilidad de hacer que una abuela reciba más rápido un beso.</p>
<p>Está bien, somos los que a diario renegamos del sms boludo de la publicidad en la madrugada, de las llamadas al cobro, de un Wi-Fi que ni entendemos.</p>
<p>Pero es que nos gusta renegar.</p>
<p>Somos los que se pelean siempre con la tecnología para amigarse de nuevo. Somos los usuarios que le perdonan cualquier cosa a un celular que les cuenta, con la voz de una hija, cuántas vueltas da en una calesita en Carlos Paz, a cuarenta kilómetros de donde escribimos esto.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
<a style="display:none;" id="ddetlink200012712" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet200012712'))"> (ilustraciones)</a>
<div class="ddet_div" id="ddet200012712"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet200012712'));expand(document.getElementById('ddetlink200012712'))</script></p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2010/03/cap_kirk1.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2010/03/mamushka.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: right;"><small><em>Imagen mamushka celulárica </em><a href="http://www.wired.com/gadgetlab/2009/06/the-evolution-of-cellphones-russian-doll-style/" target="_blank"><em>vía este blog</em></a><em>.</em></small></p>
<p></div></p>
<p> </p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Ochocientas palabras sobre la esclavitud en los tiempos modernos</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/03/01/ochocientas-palabras-sobre-la-esclavitud-en-los-tiempos-modernos/</link>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 15:13:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos. 
En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos. </p>
<p>En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose por una absolución contractual que por fin le dé paz a su bolsillo torturado por falta de ingresos. </p>
<p>A mí, la verdad, me incomoda balbucear para darle explicaciones a los extranjeros:</p>
<p>—No, Michael, el peor insulto no es “boludo”, es “promoción” o “descuento”.</p>
<p><span id="more-4055"></span>La viveza criolla es el equivalente cultural a los ritos de iniciación en esos lugares donde los jóvenes entran en una selva y salen cargando al hombro un león muerto. Acá, para demostrar que estás en forma para la vida adulta, tenés que saber esquivar las boleadoras de las empresas y de los entes reguladores que sodomizan a los clientes con formularios eternos. </p>
<p>A los jóvenes argentinos los bautizan a diario las remiserías, las empresas de banda ancha, las de telefonía celular, los bancos con sus señuelos del crédito, las inmobiliarias de comisiones cobrar, y las estaciones de servicio, que te hacen pagarle el jornal al playero. </p>
<p>—Vamos por la vida con una cruz humillante en la frente, che Michael. Es un dolor de huevos. </p>
<p> —<em>Perou entonces tú ser comunista, Playou</em>. </p>
<p>—Wá sé comunista con el pichón de Nolbuk que me quiero sacar con una tarjeta de crédito…</p>
<p>En esta cultura del consumo, el individualismo y las boludeces que se postean en Facebook, los argentinos fantaseamos con tener mucha plata para pagar abogados que hagan estallar los juzgados con nuestras plegarias del “Me jodieron”, e invertimos horas larguísimas confesándonos en algún 0800.</p>
<p>—De noche, Michael, a mis niñas les cuento la historia de Caperucita roja en negro y el lobo de una obra social ruinosa que le come los sueldos. </p>
<p>—<em>No la conozcou</em>. </p>
<p>—Velo. </p>
<p>Es molesta la cantinela de quienes se quejan mucho al pedo, pero si no dejan de monopolizarnos los temas de conversación con sus penes usureros, no queda otra:</p>
<p>—En los ascensores ya no se habla del tiempo, Michael: se habla de las visitas higiénicas que nos hacen nuestros gobernantes con sus planes negreros.</p>
<p>—<em>Oh</em>. </p>
<p>Nuestros culitos displicentes están atentos, viven esperando el cuchillo entre los trapos, la mano que nos agarra el codo, la letra chica que dice que ahora somos propiedad de un monopolio extranjero.  </p>
<p>—En este país, Michael, hay que pagar sin retraso las facturas de la luz así te ganás unas vacaciones en el tórrido Medioevo, entrando en la promoción “Te dejo sin luz todo el mes de enero”. </p>
<p>—<em>Ah</em>. </p>
<p>Ya el sádico de Pavlov hablaba del tema. Todos, tarde o temprano, aprendemos a vivir amenazados por la carta que asoma la lengua debajo de la puerta para citarnos por esos impagables mil quinientos. </p>
<p>Una empresa de telefonía puede demorar catorce meses para un cambio de domicilio y ponerte, por fin, el número que tenía un banco de crédito. </p>
<p>Mientras escribo esto atiendo el teléfono, doy citas con gerentes, les aviso a los clientes que el banco está por levantar campamento porque se viene otro Corralito funesto. Le he pedido a mi hija que grabe un saludo en el contestador para disuadir a toda esta gente, y los tipos les dan sus datos personales a una niña de tres años que dice &#8220;po favó, señó&#8221;. </p>
<p>Después de pedir de rodillas que nos dieran el teléfono, nos hacen esto. Cuarenta números equivocados por día, promedio. </p>
<p>—En este país, Michael, la vocecita trémula de tus derechos morirá de soledad e incomprensión en un <em>call center</em>, a manos de uno que cobra ochocientos. </p>
<p>—<em>¡Perou tienen que protestar, queharse, hacer manifestéishon!</em>  </p>
<p>—Michael, no seas tan boludo que ya terminó el mes de febrero. </p>
<p>Por suerte los argentinos aprendemos a respirar sin casco en este mundo de contradicciones humillantes. Y somos tan italianos que lloramos a carcajadas cuando vemos desmaterializarse nuestros anhelos en el humo de los escasos asados que cada vez nos infartan menos. </p>
<p>—<em>No comprendou cómo pueden vivir sufriendou&#8230;</em></p>
<p>—No sufrimos, che Michael; hacemos lo que podemos. Vamos a trabajar a un puto cyber, gastamos fortunas raspando tarjetas de teléfono, corremos detrás de colectivos lerdos, hacemos chicles nuestros sueldos, armamos quilombos espantosos en los mostradores, nos vamos pasando clandestinamente los datos ciertos para sacarnos de encima una promoción engañosa que hace metástasis en nuestros aguinaldos enfermos. </p>
<p>Compartimos este conocimiento como quien comparte chocolates en las barricadas donde a diario nos llueven las balas de un mundo pensado para jodernos. </p>
<p>—<em>Es muy triste, Joe Plane. </em></p>
<p>—Es una lluvia de soretes, Michael. Pero es la historia de nuestra vida. Y la vivimos extrañamente contentos.  </p>
<p>Y te dejo, Michael. </p>
<p>Alguien tiene que contestar —otra vez— este puto teléfono. </p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Escritor cordobés reclama usufructo de numerosos orgasmos femeninos que él ni enterado que provocó</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/02/25/escritor-cordobes-reclama-usufructo-de-numerosos-orgasmos-femeninos-que-el-ni-enterado-que-provoco/</link>
		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2010/02/25/escritor-cordobes-reclama-usufructo-de-numerosos-orgasmos-femeninos-que-el-ni-enterado-que-provoco/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 25 Feb 2010 23:49:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[José Playo]]></category>
		<category><![CDATA[peinate que viene gente]]></category>
		<category><![CDATA[Peinatequevienegente]]></category>
		<category><![CDATA[revistapeinate]]></category>

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		<description><![CDATA[Fuente: AP
Al grito de &#8220;pero si yo ni las cogí ni las conozco&#8221;, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.
—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left; padding-left: 390px;"><em>Fuente: AP</em></p>
<p>Al grito de &#8220;pero si yo ni las cogí ni las conozco&#8221;, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.</p>
<p>—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, profundamente conmovido por la noticia. </p>
<p>La carátula de la causa, según revelaron fuentes judiciales, sería: &#8220;Acaben en mi nombre&#8221; (por el juego de palabras con &#8220;acá ven mi nombre&#8221;), y tiene como principales implicados a la firma Durex y a los creativos publicitarios que lanzaron la campaña que compromete la sexualidad del joven cordobés.</p>
<p>Un alto directivo del registro nacional de marcas, patentes y esas cosas, en diálogo exclusivo con este medio, comentó: &#8220;las acciones legales para estos casos son vagas porque no hay mucha jurisprudencia, es sabido que el orgasmo es propiedad de quien lo alcanzó, no importa los medios utilizados a tales fines&#8221;.</p>
<p>Anoticiado de la circulación del producto que lleva su nombre, José puso de relieve lo delicado de la situación:</p>
<p>—Sé que la anorgasmia es un cuento de nunca acabar, pero de ahí a que me pongan como emblema de un polvo del que no soy responsable, hay una distancia enorme.</p>
<p><span id="more-4027"></span><a style="display:none;" id="ddetlink1632762307" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet1632762307'))"> (El origen de la polémica)</a>
<div class="ddet_div" id="ddet1632762307"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet1632762307'));expand(document.getElementById('ddetlink1632762307'))</script>
<img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/02/gel_playo_02.jpg" alt="" /><br />
</div></p>
<p>Distintas organizaciones no gubernamentales, asociaciones de padres jóvenes que la ponen muy de vez en cuando, y una ONG cuyo nombre no trascendió, repudiaron al gel y a la gente que garcha con mucha frecuencia.</p>
<p>En diálogo con este medio, Playo demostró su preocupación, aunque se lo notó tranquilo porque, según declaró, &#8220;los que me conocen saben que de pedo que alcanzo uno mío, mirá vos si me voy a poner en semejante laburo con toda esta gente&#8221;. </p>
<p>A la polémica desatada se sumó en las últimas horas la circulación de un video revelador:</p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="480" height="344" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/Mt9eNANHdXc&amp;hl=es_ES&amp;fs=1&amp;" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="344" src="http://www.youtube.com/v/Mt9eNANHdXc&amp;hl=es_ES&amp;fs=1&amp;" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>Consultado al respecto, Playo afirmó:</p>
<p>—Primero, hay un negro acabando ahí, así que no sé qué onda. Segundo, no conozco a esas minas, pero es evidente que por lo bien que la están pasando, ellas tampoco me conocen a mí.</p>
<p>Habrá que ver cómo se resuelve esta situación, mientras tanto, José ha decidido recluirse por unos días a pensar en el asunto, para ver si le saca algún provecho, aunque sea monetario. &#8220;Todos la ponen y la pasan bárbaro, pero yo no veo ni un peso&#8221;, dijo el joven narrador, autor de diversos textos con la sexualidad como tema recurrente (en Peinate, su blog, hay ejemplos como <a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/10/08/lavado-caliente/" target="_blank">Lavado caliente</a>, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/01/17/primera-esquina-con-tetas/" target="_blank">Primera esquina con tetas</a>, y <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/12/07/los-riesgos-de-patear-descalzo/" target="_blank">Los riesgos de patear descalzo</a>, por citar algunos).</p>
<p>Muchas cosas entran en este juego de intereses, y la maquinaria del escarnio ya está en marcha, con un video que muestra al autor en una situación comprometida: </p>
<p><object width="480" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/_vz626r3YD0&#038;hl=es_ES&#038;fs=1&#038;"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/_vz626r3YD0&#038;hl=es_ES&#038;fs=1&#038;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="344"></embed></object><br />
 </p>
<p>—Siempre he cuidado mucho la estética literaria de la gente que culea, no me parece un tema menor —explicó Playo—, pero así a la ligera, estas compilaciones parecen bajadas de <a href="http://www.youporn.com" target="_blank">Youporn</a>, las siento muy difamatorias.</p>
<p>Habrá que ver qué dictamina la justicia, mientras tanto, la duda queda planteada en nuestros lectores, que sabrán analizar el caso con más precisión.</p>
<p>Galería multimedia: </p>
<p><img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/02/gel_playo_01.jpg" alt="" /></p>
<p><object width="480" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/6ytqAp1RrVs&#038;hl=es_ES&#038;fs=1&#038;"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/6ytqAp1RrVs&#038;hl=es_ES&#038;fs=1&#038;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="344"></embed></object></p>
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		<title>Postales para Rebeca</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Feb 2010 04:28:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Seguí con Rebeca]]></category>

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		<description><![CDATA[Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.</p>
<p>Me pidieron del programa radial <em>Seguí con Rebeca</em> una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.</p>
<p>Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.</p>
<p>No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone &#8220;Barrio: Centro&#8221;.</p>
<p>La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.</p>
<p>Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.</p>
<p>A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura&#8230; de manera obscena.</p>
<p><span id="more-3931"></span></p>
<p>El nacimiento de mi <strong>vínculo con la peatonal</strong> está documentado fotográficamente: la primera imagen de mi álbum de niñez es una foto junto a la obra en construcción de ese monstruo. En ella salimos mi madre y yo, parados junto a una fosa descomunal en la que los obreros están poniendo los cimientos del tramo de Alvear a Rivadavia sobre 25 de Mayo.</p>
<p>Todavía no sé si esta imagen es tan simbólica por la analogía entre el escritor que ve los cimientos de su propia historia o por la revelación del sadismo de mis padres.</p>
<p>En la postal salgo abatido por la humillación: la razón puede ser un jardinerito de color amarillo chillón que visto, o un corte de pelo estilo taza que me queda horrible. Me inclino más por ésta última, mi madre acostumbraba cortarnos el pelo en esa época a mi hermano y a mí, absolutamente convencida de que hacernos esos flequillos mohicanos nos quedaba bien.</p>
<p>Las fotos de la infancia con mi hermano parecen un casting de dobles de riesgo de Carlitos Balá. Ahora que lo cuento entiendo que ese corte de pelo estuvo a esto de cagarme la infancia. La prueba más contundente fue lo que hice el primer día de clase de manualidades en el colegio, cuando me dieron permiso para portar en la cartuchera un arma amarilla:</p>
<p><a style="display:none;" id="ddetlink808404632" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet808404632'))"> (ver)</a>
<div class="ddet_div" id="ddet808404632"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet808404632'));expand(document.getElementById('ddetlink808404632'))</script>
<img src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/02/flequillo_diente_peatonal.jpg" alt="" /><br />
</div></p>
<p>Si eso no es un grito desesperado de: &#8220;¡ME QUEDA COMO EL OJETE!&#8221;, yo ya no sé qué lo será.</p>
<p>Al obturar de nuevo con mi memoria, aparece una polaroid donde se ve cómo la peatonal tiene algo que decir sobre <strong>el poder de la ilusión y la comodidad de la fantasía</strong>. Y es que me acuerdo muy bien de la primera vez que conocí a un famoso. Fue en el Cine Mayo, el cine que estaba donde ahora hay un banco con nombre italiano, un lugar al que nosotros —que vivíamos cerca— estábamos abonados. Era el estreno de <a href="http://www.google.com.ar/search?sourceid=chrome&amp;ie=UTF-8&amp;q=expedición+atlantis" target="_blank">Expedición Atlantis</a>. Para los que no la recuerden, un docudrama sobre las peripecias de un grupo de argentinos que decide cruzar el Atlántico en una balsa, para probar que unos indios habían visitado América miles de años antes que Colón con un huevo en la mano.</p>
<p>El eslogan de la peli era <em>“Que el hombre sepa que el hombre puede”</em>.</p>
<p>Yo estaba obnubilado en el estreno, porque esta vez el protagonista de la película estaba ahí en la entrada, presentándola, muy cerquita de mi casa. Hay que pensar que hablo de una época en la que cualquier persona que caminara por la peatonal resaltaba: te ponías un gorro y te gritaban &#8220;puto&#8221;, usabas anteojos con marco de color y te remedaban la caminata. Y ahí estaba el protagonista éste, rodeado de curiosos, furiosamente bronceado, con el pelo largo y una barba tupida, un personaje  al que nosotros queríamos tocar, oler, ver si le encontrábamos las heridas de los anzuelos que seguramente se había enganchado en el rodaje.</p>
<p>La fascinación duró lo que tardó mi hermano en asestar una puñalada en el globo de la ensoñación:</p>
<p>—¿Quién los filmaba a estos tipos?</p>
<p>Y era cierto, había muchos planos generales, tomas hechas desde fuera de la balsa. Le buscamos mucho la vuelta hasta que mi hermano me iluminó delicadamente:</p>
<p>—Los seguía un barco, papazo.</p>
<p>En el Cine Mayo aprendí que fantasía y realidad son construcciones que sólo existen dentro de cada uno.</p>
<p>Otro click y la polaroid que cae ahora trae <strong>el color pardo de la pasión y el misterio</strong>. Y si hablo de misterio, no puedo dejar de pensar en hitos como el hotel Crillón. Insisto con que hablo de una época en la que no existían las grandes cadenas hoteleras, un tiempo en el que si nos visitaba uno del Trío Los Panchos, era fija que se hospedaba ahí. Los sábados por la mañana solíamos montar guardia en la vereda del frente para ver si lo veíamos a José Luis Perales, o a Graciela Borges, ponele. Había algo adrenalínico en cómo perseguíamos a viejos turistas alemanes creyendo que se trataba de directores de cine o de escritores famosos, para terminar revoloteando sobre las mesas donde desayunaban, estudiándolos como si fueran seres de otro planeta.</p>
<p>El otro hito donde me contagié con el virus del misterio es Hamilton. Visto ahora y en perspectiva, fue uno de los primeros <em>after office</em> que tuvimos en la docta. Yo lo veía como un espacio íntimo, de categoría, el destino elegido por los ejecutivos que abandonaban los bancos y las empresas y hacían un tentempié a media mañana para chuparse un whisky o un champán. Me moría de ganas por entrar a Hamilton, sobre todo porque una tía despechada solía decir que era el lugar elegido por su marido para ir de trampa con la secretaria:</p>
<p>—Ahí van todos de trampa, incluido el boludo de tu tío.</p>
<p>Yo pensaba ¿trampa? ¿Qué es eso? Y me hacía la idea de que en Hamilton había que sortear obstáculos, o hacer pruebas, que era como un pelotero para gente grande (quizá no haya estado tan errado).</p>
<p>Al siguiente disparo, la polaroid resume <strong>las bondades de la adaptación para que no muera una historia. </strong> El ejemplo más claro de esto es Yigantis. Yigantis fue una heladería de la época de Soppelsa y Alpina, pero les sacaba varios cuerpos a esas firmas con la capacidad inexplicable para cambiar de rubro apenas empezaba a hacer frío.</p>
<p>Hasta marzo vendían unas cremas riquísimas, pero no bien arrancaba el mes de abril, los empleados se sacaban los gorritos, guardaban los potes y sobre el mostrador aparecían bufandas, gorros de lana y guantes. De Yigantis aprendí que se puede inventar algo tan descabellado como el sabor &#8220;crema del cielo&#8221; (una cosa que no tiene correlato en la naturaleza, un helado que sólo podría existir en un mundo fumeta como el de Avatar).</p>
<p>Tengo muy presente este sabor porque con mi hermano cometimos un exceso gastronómico y nos agarramos una descompostura de vientre monumental, todavía muy comentada en los pasillos del hospital San Roque.</p>
<p><strong>Sigue una instantánea sobre la libertad de expresión</strong>. Y sobre el primer <a href="http://www.facebook.com/joseplayo?ref=profile" target="_blank">Facebook</a> en Argentina. Ya que estamos en el rubro gastronómico, quiero detenerme en el desembarco capitalista del que fuimos testigos en la docta: American Food, el advenimiento de la hamburguesa que rodaba desde Estados Unidos para cambiar nuestro concepto de comida chatarra.</p>
<p>American Food era un local en forma de pasillo larguísimo que desembocaba en tres cajas registradoras con micrófonos por los que los empleados se dirigían a una misteriosa trastienda de la que salían hamburguesas con papas fritas en bolsas blancas.</p>
<p>Pero además, American Food era un Facebook bastante soez. Esos años nuevitos de la década del ochenta eran ideales para ir al local-pasillo, ya no tanto para comer como psicóticos, sino para leer los mensajes en los muros que otros comensales escribían. Ese muro era toda una intervención artística en la que tus declaraciones de amor aparecían al otro día escoltadas por enormes pinchilas, o cubiertas de números de teléfono y de <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/12/08/le-dicen/" target="_blank">apodos ocurrentes</a>.</p>
<p>Nosotros estábamos, sin saberlo, creando un poema aterradoramente dadaísta que llevaría a la quiebra a esa cadena.</p>
<p>La postal que sigue es la que refiere a <strong>mi sexualidad</strong>. Aunque tenga su costado negativo —porque hasta la libido de uno viene retorcida como el ying y el yang—, &#8220;erotismo&#8221; en mis años de peatonal materializa la vidriera de Novedades Belmon, algo así como el primer sexshop de Córdoba. Atendido por dos señores que parecían hermanos, también fue el único comercio en ¿mi provincia? ¿el Guinness? que mantuvo su vidriera minimalista e inmutable por más de diez años: todo ese tiempo hubo exhibidas ahí dos cajas de películas porno con rubias ochentosas de pelo batido y trajes de cuero ceñidos al cuerpo, subidas a sendas motos y mirando con caras de drogadas, a través de una tonelada de tierra, a los que pasaban por la calle.</p>
<p>Dos cajas muertas conviviendo con juguetes sexuales poco ergonómicos, atestiguando el crecimiento de una ciudad que ya se anunciaba pujante.</p>
<p>La otra cara de este recuerdo es de una vez que con mi hermano fuimos los primeros en llegar a una casa de juegos (creo que Sacoa) por la mañana, todavía repitiendo el café con leche, y un gordo se mandó atrás nuestro. A mi hermano le abolló con malas intenciones —varias veces— los cuartos traseros, mientras a mí me tocaba el pito con una bolsa de supermercado. Tardamos un rato en abandonar aquella máquina &#8220;pagadora&#8221; con la que mi hermano estaba queriendo romper el récord de matar unos muñequitos rojos y pixelados. Podríamos haber terminado mal, muy mal. </p>
<p>Dije al comienzo que suscribía la cita inicial porque la peatonal fue para mí, de alguna manera, una escuela informal de escritura, la chance de aprender a jugar el juego de completar huecos.</p>
<p>Y como yo ya quería ser medio artista de chico, medio bohemio, era el lugar en el que más tiempo invertía en contemplaciones, cosa que mi vieja —mucho más reduccionista— había bautizado como tiempo al pedo (ella quería que yo fuera médico, de ahí creo que viene la resistencia).</p>
<p>La peatonal de Córdoba, con tantas otras pinceladas y personajes, es el lugar al que siempre regreso con la imaginación o con una caminata distraída, porque sé que ahí están esperándome, como en el final de Titanic, un montón de fantasmas dispuestos a contarme historias, a dialogar con lo que creo que soy.</p>
<p>Puta, che; parece que le debo a la calle 25 de Mayo esta chance de apiñar palabras. Gracias entonces por ese entrenamiento en el cuartel informal de la ficción.</p>
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		<title>Caminata con auriculares</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Feb 2010 01:31:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.
Después podía cruzar el alambrado y salir al camino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.</p>
<p>Después podía cruzar el alambrado y salir al camino de tierra más grande, donde los eucaliptus lo escoltarían hasta la lomada desde donde se podía ver el río.</p>
<p>Julia había dicho que la vista era linda. &#8220;De puta madre&#8221;.</p>
<p>Le dio <em>play</em> a su plan, saboreándolo interesante.</p>
<p><span id="more-3904"></span>Julia se había encargado de hacerle una selección musical, argumentando su afinadísima intuición para encadenar compilaciones que tenía un significado especial cuando estaban ordenadas de manera correcta.</p>
<p>La tormenta que se desenrollaba en el cielo parecía lejana.</p>
<p>Nigel Kennedy empezó a masturbar con frenesí el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=w8dq9NodWDY" target="_blank">Invierno de Vivaldi</a> y la tormenta parecía responderle retorciéndose detrás de las hojas que le daban dentelladas al sol.</p>
<p>Julia le había contado sobre el violinista, un hombre ligado a generaciones de parientes que cagaron genes virtuosos desde la copa del árbol genealógico hasta llenarle las venas al joven inglés. En sus manos, las <em>Estaciones de Vivaldi</em> se convirtieron en record de ventas, poniendo otra vez de moda la música barroca.</p>
<p>Había en ella una voluntad inquebrantable para romperle las pelotas con las diferencias entre &#8220;clásico&#8221;, &#8220;romántico&#8221; y &#8220;barroco&#8221;. Nunca le dio importancia, el secreto era disfrutar de los pajones que le metía Kennedy a las partituras de las estaciones. El resto eran tecnicismos que no importaban.</p>
<p>La segunda canción irrumpió en los auriculares justo a tiempo para acallar el ruido molesto que salía del garguero de un pájaro que se coló entre tema y tema.</p>
<p>Esta vez fue el turno de <a href="http://www.youtube.com/watch?v=1D9ixnf_HCQ" target="_blank">Natacha Atlas</a>, una mujer a medio camino entre una odalisca y una gitana belga. Como solista, a Martín le parecía una cagada, pero aguantó el <em>track </em>hasta el final, sabiendo que la posición número dos que le correspondía era la justa y necesaria.</p>
<p>Lo que seguía era la promesa.</p>
<p>Ya había salido de entre las uvas cuando otra vez Nigel Kennedy tomó las riendas del asunto acompañado por la banda de Cracovia (The Kroke band). La canción era la número 6 de un disco que le gustaba mucho: <em>East meat west</em>. Julia le había explicado que se trataba de una alianza estratégica, puesto que &#8220;los Kroke eran un grupo de amigos más talentosos que la mierda que no necesitaban unirse al forrito de Nigel&#8221;, pero que &#8220;lo hicieron porque los tipos talentosos a veces se mandan cagadas&#8221;. A él le parecía un discazo, mientras que a ella sólo le gustaban dos interpretaciones.</p>
<p>La canción le llenó la cabeza de pensamientos vagos mientras los eucaliptus desfilaban a los costados desnudándose las cortezas.</p>
<p>Bajo aquellos árboles la sombra era más abundante, y el sol había remitido su brillo a un destello discreto que poco a poco fue opacándose detrás de las nubes. Martín observó entre las ramas altas el compacto grumoso de la tormenta, la mezcla azarosa de copos blancos y cintas grises que presagiaban el chaparrón inminente.</p>
<p>Vientos fríos y cálidos chocaban a cientos de metros sobre su cabeza cuando llegó la pieza estrella del disco, la canción tradicional <em>Ajde Jano</em>, versionada por Natacha, Nigel y la Kroke:</p>
<p>—<em>Tincho, escuchá, es una caricia para el alma</em>.</p>
<p><a style="display:none;" id="ddetlink1534630972" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet1534630972'))">(<em>escuchar</em>)</a>
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<p>—Los polacos son talentosos —había dicho Julia—. La fuerza de <em>Ajde Jano</em> trasciende cualquier barrera, es una canción cuya arquitectura echa por tierra cualquier intento de mejorarla, son el tipo de canciones que llegan, después de un larguísimo recorrido, a su versión definitiva, a la interpretación que le hace honor a la materia de la que están compuestas.</p>
<p>Martín siempre escuchaba estos desvaríos mirándose las uñas. Aunque prestaba atención, se quedaba en bolas, sin entender nada. Según Julia, el mérito en <em>Ajde Jano</em> era de la banda y no de Natacha ni de Nigel:</p>
<p>—Los que se están reventando la sangre ahí son los Kroke, los otros dos seguro que se la pasaban haciéndose ojitos y después terminaron echándose un polvo de parados junto a un amplificador.</p>
<p>Martín, claro, se limitaba a sonreír y a tomar tragos de limonada.</p>
<p>Músicas tradicionales, estilo judío, inglés, árabe o polaco —baños cortos: pata, bola y sobaco—. Nada tenía mucho sentido, lo importante era colgarse las canciones de las orejas y no pensar, pasar la tarde.</p>
<p>Siguió pateando piedras, embriagado por la densidad del aire, animado por el color intenso del follaje, en paz con el recorrido, con los instrumentos soplándole ideas.</p>
<p>Bien por Julia.</p>
<p>A Martín siempre le habían gustado las personas inteligentes como ella, las que tienen historias para contar. Ese lugar del mapa que ella elegía una vez al año para vacacionar también era en sí mismo una historia. Entre esos caminos también se perdían los orígenes de ella, sus conexiones mágicas.</p>
<p>Le había contado muchas veces sobre sus abuelos y sobre su madre, le había explicado que las pasiones —la musical, en este caso— son hereditarias.</p>
<p>—Mi vieja, para que te des una idea —contó en una sobremesa—, viajó a Serbia para tomar clases con Boris Kovac. El tipo se enamoró perdidamente y ella no le dio pelota. Finalmente, para exorcizar los demonios, el músico despechado lanzó, junto a Ladaaba Orchestra, el set balcánico <em>Tango Apocalypso</em>, en el que hay <a href="http://www.youtube.com/watch?v=0HaXHeFyKq4" target="_blank">unas piezas para “Julia&#8221;</a>. Así se despidió él de mi madre.</p>
<p>De alguna manera, Martín supo que esa era la canción siguiente. <em>Ending for Julia</em> empezó a sonar al tiempo que cayeron las primeras gotas.</p>
<p><a style="display:none;" id="ddetlink1920617146" href="javascript:expand(document.getElementById('ddet1920617146'))"> (<em>escuchar</em>)</a>
<div class="ddet_div" id="ddet1920617146"><script language="JavaScript" type="text/javascript">expand(document.getElementById('ddet1920617146'));expand(document.getElementById('ddetlink1920617146'))</script><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="150" height="50" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="align" value="middle" /><param name="allowScriptAccess" value="sameDomain" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="flashvars" value="&amp;nomuz=muzicon%20unavailable&amp;site=http://muzicons.com/&amp;icon_pic=62.png&amp;music_file=http://revistapeinate.com.ar/audio/boris_kovac_Ending_for_julia.mp3&amp;bg_color=999999&amp;type_of_clip=whith_bar&amp;text_color=FFFFFF&amp;text_message=Last+day&amp;buy_link=http%3A%2F%2Fwww.amazon.com%2Fgp%2Fsearch%3Fie%3DUTF8%26tag%3Dmuzicocommusi-20%26index%3Ddigital-music%26linkCode%3Dur2%26camp%3D1789%26creative%3D9325" /><param name="src" value="http://muzicons.com/musicon_v_srv_new.swf" /><param name="quality" value="high" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="150" height="50" src="http://muzicons.com/musicon_v_srv_new.swf" quality="high" flashvars="&amp;nomuz=muzicon%20unavailable&amp;site=http://muzicons.com/&amp;icon_pic=62.png&amp;music_file=http://revistapeinate.com.ar/audio/boris_kovac_Ending_for_julia.mp3&amp;bg_color=999999&amp;type_of_clip=whith_bar&amp;text_color=FFFFFF&amp;text_message=Last+day&amp;buy_link=http%3A%2F%2Fwww.amazon.com%2Fgp%2Fsearch%3Fie%3DUTF8%26tag%3Dmuzicocommusi-20%26index%3Ddigital-music%26linkCode%3Dur2%26camp%3D1789%26creative%3D9325" wmode="transparent" allowscriptaccess="sameDomain" align="middle"></embed></object></div></p>
<p>Se sentía conmovido por la cantidad de sentimientos que latían en esas composiciones, y paladeaba al caminar la promesa del chaparrón de verano que bramaba sobre su cabeza; el tipo de chaparrón bien tupido que convierte el cielo en regadera, las banquinas en lagos y el asfalto en humareda.</p>
<p>Pero el ruido.</p>
<p>Eso que se parecía más a un motor regulando que a los truenos, le hizo quitarse los auriculares. La ambientación de sus evocaciones parecía ahora disuelta en un aire denso y pegajoso. Entonces volteó la cabeza.</p>
<p>Detrás, detenido en medio del camino, el puma le clavaba la mirada. La cabeza imponente ladeada a un costado, los ojos vivaces, la fiereza agazapada en una engañosa indiferencia.</p>
<p>¿Cuánto llevaba semejante bestia pisándole las huellas? Reparó en sus patas poderosas, en sus piernas robustas y en su mandíbula implacable. De pronto el dilema ya no era adónde poner el reproductor de mp3 si llovía, ahora lo que importaba era cómo salir de ese camino con las venas enteras.</p>
<p>Martín recordó <a href="http://www.youtube.com/watch?v=GXYFjoGvc7A" target="_blank">el video</a> donde Boris baila su propio tango sobre el escenario, chupando el clarinete, como si al soplar se quitara de adentro el sabor amargo de la angustia. Le gustó esa metáfora. Y el sonido de la música que brotaba del aparatito ahora que no lo tenía colocado en la cabeza.</p>
<p>Tal vez fuera una locura, pero era mejor idea que correr.</p>
<p>Estiró los brazos hacia el animal con un auricular en cada mano, confiando en la selección musical, en la capacidad de una melodía para calmar a las fieras.</p>
<p>El animal se reclinó sobre sus patas y gruñó.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Calibre 22</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/02/01/calibre-22/</link>
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		<pubDate>Mon, 01 Feb 2010 03:01:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y manchas costrosas de sangre.</p>
<p>Debía seguir, con todo y náusea, si quería alcanzar el plomo.</p>
<p>Contuvo la respiración e introdujo un dedo con firmeza en el interior del orificio hasta rozar la superficie metálica y áspera. Luego los dedos fueron dos y cuando por fin la piel se rasgó con el mismo sonido que hacen los abrojos al separarse, supo que estaba cerca. El olor de la sangre flotaba como una nube ferrosa frente a sus ojos.</p>
<p>Con dos dedos serpenteando en la pulpa oscura, se concentró en asir la bala.</p>
<p><span id="more-3874"></span>Sus movimientos de ajuste y acomodación hacían manar el líquido en ríos irregulares que inundaban la mesa y se derramaban por el borde hasta ganar el piso con un goteo persistente.</p>
<p>Por fin la tuvo.</p>
<p>Apretándola como a un apéndice infernal, tiró de ella hasta sacarla. Después la levantó y la puso frente a sus narices.</p>
<p>&#8220;Es hermosa&#8221;, pensó.</p>
<p>Le gustaba el gris aflorando en la mezcla carmesí, la irregularidad del plomo entre los coágulos, el brillo de sus dedos ahora bajo la lámpara.</p>
<p>Pensó en las metáforas de las series: “Una bala que lleva un nombre”, o “Te llenaré de plomo”.</p>
<p>Lo trajo a la realidad la carne temblorosa, la piel amarillenta plegada en torno al pozo negro y magullado. No había mejor síntesis para el dolor que la pornografía de ese muslo.</p>
<p>Enjugó el sudor de su frente cenicienta con el antebrazo, luego dejó caer la bala al suelo y empinó la botella para dar el último trago.</p>
<p>Faltaba su otra pierna, donde no le habían pegado un tiro sino dos.</p>
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		<title>La premura de la decisión insoslayable</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/01/27/la-premura-de-la-decision-insoslayable/</link>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 00:28:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.
Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.</p>
<p>Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero la posibilidad de subirse al potro alocado de la inseguridad y talonear los flancos hasta que sus pulsiones fueran dóciles, lo embriagaba.</p>
<p>La primera noche comió algo liviano y leyó hasta que los párpados comenzaron a apretar la negrura de las sierras. La silueta de los árboles se disolvía en la oscuridad y los grillos parecían haberse complotado para alejarlo de la galería.</p>
<p>Se puso de pie y estiró los músculos con un bostezo antes de meterse en la casa. Camino a la habitación pasó junto a la mesa del comedor y le dedicó una mirada severa a las pastillas. “Una cada ocho horas”, había dicho el <em>Doctor Psicotrópicos</em>.</p>
<p>Sintiéndose por primera vez en muchos años dueño de su propia voluntad, decidió que haría todo lo que fuera posible para evitar esas dependencias serviles. Se llevó, en lugar del medicamento, un cuchillo afilado y una vela sobre un plato.</p>
<p><span id="more-3855"></span>La cama era grande y mullida. Al dejarse caer en ella los resortes emitieron un quejido grosero. Imaginó que alguien en la oscuridad de afuera podía estar escuchándolo, pero barrió de su mente la idea y se puso a ver las sombras proyectadas por la vela que siseaba. Lo ganó el sueño a los pocos minutos.</p>
<p>Se despertó en mitad de la noche, sofocado. Las ventanas estaban cerradas y las paredes de la casa irradiaban un calor que no encontraba por dónde disiparse. Intentó incorporarse, tentado por el refrescante sabor de un vaso con agua, cuando tocó esa cosa tibia junto a él. </p>
<p>Aterrado, tanteó eso que no estaba ahí al momento de acostarse. Los latidos de su corazón se volvieron saltos asfixiantes cuando intuyó qué podría ser. </p>
<p>La escena de El Padrino donde el hombre despierta junto a la cabeza de un caballo se le representó vívidamente. Con las alarmas internas del pánico rasgándole a sablazos los velos de la somnolencia, descubrió con horror que a su lado había una mano tibia, con dedos regordetes, que permanecía agazapada en la quietud que precede al ataque.</p>
<p>La oscuridad ahora parecía una presencia sólida que empujaba los muebles contra las paredes, haciendo crujir las maderas, aplastando los grillos hasta silenciarlos.</p>
<p>Buscó el cuchillo que había sobre la mesa de luz y se defendió a puñaladas, con la desesperación de alguien que huye de una muerte espantosa. Mientras la hoja filosa bajaba una y otra vez, imaginaba que la mano que lo buscaba era de un espectro salido del bajo fondo de la cama. </p>
<p>En el frenesí de una locura pavorosa pensaba que la mano antecedía a un cuerpo que subía para recostarse a su lado y hacerle vaya uno a saber qué cosas.</p>
<p>Se alegró de no haber tomado las pastillas, de contar con tamaña lucidez y continuó hincando la hoja. Casi no había yerros, puñaladas desperdiciadas en el colchón, cada golpe precedía al ruido de los cartílagos rompiéndose, o de los huesos crujiendo mientras jadeaba.</p>
<p>Por fin saltó de la cama y retrocedió hasta donde recordaba haber dejado su ropa. En el pantalón había un encendedor. <em>Tenía</em> que dar con el encendedor para terminar con esa locura. </p>
<p>Con el brazo derecho todavía dormido, utilizó los dedos de la mano que le quedaba.</p>
<p>Temblaba de miedo y al primer chispazo lo supo. Así como algunas verdades se revelan incuestionables, lo supo, pero siguió accionando el encendedor igual, ahogando un grito de locura mientras vislumbraba entre los destellos las sábanas oscurecidas.</p>
<p>Allí emergía su propia mano cercenada. </p>
<p>Quiso cubrirse la cara para no ver y entonces un muñón torpe y mojado le chocó el mentón, provocándole un hormigueo insoportable. </p>
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		<title>Posibilidad en los climas diferentes</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/01/18/posibilidades-en-climas-diferentes/</link>
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		<pubDate>Mon, 18 Jan 2010 16:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.
Gruñen y así es la advertencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.</p>
<p>Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.</p>
<p>Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.</p>
<p><span id="more-3842"></span>Le temen a los truenos, los satives. Los relámpagos los hacen abrazarse y chuparse entre ellos los codos y las rodillas. Así se dan valor y manifiestan camaradería. El gesto simple de abrir la boca y cobijar con los labios gordos las coyunturas del otro les alcanza.</p>
<p>En las temporadas de lluvia puede que hasta una docena de ellos se apiñen en las casas, sobre las baldosas llenas de tierra, prisioneros detrás de los barrotes acuosos que cuelgan de los aleros, con los ojos abiertos, profiriendo gritos entrecortados cada vez que un trueno parte el aire.</p>
<p>Se buscan y se hacinan en una maraña de cuerpos grises, viendo con pavura los charcos que crecen en el pasto, atentos al repiqueteo insolente de las gotas que estallan sobre los ladrillos, desconcertados por la forma beligerante que tienen las nubes de desangrarse.</p>
<p>Los satives aprovechan estos períodos para aparearse, y se penetran unos a otros bajo las reposeras, o apoyándose en los dinteles de las puertas cerradas, derramando dentro de los demás su protoesperma plasmático en el que viaja la carga genética que hará perdurar su especie.</p>
<p>No lo saben, pero en esa frotación impúdica, en ese franeleo espasmódico, están intentando que todo lo que son no se pierda.</p>
<p>Así como tras las guerras aumentan los nacimientos, no es casual que los satives elijan abocarse a la cópula en los días en que el temor los invade.</p>
<p>Se entregan a esos encuentros furtivos saboreando un pánico ancestral, cargando la propia simiente con el horror que les produce hallarse acorralados por el miedo que también inoculó los genes de sus progenitores.</p>
<p>Se aman sin amor, sencillamente porque amándose creen (o han aprendido) que el conjuro se rompe, y, extenuados y distantes, por fin yacen sobre las baldosas y el barro, felices de ver los barrotes de agua disolviéndose.</p>
<p>Las gotas que cada vez con más pereza caen, el horizonte que sugiere un párpado claro por el que el sol empieza a colarse.</p>
<p>Entonces y sólo entonces dejan de chuparse y se separan, alistándose para emprender la retirada hacia un lugar donde nadie los halle, trotando lentamente bajo las cataratas de sol que acabará derramándose entre las nubes heridas de la tarde.</p>
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		<title>Mil ciento sesenta palabras sobre cine</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/01/15/mil-ciento-sesenta-palabras-sobre-cine/</link>
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		<pubDate>Fri, 15 Jan 2010 18:27:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.
Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.
Nada de eso existe / realmente.
Lo dijo Ewan McGregor antes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pedí un deseo. Pedí paz, alguna cosa boluda por el estilo, esas que no van a cumplirse. Malgastá los cartuchos del soplido anual frente a las velas de tu torta apostando por la trilogía del bolero: salud, dinero, amor.</p>
<p>Brindis desaprovechado. Copas que chocan porque sí, nomás.</p>
<p>Nada de eso existe / realmente.</p>
<p>Lo dijo Ewan McGregor antes de soltar una carcajada sobre el capot de un auto que sale de un callejón de Trainspotting.</p>
<p><span id="more-3818"></span>—<em>Las cosas que posees terminan poseyéndote. </em></p>
<p>A esto no lo digo yo, se lo dice Brad Pitt a Edward Norton en el patio trasero de un bar antes de recontracagarlo a trompadas. Es El club de la pelea y hay un señor grandote que tiene tetas, un barman con cuello con andamio y una chica que fuma en una fábrica de jabones con grasa de la gente.</p>
<p>En las películas está la verdad. En las películas / no se jode.</p>
<p>En las de guerra ocurren milagros menores.</p>
<p><a href="http://andersonpooper.files.wordpress.com/2008/05/full-metal-jacket.jpg" target="_blank">Vincent D&#8217;Onofrio</a>, dirigido por el gordo Kubrick, grita de madrugada en el baño del cuartel:</p>
<p><em>—This is my rifle. There are many like it but this one is mine. </em></p>
<p>En las guerras, <a href="http://www.ugo.com/movies/foolish-communication-devices/images/entries/platoon-backpack-radio.jpg" target="_blank">Elías</a> puede caer genuflexo y con los brazos en alto mientras Charlie Sheen lo mira y hace puchero desde el helicóptero.</p>
<p>La guerra es el rostro de Cristo sin barba de <a href="http://www.eskimo.com/~toates/malick/trl/wittmel.jpg" target="_blank">James Caviezel</a> en La delgada línea roja, cuando nada en las playas haciéndose el pescador indonesio. O la temible cara de boludo del Soldado Ryan, cuando sale de atrás del tanque como diciendo: “no tiren, soy <a href="http://www.empireonline.com/features/young-and-old-casting/11.asp" target="_blank">Matt Damon</a>”.</p>
<p>Las guerras pueden dejar al espectador <a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2010/01/SWpic.jpg" target="_blank">Solo</a>.<br />
<em><br />
—Nobody messes with the Jesus&#8230;<br />
—Lydia, Lydia, Lydia the Tattooed Lady&#8230;<br />
—Before you do me in, Mr Mcmanus. </em></p>
<p>John Turturro / Robin Williams / Pete Postlethwaite (Kowayashi).</p>
<p>La cinta gira en la oscuridad del cine salpicando una luz que arrasa las nucas hasta chocar las pantallas: Gary Oldman tratando de abrocharle el culo a <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=the+professional+jean+reno&amp;btnG=Buscar&amp;aq=0&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Jean Reno</a>:</p>
<p><em>—Bring me everyone.<br />
—What do you mean, everyone?<br />
—EVERYONE!</em></p>
<p>Robert “Lorenzo” De Niro manejando el autobús y cuidando que Calogero no se junte con <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=a+bronx+tale&amp;btnG=Buscar&amp;aq=f&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Sony</a>. Todos los gangsters se llaman Sony. O Tony. O son de Sicilia y comen pasta y después les vuelan los sesos y quedan con el naso hundido entre los fideos sobre un mantel cuadriculado.</p>
<p><em>—No vuelvas a Giancaldo, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/01/18/20-citas-cinematograficas/" target="_blank">Totó</a>. </em></p>
<p>El amor es David Lynch manejándole la paja a Naomi Watts. O Julia Roberts diciéndole al de la librería que ella es sólo una chica parada frente a un chico pidiéndole que no sea tan pelotudo.</p>
<p>El amor es más real / en el cine.</p>
<p>No lo digo yo, lo dice el orgasmo de Meg Ryan en la cafetería, la cara de las chicas que miran a Marlon Brando antes de chapárselo en blanco y negro, la chupada de pie que le mete <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=from+dusk+till+dawn&amp;btnG=Buscar&amp;aq=0&amp;oq=from+dus&amp;start=0" target="_blank">Tarantino a Salma</a> antes de que broten los vampiros.</p>
<p>El amor es real o Trinity habrá muerto / al pedo.</p>
<p><em>—Zion, hear me now. </em></p>
<p style="text-align: right;">El negro de Matrix.<br />
La gorda de Misery.<br />
El flaco de El maquinista.<br />
La tetona de La pistola desnuda.<br />
La pija de Mark Wahlberg en Boogie nights.</p>
<p><em>—Las cosas que posees acaban poseyéndote.<br />
—The password is <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=eyes+wide+shut+&amp;btnG=Buscar&amp;aq=f&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Fidelio</a>. </em></p>
<p>Hacen de sí mismos:</p>
<p>Kevin Coster / Harryson Ford / Al Pacino.</p>
<p><em>—¡ÚHA!</em></p>
<p>Nos gusta perdernos entre las butacas como se pierden los relojes afanados en el cajón de Malcom McDowell allá por La naranja mecánica (un tiempo antes de meterle un puño en el culo a un flaco en Calígula).</p>
<p>Las pelis tienen la verdad. Las cien mil caras de Gene Hackman, tienen la verdad. Pero la mejor es la que pone antes de saltar, disfrazado de cura, para asir la manija en Poseidón (la original).</p>
<p>También hay verdad en los binomios: Peter Coyote para Almodóvar / Guillermo Martínez para Alex de la Iglesia / Penélope Cruz para Todo es mentira / la que hace de mujer de Truman Show para mí, porque me encanta.</p>
<p>No-te-mueras-sin-ver: Las memorias de Antonia. Aunque sea por televisión.</p>
<p><em>—What&#8217;s on the box&#8230;<br />
—If you kill him, he will win&#8230;<br />
—Oh, he didn’t know&#8230;<br />
—Somebody call <a href="http://www.youtube.com/watch?v=D1WhgsXotpg" target="_blank">somebody</a>.</em></p>
<p>Las pelis nos enseñan. Las malas pelis. Las primeras de Sam Raimi, con <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=Bruce+Campbell&amp;btnG=Buscar&amp;aq=f&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Bruce Campbell</a>. Las primeras de Santiago Segura. Las primeras de Sofía Coppola.</p>
<p>Después vinieron los monstruos / Jason / Freddy / Leo Sbaraglia.</p>
<p>Siempre es hermoso pensar / en los comienzos.</p>
<p>Y en los / detalles. / Danza con lobos está filmada / en el patio trasero del rancho / de Neil Young; / los búfalos son / del cantante / se los / alquilaron.</p>
<p><a href="http://cineyvideo.files.wordpress.com/2009/02/eric-stolz1.jpg" target="_blank">Eric Stolz</a> empezó junto a Cher, poniéndose una máscara / después vendría / Killing Zoe / mucho después. Y Kevin Costner ofreció poner plata / de su bolsillo / para actuar de secundario en algunos / filmes. Lo sacaron / cagando.</p>
<p>Hay que joderse. El mundo es mucho mejor / en el cine. Y el sexo / también. / Los culos están siempre / depilados.</p>
<p>Y qué bien cogen:</p>
<p>Faye Dunaway <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=barfly&amp;btnG=Buscar&amp;aq=f&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">contra </a>Mickey Rourke / Annette Bening <a href="http://www.hotflick.net/flicks/1999_American_Beauty/Thumb/999AMB_Annette_Bening_035.jpg" target="_blank">contra </a>Peter Gallagher / <a href="http://photos.waiting-forthe-sun.net/Graphics/ParisPhotos/jim_pam_a.jpg" target="_blank">Pamela Courson</a> contra Val Kilmer.</p>
<p>La elipsis, la sinopsis, la escaleta: el cine es una bandera / de trilogía; / es Kieslowski, / los hermanos Wachowski, / y un poquito los Marx.</p>
<p>A no cagarse cuando el pendejito ve / gente muerta / o cuando en Blair Witch te sacan los dientes / si salís de la carpa / o cuando Ben Kingsley grita / en <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=ben+kingsley+sexy+beast&amp;btnG=Buscar&amp;aq=0&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Sexy Beast</a>:</p>
<p>—YES. YES. YES.</p>
<p>Que la confusión sea una amalgama en la memoria, un pastiche con las caras de <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=Thomas+Jane&amp;btnG=Buscar&amp;aq=&amp;oq=ben+kingsley+sexy+beast&amp;start=0" target="_blank">Thomas Jane</a> y <a href="http://images.google.com.ar/images?hl=es&amp;safe=off&amp;client=firefox-a&amp;rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aofficial&amp;um=1&amp;sa=1&amp;q=Aaron+Eckhart&amp;btnG=Buscar&amp;aq=f&amp;oq=&amp;start=0" target="_blank">Aaron Eckhart</a>, o de Glenn Close y Meryl Streep / aunque no tengan un pedo que ver / en la vida real.</p>
<p>Los chicos malos, en las pelis, dejan /  las drogas:</p>
<p>Robert Downey Jr / Nick Nolte / Nicholson, Jack.</p>
<p>Por mucho que extrañen a las chicas de las pelis que / desaparecen / y no las ves más:</p>
<p>Mia Sorvino / Geena Davis / Juliette Binoche / Julie Delpy / Juliet Lewis / y pará de contar.</p>
<p>Tom Waits con Jarmush. El ladrón de bicicletas. Mel Gibson leyéndole la cabeza a Helen Hunt.</p>
<p>El infierno es John Cusack igualito a su hermana. Cusack es el Darín / argentino. La comparación es triste como el mayor de los Baldwin, que no sabe que no sabe actuar. Y nadie pregunta por el hermano menor de Sean Penn, que después de Perros de la calle / no hizo nada / más.</p>
<p>Me pidieron mil ciento sesenta palabras improvisadas de un tirón sobre cine / para una nota surrealista / que no quise entregar.</p>
<p>Amo estos borradores inútiles.</p>
<p>Me gusta que queden acá.</p>
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		</item>
		<item>
		<title>Tres variaciones sobre la reputación</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2010/01/05/tres-variaciones-sobre-la-reputacion/</link>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 15:46:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Fue el último verano que pasó en Villa Boba. Flotaba como un sapo en la pileta municipal, lanzando chorritos con la boca mientras su nariz boyaba cerca de la línea de flotación de dos culos chismosos que comentaban:
—Y esa que está ahí es la hija. Pobrecita, con semejante madre, qué va a ser de esa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fue el último verano que pasó en Villa Boba. Flotaba como un sapo en la pileta municipal, lanzando chorritos con la boca mientras su nariz boyaba cerca de la línea de flotación de dos culos chismosos que comentaban:</p>
<p>—Y esa que está ahí es la hija. Pobrecita, con semejante madre, qué va a ser de esa chica.</p>
<p>Aprovechó para girar lentamente con los ojos al ras del agua y ahí, en el extremo opuesto, una morocha entraba por la escalera colgante. Uno de los culos a su lado continuó:</p>
<p>—¿Es borracha, la madre?</p>
<p>—¡Y drogada!</p>
<p><span id="more-3773"></span>Había mucha gente intentando refrescarse. La pileta era grande, pero parecía un fuentón lleno de meada caliente y azulada. Se deslizó en el caldo aquél como lo hubiera hecho un caimán, con el sol hirviente tamborileando sobre su cabeza.</p>
<p>—Parece que la madre la golpea —alcanzó a oír que decía uno de los culos parlantes.</p>
<p>La chica tenía una bikini roja que cubría con sutileza un cuerpo delgado y fibroso rematado por dos piernas largas y torneadas. Llegó hasta ella y se quedó flotando junto a uno de esos pies con las uñitas pintadas, el que dibujaba círculos en la superficie del agua.</p>
<p>—Esas dos viejas de la otra punta están hablando de tu mamá. ¿Qué le pasa a tu mamá? —dijo.</p>
<p>La chica lo miró, se puso el pelo detrás de las orejas descubriendo un moretón verdoso en forma de estrella que le adornaba el pómulo. Le faltaba un aro.</p>
<p>—Mi mamá está loca.</p>
<p>Él metió la cabeza en el agua y se peinó el pelo hacia atrás. Después salió y se sentó al borde, junto a ella.</p>
<p>—¿Loca-loca? —preguntó haciendo girar el índice sobre su sien.</p>
<p>—Sí. Cree que viene de otro planeta y cosas así. Dice que tiene poderes especiales, que se puede tele transportar.</p>
<p>—Ah.</p>
<p>—¿Querés verla? Vivimos en la casa esa que está cerca de la usina. La de tejas negras.</p>
<p>—Dale.</p>
<p>Caminaron hasta la casa despacio bajo el sol, compartiendo un cigarrillo. Cuando llegaron, frente a la puerta, él la tomó por los brazos y le dio un beso en la boca. Tenía los labios salados y suaves. Le gustó besarla y que ella le correspondiera, así que la besó otra vez mientras el pito se le paraba y empujaba el elástico de la malla.</p>
<p>El interior de la casa estaba fresco y olía a pintura y removedor. Junto a una persiana baja por donde entraba el sol fileteado, se desnudaron. Ella se arrodilló mientras él separaba las piernas. Desde algún lugar de la casa llegaba el ruido del motor de una heladera.</p>
<p>La cabeza de la chica iba y venía contra su cuerpo. Le gustaba el ruido insolente de la baba (como burbujas explotando amplificadas), la forma en que ella le clavaba las uñas en los cachetes del culo para tomar envión.</p>
<p>Faltaba poco y entonces una sombra atravesó el pasillo, de una puerta a la otra. Él intentó apartar a la chica, pero no puso demasiado empeño, la fricción de la lengua y los labios ahora había dado paso a una sucesión de mordidas mecánicas que alternaban el placer con un dolor punzante. Se sentía raro.</p>
<p>—Ahí&#8230; pasó tu-tu&#8230; vieja, me pare&#8230;ce.</p>
<p>De pronto la chica trabó la mandíbula y la mitad de su pene quedó atrapado en un cepo filoso, mientras las muelas rasgaban el glande.</p>
<p>Gritó y la golpeó, pero ella no soltó. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza, sobre su ojo derecho. Temió que los nudillos le reventaran el cerebro y que la boca no se abriera nunca más, pero la chica lo liberó y cayó de culo sobre las baldosas frías.</p>
<p>—¡Hija de remil puta! ¡Me la mordiste toda! —dijo él.</p>
<p>Ella se limitó a reír. Y desde alguna habitación se escuchó que también reía la madre. Se reían parecido, solo que la carcajada desde la habitación era aguardentosa, más áspera.</p>
<p>Tuvo miedo, confusión. Por fin salió corriendo mientras la chica desde el suelo, iluminada a rayas, sacudía la lengua a través de sus labios rojos de sangre.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p>[…] El hombre avanza con paso firme hacia el mostrador. La mujer que lo aguarda es la encargada de chequear los ingresos en el aeropuerto; está sentada en un taburete, flanqueada por dos militares negros y tiene cara de pocos amigos:</p>
<p>—Pasaporte —pide.</p>
<p>Él saca sus papeles. Uno de los militares se inclina con discreción y echa un vistazo a lo que hay dentro del bolso.</p>
<p>—¿Por qué se fue de la isla? —pregunta la mujer.</p>
<p>—Soy deportista. Campeón Nacional de Salto en Largo —dice él.</p>
<p>Los militares se miran y luego miran el pasaporte. La chica revisa los papeles y los sellos. Cada tanto hace girar un papel y copia números y nombres en un cuaderno grande que tiene junto a un florero.</p>
<p>—¿Cómo le fue en la competencia, camarada? —quiere saber uno de los militares.</p>
<p>—Perdí. Me ganó un americano —responde.</p>
<p>La mujer le devuelve los papeles y le pide que ponga el bolso sobre una mesita de control que hay al costado. El pasajero pregunta si hay algún problema y los dos militares vuelven a mirarse.</p>
<p>—A menos que usted se niegue, no hay nada de qué preocuparse —explica la mujer.</p>
<p>El hombre duda. Piensa en su hijo pequeño. Ahora mismo se enfrenta a un dilema, puesto que si abre el bolso, sabe que habrá problemas. ¿Qué hacer? Pasan unos segundos dilatados hasta que se decide.</p>
<p>Los militares tardan en reaccionar. El pasajero es un atleta y en tres pasos ya está corriendo por la sala de embarque, en dirección a la salida. Hay ochenta metros hasta la puerta que da a la calle.</p>
<p>La mujer del mostrador grita pidiendo que lo detengan.</p>
<p>Conscientes de que no lograrán alcanzarlo, los uniformados desenfundan las armas y abren fuego. Los estampidos retumban en la sala ensordeciendo a todos y el atleta cae aparatosamente.</p>
<p>Su cuerpo se desliza boca abajo por el piso de baldosas un par de metros antes de quedar mortalmente quieto. Hay alaridos, correrías.</p>
<p>Un superior se acerca y revisa el bolso.</p>
<p>—Hijo de su puta madre —dice con una sonrisa de satisfacción.</p>
<p>Adentro hay dos mudas de ropa, tres remeras, un pantalón corto, dos pares de medias y una bolsa grande de caramelos rosados.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>III<br />
</strong></p>
<p>[…] Está parada frente al espejo del baño con la pollerita rendida a sus pies. En una mano tiene la remera y el corpiño, en el reflejo su desnudez resulta extrema, inquietante. Le gusta lo que ve, el torso delicado, las tetitas puntudas. A muchos les calienta así, filosas y medianas. Lo sabe por cómo le silban en la calle.</p>
<p>Los señores mayores le dicen cosas en las veredas cuando el viento sopla frío y sus pezones empujan irguiéndose tras la tela.</p>
<p>Se pone de costado para mirarse mejor. Una teta está un poco más abajo que la otra, pero apenas se nota. Un amigo suyo decía “en bolas y con la luz apagada todos estamos culeables”. Se mira la cintura, los pelitos rubios y finos arremolinados sobre la raya que le divide los cachetes del culo.</p>
<p>Siempre pensó que el suyo era un culo chato, pero eso se arregla empujando hacia atrás y arqueando la espalda. Así le enseñó una amiga que hay que hacer para zafar cuando de fábrica el culo no viene bien parado, ahora que está de moda tener la cintura como un posavasos y las tetas como melones.</p>
<p>Sale del baño con los zapatos puestos. Camina desnuda entre los hombres. Dos de ellos están sentados en un sillón con los pantalones abiertos y se tocan y le sonríen. El tipo de la gorrita le indica que se siente sobre la cama.</p>
<p>Las paredes están cubiertas por telas de color azul. Cruza las piernas y las luces se encienden. Ella dice:</p>
<p>—Me llamo Laura y me encanta la pija.</p>
<p>—¡Corten! —dice el de la gorrita. Y se acerca para hablarle.</p>
<p>El aliento le huele a fantasma de chicle y a herrumbre. Los tipos del sillón se siguen tocando, el camarógrafo revisa el display y después acomoda una de las luces que hay sobre un pie. Hace calor, mucho calor.</p>
<p>—Lo que tenemos que hacer, Laura —le explica el de la gorrita— es convencer a los tipos de que realmente te gusta la pija. Tenés que hablar de la pija como si hablaras de tu comida preferida. Si podés —ilustra pasándose la lengua por los labios—, agregá un gesto, algo que demuestre que estás diciendo la posta, porque así como lo decís parece que fueras torta.</p>
<p>Ella baja la cabeza y se mira el pubis. Los pelitos brillan bajo los tachos de luz caliente.</p>
<p>Asiente en silencio y luego levanta la vista esperando la señal. El tipo de la gorra hace girar la mano y ella repite el parlamento, esta vez, pasándose la lengua por los labios. Se ríe un poco, involuntariamente.</p>
<p>—Bárbaro —dice el de la gorrita—. Muchachos, vamos a garchar.</p>
<p>Los tipos del sillón se acercan y se acomodan junto a ella en la cama. Le pasan las manos por el cuerpo y se turnan para hacerle girar la cabeza.</p>
<p>Se siente dirigida, sumisa, sin mucho que aportar. Durante la próxima hora y media hará cosas que no imaginó nunca tan reales, tan crudas, tan dolorosas, frente a una cámara digital.</p>
<p>Después se irá y alguien vendrá a descolgar las sábanas que tapan las paredes.</p>
<p>Ya en su casa se dará un baño y pensará en sus padres, en su rostro repartido por cientos de computadoras en países lejanos, en miles de ojos anónimos mirándola hacer lo que hace falta para pagar el alquiler.</p>
<p>Nunca olvidará esa tarde. En su memoria quedará grabada una réplica de la mancha de sangre que tiñó las sábanas de su primera vez.</p>
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		<title>Resumen para los amigos que están lejos</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/12/21/resumen-para-los-amigos-que-estan-lejos/</link>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2009 04:57:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi casa huele a geriátrico en un país caluroso: estamos haciendo que las pequeñas dejen los pañales, pero el método funciona bastante mal. No bien abrís la puerta, el olor de las meadas y los sorongos golpea como un tincazo en el pescuezo.
Lulú y Niki sonríen y se cagan agarraditas de una silla, o mientras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi casa huele a geriátrico en un país caluroso: estamos haciendo que las pequeñas dejen los pañales, pero el método funciona bastante mal. No bien abrís la puerta, el olor de las meadas y los sorongos golpea como un tincazo en el pescuezo.</p>
<p>Lulú y Niki sonríen y se cagan agarraditas de una silla, o mientras dibujan en un cuaderno, y después salen corriendo todas embarradas por ese mundito pequeño de living con padres que las persiguen con trapos y lampazos.</p>
<p>El técnico del lavarropas, el cartero, el electricista, todos creen que el que anda con un sorete encallado en el bolsillo trasero soy yo, y me pasan presupuestos, me entregan cartas o me cambian de lugar los enchufes arrugando la nariz.</p>
<p>Deben pensar:</p>
<p>—Un hombre grande todo cagado, ¿cuánto le puedo cobrar?</p>
<p><span id="more-3683"></span>Las visitas esnifan con los ojos entrecerrados mientras nos siguen a medias las conversaciones. Sin necesidad de exagerar, este año ha sido el más escatológico y el más intenso de todos. Acá un breve resumen para mis amigos que están lejos.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Momentos</strong></p>
<p><em>I)</em> En octubre dormí un par de noches en el auto, a treinta metros en línea recta de la ventana de la clínica donde mi pequeña Lulú peleaba por volver a respirar tras sobrevivir a un accidente doméstico. Un descuido de la niñera y casi me la mudan a la Wiyem al otro barrio. En octubre aprendí el verdadero significado de la palabra miedo, cruzando la ciudad a empujones de paragolpes en los semáforos, a bocinazos limpios, deteniéndonos cada tanto para reanimarla. Adiós, octubre. Adiós.</p>
<p><em>II)</em> Diciembre suele ser una oportunidad propicia para que las revistas refriten notas y para que los programas de tele hagan compilados de culos y escándalos. Y para que todo el mundo vaya, brinde, se chupe y resuma cosas: lo más bueno, lo más fulero. Diciembre para mí son padres apiñados en las colas del Rapipago, en la verdulería, en la entrada de la facultad. Habría que escribir un cuento sobre esta cofradía de gente hecha mierda y con la mirada ahogada en ojeras de felicidad. Diciembre y los balances, los <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/06/04/la-crueldad-del-pasado-en-blanco-y-negro/" target="_blank">momentos chotos</a> que hay que olvidar. Le digo a mi mujer:</p>
<blockquote><p>—<em>Más vale que estas chiquitas el día de mañana lideren la resistencia contra los alienígenas o sean presidentes, o descubran la cura para alguna enfermedad; algo que justifique esta mala sangre al pedo</em>.</p></blockquote>
<p><em>III)</em> Este año <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/11/18/unas-palabras-para-esteban/" target="_blank">perdí un amigo de años</a> y <a href="http://www.facebook.com/note.php?note_id=190783365681&amp;1&amp;index=2" target="_blank">una amiga con quien estrenábamos amistad</a>, pero por otro lado <a href="http://revistapeinate.com.ar/peinate-vol-ii-la-irrupcion-de-los-finaditos/" target="_blank">publiqué un libro</a> (<a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/08/24/una-nena-mentirosa/" target="_blank">Niki</a> me ayudó) y <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/08/14/no-pense-que-iba-a-reirme-tanto/" target="_blank">me reí muchísimo</a>. Me comí <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/08/23/un-asadito-con-richard-stallman/" target="_blank">un asadito con Richard Stallman</a>; pude empezar mi proyecto de <a href="http://revistapeinate.com.ar/category/charlas-con-amigos-que-escriben/" target="_blank">charlas con amigos que escriben</a> (que pronto voy a continuar) y pegué textos en <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/12/08/pasando-revista-en-cordoba/" target="_blank">algunas revistas muy lindas</a> que me dieron alegría. En 2009, entre otras cosas, entendí que no sé de qué mierda me voy a jubilar.</p>
<p><em>IV)</em> En algún momento Lulú creció, se irguió, señaló no sé qué cosa y salió corriendo. También aprendió a decir algo parecido a papá. Niki está celosa y todo el tiempo hay que ecualizar. Es alucinante ver cómo van apropiándose de los espacios, cómo se forjan un lugar en este mundo. Con mi chica a veces nos sentamos a charlar sobre los detalles que hay que enumerar. No alcanzamos a entender cómo carajo hace alguna gente para llevar registro de absolutamente todo.</p>
<p><em>V) </em>Los domingos a las siete de la mañana, los cuentos de noche, los baños vaporosos, las peleas por los juguetes que no se quieren prestar. Buscar colegio para Niki, subrayar apuntes, cantar y bailar. El penúltimo fin de semana del año cruzamos el camino de las Altas Cumbres: queríamos ver dónde es que dios se afila los dientes con los picos de los cerros y dónde es que el sol se revuelca en las rocas y en los pastos como un gato rabioso antes de cerrar el ojo. Son kilómetros de locura. El paisaje de la batalla final de El Señor de los Anillos, el lugar donde quiero construir una cabaña para ir a meditar.</p>
<p><em>VI)</em> El Ale nos llevó en su Kangoo a los cuatro a pasar el fin de semana en Cura Brochero. No conocía ese lugar, es hermoso. Los padres de Ale, Gabriel y Ana María, tienen una casa soñada, una suerte de loft rústico lleno de reliquias; armas antiguas, cámaras de foto que ya no se fabrican más. Es una casa hecha a mano, cálida, acogedora, refugiada en medio de un bosque de espinillos y amenazada por tormentas que se pliegan en las montañas amagando con bajar. Niki y Lulú hicieron la previa de sus vacaciones corriendo entre las piedras a la par del Pungo y la Mika, dos perros con garbo y aplomo. Ana María es quien hizo un trabajo exquisito al corregirme La belleza del escándalo, pero lo superó uniéndose a Gabriel en la cocina, a los buenos anfitriones habría que becarlos para que se dediquen sólo a repartir amabilidad. ¿Cuánto hacía que no la pasábamos tan bien? Quiero tener plata para comprarle la Kangoo al Ale y para mudarme cerca de sus papás.</p>
<p><em>VII)</em> Este año se ha puesto de moda entre la gente de mi edad tener mucho estrés, picos de tensión y quedar hechos mierda en la guardia de un hospital. Espero que dosmildiez arranque con una onda un poco menos terminal. Hay que bajar un cambio. O dos. Tal vez tirarle un par de pedos en la cara al fantasma del &#8220;todo está por explotar&#8221;. Armé un grupo en Facebook que se llama <a href="http://www.facebook.com/group.php?v=wall&amp;ref=ts&amp;gid=187939886695" target="_blank">Mi biblioteca</a>, donde se puede husmear entre los libros de gente desconocida. Me angustia admitirlo, pero fue mi recreíto personal. Facebook tiene tantos detractores que ya me parece que no está tan mal.</p>
<p><em>VIII)</em> ¿Qué orto le pasa el clima? ¿Ah?</p>
<p><em>IX)</em> Bella Vista / Güemes. Hoy se cumple un año desde que nos mudamos acá. Creo que los vecinos ya se acostumbraron a nosotros. Estoy extrañamente enamorado de la Julio A. Roca, es una avenida espectral, una herida reseca en la panza de una ciudad inciertamente pujante. La camino mucho. Anoto nombres de locales cerrados, relevo los carteles de las esquinas históricas según lo indican sus placas, memorizo fachadas y fantaseo con que abren una pizzería donde no hay más que basura que nadie quiere llevar. <a href="http://revistapeinate.com.ar/2009/01/06/no-delivery-land/" target="_blank">El delivery sigue brillando por su ausencia</a> en este mundo singular.</p>
<p><em>X) </em>Antes de morirme quiero escribir una novela, pero tengo tanto por leer que no sé por dónde empezar. Que terminen bien el año. Les deseo que todo sea mucho mejor y lo que venga cuando demos vuelta el calendario los ponga hasta el culo de paz y bienestar.</p>
<p>Cariños,</p>
<p>José. </p>
]]></content:encoded>
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		<title>Los riesgos de patear descalzo</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/12/07/los-riesgos-de-patear-descalzo/</link>
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		<pubDate>Mon, 07 Dec 2009 19:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Ahí está la mina, parada del otro lado de la calle. Imposible no verla al salir de la oficina, hay poca gente y tiene un aire familiar. ¿Quién es? ¿Qué hace ahí? Está buena: caderas bien puestas, pinta de ir a los bifes, boquita sensual.
Es la que lo ha estado llamando a la oficina. Tres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ahí está la mina, parada del otro lado de la calle. Imposible no verla al salir de la oficina, hay poca gente y tiene un aire familiar. ¿Quién es? ¿Qué hace ahí? Está buena: caderas bien puestas, pinta de ir a los bifes, boquita sensual.</p>
<p>Es la que lo ha estado llamando a la oficina. Tres o cuatro veces por día:</p>
<p>—El señor no recibe llamadas si no puede decir por qué tema es —mandó a decir con la secretaria.</p>
<p>Pero insistió e insistió. Dijo que tenía que tratar un tema delicado.</p>
<p>—<em>Un tema delicado</em>.</p>
<p>Cuando por fin hablaron, él le dijo &#8220;no te conozco, no me suena tu nombre&#8221;.</p>
<p>Ella respondió:</p>
<p>—A veces me llamo Melissa, no sé si te acordás.</p>
<p><span id="more-3465"></span>Cortó la comunicación arrastrado por un impulso infantil, dejándola con una frase a medio salir de la boca. Habituado a comunicar más con silencios que con órdenes, pensó que así estaba bien.</p>
<p>Y ahora ella ahí. Parada al frente, en la esquina, con sus tetitas en escote, con su carita de ir a los bifes, con sus caderas bien puestas, con su boquita sensual.</p>
<p>Y ahora él se empieza a acordar de algo vagamente. De una noche hace dos meses. La despedida de soltero, mucha bebida, un par de putas.</p>
<p>Dentro de su cabeza los huesos le arden ante una sospecha atemorizante:</p>
<p>—Es una de las minas de la despedida.</p>
<p>—<em>A veces me llamo Melissa</em>.</p>
<p>Mientras avanza a su encuentro, estudia el rostro con el que tiene que dialogar. No deja de mirarla y de observar el tráfico que avanza de ambos lados de la calle. Falta que lo pisen: a él nadie lo puede pisar.</p>
<p>Sin maquillaje, mellamomelissa parece la trastienda de una fantasía. Nada de rush, a la mierda el delineador y entonces los ojos vivaces ahogados en aureolas grises, una mirada que sintetiza un cansancio descomunal.</p>
<p>Mal, mal, mal. Todo mal.</p>
<p>Cosas de esa noche le rebotan imaginariamente frente a la cara. En su recuerdo la chica vuelve a montar el show con la amiga, vuelve a meterles la mano en la pija, todos se vuelven a enfiestar. Los turnos para garchar. Las rondas de energizante con vodka. La pala y las ganas de hablar.</p>
<p>Había para jalar hasta que levitaran los muebles y<em> fá &#8211; fá &#8211; fá</em>.</p>
<p>Desde algún rincón lejano de su instinto de supervivencia, detrás de una puerta racional hermética, una alarma empieza a sonar amortiguada:</p>
<p>—Con forro no se me para —se oye pensar.</p>
<p>Y se ve otra vez en la habitación en penumbras, con la chica enroscándole las piernas en la cintura. Se ve a sí mismo cargándola por la habitación al tiempo que le aprieta los cachetes del culo:</p>
<p>—<em>Me la recogí, la puse así, la di vuelta así, me decía &#8220;por favor, pará ya&#8221;</em>.</p>
<p>Ahora está a pocos metros y ella no sonríe. Mal, mal, mal.</p>
<p>Piensa en eso y en la insistencia&#8230; Sólo las urgencias apremian. Lo importante es el mensaje. En los cuadernos de matemática de la fatalidad, mensaje más urgencia es igual a todo mal-todo mal.</p>
<p>Están cara a cara.</p>
<p>Él tampoco sonríe.</p>
<p>Ahora no le cabe duda: es algo grave. El único que no usó preservativo es un ejecutivo de cuentas con guita. Una nausea efervescente le bulle bajo el mentón.</p>
<p>—Hola. Soy Melissa. En realidad me llamo Asunción y trabajo de acompañante.</p>
<p><em>(caderas se ensanchan, escote in crecendo: por un tiempo no vas a menstruar)</em></p>
<p>—Cobrás guita para chupar la pija —se oye decir él.</p>
<p>Ella levanta una ceja y le tiende un papel doblado. Es un análisis.</p>
<p>—<em>La panza llena de huesos. </em></p>
<p>Una puta que a la luz del sol es una parodia de ella misma cuando trabaja.</p>
<p>—<em>La cocina llena de humo</em>.</p>
<p>¿Cómo va a dar esta noticia? Una buena vida puesta en riesgo por otra que se gesta.</p>
<p>—<em>Los riesgos de patear descalzo</em>.</p>
<p>Melissasunción lo mira. Espera. Sabe controlar su ansiedad; trabaja de eso.</p>
<p>—Yo ya conozco a las minas como vos —dice una voz que se parece poco a la suya—. Lo único que buscan es guita. No sé cómo me encontraste, pero te advierto que si no me dejás de romper las pelotas, yo&#8230;</p>
<p>Melissasunción, mientras, hurga en su bolso y saca un cigarrillo. Lo enciende. De alguna manera esa acción mínima ahora tiene otro significado, es casi una declaración de principios, una actitud consecuente con lo que dice a continuación:</p>
<p>—Quiero la guita para el aborto. Me importa una mierda tu vida y lo que hacés. Quiero que me consigas una clínica y que me des la guita para terminar con&#8230;</p>
<p>El silencio los sepulta a los dos. Ella baja la vista otra vez, parece mirarse el cuerpo. En sus labios nace una mueca indefinida, desagradable.</p>
<p>Él toma aire, embargado por la sensación de que todo lo que ha construido hasta el momento pende de un hilo finísimo. Desde donde está puede ver las raíces del pelo de Melissaasunción desperdigándose como dos cascadas hacia los costados de la raya blanca del cuero cabelludo.</p>
<p>¿Imagina o efectivamente da el golpe seco con un hacha? Parece real: sostener el hacha por el mango mientras el cuerpo de Melissasunción cuelga del filo, muerta.</p>
<p>Túc y ella cuelga. Se mece. Sangra. Se termina. ¿Imagina o es real? <em>Túc y ella cuelga</em>.</p>
<p>—Quiero volver a mi vida como era antes, así no puedo laburar —dice por fin Melissasunción.</p>
<p>Él vuelve a tomar aire. De pronto repara en que no hay mucha gente en la calle. Es la hora de la siesta, todos se han replegado a sus hogares o están de sobremesa en los bares con menú ejecutivo, o encerrados con sus compañeros de trabajo en <a href="http://hoteles-baratos.com">hoteles baratos</a>, matándose a pijazos, chupándose las tetas, expiando sus culpas con polvos de corta duración.</p>
<p>El calor arrecia. Ella, de pie en la vereda, lo mira. Bastaría un empujón para hacerla caer bajo las ruedas de algo.</p>
<p>—No cuestan caro. Una amiga ya se hizo dos. Es como una pasa de uva —dice ella antes de dar una seca más.</p>
<p>A unos cincuenta metros, cerca de la otra esquina, un colectivo se despega de la vereda, y gana velocidad. Viene hacia ellos, el motor ruge.</p>
<p>La visión de un punto final le produce un alivio imposible de explicar. Añora eso. Volver atrás. O cambiar la suerte. <em>Cambiar</em>. Caderas dislocadas, la piel como un bife, boquita mortal.</p>
<p>Piensa en la muchacha girando como un molinete de trapo bajo el colectivo.</p>
<p>Un empujón: <em>Túc</em>.</p>
<p>Nada más.</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>300 palabras sobre el fin del mundo</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/12/06/300-palabras-sobre-el-fin-del-mundo/</link>
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		<pubDate>Sun, 06 Dec 2009 15:01:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Las chances de que una nave extraterrestre hostil se ponga a hacer sombra sobre la Torre Ángela son escasas. Ni hablar de un posible tsunami con energía suficiente para cruzar todo Buenos Aires y desparramarse más allá de la Panamericana. Por ese lado (no lo digo yo, lo dice el INDEC), el riesgo será moderado.
El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las chances de que una nave extraterrestre hostil se ponga a hacer sombra sobre la Torre Ángela son escasas. Ni hablar de un posible tsunami con energía suficiente para cruzar todo Buenos Aires y desparramarse más allá de la Panamericana. Por ese lado (no lo digo yo, lo dice el INDEC), el riesgo será moderado.</p>
<p>El fin del mundo, de acuerdo a las estadísticas pochocleras, es glamoroso y empieza barriendo París, alguna capital con mezquitas o pirámides, y termina por convertir a Nueva York en una pecera; entonces Bruce Willis fuma y rescata en helicóptero a Morgan Freeman, que hace de Obama.</p>
<p><span id="more-3609"></span>Pero en la capital mundial del cuarteto lo miraremos por la tele, diremos &#8220;qué barbaridad&#8221; y cambiaremos para ver cómo sigue el despelote con Daniele y Giacomino.</p>
<p>Córdoba tiene cintura para sobrellevar tragedias: nuestros bomberos no arrugan, sabemos vivir sin agua y tenemos experiencia para remar ante una brutal inundación de bonos.</p>
<p>Aún en el peor de los escenarios, Bella Vista puede ser el último bastión de la resistencia alienígena, y los vecinos de la zona sur sabrán entrenarnos en el difícil arte de la supervivencia con los pantalones arremangados hasta las rodillas.</p>
<p>Tenemos a Luis Juez para que salga en dúplex internacional diciendo: “avísenle a Sarkozy que se vaya poniendo las patas de rana”, a La Mole Moli para declarar en la CNN que “la gorda no quiere salir de las casas por miedo a los asteroides, boló” y a La Mona Giménez para que le pida al Vaticano que bautice a La Docta como la “Capital Internacional de la Buena Suerte”.</p>
<p>Estaremos bien. El Apocalipsis ensaya siempre sobre ciudades de postal, sobre geografías lejanas. Entrenados en la escuela de los baches y de los clubes que descienden, sabremos acomodarnos, como siempre.</p>
<p>Córdoba tiene tradición decididamente optimista.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Publicado el domingo 6 de diciembre<br />
en el <a href="http://vos.lavoz.com.ar/?q=content/jose-playo-el-apocalipsis-una-noticia-bomba-0" target="_blank">suplemento VOS</a>, de La Voz del Interior, junto al<br />
<a href="http://vos.lavoz.com.ar/?q=content/diego-vigna-una-buena-oscuridad-0" target="_blank">texto de Diego Vigna</a> y de <a href="http://vos.lavoz.com.ar/?q=content/nada-quiero-0" target="_blank">Demián</a>. </em></p>
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		<title>Los &#8220;manises&#8221;</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 18:55:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[La ficción es algo tan disfrutable como un masaje en los pies. Esta premisa permite que funcionen las novelas de la tarde, los bingos y las campañas electorales, materias todas que se valen de nuestra apuesta por el tal vez.
A los seres humanos nos seduce la remota posibilidad de que algo suceda: que un puñado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La ficción es algo tan disfrutable como un masaje en los pies. Esta premisa permite que funcionen las novelas de la tarde, los bingos y las campañas electorales, materias todas que se valen de nuestra apuesta por el tal vez.</p>
<p>A los seres humanos nos seduce la remota posibilidad de que algo suceda: que un puñado de números que elegimos coincidan con los que escupe un bolillero, que el intendente que votamos recuerde bajar el cospel, que nos entreguen un auto a la cuota número tres. Las relaciones amorosas, claro, no son la excepción. Pensemos en el adolescente enmascarado de acné que duerme sueños agitados apostando a la secreta esperanza de que la compañerita más linda del colegio lo elija como pareja, o en la muchacha desgarbada que fantasea con el chico rebelde confesándole una pasión secreta.</p>
<p><span id="more-3556"></span>Internet -esa cosa con más propiedades que el aloe vera- funciona para muchos también como una quimera. Preguntémonos, sino, qué le hace creer a un oficinista sepultado bajo toneladas de carpetas que la muchacha con la que chatea es realmente una diosa escandinava de conductas sexuales libertinas, dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos en un aeropuerto internacional, a cambio de que le cocine un Vitel Toné.</p>
<p>Es la chance de que, por una vez en la vida, la suerte se fije en nosotros.</p>
<p>Conozco muchos casos de parejas que se formaron vía web, pero a ese número lo dobla y lo triplica una nómina pavorosa de corazones rotos digitalmente.</p>
<p>En los comienzos de la Red, unos amigos se dedicaban en sus momentos de ocio a seducir veteranos calientes por chat. Se creaban un perfil virtual de femme fatal y atacaban esos corazones desesperados, haciéndose pasar por <em>diosa_terrible_cba</em>. Muchos cayeron en la trampa, pero hubo un caso, el de Fressi (cuya foto de perfil era la imagen del DNI con media huella digital sobre la barbilla), en que la broma llegó demasiado lejos. Citaron al donjuán en un edificio, cuya entrada se veía desde el primer piso donde ellos vivían, y le pidieron que trajera botellas de cerveza. Hacía mucho calor. “Traéte también unos maníses, Fressi” le encomendaron. Y para sorpresa de todos, el galán finalmente se apersonó.</p>
<p>¿Qué motivó a ese señor a dejar la humildad de su recinto de trabajo, pasar por el súper, comprar los “maníses” y las cervezas, y caer en la trampa? Los gritos de mis amigos asomados por la ventana haciéndole saber que la vergüenza también tiene sede en Internet todavía me duelen.</p>
<p>Llevaré de por vida grabada en la memoria la impotencia de un Fressi desangelado, sosteniendo bolsas de supermercado bajo la ventana de tres adolescentes eufóricos que lo engatusaron con su propia pasión.</p>
<p>Cuando me hablan de conocer a la pareja de tus sueños por Internet recuerdo el semblante de Fressi. Lo veo una y otra vez caminando solitario, muerto de vergüenza, abriéndose camino de regreso a su rutina por una ciudad de calles ficcionales, sorteando las esquinas de lo imposible, masticando con rabia los maníses de la desilusión.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Publicado el 21 de noviembre<br />
en el suplemento <strong>Amores Nuestros</strong><br />
(capítulo 8, sobre &#8220;Amores Web&#8221;).</em></p>
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		<title>Entrevista a un hijo de su madre</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/11/12/entrevista-a-un-hijo-de-su-madre/</link>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 19:03:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El boludo soy yo, que pedí entrevistar a Leónidas Velásquez, seducido por sus textos, por la llanura con la que mandaba a sus lectores a la mierda. Un viejo con actitud, onda Fogwill. O sea, de literatura no tengo idea, pero me empernaron en esta sección del diario por cuestiones presupuestarias y de reducción de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El boludo soy yo, que pedí entrevistar a Leónidas Velásquez, seducido por sus textos, por la llanura con la que mandaba a sus lectores a la mierda. Un viejo con actitud, onda Fogwill. O sea, de literatura no tengo idea, pero me empernaron en esta sección del diario por cuestiones presupuestarias y de reducción de personal y me tuve que arremangar.</p>
<p>Tengo pasta para las crónicas policiales, eso me gusta. Pero un día vino el jefe, puso medio culo sobre mi escritorio y dijo que ahora a mi trabajo lo iba a hacer el chico que inventaba los horóscopos.</p>
<p>—Necesito un punto en la sección de cultura —agregó señalándome.</p>
<p>Leónidas Velásquez fue lo primero que elegí leer cuando me enteré del bochornoso suceso acontecido en la presentación de su última novela. Para prepararme (quizá por aplicado, más por cagón) me comí todos sus libros en 65 horas. <em>Todos</em>.</p>
<p><span id="more-3303"></span>Busqué también entrevistas de otros colegas, críticas literarias de revistas prestigiosas y cables de agencias de noticias, cualquier cosa que aportara datos para permitirme encarar la nota con dignidad. Un detalle en especial de mi entrevistado me fascinaba: a quien le preguntaras (desde los fotógrafos hasta los canillitas) decía que Leónidas era MUY jodido.</p>
<p>—Tené cuidado, pibe —te advertían.</p>
<p>Pero después de empacharme con sus escritos estaba más ilusionado que una quinceañera. Era mi primera nota seria a un tipo importante. Ahí estaba la trampa y yo no lo sabía: el personaje te comía la entrevista. Un riesgo del que debe cuidarse todo hombre de prensa.</p>
<p>Llamé a mi amigo Gonzalo, que trabaja en un diario de Río Cuarto:</p>
<p>—El último escándalo que lo puso sobre el tapete fue el de la presentación de su libro <em>Tres razones por las que no voy a contestarte con una agresión, Mercedes</em> —me confirmó.</p>
<p>»Leónidas saltó sobre la mesa que lo separaba de sus lectores para pegarle librazos a una señora. Los demás asistentes (la sala estaba muy concurrida) se enfervorizaron y empezaron a putearlo en todos los idiomas. El tipo, subido a la mesa, comenzó a arrojar ejemplares de <em>Tres razones</em>&#8230; sobre el público (con envidiable puntería, según datos aportados por los testigos). Una muchacha resultó con un ojo en compota y el novio respondió tirando al piso un exhibidor. Los lectores ganaron la calle enardecidos, hicieron una pira con los ejemplares firmados y alguien tiró un fósforo. En pocos minutos las llamas tenían más de tres metros.</p>
<p>Según el relato de mi amigo, Leónidas había salido del recinto desencajado y frente a la fogata desafió a la multitud al grito de «vengan de a uno, putos». Se trompeó a diestra y siniestra con un montón de tipos. Todo acabó con tres días de arresto para el autor y una lluvia de cartas de abogados que atosigaron el buzón de la editorial.</p>
<p>—Lo más extraño —continuó mi amigo Gonzalo en el teléfono— es que sus libros siguen vendiéndose como pan caliente. La gente lo perdona. Una cosa de locos, un fenómeno como el de Harry Potter o Ari Paluch.</p>
<p>Cuando corté el teléfono estaba confundido. Y la cita con Leónidas era a las cuatro de la tarde. Me puse el sobretodo, revisé las pilas del grabador y partí.</p>
<p style="text-align: center;">II</p>
<p>La casa de Leónidas era la antítesis de lo que había imaginado como cubil de un escritor exitoso: vivía en un edificio chotísimo. Toqué el portero y ahí nomás sonó la chicharra. No hubo preguntas ni saludos. Cuando llegó el ascensor a planta baja, me sorprendió ver a una colega de Buenos Aires, Fabiana Berta, saliendo de él.</p>
<p>—¡Fabi! —alcancé a decir, pero ella me miró un instante con los ojos arrasados por lágrimas de impotencia y salió hacia la calle dejando tras de sí varios metros de cinta de casete que flamearon con pereza. Cuando llegué al quinto piso tuve que tragar saliva dos o tres veces antes de llamar al departamento «F».</p>
<p>Las fotografías me habían engañado. La idea que me había hecho del autor no tenía nada que ver con la colección de tics y gestos descontrolados que me abrió la puerta. Leónidas era un tipo de estatura mediana, de cuerpo delgado y movimientos nerviosos. Su pelo blanco era un erizo impoluto que brillaba bajo las luces del living. Tenía manos grandes y nudosas. Vestía musculosa blanca, pantalón de pijama y unas ridículas pantuflas de Garfield, el famoso gato de los dibujos animados. </p>
<p>Y era cabezón. Uno de los marotes más grandes que yo haya visto sobre los hombros de un cristiano. &#8220;Un genotipo galo&#8221;, fue mi primera impresión.</p>
<p>—Soy Fabricio Lungaro, del diario&#8230; —empecé a presentarme. Pero Leónidas ya me había dado la espalda y se dirigía al centro del living, donde dos sillones enfrentados nos aguardaban separados por una mesita que sostenía una pila irregular de diarios y revistas.</p>
<p>—Pase y cierre la puerta —dijo sin mirarme. Después se acomodó en un sillón y me indicó que ocupara otro frente a él. Del piso levantó una botella de pisco, llenó el vaso, echó un trago largo y me miró.</p>
<p>—No tengo nada de tomar para convidarle. Y antes de empezar, me gustaría aclararle un par de cosas, muchacho —. Yo lo estudiaba con los ojos como dos huevos duros, me intrigaba su mirada inquisidora coronada por dos cejas tupidas como una escoba—. No me gusta que me rompan las pelotas. Ustedes los periodistas me dan asco, vienen a mi casa a ver si me pueden sacar información de las boludeces que hago, de mis excesos. Pero no les voy a dar nada. Quiero que lo sepa para que antes de preguntarme alguna estupidez, tenga en cuenta que la respuesta puede ser un ojo en compota. ¿Estamos?</p>
<p>Asentí, saqué mi instrumental con manos temblorosas, aclaré la garganta y dije lo primero que se me vino a la mente:</p>
<p>—Leónidas, yo no entendí sus libros.</p>
<p>Estaba apelando a una vieja técnica que me enseñó alguna vez uno de mis maestros. Si el entrevistado se cree una estrella, deje que sea él quien se haga la entrevista, después usted saca lo que necesita y al resto lo tira a la mierda. Advertí una mueca en el rostro de Velásquez. Pudo haber sido una sonrisa, pero no lo sé. Hizo una seña con la mano indicándome que continuara:</p>
<p>—Digo, es evidente que todas sus novelas, incluso sus cuentos, tienen como protagonistas a hombres. Nunca a las mujeres. De hecho, en ninguna de las historias (y mire que me las leí a todas) se habla bien de las mujeres. En ninguna se les atribuye mérito alguno. Eso me llamó la atención, y los cortes abruptos. Sus libros no tienen mujeres y tampoco tienen final —agregué.</p>
<p>Me miró de pies a cabeza. Después me preguntó algo que me descolocó por completo:</p>
<p>—¿Prefiere té o café?</p>
<p>Pensé en la pobre Fabiana, en cómo habría encarado ella la entrevista para motivar la reacción tan adversa de Velásquez. Seguramente, cosa que comprendí más tarde, Leónidas estaba cansado de escuchar a pseudo expertos que se sentaban en el living de su casa a explicarle qué era lo que él mismo había escrito. El ego de los autores puede ser enorme, pero ante la ingenuidad se desvanece como hielo en el agua.</p>
<p>Me tomé el café de un saque y en ese lapso él se bajó tres vasos de pisco sin pestañear ni una sola vez. </p>
<p>—Es un juego, señor periodista —empezó a explicar de repente—. Un juego macabro en el que todos me siguen la corriente. Los autores somos así. Pasa que algunos lo hacen explícito, como yo, y otros la juegan de cagones, como Vargas Llosa, o Bioy. Yo no me cago. Yo me pongo los guantes y lo cago a trompadas a usted, a García Márquez o a quien me pongan adelante.</p>
<p>—Eso explica los finales cortados, pero ¿qué pasa con las mujeres?</p>
<p>Leónidas prolongó un silencio pensativo antes de decir:</p>
<p>—La culpa la tuvo mi madre. </p>
<p>Ahora su mirada se perdía en la ventana. Sus ojos brillaban apenas. En ese momento, lo que más temí fue que Velásquez se quebrara. Hubiera significado el final de la entrevista. No se puede entrevistar a alguien que llora porque no se le entienden bien las respuestas.</p>
<p>—¿Su madre? —pregunté confundido.</p>
<p>—See, mi vieja —dijo ladeando infantilmente la cabeza—. Ella es la culpable también del quilombo que se armó en la presentación de <em>Tres razones por las que no voy a contestarte con una agresión, Mercedes</em>. Ella es la fuente de mi perdición y de mi inspiración.</p>
<p>—¿Cómo se llama su madre, Leónidas? —pregunté mientras tomaba nota en mi block.</p>
<p>—Mercedes —dijo cortante—. ¿Cómo mierda se va a llamar?</p>
<p>—Y usted dice que ella&#8230;</p>
<p>—Lo que yo digo es que a las madres no hay forma de dejarlas contentas. Nos rompen las pelotas todo el tiempo —antes de continuar adoptó una voz chillona—: &#8220;por qué no estudiaste medicina; por qué no te casaste con la hija de la Porota, por qué no te ponés camisa y corbata&#8221;. Mire, periodista, esa noche, la noche de la presentación, la tenía parada al lado, diciéndome lo que debía o no hacer. Esta vieja de mierda se piensa que soy un chico —concluyó antes de vaciar el vaso entero de pisco de un trago.</p>
<p>Ahora que lo mencionaba, el detalle de su madre era algo que se me había escapado por completo. En todas las fotografías podía verse a una señora que, ya fuera de pie, un paso más atrás o protagonizando un primer plano desenfocado, acompañaba a Leónidas como una sombra. Una madre corpulenta y rolliza, de rostro inexpugnable. Horrible, la vieja.</p>
<p>Velásquez era un hombre torturado, no un hijo de puta. Un hijo de su madre, tal vez. Una víctima. Sentí un poco de lástima por él mientras dejaba salir a la luz su versión de la noche de la presentación:</p>
<p>—&#8230; ya venía enculada en el auto. Poniendo jeta todo el viaje, criticándome por la ropa que me había puesto. A mi viejo le hacía lo mismo, y ahora que él se murió, a la bronca me la tira a mí. No paraba de decirme que el editor me estaba cagando, que los sanguchitos de miga eran feos. A cada rato venía y me traía un sánguche con los bordes medio doblados para arriba y me decía &#8220;mirá, tocá el borde, Leónidas, te-ca-ga-ron&#8221;.</p>
<p>—Qué jodido —acoté.</p>
<p>—¿Jodido? ¡Una tortura de la Inquisición! Esta vieja no entiende razones. Le pedí como cien veces que la terminara, que me dejara trabajar tranquilo, pero no, ella estaba empecinada en cagarme la noche. Así que, después de las palabras del editor que presentó el libro, cuando me fui a la mesita para firmar los ejemplares, ella vino y se paró a mi lado.</p>
<p>—Sí —dije—. Vi una foto donde usted firma los libros, es una señora de ruleros, ¿no?</p>
<p>—Esa misma —confirmó él.</p>
<p>No me atrevía a preguntar qué había pasado, pero intuía que me lo contaría de todas maneras, así que esperé. Me puse a tomar nota como dándole tiempo. Leónidas se había inclinado hacia delante, con los codos sobre las rodillas y los brazos cruzados, la cabeza le colgaba como a un perrito de juguete en la luneta de un taxi. Un hombre que se confesaba vencido ante un extraño. Era un momento mágico.</p>
<p>—El quilombo fue por las dedicatorias —soltó pasándose una mano por la nuca—. ¿Cuántas cosas originales y amables cree usted que se pueden escribir sin tomar un respiro y con alguien hablándote al oído? ¿Veinte? ¿Treinta? —preguntó retóricamente—. Yo llevaba autografiados más de ochenta libros con ella al lado diciéndome &#8220;ya pusiste Con cariño&#8221;», «Ya pusiste Con afecto». Por eso exploté.</p>
<p>—Por eso empezó a tirar los ejemplares&#8230;</p>
<p>—Estaba loco, muchacho. Y la mala suerte quiso que un librazo fuera a parar al ojo de la chica esa. Ahí se armó el quilombo del siglo.</p>
<p>Los diarios y revistas sobre la mesa estaban repletos de fotos de las hogueras. No hacía falta aclarar nada.</p>
<p>—Por eso, pibe, cuando me tildan de machista, yo me cago en la gente. Yo no creo que la mujer se tenga que quedar en su casa a lavar los platos, ¿mentendés? No, eso sería vulgar, trillado. Eso no es machista, eso es boludo. Mi machismo radica en que creo que los machos somos infantiles y que las mujeres, tal y como las concebimos, se aprovechan de eso. Soy un &#8220;machista renegado&#8221;, si quiere usted poner para que se entienda mejor —dijo inclinándose un poco sobre mis notas para ver si apuntaba el término.</p>
<p>—No entiendo en qué radica su machismo, Velásquez.</p>
<p>—Mire. De acuerdo al modelo que nos pone nuestra madre, no existe ni existirá jamás en la vida de dios una mujer que esté a la altura de las expectativas. Eso me ha obligado a descartar de plano la felicidad en mi vida. No me queda otra que hacer lo que hago y ser lo que soy, porque el juicio de mi madre está enquistado acá —dijo señalándose el pecho con el puño— lo tengo metido hasta el tuétano. No me lo saco ni con un <em>by pass</em>. </p>
<p>Su rostro constreñido por la furia no se condecía con el brillo de la lágrima que asomaba por su ojo derecho. Sus emociones contrastaban. Sentí lástima por él.</p>
<p>—¿Terapia? —pregunté, inocente.</p>
<p>—Las pelotas —contestó—. Los psicólogos son como los periodistas, o los críticos literarios, o los técnicos en computadoras. Una manga de cagadores del primero al último.</p>
<p>—¿Entonces usted no cree en el amor, Velásquez?</p>
<p>El autor vaciló.</p>
<p>—<em>El amor es un animal que ya no quiero domesticar</em> —dijo parafraseando el título de una de sus novelas—. Es un ensayo, muchacho. Un ensayo tramposo que se resume a la transacción de sentimientos en un determinado momento. Cuando encaramos a la gorda que quedó sentada sola en el baile, estamos ensayando el amor. Después de eso, más allá de eso, no hay nada.</p>
<p>Guardé silencio y él, ya sin mirarme, continuó:</p>
<p>—Yo tengo que simplificar las cosas. En mi vida, digo. En mis textos no. En mis textos me permito ser lo que no soy. En mis textos dejo que los clientes se enamoren de las putas, aunque sea por unos momentos.</p>
<p>Recordé entonces su cuento <em>Javier, me enamoré de una puta</em>. Una obra maestra.</p>
<p>—Si hay amor —continuó con los ojos inundados de lágrimas—, si realmente existe el amor, te aseguro que es una burbuja pequeña e inestable, efímera, que aguanta intacta sin reventarse no más de cinco minutos. Lo mismo que dura en promedio una paja, como para que lo entienda un tipo como vos.</p>
<p>Algo me hacía presentir que llegábamos al final de la entrevista, tal vez la forma en que Velásquez consultaba su reloj. Me animé a una última pregunta porque el grado de intimidad entre nosotros se había afianzado al ritmo vertiginoso con el que la botella de pisco se había vaciado. </p>
<p>Formulé la interrogación sin levantar la vista de mis notas. Otra técnica aprendida de mis maestros. Es como tirar la piedra y esconder la mano. Funcionó a la perfección:</p>
<p>—¿Ninguna mujer en su vida aparte de su madre, Velásquez?</p>
<p>Leónidas calló unos instantes. Resopló, como tomando fuerzas para su confesión:</p>
<p>—Muchacho, tengo cincuenta años y soy virgen. ¿Vos qué creés?</p>
<p>Levanté la vista del block esperando encontrar una sonrisa cómplice, pero en su lugar me di con un gesto de pesar que me inspiró compasión. </p>
<p>Lo decía en serio. Este hombre no había estado jamás en la intimidad con una mujer. Imaginé sus noches solitarias frente a las botellas, las llamadas telefónicas de su madre interrumpiendo con puntería afinadísima sus solitarias sesiones amatorias, las encamadas consigo mismo.</p>
<p>No contesté. </p>
<p>Salí de ahí dejando a un Leónidas Velásquez como nadie viera jamás, asustado; virgen; descompuesto por el pisco. </p>
<p>Me iba sin que la nota me importara tres carajos. Trabajar en Policiales era más fácil. La crónica dura es simple, &#8220;quién&#8221;, &#8220;qué&#8221;, &#8220;cómo&#8221;, &#8220;dónde&#8221;, &#8220;cuándo&#8221;. Nunca un &#8220;por qué&#8221;.</p>
<p>En Policiales las emociones no tienen un pedo que ver.</p>
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		<title>No somos nada</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/10/28/no-somos-nada/</link>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2009 03:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy se cumplen tres años de la trágica muerte de la Chancha Galíndez. Para algunos, un triste aficionado a las putas y a la bebida blanca; para otros, los que lo conocimos, un aficionado a las putas y a la bebida blanca, pero no una persona triste.
Hoy, que su risa es un estruendo que ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy se cumplen tres años de la trágica muerte de la Chancha Galíndez. Para algunos, un triste aficionado a las putas y a la bebida blanca; para otros, los que lo conocimos, un aficionado a las putas y a la bebida blanca, pero no una persona triste.</p>
<p>Hoy, que su risa es un estruendo que ya no aturde, queremos recordarlo con estas humildes líneas. Y sé que hablo por todos los muchachos del Club de Amigos de Ciudad Alina. Seguimos nosotros lamentando su irreparable ausencia con el mismo pesar con que renegamos de nuestras propias siglas.</p>
<p>¿Adónde van los buenos hombres? Si esa incógnita nos fuera develada, sabríamos por dónde no perder el tiempo buscándote, Chancha querida. </p>
<p>Estamos hoy reunidos frente a la placa de mármol que nos separa de los restos mortales del compañero de juerga, del compinche infatigable, del hermano que, hábilmente, podía chuparnos el aguinaldo con la promesa de una compensación que no llegaba nunca.</p>
<p>¿Por qué, dios, eliges con crueldad y nos privas de la presencia de aquellos que en vida nos daban esporádicas alegrías?</p>
<p><span id="more-3231"></span>El calendario es una excusa de trescientos sesenta y cuatro días que anticipan este compromiso ineludible que cada año nos convoca: y se repite el calor insoportable, el puño apretando flores mustias, la caminata desganada por el cementerio, cuya cuota tenemos que pagar a pesar de los avatares de la economía.</p>
<p>Chancha querida, quisiste cambiar el mundo y no te dejaron. Corriste la suerte de los que tienen el corazón grande y caíste fulminado por un infarto miocardial que te arrebató de nuestro lado. Los aquí presentes jamás olvidaremos lo peligrosa que resulta la mezcla del asado, el vino, el fútbol y el sobrepeso a la siesta. </p>
<p>Ese es tu legado. Ese, y la tremenda deuda que le dejaste a tu familia.</p>
<p>Los Galíndez que te sobreviven y que hoy corren por la vida negando tu apellido ante la insistencia de los acreedores, no supieron comprender tu sensibilidad artística. Tu mujer, &#8220;la gorda&#8221;, no ha dejado un día de recordarte con los ojos transidos por lágrimas de amargura, ni de apretar los dientes con locura cada vez que una carta documento se desliza por debajo de la puerta. Nos bastan sus insultos viajando por el barrio en gritos entrecortados para saber que, de alguna manera, estás todavía con nosotros.</p>
<p>Y sin embargo no alcanzan, Chancha querida, estas pinceladas para pintar de cuerpo entero tus ciento treinta kilos de ternura petrificada. Del hombretón poco agraciado que fuiste sólo queda la vaga sensación de habernos herniado acompañándote hasta tu última morada, hermanados en una comunión de sobreesfuerzo con manija.</p>
<p>Si existe un destino para los grandes, sabemos que hacia él te diriges ahora, aturdido como siempre por tu borrachera crónica, mascullando quejas ininteligibles, haciendo gala de tu recurrente malestar para con las convenciones preestablecidas.</p>
<p>Solías decir con gesto adusto que te pasabas por el quinto forro de las pelotas todas las leyes del hombre, y también las divinas. Creímos que eras invencible, Chancha querida. Tus mejillas enrejadas de sudor, tus manos regordetas barajando cheques voladores, tu agenda mentirosa, tu afición por las apuestas. ¿Qué somos los hombres sino una negación de la fatalidad? </p>
<p>Hoy se cumplen tres años de la trágica muerte de un amigo. Con los pulmones alquitranados por la pasión tabacal, tu voz estruendosa todavía nos repica en los oídos las enseñanzas de un hombre que lo dio todo en lupanares y ruletas. Nos enseñaste el valor del desprendimiento ajeno, el facilismo del préstamo para saldar las deudas, las bondades del fiado y del chiquitaje.  </p>
<p>Tus amigos, Chancha querida, seguiremos aguardando el momento místico de un reencuentro con tu rostro ahora angelical, coronado de laureles. Este mensaje es la pausa que nos permitimos anticipando la música de tu arpa, que nos llamará para reencontrarte. </p>
<p>Sabemos que pasarte a una fosa común quizá pueda entenderse como un acto desleal, pero creemos en el poder del discurso de la Biblia, donde el polvo va al polvo y donde no hay versículo que contemple el aumento inminente sobre el costo de mantener un nicho. </p>
<p>¡Cómo duele descubrir que la fe no siempre alcanza! </p>
<p>Donde quiera que estés, salud, Chancha querida. Aquí nos damos cita por última vez para renovar los votos de nuestra amistad. </p>
<p>Nos vamos ahora que ya viene esta gente de mameluco, de regreso a nuestras vidas, absolutamente convencidos de que, en nuestro lugar, habrías hecho lo mismo. </p>
<p>Con premeditación y alevosía.</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Formas de subir a un escenario</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/10/11/formas-de-subir-a-un-escenario/</link>
		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2009/10/11/formas-de-subir-a-un-escenario/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 12 Oct 2009 01:57:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://revistapeinate.com.ar/?p=3324</guid>
		<description><![CDATA[Hace poco tuve oportunidad de presenciar un recital de una banda consagrada y una obra de teatro que comenzó recientemente. En Carnestolendas me sentí Darío Grandinetti en una película de Almodovar; en The Wailers me sentí desolado como China Zorrilla en medio de un pogo. Dos formas distintas de subirse a un escenario.
No me gusta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco tuve oportunidad de presenciar un recital de una banda consagrada y una obra de teatro que comenzó recientemente. En <em>Carnestolendas </em>me sentí Darío Grandinetti en una película de Almodovar; en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/The_Wailers" target="_blank"><em>The Wailers</em></a> me sentí desolado como China Zorrilla en medio de un pogo. Dos formas distintas de subirse a un escenario.</p>
<p>No me gusta escribir sobre espectáculos porque me siento más cómodo hablando de sensaciones y no de &#8220;acting&#8221; o &#8220;puesta&#8221; o &#8220;intención performática&#8221; (todos términos que me parecen bastante boludos y que desconozco qué significan); me queda tenso el cuero como para hacer críticas, así que me inclino por hablar de <em>Carnestolendas</em> haciendo de cuenta que estamos al pedo en un bar ruidoso chupándonos un café reconstituyente.</p>
<p><span id="more-3324"></span><strong>En carne propia<br />
</strong>De vez en cuando, me decía a mí mismo en la oscuridad de la sala del subsuelo del Teatro Real, esta ciudad brilla. <em>Carnestolendas </em>es la prueba más evidente, me decía. Y ya sabía que cuando tuviera tiempo, me iba a sentar a escribir sobre lo importante que es decir que en Córdoba, por veinticinco pesos, podés ser abducido por un carnaval de crudeza movilizadora.</p>
<p>Sobre nuestras cabezas esa noche, Piñón Fijo hacía gritar a los niños en la sala grande del Teatro Real, mientras ahí abajo nosotros nos repartíamos en un espacio pequeño e íntimo, una sala menor pintada de negro en la que me acomodé en el suelo (como hubiera hecho Grandineti, vamos) para ver qué es ese fenómeno del que está hablando tanta gente: <em>Carnestolendas</em>, una ensoñación doliente, una lluvia de lágrimas, risas y sangre; una reseña agridulce de sentimientos escritos a golpes en el pecho.</p>
<p>Lo primero que salta a la vista cuando Camila gana el escenario es que difícilmente otro artista en esta ciudad pueda tolerar semejante esfuerzo físico sin caer infartado antes del cuarto de hora. Camila es, antes que nada, una potencia arrolladora de ternura y ferocidad desdoblándose frente a una platea asombrada.</p>
<p>Mientras su cuerpo rebota contra las columnas y su cabeza gira en ángulos imposibles para recitar a Lorca o para remedar la voz de su padre, no se puede pestañear. Una actriz que se deja caer al suelo, se arrastra como una septuagenaria, luego salta hacia una pared y queda con el cuerpo apuntalado en diagonal para seguir despachando parlamentos furiosos. El teatro, entiendo ahora de grande, es vitalidad.</p>
<p>A mi fantasía erótica de ponerle un texto a Marcel Arbach en la mano para que le dé vida a los papeles sobre un escenario, ahora se suma una obsesión pequeña y pretenciosa, que es poner a Camila Sosa Villada también sobre las tablas. ¡Cómo me gustaría saber escribir obras para esta gente!</p>
<p>Si algo me gusta de esta ciudad es que a veces irrumpen argumentos indiscutibles para rebatir esa máxima boluda de que &#8220;en Córdoba no se puede hacer nada&#8221;. Los que vivan bajo esa premisa, los que esgriman esa excusa para justificar la paja paralizante, vayan al teatro.</p>
<p>Me da una felicidad enorme saber que estoy viviendo un momento tan alucinante en mi provincia, caminando las mismas calles que Camila, que Marcel, que Marull, que tantos otros grandes artistas emergiendo desde las sombras con semejante fuerza de voluntad.</p>
<p>Es mi deber como espectador bañarlos con aplausos, palmearles los hombros, respetarlos y recomendarlos por el laburo que hacen contra la corriente y contra la mediocridad. Ellos cada noche, con sus vestuarios modestos, con sus vocaciones al palo, están tirando de la punta de un ovillo para desenredar la mentira: es posible hacer cosas de calidad.</p>
<p>Celebro que haya gente como ellos enseñándome que vale la pena apostar. Vayan al teatro los que no crean. Por 25 pesos se puede comprar un cachito de esperanza y un trago balsámico de felicidad.</p>
<p style="text-align:center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/10/camila.jpg" alt="" width="500" height="357" /></p>
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		<title>Peterodáctilo</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/10/07/peterodactilo/</link>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2009 02:42:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[“Para la mierda mejor Córdoba que Berlín”, piensa el pelado Morga. Ha ido hasta Alemania a recibir un premio literario por su libro Peterodáctilo, una nouvelle erótica protagonizada por un grupo de la tercera edad que quiere producir una película condicionada. Por insistencia de un amigo periodista imprimió tres copias, las anilló y las mandó [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Para la mierda mejor Córdoba que Berlín”, piensa el pelado Morga. Ha ido hasta Alemania a recibir un premio literario por su libro <em>Peterodáctilo</em>, una nouvelle erótica protagonizada por un grupo de la tercera edad que quiere producir una película condicionada. Por insistencia de un amigo periodista imprimió tres copias, las anilló y las mandó a cruzar el océano. Un mes después está tomándose un cortado espumoso en Europa, esperando impaciente la ceremonia de premiación.</p>
<p>Isidro Morga, “cabeza de rodilla afuera del agua” para los amigos, es la promesa foránea. Un sudamericano dando el batacazo en tierras teutonas.</p>
<p>Todavía no ha terminado de redactar los agradecimientos. Está en el bar frente a una hoja en blanco, mordiéndole el capuchón a una lapicera, intentando decidir qué hacer. Su profesora del taller literario solía decirle que cuando la falta de ideas empieza a ahogarnos, no hay mejor salvavidas que la ironía.</p>
<p><span id="more-3355"></span>Aunque desconfía de lo que podrán hacer con sus palabras los traductores, garabatea algunos chistes pavotes para romper el hielo. Piensa que tal vez pueda arrancar diciendo:</p>
<p>—Quiero compartir este premio con mis viejos: yo trabajo de enfermero en un geriátrico y vivo rodeado de gente querida de la tercera edad.</p>
<p>El pelado golpea la mesa con la birome y se muerde el labio. El chiste es muy boludo, pero no se le ocurre nada más. La culpa, entiende ahora, es de la moza, una alemana de gran porte con un escote violentamente pronunciado que se pasea por las mesas bamboleando sus dotes sobre las tazas mientras limpia las miguitas y levanta los pocillos. El capitalismo salvaje al servicio del comercio con el vil metal, una jovencita condenada a exhibirse en una cafetería.</p>
<p>El pelado vuelve a la hoja y anota:</p>
<p>—Quiero compartir este premio con mis padres, que ya no están… partieron a un viaje que tenían programado desde hace dos meses.</p>
<p>La moza llega hasta su mesa y le hace señas para saber si está todo bien, si le hace falta algo.</p>
<p>—<em>Another</em> <em>coffe</em> —responde el pelado sonriendo nervioso.</p>
<p>—<em>Ok </em>—dice ella</p>
<p>El pelado piensa en una frase de su amigo cordobés, el gordo Bocio, que decía que cuando te encontrabas con escotes como esos, te daban ganas de estacionar la bicicleta. Haciendo un esfuerzo y obviando su respiración entrecortada, Morga vuelve sobre sus papeles:</p>
<p>—Y no puedo olvidarme de agradecer a mis compañeros de trabajo, los muchachos de la fábrica de recarga de matafuegos, que siempre hacen su laburo bajo presión.</p>
<p>Vuelve la moza. Deja la taza con un bizcochito y aprovecha para pasar el trapito enérgicamente por la mesa, produciendo una marea cárnica descontrolada debajo de su mentón. Es como presenciar una batalla entre dos planetas de gelatina. Al pelado le pesa la culpa y el instinto. Con asombro se oye a sí mismo decir:</p>
<p>—Agradecé que no tengo bicicleta.</p>
<p>La moza levanta la vista y le dedica una sonrisa. El pelado se ha puesto colorado como un semáforo en la madrugada. El subconsciente obra de maneras misteriosas.</p>
<p>—Yo hablo un poco de español —dice ella—. Espera que dejo estas cosas y vuelvo, amigo.</p>
<p>El pelado ve al mujerón alejarse hacia la barra. Su frente perlada de sudor es un indicio claro de que en este momento, el premio, el libro, los agradecimientos, todo importa tres carajos. Debajo de su calva lasciva bulle el eco de un español robótico que dice una y otra vez:</p>
<p>—<em>Espera que dejo estas cosas y vuelvo, amigo</em>.</p>
<p>Rápidamente el pelado ensaya posibles temas de conversación. De Alemania sólo sabe que en una época estaba llena de nazis, pero pará de contar. Es como si le preguntaran por España, que para él es una fábrica de chistes de gallegos, o por África, el lugar al que siempre van de viaje los fotógrafos de la National Geographic.</p>
<p>La conversación con la alemana viene medio complicada. ¿Y si le cuenta que está acá para recibir un importante premio literario? El pelado está confundido, aturdido, Alemania adolece, entre otras cosas, de una ausencia de fauna cordobesa en los bares. No hay vendedores ambulantes, no hay floristas, no hay muchos temas de conversación. Los desayunos son una ceremonia plástica y fugaz en la que los parroquianos buscan el calor de locales minimalistas para sacarse los abrigos y empinar unas tazas de café con gusto metálico para salir corriendo de vuelta a la calle. A nadie se le ocurre entablar conversación con un desconocido.</p>
<p>El pelado lamenta que esta oportunidad no se le dé en su provincia natal, donde a cada rato un vendedor ambulante encalla en la mesa. A veces son los pendejitos que andan repartiendo boludeces del día de los enamorados; tarjetitas llenas de ositos, frases melosas y citas&#8230; Y otras son unos flacos de traje que venden perfumes. El Coco Barzola solía decir que los perfumistas esos eran todos de la secta Moon y que los mandaban a vender perfumes al centro para que aprendan el difícil arte de la argumentación:</p>
<p>—Te vas a cansar de decirles que no y a los flacos no se les va a mover un pelo —decía el Coco—: se están entrenando para aprender a no aflojar con la herramienta de venta. Vendiendo perfumes aprenden a no desmoralizarse cuando tengan que reclutar más gente para la secta. Son de fierro y tienen una voluntad inquebrantable.</p>
<p>Pero acá no había perfumistas, no había tarjetitas para enamorados y no abundaban los argumentos boludos que abonan la charla casual. Qué podía decir, ¿qué loco el tiempo? El pelado estaba solo en un país con carteles escritos con sobreabundancia de consonantes, un lugar en el que a cada rato le preguntaban si era cierto que en su país lavaban los autos con agua potable.</p>
<p>El capuchón de la lapicera estaba prácticamente destruido, mellado por todas partes bajo el peso de los dientes que lo roían con nerviosismo. Tenía las patas en suelo germano por el dinero, esa era la cruda verdad.</p>
<p>El reflejo del gran espejo que domina una de las paredes del bar le devuelve una versión suya encorvada, abatida y ojerosa. Desde su interior reverbera una descompostura de vientre producida por la ingesta de una cantidad industrial de chucrut que le han hecho tragar en las últimas doce horas.</p>
<p>—Estos alemanes le ponen chucrut a lo que se les cruza —le relató el pelado a su amigo periodista en una conversación telefónica—, es más raro que la mierda estar acá —dijo antes de colgar.</p>
<p>La visión del mujerón acercándose a su mesa interrumpe sus cavilaciones y lo trae a la realidad. Ahora se encuentra ante una disyuntiva, porque toda la energía que está poniéndole a la redacción de esos agradecimientos se ve redireccionada hacia la posibilidad de echarse un polvo como dios manda.</p>
<p>En su cabeza rebota otra máxima del Coco:</p>
<p>—Las alemanas culean sin problemas. Eso pasa con la mayoría de las minas en los países fríos, se cagan tanto del embole que se dedican a garchar. Con la misma naturalidad con la que vos te prendés un faso, ellas <acronym title="Regionalismo: pegarle al perro=tener una relación sexual" lang="es">le pegan al perro</acronym>. Si vas a Alemania y no la ponés, sos un trastornado mental.</p>
<p>Así que ahí está el pelado con la cabeza como una moto, cuando la moza llega junto a él y lo invita a que vayan a pasear. </p>
<p>Todo empieza con una caminata por una calle aburridísima, él desenrrollando los hilos de una argumentación clara y coherente que le garantice una encamada decente, ella riéndose desfachatadamente y enroscándole un brazo con el suyo.</p>
<p>Todo va bien. Morga empieza a fanfarronear:</p>
<p>—Y entonces me presenté al premio y me lo gané y acá vine a cobrar.</p>
<p>Dos cuadras más adelante ella lo arrincona contra una vidriera donde se exhiben carteras y botas como de montar y le come la boca. Es un beso que empieza frío a medida que los labios se frotan y se humedecen. La lengua del pelado busca el pliegue que hay entre el labio y la encía, donde la baba está fresca y da la sensación de lamer un metal. Ella lo muerde apenas y lo abolla con el peso de sus tetas. El pelado deja caer las carpetas y busca los cachetes del culo debajo del anorak.</p>
<p>—Main escriturcito —dice la grandota y el pelado le trae la cintura hacia adelante, para que lo sienta palpitar.</p>
<p>Como dos siameses borrachos y calientes, entran en un hotel discreto y se desvisten con prisa, tironeando de las prendas. Camisa, buzo, musculosa: todo parece resistirse a dejar la piel hirviente que se busca explorar. Las botas se convierten en un breve dilema que resuelve ella, más por instinto de conservación de los miembros que por mostrarse servicial. El pelado bufa, muerde, araña y cachetea sin piedad. Ella le corresponde los besos con la punta de una lengua rígida que sabe a vicios permitidos y a necesidad.</p>
<p>Van por más. Se giran uno al otro en la cama, se cambian de lugar, sus cabezas van buscando curvas, lugares para lamer y succionar.</p>
<p>Media hora después, fuman. En la mesa de luz los papeles del pelado brillan con la intensidad del compromiso que apremia.</p>
<p>—Te voy a contar una cosa, corazón —dice el pelado en tono de confidencia. </p>
<p>La alemana, concentrada en sacarse una cascarita de la rodilla, murmura un desinteresado <em>ya</em>, pero no le da mucha bola.</p>
<p>—A la novela no la escribí yo —dice Morga.</p>
<p>—Mein escriturcito —responde ella con una sonrisa tonta y sin voltearse para mirar.</p>
<p>El pelado se ríe por lo bajo y trae las hojas hasta su pecho. Se da vuelta para admirar el cuerpo que tiene a su lado, la piel blanca, los pezones turgentes, las caderas anchas y tentadoras, rematadas por un culazo monumental.</p>
<p>—Vos no entendés un sorete de lo que yo hablo, ¿verdad?</p>
<p>—Dónde queda la baño, ¿por favor? —responde ella con gesto pícaro, como anticipado un tercer round.</p>
<p>—Se la afané a un viejito del geriátrico —agrega el pelado antes de acomodarse el pito, que le arde como si lo tuviera metido en sal—. Vos no sabés ese pobre viejo con Alzheimer lo que la va a buscar .</p>
<p>—¿Pinchila? —pregunta la alemana.</p>
<p>—&#8230; pobrecito el viejo, lo que la va a buscar.</p>
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		<title>Amanecer con llovizna</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/10/03/amanecer-con-llovizna/</link>
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		<pubDate>Sat, 03 Oct 2009 05:49:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[De bien que vienen, su mujer estira una mano y le da un tirón fuerte en la oreja. Alfonso la mira y sonríe. El auto avanza por una avenida desierta al amanecer, perdiendo colores bajo una cortina de llovizna. Ella lleva una falda corta y las piernas cruzadas enfundadas en medias de red. A él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De bien que vienen, su mujer estira una mano y le da un tirón fuerte en la oreja. Alfonso la mira y sonríe. El auto avanza por una avenida desierta al amanecer, perdiendo colores bajo una cortina de llovizna. Ella lleva una falda corta y las piernas cruzadas enfundadas en medias de red. A él le gustan sus zapatos, la curva del pie arqueado por el largo del taco. </p>
<p>—¿Y eso? —dice él frotándose el lóbulo. </p>
<p>—Por hacerte el vivo con la pendeja —responde ella. </p>
<p><span id="more-3342"></span>Alfonso vuelve a sonreír y resopla. Por la línea de su mandíbula, junto al cuello, baja un hilo finísimo de sangre. Greta se le queda mirando. El velocímetro pasa los ochenta y el cielo truena. Tal vez llueva más fuerte. </p>
<p>—¿La rubia? —pregunta él haciéndose el distraído. </p>
<p>—Claro que la rubia, Alfonso. Por poco no saltaste todo lo largo del salón para servirle vino. Estabas caliente como un animal, parecías un mono. Un mono alzado —dice ella y se acomoda el escote antes de volver a mirar hacia donde parpadean los semáforos. </p>
<p>—Bueno, me gustaba, sí. </p>
<p>—Dijimos que este año íbamos a parar un poco, Alfonso. </p>
<p>Él sonríe y desliza las manos por el volante. Le dedica una mirada y asiente en silencio. </p>
<p>—¿Y eso? —pregunta ella. </p>
<p>—Que vos también estabas caliente, Greta. Te conozco, la forma en que escuchás a las personas que te atraen, cómo fruncís el ceño cuando te cuentan algo intrascendente y exagerás el interés. </p>
<p>—Yo no&#8230; —empieza a decir ella. </p>
<p>—Te lo querías coger al de la campera negra, mujer.</p>
<p>Esta vez Greta suelta una risa pícara y se pasa las manos por las piernas. Le gustan estos juegos, sin ellos, el tiempo en pareja se convierte en una condena. </p>
<p>—¡Tenía unos ojos verdes muy intensos, una boca que parecía pulpa de cerezas y entre las piernas seguro le flameaba una manguera!</p>
<p>Alfonso también ríe. </p>
<p>—Deberíamos haberlos invitado a casa —dice—. No estoy tan cansado, un poco de ejercicio viene bien. </p>
<p>—Una buena revolcada a la mañana…</p>
<p>—Un rato vos con él, un rato vos con ella. </p>
<p>—Podríamos habernos filmado. </p>
<p>Los dos guardan silencio. Alfonso se aprieta la bragueta del pantalón, donde una erección empieza a ganar lugar. </p>
<p>—Hace tanto que te conozco, Alfonso —dice ella al tiempo que saca un papel de la cartera. Hay dos nombres y dos números de teléfono anotados. </p>
<p>—¿Son?&#8230;</p>
<p>—Los invité a cenar mañana. Hoy mejor descansemos y recuperemos fuerzas. </p>
<p>Él sonríe otra vez y la mira. Le gusta que con el tiempo hayan conseguido esta mecánica tácita para resolver el eterno problema de aburrirse hasta lo impensable. Ella separa las manos en paralelo y mide treinta centímetros de aire ensayando un gesto de sorpresa. Se quieren. Los relojes no les han barrido el humor ni la impertinencia. </p>
<p>La primera vez que compartieron la cama. ¿Fue con la chica de la taberna? ¿Era ella la que lloraba cuando la hacían acabar con la lengua? Muchas escenas mezcladas, imposible darse cuenta. </p>
<p>Absorto en sus pensamientos, Alfonso desatiende el volante que se tuerce levemente hacia la derecha. Basta ese mínimo desliz para que la rueda golpee el cordón y el auto pierda el control. Greta pone una mano instintivamente en la ventana y la otra sobre la guantera. No puede parar de reírse mientras su marido cachetea el timón para recuperar el control. </p>
<p>El auto cambia bruscamente de carril y sube dos ruedas a la vereda, cuando regresa a la avenida, patina sobre el asfalto mojado, se pone de costado y vuelca. Como un jabón sobre baldosas húmedas, el coche va rebotando contra los cordones, perdiendo los espejos, las tazas, las escobillas del parabrisas, los cuerpos de ellos en el interior se sacuden con violencia. El ruido de vidrios que estallan por los golpes y el peso de las chapas que se doblan y chispean dura pocos segundos. A cien metros el vehículo choca una columna de alumbrado y queda junto a un cantero. </p>
<p>Una nube de polvo flota sobre los hierros retorcidos. Las cuatro puertas están abiertas. </p>
<p>Greta es la primera en recobrar el conocimiento. Tiene algunos mechones de pelo pegados con sangre a la frente que ahora es una franja de carne descubierta. Algunas fracturas expuestas emergen entre rosetas de piel desgarrada sobre sus piernas. Un tajo profundo y oscuro le dibuja dos labios largos y finos que comienzan en la sien, le cruzan la mejilla derecha y se pierden bajo el mentón; se pueden ver tramos de hueso limpio y muelas desnudas entre los colgajos. Intenta hablar y tiene que escupir algunos dientes para que las palabras no se le enreden. </p>
<p>Alfonso tiene la cara hundida sobre los restos del tablero y se queja. Ella lo llama dos veces antes de que reaccione y empiece a incorporarse. Algunos hilos gelatinosos de sangre parecen querer retenerlo sobre los plásticos partidos, pero por fin se reclina en el asiento. La nariz se le ha movido de lugar y en la frente la piel forma un cuenco donde ahora el hueso fracturado ya no tiene forma. Uno de sus ojos se ha hundido también, confiriéndole al rostro una apariencia perturbadora. Es como si toda la cara de Alfonso estuviera fuera de registro. </p>
<p>—¿Cuánto hace… —murmura Greta—… que tenés auto, Alfonso?</p>
<p>Él tose antes de responder. Una lluvia de gotitas de sangre salpica los cristales cuadriculados. Tiene algo clavado entre las costillas y necesita acomodarse mejor para poder hablar. No puede ayudarse con las manos, las dos muñecas se le han roto y uno de sus hombros está dislocado. </p>
<p>—El primer auto que tuve —vuelve a toser— fue un Ford T. </p>
<p>Greta ríe con dificultad. Las mangueras del motor sisean. </p>
<p>—Estás muy gracioso con las manos así colgando. </p>
<p>Alfonso se limpia la boca con el puño de la camisa y empieza a reírse también. Pronto los dos ladran carcajadas intercaladas con quejas. De todas sus heridas brota sangre oscura, parecen dos marionetas en una imitación grotesca del interior de un auto, con las butacas congeladas a medio camino de darse vueltas y el tapizado desprendido del techo en lonjas. </p>
<p>—¿Nos pondremos bien para mañana? —pregunta él. </p>
<p>Ella se agacha y recoge del suelo el papel con los teléfonos. Se relame los labios partidos. </p>
<p>—Sí, Alfonso. Para coger siempre nos ponemos bien.</p>
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		<title>Un asadito con Richard Stallman</title>
		<link>http://revistapeinate.com.ar/2009/08/23/un-asadito-con-richard-stallman/</link>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 07:09:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>
		<category><![CDATA[Richard Stallman]]></category>

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		<description><![CDATA[Entre todas las cosas que podría haberme propuesto hacer este año, sentarme a comer un asado con el gurú del software libre no figuraba en la lista. Pero a veces Córdoba se disfraza de cadena de azares y terminás esquivando los semáforos a las apuradas para llegar antes de las nueve a una cena en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre todas las cosas que podría haberme propuesto hacer este año, sentarme a comer un asado con <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Stallman" target="_blank">el gurú del software libre</a> no figuraba en la lista. Pero a veces Córdoba se disfraza de cadena de azares y terminás esquivando los semáforos a las apuradas para llegar antes de las nueve a una cena en Villa Allende.</p>
<p>Vas tranquilo; sabés de antemano que es al pedo llevar la cámara de fotos y el grabador, la invitación es estrictamente gastronómica y para las preguntas está <a href="http://ccec.org.ar/2009/08/richard-stallman-los-pies-sobre-la-tierra/" target="_blank">la conferencia que dará al día siguiente</a>.</p>
<p>Resulta extraño, luego de repasar tanto material para armar una entrevista, ver a Stallman sin el loguito de <a href="http://www.youtube.com/watch?v=L5yqbvvvDuk" target="_blank">Youtube</a>, sentado frente al teclado pequeño de una portátil, armando un mail en indonesio. Está de perfil, enmarcado por el quicio de una puerta, en patas, y con los mismos colores de ropa que devuelven las páginas de consulta cuando tipeás su nombre.</p>
<p><span id="more-3156"></span>—Por fin he podido escribir un mail en <em>indonisho</em> —anuncia cuando sale al patio.</p>
<p>Entre los presentes hay una camaradería que se sostiene sobre los pilares de la admiración y de la ansiedad. Stallman, indiferente a esas boludeces, anda en medias por la casa y conversa en perfecto español. No sé cuántos idiomas habla este tipo, pero es admirable para los que, como yo, de pedo nos defendemos con el castellano.</p>
<p>Tengo un vino en la mano y un montón de preguntas pavotas en la cabeza. Ensayo formas de encararlo y que no se noten mis estrategias de curiosidad. Me gustaría saber qué piensa sobre trabajar en lugares como Argentina, donde hay que lidiar con tantas cosas que en su país no pasan, con colegas a quienes los sacás de las convenciones y se largan a llorar en tu regazo.</p>
<p>Fumo y pienso, pero no se me ocurre nada así que me callo. Ya habrá tiempo para la entrevista.</p>
<p>—<em>Todos ústedes han élehido suicidagrse</em> —nos dice a los que tenemos cigarrillos en la mano.</p>
<p>Decido hacer lo que mejor me sale, que es mirar y no abrir la boca. Lo veo enfrascarse en una discusión mínima sobre cómo serían los números del uno al diez en código binario, lo veo ir a buscar lápiz y papel y anotar después una columna llena de ceros, unos y menos unos. Lo veo rascarse la barba, acomodarse el pelo.</p>
<p>Tiene mucho pelo y me dan ganas de traerle mi computadora para que me formatee un disco.</p>
<p>El tipo se ha pasado un montón de años cascoteando teclados, destripando programas, buscando la forma de torcerles el brazo a las convenciones. Bien o mal, se ha convertido en el padre de una generación de informáticos buena onda, de tipos barbudos y taciturnos que, encorvados frente a un monitor, trabajan hundiendo las manos en las profundidades de un lenguaje que no comprendemos la mayoría de los humanos, para arrancarle los secretos a la mezquindad.</p>
<p>Es un objetivo noble, me dijo un amigo; hay que respetarlo.</p>
<p>Hasta los que no entienden un pomo de programación o software libre saben que hay un chabón que se llama Stallman. Stallman, <a href="http://ccec.org.ar/2009/08/richard-stallman-los-pies-sobre-la-tierra/" target="_blank">el hombre del discurso revolucionario</a>, el soñador un poco loco a quien se le atribuye la responsabilidad del dolorón de cabeza de empresas grandes como <a href="http://www.microsoft.com/" target="_blank">Microsoft</a>.</p>
<p>Estamos a punto de sentarnos a comer un pedazo de vaca. Lo tengo silla de por medio con el dueño de casa y me cuelgo tomándome unos vinazos, observándolo sin que se note. La cena es un repaso dilatado de temas como la libertad, la educación, los diarios, los gustos culinarios. RS mira a los presentes con sus ojitos pequeños, escucha con atención, se mete un bollo de ensalada y repite a cada rato:</p>
<p>—No, no entiendo, no escucho, habla más fuerte.</p>
<p>Lo dice con un tono metálico que resulta muy simpático.</p>
<p>El asador nos pone frente a las narices una batería de cortes riquísimos que el invitado estudia con atención.</p>
<p>—¿<em>Kidney</em>, Richard? —le preguntan. El gesto de Stallman se completa con un rechazo enfático a cualquier órgano (riñón y mollejas).</p>
<p>—Prefiero músculos jugosos —aclara.</p>
<p>Extraña manera de referirse a un asado.</p>
<p>Media hora y cuatro kilos más tarde, estoy otra vez camino a mi casa. Vengo embondiolado, lleno de vino, pensando en su apretón de manos, en el cholulismo adoctrinado.</p>
<p>Acabo de cenar con Richard Stallman. <em>Happy Hacking</em>, macho.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>No pensé que iba a reírme tanto</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Aug 2009 15:03:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Presentación de Peinate vol. II + La irrupción&#8230;
Córdoba, 12 de agosto de 2009.
Llego cansado, ansioso, con una acidez monacal. En medio del patio del España Córdoba, el mejor lugar de esta ciudad para presentar un libro, está parado, en vivo, Marcel Arbach. Me mira. Sonríe. Resume su ímpetu colaborativo y su pasión actoral con una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Presentación de Peinate vol. II + La irrupción&#8230;<br />
Córdoba, 12 de agosto de 2009.</em></p>
<p>Llego cansado, ansioso, con una acidez monacal. En medio del patio del <a href="http://ccec.org.ar/2009/08/playo-reversible/" target="_blank">España Córdoba</a>, el mejor lugar de esta ciudad para presentar un libro, está parado, en vivo, Marcel Arbach. Me mira. Sonríe. Resume su ímpetu colaborativo y su pasión actoral con una invitación indeclinable:</p>
<p>—¿No te chuparías una regia cerveza como para empezar?</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/primera_presentacion_finadi.jpg" alt="" /></p>
<p>Me digo a mí mismo que organizar estas cosas es parafrasear mentalmente a Tu-Sam: &#8220;puede fallar; puede fallar&#8221;. <em>Naturally born cagón</em>.</p>
<p><span id="more-3071"></span>Marcel sonríe como sólo te sonríe un Arbach. Él es sirio y yo libanés. En ningún momento nos preguntaremos qué carajo hacemos en esta Córdoba circular, tan lejos de los desiertos y los camellos, parados como dos boludos junto a un aljibe.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:5px;border:1px dotted #cccccc;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/incertidumbre_finad.jpg" alt="" align="left" />Los turcos vamos por el mundo haciendo lo que nos sale de los cajones, comiendo kebbe y buscando contagiarnos de alegría. Marcel ve subir la espuma de su vaso y ni bien chocamos los cristales, ya tenemos en claro que la actitud de esta noche tiene que ser disfrutar. Nada de andar pateándose las penas y las frustraciones. Disfrutar-disfrtuar. Los libros con los que soñamos, las obras que montamos, todo gira sobre su propio eje y sale a buscar su público con las tintas calientes, con las tablas calientes, con ganas de contagiar (<em>en la imagen, Marcel y yo apoyándonos mutuamente en un caño</em>).</p>
<p><strong>Llegan los zombies.</strong></p>
<p>Tengo ganas de decirle a Marcel que deberíamos buscar un Plan B por si la gente, en lugar de reírse, empieza a llorar. Tengo ganas de decirle que corremos el riesgo de recibir, en vez de aplausos, algunos sostenidos &#8220;aammmm&#8221;. O gallos. En mi cabeza gotea con fuerza el grifo de la incertidumbre, son gotazas de adrenalina estrellándose contra mi paladar, y los zombies, cuyos nombres intentaré listar sin pifiar, se empiezan a cambiar:</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006846.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2341" title="zombies_cambian_7006846" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006846.jpg?w=150" alt="zombies_cambian_7006846" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006847.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2341" title="zombies_cambian_7006846" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006847.jpg?w=150" alt="zombies_cambian_7006846" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006848.jpg"><br />
<img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2341" title="zombies_cambian_7006846" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006848.jpg?w=150" alt="zombies_cambian_7006846" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006849.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2341" title="zombies_cambian_7006846" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/zombies_cambian_7006849.jpg?w=150" alt="zombies_cambian_7006846" width="150" height="112" /></a></p>
<p><strong>Let the poor zombie be</strong><br />
Los actores van a mezclarse con el público&#8230;</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_000.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_000.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_008.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_008.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_006.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_006.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_001.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_001.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_014.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_014.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_018.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_018.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_001.jpg"></a></p>
<p>Brotan del aljibe y se sientan&#8230;</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_015.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_015.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_016.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_016.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_017.jpg"><br />
<img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_017.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_007.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_007.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a></p>
<p>Proponen armar un cadáver exquisito (poema con frases escritas por los presentes):</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_002.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_002.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_004.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_004.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_010.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_010.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_011.jpg"><br />
<img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_011.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_012.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_012.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_006.jpg"> </a></p>
<p>En este punto, yo sudaba. Marcel, un hombre sin vicios tabacales, me miraba fumar. ¿Saldría todo bien? ¿La terminaríamos por cagar? Cuatro presentaciones después de la primera y la adrenalina es igual. La gente va ganando el patio, en la sala no hay más lugar:</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/la_gente000.jpg" alt="" width="500" height="282" /></p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/la_gente001.jpg" alt="" width="500" height="282" /></p>
<p>Los dibujantes se mezclan entre el público y firman libros, hacen dibujitos mínimos, sonríen, se toman el fernet que había para brindar y se comen los sanguchitos sin parar. Falta mi pequeña Niki, que está medio chochuca en casa y no puede asistir (se te extrañó mucho a vos y a tu hermana, aprovecho para decir acá):</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_000.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_000.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_001.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_001.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_002.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_002.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_003.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_003.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_004.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_004.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_005.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_005.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_006.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_006.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_007.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_007.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_008.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_008.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_009.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_009.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_011.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_011.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_012.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="dibujantes" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/dibujantes_012.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p>Y entonces, con toda la gente ubicada ya, con las puertas de la sala doblándose bajo el peso de las ganas de arrancar, así como brota la lluvia de una nube, ahora con anteojos raros, se desdobla fuera de sí mismo y para todos los presentes, el gran Marcel Arbach:</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_000.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_000.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_001.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_001.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_002.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_002.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_003.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_003.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_004.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_004.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_005.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-2369" title="arbach_000" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/arbach_005.jpg?w=150" alt="arbach_000" width="150" height="111" /></a></p>
<p>No recuerdo haberme reído tanto en un evento social. Yo quiero que en esta ciudad se regalen remeras con la cara de la gente que nos hace felices. Si me tienen un poco de paciencia, colgaré en este mismo post el video con la presentación completa, que mi cuñado tuvo la buena idea de grabar. No será lo mismo que haberlo visto en vivo, pero vale el testimonio. Es muy lindo atesorar estas cosas.</p>
<p>Yo quiero aprovechar este humilde espacio para agradecerles a todos los que fueron, a los que todavía apuestan por estos proyectos caprichosos. A los lectores, bonitos lectores, de este blog. A los amigos, a la familia, a los actores, a los artistas, a los dibujantes, a los que reniegan y se quejan y después vienen y sonríen y se van. A la gente de Ediciones del Boulevard por seguir haciéndome el aguante con estos proyectos locos que me hacen muy feliz y me dan tantas ganas de brindar.</p>
<p>Alzo la copa por los que no pudieron venir, por los amigos zombies que terminaron muertos (<em>Martín Cabrera, Romanella Masciarelli, Dai Nieres, Tamara Silva, Zo leutier, Guli Brunner: los quiero de verdad</em>):</p>
<p><a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_009.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/public_zombies_009.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_001.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_001.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_002.jpg"><br />
<img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_002.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a> <a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_003.jpg" rel="thumbnail"><img class="alignnone size-thumbnail" title="public_zombie" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_003.jpg?w=150" alt="public_zombie" width="150" height="112" /></a></p>
<p>Y me despido con un caluroso abrazo y hasta la próxima actividad.</p>
<p>Besos,</p>
<p>José.<a href="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2009/08/relax_zombie_003.jpg"></a></p>
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