... es eso que me corre por la espalda cuando un periodista imposta la tonada para congraciarse con un entrevistado.
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| desaforismos avorazados |
Teodoro publicó un poemario en una editorial independiente y después le hicieron una nota en una radio fm antes de que se lo tragara el anonimato para siempre. “Una escritura sensual, vibrante. Y nos vamos a las efemérides”, dijo el locutor.
Ahora toco el timbre de su casa en Alta Córdoba. Soy el emisario de una tallerista que no quiere entre sus alumnos a gente que escriba “raro”. Me paga para ir a decirles que lo que hacen “no se ajusta a las políticas discursivas del taller”.
Es un trabajo cruel, pero me dan algo de dinero para viáticos y puedo acomodar las entrevistas a mi antojo.
Teodoro trabaja de mozo en un restorán de la calle Olmos y sólo puede juntarse conmigo después de las seis de la tarde. Dice que los patrones lo tienen harto y que aprovecha para tomar revancha con la sociedad “sirviendo porciones de venganza en bandeja”.
Esa declaración me causa escalofríos. Yo he comido varias veces en el restorán donde trabaja.
leer lo que falta de: El poeta que fumaba…
Barcelona debe quedar ahora mucho más lejos que antes. La vaga idea que me hacía de la ciudad está en este momento cubierta por un velo opaco, por una secuencia que se reitera imaginariamente: mi amigo va ganándole tramos a una calle desierta de noche y por su cabeza pasan rostros, planes, sensaciones. Cualquier cosa menos la posibilidad de tropezar con la muerte.
Mis amigos mueren los lunes.
No me hacen para nada feliz estas bajas en el ejército que imagino a diario combatiendo contra la imbecilidad, no me hace ninguna gracia que mis compañeros de batalla caigan en una trinchera que jamás voy a conocer personalmente.
A todos los que íbamos en tu mochila, Seba, a todos los que somos parte de la sucursal de tus afectos, de tu conquista, no nos hace gracia.
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El que está sentado con las piernas cruzadas, riéndose como un estúpido sin saber qué decir, soy yo. La que está al frente, detrás de un escote robusto coronado por rulos suaves, es la mina más linda del colegio. Por alguna razón inexplicable ella quiere “cogerme a lo bestia, hasta que nos castigue dios”. Yo la miro e intento que no se me caiga el mentón.
Es 1993 y quiero todo, más vale: en mí hierven palabras atragantadas y erecciones infames.
Mi bragueta sin ley quiere saltar sobre las botellitas de Coca-Cola y empalarla. Escucho que me explica boludeces sobre no confundir no sé qué con el amor, pero sólo pienso en su cuerpo cayendo de espaldas al piso y rebotando con la nuca en el suelo de hormigón. En vez de un polvo, una tragedia.
leer lo que falta de: Tiempo al tiempo, chabón…
Louis Walls (Luis Paredes, como insiste en llamarse) es un añejo colaborador de la revista, e ilustra un breve momento Peinate para deleite de los que disfrutamos de su humor puchilándico:

leer lo que falta de: Actitud Peinate 33…
Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.
Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes).
Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios.
Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero.
Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales.
leer lo que falta de: Nosotros también evolucionamos…
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No sé cómo será en otros países, pero en Argentina es tradición comer dulce de leche, putear a los árbitros a través de un alambrado y contratar servicios que de por vida nos dejan agarrados de los huevos.
En nuestro país adoptamos el eufemismo “usuario” porque no remite a grilletes, celdas incómodas y gente arrastrándose por una absolución contractual que por fin le dé paz a su bolsillo torturado por falta de ingresos.
A mí, la verdad, me incomoda balbucear para darle explicaciones a los extranjeros:
—No, Michael, el peor insulto no es “boludo”, es “promoción” o “descuento”.
leer lo que falta de: Ochocientas palabras sobre la esclavitud en los tiempos modernos…
Fuente: AP
Al grito de “pero si yo ni las cogí ni las conozco”, el escritor cordobés José Playo desató ayer la polémica cuando se conoció el material multimedia que supuestamente lo vincula con los posibles clímax sexuales de un número indeterminado de mujeres.
—Se me va a armar un quilombo que no está escrito —afirmó Playo, profundamente conmovido por la noticia.
La carátula de la causa, según revelaron fuentes judiciales, sería: “Acaben en mi nombre” (por el juego de palabras con “acá ven mi nombre”), y tiene como principales implicados a la firma Durex y a los creativos publicitarios que lanzaron la campaña que compromete la sexualidad del joven cordobés.
Un alto directivo del registro nacional de marcas, patentes y esas cosas, en diálogo exclusivo con este medio, comentó: “las acciones legales para estos casos son vagas porque no hay mucha jurisprudencia, es sabido que el orgasmo es propiedad de quien lo alcanzó, no importa los medios utilizados a tales fines”.
Anoticiado de la circulación del producto que lleva su nombre, José puso de relieve lo delicado de la situación:
—Sé que la anorgasmia es un cuento de nunca acabar, pero de ahí a que me pongan como emblema de un polvo del que no soy responsable, hay una distancia enorme.
Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo sobre ella.
Me pidieron del programa radial Seguí con Rebeca una postal del pasado de Córdoba, y elegí, claro está, una caminata por esas viejas baldosas.
Rebotando entre los canteros de esos recuerdos vi que algunas vidrieras retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas, vidrieras calientes y pasos perdidos.
No es mucha la gente de mi edad que en los formularios pone “Barrio: Centro”.
La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte, y a los que nos criamos en esa geografía nos remite a sensaciones perturbadoras: a desconocidos en la madrugada acercándose al palier de tu edificio con la intención de pecharte los vagones, a motores de aire acondicionado, a primeros trabajos extraños (yo me dediqué a vender pollitos para un mago alcohólico), y cosas así.
Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente.
A mí lo vivido suele pegárseme mucho en la escritura… de manera obscena.
leer lo que falta de: Postales para Rebeca…
Martín salió a caminar mientras desenredaba los cables del auricular. La siesta calurosa y la huella del sendero entre las vides eran una invitación irresistible. Sacó la cuenta: tenía por delante unas cuatro canciones de tres minutos antes de que las uvas dejaran de rozarle los hombros.
Después podía cruzar el alambrado y salir al camino de tierra más grande, donde los eucaliptus lo escoltarían hasta la lomada desde donde se podía ver el río.
Julia había dicho que la vista era linda. “De puta madre”.
Le dio play a su plan, saboreándolo interesante.
leer lo que falta de: Caminata con auriculares…
Me encanta cuando los fines de semana ponen el freno de mano y derrapan cambiando la dirección de la rutina. El viernes dormí poco, el sábado me comí un asado a las cinco de la tarde, y el domingo a la medianoche me llamó Teté Coustarot:
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Algunas notas mentales que tomo después de esta gratísima experiencia:
—Cuando me presentan como humorista me inhibo y parezco más aburrido que un acto de colegio.
—Vendiéndome doy angustia.
—La próxima voy a intentar estar más despierto, hablo como si me hubieran cagado a almohadonazos.
A pesar del asco siguió hundiendo los dedos en el hueco caliente, al principio indeciso, luego ayudándose con las uñas para rajar los tejidos y despegar los músculos. El calor pringoso se le secaba en las arrugas de la palma de la mano, o sobre las muñecas, formando un guante reseco hecho de pelos y manchas costrosas de sangre.
Debía seguir, con todo y náusea, si quería alcanzar el plomo.
Contuvo la respiración e introdujo un dedo con firmeza en el interior del orificio hasta rozar la superficie metálica y áspera. Luego los dedos fueron dos y cuando por fin la piel se rasgó con el mismo sonido que hacen los abrojos al separarse, supo que estaba cerca. El olor de la sangre flotaba como una nube ferrosa frente a sus ojos.
Con dos dedos serpenteando en la pulpa oscura, se concentró en asir la bala.
leer lo que falta de: Calibre 22…
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En el campo lo primero que hay que aprender a domar es el miedo. Lo sabía muy bien, la decisión de mudarse a un paraje tan alejado tenía que ver con eso: quería aprender —por fin— a controlarse.
Los médicos le advirtieron que no era una buena idea, al menos no hasta concluir el tratamiento, pero la posibilidad de subirse al potro alocado de la inseguridad y talonear los flancos hasta que sus pulsiones fueran dóciles, lo embriagaba.
La primera noche comió algo liviano y leyó hasta que los párpados comenzaron a apretar la negrura de las sierras. La silueta de los árboles se disolvía en la oscuridad y los grillos parecían haberse complotado para alejarlo de la galería.
Se puso de pie y estiró los músculos con un bostezo antes de meterse en la casa. Camino a la habitación pasó junto a la mesa del comedor y le dedicó una mirada severa a las pastillas. “Una cada ocho horas”, había dicho el Doctor Psicotrópicos.
Sintiéndose por primera vez en muchos años dueño de su propia voluntad, decidió que haría todo lo que fuera posible para evitar esas dependencias serviles. Se llevó, en lugar del medicamento, un cuchillo afilado y una vela sobre un plato.
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A los satives se les termina la alegría cuando llueve, puesto que no pueden mojarse. Para ellos los nubarrones que engordan en el horizonte a fuerza de pastar los vientos cálidos, son amenazas, y se revolucionan y se pasan con histeria el parte para que la tormenta no los alcance.
Gruñen y así es la advertencia ante el peligro, porque su instinto les dicta que deben preservarse.
Cuando el azul del firmamento sucumbe tras el gris plomizo del chaparrón inminente, ya están a cubierto. Eligen por lo general las casas abandonadas, preferentemente las galerías con aleros pronunciados. Les gusta parapetarse bajo las sillas o en los dinteles, desde donde ven cómo una a una las gotas pesadas empiezan a tantear el terreno donde lloverá más tarde.
leer lo que falta de: Posibilidad en los climas diferentes…
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