Ojos Vidriados

Cuento

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Las sombras estaban bastante juguetonas esa noche, se movían al ritmo de la viola. La sonrisa se dibujó en mi rostro al escuchar Sumo de fondo. El calor del club era un gran alivio contra el frío de la calle, el olor de trago mezclado con sudor y humo concentrado no tanto. Me acerqué a la barra, sediento y cansado, prendí un cigarro y me senté allí. Esperando a que el Chino me traiga lo de siempre: un fernet. Me sorprendió que Elbio no estuviese, su puntualidad era extraordinaria; probablemente el tránsito lo demoró. Pobre Elbio, debía estar alteradísimo con su típica cara de frustración. Me encontraba solo, pero eso no me importaba, en general muy pocas cosas lo hacían. En ese ambiente  donde la música endulzaba mis oídos y el trago suavizaba la garganta, comencé a sumergirme en un estado de inconsciencia. Se me fueron las horas. La cara empezó a pesarme, el trago se volvía cada vez más denso y los pensamientos más largos. El sonido fue bajando lentamente, la gente se fue marchando

El aburrimiento y la pérdida de fe en que Elbio llegaría se unieron, así que me paré y me fui del bar: Pensé que el aire fresco me sacaría la pesadez y el aturdimiento, pero no; la brisa se volvió un puñetazo en mi cara. Decidí caminar, tomar un colectivo en ese estado no era la mejor idea. Extrañamente la ciudad estaba iluminada y melancólica, llena de gente. Sin embargo no veía nada, solo caras, ninguna sonrisa. Me senté en el asfalto. Holgué un poco la corbata, para respirar mejor. Bajé la cabeza hasta mis rodillas para estirar el cuello. Mi cara se vio reflejada en el agua estancada del cordón: tenía los ojos vidriosos, un aire demacrado, una barba mal cortada y el pelo desordenado. De puro ocioso me puse a contar los colectivos y autos que pasaban, asombrosamente llegué a contar quinientos, o eso creo. Me sentí atrapado por la angustia y el desacierto, quería llegar rápido a mi casa y acostarme, mentalizarme que tenía que trabajar al otro día. Ya me sentía un poco mejor por lo que fui a tomar el colectivo. En la parada me puse a pensar que somos igual que los vampiros, seres que ya no tienen nada. Somos muertos en vida: vivimos para trabajar, nuestra sangre es el dinero, nuestra lujuria los impuestos. Nos imponemos a nuestro amo y señor, el Conde de turno, y ahí vivimos, tan bravos como para criticar y tan miedosos para nunca renunciar. Una vibración en el bolsillo interrumpió mis divagaciones. Era Rosa, la esposa de Elbio, me dijo que fuera a verlo al hospital; estaba internado.

Cuando llegué me penetró hasta los pulmones ese olor que hay en los hospitales, te hace sentir enfermo aunque estés perfecto de salud. Una enfermera me dio un barbijo y sin preguntar el motivo me lo puse, al menos filtraba un poco el aire. Estuve deambulando por los pasillos, subiendo y bajando escaleras, buscando a alguien que me pudiera decir en qué habitación se encontraba Elbio Rodríguez; nada. Me dijeron que fuera a informes, de informes a la guardia, de la guardia a terapia, ya estaba mareado. Fui al baño- costó encontrarlo- y me lavé la cara, hice unas gárgaras. Destilaba un olor a alcohol y a tabaco que resultaba impresentable, más no podía hacer. Al salir la vi a Rosa. Tenía una cara de velorio terrible, nunca fue demasiado simpática pero tampoco nunca la había visto así. Le pregunté cómo estaba Elbio.

-Está muy mal. Los doctores dicen que es una enfermedad nueva, muy peligrosa y contagiosa, tienen que darle un medicamento urgente, pero es caro y además trae efectos secundarios como locura y convulsiones- Dijo, casi llorando.

Traté de calmarla, llevé un vaso con agua para ella y un café para mí y después fui a hablar con el médico. Lo convencí para que me dejara verlo. Estaba conectado, cables por todos lados, agujas, bolsas: daba impresión. Elbio estaba lo más bien, cuando me vio se sentó de golpe en la cama y lo primero que me dijo fue :

– ¡Sácame de acá! Me están usando de conejillo de indias. Están locos, paranoicos. A Rosita ya le llenaron la cabeza, no se da cuenta que es una conspiración como lo del ántrax. ¿Te acordás?

Estaba eufórico. Elbio siempre fue un fanático de las teorías conspirativas; creía que Estados Unidos, el capitalismo y los masones nos manipulaban y manejaban el universo. Hasta llegó a decirme que en los dibujitos del pato Donald había mensajes subliminales. Tal vez en algún punto tenía razón, pero esto ya me parecía demasiado. Me acerqué con cautela: sinceramente me daba un poco de miedo, yo no entendía nada.  

Salí de la habitación de Elbio buscando una salida, a cada paso que daba me encontraba con alguna que otra persona paranoica y desorientada por toda la situación. Tenía que salir ya, corriendo de este lugar.                                                                                            Ya era tarde para ir al trabajo así que fui a casa. En la ducha con el agua caliente el alcohol comenzó a evaporarse al igual que el tabaco pegado en mis poros. Me sentía fresco. Ya sin nada que hacer decidí ir al bar a matar la resaca.  

Cuando me acerqué a la barra a pedir un fernet me encontré con mi compañero de truco.

-¡Osvaldo! Me venís como anillo al dedo – le dije con un tono alivio. Nunca había estado tan contento de verlo. ¿Sera casualidad o es que  todo pasa por algo? pensé.

– ¡Roli! ¡Tanto tiempo sin vernos! ¿Qué anda pasando? -dijo

– ¡Es Elbio! Está internado en cuarentena creo, al parecer se infectó con esta nueva gripe.

– Ah sí…la enfermedad de moda- dijo, mientras sacaba el fuego del bolsillo. – No te preocupes se muere más gente de Chagas que de la gripe del puerco, la diferencia está que nadie se entera. Y de gripe común…ni te cuento.

– Ni me quiero enterar- dije frunciendo el ceño.

Yo sabía que Osvaldo tenía contactos en el hospital y que podría ayudarme a sacar a Elbio. Así que le comenté lo que dijo Elbio cuando fui a verlo. 
Por suerte no se negó a ayudarme.

Al día siguiente me encontré con Osvaldo donde habíamos acordado. Él ya había hablado con un conocido que tenía dentro del hospital para que el Elbio continúe el tratamiento tomando Tamiflu en la casa, dándole así el alta.

A la semana siguiente me llamó Rosita angustiada, contándome que Elbio estaba internado en el Borda. Al instante me pregunté si era por las cosas que balbuceó durante toda su vida, o realmente había sido un conejillo de indias como me había dicho.

Por Stefexa