¿Quíen carajo te creés que sos, Gigena?
Claro, el señorito cae a laburar en auto y camina con zapatos más caros que el aguinaldo de cualquiera. Sos un huevón que se piensa que el mundo se arregla diciendo “buenos días” y encerrándose en una oficina a rascarse las pelotas. Pero, ¿quién carajo te creés que sos, Gigena? ¿Te creés mejor que el resto porque llevás los huevos en calzoncillos de marca? ¿Porque te afeitás mejor que los otros la jeta? Imagino que no será por la tonelada de gomina que te ponés en la cabeza.
Acá en la oficina, te aclaro, Gigena, se cagan de risa a tus espaldas.
Te ven pasar, te contestan el saludo y después se codean señalando tu culo apretado debajo del traje, tus anteojos de cristal orgánico. Todo en vos es una afrenta, empezando por esos ridículos anteojos de mierda.
Se abanican la nariz con una mano para despejar la baranda que deja tu perfume cuando pasás, Gigena.
A veces en los asados se madrugan preguntándose ¿quién carajo te creés que sos, Gigena? Y al último brindis te lo dedican, porque sos un terrible pelotudo con las manos llenas de crema, las cejas depiladas, los pendejos de las axilas recortados con tijera.
Te odian, Gigena.
Te odian tanto que serían capaces de empujarte para que te caigas de culo por la primera ventana que encuentren abierta.
Así de simple, así de llano, Gigena. Tu vida peligra a manos de cualquiera que labure en esta empresa.
Los otros días, en el dispenser de agua que está al lado de la fotocopiadora, te hicieron una caricatura en la que, creéme, Gigena, no faltaron los miembros viriles rodeándote los cuernos de la cabeza.
Tu mujer te pasa, Gigena.
Sabelo.
Es un secreto a voces, de esas verdades absolutas que nadie discute en nuestra empresa (como que a Santucci le falta un testículo, como que a la Carmencita le gusta la carne del morocho de mantenimiento). Y si con semejante hueserío que llevás en el marote a vos no se te mueve un pelo, es que sos maricón, Gigena. Sólo así se explica que sonrías de esa manera.
En cierta forma sienten lástima por vos, Gigena.
Un pobre pelotudo que manda reportes a los jefes en sobres de papel madera.
Un huevón desabrido que se arenga a sí mismo cuando está solo frente al espejo del ascensor, juntando valor para entrar en esta prestigiosa empresa.
Es 18 de abril de 2007, pero yo no estoy en mi casa, ni hace un calor de la gran puta, ni me estoy cacheteando la cara y los brazos por los mosquitos, ni tengo un frasco con dos alacranes (atrapados en la pieza y en el baño), ni me he despertado con la cama llena de hormigas negras y culonas (que se están comiendo los cables de la luz del techo y desde ahí nos caen encima). Es abril, a los dieciocho días, pero no estoy necesitando buscar un trabajo, ni me duele la cintura como si me hubiera atropellado un camión repleto de hinchas de fútbol de un club ignoto, ni me duele la cabeza, ni he desayunado leche chocolatada ni tengo ahora diarrea por ello.
No.
Es, pongamos, 3 de otoño del año del mono, estoy en un living acribillado por la luz de una tarde que atraviesa las ventanas. Frente a mí está Hank, que me confiesa que, en realidad, él nunca tomó tanto.
—Yo nunca tomé tanto —me dice.
También está Tom, sentado en un piano, y me llama para que hagamos a dúo un par de canciones.
—Vení —dice en perfecto español—, vamos a cantar; ¿tenés algún tema tuyo así lo sacamos?
También hay mujeres. Entra una tal Marilyn (buenas tetas) y se me cuelga del cuello.
—Salí —le digo—. Estoy ocupado.
Una tal Sofía la llama a un lado y le explica:
—Tranquila, rubita. Esto es un sueño para descomprimir. Ese que está ahí es José Playo. Vos y yo no existimos —Sofía le señala su escote—, ¿te creés que si fuésemos de verdad tendríamos semejante cantidad de tetas?
Marilyn mira sus senos y los de Sofía.
—Tenés razón —dice detrás de sus gigantescos pechos, grandes como sandías de estación—, no me había dado cuenta.
Es, por decirte, 3 de otoño del año del mono.
Estoy en un living inventado, compartiendo una tarde con una turba de fantasmas engendrados por una terrible migraña.
O sea, si tengo que estar mejor, al 18 de abril de hoy me lo paso por los huevos.
Que me aspen si no es algo extraño.
El diagnóstico fue categórico: «todo lo que toque se infectará». No quedaba más remedio que aceptar recluirme por un tiempo en la casa que me prestaron en el campo.
Llevaba unos días y había visto y oído cosas que prefería olvidar, producto tal vez de la sobredosis medicamentosa y literaria: las gotas para los ojos por un lado, una pila de libros de Stephen King por el otro.
Telefoneé a mi mujer la segunda noche:
—¿Cómo va lo del ojo? —me preguntó.
—Mejor —respondí con la voz repleta de dudas.
Me hubiese gustado agregar «Aunque aquí el tiempo parece detenido y por las noches, cuando cae el sol y la casa queda envuelta en penumbras, escucho voces y pisadas». Pero callé.
—Cariño, ¿te encuentras bien? Suenas algo raro.
—Estoy bien, no te preocupes. Tal vez este retiro me sirva para ponerme al día con algunos trabajos. Estoy matando las horas con lectura de Stephen King traducida al español, ya sabes.
—¿Has escrito algo?
—Ni una jodida línea —me sinceré—. Pero ya mejorará, supongo. Mañana viene una cuadrilla a quitar unos árboles añejos que pujan por levantar el piso del patio, tal vez pueda sacar algunas ideas para un cuento.
—Bien. Tú cuídate y ponte bien pronto, nosotras te extrañamos.
—Vale, ustedes aprovechen para respirar un poco.
Esa noche salí para buscar algo de comer. La gente de campo es supersticiosa. En los negocios donde
entraba, los mayores hacían que los niños se escondieran detrás de los mostradores, mientras ellos bajaban la cabeza, evitando mirarme a la cara. Tuve la sensación de que lo que cargaba no era conjuntivitis sino una maldición precolombina, algo que pronto saltaría de mi rostro para hacer nido en el de algún otro.
Finalmente conseguí que me vendieran un sándwich en un bar olvidado a la vera de la ruta. Regresé a la casa y di cuenta de mi cena mientras escuchaba un programa de evangelistas fanáticos en la radio y hojeaba el cuento La Niebla, de King. «Te jodes, chaval», pensé. «Te jodes por aceptar venir aquí, por traerte estos libros y no algunos de Rilke, Osho, Eloy Martínez, o quien diablos fuera».
Esa noche, como todas las otras, dormí un sueño revuelto, imaginando que de un momento a otro voltearían mi puerta y me despertaría rodeado de monstruos con tentáculos babosos. Me pesaba también la culpa, mi primo inauguraba su bar y yo no podría asistir.
A la mañana siguiente llegaron los hombres.
El poder de la sugestión no tiene límites, y tanto leer a Stephen me hacía verlos como asesinos disfrazados de leñadores. Eran tres, al mando estaba un gigante rubio. Sobre el cuello cargaba una cabeza pequeña coronada por un rostro que parecía tallado en madera, sus ojos diminutos y encendidos observaban todo, mientras sus brazos enormes y lustrosos descargaban cosas del camión.
—Es extraño ver gente en la casa en esta época, amigo —me comentó.
Sabía a qué se refería. En kilómetros a la redonda sólo estábamos la radio evangelista fanática, mi ojo y yo.
—Necesitaba un descanso —contesté.
Me miró de pies a cabeza, estudiándome. Supuse que de habérselo propuesto, me habría partido al medio con la motosierra. Tal vez con el puño limpio, no sé.
—¿A qué se dedica? —me interrogó.
Sopesé las respuestas, ninguna me convencía. Nunca sé qué contestar cuando me preguntan eso. He llegado a contestar «amo de casa», pero dios quiso que no soltara esa estupidez delante de él.
—Soy abogado —dije.
Se miró con los otros dos y se alejaron lentamente. Todavía dudo de si los espantó mi afección o mi falsa profesión.
He vuelto ahora a mi casa, varios días después. Me encuentro mejor. Estoy trabajando, pero de a poco, por momentos todo se nubla y eso me destroza los nervios.
Ayer me pidieron un comentario sobre un escritor para acompañar una nota. Acabé escribiéndola con este recurso infantil de hacerme pasar por traducido al español, vicios de las últimas lecturas. Una jodida costumbre que espero quitarme pronto, está empezando a resultar un verdadero coñazo.
Dicen que la duración de un cd (80 minutos) se estipuló para que pudiera grabarse enterita la novena sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Si hay algo que admiro mucho es la capacidad de este tipo para hacer lo que hizo. Un talento, un virtuoso, un groso.
Mi vecino toca la flauta.
Es un chico de unos doce o trece años que toca la flauta y vive perdiendo la pelota por encima de la tapia. Después me toca el timbre, yo abro la puerta y él, sin mediar
salutaciones, me larga un categórico:
—La pelota.
Ya tenemos como un acuerdo tácito. Si toca el timbre y me mira con esos ojos profundos perdidos en el fondo de su enorme cabeza, yo tengo que saber de qué se trata.
—La pelota.
leer lo que falta de: Talentos…
El libro Duérmete, niño empieza diciendo: «Yo le garantizo que en una semana estaréis durmiendo los tres de un tirón».
Ahora mismo mi mujer lo repasa, con la espalda torcida entre una pila de almohadas. Sus ojos rojos buscan un dato que no sabemos si falta o se nos ha escapado. En el texto, un tal Pepito parece que es un terrible hijo de puta con insomnio precoz que debe ser reeducado. El autor, un español muy entendido en la materia, explica cuáles son los pasos.
Los hemos cumplido a todos y nada.
La casa toda suena como un matadero, el chupete vuela por los aires y yo espero que mi hija en cualquier momento flote a 20 cm del colchón y empiece a putearme en arameo.
La revisamos.
«Esto no puede ser sólo insomnio» nos decimos. «Algo le pasa» conjeturamos.
Durante el día, Niki es un pan de dios en rodajas; pero cae la noche, se van las visitas, y empieza la primera función de Aullidos.
—Gallego de mierda —digo, refiriéndome al autor del libro.
Mi mujer, infinitamente más paciente que yo, continúa buscando el capítulo que no está, ese que debería llamarse «Cabe la posibilidad de que todo salga como el ocote y usted no vuelva a pegar jamás un puto ojo».
Nos miramos.
Hay algo de contradictorio en todo este proceso.
Durante el día, a la mirada de los abuelos y los amigos, nuestro cuadro es hermoso. De noche, nuestra realidad se da vuelta como una media y nos cuelga ojeras renegridas y bostezos delirados en la cara. Vamos por ahí de mal humor, cruzados, molestos, fastidiosos.
—¿Qué comemos hoy?
—Qué, ¿soy empleada tuya acaso?
Sé que hay algo que no funciona en este mundo cachafaz y cambalachero.
No puede andar nada bien si al pie de las escaleras de un lujoso centro comercial, junto al exhibidor donde está el último grito de la tecnología, una señorita pela una teta para darle de comer a su hijo.
La gente pasa y no dice nada.
La paternidad es un vicio posmoderno.
Y mi hija es un grito que te cala los huesos.
A las 17.40 del 21 de noviembre, mi hija respiró su primera bocanada de aire.
Un aire quirúrgico, aséptico, yodado. Yo también lo respiré, de pie junto a su madre, que la parió a la vieja usanza: con las piernas abiertas, a los gritos y con los puños apretados.
Esa noche, en el hospital, esperamos. Una enfermera la trajo y nos explicó sucintamente qué, cómo, cuándo, cuánto.
leer lo que falta de: Post parto…
Estas son las diferencias más impactantes que encontré desde que vivimos al ras del suelo:
- Los ruidos nuevos, por dios, los ruidos nuevos.
En una noche de viento acabé podando una planta del patio porque el ruido de las hojas era igualito a los pasos de un grupo comando de asalto que deambula en propiedad privada. También subí al techo y apoyé cosas pesadas contra la banderola del baño, porque estaba convencido de que otro grupo comando de asalto iba a descolgarse por ahí, tomándome por sorpresa. Ya no es tanto el tiempo que dedico a quedarme sentado en la cama con los ojos abiertos intentando ver siluetas de grupos comandos, me puse rejas hasta en el culo y me las descuentan del alquiler.
- La puerta de calle.
Todavía no me acostumbro a que entre la calle y mi living sólo haya una puerta. Es decir, una puerta y ya estás adentro, ni ascensores, ni vecinos, ni porteros. Raro. Los otros días estaba leyendo junto a una ventana y me golpearon el vidrio los muchachos de Cliba para venderme bolsas de basura. Colgado de la luz del techo les dije que sí, que les compraba. Estaban baratas. Mi puerta ahora parece la de la casa del Superagente 86. Los cerrojos son hermosos y vienen de todos los tamaños y colores.
- Es terapéutico intentar arreglar el patio (en el que parece que una bomba explotó y regó todo de escombros y plantas con espinas y rosetas).
Compré una pala, una azada y un rastrillo. Robé una manguera y planté unas champas de pasto (nunca supe de dónde viene la palabra «champa»). Las riego bastante, pero están amarillas, no hay nada que hacer, lo mío no es la jardinería, pero soy muy porfiado.
- Tengo alma de piromaníaco.
Primero quemé toda la mugre que había afuera en una gran pira. Los vecinos, chochos. Para calefaccionar la casa tenemos una salamandra. Qué invento, por dios. Me parece que está en el top five junto a la rueda, la bombita de luz, internet, y la lapicera esa que escribe para arriba que usan los astronautas.
- Los gatos parecen bebés sufriendo.
Así suenan al menos cuando lloran de noche. Es un tanto lúgubre, muy Viaje a lo Inesperado con Vincent Price. Tengo ganas de sacarlos de su miseria. Considero seriamente la posibilidad de comprar un perro antigatos, o, en su defecto, un Maheli 5.5. Ya veré, los perros cagan mucho, los rifles necesitan ser engrasados…
- Si te quedaste sin puchos a las dos de la mañana, fuiste.
Una de dos, o en este barrio son todos viejos, o me confundí y me mudé al siglo pasado ¿Qué onda con los Maxiquioscos 24hrs? A la siesta también es todo un tema. Digamos que querés almorzar tarde… te la regalo para conseguir un pote de crema para los fideos. Después de la una ruedan los arbustos secos por la calle. Creo que los barrios te obligan a ser más ordenado. El centro, lo reconozco, fomenta la anarquía.
- Ahora mismo.
Está cayendo el sol y me han dicho de Telecom que en breve me pondrán teléfono. Estoy escribiendo esto mientras la tarde se diluye a través de las primeras cortinas que compré en mi vida (antes usaba sábanas sujetas con broches, ahora que voy a ser padre de familia, tengo que tener cortinas). Me siento —extrañamente— feliz.
Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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