Peinate que viene gente


Retenciones móviles

Una canción lenta para Alenna es la excusa perfecta, entonces ladea la cabeza con sensualidad, entrecierra los ojos, se acaricia audazmente las caderas y ensaya un baile que da ganas de comérsela.
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Las intervenciones médicas

Era febrero, me había salido algo en el culo y el dolor era insoportable, así que hablé por teléfono con un primo que estudiaba medicina:
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Secuencia destructiva: activada

Es un sonido delicado pero insistente. En sueños lo ha convertido en el canto de un ave silvestre de color azul, pero despierta cuando por fin entiende que se trata de una alarma.
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Riesgos en el agua

Antes de salir, se mira en el reflejo de un espejo del vestuario: el vientre que sobresale, las rodillas pulposas, los hombros caídos, el traje de baño. Pene y testículos hermanados en una comunión de tamaños unificados.
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El jardín del muerto

Belén nos llamó al día siguiente del sepelio para que le diéramos una mano con las cosas de su padre. Quedamos en pasar por su casa a la siesta, así que nos encontramos con mi hermano un rato antes en la plaza para tomar el colectivo.
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Anécdota estudiantil

Ya todo está escrito, solía decir Betini. Y después de regalarle al mundo esta u otra de sus máximas, desviaba la mirada, generalmente hacia las ventanas.

Nunca supe si buscaba ver mutar el paisaje ante su declamación o si tan sólo necesitaba admirar su propio rostro en el reflejo de los cristales.
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La droga de la felicidad

La Droga de la FelicidadDejo esto en claro: yo no estuve de acuerdo con el nombre del proyecto.
En esta silla, escritorio de por medio con el caribe, rememoro los pormenores de lo acontecido y sonrío entre líneas mientras escribo.
No me distraen las manos hábiles de esta nativa en pelotas que acaricia mi pelo. Tampoco me preocupa que lea mis papeles: no hablamos la misma lengua, ella sólo entiende el dialecto local.
En su boca mi nombre suena como si estuviera masticando coco. Puros chasquidos.
Yo la he bautizado “Perla”, a secas.
O “Perlita”, cuando cae la noche y me enciendo de felicidad.
—Venga, Perlita —le digo, palmeándome un muslo, y ella viene y asienta sus nalgas caribeñas turgentes en mi regazo.
Nueve kilos bajé desde que vine.
¿El aire del mar? ¿La dieta frutal? No; Perla y sus exigentes posturas amatorias, para qué me voy a engañar.
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