Peinate que viene gente


La extinción de los hombres de letras

Todos los buenos escritores estaban muertos, se habían vuelto locos o se dedicaban al periodismo.
Yo necesitaba discreción, alguien que no preguntara, que pudiera hacer el trabajo, terminarlo y desaparecer.
Puse un aviso en el diario:

«Busco escritor para importante tarea».

Al día siguiente me senté a esperar en la habitación del hotel que había elegido.
Es el lugar apropiado para las citas. Una vieja construcción que resiste el paso del tiempo, enclavada en un área céntrica y ensombrecida por la infinidad de edificios que se han levantado a su alrededor. En épocas anteriores, imagino, cuando los alojamientos escaseaban en la zona, debió tener sus días de esplendor, ahora el progreso le ha pasado por arriba y de todo su glamour sólo queda una fachada lúgubre con balcones señoriales que abrazan con robustez a los ventanales de altos postigos de madera.
Una máscara grotesca de cemento que llora lágrimas de suciedad.
link al sitio del autor de la fotograf�a La recepción es pequeña, con un mostrador derruido sobre el que descansa un cuaderno antiguo de anotaciones abierto siempre en la misma página. Detrás de la silla hay un armario sin puertas del que penden algunas llaves y el encargado jamás se molesta en mirar o preguntar. Las escaleras que conducen a las habitaciones están cubiertas por una alfombra vieja y raída, todo el trayecto está franqueado por lámparas muy débiles que bañan las paredes con una luz amarillenta y espantosa.
La puerta de la habitación es grande, con una antigua cerradura que parece la cara de un león y los goznes herrumbrados rechinan cuando se abre.
Es un ruido horrible.
Adentro, en una habitación amplia, sentado junto a una imponente cama de gruesos barrotes de bronce, estoy yo tomando las entrevistas. El colchón donde apoyo mis papeles está curvado casi en su totalidad por un peso invisible.
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Repaso

fotograf�a que tomé en una pared de San Marcos SierraUn hombre de cuarenta y pico, vestido con un pantalón gris, lleva un portafolios en la mano y va a morir esta noche.
¿Cómo lo sé?
Porque yo voy a matarlo.
¿Por qué?
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Limpiar la iglesia

Ilustración del comic Lazarus, dibujo de Juan FerreyraTomás, el seminarista, sabía la verdad. Calló para salvar su vida.
Nada hizo cuando los soldados llegaron esa noche y tiraron abajo la puerta de la iglesia.
Unos segundos antes, el padre Santiago le había ordenado que se guareciera.
Tampoco abandonó su escondite cuando voltearon los bancos a patadas y llenaron de agujeros la pared del relicario con las ráfagas de sus ametralladoras; permaneció agachado dentro del confesionario, mirando todo a través del entramado de las maderas, sin animarse a salir.
El más viejo del grupo, un capitán de gran estatura y espaldas anchas, se acercó hasta el altar y hundió el puño en el vientre del párroco. El padre Santiago era un buen hombre, había hecho mucho por La Causa, le había enseñado tanto a Tomás… Nadie olvidaría nunca aquellos ojos celestes que se comían las angustias y los miedos de todos en la congregación para devolver siempre los malos presentimientos convertidos en sonrisas francas y alentadoras.
Ahora esa bondad yacía en el suelo, quejándose de dolor, ultrajada por la fiereza de los militares.
Desde donde estaba, Tomás escuchó al capitán:
—Hable o muere, Santiago. leer lo que falta de: Limpiar la iglesia…


Analogía caliente

anticipoJuega.
Lady Bristol juega.
Toma entre sus manos esta erección que ostento y juega.
—Tonto Marcus —me dice. Y se arrodilla para descubrir detrás de ella la ventana donde la ciudad toda se incendia.
El fuego purifica y nos espera.
El universo es una pira, cien columnas de humo conectándose con el fulgor lechoso de un cielo que no abreva.
Lady Bristol que me dice:
—Venga.
La sigo. Hasta la cama la sigo, donde se acuesta de espaldas, se sube la falda y me pide:
—Juega. Conmigo, juega.
Su dedo señala la entrepierna.
Voy. El humo se enrula devorando avenidas enteras. Los coches ciegos levantan las luces, se precipitan, estallan en las esquinas, y sus piernas atenazan mi cabeza. Las piernas de una mujer son la autopista de la belleza.
El infierno se multiplica de los vidrios para afuera. Hay gritos, correrías, espíritus que sucumben carbonizados, enancados en gritos postreros que amedrentan.
Mis palabras se ahogan en el cuenco de Lady Bristol, enmudecen en un verbo chamuscado por el eco de la carne cuando quema.
Respiro. Una bocanada exasperada doy y un gemido ronco me llega amortiguado por sus muslos en mis orejas.
Relamiendo esta fiebre pringosa insisto con mis manos que buscan su pecho agitado, la fuente de un calor que es sudor, que es el tufo y las campanadas desesperadas de una iglesia.
Las llamas relamen la ciudad como lo hace ahora mi lengua.
Estoy sobre ella. Juego a morder el cuello en el que se esconden palpitantes cuántas venas.
Me yergo. La ceremonia de los amantes es una guerra.
—Ahora —ruega ella. leer lo que falta de: Analogía caliente…



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