Antes de que Andy llevara mis noventa kilos de carne fofa a mil cien metros de altura, yo era de los que pensaban en el coito y el autoservice como únicas posibilidades de alcanzar un orgasmo.
Descreía, por ejemplo, de las bondades del sexo tántrico (tachándolo de “un innecesario cuento de nunca acabar”), me mofaba de quienes, inducidos por los efectos de algunas drogas, llegaban al clímax como electrocutados, y me parecía un verdadero dolor de huevos experimentar con el sadomasoquismo.
—Los orgasmos —me decía— sólo se alcanzan por frotación.
Los recesos laborales, empiezo a creer, fomentan eso: alternativas de experimentación, búsqueda de sensaciones nuevas, la perspectiva de tu ciudad vista como la ven los pájaros.
Estas semanas que nos tomamos para despejar la cabeza no incluían un vuelo en el Aeroclub de La Cumbre, para nada.
Dejo esto en claro para evitar confusiones: fui engañado como una criatura. De lo contrario, confieso, ni en pedo me hubiera subido en ese aparato. Lili, una amiga de años, lo sabía. Por eso preparó una redada con su novio, porque la ventaja corría de su lado; poca resistencia ofrece un padre que se lleva de vacaciones una muela cariada y una hija que no para de correr ni un segundo hacia todos lados.
leer lo que falta de: Diferentes clases de orgasmos…
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