Mi amistad con el Picho Launna terminó el 24 de diciembre de 2000, a las once y cuarto de la noche, mientras apurábamos la segunda botella de champán.
Un poquito antes del brindis y de la cuenta regresiva, metí la pata hasta la cabeza con un error garrafal: confesé algo que no debía.
En la lista de cosas que cambiaría si pudiera volver el tiempo atrás, el primer renglón está ocupado por esa noche, en la que me gané una trompada que me dejó el ojo como un culo, en la que una amistad se consumió hasta las cenizas.
En los libros esto no figura, pero es tan cierto como que el agua moja, que el secreto de una amistad duradera es hacer algunos sacrificios, entre los que se cuentan —demandando a veces una fuerza sobrenatural— cerrar bien la jeta.
Todo lo que siguió después puede resumirse a un teléfono del que brotan monótonos tu-tu-tus y ninguna respuesta, porque cuando algo así pasa, de nada sirven las disculpas, las cartas, las notas; cuando un amigo decide que se va, se va.
leer lo que falta de: Combustión humana espontánea…
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