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En los últimos meses hemos tomado por asalto —y a los gritos— la guardia de un montón de hospitales. Me lo hizo notar una amiga con la que estábamos poniéndonos al día sobre las pequeñas rutinas accidentadas de nuestros hogares. Todas mis anécdotas terminaban más o menos con la misma frase:
—… en la guardia nos dijeron que todo estaba bien, así que volvimos a casa.
—¿Por qué van tanto a los hospitales? —quiso saber ella, con toda razón. Y no supe qué contestarle.
A medio vestir, con la cabeza llena de shampú, o dejando la cena en el fuego, en el barrio nos conocen porque somos de salir corriendo a las puteadas con las niñas en los brazos. Los motivos varían, también los escenarios. La última vez, festejando el cumpleaños de mi viejo en Las Sierras, Niki encontró un termómetro escondido en el fondo de un bolso y se las ingenió para romper uno de los extremos con los dientes antes de mandarse un fondo blanco de mercurio.
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Damián lo encontró leyendo en un sillón, vestido con una bata vieja y unas pantuflas gastadas. Le convenía afrontar la situación con la misma ira de un condenado que viene a pelear para salvarse, por ello se concentró en la escena anterior frente al mostrador, donde había tamborileado los dedos con impaciencia mientras la enfermera buscaba el número de habitación. Quería transmitir eso lo más claro posible: le disgustaba tener que hacer esa visita.
La cabeza del hombre junto a la ventana asomaba entre la ropa como un chupetín pálido rescatado del piso debajo de la cama. A contraluz, el pelo parecía pelusa. Horacio cerró la revista de actualidad y, aún sentado, le tendió los brazos, invitándolo a ocupar una silla junto a él.
—Para nada mal —dijo Damián del lugar, recorriéndolo con la vista mientras asentía.
—Todos los hospitales son iguales; la comida es una mierda, te meten el dedo en el culo a cada rato, y se la pasan entrando para buscar dónde te pueden clavar una inyección.
—Ja —repuso sin emoción al comentario.
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Rafael era culón. Así como algunas personas se distinguen por el tamaño de sus orejas o por el largor de las pestañas, a Rafael lo ubicabas porque de la cintura para arriba era una persona, y para abajo, dos.
Muy culón.
Sus nalgas eran el tópico recurrente en el patiecito interno, el único lugar en la empresa donde se podía fumar. Rafael se la pasaba llenando planillas con su voluminoso culo encallado en la silla frente al monitor, observándolos de reojo. El que más hablaba de él era Moroni, que parecía usar el tiempo fuera de la oficina para pensar chistes sobre los cantos del compañero. Lo apodaba de mil maneras, pero su preferida era “Nalguitas”.
Siempre deslizaba algún comentario hiriente cuando pasaba junto a él:
—Tenemos que organizar una ida al casino con el Rafa —decía mientras le palmeaba la espalda—: con semejante culo no podemos perder.
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En algún momento, en la vieja versión de Peinate, supe colgar una cantidad enfermiza de audios pelados para que jugáramos a ver si sacábamos a qué película o serie de televisión correspondían. Lo pasamos bien, según recuerdo; hubo risas, llantos, puteadas. Lo usual en los blogs.
Acabo de encontrar esa carpetita con los pedacitos cortaditos y listos para servir y en el acto empecé a preguntarme si no estaría mal reflotar la idea, en un momento en el que refritar está tan de moda (nótese con qué calidad estoy diciendo “ando sin un pedo de ganas de escribir”).
Pero no todo es color de rosa: repasando los archivitos me doy con que, en serio, hay algunos que no tengo la más puta noción de lo que son. O sea, me suenan, puedo tararearlos, asiento con cara de dopado con sus primeros acordes, pero después, ni idea. Tal vez ustedes puedan ayudarme.
Son muchos audios, puede que haya alguno repetido, a ver qué sale.
leer lo que falta de: 45 melodías de cine y televisión cuyos nombres no recuerdo…
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El culo de la botella se hizo lugar sobre la mesa volteando algunos vasos. Gorka Peitrovich festejó la última ronda con aplausos simiescos:
—¡Yo invito, beban, canallas!
Los meses en alta mar convierten a los hombres en bestias con la piel resistente a los hábitos civilizados. El capitán lo sabía muy bien, por eso no se molestaba en contener a su contramaestre. Peitrovich se había curtido a lomo de mar, incontables meses sobre un paisaje reiterativo de océanos. Pero cuando las olas crecían hasta alcanzar el porte de montañas, cuando las tormentas inquietaban las profundidades de las aguas saladas y el camino se volvía un azote como presagio de muerte, Gorka era el hombre indicado para sortear la inclemencia.
La pericia excusaba cualquier desliz una vez bajadas las anclas. El capitán apreciaba tenerlo a su lado, le daba una tranquilidad relativa.
Los puertos recibían a diario a bucaneros que habían sobrevivido a galeones militares que buscaban troquelarlos a cañonazos. A veces las bitácoras se deshojaban con reportes de monotonía, y otras, los piratas hushinnies aparecían sin previo aviso en el catalejo: seres viles embriagados por las drogas que fumaban en narguiles de mármol, vidrio y yeso, se paseaban por las aguas profundas al acecho, atacando con sobrehumana resistencia, ajenos al dolor, depredando todo a su paso.
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Es un viernes raro por el calor que hace en esta época. Ya estoy listo para irme al festejo de mi cumpleaños. Escribo esto después de la llamada del gordo Alutti, todavía con el teléfono en la mano, parado frente al microondas viendo cómo gira una taza con agua. Pienso que con quinientas meriendas más frente al coso éste, las radiaciones me van a terminar friendo los huevos. Miro por la ventana y anoto ideas sueltas en mi diario hasta que suene el pitido de la cuenta regresiva a cero. Los números son cuadrados y verdes. Del otro lado de los vidrios el cielo se ha encapotado hasta opacar la tarde con una penumbra amenazante. El manto de nubes regordetas rueda y se desparrama pesado sobre un horizonte de tejas rotas y tanques de agua oscuros.
—No te entiendo, Alutti —le dije.
Odio cuando suena el teléfono. Yo soy escritor, el peor sonido que podemos escuchar los escritores es el del teléfono o el del despertador. Ah, también la radio con canciones de cuarteto. En mi patio se acoplan, por lo menos, tres emisoras que reverberan un tungui-tungui insoportable, con el que es imposible alinear dos párrafos seguidos.
—Disculpá —me dijo el gordo antes de colgar—; no debería haberte llamado, Beto.
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En el misterioso mundo de la paternidad pueden ocurrir muchas cosas que no has previsto. Que tu vida gire en torno a un régimen de mamaderas o generar un vínculo estrecho con la materia fecal de otras personas, son clarísimos ejemplos.
Serrat tiene una canción sobre Esos locos bajitos que derrocha ternura y contagia necesidad de trascendencia en formato descendencia. Con la canción de Serrat más las publicidades de pañales y los libros de paternidad, parece que todo está resuelto. Por si esto fuera poco, una vez que encarás la empresa, podés caer cada tanto al consultorio del pediatra, que te firma cheques en blanco de tranquilidad. Toda contrariedad se convierte, entonces, en “fáciles procesos”.
El sueño de los niños, sin ir más lejos, se soluciona con una simple normativa, y tomen notas, padres novatos:
“Hay que poner a las dos niñas juntas en una pieza así se acostumbran a dormir solas y se vuelven independientes”.
Es buenísimo. Una promesa de autonomía infantil y noches de reparador silencio.
¿Cómo? ¿Usted no conoce el sonido de dos pequeñas criaturas roncando suavecito una vez que las ganó el sueño?
¿No lo conoce, en serio?
Bueno, gracias a los maravillosos libros de psicología infantil y a la certera recomendación del pediatra…
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Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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