Omar, el instructor, fue el último en saltar. Del otro lado del marco curvo de la puerta estaba el cielo con las nubes rastrilladas por un aire embravecido.
—¡Jerónimoooo! —gritó.
Veinte habían salido de la nave. Una vez que el pie se hundía en el vacío, los cuerpos se precipitaban de un sacudón hacia fuera, donde la ley de la gravedad se comía uno a uno los trajes de colores, escupiéndolos después sobre la inmensidad de la geografía cuadriculada.
Bastó una seña para que los integrantes del grupo pegaron los brazos al cuerpo y se dirigieron hacia el centro, donde tenían planeado formar La Estrella Humana.
—Saltar desde esta altura —arengó Omar con las mejillas flameando— hace que recordemos que somos pequeños, hace que comprendamos la profundidad del horizonte, desenfocado como una aureola interminable —dijo, y señaló un punto lejano en el que los demás repararon embelezados.
Había pasión en su mirada, pero Omar evitaba sonreír; abrir demasiado la boca a esa altura, lo sabía, acarreaba el riesgo de una sorpresiva voladura de los plomos de las muelas. Sólo la práctica constante y los años permiten atesorar las mañas que salvan a la gente.
Se volvió cuando uno de los muchachos de la formación le tocó el hombro:
—Omar, soy Luis, no sé si te acordás…
—Qué hacés, Luisito; claro que me acuerdo —respondió palmeando el hombro del novato.
—Mirá —comentó Luis—, yo no soy muy poético, pero quería decirte que, como este es mi primer salto grupal, tengo la sensación de que el mapamundi nos está chupando la pija, no sé si me explico…
leer lo que falta de: Parachutes…
Es 1972. Así dice el almanaque colgado detrás de la barra, yo estoy en una de las mesas del fondo, cerca del pianista.
Llevo una camisa ridículamente ajustada, con el cuello demasiado grande, con un par de puños que me llegan hasta la mitad del brazo. Me siento a la vez fajado y aparatoso. El color y la tela de la ropa que llevo combinaría mejor con un globo aerostático.
Por la puerta, repentinamente, ingresa una mujer.
Es una linda mujer. Lleva unas sandalias altísimas con suela de corcho y un pantalón con patas de elefante. No puedo verlo, pero me juego toda la billetera a que tiene buen culo. Esos pantalones sólo pueden usarlos las mujeres que tienen buen culo. A pesar del abrigo de piel que la cubre, alcanzo a distinguir una camisa floreada y un pecho huérfano de tetas. En 1972 no se usaba tener tetas.
Jamás he visto accesorios tan grandes como los que lleva esta señorita. Los anteojos podrían cubrir el frente de un automóvil mediano, la hebilla del cinturón bien podría servir de neumático, las pulseras parecen ruedas.
Me saluda con una mano de uñas largas, haciéndome señas para que la espere en la mesa. Asiento con la cabeza y sonrío a la vez, mientras ella se dirige a la barra y se quita los anteojos frente a un mozo de patillas frondosas.
Dios mío, pienso, ¿quién asesora a esta gente en el rubro vestimentas?
Claro que no voy a moverme, cariño. Es 1972 y estoy en un bar junto a un pianista con un afro voluminoso, escuchando una versión jazzeada de Abba. Mamma Mía, si no me equivoco. Sigo involuntariamente el ritmo con el pie y bajo la mirada para descubrir que mis zapatos son de cuero de cocodrilo. Tienen una especie de taco incómodo.
Levanto la vista, ella está sentándose frente a mí.
—Hola, bebé —dice.
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Peinate que viene gente la tiene más grande con WordPress - Plantilla basada en GimpStyle de Horacito y configurada lascivamente por José, que la tocó y se fue.
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