Empezó cuando estábamos en el patio, aguardando frente a una bolsa repleta de armas primitivas.
Querían confundirnos con la posibilidad de una victoria, evidentemente.
Un viejo que estaba junto a mí fue el primero en darse cuenta:
—No confiés en esas armas —me dijo.
Le respondí con un fuerte golpe en el mentón. Cayó al piso como una torre de naipes desmoronada.
—¡Un agitador! —grité mientras lo señalaba.
Otro condenado se alejó unos pasos de mí, temeroso. Era bueno que me temieran. Era lo mejor. Que supieran que yo era ruin, despiadado, peligroso.
Nuestros guardias, unos brutales tokbors de armadura gris, se acercaron hasta el viejo y agujerearon su cuerpo con lanzas.
Todavía gemía moribundo cuando el soldado de mayor rango se acercó hasta mí para hablarme:
—Andando —dijo con aliento fétido.
Uno detrás del otro, nos condujeron al interior del edificio.
Los condenados formábamos una hilera lastimosa que se internaba en un pasillo largo y maloliente. A los costados, en lugar de paredes, había rejas por las que asomaban antebrazos brutales.
Yo iba tercero en la fila, delante de mí había un gigante albino y, a la cabeza de nuestro patíbulo, un hermafrodita Sinx, alto y fibroso, de larga cabellera roja que aquellas manos brutales se empeñaban en alcanzar.
“La carne de los Sinx sabe como ninguna”, dice el proverbio.
El gigante albino lloriqueaba; el hermafrodita Sinx, no.
leer lo que falta de: El condenado…
Juega.
Lady Bristol juega.
Toma entre sus manos esta erección que ostento y juega.
—Tonto Marcus —me dice. Y se arrodilla para descubrir detrás de ella la ventana donde la ciudad toda se incendia.
El fuego purifica y nos espera.
El universo es una pira, cien columnas de humo conectándose con el fulgor lechoso de un cielo que no abreva.
Lady Bristol que me dice:
—Venga.
La sigo. Hasta la cama la sigo, donde se acuesta de espaldas, se sube la falda y me pide:
—Juega. Conmigo, juega.
Su dedo señala la entrepierna.
Voy. El humo se enrula devorando avenidas enteras. Los coches ciegos levantan las luces, se precipitan, estallan en las esquinas, y sus piernas atenazan mi cabeza. Las piernas de una mujer son la autopista de la belleza.
El infierno se multiplica de los vidrios para afuera. Hay gritos, correrías, espíritus que sucumben carbonizados, enancados en gritos postreros que amedrentan.
Mis palabras se ahogan en el cuenco de Lady Bristol, enmudecen en un verbo chamuscado por el eco de la carne cuando quema.
Respiro. Una bocanada exasperada doy y un gemido ronco me llega amortiguado por sus muslos en mis orejas.
Relamiendo esta fiebre pringosa insisto con mis manos que buscan su pecho agitado, la fuente de un calor que es sudor, que es el tufo y las campanadas desesperadas de una iglesia.
Las llamas relamen la ciudad como lo hace ahora mi lengua.
Estoy sobre ella. Juego a morder el cuello en el que se esconden palpitantes cuántas venas.
Me yergo. La ceremonia de los amantes es una guerra.
—Ahora —ruega ella. leer lo que falta de: Analogía caliente…
…exactamente un año, yo estaba sentado en esta misma silla, y habíamos acordado un pacto con mi chica: ante la más mínima señal, levantaríamos los bolsos, nos meteríamos al auto y mejoraríamos el tiempo de los ensayos que hicimos para llegar al hospital.
Yo había prometido recordar las tres cosas que tenía que llevar y no ponerme a observar boludeces en voz alta, tales como “¿seremos la única pareja que va camino al hospital en este momento, en esta ciudad?”.
En un año pueden pasar tantas cosas.
Sin ir más lejos, hace un año tu madre se convirtió en una mamushka y de adentro saliste vos, cosa que me pareció una de las experiencias más extrañas, una de esas cosas que no se pueden olvidar jamás.
Contrariando los pronósticos, tu llegada nos sorprendió dando vueltas como dos boludos en la peatonal, en uno de los pocos días en los que pudimos burlar el reposo absoluto.
Me prometí que no iba a soltar en este saludo cosas demasiado poéticas con respecto a tu primer cumpleaños, así que no temas, las metáforas están maniatadas y en penitencia hasta terminar.
No sé qué voy a regalarte, ya te lo había dicho antes, pero eso no me preocupa tanto como saber si recordarás algo de todos estos primeros años de fotografías y videos con el celular, de todas estas mañanas musicales, de todas estas mamaderas a la siesta que caen vencidas a un costado con la música de los títulos de los Backyardigans (unos dibujazos, increíbles, cuando seas grandes te los vuelvo a mostrar). leer lo que falta de: Y hace un año……
¿Cuánto pesa —en promedio— un culo Reef?
El culo solo, digo, sin la modelo.
Me lo pregunto porque el señor que atendía el negocio se fue y me pidió que le sostenga uno.
—Por favor, no lo deje caer —me encomendó.
Así que me quedé acá, junto a un exhibidor del que cuelgan trajes de baño, con el brazo estirado y este coso en la mano.
Es, lejos, el mejor culo que he tenido en la mano. Probablemente sea el mejor culo de toda Latinoamérica, si no contamos el de Maximiliano Guerra, que, con una mano en el corazón, tiene un culazo.
—¿Se va a demorar mucho? —le pregunto al vendedor cuando pasa.
El culo me pesa. Serán menuditas las chicas Reef, pero te la regalo quedar de garpe con uno de estos en la mano.
—Un momentito —me dice antes de perderse detrás de un mostrador.
Empiezo a ponerme fastidioso. La idea era probarme un short y unas ojotas, no quedarme clavado acá sosteniendo un par de cachetes bronceados y turgentes.
Un niño ingresa al local de la mano de su madre. Es una mujer hermosa y lleva un parche en el ojo derecho. A mí la onda pirata me re cabe.
La mujer pasa junto a mí, observa mi pose solemne de estatua griega y sonríe. Después mete las manos entre las bikinis y hace un ruidito hermoso cuando agita las perchas que chocan entre sí. leer lo que falta de: Cómo tener un culo Reef…
Lety es quien pone un pie en la ducha y se deja atemperar por la lluvia tibia en la primera noche del invierno; sabe buscar a tientas el jabón cegada por el agua y es quien apoya la frente contra el azulejo para entregarse a la caricia líquida que le martillea con suavidad la coronilla y los pensamientos.
Cubierta por el cono acuoso que nace en su pelo (para convertirse en avalancha y tobogán sobre su espalda, sus nalgas, hasta la ruleta transparente del resumidero), es Lety quien aferra contra el mentón la esponja rugosa, quien muerde y bebe estrujando la aspereza, decantando así la savia fresca de la entraña gomosa.
Porque es quien, con las pestañas amalgamadas en un erizo negro, se confina a una oscuridad violácea donde se permite una aventura sintetizada en los dedos.
leer lo que falta de: Lety, sus tocamientos…
El señor que dice ser tu padre estaciona el colectivo en la vereda.
Ha desviado la mole cuarenta cuadras fuera del recorrido para detener las gomas en tu acera.
La palanca de cambios revestida de peluche —piensa— es un ancla que debe hundirse en tus alcantarillas: algo hay que hacer para detener el movimiento espasmódico de los escarpines que, colgados del retrovisor, caminan en el aire flameando como banderas.
De una vez por todas —se dice— el timbre, bajo el peso de los dedos, tiene que sucumbir en un ronquido descompuesto: que ya no sirva —pide—, que termine esta vuelta.
El señor que dice ser tu padre aferra el volante.
Junto a la ventanilla, un banderín desteñido de San Lorenzo; dentro de la camisa celeste, un corazón de boleto picado y de cifras necias.
Atrás, entre los asientos, los pasajeros son un retazo desconcertado que reclama el viaje pautado y no dan tregua.
El motor regula con paciencia.
El señor que dice ser tu padre recibe un cachetazo. Se vuelve, sacudido en su ensoñación, para descubrir al hombre de traje que lo observa con los ojos animales, la mirada de la demora, la cita a la que no llega.
Alguien se precipita desde el fondo a los codazos.
—¡Arrancá, pelotudo!
Dos niños rompen en llanto, un zapateo marcial acribilla la alfombra de goma sobre la que todos esperan.
El señor que dice ser tu padre vuelve la vista hacia la puerta de tu casa, donde espera encontrarte y no te encuentra.
Una embarazada le sacude el hombro con violencia. La camisa celeste se rasga desnudando la piel donde las manos de los vendedores ambulantes forjaron un camino de palmadas certeras. La mujer encinta pone sobre los hombros de tu padre dos pechos enormes y estira los brazos; aprieta botones y acciona palancas con furia e insolencia.
Todos quieren la liberación del soplido de la puerta, la posibilidad del descenso con las manos como viseras.
La inmovilidad los enloquece y putean.
Todos putean.
El sol del mediodía cuece cuarenta y tantas almas dentro de un colectivo estacionado en tu vereda.
El señor que dice ser tu padre ve al hombre rollizo de mameluco que se acerca:
—Arrancá o te doy un puntazo, puto de mierda.
Y eso desata la catarata de violencia: octogenaria psicosis, amor filial capicúa, tres alfajores por un peso, los cachetazos, los codazos, los patadones en las piernas.
El señor que dice ser tu padre apaga el motor y la multitud estalla enardecida y pisotea.
El suelo es una alfombra de boletos viejos, de celofán de caramelos, de señores pasajeros tengan ustedes muy buenas tardes y como si esto fuera poco, el vehículo se zarandea al ritmo de la paliza que le dan al señor que dice ser tu padre y que no se apea.
—¡Ya te voy a dar prohibido salivar, pelotudo!
—¡Prohibido fumar, las pelotas!
—¡En caso de incendio rompa el vidrio y la concha de tu madre!
Todos sentencian.
El vehículo arranca otra vez y por los tres escalones revestidos de goma resbala el cuerpo apaleado del señor que dice ser tu padre y que ya no maneja.
Cuatro cubiertas Pirelli se despegan de tu calle, llevándose el colectivo con el vidrio trasero atiborrado de caras y manos anónimas que, en un reclamo bullicioso y decadente, golpean.
Antes de morir ahogado en una tos sanguinolenta, el hombre que dice ser tu padre besa la piel áspera de tu vereda mugrienta.
leer lo que falta de: Transporte y violencia…
leer lo que falta de: No olvidar:…
Hago nidos clandestinos en señoras casadas con la indiferencia.
Cuando a la mañana los autos le dan la espalda a los hogares que sucumben a la voz metálica de las radios, yo entro con la brisa por las ventanas para arrugar sus camisones.
Son amas de casa que hay que ver cómo explotan, cómo se entregan, lo bien que preparan un café como preludio de la revuelta.
A mi paso queda el tendal de ruleros y hebillas, un sendero colorido de pantuflas; mil mujeres reencontrándose con sus sonrisas.
Y las tomo en los baños, en las cocinas, y mi amor huele a victoria sobre los productos de limpieza, a emancipación, a rebeldía.
Cuando sus rostros lampiños se entierran en mis piernas, les enseño la mueca que deben hacer para burlar a la muerte y a la rutina.
Soy más importante que el lechero, que el tocadiscos, que la escoba en la vereda: soy quien resquebraja sus mañanas con la melodía de un pecado inolvidable.
Veinte minutos de independencia y conquista; la sombra que las devuelve a la cama antes del mediodía, donde sudan, se exprimen, se lastiman.
Y, perfumado de fragancias de hogares costumbristas, gano las calles otra vez.
A veces ellas me miran sonrientes, complacidas.
Un par de ojos penitentes entre las cortinas.
Jamás ensayo besos en el aire. Besar así es sellar un pacto, promover una cercanía.
Yo soy la carne que improvisa, el repuesto.
La brisa.
Eso soy. Lo saben ellas.
Y me rezan cada noche todas mis vecinas.
De rodillas, susurran mi nombre entre comillas.
Y se duermen después aleteando en sueños los ensayos de una entrega que las conmina.
leer lo que falta de: Infidelidades permitidas…
El hombre de barba se había puesto de pie y mantenía su índice en un subibaja para enfatizar:
—Porque yo no era un mal padre, fijáte vos —explicaba.
Silencioso, con juntas desparejas, cubierto de un musgo oscuro y brillante, su interlocutor, un muro de piedras, permanecía indiferente.
—Cuando esa noche escuché ruidos afuera de la carpa, salí. Tenía que ver qué pasaba —continuó el hombre—. Así que las dejé a mi mujer y a mi hija adentro para no exponerlas. Fijáte vos lo que es el instinto de padre, che.
El muro, inmutable, soportó el golpe del puño con firmeza.
Los muros de su estilo derrochan firmeza.
—Mi hija era bebé todavía. Gorjeaba, no había aprendido a hablar. Si algo le pasaba, no iba a poder avisarnos de qué se trataba, y yo, cuando me agarra la incertidumbre, me pierdo, no sé qué pasa, mirá —agregó mientras se peinaba la barba en un cono invertido con la mano—: no-sé-qué-pasa.
El muro, indiferente, ni crujió.
—La cuestión es que era un gato lo que había afuera. Un gato gris y blanco, un gato de mierda —retomó con el índice en alto—. Ahí me dije que era un boludo, que cómo me voy a asustar por un gato de mierda.
El hombre calló primero y se llevó el índice hasta hacer una cruz con sus labios después. Tenía los ojos bien abiertos.
En algún lugar de la oscuridad, una gota se desprendió y golpeó el suelo con un tincazo líquido y grave.
Volvió a sentarse con las piernas cruzadas frente al muro.
Pasaron unos minutos más y la condena Divina volvió a repetirse.
El hombre de barba se había puesto de pie y mantenía su índice en un subibaja enfatizando:
—Porque yo no era un mal padre, fijáte vos…
Ese era el castigo.
Para el muro, que se había portado muy mal.
leer lo que falta de: Borgeos…
Pienso en la mano quieta que ya no empuñará otro poema, en el animal furioso que hoy estará libándote las ideas.
Ochenta navidades te tomaron por sorpresa.
Recuerdo una tarde. Me senté a tu mesa con los fantasmas podridos de la ausencia. Y razonaste por última vez.
Ese día te compartí con los muertos. Te escuché con miedo declarar el tráfico silente de espectros azulados que rozaban los respaldos de las sillas, y vuelvo a jurar hoy que, por mucho que separara los párpados, ni cien gramos de alma en pena me llevé entre las pestañas.
Todavía sueño que compartimos lecturas en esa misma mesa que ahora más que nunca nos depone.
De un lado los cuerdos, del otro los fantasmas en pijama que te esperan.
Te visité una vez más. Ya en ese espacio lento, medroso, tan de mesas de luz con pastillas y vasos de agua fresca y enfermeras. Y me rendí ante tus ojos, rogándote que ya no me hicieras contabilizar tus aparecidos, tus señores de sobretodo mojado esperándote junto a las llaves de luz y las puertas. No lo dije entonces, pero en un baúl tan imaginario como la novela que inspiraste, he confinado a tus muertos para que no asomen las falanges y me sorprendan.
Los enmascarados y los que no tenían piel. Los que babeaban lágrimas negras.
Todos ahora callan y esperan.
Acá, en esta tierra firme en la que no tengo el privilegio de la almohada que carga tu cabeza, pienso en tu despedida.
Compadezco al techo fijo que recibe de mala gana tus plegarias, compadezco a los pasillos que ofician de laberintos para disolver las buenas ideas.
Hoy soy una traición que alienta al animal que te acecha.
Que no se rinda, pido.
Que acabe de una vez, que por fin devore las deshoras, el hastío, los balbuceos sacrosantos, las blasfemias subjuntivas.
A ver si algún día suena este teléfono y me cuentan que te has ido.
A ver si puedo dejar caer los brazos para que se diluya febrero y tu irrealidad me deje en paz.
Que de noche escucho gruñir el hocico sobre el festín que es tu cordura sangrante.
Que lloro en sueños estáticos de los que no puedo emanciparme.
Despertar es emerger el rostro del agua.
Que lloro. Y soy como las piedras:
cubro cuerpos fenecidos que burbujean.
No los quiero destapar.
leer lo que falta de: Carta a la locura…
—¿Ocupación? —preguntó el empleado.
—Blogger —dijo Luis.
El tipo dejó de escribir y levantó la vista.
—Tengo un weblog, soy blogger —explicó Luis.
—Ah, vos sos de esos que cuentan que el perro les cagó la alfombra, que al mediodía comieron fideos, que le escriben un poema pelotudo a la novia para el día de los enamorados, ¿no?
—No —replicó Luis perturbado. En su mente destelló por un instante un post memorable sobre la muerte de su mascota, aplastada por las ruedas de un camión de caudales.
—Eso no es ser blogger —continuó.
—Una manga de boludos con la cabeza quemada por el Counter Strike y el Msn, ya sé, qué me vas a explicar —interrumpió el empleado.
Luis estaba fascinado. Este tipo, así como se mostraba, no era otra cosa que un troll. Era la primera vez que Luis veía uno en vivo y en directo. Se lamentó por no haber llevado el celular o la cámara. Imaginó el post acompañado por el videíto de YouTube y tuvo que contenerse para no pedir un teléfono prestado.
—No me vas a decir que eso es una profesión —retomó el tipo—; te la pasás mendigando links en internet, haciendo trackbacks o publicando notas metareferenciales. Es una huevada sin sentido, perdés el tiempo, eso es lo que hacés.
Luis intentó ponerse en el lugar de sus mentores. ¿Qué haría el gran Casciari en su lugar? ¿Qué respuesta original esgrimiría Xtian si le hubiese tocado a él protagonizar este episodio? Bestiaria lo habría puteado indiscriminadamente, de eso estaba seguro.
—Me parece que estás equivocado, yo también tengo mi vida… —dijo Luis.
—Ahh, entonces no sos “Blogger” nada más; de algo vivís, ¿o Google te da de comer a vos?
Luis pensó cuidadosamente la respuesta. En su mente relucieron los 57 dólares de la bandeja de informes de Adsense. De repente una sensación de pertenencia lo embargó. Quería defender a su cofradía, quería pararse sobre el mostrador y gritar “¡Soy blogger y me las banco!”. Pero el cuerpo voluminoso del empleado lo disuadió. Un tipo curtido por el hombreo de bolsas. Probablemente con un segundo trabajo de carga y descarga en el puerto.
—¿Sos un troll? —preguntó extasiado.
—¿Qué te pasa, putito de mierda? —respondió el empleado haciendo a un lado los papeles.
Luis comprendió que estaba cometiendo un error. Quiso remediarlo.
—No digo que seas troll, es que tenés toda la pinta —agregó.
—Pero mirálo vos al blogger —respondió el empleado mientras se arremangaba la camisa.
Sus bíceps, efectivamente, eran descomunales.
—Pará, pará —pidió Luis mientras retrocedía temeroso—, yo lo único que quiero es un buen tema para un post.
La respuesta fue una doble Nelson seguida de un golpe que convirtió su nariz en una regadera. El mundo entero se apagó. Luis pensó en la movida que había en su provincia con este tema.
—¿En mi provincia? ¡En el mundo entero! —balbuceó antes de perder el conocimiento.
De pie sobre el cuerpo ovillado, el empleado sentenció:
—El mundo entero no son el puñado de boludos como vos que se pajean frente a la computadora, te aclaro, pibe. El mundo está lleno de tipos como yo.
leer lo que falta de: De profesión: Blogger…
Y cuando se detuvo y los dejó suspendidos en una sacudida con vaivén, se miraron.
—¿Qué onda? —preguntó Seba.
Juan levantó las cejas y miró para abajo. Sus zapatos pendían a veinte metros de altura sobre una loma escarpada, con texturas de rocas y espinillos.
Típico paisaje serrano.
—¿Qué onda, chabón? —insistió Seba.
Juan pensó unos segundos. Después sonrió y dijo:
—No pasa nada. Es normal.
Seba lo miró incrédulo. En su mano el helado empezaba a derretirse.
—Te vas a manchar la mano —apuntó Juan.
Seba dejó caer el cucurucho. Los dos estiraron las cabezas para ver cómo se perdía entre sus rodillas. Pegó sobre una piedra cubierta de musgo.
Hizo “PAF”. Era un cucurucho grande.
—Estamos muy alto —observó Juan.
—Por eso te digo, man. No me copa mucho la idea de quedarnos parados acá.
Delante de ellos, a unos cien metros, en el final de la línea, un tipo les hacía señas con el brazo.
—Mirá —dijo Juan—; nos llaman.
—¿Qué pretende que hagamos este pelotudo? —quiso saber Seba— ¿Se creerá que vamos a ir hasta allá agarrándonos del cable?
Juan miró sobre sus cabezas. Era un cable de acero grueso.
—Podríamos usar las remeras, las ponemos sobre el cable y vamos deslizándonos hasta…
—Estás loco, man —lo interrumpió Seba—: yo no me muevo de la silla ni en pedo. Menos para treparme como un mono para hacer acrobacias. Esas son las ideas que llevan a la gente a la muerte. ¿No escuchaste hablar de los hermanos Wallenda, vos?
—¿Quiénes?
—Los Wallenda, man. Eran una familia de locos que caminaban sobre unos cables. Se fueron matando de a uno. Primero el abuelo, después un hijo, después una nuera. Se creían que eran, no sé, Batman, y caminaban por unos cables a no sé cuántos metros de altura. Se requetecagaron a golpes. Se murieron todos. leer lo que falta de: Riesgo en aerosilla…
El Tutuca, por ejemplo. Ese era un caballero.
Ya no quedan tipos así en este negocio que se fue al carajo.
Si armás una salidita, te tocan siempre muñecos que no saben ni hablar. Hay un abuso con el lenguaje, y eso te muestra la falta de seso.
El Tutuca decía:
—No confío en la gente que cada tres palabras mete un “boló” y dos “culiado”.
Y tenía razón.
Hoy el rubro está copado por una camada de pendejos tontos. Delincuentes eran los de antes. Ahora son todos faloperos. Pero faloperos tirados, pendejos que se creen que metiéndole un bollo a una vieja pasan al nivel que sigue en un jueguito electrónico.
La droga, eso les caga la cabeza.
El Tutuca, por ejemplo, no era así. El Tutuca era de usar papeles. Si te llamaba para hacer un ajuste, lo primero que te pedía era que vieras los papeles.
—Mirá los papeles —decía, y señalaba un montón de apuntes que tenía sobre la mesa.
Hacía los deberes, el Tutuca. Estudiaba los casos. Los pendejos de ahora no hacen eso.
Una vez fui a la casa y le conté que estaba flojo lo mío.
—Es por el advenimiento de las nuevas tecnologías —me explicó—; los estéreos ahora vienen con frente desmontable.
Y tuvo razón.
—Fijáte —me dijo—. La gente ya no entra a los bares y a los restoranes con los estéreos en la mano. Es más, los aparatos ya no vienen con manijas para portarlos como antes. Ahora todo es frente desmontable: el capitalismo salvaje está arrasando con tu negocio; es hora de que busques nuevos horizontes.
Ese día decidí quedarme con él, aprender cosas del oficio.
Era muy capo el Tutuca.
Una vez pegamos un laburito que nos dejó unos billetes, le dije que teníamos que festejar, que paráramos en un quiosco así compraba unas cajitas.
—El vino en caja me da una diarrea tailandesa —dijo. Y me tiró un veinte para que fuera a comprar una botella de tinto bueno. leer lo que falta de: Delincuentes eran los de antes…
Te mando a buscar
el chinchín bucólico de los brindis de madera,
que a mí ya no me tenés
preso entre tus pestañas.
Si querés amor
te doblo los faroles
para que me veas de cerca
este corazón de jirones,
esta doliente alforja rota,
por donde escapan
mariposas de carne,
puñado de alas.
Te mando a tomarle el pulso a los mármoles,
a lamerle las lágrimas sabrosas
a las sandías.
No a mí.
Que debajo de esta cáscara
no quedan engaños,
no hacen nido
las regalías.
Que si querés la verdad,
te mando a que me pagues,
tengo precios
absurdos
de libertad.
(de “Cien versos para que entiendas la verdad“, por Mario Chubut)
leer lo que falta de: A tu zaguán (poema atemperado y pelotudo)…
Después de buscarle mucho la vuelta, dimos, de pura casualidad, con la verdad: son extraterrestres.
Una pareja, en apariencia, igual a la nuestra. Él, un gordito con un culo por cara, ella, un ama de casa postparto. Tienen una perra negra y un bebé que pronto cumplirá un año.
Se mudaron hará, no sé, ponele cinco meses, y desde entonces no cruzamos ni siquiera un saludo.
Hemos usado todas nuestras estrategias, ¿eh? No lo digo de cómodos que somos, ni de antipáticos. Para ellos nosotros no existimos, posta.
A ver. Para explicarlo mejor; cuando salimos a la puerta de casa y están afuera (viven justo al frente), ni siquiera levantan la cabeza. Hemos probado con falsas toses y estornudos, con exageradas aclaradas de garganta, y nada; salimos y ellos ni miran. Hasta tocamos mucha bocina simulando despedidas desgarradoras si uno de nosotros va hasta la panadería.
Nada.
—¿Cómo es posible? —nos preguntamos.
—¿Son sordos? —aventuré una vez.
Mi mujer se incorporó un poco de la silla para ver a través de la ventana del living. Con el labio entre los dientes negó.
—Sería mucha casualidad una familia completa de hipoacúsicos.
Era cierto. Además, una vez lo había visto a él hablando por teléfono a través de una ventana. La opción de la familia Beethoven estaba descartada.
¿Qué otras pistas teníamos? Agentes secretos, con semejante caras de nabo, no podían ser. En eso también eran igual a nosotros. Además, ¿qué agencia de espionaje les pagaría un alquiler en una casa en este barrio? A los agentes los mandan a lugares top, como los countries, me juego los huevos. leer lo que falta de: Cómo detectar a tus vecinos extraterrestres…
—¿Cómo fue tu primera vez? —quiso saber Gregorio.
En su mano el sobrecito de azúcar se había convertido en una veleta descontrolada.
No había mucha gente en el bar, era martes.
—Con una puta —afirmó el Cape mientras estudiaba las medialunas—. ¡Nos trajeron todas saladas! —observó.
—¿Puta cara o puta barata? —insistió Gregorio mientras una catarata minúscula de cristales blancos acribillaban la espuma de su taza.
—Una puta cualquiera. Viste que cuando estás ahí, con los nervios, la ansiedad, no te ponés a ver esas cosas… Una puta, qué sé yo.
—Sí… —reflexionó Gregorio con el mentón en la mano y la vista perdida en la ventana.
—¿Y vos? —retomó Cape.
—¿Mi primera vez?
—Estamos hablando de eso, ¿no?
Gregorio se pasó la servilleta por los bigotes antes de continuar.
—Un desastre. Es decir —apuntó mientras se acomodaba en la silla—, también los nervios, la inexperiencia. Hice un enchastre. Me acuerdo y me muero de vergüenza.
—¿Con quién fue? Vos no tenés pinta de andar con putas —le dijo señalándolo con el índice al tiempo que guiñaba un ojo.
—No. Lo mío pasa por otro lado, yo soy más conservador. Mi primera vez fue con una chica de la facultad. Una mina linda, rubiecita. Lo mío son las rubiecitas.
Los dos guardaron silencio. Gregorio volvió a poner el mentón en la palma de la mano y la vista en el ventanal. Cape apartaba las medialunas con el índice, apostando a la secreta esperanza de que entre el amasijo de bracitos opacos reluciera uno brillante.
—Las medialunas saladas no sirven para un carajo —dijo.
—Lucía. Se llamaba Lucía, me acuerdo —soltó Gregorio.
—Lindo nombre —apuntó Cape mientras estudiaba de cerca una medialuna—. La mía no sé cómo se llamaba, la levanté en la calle.
—Vos porque tenés auto —replicó Gregorio con una sonrisa torcida.
—Sí. Un utilitario. Es mucho más fácil.
—¿Y cómo hacés?
—Inyección. Un tranquilizante suave. ¿Vos?
—Yo soy del pañuelo con el cloroformo. Clásico, efectivo.
—Un romántico incurable —reflexionó Cape desgarrando la medialuna con una mordida feroz.
Gregorio sonrió y llamó al mozo.
—Vamos a ver qué onda con estas medialunas de mierda —dijo.
leer lo que falta de: ¿Y tu primera vez?…
—Estas colas me ponen de muy mal humor —observó Tulio.
Delante de él, Marcos sonreía con la boleta del teléfono en la mano. El banco estaba repleto de gente.
—No sé de qué te reís —continuó—, somos esclavos de un sistema, somos como animalitos haciendo cola en un matadero, somos…
Marcos giró y quedó frente a él. Sin sacar la otra mano del bolsillo, levantó los hombros y explicó: —¡Se la paso a otro, macho!
—¿Le pasás qué?
—La mufa, Tulito, la mufa —dijo Marcos volviéndose hacia la caja. Dos personas más y sería su turno.
—No me entendiste —retomó Tulio por sobre su hombro—, te hablo de lo mal que están las cosas, de…
Marcos se volvió otra vez.
—Mirá, Tulio, yo no soy un robot, no soy un tragamonedas, pero cuando tengo esta mufa como la que tenés vos ahora —le dijo apuntándole con la boleta hecha un cilindro—, no me queda otra que pasársela al que viene, es un sencillo intercambio de venenos, nada más.
Tulio reflexionó y negó con la cabeza: —No entiendo —concluyó.
—Es muy simple —retomó Marcos—. Ahora te muestro. leer lo que falta de: La oscilación de las mufas…
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