Que me aspen si no es algo extraño.
El diagnóstico fue categórico: «todo lo que toque se infectará». No quedaba más remedio que aceptar recluirme por un tiempo en la casa que me prestaron en el campo.
Llevaba unos días y había visto y oído cosas que prefería olvidar, producto tal vez de la sobredosis medicamentosa y literaria: las gotas para los ojos por un lado, una pila de libros de Stephen King por el otro.
Telefoneé a mi mujer la segunda noche:
—¿Cómo va lo del ojo? —me preguntó.
—Mejor —respondí con la voz repleta de dudas.
Me hubiese gustado agregar «Aunque aquí el tiempo parece detenido y por las noches, cuando cae el sol y la casa queda envuelta en penumbras, escucho voces y pisadas». Pero callé.
—Cariño, ¿te encuentras bien? Suenas algo raro.
—Estoy bien, no te preocupes. Tal vez este retiro me sirva para ponerme al día con algunos trabajos. Estoy matando las horas con lectura de Stephen King traducida al español, ya sabes.
—¿Has escrito algo?
—Ni una jodida línea —me sinceré—. Pero ya mejorará, supongo. Mañana viene una cuadrilla a quitar unos árboles añejos que pujan por levantar el piso del patio, tal vez pueda sacar algunas ideas para un cuento.
—Bien. Tú cuídate y ponte bien pronto, nosotras te extrañamos.
—Vale, ustedes aprovechen para respirar un poco.
Esa noche salí para buscar algo de comer. La gente de campo es supersticiosa. En los negocios donde
entraba, los mayores hacían que los niños se escondieran detrás de los mostradores, mientras ellos bajaban la cabeza, evitando mirarme a la cara. Tuve la sensación de que lo que cargaba no era conjuntivitis sino una maldición precolombina, algo que pronto saltaría de mi rostro para hacer nido en el de algún otro.
Finalmente conseguí que me vendieran un sándwich en un bar olvidado a la vera de la ruta. Regresé a la casa y di cuenta de mi cena mientras escuchaba un programa de evangelistas fanáticos en la radio y hojeaba el cuento La Niebla, de King. «Te jodes, chaval», pensé. «Te jodes por aceptar venir aquí, por traerte estos libros y no algunos de Rilke, Osho, Eloy Martínez, o quien diablos fuera».
Esa noche, como todas las otras, dormí un sueño revuelto, imaginando que de un momento a otro voltearían mi puerta y me despertaría rodeado de monstruos con tentáculos babosos. Me pesaba también la culpa, mi primo inauguraba su bar y yo no podría asistir.
A la mañana siguiente llegaron los hombres.
El poder de la sugestión no tiene límites, y tanto leer a Stephen me hacía verlos como asesinos disfrazados de leñadores. Eran tres, al mando estaba un gigante rubio. Sobre el cuello cargaba una cabeza pequeña coronada por un rostro que parecía tallado en madera, sus ojos diminutos y encendidos observaban todo, mientras sus brazos enormes y lustrosos descargaban cosas del camión.
—Es extraño ver gente en la casa en esta época, amigo —me comentó.
Sabía a qué se refería. En kilómetros a la redonda sólo estábamos la radio evangelista fanática, mi ojo y yo.
—Necesitaba un descanso —contesté.
Me miró de pies a cabeza, estudiándome. Supuse que de habérselo propuesto, me habría partido al medio con la motosierra. Tal vez con el puño limpio, no sé.
—¿A qué se dedica? —me interrogó.
Sopesé las respuestas, ninguna me convencía. Nunca sé qué contestar cuando me preguntan eso. He llegado a contestar «amo de casa», pero dios quiso que no soltara esa estupidez delante de él.
—Soy abogado —dije.
Se miró con los otros dos y se alejaron lentamente. Todavía dudo de si los espantó mi afección o mi falsa profesión.
He vuelto ahora a mi casa, varios días después. Me encuentro mejor. Estoy trabajando, pero de a poco, por momentos todo se nubla y eso me destroza los nervios.
Ayer me pidieron un comentario sobre un escritor para acompañar una nota. Acabé escribiéndola con este recurso infantil de hacerme pasar por traducido al español, vicios de las últimas lecturas. Una jodida costumbre que espero quitarme pronto, está empezando a resultar un verdadero coñazo.
Dicen que la duración de un cd (80 minutos) se estipuló para que pudiera grabarse enterita la novena sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Si hay algo que admiro mucho es la capacidad de este tipo para hacer lo que hizo. Un talento, un virtuoso, un groso.
Mi vecino toca la flauta.
Es un chico de unos doce o trece años que toca la flauta y vive perdiendo la pelota por encima de la tapia. Después me toca el timbre, yo abro la puerta y él, sin mediar
salutaciones, me larga un categórico:
—La pelota.
Ya tenemos como un acuerdo tácito. Si toca el timbre y me mira con esos ojos profundos perdidos en el fondo de su enorme cabeza, yo tengo que saber de qué se trata.
—La pelota.
leer lo que falta de: Talentos…
El volumen de alguna de sus novelas es lo primero que mete miedo. Pero, contrario a lo que podría pensarse, te las devorás como si fueran folletos.
El mundo se divide en dos: los que lo aman y lo consumen como si fuera coca-cola, y los que dicen que es un mal escritor. De cualquier manera, en la biblioteca de ambos algún lomo lleva su nombre.
A It me lo fumé en tres días, y en más de una ocasión tuve que cerrar una que otra ventana. La Zona Muerta me hizo llorar más que el programa de Gastón Pauls, y continúo ahorrando como un quinceañero para comprar La Torre Oscura. Kubrick rompió El Resplandor, pero se lo ha perdonado por inventarlo a Nicholson. Cementerio de Animales es para leer con la luz apagada, y la lista de su producción es un padrón de muertos y resucitados que se recuerdan siempre con cariño.
Ayer estuve en una librería intentando conseguir Apocalipsis, pero no hay más, me dijo la chica. Compré dos libros de cuentos (hay tantos como Hay Tigres).
Los tengo ahí, en pausa.
De bolsillo o en rústica. Con tapa dura o con su fotaza en la portada, no importa cómo se arme el sánguche de lectura, lo que importa es el jamón del medio.
El jamón que carnea con maestría el rey.
El libro Duérmete, niño empieza diciendo: «Yo le garantizo que en una semana estaréis durmiendo los tres de un tirón».
Ahora mismo mi mujer lo repasa, con la espalda torcida entre una pila de almohadas. Sus ojos rojos buscan un dato que no sabemos si falta o se nos ha escapado. En el texto, un tal Pepito parece que es un terrible hijo de puta con insomnio precoz que debe ser reeducado. El autor, un español muy entendido en la materia, explica cuáles son los pasos.
Los hemos cumplido a todos y nada.
La casa toda suena como un matadero, el chupete vuela por los aires y yo espero que mi hija en cualquier momento flote a 20 cm del colchón y empiece a putearme en arameo.
La revisamos.
«Esto no puede ser sólo insomnio» nos decimos. «Algo le pasa» conjeturamos.
Durante el día, Niki es un pan de dios en rodajas; pero cae la noche, se van las visitas, y empieza la primera función de Aullidos.
—Gallego de mierda —digo, refiriéndome al autor del libro.
Mi mujer, infinitamente más paciente que yo, continúa buscando el capítulo que no está, ese que debería llamarse «Cabe la posibilidad de que todo salga como el ocote y usted no vuelva a pegar jamás un puto ojo».
Nos miramos.
Hay algo de contradictorio en todo este proceso.
Durante el día, a la mirada de los abuelos y los amigos, nuestro cuadro es hermoso. De noche, nuestra realidad se da vuelta como una media y nos cuelga ojeras renegridas y bostezos delirados en la cara. Vamos por ahí de mal humor, cruzados, molestos, fastidiosos.
—¿Qué comemos hoy?
—Qué, ¿soy empleada tuya acaso?
Sé que hay algo que no funciona en este mundo cachafaz y cambalachero.
No puede andar nada bien si al pie de las escaleras de un lujoso centro comercial, junto al exhibidor donde está el último grito de la tecnología, una señorita pela una teta para darle de comer a su hijo.
La gente pasa y no dice nada.
La paternidad es un vicio posmoderno.
Y mi hija es un grito que te cala los huesos.
A las 17.40 del 21 de noviembre, mi hija respiró su primera bocanada de aire.
Un aire quirúrgico, aséptico, yodado. Yo también lo respiré, de pie junto a su madre, que la parió a la vieja usanza: con las piernas abiertas, a los gritos y con los puños apretados.
Esa noche, en el hospital, esperamos. Una enfermera la trajo y nos explicó sucintamente qué, cómo, cuándo, cuánto.
leer lo que falta de: Post parto…
Traigo otra vez el post de Barón acá ante las consultas reiteradas de los visitantes.
En el weblog El lamento de Portnoy he vuelto a encontrar referencias cruzadas respecto del tema de Barón Biza y su extraño monumento (tristemente célebre en Córdoba, en la Ruta provincial número 5).
Cuando tomé la fotografía, intrigado por el aspecto de la luz recortando el ala de concreto contra el atardecer serrano, no lo hice sólo para obtener una postal más.
De hecho, el tema del monumento es una cosa que siempre me ha intrigado bastante, y no hubo una sola persona con la que no haya viajado (en colectivo o en auto) por esa ruta, que al pasar frente al monumento, no ensayara una explicación de por qué está donde está.
Hasta ahora, sólo me han quedado en claro un par de cosas. Para los curiosos como yo, un par siempre es poco, así que decido reflotar el tema para ver si alguno de los que por ahí navegan Peinate pueden aportar datos ciertos (en esto apuesto y mucho a Walterio, por vivir tan cerca del lugar).

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| Monumento. |
Raúl Barón Biza. |
Myriam y el diamante. |
Myriam y el copiloto. |
Raúl Barón |
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Sé, y no a ciencia cierta, que los campos circundantes están sembrados de olivos, parte del homenaje post mortem de Biza a su mujer.
Sé, tampoco como para jurarlo, que el accidente no ocurrió en esos campos, sino en San Juan, pero quedaba más cómodo construir ahí, ya que el terruño estaba donde está ahora y no en la zona de Cuyo.
Sé, con igual infunde, que la tumba se profanó y que por ello el cuerpo de Myriam ya no descansa en el mausoleo puntiagudo.
Sé que cuando entrás (esto sí a ciencia cierta) el olor a meada te hace lagrimear. Que ya no es un paseo agradable, digo.
Para más información, cito el post completo del autor del blog, y abro la jugada a mis coterráneos.
Yo, después de leer y releer la información siempre imprecisa acerca de los hechos, cada tanto rebusco en las librerías de usados. Quiero más datos del hombre que le quemó la cara a su mujer con ácido. Quiero más y no encuentro. Una familia con historia trágica y libros que la documentan.
Y los libreros, cuando pedís algo de Barón Biza, te miran como si les pidieras el evangelio de Judas en versión sin encuadernar.A continuación, cito el artículo del diario El País (que acompaña el post en el weblog de El Lamento…), donde dicen:
ENRIQUE VILA-MATAS
EL PAÍS – 18-06-2006No pensar que era un barón, sino que Barón es el primer apellido y Biza el segundo. Barón Biza. De Argentina acaba de llegarme un documental de televisión sobre el extraño caso de este señor. Había yo escrito hace unos años sobre él porque siempre me intrigó y al mismo tiempo horrorizó su historia. Y ahora, en mi último viaje a Argentina, conocedores de mi antiguo interés por el señor Barón Biza, vinieron unos periodistas al hotel a anunciarme que, lo más pronto posible, pensaban enviarme a Barcelona el reportaje que sobre el enigmático Raúl Barón Biza habían realizado para un canal de la televisión bonaerense.
Ayer estuve viendo la historia filmada de este perverso caballero, perfectamente descrita en el documental, lo que me ha permitido ampliar conocimientos sobre el extraño caso que hace unos años descubrí casualmente en Internet y que me llevó a escribir un artículo (con los cuatro apresurados datos que encontré en la Red) y, como consecuencia del mismo, a recibir llamadas y cartas de los más variados lectores argentinos que querían que les ayudara a divulgar en España la existencia de la insólita novela, El desierto y su semilla, que escribiera en 1999 Jorge, el no menos enigmático hijo de Barón Biza.
Ausente de todos los diccionarios -parece que era un escritor escandaloso pero muy mediocre-, en Internet se dice de Raúl Barón Biza que fue famoso en su época, en los años treinta del siglo pasado, por su “delirio provinciano, macabrismo (sic), extrema misoginia, misantropía, decadentismo y marginalia (sic)”. Creo que se quedaron cortos a la hora de definirlo. Era el hijo único de un terrateniente multimillonario de la ciudad argentina de Córdoba. Se casó en primeras nupcias con la bellísima e intrépida Myriam Steford, una extranjera que pilotaba avionetas y sobrevolaba con ellas las infinitas posesiones cordobesas del padre de su marido. La joven aviadora se estrelló bien pronto, y fue a hacerlo precisamente en los inmensos jardines de su propia casa. La avioneta se hundió, con una verticalidad asombrosa, en la hierba recién mojada por la lluvia de aquel intempestivo día. Se hundió en el centro mismo de la finca familiar, y el desconsolado y raro marido mandó construir, en homenaje a la bella difunta y en el lugar mismo donde había caído el avión, un obelisco de más de ocho metros de altura, en cuyos sótanos -el documental pasea por ellos y parecen la tumba de un faraón- se dice que enterró todas las joyas de la muerta. Aunque la finca ya no es de los Barón Biza, el extraño obelisco pueden verlo hoy todavía cuantos circulan por la carretera provinciana que une la ciudad de Córdoba con Alta Gracia.
En segundas nupcias, Barón Biza -que mientras tanto no paraba de publicar escandalosas novelas “sexualmente satánicas”- se casó con la bellísima Clotilde Sabattini, jovencita de la alta sociedad argentina e hija de un notable político cordobés que (debió de ver enseguida algo raro en Barón) se opuso férrea e inútilmente a la boda. Barón la secuestró y después, en un descuido paterno, se casó con ella. Tuvieron tres hijos. Un día, en un desproporcionado ataque de celos, coincidiendo con los momentos de mayor apogeo del escándalo creado por una de sus horrendas novelas satánicas, Barón Biza desfiguró la cara de Clotilde con una botella de ácido y poco después se suicidó.
Recuerdo que, hace unos años, en el momento mismo de leer esto en Internet, quedé impresionado. Creí que ahí acababa esa historia espeluznante y satánica de obelisco extraño y de ácido corrosivo, pero para mi sorpresa, aún no había llegado al final. Uno de los tres hijos, Jorge Barón Biza, tenía todavía algo qué decir en la historia. Jorge publicó en 1999 El desierto y su semilla, libro en el que narra cómo fue minuciosamente reconstruido el rostro de su madre al tiempo que, en estructura paralela, trata de reconstruir la desgraciada historia de la desfigurada Argentina del siglo pasado. Según quienes lo han leído, el libro se aproxima en ocasiones a la obra maestra y, en cualquiera de los casos, el hijo se muestra muy superior, como escritor, a su depravado y macabro padre. Cuando El desierto y su semilla estaba recibiendo un alud de buenas críticas, imprevistamente su autor -al que algunos amigos míos trataron porque trabajó con ellos en el periódico Página 12 y hablan muy bien de él- se suicidó arrojándose desde la duodécima planta de una casa de pisos de la ciudad de Córdoba. Recuerdo que cuando, cada vez más impresionado, leí en Internet lo del suicidio del hijo, quedé más bien frustrado y me dije: “Qué gran pena no poder continuar leyendo. Apenas acababa de conocer la existencia de Jorge cuando se me ha matado”.
[Este post fue rescatado por un lector que gentilmente me envió los textos y los comentarios, pueden continuar leyendo las opiniones vertidas acá:]

Foto del monolito completo (con el motor y placas recordatorias) tomada en 1939, aportada por el lector Gerardo.
leer lo que falta de: Barón Biza…
Estas son las diferencias más impactantes que encontré desde que vivimos al ras del suelo:
- Los ruidos nuevos, por dios, los ruidos nuevos.
En una noche de viento acabé podando una planta del patio porque el ruido de las hojas era igualito a los pasos de un grupo comando de asalto que deambula en propiedad privada. También subí al techo y apoyé cosas pesadas contra la banderola del baño, porque estaba convencido de que otro grupo comando de asalto iba a descolgarse por ahí, tomándome por sorpresa. Ya no es tanto el tiempo que dedico a quedarme sentado en la cama con los ojos abiertos intentando ver siluetas de grupos comandos, me puse rejas hasta en el culo y me las descuentan del alquiler.
- La puerta de calle.
Todavía no me acostumbro a que entre la calle y mi living sólo haya una puerta. Es decir, una puerta y ya estás adentro, ni ascensores, ni vecinos, ni porteros. Raro. Los otros días estaba leyendo junto a una ventana y me golpearon el vidrio los muchachos de Cliba para venderme bolsas de basura. Colgado de la luz del techo les dije que sí, que les compraba. Estaban baratas. Mi puerta ahora parece la de la casa del Superagente 86. Los cerrojos son hermosos y vienen de todos los tamaños y colores.
- Es terapéutico intentar arreglar el patio (en el que parece que una bomba explotó y regó todo de escombros y plantas con espinas y rosetas).
Compré una pala, una azada y un rastrillo. Robé una manguera y planté unas champas de pasto (nunca supe de dónde viene la palabra «champa»). Las riego bastante, pero están amarillas, no hay nada que hacer, lo mío no es la jardinería, pero soy muy porfiado.
- Tengo alma de piromaníaco.
Primero quemé toda la mugre que había afuera en una gran pira. Los vecinos, chochos. Para calefaccionar la casa tenemos una salamandra. Qué invento, por dios. Me parece que está en el top five junto a la rueda, la bombita de luz, internet, y la lapicera esa que escribe para arriba que usan los astronautas.
- Los gatos parecen bebés sufriendo.
Así suenan al menos cuando lloran de noche. Es un tanto lúgubre, muy Viaje a lo Inesperado con Vincent Price. Tengo ganas de sacarlos de su miseria. Considero seriamente la posibilidad de comprar un perro antigatos, o, en su defecto, un Maheli 5.5. Ya veré, los perros cagan mucho, los rifles necesitan ser engrasados…
- Si te quedaste sin puchos a las dos de la mañana, fuiste.
Una de dos, o en este barrio son todos viejos, o me confundí y me mudé al siglo pasado ¿Qué onda con los Maxiquioscos 24hrs? A la siesta también es todo un tema. Digamos que querés almorzar tarde… te la regalo para conseguir un pote de crema para los fideos. Después de la una ruedan los arbustos secos por la calle. Creo que los barrios te obligan a ser más ordenado. El centro, lo reconozco, fomenta la anarquía.
- Ahora mismo.
Está cayendo el sol y me han dicho de Telecom que en breve me pondrán teléfono. Estoy escribiendo esto mientras la tarde se diluye a través de las primeras cortinas que compré en mi vida (antes usaba sábanas sujetas con broches, ahora que voy a ser padre de familia, tengo que tener cortinas). Me siento —extrañamente— feliz.
Este post llegó a tener cerca de 500 comentarios. Gracias a negrinho y a Pipe (que lo copiaron y lo bajaron antes del desastre), lo publico otra vez.
Yo arrojé la primera piedra con un chistonto:
Iban dos velas caminando por la calle, una tropezó y la otra le dijo “vela”.
Y los aportes llegaron en cantidades industriales:
leer lo que falta de: Malísimo…
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